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Categoría: CLIMATOLOGÍA
La luz solar es esencial para nuestra salud

01-corazon-solar-bateria-y-gusLa vida sobre nuestro planeta Tierra sería totalmente imposible, al menos tal como la conocemos hoy, sin la presencia vital del Sol. Esto es tan evidente que, en sentido general, no procede recordarlo, pero tal vez sí convenga recordar algunas características que, aun siendo conocidas, no son muy tenidas en cuenta, pese a irnos en ello nuestra salud.

El tipo de vida actual nos lleva a vivir gran parte de cada día, sin la luz natural del Sol. En invierno, la mayoría de los humanos, al menos mientras dura nuestra vida laboral, nos levantamos antes del orto, es decir antes de la salida del Sol, trabajamos la mayor parte del día en puestos de trabajo, los que tienen la suerte de tenerlo, sin luz natural, y en la mayoría de los casos regresamos a casa después del ocaso, cuando el Sol está ya por debajo del horizonte. Pues bien, la falta de luz natural, de luz solar en concreto, es muchas veces causa de desánimo, apatía, cansancio injustificado y hasta algunas depresiones; males estos, que suelen manifestarse preferentemente en la época del año, próxima al oscuro invierno.

Sin embargo, cuando, a finales del siglo XIX, se perfeccionó la lámpara incandescente, creímos haber encontrado la solución a todos nuestros problemas de falta de luz y, desde entonces, la vida de la mayor parte de la población mundial se ha convertido en un fenómeno fundamentalmente “de interior”. Nuestra vida se desarrolla entre las cuatro paredes de la casa o el trabajo, y bajo iluminación artificial, pero esa no es una buena solución, puesto que la vida depende de la luz del Sol y, de hecho, son muchos los procesos de la Naturaleza que se rigen por esa luz. Y la vida de los humanos no es, por supuesto, una excepción a esa regla.

En consecuencia, casi simultáneamente al exponencial crecimiento del número de bombillas incandescentes, que alumbraron la vida del mundo desde la puesta en el mercado de aquellas bombillas, comenzó la realización de estudios comparativos sobre la luz natural y la artificial, desde el punto de vista de sus efectos sobre los seres humanos. Por lo que, muy pronto se supo que nuestro organismo necesitaba de la luz del Sol, no sólo para eludir la oscuridad nocturna o la de los espacios interiores, sino sobre todo para mantener un equilibrado desarrollo, dado el positivo efecto de la luz solar sobre nuestro sistema nervioso.

Parece lógico pensar que, para intentar resolver el nuevo problema planteado, deberíamos recurrir a bombillas, y equipos de luz artificial, que trataran de imitar la luz solar y sus propiedades. Y así se intentó, y se sigue intentando, mediante numerosos estudios dirigidos a obtener la luz más adecuada, que sería la más parecida a la luz solar. Los primeros resultados se centraron en desarrollar lámparas, o bombillas fluorescentes, que lograran producir una iluminación de color blanco puro, similar a la del Sol, y que contuvieran todas las longitudes de onda de los distintos colores que componen el arco iris.

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En la imagen superior se muestran, a la izquierda los dos espectros (intensidad de la radiación en función de la longitud de onda) correspondientes a la luz solar fuera de la atmósfera (AM0), y su perfil cuando alcanza el suelo del planeta (AM1,5), después de atravesar la atmósfera, apareciendo en esta figura el área de ultravioleta (UV) y el infrarrojo (IR) a izquierda y derecha, respectivamente, del visible (VIS). Fijándonos sólo en la luz visible, la parte derecha de la imagen superior presenta los espectros correspondientes a la luz solar diurna, la denominada luz día, junto a los espectros correspondientes a una bombilla incandescente, un tubo fluorescente, una lámpara halógena, y dos bombillas LED, una de luz fría y otra de luz cálida.

Puede observarse que, los muchos avances en la investigación y en la tecnología, llevaron a fabricar las llamadas lámparas de espectro completo, es decir en las que están presentes prácticamente todas las longitudes de onda de la luz solar. Al mismo tiempo, entre los objetivos propuestos, uno esencial, además de que las lámparas tuvieran una composición espectral, equivalente a la solar, era que las lámparas presentaran una reducción en las frecuencias asociadas a los rayos ultravioletas (UV), eliminando así los efectos nocivos de estos. En la imagen presentada, puede verse como, excepto en el caso de la iluminación fluorescente, que tenía espacios casi vacíos en algunas longitudes de onda, todos los espectros de las demás luminarias contenían prácticamente todas las longitudes de onda de la luz solar, si bien con intensidades bastante diferentes a las de la luz recibida del Sol.

Por otra parte, no fue hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando se consolidó la Teoría de los Biofotones. Un fotón es una partícula de luz que se propaga en el vacío, y cuando los fotones entran en relación con sistemas biológicos, como plantas, animales o personas, pasamos a denominarlos biofotones. Pues bien, parece que, el primero en estudiar a fondo las interrelaciones entre los fotones y las células, fue el doctor Fritz Albert Popp, director del Instituto de Biofísica de Kaiserslautern (Alemania), para quien los biofotones, y por tanto la luz, eran los responsables de establecer la comunicación entre los seres vivos y sus células, por lo que, según este investigador, el origen de muchas de nuestras enfermedades podría encontrarse en una falta de luz en las células.

El Dr. Popp demostró que todas las células tienen relación directa con la luz solar, que todas ellas tienen y emiten su propia luz, y que todas reciben información de la luz natural. Todo esto explicaría por qué una mala iluminación puede provocar cambios de humor y de conducta, bajo rendimiento, falta de concentración, sensación de estrés, irritabilidad, ansiedad, trastornos del sueño, mareos, malestar general y cansancio injustificado.

En relación con estas dolencias, se ha observado que muchas de las deficiencias, asociadas al estado de ánimo, empiezan a manifestarse en otoño, y que su efecto se prolonga a los meses de invierno. Es frecuente que estos síntomas se traten con antidepresivos, pero hay especialistas que afirman que “una alteración del ritmo determinada por la falta de luz sólo puede combatirse con luz”, basando esta afirmación en el hecho de que al ser la luz responsable de la producción y regeneración hormonal, e influyendo por ello sobre nuestro estado anímico, físico y mental, lo importante es que las personas depresivas o que estén atravesando momentos de desánimo utilicen el revitalizador efecto de la luz natural en cualquier época del año, pero especialmente en los meses de otoño e invierno.

