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Autor: adolmar
El calor y la sal mueven los océanos
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Adolfo Marroquín Santoña | 21-03-2014 | 8:22| 0


El movimiento de las aguas de los océanos es más intenso y visible en la superficie. Las olas, las mareas y las corrientes superficiales promueven la mezcla de las aguas oceánicas; las corrientes y las olas están influenciadas por los vientos. Los vientos a su vez están influenciados por el calor generado por el Sol. Las corrientes marinas transportan grandes cantidades de agua y energía en forma de calor, por lo que influyen en la distribución de la salinidad y de la temperatura en el planeta.

Una visión extremadamente simplificada de cómo funciona el movimiento oceánico, debido a la diferencia de salinidad y temperatura, podríamos resumirla señalando que, en los mares tropicales en los que el calentamiento es máximo debido a la elevada irradiación solar, la fuerte evaporación (se evapora el agua pero no la sal) genera masas de agua muy saladas, que se hunden al ser más densas; al igual que ocurre en las zonas polares, especialmente en el entorno de la Antártida, pues al congelarse el agua se desprende de toda su sal (se congela el agua pero no la sal) y se precipita hacia el fondo en forma de una corriente densa, salada y fría. Por el contrario, en el Pacífico, las aguas pierden salinidad, se “dulcifican” y se vuelven más ligeras, ascendiendo lentamente a la superficie.

Todo esto genera la gran corriente termohalina, causada por cambios en la temperatura (efectos térmicos) y en la salinidad (efectos halinos), circulación que recorre todos los océanos y que es una pieza clave del clima terrestre. Como antes decía, para las “corrientes superficiales” existen otros factores, que influyen, o pueden influir, sobre el desplazamiento masivo de las aguas oceánicas, entre los que podríamos citar el viento, las mareas, la rotación terrestre, el efecto Coriolis, etc.; pero lo cierto es que son la temperatura y la salinidad las que determinan la densidad del agua de mar, y es esa diferencia de densidad la que impone la estratificación (distribución en capas) del agua y la que fundamentalmente causa los grandes desplazamientos.

Estos grandes desplazamientos de aguas oceánicas son las llamadas “corrientes de densidad”, que se mueven a lo largo de las zonas de igual densidad, pero a diferentes profundidades, en el océano. A esta categoría pertenecen las grandes corrientes que constituyen un auténtico cinturón planetario, transportando enormes masas de agua; estos grandes caudales suelen medirse en sverdrups (1 sverdrup equivale a 1 millón de metros cúbicos por segundo).

El agua en general y el agua oceánica en particular tiene unas propiedades únicas que la distinguen de otros fluidos. Dentro de las propiedades físicas más importantes están su elevado calor específico, su baja conductividad térmica (no pierde calor por contacto) y una gran facilidad de mezcla. Como hemos dicho, el agua fría es más densa que el agua cálida y el agua salada es más densa que el agua dulce, en consecuencia, el agua en el fondo de las cuencas oceánicas es fría, alrededor de los 4º C, y muy salada. La temperatura superficial media del océano es de aproximadamente 18 ºC, con un valor máximo de 36 ºC en el Mar Rojo y un mínimo que ronda los 0 ºC  en la Antártida.

En su camino, a lo largo de la gran autopista oceánica que constituye la circulación termohalina, las aguas profundas se mezclan con otras aguas con las que se van encontrando, volviéndose paulatinamente un poco menos frías y un poco menos salinas, con lo que disminuye su densidad, “pesan menos” y por tanto van ascendiendo, continuando con su ciclo de circulación. Esta circulación termohalina contiene el 90% de las corrientes oceánicas. Las aguas profundas no son estáticas, es decir “no están paradas”, sino que son enormemente dinámicas y están en continuo movimiento.

La cinta transportadora que constituye la gran corriente termohalina oceánica, conduce  del orden de 15 sverdrups (entre 13 y 17 millones de metros cúbicos por segundo), es decir que transportan decenas de veces más agua que todos los ríos de la Tierra juntos. A pesar de la enorme importancia de estas corrientes en la creación y mantenimiento de los diferentes climas de la Tierra, lo cierto es que a los oceanógrafos hasta hace poco les faltaban instrumentos de estudio. Aunque los satélites son capaces de revisar los 360 millones de kilómetros cuadrados de la superficie marina y medir su temperatura, pero sus radiómetros ven la superficie y no penetran en las profundidades, con lo que no informan sobre las corrientes profundas.

