Hoy

img
Grandes enigmas que nos plantean las grandes piedras
img
Adolfo Marroquín Santoña | 20-12-2016 | 19:35

Desde siempre he tenido curiosidad, y me han resultado intrigantes, los para qué, los quién y los cómo de los muchos monumentos megalíticos que pueden encontrarse a lo largo y ancho de nuestro planeta Tierra. Aclaremos que, al referirme a esos monumentos, utilizo el adjetivo megalítico en el sentido de “Construido con grandes piedras sin labrar”, ampliado por mi cuenta a “o incluso labradas”, para incluir todas aquellas construcciones, humanas o no (que eso está por aclarar), en las que se han utilizado enormes piedras.

Como consecuencia de lo anterior he encontrado, buscando por aquí y por allá, mucha información sobre este tipo de monumentos, pero la mayor parte de esa información era puramente descriptiva, es decir se cuenta lo que allí hay, acompañando la descripción con interesantes fotografías, que suscitan, pero no aclaran, enormes dudas sobre las tres cuestiones que antes planteaba (para qué, quién y cómo).

Las ideas y teorías que flotan sobre casi todas las informaciones encontradas, plantean que son enigmas, misterios, etc., o bien se tiran a la piscina de las elucubraciones y tratan de explicar alguna de las tres cuestiones, sobre todo la del cómo, mediante algunas hipótesis difíciles de entender, y más difíciles aún de aceptar. Entre esas hipótesis una muy frecuentemente utilizada es la de la intervención en esas obras de extraterrestres, a lo que habría que preguntarse si la intervención consistió en “echar una o varias manos (tal vez tuvieran más de una)”, o bien si su fuerza era tan descomunal que podían mover esos bloques con facilidad, o bien si disponían de herramientas muy avanzadas que les permitían mover bloques de piedra, con pesos de decenas de toneladas; claro que entonces la pregunta sería si esos viajeros llevaban las herramientas en sus naves interestelares, para arreglar esas cosillas que podían presentarse. En fin, que la hipótesis extraterrestre sería cómoda pero muy difícil de entender.

Otra hipótesis manejada, ésta más bien referida a las pirámides de Centro y Sudamérica, era que los indígenas conocían el secreto de enigmáticos “mejunjes”, obtenidos de algunas plantas de aquellos territorios, que dotaban a los bloques a los que se les aplicaba de una plasticidad tal, que se podían manejar como si fueran de plastilina. Pero entonces, aun admitiendo que tal mejunje existiera y estuviera dotado de tales propiedades, permanece la cuestión de cómo se las arreglaban para transportar esos enormes bloques, fueran de sólida roca o de piedra fluidificada, hasta las alturas en las que se encuentran en muchos de los emplazamientos.

El caso más conocido, o al menos el más popular, de esos monumentos megalíticos es el de las famosas pirámides de Egipto, sobre todo las tres pirámides de la meseta de Giza, que son las construidas, o eso se cree, por los faraones Keops, Kefrén y Micerino. Pero en otras zonas del planeta existen cientos o miles de pirámides, distribuidas por muchos otros países, que plantean los mismos o muy parecidos enigmas a la hora de responder los antes planteados para qué, por quién y cómo de sus construcciones.

En las pirámides egipcias, otra de las hipótesis manejadas es que transportaban los enormes bloques mediante trineos que hacían deslizarse sobre la arena, bien directamente o bien utilizando rodillos de madera, que se iban colocando delante del trineo o plataforma de transporte. Una vez llevados los bloques “a pie de obra”, el subirlos hasta la altura de las hileras en que debieran integrarse se haría, según otras teorías, mediante enormes rampas de arena alrededor de la pirámide. De esto, lo único evidente es que sí que tenían a mano arena suficiente para hacer esas inmensas rampas, pero sigue sin quedar claro cómo cortar y preparar los bloques en las canteras, recordemos que estamos hablando de cuatro o cinco mil años atrás, y que las herramientas eran de piedra, de madera o como mucho de cobre.

 

Pero admitamos que, con un poco de suerte (¿?) y con aquellas herramientas, fueron capaces de cortar los millones de bloque que se necesitaron para levantar aquellas pirámides, y ahora pensemos que había que transportarlos por tierra (arena) o por agua (Nilo), y tengamos en cuenta que los bloques de las pirámides de Giza tienen pesos que van de los dos mil a los cuarenta mil kilos. Pero admitamos que, con un poco de suerte (¿?) y con plataformas o trineos de madera, fueron capaces de llevarlos “a pie de obra”. Bueno, pues ahora hay que ascender, a lo largo de cientos de metros, por las rampas de arena, no compactada, hasta llevarlos a su lugar de encaje y anclaje, lo que pudo hacerse por arrastre puro y duro sobre la arena, o mediante rodillos de troncos, que sin duda se hundirían en ella.