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La fototerapia es una técnica de tratamiento que emplea radiaciones electromagnéticas de origen natural o artificial para el tratamiento de algunas enfermedades dermatológicas; habiendo se demostrado también su utilidad en trastornos del estado de ánimo como la depresión. Esta recomendación de aprovechar los beneficios que reporta tomar el sol, con moderación, es muy antigua y de hecho era ya utilizada en las prescripciones de los médicos en la Grecia clásica del siglo X. Siglos después, con el paso del tiempo y una vez claramente probados los efectos beneficiosos del sol en enfermos con infecciones de piel, se puso de moda potenciar estancias en los balnearios, que anunciaban los beneficios de la luz solar.

Origen, y parte esencial de la fototerapia, es la helioterapia, que utiliza la exposición al sol de manera dosificada para fines terapéuticos, siempre en base a una serie de cuidados, que evitan, o al menos limitan, algunos de los efectos, potencialmente perjudiciales, que podría ocasionar una exposición excesiva a la radiación solar. Algunos consejos elementales, entre otros, a aplicar antes de “tumbarse al sol”, son el comenzar la exposición progresivamente, evitar las horas de mayor intensidad solar y proteger las zonas especialmente sensibles del organismo, como los ojos.

Como cualquiera de nosotros puede comprobar “en sus propias carnes”, la exposición moderada del cuerpo humano al sol produce, física y psicológicamente, una sensación de salud, de sosiego natural y bienestar general, además de una acción estimulante; esa formidable fuente de energía que es el Sol desencadena una serie de procesos biológicos y bioquímicos esenciales para la vida del hombre. Por citar sólo algunos de ellos, favorece la formación de vitamina D, refuerza el sistema inmunológico, estimula la circulación y contribuye a la regulación de estados depresivos.

De manera que, si usted tiene la suerte de poder incluir en su vida más luz solar, al tiempo que quita de ella algo de luz artificial, eso que saldrá ganando. Y si, para colmo de suerte, tiene la posibilidad de dar frecuentes paseos por el campo, la montaña o la playa, y tumbarse un ratito al sol, hágalo sin dudarlo, y su organismo se lo agradecerá, mejorando su salud física y mental, que buena falta nos hace a todos.

Adolfo Marroquín Santoña

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El clima y sus cambios, frente a la salud

01-antes-y-despues-del-cambio-climaticoA nivel mundial, el número de desastres naturales relacionados con la meteorología, y con las cambiantes condiciones que acompañan al cambio climático, se ha triplicado desde los años sesenta, y cada año esos desastres causan decenas de miles de muertes, sobre todo en los países en desarrollo.

En un artículo de la Universidad de Carolina del Norte (EE. UU.), recientemente publicado por HealthDay, se afirma que, si no se hace nada para abordar el problema del cambio climático que estamos padeciendo, decenas de miles de muertes prematuras adicionales podrían ocurrir en todo el mundo como consecuencia de la contaminación atmosférica.

Por su parte, la OMS (Organización Mundial de la Salud) prevé que, entre 2030 y 2050, el cambio climático causará un incremento de muertes cada año, superior incluso al previsto hasta ahora, debido a la malnutrición, el paludismo, la diarrea, la malnutrición, la malaria, el dengue y el propio estrés calórico, porque muchas de las enfermedades más mortíferas, son muy sensibles al clima y es de prever que se agravarán con el cambio climático.

Por otra parte, el aumento del nivel del mar y unos fenómenos meteorológicos cada vez más violentos, sobre todo en las zonas costeras, destruirán hogares y otros muchos servicios esenciales. No debemos olvidar que, más de la mitad de la población mundial vive en una franja de 60 km de ancho a lo largo de las costas de mares y océanos, por lo ambos acontecimientos, subida del nivel del mar y aumento de fenómenos violentos, pueden obligar a muchas personas a tratar de protegerse, cambiando su lugar de residencia y desplazándose a zonas más seguras, lo que aumentará a su vez el riesgo de efectos en la salud, en aspectos que van desde trastornos mentales, asociados al estrés de todo cambio, hasta enfermedades transmisibles.

La OMS advierte de que la creciente variabilidad, tanto temporal como espacial, de las precipitaciones afectará también, al suministro de agua dulce, lo que provocará escasez de ésta, con lo que puede ponerse en peligro la higiene, aumentando las enfermedades. En los casos extremos, la escasez de agua causará la temible sequía y su funesta compañera, la hambruna. Se estima que a finales del siglo XXI es probable que el cambio climático haya aumentado la frecuencia e intensidad de las sequías a nivel regional y mundial.

Al mismo tiempo, el efecto combinado del aumento de las temperaturas y la variabilidad de las lluvias reducirán probablemente la producción de alimentos básicos en muchas de las regiones más pobres del planeta. Lo que aumentará la actual malnutrición y desnutrición, que actualmente causan ya millones de defunciones cada año. Las temperaturas extremas del aire, durante los meses centrales del año, contribuyen directamente a las defunciones por enfermedades cardiovasculares y respiratorias, sobre todo entre las personas de edad avanzada.

Como muestra, en la ola de calor que sufrió Europa en el verano de 2003, se registró un incremento de la mortalidad, cifrado en 70.000 defunciones. Las temperaturas altas provocan además un aumento de los niveles de ozono troposférico, es decir el conocido como “ozono-malo”, que se acumula en las capas bajas de la atmósfera, junto al suelo, donde actúa como contaminante, junto con algunas otras componentes nocivas del aire, que agravan las enfermedades respiratorias.

