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Autor: adolmar
El clima y sus cambios, frente a la salud
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Adolfo Marroquín Santoña | 04-11-2017 | 8:51| 0

01-antes-y-despues-del-cambio-climaticoA nivel mundial, el número de desastres naturales relacionados con la meteorología, y con las cambiantes condiciones que acompañan al cambio climático, se ha triplicado desde los años sesenta, y cada año esos desastres causan decenas de miles de muertes, sobre todo en los países en desarrollo.

En un artículo de la Universidad de Carolina del Norte (EE. UU.), recientemente publicado por HealthDay, se afirma que, si no se hace nada para abordar el problema del cambio climático que estamos padeciendo, decenas de miles de muertes prematuras adicionales podrían ocurrir en todo el mundo como consecuencia de la contaminación atmosférica.

Por su parte, la OMS (Organización Mundial de la Salud) prevé que, entre 2030 y 2050, el cambio climático causará un incremento de muertes cada año, superior incluso al previsto hasta ahora, debido a la malnutrición, el paludismo, la diarrea, la malnutrición, la malaria, el dengue y el propio estrés calórico, porque muchas de las enfermedades más mortíferas, son muy sensibles al clima y es de prever que se agravarán con el cambio climático.

Por otra parte, el aumento del nivel del mar y unos fenómenos meteorológicos cada vez más violentos, sobre todo en las zonas costeras, destruirán hogares y otros muchos servicios esenciales. No debemos olvidar que, más de la mitad de la población mundial vive en una franja de 60 km de ancho a lo largo de las costas de mares y océanos, por lo ambos acontecimientos, subida del nivel del mar y aumento de fenómenos violentos, pueden obligar a muchas personas a tratar de protegerse, cambiando su lugar de residencia y desplazándose a zonas más seguras, lo que aumentará a su vez el riesgo de efectos en la salud, en aspectos que van desde trastornos mentales, asociados al estrés de todo cambio, hasta enfermedades transmisibles.

La OMS advierte de que la creciente variabilidad, tanto temporal como espacial, de las precipitaciones afectará también, al suministro de agua dulce, lo que provocará escasez de ésta, con lo que puede ponerse en peligro la higiene, aumentando las enfermedades. En los casos extremos, la escasez de agua causará la temible sequía y su funesta compañera, la hambruna. Se estima que a finales del siglo XXI es probable que el cambio climático haya aumentado la frecuencia e intensidad de las sequías a nivel regional y mundial.

Al mismo tiempo, el efecto combinado del aumento de las temperaturas y la variabilidad de las lluvias reducirán probablemente la producción de alimentos básicos en muchas de las regiones más pobres del planeta. Lo que aumentará la actual malnutrición y desnutrición, que actualmente causan ya millones de defunciones cada año. Las temperaturas extremas del aire, durante los meses centrales del año, contribuyen directamente a las defunciones por enfermedades cardiovasculares y respiratorias, sobre todo entre las personas de edad avanzada.

Como muestra, en la ola de calor que sufrió Europa en el verano de 2003, se registró un incremento de la mortalidad, cifrado en 70.000 defunciones. Las temperaturas altas provocan además un aumento de los niveles de ozono troposférico, es decir el conocido como “ozono-malo”, que se acumula en las capas bajas de la atmósfera, junto al suelo, donde actúa como contaminante, junto con algunas otras componentes nocivas del aire, que agravan las enfermedades respiratorias.

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Una cuestión que podemos plantearnos es ¿a qué regiones y a qué personas afectarán más los efectos del cambio climático? Pues bien, en la práctica todas las áreas del planeta se verán afectadas, pero ciertamente algunas regiones son más vulnerables que otras. Por ejemplo, los habitantes de los pequeños estados insulares en desarrollo y de otras regiones costeras, megalópolis y regiones montañosas y polares son especialmente vulnerables. Los niños, en particular los de los países pobres, son una de esas poblaciones más en riesgo ante los problemas sanitarios previsibles y que además se verán expuestos por más tiempo a las consecuencias sanitarias de los cambios. Se prevé así mismo que los efectos en la salud serán más graves en las personas de mayor edad y, lógicamente, en las personas con achaques, dolencias o enfermedades preexistentes.

A corto plazo, las perturbaciones meteorológicas intensas, que se presentan como anomalías térmicas, con calor o frío alejados de los valores estadísticamente normales, para la época del año en la región de que se trate, también pueden afectar gravemente a la salud, causando estrés térmico, y provocando el aumento de la mortalidad por enfermedades cardiacas y respiratorias. Otro aspecto a tener en cuenta  es que el aumento de la temperatura global modificará los niveles y la distribución estacional de aerosoles naturales, como el polen, lo que puede provocar asma. De hecho, hay aproximadamente 300 millones de personas en el mundo que padecen asma y se teme que, con la esperada elevación de la temperatura del planeta, aumente el número de personas con dicha enfermedad.

Frente a tanto riesgo asociado al cambio climático ¿estamos haciendo algo los humanos para tratar de paliar los daños? Pues, de momento, casi lo único que podemos decir aquí, al respecto, es aquello que decía Humphrey Bogart a Ingrid Bergman, y que quedaba tan bien, en la famosa película Casablanca… ¡Siempre nos quedará París! Refiriéndonos, en este caso, al conocido como Acuerdo de París, que fue el primer pacto internacional, al más alto nivel, para reducir las emisiones de gases contaminantes, de efecto invernadero, a la atmósfera.