Afortunadamente en la actualidad se cuenta con las boyas de medición, fijas o a la deriva, con sistema de localización vía satélite GPS, todo lo cual ha revolucionado la investigación. Además de boyas de medición ancladas en puntos fijos, con coordenadas conocidas y estables, se dispone de los llamados “flotadores” o “perfiladores”, aparatos móviles en forma de cilindro, capaces de moverse horizontal y verticalmente hasta el punto y la profundidad deseada, enviando periódicamente los datos medidos a las estaciones de seguimiento.

Todo este equipamiento, en la actualidad son varios miles de sondas las que están distribuidas por los océanos, permitirá medir los caudales de las corrientes de circulación oceánicas y su temperatura, y hacer el seguimiento de estos valores con objeto de detectar y emitir los avisos que procedan en relación con esa cinta transportadora que nos está llevando ya hacia nuestro clima futuro.

Adolfo Marroquín Santoña

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Pirámides, guardando las formas y la salud
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Adolfo Marroquín Santoña | 13-03-2014 | 12:07| 0

Al oír hablar de Pirámides, la mayoría de las personas piensa inmediatamente en las que son mundialmente famosas, las de Egipto, y más en concreto en las que se encuentran en la meseta de Giza (Guiza o Gizeh), a unos veinte kilómetros de El Cairo. En esa meseta se encuentra la gran pirámide de Keops, que es una de las maravillas del mundo, así como las pirámides de Kefrén y de Micerino.

Pero la realidad es que, la distribución de este tipo de construcciones a lo largo y ancho del mundo es tal que las podemos encontrar poco menos que por todas partes

Lo mismo ocurre cuando se piensa en la finalidad para la que fueron construidas; lo más frecuente es asociar la idea de las pirámides con la de tumbas de los faraones egipcios, sin embargo nunca se han encontrado restos de ningún faraón en ninguna de las más de un centenar de pirámides encontradas y estudiadas en Egipto.

Por tanto deberíamos pensar que probablemente las pirámides no estaban pensadas para la muerte, sino muy al contrario eran monumentos pensados para la vida y la salud, y en cualquier caso su simple forma es considerada por muchos enigmática, pero a la vez atractiva.

En la contraportada de la obra “El poder mágico de las pirámides”, de Max Toth y Greg Nielsen, publicada por Ediciones Martínez Roca, editada por primera vez en 1974 y de la que existen numerosas reediciones posteriores, hasta el punto de haberse convertido en un “clásico sobre el tema”, se incluía una pequeña pirámide roja de cartón que los autores recomendaban poner debajo de la cama del atento lector, para descansar mejor.

Aseguraban también los autores que con la pirámide se conseguía regenerar el filo de los objetos cortantes, por ejemplo de las cuchillas de afeitar, con lo que éstas durarían mucho más tiempo afiladas; se conseguía también una notable mejoría en muchos aspectos de la salud humana, un incremento del vigor corporal de la persona que permanecía algún tiempo cerca, o mejor aún debajo, de la pirámide; así como varias otras mejoras, siempre según lo que afirmaban los autores en la obra.

Son numerosos los trabajos publicados, la mayoría con más tendencia a lo paranormal que a lo normal propiamente dicho, sobre la relación de las pirámides con la captación de energía o con el intercambio de ésta entre el cosmos y la Tierra. Así mismo, ha sido objeto de numerosas especulaciones lo que ocurre “dentro de o debajo de” una estructura piramidal.

Por mi parte he de reconocer que he admirado siempre las formas piramidales, sobre todo por su indudable imagen de estabilidad, de perfecto asentamiento sobre el terreno, que las hace ser inamovibles ocurra lo que ocurra, incluso en las peores condiciones; como ejemplo ante el caso de un terremoto, puesto que ante ese fenómeno la estructura piramidal es más segura que la basada en los clásicos rectángulos, como demuestran los test sísmicos.