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Una cuestión que podemos plantearnos es ¿a qué regiones y a qué personas afectarán más los efectos del cambio climático? Pues bien, en la práctica todas las áreas del planeta se verán afectadas, pero ciertamente algunas regiones son más vulnerables que otras. Por ejemplo, los habitantes de los pequeños estados insulares en desarrollo y de otras regiones costeras, megalópolis y regiones montañosas y polares son especialmente vulnerables. Los niños, en particular los de los países pobres, son una de esas poblaciones más en riesgo ante los problemas sanitarios previsibles y que además se verán expuestos por más tiempo a las consecuencias sanitarias de los cambios. Se prevé así mismo que los efectos en la salud serán más graves en las personas de mayor edad y, lógicamente, en las personas con achaques, dolencias o enfermedades preexistentes.

A corto plazo, las perturbaciones meteorológicas intensas, que se presentan como anomalías térmicas, con calor o frío alejados de los valores estadísticamente normales, para la época del año en la región de que se trate, también pueden afectar gravemente a la salud, causando estrés térmico, y provocando el aumento de la mortalidad por enfermedades cardiacas y respiratorias. Otro aspecto a tener en cuenta  es que el aumento de la temperatura global modificará los niveles y la distribución estacional de aerosoles naturales, como el polen, lo que puede provocar asma. De hecho, hay aproximadamente 300 millones de personas en el mundo que padecen asma y se teme que, con la esperada elevación de la temperatura del planeta, aumente el número de personas con dicha enfermedad.

Frente a tanto riesgo asociado al cambio climático ¿estamos haciendo algo los humanos para tratar de paliar los daños? Pues, de momento, casi lo único que podemos decir aquí, al respecto, es aquello que decía Humphrey Bogart a Ingrid Bergman, y que quedaba tan bien, en la famosa película Casablanca… ¡Siempre nos quedará París! Refiriéndonos, en este caso, al conocido como Acuerdo de París, que fue el primer pacto internacional, al más alto nivel, para reducir las emisiones de gases contaminantes, de efecto invernadero, a la atmósfera.

Este Acuerdo, fue ratificado en París en diciembre de 2015, por casi 200 naciones, entre las que se encontraban Estados Unidos, con el presidente Obama, y también China, es decir los dos mayores contaminadores del mundo. Se presentó allí un plan mundial de actuaciones, para mantener el calentamiento del planeta muy por debajo de 2 °C, lo que se estimó como imprescindible para no superar el llamado “punto de no retorno”, por encima del cual las consecuencias de los potenciales daños, asociados al cambio climático, serían irreversibles.

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Sin embargo, de momento al menos, parece que el citado Acuerdo de París presenta algunas sombras que pueden apagar, o al menos oscurecer, sus luces. Porque, aunque hay que admitir que aparentemente este Acuerdo plantea soluciones, con muchas expectativas de éxito, lo cierto es que existen algunas dudas, como son:

1.- Todos los países participantes, cerca de 200, acordaron mantener el aumento de la temperatura mundial por debajo de 2 ºC y, si fuera posible, no llegar siquiera a 1,5 ºC respecto al comienzo del siglo XX; lo que me parece muy difícil, en primer lugar porque ya ha aumentado más de 1 ºC y además porque, en mi opinión, el Acuerdo presupone un elevado “buenismo” de los firmantes, y la realidad vivida hasta ahora demuestra que “no todo el mundo es tan bueno”.

2.- El Acuerdo crea mecanismos voluntarios de revisión, de acuerdo con los cuales, los países deberán presentar un primer balance en el 2023 y, después cada cinco años. Pero los compromisos de reducción de GEI (Gases de Efecto Invernadero) por parte de los países no serán jurídicamente vinculantes, tal como solicitó Estados Unidos, lo que posteriormente, con Trump en la Casa Blanca, ha complicado aún bastante más las cosas.

3.- Los países firmantes se comprometían a comenzar la reducción de emisiones de gases “tan pronto como fuera posible”. O sea, cada uno a su aire. Además, a las potencias emergentes como China e India no se les obligaba a cuantificar la reducción de emisiones y sólo se les pedía que hicieran esfuerzos por cumplir. También se excluían del tratado las emisiones de la aviación y el transporte marítimo, pese a que suponen un 8% de las emisiones mundiales de GEI.

4.- Finalmente, la llegada de Donald Trump a la Presidencia de los EEUU, y su intención, manifestada en varias ocasiones durante su campaña electoral, de “sacar” a EEUU del bloque de países comprometidos con el Acuerdo de París, apunta a serias dificultades en el cumplimiento del mismo.

Es sabido, que la mayor parte de la causa del cambio climático está en el modelo energético que hemos mantenido durante décadas, quemando combustibles fósiles y emitiendo contaminantes, literalmente como si no hubiera un mañana. Pero el gran problema que se esconde tras ese modelo y por tanto tras la deseada solución es la economía. Sabemos cuál es el problema, conocemos la solución y sabemos cómo resolverlo, pero es muy caro. Sin embargo, no perdamos la esperanza, porque “Siempre tendremos París”.

Adolfo Marroquín Santoña

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Huracanes en Europa, improbable pero no imposible

A estas alturas del siglo XXI, es ya suficientemente conocido y admitido, prácticamente sin discusión, que el clima mundial está cambiando debido al calentamiento global del planeta, y que los cambios están aumentando la frecuencia de algunos fenómenos meteorológicos extremos como los huracanes, e incluso cambiando las trayectorias tradicionales de éstos, lo que dará lugar a problemas, con los que tendremos que aprender a convivir.

Por poner un ejemplo de los citados problemas, el de los potenciales cambios de trayectorias de los huracanes, podríamos mencionar que en octubre de 2017, el huracán Ophelia, fue el primer huracán de categoría 3, en la escala de Saffir-Simpson, que se acercó a Europa, con vientos que, lamentablemente por cierto, contribuyeron a avivar los incendios que, en las mismas fechas, se estaban produciendo en el norte de Portugal, en Galicia y en Asturias. Y aunque, ciertamente cuando Ophelia se aproximó a las costas gallegas, ya no era propiamente un huracán, sino un ciclón extratropical, habiendo perdido buena parte de su fuerza, conviene recordar sin embargo que España ha sido ya testigo, anteriormente, de la proximidad de algunos otros ciclones tropicales.