Este Acuerdo, fue ratificado en París en diciembre de 2015, por casi 200 naciones, entre las que se encontraban Estados Unidos, con el presidente Obama, y también China, es decir los dos mayores contaminadores del mundo. Se presentó allí un plan mundial de actuaciones, para mantener el calentamiento del planeta muy por debajo de 2 °C, lo que se estimó como imprescindible para no superar el llamado “punto de no retorno”, por encima del cual las consecuencias de los potenciales daños, asociados al cambio climático, serían irreversibles.

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Sin embargo, de momento al menos, parece que el citado Acuerdo de París presenta algunas sombras que pueden apagar, o al menos oscurecer, sus luces. Porque, aunque hay que admitir que aparentemente este Acuerdo plantea soluciones, con muchas expectativas de éxito, lo cierto es que existen algunas dudas, como son:

1.- Todos los países participantes, cerca de 200, acordaron mantener el aumento de la temperatura mundial por debajo de 2 ºC y, si fuera posible, no llegar siquiera a 1,5 ºC respecto al comienzo del siglo XX; lo que me parece muy difícil, en primer lugar porque ya ha aumentado más de 1 ºC y además porque, en mi opinión, el Acuerdo presupone un elevado “buenismo” de los firmantes, y la realidad vivida hasta ahora demuestra que “no todo el mundo es tan bueno”.

2.- El Acuerdo crea mecanismos voluntarios de revisión, de acuerdo con los cuales, los países deberán presentar un primer balance en el 2023 y, después cada cinco años. Pero los compromisos de reducción de GEI (Gases de Efecto Invernadero) por parte de los países no serán jurídicamente vinculantes, tal como solicitó Estados Unidos, lo que posteriormente, con Trump en la Casa Blanca, ha complicado aún bastante más las cosas.

3.- Los países firmantes se comprometían a comenzar la reducción de emisiones de gases “tan pronto como fuera posible”. O sea, cada uno a su aire. Además, a las potencias emergentes como China e India no se les obligaba a cuantificar la reducción de emisiones y sólo se les pedía que hicieran esfuerzos por cumplir. También se excluían del tratado las emisiones de la aviación y el transporte marítimo, pese a que suponen un 8% de las emisiones mundiales de GEI.

4.- Finalmente, la llegada de Donald Trump a la Presidencia de los EEUU, y su intención, manifestada en varias ocasiones durante su campaña electoral, de “sacar” a EEUU del bloque de países comprometidos con el Acuerdo de París, apunta a serias dificultades en el cumplimiento del mismo.

Es sabido, que la mayor parte de la causa del cambio climático está en el modelo energético que hemos mantenido durante décadas, quemando combustibles fósiles y emitiendo contaminantes, literalmente como si no hubiera un mañana. Pero el gran problema que se esconde tras ese modelo y por tanto tras la deseada solución es la economía. Sabemos cuál es el problema, conocemos la solución y sabemos cómo resolverlo, pero es muy caro. Sin embargo, no perdamos la esperanza, porque “Siempre tendremos París”.

Adolfo Marroquín Santoña

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Huracanes en Europa, improbable pero no imposible
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Adolfo Marroquín Santoña | 25-10-2017 | 6:13| 0

A estas alturas del siglo XXI, es ya suficientemente conocido y admitido, prácticamente sin discusión, que el clima mundial está cambiando debido al calentamiento global del planeta, y que los cambios están aumentando la frecuencia de algunos fenómenos meteorológicos extremos como los huracanes, e incluso cambiando las trayectorias tradicionales de éstos, lo que dará lugar a problemas, con los que tendremos que aprender a convivir.

Por poner un ejemplo de los citados problemas, el de los potenciales cambios de trayectorias de los huracanes, podríamos mencionar que en octubre de 2017, el huracán Ophelia, fue el primer huracán de categoría 3, en la escala de Saffir-Simpson, que se acercó a Europa, con vientos que, lamentablemente por cierto, contribuyeron a avivar los incendios que, en las mismas fechas, se estaban produciendo en el norte de Portugal, en Galicia y en Asturias. Y aunque, ciertamente cuando Ophelia se aproximó a las costas gallegas, ya no era propiamente un huracán, sino un ciclón extratropical, habiendo perdido buena parte de su fuerza, conviene recordar sin embargo que España ha sido ya testigo, anteriormente, de la proximidad de algunos otros ciclones tropicales.

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Un huracán, también conocido como ciclón o tormenta tropical, por gestarse en los trópicos, no presenta frentes, pero sí una impresionante masa nubosa que mantiene una circulación, perfectamente organizada, rotando en sentido contrario a las agujas del reloj (en el hemisferio norte). Suele nacer como una perturbación tropical, con vientos relativamente flojos, que van aumentando a medida que avanza sobre las aguas del océano, de las que va tomando la energía, necesaria para seguir creciendo y avanzando. Una vez que los vientos en superficie, que acompañan a la perturbación, alcanzan y superan los 120 Km/h, adquieren la categoría suficiente para ser llamados huracanes, entre los que se pueden alcanzar cinco niveles, del 1 al 5, crecientes en intensidad, fuerza y daños, según se observa en la Escala Saffir-Simpson, presentada a la izquierda en la imagen superior.