 

 

Puesto que la mayoría de nosotros nos vemos obligados a vivir en una casa normal, cuadrada por todas partes, y no en una pirámide, debemos tener presente que, si se produce un terremoto, podemos hacernos sobre la marcha lo que algunos autores denominan el “Triángulo de la Vida”, que es el resultado de fabricarse una pirámide de emergencia, lo que puede conseguirse mediante los objetos disponibles más a mano, armarios, aparadores, arcones, sofás, etc., pero no bajo una mesa, salvo que ésta sea de un material y una estructura muy resistentes, que no es lo habitual.

El consejo anterior es válido sobre todo para viviendas aisladas de tipo unifamiliar y una sola planta, mientras que en una vivienda del tipo bloque de varios pisos debería buscarse el área de seguridad  junto a los pilares maestros del edificio, con lo que dispondremos de la protección que suministra la gran resistencia a la compresión que caracteriza a dichos pilares.

Por otra parte, la misma idea de protección, no sólo frente a los terremotos, sino frente a otros muchos fenómenos violentos, como temporales, vientos huracanados, tornados y hasta huracanes, aconsejarían construcciones que suavizaran los efectos catastróficos de estos fenómenos; por tanto, a la hora de diseñar la estructura de una vivienda en la que pudiéramos sentirnos a salvo, se impondría la idea de una forma piramidal. Pero uno de los problemas de ese tipo de construcciones es que el volumen útil de una pirámide es muy inferior, exactamente un 66,6% menos, que el de un cubo que tenga la misma superficie de base y la misma altura.

Sin embargo son relativamente frecuentes las construcciones actuales que copian las formas piramidales, tal vez por emular las formas antiguas, tal vez por la seguridad de asentamiento, tal vez incluso simplemente por la propia estética, puesto que la forma de pirámide tiene muchos adeptos.

Podemos encontrar otras dos pirámides muy famosas en París, en la misma plaza en la que está enclavada la entrada al Museo del Louvre, ambas pirámides fabricadas en acero y cristal, una con la forma clásica de vértice hacia el cielo y la otra invertida, con su vértice dirigido hacia abajo; esta segunda, denominada Pirámide Invertida del Louvre, era mucho menos conocida que su hermana mayor, pero adquirió bastante notoriedad a partir de la publicación del libro “El Código Da Vinci” de Dan Brown.

Desde la plaza no es fácil distinguir la posición de la Pirámide Invertida, puesto que como su nombre indica, nace a ras de suelo y el vértice inferior, sólo es visible en el subterráneo. En el exterior la base de esta pirámide se encuentra en el centro de una rotonda, alrededor de la cual circulan los vehículos; es una rotonda como otra cualquiera que tiene en su circunferencia unos setos de aproximadamente un metro de altura, que precisamente son el marco de la base cuadrada de la Pirámide Invertida.

Justo debajo de la estructura invertida de cristal y acero, se construyó otra pequeña pirámide, esta vez de piedra, de poco más de un metro de altura, dejando una separación entre ambos vértices, situados frente a frente, de unos 30 centímetros. Es a esta pequeña pirámide inferior a la que se refiere Dan Brown en su libro, como el lugar donde se encuentra el misterio del Santo Grial y la tumba de María Magdalena,… ¿o tal vez ambas cosas son la misma cosa?

Adolfo Marroquín Santoña

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Antártida (2º Viaje) – Despedida y que Dios la guarde
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Adolfo Marroquín Santoña | 26-02-2014 | 5:24| 0

Era el mes de enero y por tanto pleno verano en el hemisferio sur, lo que empezaba a hacerse notar en las costas de las tierras antárticas, con la subida de las temperaturas, que hacía que el hielo fuera disminuyendo e incluso desapareciendo en las zonas costeras, de forma que hasta permitía pasear por aquellas playas y disfrutar de la contemplación de alguno de los representantes de la fauna local (pingüinos, focas, leones y elefantes marinos, etc.).