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Un huracán, también conocido como ciclón o tormenta tropical, por gestarse en los trópicos, no presenta frentes, pero sí una impresionante masa nubosa que mantiene una circulación, perfectamente organizada, rotando en sentido contrario a las agujas del reloj (en el hemisferio norte). Suele nacer como una perturbación tropical, con vientos relativamente flojos, que van aumentando a medida que avanza sobre las aguas del océano, de las que va tomando la energía, necesaria para seguir creciendo y avanzando. Una vez que los vientos en superficie, que acompañan a la perturbación, alcanzan y superan los 120 Km/h, adquieren la categoría suficiente para ser llamados huracanes, entre los que se pueden alcanzar cinco niveles, del 1 al 5, crecientes en intensidad, fuerza y daños, según se observa en la Escala Saffir-Simpson, presentada a la izquierda en la imagen superior.

Precisamente a la derecha de la citada imagen se presentan las trayectorias de 1.325 casos de huracanes, seguidos desde su nacimiento hasta su extinción. Puede verse en esa imagen como, tras el nacimiento de los “huracancitos” en el entorno de las Islas de Cabo Verde, las trayectorias se dirigen hacia el norte del Atlántico, si bien algunas de las ramas de trayectoria giran a veces hacia el noreste, e incluso claramente hacia el este, dirigiéndose con ello hacia Europa, y en particular a Portugal y a España.

Así, en 1967, el ciclón Chloé, formado en las costas de Cabo Verde, llegó a afectar al Cantábrico. En 1984, la tormenta tropical Hortensia se dejó sentir en Galicia, concretamente en Ferrol, con más de 150 Km/h. En 2005, dos perturbaciones, con origen y características tropicales, afectaron también a España, una en el área de Cádiz, el ciclón Vince, y otra en Canarias, el Delta, ambos con vientos superiores a los 100 Km/h. En 2006, el huracán Gordon llegó a las Azores, debilitándose después, camino del noroeste de la Península Ibérica. Y en 2009, el Klaus azotó las costas gallegas, con vientos de 200 Km/h.

El hecho de que hasta ahora no hayamos recibido “de lleno” la indeseable visita de un huracán, tiene una explicación lógica, que se entiende bien si repasamos cuáles son las Condiciones mínimas para el nacimiento y desarrollo de un HURACÁN, a saber:

1.- Gran aporte de humedad en superficie (Formación exclusivamente en el océano).

2.- Temperatura superficial del agua oceánica superior a 26-27ºC

3.- Latitud superior a 5º (N ó S). Es necesaria la fuerza desviadora (de Coriolis) para que se organice un vórtice.

4.- Convergencia de aire en superficie y divergencia en altura (es decir, existencia previa de una perturbación).

5.- Disminución rápida de la temperatura con la altura (el aire que se eleva desde superficie se encontrará en un entorno inestable)

6.- Existencia de elevada humedad en las capas medias de la atmósfera.

De estas seis condiciones, que deben cumplirse todas, varias de ellas no se han cumplido nunca, hasta ahora, en ningún país de Europa, pero los europeos, muy especialmente Portugal y España, debemos preocuparnos y ocuparnos de que sigan sin cumplirse, por lo que antes veíamos; puesto que somos el frente natural de ataque que presenta Europa a esos “malvados y malvenidos” visitantes potenciales.

Porque veamos ¿Cuántas y cuáles de las citadas condiciones podrían cumplirse, y con ello facilitar el camino a un verdadero huracán? Bien, no seamos pesimistas desinformados, sino optimistas, pero bien informados; porque como suele decir un conocido humorista de nuestra televisión “eso no va a pasar, pero… ¿y si sí?

La C-1 (Condición 1) la cumplimos de lleno, puesto que ahí está el Atlántico.

La C-3 la cumplimos sin remedio, puesto que nuestra latitud es la que es. ¡Sí, ya sé que me he saltado la C-2, esperen!

La C-4 la cumplimos cada vez que nos llegan borrascas atlánticas, lo que es muy frecuente.

La C-5 la cumplimos con frecuencia, porque ¿recuerdan las numerosas citas, en los medios de comunicación, de la famosa “gota fría”?, por cierto, nombre poco adecuado, que deberíamos sustituir por DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos), pues bien, se presenta con relativa frecuencia, cumpliéndose con ello la C-5.

La C-6 es una de las “madres del cordero”, la existencia de la humedad, suficiente y necesaria, en las capas medias de la atmósfera, no es algo muy frecuente en nuestras coordenadas geográficas, pero tampoco tan infrecuente o extraordinario. Les daré una pista que les hará entender a ustedes la rareza e importancia de la cosa. Esa condición se cumplió de lleno durante los tristes días 5 y 6 de noviembre de 1997, en los que el temporal que cruzó la Península Ibérica, entrando por Portugal y avanzando en dirección diagonal, de suroeste a nordeste, dio lugar en Extremadura a registros absolutamente extraordinarios de precipitaciones y vientos, causando desgraciadamente 23 víctimas mortales. Pues bien, aquel extraordinario desarrollo, conocido como “ciclogénesis explosiva”, encontró la ayuda que necesitaba para desarrollar el inmenso mecanismo generador de precipitaciones que se formó. Esa ayuda fue la presencia e inyección de la humedad necesaria y suficiente, en los niveles medios del monstruo, para poder crecer tan descomunalmente. Por tanto podemos asegurar que no es probable que esto pase, pero no es imposible, puesto que de hecho pasó.

De forma que, de las seis condiciones necesarias, y que podrían ser suficientes, para que uno de los muchos huracanes que nacen cada año en el trópico, concretamente en los alrededores de Cabo Verde, llegue a visitarnos, con todo lo que eso puede suponer en cuanto a la pérdida de vidas, de haciendas, de infraestructuras, etc., cumplimos, o podríamos cumplir, cinco de ellas. Entonces ¿porqué parece que ese riesgo, que aparentemente existe, no preocupa en absoluto en Europa?

Bueno, vamos a ver qué pasa con la condición C-2 que habíamos dejado pendiente. ¿Es, o puede ser superior a 26-27ºC  la temperatura superficial del agua oceánica, no sólo en las costas europeas, sino bastantes kilómetros mar adentro, como ocurre en el Golfo de México? Evidentemente la respuesta es que, hoy por hoy, no se dan, ni se esperan, esos valores. De hecho, en la imagen siguiente les muestro, a la izquierda, porqué  las trayectorias que antes veíamos se dirigen al Golfo de México y sus alrededores, y no a Europa, salvo contadas excepciones, que además acaban extinguiéndose.

