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Categoría: GEOFÍSICA
Huracanes en Europa, improbable pero no imposible

A estas alturas del siglo XXI, es ya suficientemente conocido y admitido, prácticamente sin discusión, que el clima mundial está cambiando debido al calentamiento global del planeta, y que los cambios están aumentando la frecuencia de algunos fenómenos meteorológicos extremos como los huracanes, e incluso cambiando las trayectorias tradicionales de éstos, lo que dará lugar a problemas, con los que tendremos que aprender a convivir.

Por poner un ejemplo de los citados problemas, el de los potenciales cambios de trayectorias de los huracanes, podríamos mencionar que en octubre de 2017, el huracán Ophelia, fue el primer huracán de categoría 3, en la escala de Saffir-Simpson, que se acercó a Europa, con vientos que, lamentablemente por cierto, contribuyeron a avivar los incendios que, en las mismas fechas, se estaban produciendo en el norte de Portugal, en Galicia y en Asturias. Y aunque, ciertamente cuando Ophelia se aproximó a las costas gallegas, ya no era propiamente un huracán, sino un ciclón extratropical, habiendo perdido buena parte de su fuerza, conviene recordar sin embargo que España ha sido ya testigo, anteriormente, de la proximidad de algunos otros ciclones tropicales.

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Un huracán, también conocido como ciclón o tormenta tropical, por gestarse en los trópicos, no presenta frentes, pero sí una impresionante masa nubosa que mantiene una circulación, perfectamente organizada, rotando en sentido contrario a las agujas del reloj (en el hemisferio norte). Suele nacer como una perturbación tropical, con vientos relativamente flojos, que van aumentando a medida que avanza sobre las aguas del océano, de las que va tomando la energía, necesaria para seguir creciendo y avanzando. Una vez que los vientos en superficie, que acompañan a la perturbación, alcanzan y superan los 120 Km/h, adquieren la categoría suficiente para ser llamados huracanes, entre los que se pueden alcanzar cinco niveles, del 1 al 5, crecientes en intensidad, fuerza y daños, según se observa en la Escala Saffir-Simpson, presentada a la izquierda en la imagen superior.

Precisamente a la derecha de la citada imagen se presentan las trayectorias de 1.325 casos de huracanes, seguidos desde su nacimiento hasta su extinción. Puede verse en esa imagen como, tras el nacimiento de los “huracancitos” en el entorno de las Islas de Cabo Verde, las trayectorias se dirigen hacia el norte del Atlántico, si bien algunas de las ramas de trayectoria giran a veces hacia el noreste, e incluso claramente hacia el este, dirigiéndose con ello hacia Europa, y en particular a Portugal y a España.

Así, en 1967, el ciclón Chloé, formado en las costas de Cabo Verde, llegó a afectar al Cantábrico. En 1984, la tormenta tropical Hortensia se dejó sentir en Galicia, concretamente en Ferrol, con más de 150 Km/h. En 2005, dos perturbaciones, con origen y características tropicales, afectaron también a España, una en el área de Cádiz, el ciclón Vince, y otra en Canarias, el Delta, ambos con vientos superiores a los 100 Km/h. En 2006, el huracán Gordon llegó a las Azores, debilitándose después, camino del noroeste de la Península Ibérica. Y en 2009, el Klaus azotó las costas gallegas, con vientos de 200 Km/h.

El hecho de que hasta ahora no hayamos recibido “de lleno” la indeseable visita de un huracán, tiene una explicación lógica, que se entiende bien si repasamos cuáles son las Condiciones mínimas para el nacimiento y desarrollo de un HURACÁN, a saber:

1.- Gran aporte de humedad en superficie (Formación exclusivamente en el océano).

2.- Temperatura superficial del agua oceánica superior a 26-27ºC

3.- Latitud superior a 5º (N ó S). Es necesaria la fuerza desviadora (de Coriolis) para que se organice un vórtice.

4.- Convergencia de aire en superficie y divergencia en altura (es decir, existencia previa de una perturbación).

5.- Disminución rápida de la temperatura con la altura (el aire que se eleva desde superficie se encontrará en un entorno inestable)

6.- Existencia de elevada humedad en las capas medias de la atmósfera.

De estas seis condiciones, que deben cumplirse todas, varias de ellas no se han cumplido nunca, hasta ahora, en ningún país de Europa, pero los europeos, muy especialmente Portugal y España, debemos preocuparnos y ocuparnos de que sigan sin cumplirse, por lo que antes veíamos; puesto que somos el frente natural de ataque que presenta Europa a esos “malvados y malvenidos” visitantes potenciales.