Precisamente a la derecha de la citada imagen se presentan las trayectorias de 1.325 casos de huracanes, seguidos desde su nacimiento hasta su extinción. Puede verse en esa imagen como, tras el nacimiento de los “huracancitos” en el entorno de las Islas de Cabo Verde, las trayectorias se dirigen hacia el norte del Atlántico, si bien algunas de las ramas de trayectoria giran a veces hacia el noreste, e incluso claramente hacia el este, dirigiéndose con ello hacia Europa, y en particular a Portugal y a España.

Así, en 1967, el ciclón Chloé, formado en las costas de Cabo Verde, llegó a afectar al Cantábrico. En 1984, la tormenta tropical Hortensia se dejó sentir en Galicia, concretamente en Ferrol, con más de 150 Km/h. En 2005, dos perturbaciones, con origen y características tropicales, afectaron también a España, una en el área de Cádiz, el ciclón Vince, y otra en Canarias, el Delta, ambos con vientos superiores a los 100 Km/h. En 2006, el huracán Gordon llegó a las Azores, debilitándose después, camino del noroeste de la Península Ibérica. Y en 2009, el Klaus azotó las costas gallegas, con vientos de 200 Km/h.

El hecho de que hasta ahora no hayamos recibido “de lleno” la indeseable visita de un huracán, tiene una explicación lógica, que se entiende bien si repasamos cuáles son las Condiciones mínimas para el nacimiento y desarrollo de un HURACÁN, a saber:

1.- Gran aporte de humedad en superficie (Formación exclusivamente en el océano).

2.- Temperatura superficial del agua oceánica superior a 26-27ºC

3.- Latitud superior a 5º (N ó S). Es necesaria la fuerza desviadora (de Coriolis) para que se organice un vórtice.

4.- Convergencia de aire en superficie y divergencia en altura (es decir, existencia previa de una perturbación).

5.- Disminución rápida de la temperatura con la altura (el aire que se eleva desde superficie se encontrará en un entorno inestable)

6.- Existencia de elevada humedad en las capas medias de la atmósfera.

De estas seis condiciones, que deben cumplirse todas, varias de ellas no se han cumplido nunca, hasta ahora, en ningún país de Europa, pero los europeos, muy especialmente Portugal y España, debemos preocuparnos y ocuparnos de que sigan sin cumplirse, por lo que antes veíamos; puesto que somos el frente natural de ataque que presenta Europa a esos “malvados y malvenidos” visitantes potenciales.

Porque veamos ¿Cuántas y cuáles de las citadas condiciones podrían cumplirse, y con ello facilitar el camino a un verdadero huracán? Bien, no seamos pesimistas desinformados, sino optimistas, pero bien informados; porque como suele decir un conocido humorista de nuestra televisión “eso no va a pasar, pero… ¿y si sí?

La C-1 (Condición 1) la cumplimos de lleno, puesto que ahí está el Atlántico.

La C-3 la cumplimos sin remedio, puesto que nuestra latitud es la que es. ¡Sí, ya sé que me he saltado la C-2, esperen!

La C-4 la cumplimos cada vez que nos llegan borrascas atlánticas, lo que es muy frecuente.

La C-5 la cumplimos con frecuencia, porque ¿recuerdan las numerosas citas, en los medios de comunicación, de la famosa “gota fría”?, por cierto, nombre poco adecuado, que deberíamos sustituir por DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos), pues bien, se presenta con relativa frecuencia, cumpliéndose con ello la C-5.

La C-6 es una de las “madres del cordero”, la existencia de la humedad, suficiente y necesaria, en las capas medias de la atmósfera, no es algo muy frecuente en nuestras coordenadas geográficas, pero tampoco tan infrecuente o extraordinario. Les daré una pista que les hará entender a ustedes la rareza e importancia de la cosa. Esa condición se cumplió de lleno durante los tristes días 5 y 6 de noviembre de 1997, en los que el temporal que cruzó la Península Ibérica, entrando por Portugal y avanzando en dirección diagonal, de suroeste a nordeste, dio lugar en Extremadura a registros absolutamente extraordinarios de precipitaciones y vientos, causando desgraciadamente 23 víctimas mortales. Pues bien, aquel extraordinario desarrollo, conocido como “ciclogénesis explosiva”, encontró la ayuda que necesitaba para desarrollar el inmenso mecanismo generador de precipitaciones que se formó. Esa ayuda fue la presencia e inyección de la humedad necesaria y suficiente, en los niveles medios del monstruo, para poder crecer tan descomunalmente. Por tanto podemos asegurar que no es probable que esto pase, pero no es imposible, puesto que de hecho pasó.

De forma que, de las seis condiciones necesarias, y que podrían ser suficientes, para que uno de los muchos huracanes que nacen cada año en el trópico, concretamente en los alrededores de Cabo Verde, llegue a visitarnos, con todo lo que eso puede suponer en cuanto a la pérdida de vidas, de haciendas, de infraestructuras, etc., cumplimos, o podríamos cumplir, cinco de ellas. Entonces ¿porqué parece que ese riesgo, que aparentemente existe, no preocupa en absoluto en Europa?

Bueno, vamos a ver qué pasa con la condición C-2 que habíamos dejado pendiente. ¿Es, o puede ser superior a 26-27ºC  la temperatura superficial del agua oceánica, no sólo en las costas europeas, sino bastantes kilómetros mar adentro, como ocurre en el Golfo de México? Evidentemente la respuesta es que, hoy por hoy, no se dan, ni se esperan, esos valores. De hecho, en la imagen siguiente les muestro, a la izquierda, porqué  las trayectorias que antes veíamos se dirigen al Golfo de México y sus alrededores, y no a Europa, salvo contadas excepciones, que además acaban extinguiéndose.