Sin duda los personajes más simpáticos, con los que compartí muchos de mis recorridos de trabajo durante las observaciones y también los paseos en los ratos libres, eran los pingüinos y más en concreto uno de ellos, al que yo llamaba el pingüino disidente, puesto que solía separarse del grupo y acompañarme en solitario, con sonidos y gestos que supongo querían decir algo que nunca entendí, aunque sí que imité, puesto que a él parecía gustarle y tal vez por eso me seguía en cuanto veía que yo me acercaba a la orilla, lo que me permitía disfrutar de compañía en aquella soledad.

 

Pero vayamos a algunos de los resultados de las observaciones realizadas; el hecho de que las temperaturas registradas en los observatorios antárticos, incluido el de la Base Antártica Española, en adelante BAE para abreviar, no sigan la tendencia global al calentamiento que presentan el resto de los datos de temperatura de todo el planeta en general y del hemisferio sur en particular, hace pensar que la Antártida está actuando como sumidero térmico, a través de la transformación de calor sensible en calor latente, es decir tomando el calor de la atmósfera y utilizándolo en fundir hielo.

Esto da lugar a una pérdida directa de masa de hielo por fusión, y a una pérdida mucho mayor a través del aumento en el desprendimiento de bloques de hielo. Durante mi estancia en la BAE, una de las cosas que más llamaba mi atención era el enorme silencio, al que me he referido en alguna ocasión como el mayor silencio que nunca he oído, con lo que la caída de enormes bloques de hielo del frente de los glaciares que rodeaban la Bahía Sur de Livingston, sonaba con claridad, con un sonido sordo y lejano, aunque inmediatamente se veían sus causas y efectos en las aguas de la bahía.

Se prevé que, caso de continuar el cambio climático hacia el calentamiento, lo que parece ser lo más probable, podrían producirse elevaciones máximas del nivel del mar de hasta 2 metros a finales del siglo actual, subida que podría reducirse a unos 65 cm en el caso de tomar algunas medidas en la reducción de emisiones de los tristemente famosos Gases de Efecto Invernadero (GEI).

La presencia permanente de hielo y nieve sobre la Antártida es tal vez el factor de mayor influencia, no solamente sobre el clima de la propia Antártida, sino también sobre el clima global del planeta.

Cualquier variación del régimen de temperaturas en las zonas costeras y sobre la zona sur de los océanos de su entorno está relacionada con una variación en la cantidad de hielo. Los cambios a mayor escala, tanto espacial como temporal, los que podrían considerarse como verdaderos “cambios climáticos” deben estar asociados a movimientos de las placas de hielo que cubren el continente; movimientos que, en otra escala de dimensiones, serían similares a los avances y retrocesos observados en muchos de los glaciares de otros continentes.

La cuestión que se plantea es si esa variación en la superficie total de la criosfera antártica, junto a las variaciones del resto de los factores que intervienen en el balance de masa y energía, presenta alguna tendencia en relación con el calentamiento global de la atmósfera, y en su caso cuál sería la respuesta de la masa de hielo antártica frente a los posibles escenarios en que se desarrollará el cambio climático; estos son asuntos que están y estarán en estudio, observación y evaluación durante no poco tiempo.

 

Finalmente quiero dejar constancia, con afecto, de mi despdida del buque que sin ser ni de lejos un rompehielos, sin ser ni siquiera un empuja hielos, se portó lo mejor que pudo,… mientras pudo. De cuantas travesías he hecho en mi vida, que han sido unas cuantas, no recuerdo haber navegado nunca en un barco al que le crujiera tanto todo su organismo como a aquel pobre y viejo Pomaire, pero tras tantas horas de compartir crujidos con los viejos buques se les acaba tomando cariño,… Sentí mucho la noticia de su final, poco tiempo después de nuestra travesía antártica.

A finales de enero habíamos desembarcado del crujiente Pomaire en el puerto de la ciudad de Punta Arenas, y el 23 de febrero, en la siguiente navegación hacia la Antártida, el buque varó en la roca Warden, en el Canal Angostura, justamente por los canales de la costa chilena que había recorrido con nosotros en la travesía anterior, lo que obligó a suspender su viaje, regresando a Valparaíso para reparaciones, de las que ya no salió, puesto que un nuevo temporal dejó al Pomaire varado contra las piedras de la costa en Valparaíso, declarándose pérdida total, y siendo desguazado en el mismo lugar de la varadura.