Porque veamos ¿Cuántas y cuáles de las citadas condiciones podrían cumplirse, y con ello facilitar el camino a un verdadero huracán? Bien, no seamos pesimistas desinformados, sino optimistas, pero bien informados; porque como suele decir un conocido humorista de nuestra televisión “eso no va a pasar, pero… ¿y si sí?

La C-1 (Condición 1) la cumplimos de lleno, puesto que ahí está el Atlántico.

La C-3 la cumplimos sin remedio, puesto que nuestra latitud es la que es. ¡Sí, ya sé que me he saltado la C-2, esperen!

La C-4 la cumplimos cada vez que nos llegan borrascas atlánticas, lo que es muy frecuente.

La C-5 la cumplimos con frecuencia, porque ¿recuerdan las numerosas citas, en los medios de comunicación, de la famosa “gota fría”?, por cierto, nombre poco adecuado, que deberíamos sustituir por DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos), pues bien, se presenta con relativa frecuencia, cumpliéndose con ello la C-5.

La C-6 es una de las “madres del cordero”, la existencia de la humedad, suficiente y necesaria, en las capas medias de la atmósfera, no es algo muy frecuente en nuestras coordenadas geográficas, pero tampoco tan infrecuente o extraordinario. Les daré una pista que les hará entender a ustedes la rareza e importancia de la cosa. Esa condición se cumplió de lleno durante los tristes días 5 y 6 de noviembre de 1997, en los que el temporal que cruzó la Península Ibérica, entrando por Portugal y avanzando en dirección diagonal, de suroeste a nordeste, dio lugar en Extremadura a registros absolutamente extraordinarios de precipitaciones y vientos, causando desgraciadamente 23 víctimas mortales. Pues bien, aquel extraordinario desarrollo, conocido como “ciclogénesis explosiva”, encontró la ayuda que necesitaba para desarrollar el inmenso mecanismo generador de precipitaciones que se formó. Esa ayuda fue la presencia e inyección de la humedad necesaria y suficiente, en los niveles medios del monstruo, para poder crecer tan descomunalmente. Por tanto podemos asegurar que no es probable que esto pase, pero no es imposible, puesto que de hecho pasó.

De forma que, de las seis condiciones necesarias, y que podrían ser suficientes, para que uno de los muchos huracanes que nacen cada año en el trópico, concretamente en los alrededores de Cabo Verde, llegue a visitarnos, con todo lo que eso puede suponer en cuanto a la pérdida de vidas, de haciendas, de infraestructuras, etc., cumplimos, o podríamos cumplir, cinco de ellas. Entonces ¿porqué parece que ese riesgo, que aparentemente existe, no preocupa en absoluto en Europa?

Bueno, vamos a ver qué pasa con la condición C-2 que habíamos dejado pendiente. ¿Es, o puede ser superior a 26-27ºC  la temperatura superficial del agua oceánica, no sólo en las costas europeas, sino bastantes kilómetros mar adentro, como ocurre en el Golfo de México? Evidentemente la respuesta es que, hoy por hoy, no se dan, ni se esperan, esos valores. De hecho, en la imagen siguiente les muestro, a la izquierda, porqué  las trayectorias que antes veíamos se dirigen al Golfo de México y sus alrededores, y no a Europa, salvo contadas excepciones, que además acaban extinguiéndose.

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En la parte derecha de la imagen, les muestro lo sucedido con el pobre ciclón extratropical Delta, cuando el año 2005, intentó separarse de lo que hacían las otras trayectorias y dirigirse a Canarias. Pues lo que le pasó al pobre Delta, frustrado aspirante a huracán, fue que se encontró que las temperaturas del agua en el océano iban bajando de 24-23-22ºC a medida que avanzaba (véanse en la figura las isotermas del agua del Atlantico) y no pudo llegar a los 21ºC, porque antes falleció de “inanición energética”.

Y, si eso ocurre en la latitud de Canarias, imagínense el futuro que esperaría a una borrasca, aspirante a huracán, al llegar a Lisboa, a Coruña, y de ahí para arriba. Ahora bien, el hecho de que un huracán serio, como Dios manda, necesite temperaturas del agua del mar por encima de los 26 o 27ºC ¿nos deja a nosotros libres para siempre de la amenazadora visita de un huracán? Pues la verdad es que no, fundamentalmente por dos razones, la primera es que, como demuestran algunas de las trayectorias ya vistas, siempre puede existir una excepción para una norma, sobre todo si esta es estadística. Y la segunda razón, por la que se mantiene la duda es porque no sabemos hasta dónde llegaremos nosotros, los insensatos humanos, con el descontrol del calentamiento global planetario, hecho incontestable que afecta también naturalmente a los océanos.