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En la parte derecha de la imagen, les muestro lo sucedido con el pobre ciclón extratropical Delta, cuando el año 2005, intentó separarse de lo que hacían las otras trayectorias y dirigirse a Canarias. Pues lo que le pasó al pobre Delta, frustrado aspirante a huracán, fue que se encontró que las temperaturas del agua en el océano iban bajando de 24-23-22ºC a medida que avanzaba (véanse en la figura las isotermas del agua del Atlantico) y no pudo llegar a los 21ºC, porque antes falleció de “inanición energética”.

Y, si eso ocurre en la latitud de Canarias, imagínense el futuro que esperaría a una borrasca, aspirante a huracán, al llegar a Lisboa, a Coruña, y de ahí para arriba. Ahora bien, el hecho de que un huracán serio, como Dios manda, necesite temperaturas del agua del mar por encima de los 26 o 27ºC ¿nos deja a nosotros libres para siempre de la amenazadora visita de un huracán? Pues la verdad es que no, fundamentalmente por dos razones, la primera es que, como demuestran algunas de las trayectorias ya vistas, siempre puede existir una excepción para una norma, sobre todo si esta es estadística. Y la segunda razón, por la que se mantiene la duda es porque no sabemos hasta dónde llegaremos nosotros, los insensatos humanos, con el descontrol del calentamiento global planetario, hecho incontestable que afecta también naturalmente a los océanos.

En fin, lo cierto es que, aunque los humanos nos empeñáramos en transformar nuestros océanos en sopa de pescado, la Naturaleza (así, con mayúscula), modificaría las corrientes oceánicas, que son las verdaderas cintas transportadoras de energía, para que las cosas no se le fueran de las manos. ¡Tenemos una Naturaleza que no nos la merecemos!

Adolfo Marroquín Santoña

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La ciencia avanzando, y nosotros con estos pelos
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Adolfo Marroquín Santoña | 14-10-2017 | 11:53| 0

01-investigador-y-pelo-vegetalConsidero que el estudio de la influencia del clima en la salud humana, debería ser de interés siempre, pero más aún en estos tiempos de cambios climáticos, por lo que, buscando ampliar conocimientos sobre el particular he entrado en el sitio de la NLM (National Library of Medicine) de los EEUU, donde me han llamado la atención, entre los fondos disponibles, algunos artículos sobre las interrelaciones clima-salud, que analizaré a la brevedad posible. Pero de momento, los que me han llamado la atención son unos que trataban de la pérdida de cabello, la denominada alopecia, y en los que se incluían consideraciones y se analizaban potenciales causas.

Ciertamente, este tema no tenía, en principio, mucha relación con mi búsqueda inicial, pero me pareció que contenía aspectos que podrían ser de interés para muchas personas, de forma que opté por informarme y trasladar a ustedes algunos de los citados aspectos.

Por ejemplo, se sabe que el ciclo normal del crecimiento del cabello dura de 2 a 3 años y que cada pelo crece aproximadamente un centímetro al mes durante esta fase. Los estudios realizados aportan estadísticas, de las que se deducen que alrededor del 90% del cabello en el cuero cabelludo está creciendo simultáneamente, mientras que el 10% restante se encuentra en una fase de inactividad, de reposo podríamos decir. El reposo dura del orden de 3 a 4 meses, tras lo cual ese cabello inactivo se cae y en su lugar comienza a crecer nuevo cabello. La pérdida de cabello puede no ser permanente, puesto que los folículos pilosos no se destruyen, y a veces puede que sólo estén pasando una fase de descanso.

Pero ¿sabían ustedes que es normal que una persona pierda aproximadamente 100 cabellos de su cabeza cada día, y que en la mayoría de los casos esos cabellos vuelven a crecer?, ¿y sabían que el cuero cabelludo contiene normalmente alrededor de 100.000 cabellos? Naturalmente todas estas cifras se refieren a valores medios, de gentes medias, en condiciones medias, por lo que son meramente orientativos, de forma que, para individuos concretos, pueden presentarse importantes desviaciones de esos valores medios, e incluso desviaciones absolutas, en algunos casos.

Cada pelo sigue su “ciclo del cabello” de forma independiente del resto, lo que permite que mudemos nuestro pelo progresivamente a lo largo de todo el año. Sin embargo, a igualdad de todo lo demás, parece ser que a principios de otoño los cambios hormonales hacen que crezcan menos pelos nuevos que en otras estaciones. Eso implica que, si en condiciones normales se desprenden diariamente alrededor de 100 pelos, entre septiembre y noviembre la pérdida capilar puede duplicarse o triplicarse. El proceso no suele durar más de tres meses y no debe preocuparnos demasiado, porque, en la mayoría de los casos, suele ser reversible.

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Es un hecho que muchos hombres y algunas mujeres pierden pelo a medida que envejecen, pero también pueden perderlo si sufren ciertas enfermedades, como problemas de tiroides, diabetes o lupus, o si están tomando ciertas medicinas o, como es bien conocido, si se encuentran en tratamiento de quimioterapia por cáncer. Otras causas pueden ser el estrés, una dieta baja en proteínas, la existencia de un origen genético, con antecedentes familiares, o simplemente una mala nutrición. Cuando la calvicie es de origen genético, lo que significa que usted heredó un gen para la calvicie, no hay manera de evitarla; sin embargo, algunas otras causas de la pérdida excesiva del cabello sí pueden prevenirse.