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En la parte derecha de la imagen, les muestro lo sucedido con el pobre ciclón extratropical Delta, cuando el año 2005, intentó separarse de lo que hacían las otras trayectorias y dirigirse a Canarias. Pues lo que le pasó al pobre Delta, frustrado aspirante a huracán, fue que se encontró que las temperaturas del agua en el océano iban bajando de 24-23-22ºC a medida que avanzaba (véanse en la figura las isotermas del agua del Atlantico) y no pudo llegar a los 21ºC, porque antes falleció de “inanición energética”.

Y, si eso ocurre en la latitud de Canarias, imagínense el futuro que esperaría a una borrasca, aspirante a huracán, al llegar a Lisboa, a Coruña, y de ahí para arriba. Ahora bien, el hecho de que un huracán serio, como Dios manda, necesite temperaturas del agua del mar por encima de los 26 o 27ºC ¿nos deja a nosotros libres para siempre de la amenazadora visita de un huracán? Pues la verdad es que no, fundamentalmente por dos razones, la primera es que, como demuestran algunas de las trayectorias ya vistas, siempre puede existir una excepción para una norma, sobre todo si esta es estadística. Y la segunda razón, por la que se mantiene la duda es porque no sabemos hasta dónde llegaremos nosotros, los insensatos humanos, con el descontrol del calentamiento global planetario, hecho incontestable que afecta también naturalmente a los océanos.

En fin, lo cierto es que, aunque los humanos nos empeñáramos en transformar nuestros océanos en sopa de pescado, la Naturaleza (así, con mayúscula), modificaría las corrientes oceánicas, que son las verdaderas cintas transportadoras de energía, para que las cosas no se le fueran de las manos. ¡Tenemos una Naturaleza que no nos la merecemos!

Adolfo Marroquín Santoña

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Cambio climático, catástrofe o negocio

01-cambio-clima-y-beneficiosPermítanme revisar y comentar aquí algunos hechos:

1.- Nunca, desde hace casi un millón de años, la concentración de GEI (Gases de Efecto Invernadero), había alcanzado y superado las 400 ppm (partes por millón) como está ocurriendo en la actualidad, manteniéndose la tendencia creciente.

2.- Nunca, desde hace casi dos siglos, se habían registrado tantos y tan violentos FMA (Fenómenos Meteorológicos Adversos) extendiéndose a todo el planeta.

3.- Nunca se ha hecho el caso necesario y suficiente, a los avisos que sobre este tema vienen difundiéndose, entre otros, por parte del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático), creado en 1988, que ha emitido ya cinco informes de evaluación sobre el cambio climático, sus causas, posibles repercusiones y estrategias de respuesta.

4.- Nunca deberíamos esperar que algunos de los gobernantes actuales, que en muchos países tienen como única formación la adquirida en su larga etapa de políticos profesionales, entiendan la relación causa-efecto entre GEI y FMA, como les viene advirtiendo reiteradamente el IPCC, donde también hay políticos, no nos engañemos, pero donde al menos existen, a su alrededor, muchos y buenos científicos climáticos.

Pese a todo, en 2015 tuvo lugar en París la vigésimo primera sesión de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP21) de la que nació el conocido como Acuerdo de París, en el que se estableció, no sin muchas dudas, reservas y objeciones, el marco global de lucha contra el cambio climático, que debería regir a partir de 2020. Un intento, supuestamente global, para resolver los problemas que causaría el cambio climático, éste sí realmente global.

Y ahí tienen ustedes a Donald Trump, presidente de uno de los países más poderosos y contaminantes del planeta, que como gobernante no procede de la cantera de políticos profesionales, sino del mundo de los “negocios a la americana”, y que quiere excluir de la COP21 a los EEUU, porque tiene sus dudas en la citada relación causa-efecto GEI-FMA, pero, sobre todo, por su convencimiento de que ese acuerdo perjudicaría a la economía de su país, aun cuando medioambientalmente fuera beneficioso para el planeta en su conjunto.

En la actualidad, varios de los mayores bancos del mundo han promovido, junto con la ONU, la transparencia financiera en materia climática; entre estos bancos, con un capital de más de siete billones de dólares, se pueden citar a ANZ, Barclays, Bradesco, Citi, Itaú, National Australia Bank, Royal Bank of Canada, Santander, Standard Chartered, TD Bank Group y UBS.

Sinceramente, no dudo que estos bancos, y algunos más que, llegado el caso, se les irán uniendo, tengan buenísimas intenciones, pero naturalmente sería utópico pensar que entre esas intenciones no figure la de su propio beneficio; lo que, por otra parte es no sólo lícito y lógico, sino fundamental en un mundo regido por las finanzas y la obtención de máximos beneficios económicos. Obviamente, los bancos y las entidades financieras en general no son organizaciones sin ánimo de lucro (OSAL), sino muy al contrario, son organizaciones que persiguen el máximo lucro posible. Hasta ahí, todo bastante normal y natural.

Sin embargo, el cambio climático es, hoy por hoy, uno de los mayores problemas a que se enfrenta la humanidad; en este diagnóstico coinciden tanto científicos, como políticos, empresarios y hasta los propios banqueros. Pero, el cambio climático que estamos padeciendo en la actualidad, y el que padeceremos si las cosas no cambian mucho y pronto, no se ha producido de forma natural, al menos no totalmente, puesto que ha sido causada sobre todo por la enorme y rapidísima acumulación de GEI en la atmósfera y en los océanos, como consecuencia de un modelo productivo inadecuado e insostenible, en el que hay responsables y víctimas.

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En la imagen superior, he colocado a la izquierda los países más contaminantes del mundo, coloreados de marrón oscuro a blanco, con el significado de cuanto más oscuro el color, más pecador, es decir más responsable por su acción contaminante; como se puede comprobar a simple vista, los máximos responsables de este problema se sitúan en el hemisferio norte. En la derecha figuran los países que más padecerán las consecuencias, coloreados también en marrón, pero significando ahora que cuanto más oscuro el color, más víctimas, es decir más muertos a consecuencia del cambio climático. Al contrario que antes, se comprueba ahora que las víctimas se concentran en países situados en el hemisferio sur.