En fin, lo cierto es que, aunque los humanos nos empeñáramos en transformar nuestros océanos en sopa de pescado, la Naturaleza (así, con mayúscula), modificaría las corrientes oceánicas, que son las verdaderas cintas transportadoras de energía, para que las cosas no se le fueran de las manos. ¡Tenemos una Naturaleza que no nos la merecemos!

Adolfo Marroquín Santoña

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Geofísica, la física del planeta Tierra

Hace unos días, “enreando” (término acuñado por mi santa esposa, para referirse a mis búsquedas de información), pues bien, enredando entre mis apuntes de los viejos tiempos como estudiante, hace más de medio siglo, en la Universidad Complutense, encontré una serie de anotaciones referidas a Geofísica, que me llamaron la atención, en primer lugar por su vigencia, pese al tiempo transcurrido, y por otra parte porque me recordaron lo interesante que entonces me parecieron, y que siguen pareciéndome.

Trataré de compartir con ustedes algunas de aquellas ideas y teorías, intentando hacerles copartícipes de lo atractivo que son los fundamentos que subyacen bajo y sobre la superficie de este planeta Tierra, al que tanto debemos y al que tan mal pagamos. Por ejemplo, deben saber ustedes que sería bastante acertado comparar al planeta Tierra con un huevo escalfado, duro o casi, tanto por su forma, como por la disposición de sus distintas capas; de hecho, la Tierra no es una esfera, sino un geoide, y está compuesta por la corteza, el manto y el núcleo, que corresponderían a la cáscara, la clara y la yema del citado huevo.

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Para conocer el estado y la composición de la Tierra a grandes profundidades y para grandes extensiones, la Geofísica recurre al estudio de las ondas originadas por los movimientos sísmicos, registradas en los sismógrafos que se encuentran distribuidos por todo el mundo. Cuando se produce un terremoto en cualquier lugar del planeta, las ondas producidas viajan por el interior de la Tierra, y se puede deducir mucha información sobre la composición y el estado, sólido o fluido, de lo que hay bajo nuestros pies, a partir de la propagación del movimiento sísmico, por la diferencia del tiempo transcurrido y por la forma de las ondas registradas, en la red mundial de sismógrafos,.

Así fue como en 1909 se descubrió como a algunas decenas de kilómetros bajo la superficie del planeta, existía un cambio brusco en la propagación de las ondas sísmicas, debido a un cambio sustancial en las condiciones físicas en que se encontraba el material del subsuelo a esa profundidad, pasando de sólido a fluido. La capa a la que se producía ese cambio se denominó discontinuidad de Mohorovicic, en honor del sismólogo yugoeslavo que la descubrió; posteriormente conocida, recortando el apellido del descubridor, como discontinuidad Moho, que es la zona que separa la corteza (parte sólida superficial) de la siguiente capa, el manto.

La profundidad a que se encuentra la discontinuidad Moho, entre corteza y manto, no sólo no es constante, sino que varía enormemente entre valores que orientativamente podemos tomar como 10 Km en zonas oceánicas y hasta más de 60 Km en áreas continentales; pero recordemos que la estructura del planeta no es estática, sino dinámica, es decir está variando continuamente, puesto que, como es sabido, los continentes se mueven a través de la deriva continental; teoría desarrollada por el meteorólogo alemán Alfred Wegener.

En la actualidad, siguen existiendo numerosas dudas respecto a cuándo, cómo y por qué, las enormes placas que constituyen la corteza terrestre habrían empezado los desplazamientos asociados a su lentísimo viaje, que se estima comenzó hace más de 3.500 millones de años (MA), pero con un amplio abanico de dudas, puesto que la estimación de ese tiempo va desde un mínimo de 1.000 MA, hasta más de 4.200 MA. Un intervalo temporal demasiado grande para que se pueda entender la evolución de la Tierra primitiva, de forma que hay que trabajar con hipótesis.

Lo que sí se sabe es que el movimiento de las placas debió remodelar radicalmente el planeta, tallando las cuencas oceánicas y alzando las cordilleras. También se debió alterar la composición de la atmósfera y de los océanos, lo que, sin duda, afectaría al suministro de nutrientes de las formas primitivas de vida del entonces joven y oscuro planeta. Y digo oscuro planeta, porque se piensa que la Tierra primitiva debía de parecerse mucho a la Islandia actual, con oscuros campos de lava negra y oscuras playas de arena, bordeando la tierra firme.