Si los buques antárticos tienen alma, y yo creo que sí la tienen, que Dios tenga en su gloria el alma del pobre Pomaire. Y ya de paso, que vaya extendiendo su manto sobre todo el territorio de la Antártida, puesto que los intereses de algunas naciones están ya mirando con avaricia la riqueza escondida en aquel subsuelo que soporta sobre él la mayor concentración de hielo del planeta Tierra. ¡Que Dios la guarde!

Adolfo Marroquín Santoña

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2º Viaje a la Antártida: Trabajar y disfrutar en la naturaleza
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Adolfo Marroquín Santoña | 20-02-2014 | 1:09| 0

 

Como decía en un artículo anterior, al llegar a la Base Antártica Española, en adelante BAE para abreviar, nos encontramos con que el invierno y el comienzo de la primavera habían dejado una capa de hielo y nieve de más de tres metros, del orden de metro y medio por encima de la de años anteriores.

Esto hizo que el desembarco, mediante las lanchas Zodiac, del material, equipos y víveres que llevábamos a bordo, se convirtiera en una prueba de resistencia al tener que luchar no sólo con los bloques de hielo que flotaban por la bahía, sino sobre todo con el escalón de hielo que se había formado en el frente de playa.

Una vez superado el desembarco, se nos presentó el problema de transportar las varias toneladas de material desde la playa-hielo de desembarco hasta la propia Base, distante sólo unos cientos de metros, pero que en aquellas circunstancias se hacían interminables.

Hubo que palear nieve y hielo para conseguir acceder tanto al módulo de vivienda, como al de motores, al de víveres, al taller, etc., puesto que la nieve alcanzaba, e incluso superaba, el techo de muchos de ellos.

 

Peor fue el problema de la localización de los bidones de combustible, o el propio manantial de agua potable, puesto que estos y otros puntos vitales habían sido señalizados al final de la campaña del año anterior mediante postes de unos dos metros de altura, que resultaban totalmente inútiles ante los más de tres metros de hielo y nieve que ahora nos encontrábamos. Esta búsqueda nos obligó a efectuar una serie de perforaciones infructuosas, lo que nos llevó varios días de trabajo.

Durante los días que transcurrieron hasta que encontramos el primer bidón de combustible y pudimos poner en marcha los motores, no dispusimos de calefacción, ni de agua, ni de ninguno de los servicios más elementales lo que, unido a las jornadas continuadas de picar hielo y palear nieve, hacían que la vida no fuera precisamente muy cómoda, pero todos teníamos claro que no habíamos ido hasta allí para estar cómodos, y además, poco a poco fuimos resolviendo los problemas y aproximándonos a la normalidad.

 

En particular, el levantamiento, cimentación y anclaje de la torre meteorológica resultó muy laborioso, al tener que picar en el permafrost, mezcla de hielo y piedras que resulta más duro que el hormigón, lo que retrasó las observaciones y la confección, cifrado y transmisión de los partes meteorológicos; si bien una vez comenzado el programa previsto, se mantuvo sin interrupción, en horario de 24 horas/día, con observaciones meteorológicas cada tres horas, hasta el final de la Campaña.

A estas observaciones hubo que añadir la realización de medidas de irradiación solar, turbiedad atmosférica, temperatura del suelo helado, así como el estudio y seguimiento de la estructura vertical de la atmósfera mediante la realización de sondeos termodinámicos, y la determinación de la distribución vertical del ozono mediante los correspondientes sondeos de ozono, en los que conseguimos alcanzar alturas superiores a los 35 km.

Por otra parte se suministró apoyo meteorológico a aquellas actividades del resto de los equipos de investigación que lo requerían, bien sea aportando los datos de determinadas variables, o bien confeccionando predicciones para programar actividades, en base a la información recibida vía radio y facsímil.