Algunas pérdidas de cabello reparables, son las ocasionadas por problemas hormonales. Si usted sufre de hipotiroidismo o hipertiroidismo, su cabello puede caerse, más de lo normal y, por lo general, esta pérdida de cabello puede abordarse y minimizarse tratando su enfermedad de tiroides. También la pérdida de cabello puede ocurrir si las hormonas masculinas o femeninas, conocidas como andrógenos y estrógenos, están desequilibradas. En este caso, corregir el desequilibrio hormonal puede detener esa pérdida de cabello.

En la mayoría de los casos, la pérdida notable de cabello es gradual, lo que significa que ocurre durante un largo período de tiempo; esto es especialmente cierto en los hombres. La pérdida del cabello se considera excesiva cuando aparecen zonas aisladas de calvicie o bien cuando se produce un debilitamiento notable de todo el cabello, o de gran parte del mismo. También, en ocasiones, el cabello puede caerse de forma repentina, debido a un shock repentino, físico o emocional.

Es evidente que el pelo no es solamente el cabello que tenemos en la cabeza; de hecho, tenemos pelo (o vello) en casi todas las partes del cuerpo, excepto los labios, las palmas de las manos y las plantas de los pies. La mayor parte del pelo que tenemos en el cuerpo es fácil de ver, como por ejemplo el de las cejas, la cabeza, los brazos o las piernas. Según el lugar donde se encuentre, el pelo cumple diferentes funciones. El pelo de la cabeza, aparte de la componente estética, que suele llevar emparejada, proporciona a la misma cierta protección contra el frío, el calor y hasta los golpes. Las pestañas protegen los ojos, disminuyendo la cantidad de luz y polvo que puede penetrar en ellos; y las cejas protegen los ojos del sudor que puede gotear por la frente.

El pelo siempre crece a través de la piel de la misma manera, sin importar de dónde salga (de tu cabeza, brazo, pierna, etc.); comienza en la raíz capilar, debajo de la piel, donde las células se agrupan para formar la queratina, la proteína de la que están formadas las uñas. La raíz está dentro de un folículo, que es una especie de tubo pequeño insertado en la piel.

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El pelo crece de la raíz, sale del folículo y atraviesa la piel, haciéndose entonces visible. Los pequeños vasos sanguíneos que se encuentran en la base de cada folículo alimentan la raíz del pelo para permitir su crecimiento. Pero una vez que el pelo emerge de la superficie de la piel, las células que lo forman ya no están vivas. Las células de cada uno de los pelos que ves en tu cuerpo están muertas.

El tipo más común de pérdida de cabello se llama alopecia androgenética, también conocida como calvicie de patrón masculino o femenino. Tiende a ser hereditaria y provoca la caída gradual del cabello. A medida que los hombres envejecen, pueden empezar a perder cabello en la parte frontal de su cuero cabelludo. El patrón de pérdida de cabello para las mujeres es diferente. Su cabello puede debilitarse por todo el cuero cabelludo, pero a menudo es más evidente a lo largo de “la raya del peinado”. En cuanto al color del cabello, es debido a la melanina, la sustancia que también da color a la piel, de forma que cuanto más claro es el cabello, menos melanina estará presente; una persona con cabello negro o castaño tiene mucha más melanina que una con cabello rubio o pelirrojo. A medida que la gente envejece, la cantidad de melanina disminuye y es entonces cuando comienzan a salir las canas.

Un consejo para lucir un hermoso cabello, mientras dure, es seguir una dieta saludable. Suena raro, pero no lo es. Una dieta rica en nutrientes adecuados ayuda a nuestro cuerpo en general, y en particular a nuestro pelo, por lo que… ¡Debemos cuidar nuestro cabello de dentro hacia fuera!

Adolfo Marroquín Santoña

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Geofísica, la física del planeta Tierra
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Adolfo Marroquín Santoña | 05-10-2017 | 4:41| 0

Hace unos días, “enreando” (término acuñado por mi santa esposa, para referirse a mis búsquedas de información), pues bien, enredando entre mis apuntes de los viejos tiempos como estudiante, hace más de medio siglo, en la Universidad Complutense, encontré una serie de anotaciones referidas a Geofísica, que me llamaron la atención, en primer lugar por su vigencia, pese al tiempo transcurrido, y por otra parte porque me recordaron lo interesante que entonces me parecieron, y que siguen pareciéndome.

Trataré de compartir con ustedes algunas de aquellas ideas y teorías, intentando hacerles copartícipes de lo atractivo que son los fundamentos que subyacen bajo y sobre la superficie de este planeta Tierra, al que tanto debemos y al que tan mal pagamos. Por ejemplo, deben saber ustedes que sería bastante acertado comparar al planeta Tierra con un huevo escalfado, duro o casi, tanto por su forma, como por la disposición de sus distintas capas; de hecho, la Tierra no es una esfera, sino un geoide, y está compuesta por la corteza, el manto y el núcleo, que corresponderían a la cáscara, la clara y la yema del citado huevo.