Estos desplazamientos de la corteza de la Tierra, sobre la superficie del planeta, hay que analizarlos a escala geológica, ya que, considerados a escala humana, son enormemente pequeños y extraordinariamente lentos. Sin embargo, llama la atención que diminutos testigos biológicos, como lombrices o caracoles, hayan venido a apoyar algunas de las teorías que la Geofísica ha ido apuntando. Así, la presencia y distribución de algunas especies de gusanos de tierra y de caracoles, encontrados en la parte occidental de Europa y en la parte oriental de Norteamérica, es decir en las costas de ambos continentes situadas “frente a frente”, sugiere que, en tiempos remotos, las costas de esos territorios tuvieron que estar en contacto, puesto que es evidente que el océano hubiera sido un obstáculo insalvable para la emigración de estos animales.

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En realidad, la teoría de la deriva continental, planteada por Wegener, es una idea que “salta a la vista” cuando se observan las formas del continente americano y de los continentes europeo y africano, puesto que, simplemente a ojo, parece que el Atlántico es en realidad una enorme grieta, llena de agua, que separa esos continentes, que debieron estar originariamente unidos. Naturalmente, esa tentadora apariencia de formas coincidentes debe ser confirmada por más cosas, y así encontramos que además de la coincidencia de gusanos y caracoles, de linajes coincidentes, en las costas de Norteamérica y Europa; ocurre algo similar con las costas de Sudamérica y África, siendo garantes de esa proximidad física los fósiles encontrados a ambos lados del Atlántico.

También las analogías geológicas y geofísicas, y hasta la propia paleoclimatología, parecen confirmar la teoría de Wegener, pese a lo cual éste investigador, o más bien su teoría, fue duramente atacada por muchos de sus colegas, tanto geólogos como geofísicos, en los comienzos del siglo XX.

Al hilo de la teoría de la deriva continental, encontramos también algunas ideas sobre el misterio del magnetismo terrestre. Hoy día es bien conocido, y se enseña ya a los parvulitos en la escuela, que la Tierra es un enorme imán, pero este hecho no se conoció hasta el siglo XVI, y desde entonces han sido muchas las investigaciones relacionadas con el tema. Como curiosidad recordemos que el polo norte de la aguja de las brújulas señala, muy aproximadamente al polo norte geográfico, lo que puede parecer raro, puesto que sabemos que los polos contrarios de los imanes se atraen, con lo que lo lógico sería que el norte del imán-brújula señalara al sur del imán-Tierra… Y así es, puesto que, en la Tierra, el sur magnético está próximo al norte geográfico de la misma, siendo el ángulo de desviación de ambos polos la denominada declinación.

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Aunque nuestro planeta se comporte como un inmenso imán esférico, los valores del campo magnético terrestre sobre la superficie no son homogéneos ni constantes, ni en el espacio ni en el tiempo; de hecho, las constantes mediciones que se realizan en cualquier observatorio demuestran que el campo magnético varía continuamente, y aun cuando la variación es pequeña, es sin embargo detectable incluso de un día para otro, con la conocida como variación diurna, que a veces presenta picos importantes, como consecuencia de las tormentas magnéticas.

Las causas de estas perturbaciones no están en el interior de la corteza terrestre, sino que hay que buscarlas en las capas superiores de la atmósfera, a unos cuantos centenares de kilómetros por encima de la superficie terrestre, en la zona denominada ionosfera, en la que abundan los electrones libres, arrancados a los átomos de oxígeno y nitrógeno por la radiación solar. Otras perturbaciones, generalmente más pequeñas y a nivel local, sí suelen ser debidas a la presencia de depósitos minerales magnéticos, bajo la capa de la corteza terrestre, de forma que los geofísicos utilizan las prospecciones magnéticas para localizar y evaluar el contenido de estos yacimientos.

Y hablando del magnetismo terrestre, puede que no identifiquemos océanos con ese magnetismo, pero también los océanos forman parte, aunque pequeña, del escudo magnético protector de nuestro planeta. Este campo magnético nos protege de la radiación cósmica y de las partículas cargadas que, procedentes del Sol, bombardean constantemente la Tierra. Sin ese escudo protector, la vida sería prácticamente imposible sobre nuestro planeta, al menos tal como la conocemos en la actualidad.