Pero también hubo tiempo para la convivencia en aquella soledad, lo que hacía las cosas más llevaderas, como era el caso de las reuniones del Club Antártico de Fans de Rocío Jurado, nacido del hecho de que al ser el cocinero un fan acérrimo de “la má grande”, las canciones de la Jurado eran el sonido de fondo permanente en los alrededores de la cocina, uno de los lugares más visitados por los hambrientos expedicionarios.

En uno de los apartados, dentro de los estatutos de los CAFRES (Club Antártico Fans de Rocío de ESpaña , se establecía que todo aquel que se pasara por la cocina y cantara una estrofa de alguna de las canciones de la Jurado, sería obsequiado por el cocinero con una tapa de algún embutido; sólo había una excepción,… que consistía en que a mí se me daba la tapa precisamente si prometía no cantar. Siempre sospeché que aquella cláusula de los estatutos encerraba una cierta crítica a mis virtudes canoras, pero nunca quedó claro ese extremo.

Adolfo Marroquín Santoña

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Antártida (2º Viaje) – España, Chile y hacia el Sur
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Adolfo Marroquín Santoña | 11-02-2014 | 12:31| 0

En la expedición del año anterior habíamos hecho el camino vía Argentina, como relataba en algunos de mis artículos ya publicados:   “En camino hacia la Antártida”, “Mi primer contacto con la Base Antártica Española”, “El día a día en la Base Antártica Española” y “Regreso desde la Antártida a España”.

Pero, esta vez se planteó el viaje a través de Chile para esta segunda expedición, que era más numerosa que la anterior, puesto que la formábamos 12 personas, 4 técnicos de Jefatura y Mantenimiento de la Base Antártica Española “Juan Carlos I”, a la que en adelante llamaremos BAE para abreviar, y un bloque de 8 científicos, especialistas en geología, biología, sismología, oceanografía, geofísica y meteorología.

Por mi parte, a primeros de noviembre despegué desde Madrid/Barajas rumbo a Santiago de Chile, y tras hacer escala en Las Palmas y en Buenos Aires, llegué a Santiago de Chile, que es una gran ciudad, con más de 20 km de largo por 15 km de ancho, rodeada de cadenas montañosas pero bastante llana en su casco urbano, excepto por el Cerro de San Cristóbal donde está enclavado el Parque Metropolitano, al que se accede, además de por carretera, por medio de un típico y empinado funicular y recorrido por un teleférico que permite, cuando la contaminación no lo impide, disfrutar de unas preciosas vistas de esta magnífica ciudad.

Desde Santiago de Chile me dirigí en autobús a Valparaíso, a unos 100 km de Santiago, camino de la costa, y después a la localidad de Viña del Mar, a poco más de 8 km de Valparaíso, con multitud de hoteles de todos los tipos y categorías, un Gran Casino enclavado en un precioso edificio en el centro de la zona de playas, grandes paseos y avenidas, y en general un ambiente cosmopolita por todas partes. Incluido, por cierto, un recinto muy bien atendido donde se ha venido celebrando, desde hace muchos años, un famoso Festival de música, que lleva el nombre de la ciudad.

En la fecha prevista para zarpar, nos reunimos todos los expedicionarios en el puerto de Valparaíso, y terminados los preparativos, embarcamos en el buque chileno Pomaire, contratado “sobre la marcha” para llevarnos hasta la BAE, en un viaje que se suponía sin escalas. El viejo Pomaire no era un buque tan marinero como el Las Palmas en el que viajamos en nuestra campaña anterior, aunque resultaba amplio y relativamente cómodo si lo comparábamos con las apreturas que tuvimos que padecer en el Las Palmas.

El Pomaire construido en Finlandia en 1930, que se conservaba “aparentemente” bien para su edad, había pasado por múltiples propietarios y evidentemente no era un buque antártico, sin embargo no había sido posible encontrar otro, por lo que en él zarpamos a las 20,15 del día 23 de noviembre dispuestos a recorrer los más de 3.000 km que nos separaban de la BAE, en la Isla Livingston (Antártida).

Poco más de seis horas después de zarpar, exactamente a las 02:30 horas del día 24, tuvimos de regresar a Valparaíso por una avería en el motor del buque.