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Para conocer el estado y la composición de la Tierra a grandes profundidades y para grandes extensiones, la Geofísica recurre al estudio de las ondas originadas por los movimientos sísmicos, registradas en los sismógrafos que se encuentran distribuidos por todo el mundo. Cuando se produce un terremoto en cualquier lugar del planeta, las ondas producidas viajan por el interior de la Tierra, y se puede deducir mucha información sobre la composición y el estado, sólido o fluido, de lo que hay bajo nuestros pies, a partir de la propagación del movimiento sísmico, por la diferencia del tiempo transcurrido y por la forma de las ondas registradas, en la red mundial de sismógrafos,.

Así fue como en 1909 se descubrió como a algunas decenas de kilómetros bajo la superficie del planeta, existía un cambio brusco en la propagación de las ondas sísmicas, debido a un cambio sustancial en las condiciones físicas en que se encontraba el material del subsuelo a esa profundidad, pasando de sólido a fluido. La capa a la que se producía ese cambio se denominó discontinuidad de Mohorovicic, en honor del sismólogo yugoeslavo que la descubrió; posteriormente conocida, recortando el apellido del descubridor, como discontinuidad Moho, que es la zona que separa la corteza (parte sólida superficial) de la siguiente capa, el manto.

La profundidad a que se encuentra la discontinuidad Moho, entre corteza y manto, no sólo no es constante, sino que varía enormemente entre valores que orientativamente podemos tomar como 10 Km en zonas oceánicas y hasta más de 60 Km en áreas continentales; pero recordemos que la estructura del planeta no es estática, sino dinámica, es decir está variando continuamente, puesto que, como es sabido, los continentes se mueven a través de la deriva continental; teoría desarrollada por el meteorólogo alemán Alfred Wegener.

En la actualidad, siguen existiendo numerosas dudas respecto a cuándo, cómo y por qué, las enormes placas que constituyen la corteza terrestre habrían empezado los desplazamientos asociados a su lentísimo viaje, que se estima comenzó hace más de 3.500 millones de años (MA), pero con un amplio abanico de dudas, puesto que la estimación de ese tiempo va desde un mínimo de 1.000 MA, hasta más de 4.200 MA. Un intervalo temporal demasiado grande para que se pueda entender la evolución de la Tierra primitiva, de forma que hay que trabajar con hipótesis.

Lo que sí se sabe es que el movimiento de las placas debió remodelar radicalmente el planeta, tallando las cuencas oceánicas y alzando las cordilleras. También se debió alterar la composición de la atmósfera y de los océanos, lo que, sin duda, afectaría al suministro de nutrientes de las formas primitivas de vida del entonces joven y oscuro planeta. Y digo oscuro planeta, porque se piensa que la Tierra primitiva debía de parecerse mucho a la Islandia actual, con oscuros campos de lava negra y oscuras playas de arena, bordeando la tierra firme.

Estos desplazamientos de la corteza de la Tierra, sobre la superficie del planeta, hay que analizarlos a escala geológica, ya que, considerados a escala humana, son enormemente pequeños y extraordinariamente lentos. Sin embargo, llama la atención que diminutos testigos biológicos, como lombrices o caracoles, hayan venido a apoyar algunas de las teorías que la Geofísica ha ido apuntando. Así, la presencia y distribución de algunas especies de gusanos de tierra y de caracoles, encontrados en la parte occidental de Europa y en la parte oriental de Norteamérica, es decir en las costas de ambos continentes situadas “frente a frente”, sugiere que, en tiempos remotos, las costas de esos territorios tuvieron que estar en contacto, puesto que es evidente que el océano hubiera sido un obstáculo insalvable para la emigración de estos animales.

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En realidad, la teoría de la deriva continental, planteada por Wegener, es una idea que “salta a la vista” cuando se observan las formas del continente americano y de los continentes europeo y africano, puesto que, simplemente a ojo, parece que el Atlántico es en realidad una enorme grieta, llena de agua, que separa esos continentes, que debieron estar originariamente unidos. Naturalmente, esa tentadora apariencia de formas coincidentes debe ser confirmada por más cosas, y así encontramos que además de la coincidencia de gusanos y caracoles, de linajes coincidentes, en las costas de Norteamérica y Europa; ocurre algo similar con las costas de Sudamérica y África, siendo garantes de esa proximidad física los fósiles encontrados a ambos lados del Atlántico.

También las analogías geológicas y geofísicas, y hasta la propia paleoclimatología, parecen confirmar la teoría de Wegener, pese a lo cual éste investigador, o más bien su teoría, fue duramente atacada por muchos de sus colegas, tanto geólogos como geofísicos, en los comienzos del siglo XX.

Al hilo de la teoría de la deriva continental, encontramos también algunas ideas sobre el misterio del magnetismo terrestre. Hoy día es bien conocido, y se enseña ya a los parvulitos en la escuela, que la Tierra es un enorme imán, pero este hecho no se conoció hasta el siglo XVI, y desde entonces han sido muchas las investigaciones relacionadas con el tema. Como curiosidad recordemos que el polo norte de la aguja de las brújulas señala, muy aproximadamente al polo norte geográfico, lo que puede parecer raro, puesto que sabemos que los polos contrarios de los imanes se atraen, con lo que lo lógico sería que el norte del imán-brújula señalara al sur del imán-Tierra… Y así es, puesto que, en la Tierra, el sur magnético está próximo al norte geográfico de la misma, siendo el ángulo de desviación de ambos polos la denominada declinación.