Los satélites Swarm de la Agencia Espacial Europea (ESA) han realizado nuevos descubrimientos sobre la naturaleza eléctrica del interior de la Tierra, y así hemos sabido que, cuando el agua salada de los océanos se mueve bajo el campo magnético terrestre, se generan corrientes eléctricas que, a su vez, inducen una respuesta magnética en el manto, la región profunda bajo la corteza terrestre. Los nuevos resultados, obtenidos mediante las observaciones satelitales, son importantes para comprender la tectónica de placas, que, como antes decíamos, es la teoría que sostiene que la litosfera terrestre se compone de placas rígidas que se deslizan sobre la masa caliente y más fluida, que funciona a modo de lubricante permitiendo así su movimiento.

De esta forma, las modernas técnicas de observación han venido a ayudarnos a entender y explicar algunas dudas que las anteriores teorías, como la de la tectónica de placas, tenían pendientes.

Todo sea para poder conocer más y mejor este planeta nuestro, el único que tenemos, al que tanto debemos y al que tan mal pagamos.

Adolfo Marroquín Santoña

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Cambio climático, catástrofe o negocio

01-cambio-clima-y-beneficiosPermítanme revisar y comentar aquí algunos hechos:

1.- Nunca, desde hace casi un millón de años, la concentración de GEI (Gases de Efecto Invernadero), había alcanzado y superado las 400 ppm (partes por millón) como está ocurriendo en la actualidad, manteniéndose la tendencia creciente.

2.- Nunca, desde hace casi dos siglos, se habían registrado tantos y tan violentos FMA (Fenómenos Meteorológicos Adversos) extendiéndose a todo el planeta.

3.- Nunca se ha hecho el caso necesario y suficiente, a los avisos que sobre este tema vienen difundiéndose, entre otros, por parte del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático), creado en 1988, que ha emitido ya cinco informes de evaluación sobre el cambio climático, sus causas, posibles repercusiones y estrategias de respuesta.

4.- Nunca deberíamos esperar que algunos de los gobernantes actuales, que en muchos países tienen como única formación la adquirida en su larga etapa de políticos profesionales, entiendan la relación causa-efecto entre GEI y FMA, como les viene advirtiendo reiteradamente el IPCC, donde también hay políticos, no nos engañemos, pero donde al menos existen, a su alrededor, muchos y buenos científicos climáticos.

Pese a todo, en 2015 tuvo lugar en París la vigésimo primera sesión de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP21) de la que nació el conocido como Acuerdo de París, en el que se estableció, no sin muchas dudas, reservas y objeciones, el marco global de lucha contra el cambio climático, que debería regir a partir de 2020. Un intento, supuestamente global, para resolver los problemas que causaría el cambio climático, éste sí realmente global.

Y ahí tienen ustedes a Donald Trump, presidente de uno de los países más poderosos y contaminantes del planeta, que como gobernante no procede de la cantera de políticos profesionales, sino del mundo de los “negocios a la americana”, y que quiere excluir de la COP21 a los EEUU, porque tiene sus dudas en la citada relación causa-efecto GEI-FMA, pero, sobre todo, por su convencimiento de que ese acuerdo perjudicaría a la economía de su país, aun cuando medioambientalmente fuera beneficioso para el planeta en su conjunto.

En la actualidad, varios de los mayores bancos del mundo han promovido, junto con la ONU, la transparencia financiera en materia climática; entre estos bancos, con un capital de más de siete billones de dólares, se pueden citar a ANZ, Barclays, Bradesco, Citi, Itaú, National Australia Bank, Royal Bank of Canada, Santander, Standard Chartered, TD Bank Group y UBS.

Sinceramente, no dudo que estos bancos, y algunos más que, llegado el caso, se les irán uniendo, tengan buenísimas intenciones, pero naturalmente sería utópico pensar que entre esas intenciones no figure la de su propio beneficio; lo que, por otra parte es no sólo lícito y lógico, sino fundamental en un mundo regido por las finanzas y la obtención de máximos beneficios económicos. Obviamente, los bancos y las entidades financieras en general no son organizaciones sin ánimo de lucro (OSAL), sino muy al contrario, son organizaciones que persiguen el máximo lucro posible. Hasta ahí, todo bastante normal y natural.

Sin embargo, el cambio climático es, hoy por hoy, uno de los mayores problemas a que se enfrenta la humanidad; en este diagnóstico coinciden tanto científicos, como políticos, empresarios y hasta los propios banqueros. Pero, el cambio climático que estamos padeciendo en la actualidad, y el que padeceremos si las cosas no cambian mucho y pronto, no se ha producido de forma natural, al menos no totalmente, puesto que ha sido causada sobre todo por la enorme y rapidísima acumulación de GEI en la atmósfera y en los océanos, como consecuencia de un modelo productivo inadecuado e insostenible, en el que hay responsables y víctimas.