¿Han intentado ustedes caminar y arrastrar un objeto pesado por la arena seca y suelta de una playa? Es difícil, muy difícil y tanto más cuanto más seca esté la arena y más pesado sea el objeto a arrastrar. Por el contrario, arrastrar ese mismo peso sobre la arena húmeda de la orilla de la playa resulta mucho más llevadero. Pues, para tratar de entender cómo podrían haberlo hecho los egipcios, echemos una ojeada a la reconstrucción de la representación encontrada en la tumba de Dyehutyhotep, antiguo monarca del Alto Egipto, en la que se muestra cómo, un gran número de obreros egipcios, distribuidos en cuatro cordadas, tiran del trineo sobre el que se asienta una colosal estatua.

 

En la representación que se ofrece, llama la atención la figura que se encuentra sobre el trineo, a los pies de la estatua, que parece que está “echando algo”, justo por delante de la zona por la que se va a deslizar el trineo. Pues bien, ese algo con el que se empapa la arena sobre la que ha de deslizarse el pesadísimo trineo, debía ser agua o mejor aún aceite, con lo que se conseguiría, incluso mejorándola, mayor solidez del apoyo y suavidad al deslizamiento, que la que citábamos antes para la arena húmeda de la orilla.

Esta idea se sustenta en las pruebas realizadas por un grupo de físicos de la Universidad de Ámsterdam, liderado por el profesor Daniel Bonn, que se dispuso a comprobar científicamente la teoría construyendo una pequeña versión de laboratorio de estos trineos (debajo a la derecha en la figura siguiente). Colocaron los trineos sobre arena, cargándolos con pesos proporcionales a los que debieron soportar los egipcios con los bloques de piedra sobre ellos, y calcularon cómo variaba la fuerza de tracción necesaria para arrastrarlos, frente a la resistencia que oponía la arena, y cómo variaba esa fuerza a medida que se iba humedeciendo ésta.

Así demostraron que la fuerza necesaria para tirar del trineo decrecía proporcionalmente al grado de rigidez de la arena. Y para lograr que la arena fuera más rígida, echaron agua sobre ella para endurecerla, obteniendo como resultado una clara disminución de la fuerza necesaria en el arrastre. Sin ese aporte de agua, la resistencia de la arena era el doble que con ella, de forma que los egipcios hubieran necesitado prácticamente el doble de trabajadores para arrastrar los pesados bloques de piedra.

 

Por dar algunos datos, aunque sean solamente como cifras orientativas, si nos fijamos por ejemplo en la pirámide de Keops, tal vez la más famosa de los cientos o miles de pirámides que pueblan el planeta, estaríamos hablando de unos tres millones de bloques de piedra, con pesos entre dos y cuarenta toneladas, y recubierto todo el conjunto de losas de caliza, de hasta dieciséis toneladas de peso, perfectamente pulidas.

Y todo esto había que hacerlo a lo largo de la vida del faraón correspondiente, con lo que echando unas cuentas elementales, encontramos que era necesario extraer de las canteras, transportar y encajar en su sitio, 357 bloques por día, lo que para una jornada laboral de 12 horas diarias, supone el suministro y manipulación de un bloque, de unas veinte toneladas de peso, cada dos minutos, y con una precisión casi milimétrica, tanto en su tallado como en su colocación.

De forma que lamento informarles que aquellas pirámides no se pudieron construir y que por tanto no existen, sencillamente porque, conocidos los datos, aquello no era posible, humanamente hablando. Ahora bien, dado que no hay nada tan terco como la realidad, y dado que esos monumentos megalíticos están allí, en Egipto, en Perú, en China, en México, en Sudán, y en tantos otros sitios, no habrá más remedio que admitir que se hicieron,… y no sólo se hicieron las pirámides, sino cientos de otros monumentos, llenos de enigmas y misterios que sin duda merecen que se les eche una ojeada inquisitiva, llena de admiración y de dudas. ¡Debemos hacerlo, y… lo haremos!

Adolfo Marroquín Santoña

Los comentarios están cerrados.

Adolfo Marroquín, Doctor en Física, Geofísico, Ingeniero Técnico Industrial, Meteorólogo, Climatólogo, y desde 1965 huésped de Extremadura, una tierra magnífica, cuna y hogar de gente fantástica, donde he enseñado y he aprendido muchas cosas, he publicado numerosos artículos, impartido conferencias y dado clases a alumnos de todo tipo y nivel, desde el bachillerato hasta el doctorado. Desde este blog, trataré de contar curiosidades científicas, sobre el clima y sus cambios, la naturaleza, el medio ambiente, etc., de la forma más fácil y clara que me sea posible.