Dicho lo anterior, lo cierto es que casi todos, somos responsables de haber llegado a la actual situación climática, y todos somos víctimas. Sin duda, somos responsables y, a la vez, somos víctimas, pero debe quedar claro que unos son mucho más responsables que otros y estos otros serán mucho más víctimas que aquellos unos.

Sin embargo, en la cobertura, tanto científica como periodística de este fenómeno de dimensiones planetarias, frecuentemente se ignora el papel de los causantes, y se dirige el foco sólo a los efectos y a las víctimas. Si nos planteamos, por ejemplo, porqué el presidente Trump ha querido sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París, la realidad hay que buscarla, no en la justicia social, ni en la seguridad climática, sino la seguridad de la economía de su país, como dijo ya claramente en su toma de posesión: “America first”.

Ahora bien, esa seguridad económica buscada, les va a crear en el futuro muy poca seguridad meteo-climática, a los “súbditos americanos” de Trump, como se han encargado de demostrar algunos de los recientes huracanes, como Harvey, Katia, Irma, José, … y los que vendrán después, siguiendo la ruta marcada por las aguas cálidas de los océanos, consecuencia del calentamiento global del planeta.

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Lamentablemente, y aunque sea muy triste tener que reconocerlo, lo cierto es que no se va a plantear ningún cambio ni del funesto modelo energético, ni del desarrollo insostenible, mientras ello suponga perder beneficios. Pero ¿se puede conseguir reducir riesgos climáticos y aumentar beneficios? Pues eso será muy difícil, por no decir imposible. Sin embargo, ahí están los financieros (bancos) y los políticos (gobiernos) para plantearse la cuadratura del círculo, consiguiendo hacer negocio ante las catástrofes que acompañan y acompañarán al cambio climático.

Se trata, dicen, de un esfuerzo colectivo dirigido por ONU – Medio Ambiente (ONU-MA), para fortalecer la evaluación y divulgación que hacen las instituciones financieras sobre los riesgos y oportunidades relacionados con el clima. La iniciativa permitirá a los bancos, dicen, seguir las recomendaciones de los grupos de trabajo, presentadas recientemente en la cumbre del G20. Al mejorar, dicen, su comprensión de los riesgos y oportunidades relacionados con el clima, las instituciones estarán mejor capacitadas para ayudar a financiar la transición hacia una economía más estable y sostenible.

Según plantea el propio Erik Solheim, Director Ejecutivo de ONU-MA, “El mensaje de los pesos pesados del mundo financiero es claro: el cambio climático plantea una amenaza real y seria para nuestra economía. Al mismo tiempo, hay enormes oportunidades de negocio en el campo de la acción climática. La transparencia sobre cómo las instituciones financieras mitigan los riesgos y aprovechan las oportunidades mientras hacemos frente al cambio climático es crucial para impulsar a los mercados a apoyar activamente un mundo resiliente, bajo en carbono”.

Ojalá sea así y llegue el momento en que todos ganemos en este negocio en el que, por ahora, la mayoría perdemos, mientras sigue habiendo responsables y víctimas.

Adolfo Marroquín Santoña

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En clima, como en otras cosas, el peligro es la velocidad

Recuerdo haber oído decir en una ocasión que “las balas no matan, lo que mata es la velocidad que llevan”; lo que resulta ser una absoluta evidencia…; y lo mismo podríamos decir de los accidentes de tráfico, en los que resulta también evidente que lo que mata es la velocidad de los vehículos implicados, puesto que estando aparcados son bastante inofensivos. Pues bien, aunque no siempre resulte tan evidente, la velocidad es también el problema fundamental en relación con el conflicto climático, en que estamos metidos; concretamente la velocidad con la que hemos inyectado en la atmósfera los tristemente famosos GEI (Gases de Efecto Invernadero).

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Si las emisiones de esos gases hubieran sido razonablemente lentas, entendiendo por tal el ritmo de emisión compatible con la capacidad de absorción por parte del Sistema Climático de nuestro planeta, como había venido ocurriendo a lo largo de los siglos anteriores al XIX, no hubiera pasado nada, o casi nada, puesto que la naturaleza, que no soporta las prisas y los desequilibrios, se hubiera encargado de mantener el deseable equilibrio; evitándose así el calentamiento global del planeta y las consecuencias asociadas, incluidas las numerosas anomalías climáticas, que se conocen bajo la denominación general de Cambio Climático.

Según datos del IPCC (Intergubernamental Panel sobre Cambio Climático) la temperatura promedio del planeta, como consecuencia de la emisión de GEI, fundamentalmente del famoso dióxido de carbono (CO2), se incrementó en 0,7 ºC durante el pasado siglo XX y de acuerdo con las estimaciones aumentará del orden de entre 2 y 4 ºC en el presente siglo. Estos valores pueden parecernos poco importantes, y sin embargo suponen el mayor y más rápido aumento, de los últimos cientos de miles de años.

La superficie terrestre absorbe el calor de la radiación solar incidente y vuelve a irradiarlo hacia la atmósfera y el espacio. Pero, los gases de efecto invernadero absorben buena parte de este calor, impidiendo su devolución hacia el espacio exterior, y volviendo a reemitirlo hacia la superficie del planeta.

Este proceso es lo que se conoce popularmente como “efecto invernadero”, pero quizás sería más apropiado denominarlo “efecto de abrigo”. Aunque los gases de efecto invernadero constituyen tan sólo el 1% del total de los gases presentes en la atmósfera, su capacidad de atrapar el calor, abrigando al planeta e impidiendo la devolución de ese calor al espacio, es enorme. Y nosotros, al quemar cada día más combustibles fósiles, en la práctica estamos amontonando más y más capas de abrigo que calientan el planeta tanto, y tan rápidamente, que la naturaleza no es capaz de adaptarse.