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En la imagen superior, he colocado a la izquierda los países más contaminantes del mundo, coloreados de marrón oscuro a blanco, con el significado de cuanto más oscuro el color, más pecador, es decir más responsable por su acción contaminante; como se puede comprobar a simple vista, los máximos responsables de este problema se sitúan en el hemisferio norte. En la derecha figuran los países que más padecerán las consecuencias, coloreados también en marrón, pero significando ahora que cuanto más oscuro el color, más víctimas, es decir más muertos a consecuencia del cambio climático. Al contrario que antes, se comprueba ahora que las víctimas se concentran en países situados en el hemisferio sur.

Dicho lo anterior, lo cierto es que casi todos, somos responsables de haber llegado a la actual situación climática, y todos somos víctimas. Sin duda, somos responsables y, a la vez, somos víctimas, pero debe quedar claro que unos son mucho más responsables que otros y estos otros serán mucho más víctimas que aquellos unos.

Sin embargo, en la cobertura, tanto científica como periodística de este fenómeno de dimensiones planetarias, frecuentemente se ignora el papel de los causantes, y se dirige el foco sólo a los efectos y a las víctimas. Si nos planteamos, por ejemplo, porqué el presidente Trump ha querido sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París, la realidad hay que buscarla, no en la justicia social, ni en la seguridad climática, sino la seguridad de la economía de su país, como dijo ya claramente en su toma de posesión: “America first”.

Ahora bien, esa seguridad económica buscada, les va a crear en el futuro muy poca seguridad meteo-climática, a los “súbditos americanos” de Trump, como se han encargado de demostrar algunos de los recientes huracanes, como Harvey, Katia, Irma, José, … y los que vendrán después, siguiendo la ruta marcada por las aguas cálidas de los océanos, consecuencia del calentamiento global del planeta.

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Lamentablemente, y aunque sea muy triste tener que reconocerlo, lo cierto es que no se va a plantear ningún cambio ni del funesto modelo energético, ni del desarrollo insostenible, mientras ello suponga perder beneficios. Pero ¿se puede conseguir reducir riesgos climáticos y aumentar beneficios? Pues eso será muy difícil, por no decir imposible. Sin embargo, ahí están los financieros (bancos) y los políticos (gobiernos) para plantearse la cuadratura del círculo, consiguiendo hacer negocio ante las catástrofes que acompañan y acompañarán al cambio climático.

Se trata, dicen, de un esfuerzo colectivo dirigido por ONU – Medio Ambiente (ONU-MA), para fortalecer la evaluación y divulgación que hacen las instituciones financieras sobre los riesgos y oportunidades relacionados con el clima. La iniciativa permitirá a los bancos, dicen, seguir las recomendaciones de los grupos de trabajo, presentadas recientemente en la cumbre del G20. Al mejorar, dicen, su comprensión de los riesgos y oportunidades relacionados con el clima, las instituciones estarán mejor capacitadas para ayudar a financiar la transición hacia una economía más estable y sostenible.

Según plantea el propio Erik Solheim, Director Ejecutivo de ONU-MA, “El mensaje de los pesos pesados del mundo financiero es claro: el cambio climático plantea una amenaza real y seria para nuestra economía. Al mismo tiempo, hay enormes oportunidades de negocio en el campo de la acción climática. La transparencia sobre cómo las instituciones financieras mitigan los riesgos y aprovechan las oportunidades mientras hacemos frente al cambio climático es crucial para impulsar a los mercados a apoyar activamente un mundo resiliente, bajo en carbono”.

Ojalá sea así y llegue el momento en que todos ganemos en este negocio en el que, por ahora, la mayoría perdemos, mientras sigue habiendo responsables y víctimas.

Adolfo Marroquín Santoña

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En clima, como en otras cosas, el peligro es la velocidad

Recuerdo haber oído decir en una ocasión que “las balas no matan, lo que mata es la velocidad que llevan”; lo que resulta ser una absoluta evidencia…; y lo mismo podríamos decir de los accidentes de tráfico, en los que resulta también evidente que lo que mata es la velocidad de los vehículos implicados, puesto que estando aparcados son bastante inofensivos. Pues bien, aunque no siempre resulte tan evidente, la velocidad es también el problema fundamental en relación con el conflicto climático, en que estamos metidos; concretamente la velocidad con la que hemos inyectado en la atmósfera los tristemente famosos GEI (Gases de Efecto Invernadero).