Evidentemente no era un buen comienzo, pero era lo que había, de manera que esperamos a que se resolviera la reparación, y en la madrugada del día 25 zarpábamos de nuevo, con intención de navegar costeando y meternos, en cuanto nos fuera posible, en la zona de los canales que arrancan en la isla de Chiloé y que transcurren hasta casi en extremo sur continental, de forma que salvo cortas salidas a mar abierto, por ejemplo para cruzar el Golfo de Penas, el resto de la navegación puede hacerse al abrigo de los temporales que azotan la costa chilena.

Además de ofrecer aguas en calma, estos canales son de una gran belleza paisajística, al circularse a lo largo de las estribaciones de los Andes, con paisajes que recuerdan a veces los fiordos noruegos, y a veces a la propia Antártida por la presencia de ventisqueros y glaciares que discurren hasta los propios canales, muy estrechos en ocasiones, como ocurre con la llamada Angostura Inglesa, donde se tiene la sensación de que podrían alcanzarse con la mano hasta tocarlas las dos vertientes de las laderas entre las que se encaja el canal.

No resultó tan grato ver un buen número de barcos hundidos que encontramos a lo largo de estos canales, aparentemente tranquilos, pero que nos hacían pensar y preguntarnos cosas, como por ejemplo por qué aquellos barcos se habían hundido en la aparente calma de los canales, pero sobre todo qué podría pasarle al pobre Pomaire en el que, excepto en las grapas, puestas a última hora para sujetarle algunas partes, lo que más abundaba era el óxido.

Pero el 29 de noviembre entramos por fin, sin problemas serios que reseñar, en el Estrecho de Magallanes, navegando a través de él y de los canales de la Tierra de Fuego, pasando a través del Canal de Beagle frente a la pequeña ciudad argentina de Ushuaia y al destacamento chileno que constituye Puerto Williams, saliendo al famoso Cabo de Hornos.

Dejamos atrás el continente americano, dirigiéndonos al temido Paso del Drake, donde, como es inevitable, la mar revuelta hacía que al viejo buque le crujieran todas las cuadernas y que se moviera mucho más de lo que hubiéramos deseado.

Pero todo pasa, y finalmente el 2 de diciembre al atardecer aparecieron en el horizonte los primeros hielos de la barrera antártica, y al día siguiente estábamos anclados en la Bahía Sur de la Isla Livingston, de las Shetland del Sur, frente a la BAE, y dispuestos a repetir una vez más la operación de desembarco de las docenas de toneladas de material entre víveres, equipo de mantenimiento y científico, etc., mediante las lanchas Zodiac.

Entonces fue cuando nos encontramos con la desagradable sorpresa de que el recién terminado invierno había dejado sobre la BAE una capa de hielo y nieve superior a lo habitual, con más de tres metros en zonas donde otros años apenas si llegaba a uno.

Esto hizo mucho más penoso el desembarco, al tener que remontar un escalón de hielo en el mismo frente de playa, y sin poder recurrir a los medios mecánicos de la propia BAE, que aparecía cubierta por el hielo hasta por encima del tejado, lo que no nos permitía el acceso a sus instalaciones (motores, grupo electrógeno, almacén, zona de habitabilidad, etc.) y por tanto no nos permitía ponerla en funcionamiento.

Se negoció con la propiedad del buque Pomaire, que una vez cumplido su contrato quería zarpar inmediatamente, para que se nos dejara utilizar el buque, al menos durante 24 horas, como base de operaciones. ¡Y nos pusimos, contrarreloj y con todas nuestras fuerzas, a quitar el hielo que cubría la BAE!

Adolfo Marroquín Santoña

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Adolfo Marroquín, Doctor en Física, Geofísico, Ingeniero Técnico Industrial, Meteorólogo, Climatólogo, y desde 1965 huésped de Extremadura, una tierra magnífica, cuna y hogar de gente fantástica, donde he enseñado y he aprendido muchas cosas, he publicado numerosos artículos, impartido conferencias y dado clases a alumnos de todo tipo y nivel, desde el bachillerato hasta el doctorado. Desde este blog, trataré de contar curiosidades científicas, sobre el clima y sus cambios, la naturaleza, el medio ambiente, etc., de la forma más fácil y clara que me sea posible.