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Por otra parte, el vapor de agua es sin duda el más importante de los gases de efecto invernadero que ocurren naturalmente, ya que es responsable del 60% de dicho efecto, en comparación con el dióxido de carbono, que aporta tan sólo el 26%. Si bien las actividades humanas no aumentan la cantidad de vapor de agua en la atmósfera directamente, lo cierto es que el calentamiento producido por otros gases, como el CO2, provoca más evaporación y aumenta la cantidad de vapor de agua que puede contener la atmósfera. De hecho, desde 1988 nuestros satélites han detectado un incremento en la humedad atmosférica sobre los océanos, del orden del 7% por cada grado centígrado de calentamiento.

Todo esto da lugar a “la pescadilla que se muerde la cola”, puesto que, a su vez, este vapor de agua adicional aumenta el calentamiento, ya que, como hemos dicho, el vapor de agua es uno de los gases más potentes de efecto invernadero o abrigo. Por otra parte, la presencia de más vapor de agua también puede aumentar la producción de nubes, cuyo efecto es complejo, ya que pueden enfriar la atmósfera, reflejando la luz solar, y también calentarla, atrapando el calor. Es decir que, como vemos, estamos complicando a la naturaleza su tarea de seguir haciendo su trabajo, que es el de mantener el equilibrio.

Si bien las moléculas individuales de los otros gases de efecto invernadero, como el vapor de agua, son más potentes en términos de su capacidad de atrapar el calor, la enorme cantidad de dióxido de carbono introducida en la atmósfera durante el último siglo debido a las emisiones generadas por el ser humano y la capacidad de dicho gas de permanecer en la atmósfera durante decenas e incluso cientos de años, explican por qué el dióxido de carbono es un tema de permanente preocupación.

El incremento de la temperatura global causa alteraciones en los patrones del clima, una atmósfera más caliente, a la que no estamos dando tiempo de enfriarse de forma natural, almacena más energía y una atmósfera cargada de energía genera más y más eventos, cada vez más extremos y frecuentes, como está ocurriendo ya en la actualidad con la presencia de olas de calor en muchas áreas del mundo, alternándose espacial y temporalmente con olas de frío, dando lugar a anomalías en las temperaturas, pero también las precipitaciones, que alteran el día a día de los humanos.

De hecho, como decíamos, el cambio climático no sólo conlleva un aumento de las temperaturas medias a nivel mundial, sino que implica también un aumento en la variabilidad climática; batiéndose numerosos récords por altos valores, tanto de temperaturas como de precipitaciones, pero pasados unos meses, se presentan también récords en el número de días de heladas o en las sequías. Se trata por tanto de fuertes anomalías térmicas, pero también de anomalías que afectan y afectarán a todas las componentes del sistema climático y del medio ambiente en general.

Durante las últimas décadas hemos vivido cambios a escala planetaria, presididas por un calentamiento global, pérdidas de biodiversidad por la extinción de especies, destrucción de hábitats, etc. Y, en todos estos procesos, la responsabilidad de la actividad humana es evidente, no sólo por la emisión de gases contaminantes, sino por los cambios en los usos del suelo, por la urbanización descontrolada, por la extracción y explotación, a un ritmo totalmente imprudente, de los recursos naturales del planeta, etc.

En la actualidad ya hemos superado las 400 ppm (partes por millón) de CO2 en la atmósfera, y cada año batimos varios récords en temperaturas, con inviernos más calurosos y olas de calor en verano, los glaciares de montaña y también los casquetes en Groenlandia y en la Antártida están fundiéndose con rapidez, y la disminución del periodo de banquisa en el Ártico abre la amenazadora visión de un Polo Norte sin hielo, lo que ocurrirá tan pronto como en los veranos de la próxima década, desapareciendo el permafrost en muchas áreas del planeta, sobre todo en altas latitudes y montañas.

03-pasado-futuro-tempSabemos que nuestro planeta, a lo largo de los millones de años de su existencia, ha sufrido importantes cambios de temperatura; de hecho se dispone de datos que lo demuestran, a lo largo de las sucesivas glaciaciones, en los últimos 800.000 años, pero la velocidad a la que están ocurriendo los cambios en la actualidad es muy superior a la de los cambios climáticos anteriores, que eran naturales, y parece evidente que no podemos, o al menos no debemos, esperar décadas o siglos para constatar los efectos del actual cambio rápido en el aumento del nivel del mar, en la temperatura, en la fusión de los hielos, y todas las demás consecuencias, puesto que puede ser demasiado tarde para poner en marcha medidas de mitigación o de adaptación al cambio.

En la antigüedad de la historia de la Tierra, cuando el clima era mucho más cálido, el material vegetal quedaba enterrado en enormes ciénagas, con tal rapidez que no llegaba a descomponerse; después estos restos enterrados estuvieron sometidos a calor y presión, con lo que finalmente se transformaron en carbón. De forma análoga, los microorganismos enterrados en fondos marinos y lacustres a lo largo de la historia del planeta se convirtieron en petróleo. Estos procesos secuestraron grandes cantidades de carbono en forma de petróleo, gas natural y carbón. Al quemar después estos materiales, a un ritmo creciente, sobre todo en los últimos 150 años, hemos liberado a la atmósfera, muy rápidamente, el carbono que el planeta había almacenado a lo largo de cientos de millones de años.

Eso es precisamente lo que la naturaleza no soporta, las prisas, y más aún las prisas que provocan desequilibrios; de forma que, si no queremos entrar en conflicto con la propia naturaleza, o frenamos mucho y pronto la velocidad de nuestras emisiones, o la naturaleza nos hará pagar por ello… Y NO NOS GUSTARÁ CÓMO.

Adolfo Marroquín Santoña

 

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El Sol, y sus cinco ayudantes, origen del clima y sus cambios

01-sistema-climatico-e-inter-relacionesA lo largo del tiempo, durante miles y millones de años, el clima de la Tierra ha ido cambiando, y esto se debe a que muchos fenómenos terrestres, oceánicos y espaciales han participado en la modelación de los climas del planeta. El Sol es el principal agente generador del clima, puesto que prácticamente es la única fuente de la energía que alimenta el funcionamiento del Sistema Climático.