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Si las emisiones de esos gases hubieran sido razonablemente lentas, entendiendo por tal el ritmo de emisión compatible con la capacidad de absorción por parte del Sistema Climático de nuestro planeta, como había venido ocurriendo a lo largo de los siglos anteriores al XIX, no hubiera pasado nada, o casi nada, puesto que la naturaleza, que no soporta las prisas y los desequilibrios, se hubiera encargado de mantener el deseable equilibrio; evitándose así el calentamiento global del planeta y las consecuencias asociadas, incluidas las numerosas anomalías climáticas, que se conocen bajo la denominación general de Cambio Climático.

Según datos del IPCC (Intergubernamental Panel sobre Cambio Climático) la temperatura promedio del planeta, como consecuencia de la emisión de GEI, fundamentalmente del famoso dióxido de carbono (CO2), se incrementó en 0,7 ºC durante el pasado siglo XX y de acuerdo con las estimaciones aumentará del orden de entre 2 y 4 ºC en el presente siglo. Estos valores pueden parecernos poco importantes, y sin embargo suponen el mayor y más rápido aumento, de los últimos cientos de miles de años.

La superficie terrestre absorbe el calor de la radiación solar incidente y vuelve a irradiarlo hacia la atmósfera y el espacio. Pero, los gases de efecto invernadero absorben buena parte de este calor, impidiendo su devolución hacia el espacio exterior, y volviendo a reemitirlo hacia la superficie del planeta.

Este proceso es lo que se conoce popularmente como “efecto invernadero”, pero quizás sería más apropiado denominarlo “efecto de abrigo”. Aunque los gases de efecto invernadero constituyen tan sólo el 1% del total de los gases presentes en la atmósfera, su capacidad de atrapar el calor, abrigando al planeta e impidiendo la devolución de ese calor al espacio, es enorme. Y nosotros, al quemar cada día más combustibles fósiles, en la práctica estamos amontonando más y más capas de abrigo que calientan el planeta tanto, y tan rápidamente, que la naturaleza no es capaz de adaptarse.

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Por otra parte, el vapor de agua es sin duda el más importante de los gases de efecto invernadero que ocurren naturalmente, ya que es responsable del 60% de dicho efecto, en comparación con el dióxido de carbono, que aporta tan sólo el 26%. Si bien las actividades humanas no aumentan la cantidad de vapor de agua en la atmósfera directamente, lo cierto es que el calentamiento producido por otros gases, como el CO2, provoca más evaporación y aumenta la cantidad de vapor de agua que puede contener la atmósfera. De hecho, desde 1988 nuestros satélites han detectado un incremento en la humedad atmosférica sobre los océanos, del orden del 7% por cada grado centígrado de calentamiento.

Todo esto da lugar a “la pescadilla que se muerde la cola”, puesto que, a su vez, este vapor de agua adicional aumenta el calentamiento, ya que, como hemos dicho, el vapor de agua es uno de los gases más potentes de efecto invernadero o abrigo. Por otra parte, la presencia de más vapor de agua también puede aumentar la producción de nubes, cuyo efecto es complejo, ya que pueden enfriar la atmósfera, reflejando la luz solar, y también calentarla, atrapando el calor. Es decir que, como vemos, estamos complicando a la naturaleza su tarea de seguir haciendo su trabajo, que es el de mantener el equilibrio.

Si bien las moléculas individuales de los otros gases de efecto invernadero, como el vapor de agua, son más potentes en términos de su capacidad de atrapar el calor, la enorme cantidad de dióxido de carbono introducida en la atmósfera durante el último siglo debido a las emisiones generadas por el ser humano y la capacidad de dicho gas de permanecer en la atmósfera durante decenas e incluso cientos de años, explican por qué el dióxido de carbono es un tema de permanente preocupación.

El incremento de la temperatura global causa alteraciones en los patrones del clima, una atmósfera más caliente, a la que no estamos dando tiempo de enfriarse de forma natural, almacena más energía y una atmósfera cargada de energía genera más y más eventos, cada vez más extremos y frecuentes, como está ocurriendo ya en la actualidad con la presencia de olas de calor en muchas áreas del mundo, alternándose espacial y temporalmente con olas de frío, dando lugar a anomalías en las temperaturas, pero también las precipitaciones, que alteran el día a día de los humanos.

De hecho, como decíamos, el cambio climático no sólo conlleva un aumento de las temperaturas medias a nivel mundial, sino que implica también un aumento en la variabilidad climática; batiéndose numerosos récords por altos valores, tanto de temperaturas como de precipitaciones, pero pasados unos meses, se presentan también récords en el número de días de heladas o en las sequías. Se trata por tanto de fuertes anomalías térmicas, pero también de anomalías que afectan y afectarán a todas las componentes del sistema climático y del medio ambiente en general.