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Aunque nuestro planeta se comporte como un inmenso imán esférico, los valores del campo magnético terrestre sobre la superficie no son homogéneos ni constantes, ni en el espacio ni en el tiempo; de hecho, las constantes mediciones que se realizan en cualquier observatorio demuestran que el campo magnético varía continuamente, y aun cuando la variación es pequeña, es sin embargo detectable incluso de un día para otro, con la conocida como variación diurna, que a veces presenta picos importantes, como consecuencia de las tormentas magnéticas.

Las causas de estas perturbaciones no están en el interior de la corteza terrestre, sino que hay que buscarlas en las capas superiores de la atmósfera, a unos cuantos centenares de kilómetros por encima de la superficie terrestre, en la zona denominada ionosfera, en la que abundan los electrones libres, arrancados a los átomos de oxígeno y nitrógeno por la radiación solar. Otras perturbaciones, generalmente más pequeñas y a nivel local, sí suelen ser debidas a la presencia de depósitos minerales magnéticos, bajo la capa de la corteza terrestre, de forma que los geofísicos utilizan las prospecciones magnéticas para localizar y evaluar el contenido de estos yacimientos.

Y hablando del magnetismo terrestre, puede que no identifiquemos océanos con ese magnetismo, pero también los océanos forman parte, aunque pequeña, del escudo magnético protector de nuestro planeta. Este campo magnético nos protege de la radiación cósmica y de las partículas cargadas que, procedentes del Sol, bombardean constantemente la Tierra. Sin ese escudo protector, la vida sería prácticamente imposible sobre nuestro planeta, al menos tal como la conocemos en la actualidad.

Los satélites Swarm de la Agencia Espacial Europea (ESA) han realizado nuevos descubrimientos sobre la naturaleza eléctrica del interior de la Tierra, y así hemos sabido que, cuando el agua salada de los océanos se mueve bajo el campo magnético terrestre, se generan corrientes eléctricas que, a su vez, inducen una respuesta magnética en el manto, la región profunda bajo la corteza terrestre. Los nuevos resultados, obtenidos mediante las observaciones satelitales, son importantes para comprender la tectónica de placas, que, como antes decíamos, es la teoría que sostiene que la litosfera terrestre se compone de placas rígidas que se deslizan sobre la masa caliente y más fluida, que funciona a modo de lubricante permitiendo así su movimiento.

De esta forma, las modernas técnicas de observación han venido a ayudarnos a entender y explicar algunas dudas que las anteriores teorías, como la de la tectónica de placas, tenían pendientes.

Todo sea para poder conocer más y mejor este planeta nuestro, el único que tenemos, al que tanto debemos y al que tan mal pagamos.

Adolfo Marroquín Santoña

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Cambio climático, catástrofe o negocio
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Adolfo Marroquín Santoña | 17-09-2017 | 9:40| 0

01-cambio-clima-y-beneficiosPermítanme revisar y comentar aquí algunos hechos:

1.- Nunca, desde hace casi un millón de años, la concentración de GEI (Gases de Efecto Invernadero), había alcanzado y superado las 400 ppm (partes por millón) como está ocurriendo en la actualidad, manteniéndose la tendencia creciente.

2.- Nunca, desde hace casi dos siglos, se habían registrado tantos y tan violentos FMA (Fenómenos Meteorológicos Adversos) extendiéndose a todo el planeta.

3.- Nunca se ha hecho el caso necesario y suficiente, a los avisos que sobre este tema vienen difundiéndose, entre otros, por parte del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático), creado en 1988, que ha emitido ya cinco informes de evaluación sobre el cambio climático, sus causas, posibles repercusiones y estrategias de respuesta.

4.- Nunca deberíamos esperar que algunos de los gobernantes actuales, que en muchos países tienen como única formación la adquirida en su larga etapa de políticos profesionales, entiendan la relación causa-efecto entre GEI y FMA, como les viene advirtiendo reiteradamente el IPCC, donde también hay políticos, no nos engañemos, pero donde al menos existen, a su alrededor, muchos y buenos científicos climáticos.

Pese a todo, en 2015 tuvo lugar en París la vigésimo primera sesión de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP21) de la que nació el conocido como Acuerdo de París, en el que se estableció, no sin muchas dudas, reservas y objeciones, el marco global de lucha contra el cambio climático, que debería regir a partir de 2020. Un intento, supuestamente global, para resolver los problemas que causaría el cambio climático, éste sí realmente global.

Y ahí tienen ustedes a Donald Trump, presidente de uno de los países más poderosos y contaminantes del planeta, que como gobernante no procede de la cantera de políticos profesionales, sino del mundo de los “negocios a la americana”, y que quiere excluir de la COP21 a los EEUU, porque tiene sus dudas en la citada relación causa-efecto GEI-FMA, pero, sobre todo, por su convencimiento de que ese acuerdo perjudicaría a la economía de su país, aun cuando medioambientalmente fuera beneficioso para el planeta en su conjunto.

En la actualidad, varios de los mayores bancos del mundo han promovido, junto con la ONU, la transparencia financiera en materia climática; entre estos bancos, con un capital de más de siete billones de dólares, se pueden citar a ANZ, Barclays, Bradesco, Citi, Itaú, National Australia Bank, Royal Bank of Canada, Santander, Standard Chartered, TD Bank Group y UBS.