Este Sistema Climático (SC) esta a su vez constituido por cinco Subsistemas, a los que he calificado de ayudantes en el título de este artículo, puesto que son cooperantes necesarios para que las cosas sean como son en el clima. Vamos a echar una breve ojeada al papel e importancia que el Sol y algunos de sus citados ayudantes juegan en este asunto.

La energía que el Sol emite, y que la Tierra recibe, no es estrictamente constante, pero sus variaciones son proporcionalmente tan pequeñas, al menos por ahora, que no influyen de manera esencial en el cambio climático que venimos padeciendo. Sabemos que, en los dos últimos siglos, la producción energética del Sol aumentó en aproximadamente un 0,1 %, lo cual pudo suponer un aumento de apenas una décima de grado en la temperatura de nuestra atmósfera durante la primera mitad del siglo XX.

Sin embargo, los datos obtenidos desde 1979, cuando comenzamos a realizar mediciones desde el espacio de la energía aportada por el Sol, indican que la Tierra ha seguido calentándose, sin que se haya producido ningún cambio significativo en la energía solar media que ha venido recibiendo; por tanto, no parece que el actual calentamiento del planeta deba asociarse a cambios en la emisión de energía desde el Sol.

Por otra parte, algunos cambios producidos en los ciclos repetitivos de la órbita terrestre pueden afectar al ángulo de incidencia de la radiación solar, y con ello a los efectos de la energía solar incidente. El ángulo de inclinación del eje terrestre, el movimiento producido por la precesión de los equinoccios y el grado de estiramiento (excentricidad) de la órbita de nuestro planeta producen los llamados ciclos de Milankovitch que parecen ser los que activaron y desactivaron las glaciaciones de los últimos millones de años.

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Pero estos cambios tardan miles de años en producirse, o sea que tampoco parece ser ésta la causa del rápido calentamiento ocurrido en el planeta Tierra a lo largo del último siglo.

Por otra parte, a lo largo de millones de años, el movimiento de los continentes alteró profundamente el clima, provocando cambios en los casquetes polares y en la trayectoria de las corrientes oceánicas, que son las verdaderas responsables del transporte de energía, distribuyendo el frío y el calor desde y hacia los abismos oceánicos.

Estas corrientes, distribuidas por todos los océanos del planeta son, a su vez, las responsables de muchos de los procesos atmosféricos, que a lo largo del tiempo van perfilando los climas, y con ellos los paisajes, de las diferentes zonas. La presencia y cantidad de nieve y hielo en la Tierra también afecta a la meteorología, y a través de ésta al clima, ya que las superficies de hielo y nieve reflejan más energía solar que el manto terrestre o las aguas oceánicas, ambos más oscuros y por tanto con una mayor captación de la radiación energética. La inyección de aerosoles, cenizas y otras partículas, sólidas o líquidas en la estratosfera, por gigantescas erupciones volcánicas cada vez más frecuentes, también es capaz de enfriar el planeta.

La opacidad atmosférica que resulta, tras las fuertes erupciones volcánicas, puede hacer que disminuya la radiación solar entrante, por períodos de hasta uno o dos años, tras el suceso. El polvo y las pequeñas partículas arrojadas al aire, como consecuencia de la difusión de enormes nubes de polvo, procedente de los desiertos, por procesos naturales, o como resultado de actividades humanas, pueden producir efectos similares a los de los aerosoles volcánicos.

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La litosfera ha contribuido al reequilibrio del sistema climático en su conjunto. Existen numerosas referencias bibliográficas acerca de la gran actividad volcánica desde mediados del siglo XVIII, actividad que muy probablemente ha jugado un papel importante en el balance radiativo del planeta, por la inyección de enormes cantidades de aerosoles, que podríamos evaluarlas en millones de toneladas, que llegan a alcanzar la estratosfera, permaneciendo durante meses, e incluso años, durante los cuales se reduce la entrada de la radiación solar incidente y con ello el calentamiento del sistema.

Es conocido el efecto que determinadas erupciones volcánicas han tenido sobre el clima, en concreto sobre la temperatura del planea. Algunas conocidas erupciones, muy potentes, capaces de lanzar aerosoles hasta la estratosfera, en los siglos XIX y XX, fueron las de Tamborra en 1815, Krakatoa en 1883, Katmal en 1912, Santa Helena en 1980, El Chichon en 1982, Rebout en 1990, entre otras; todas las cuales dieron lugar a descensos globales en las temperaturas del planeta.

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Todos estos procesos y sus consecuencias, son bien conocidos, mientras que sin embargo no está suficientemente investigado, al menos en mi opinión, el papel del Sistema Climático (SC) en su conjunto, desde el punto de vista de la coordinación de sus cinco componentes, los cinco ayudantes del Sol, sobre todo bajo el aspecto de la organización y reparto de tareas entre los cinco. Por ejemplo podríamos planearnos si las erupciones volcánicas que antes citaba, que tanta importancia han tenido de suavizar el calentamiento, pudieran tener una “potencial voluntariedad”, como si hubieran sido decididas y ordenadas por parte del conjunto de los cinco ayudantes.

Esto puede parecer raro, puesto que supondría que la propia naturaleza ha tomado parte activa en las decisiones, sin embargo no es algo tan raro, y de hecho nos llevaría a una aproximación a la teoría que subyace tras la conocida como Hipótesis Gaia, que considera que el planeta en su conjunto actúa como lo haría un ser vivo, no siéndolo naturalmente… ¿o tal vez sí?, interactuado sus componentes, los cinco ayudantes, como lo harían las componentes del cuerpo humano, cuando se siente atacado por una enfermedad.

Adolfo Marroquín Santoña

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Adolfo Marroquín, Doctor en Física, Geofísico, Ingeniero Técnico Industrial, Meteorólogo, Climatólogo, y desde 1965 huésped de Extremadura, una tierra magnífica, cuna y hogar de gente fantástica, donde he enseñado y he aprendido muchas cosas, he publicado numerosos artículos, impartido conferencias y dado clases a alumnos de todo tipo y nivel, desde el bachillerato hasta el doctorado. Desde este blog, trataré de contar curiosidades científicas, sobre el clima y sus cambios, la naturaleza, el medio ambiente, etc., de la forma más fácil y clara que me sea posible.