Sinceramente, no dudo que estos bancos, y algunos más que, llegado el caso, se les irán uniendo, tengan buenísimas intenciones, pero naturalmente sería utópico pensar que entre esas intenciones no figure la de su propio beneficio; lo que, por otra parte es no sólo lícito y lógico, sino fundamental en un mundo regido por las finanzas y la obtención de máximos beneficios económicos. Obviamente, los bancos y las entidades financieras en general no son organizaciones sin ánimo de lucro (OSAL), sino muy al contrario, son organizaciones que persiguen el máximo lucro posible. Hasta ahí, todo bastante normal y natural.

Sin embargo, el cambio climático es, hoy por hoy, uno de los mayores problemas a que se enfrenta la humanidad; en este diagnóstico coinciden tanto científicos, como políticos, empresarios y hasta los propios banqueros. Pero, el cambio climático que estamos padeciendo en la actualidad, y el que padeceremos si las cosas no cambian mucho y pronto, no se ha producido de forma natural, al menos no totalmente, puesto que ha sido causada sobre todo por la enorme y rapidísima acumulación de GEI en la atmósfera y en los océanos, como consecuencia de un modelo productivo inadecuado e insostenible, en el que hay responsables y víctimas.

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En la imagen superior, he colocado a la izquierda los países más contaminantes del mundo, coloreados de marrón oscuro a blanco, con el significado de cuanto más oscuro el color, más pecador, es decir más responsable por su acción contaminante; como se puede comprobar a simple vista, los máximos responsables de este problema se sitúan en el hemisferio norte. En la derecha figuran los países que más padecerán las consecuencias, coloreados también en marrón, pero significando ahora que cuanto más oscuro el color, más víctimas, es decir más muertos a consecuencia del cambio climático. Al contrario que antes, se comprueba ahora que las víctimas se concentran en países situados en el hemisferio sur.

Dicho lo anterior, lo cierto es que casi todos, somos responsables de haber llegado a la actual situación climática, y todos somos víctimas. Sin duda, somos responsables y, a la vez, somos víctimas, pero debe quedar claro que unos son mucho más responsables que otros y estos otros serán mucho más víctimas que aquellos unos.

Sin embargo, en la cobertura, tanto científica como periodística de este fenómeno de dimensiones planetarias, frecuentemente se ignora el papel de los causantes, y se dirige el foco sólo a los efectos y a las víctimas. Si nos planteamos, por ejemplo, porqué el presidente Trump ha querido sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París, la realidad hay que buscarla, no en la justicia social, ni en la seguridad climática, sino la seguridad de la economía de su país, como dijo ya claramente en su toma de posesión: “America first”.

Ahora bien, esa seguridad económica buscada, les va a crear en el futuro muy poca seguridad meteo-climática, a los “súbditos americanos” de Trump, como se han encargado de demostrar algunos de los recientes huracanes, como Harvey, Katia, Irma, José, … y los que vendrán después, siguiendo la ruta marcada por las aguas cálidas de los océanos, consecuencia del calentamiento global del planeta.

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Lamentablemente, y aunque sea muy triste tener que reconocerlo, lo cierto es que no se va a plantear ningún cambio ni del funesto modelo energético, ni del desarrollo insostenible, mientras ello suponga perder beneficios. Pero ¿se puede conseguir reducir riesgos climáticos y aumentar beneficios? Pues eso será muy difícil, por no decir imposible. Sin embargo, ahí están los financieros (bancos) y los políticos (gobiernos) para plantearse la cuadratura del círculo, consiguiendo hacer negocio ante las catástrofes que acompañan y acompañarán al cambio climático.

Se trata, dicen, de un esfuerzo colectivo dirigido por ONU – Medio Ambiente (ONU-MA), para fortalecer la evaluación y divulgación que hacen las instituciones financieras sobre los riesgos y oportunidades relacionados con el clima. La iniciativa permitirá a los bancos, dicen, seguir las recomendaciones de los grupos de trabajo, presentadas recientemente en la cumbre del G20. Al mejorar, dicen, su comprensión de los riesgos y oportunidades relacionados con el clima, las instituciones estarán mejor capacitadas para ayudar a financiar la transición hacia una economía más estable y sostenible.

Según plantea el propio Erik Solheim, Director Ejecutivo de ONU-MA, “El mensaje de los pesos pesados del mundo financiero es claro: el cambio climático plantea una amenaza real y seria para nuestra economía. Al mismo tiempo, hay enormes oportunidades de negocio en el campo de la acción climática. La transparencia sobre cómo las instituciones financieras mitigan los riesgos y aprovechan las oportunidades mientras hacemos frente al cambio climático es crucial para impulsar a los mercados a apoyar activamente un mundo resiliente, bajo en carbono”.

Ojalá sea así y llegue el momento en que todos ganemos en este negocio en el que, por ahora, la mayoría perdemos, mientras sigue habiendo responsables y víctimas.

Adolfo Marroquín Santoña

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Adolfo Marroquín, Doctor en Física, Geofísico, Ingeniero Técnico Industrial, Meteorólogo, Climatólogo, y desde 1965 huésped de Extremadura, una tierra magnífica, cuna y hogar de gente fantástica, donde he enseñado y he aprendido muchas cosas, he publicado numerosos artículos, impartido conferencias y dado clases a alumnos de todo tipo y nivel, desde el bachillerato hasta el doctorado. Desde este blog, trataré de contar curiosidades científicas, sobre el clima y sus cambios, la naturaleza, el medio ambiente, etc., de la forma más fácil y clara que me sea posible.