Durante las últimas décadas hemos vivido cambios a escala planetaria, presididas por un calentamiento global, pérdidas de biodiversidad por la extinción de especies, destrucción de hábitats, etc. Y, en todos estos procesos, la responsabilidad de la actividad humana es evidente, no sólo por la emisión de gases contaminantes, sino por los cambios en los usos del suelo, por la urbanización descontrolada, por la extracción y explotación, a un ritmo totalmente imprudente, de los recursos naturales del planeta, etc.

En la actualidad ya hemos superado las 400 ppm (partes por millón) de CO2 en la atmósfera, y cada año batimos varios récords en temperaturas, con inviernos más calurosos y olas de calor en verano, los glaciares de montaña y también los casquetes en Groenlandia y en la Antártida están fundiéndose con rapidez, y la disminución del periodo de banquisa en el Ártico abre la amenazadora visión de un Polo Norte sin hielo, lo que ocurrirá tan pronto como en los veranos de la próxima década, desapareciendo el permafrost en muchas áreas del planeta, sobre todo en altas latitudes y montañas.

03-pasado-futuro-tempSabemos que nuestro planeta, a lo largo de los millones de años de su existencia, ha sufrido importantes cambios de temperatura; de hecho se dispone de datos que lo demuestran, a lo largo de las sucesivas glaciaciones, en los últimos 800.000 años, pero la velocidad a la que están ocurriendo los cambios en la actualidad es muy superior a la de los cambios climáticos anteriores, que eran naturales, y parece evidente que no podemos, o al menos no debemos, esperar décadas o siglos para constatar los efectos del actual cambio rápido en el aumento del nivel del mar, en la temperatura, en la fusión de los hielos, y todas las demás consecuencias, puesto que puede ser demasiado tarde para poner en marcha medidas de mitigación o de adaptación al cambio.

En la antigüedad de la historia de la Tierra, cuando el clima era mucho más cálido, el material vegetal quedaba enterrado en enormes ciénagas, con tal rapidez que no llegaba a descomponerse; después estos restos enterrados estuvieron sometidos a calor y presión, con lo que finalmente se transformaron en carbón. De forma análoga, los microorganismos enterrados en fondos marinos y lacustres a lo largo de la historia del planeta se convirtieron en petróleo. Estos procesos secuestraron grandes cantidades de carbono en forma de petróleo, gas natural y carbón. Al quemar después estos materiales, a un ritmo creciente, sobre todo en los últimos 150 años, hemos liberado a la atmósfera, muy rápidamente, el carbono que el planeta había almacenado a lo largo de cientos de millones de años.

Eso es precisamente lo que la naturaleza no soporta, las prisas, y más aún las prisas que provocan desequilibrios; de forma que, si no queremos entrar en conflicto con la propia naturaleza, o frenamos mucho y pronto la velocidad de nuestras emisiones, o la naturaleza nos hará pagar por ello… Y NO NOS GUSTARÁ CÓMO.

Adolfo Marroquín Santoña

 

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El Sol, y sus cinco ayudantes, origen del clima y sus cambios

01-sistema-climatico-e-inter-relacionesA lo largo del tiempo, durante miles y millones de años, el clima de la Tierra ha ido cambiando, y esto se debe a que muchos fenómenos terrestres, oceánicos y espaciales han participado en la modelación de los climas del planeta. El Sol es el principal agente generador del clima, puesto que prácticamente es la única fuente de la energía que alimenta el funcionamiento del Sistema Climático.

Este Sistema Climático (SC) esta a su vez constituido por cinco Subsistemas, a los que he calificado de ayudantes en el título de este artículo, puesto que son cooperantes necesarios para que las cosas sean como son en el clima. Vamos a echar una breve ojeada al papel e importancia que el Sol y algunos de sus citados ayudantes juegan en este asunto.

La energía que el Sol emite, y que la Tierra recibe, no es estrictamente constante, pero sus variaciones son proporcionalmente tan pequeñas, al menos por ahora, que no influyen de manera esencial en el cambio climático que venimos padeciendo. Sabemos que, en los dos últimos siglos, la producción energética del Sol aumentó en aproximadamente un 0,1 %, lo cual pudo suponer un aumento de apenas una décima de grado en la temperatura de nuestra atmósfera durante la primera mitad del siglo XX.

Sin embargo, los datos obtenidos desde 1979, cuando comenzamos a realizar mediciones desde el espacio de la energía aportada por el Sol, indican que la Tierra ha seguido calentándose, sin que se haya producido ningún cambio significativo en la energía solar media que ha venido recibiendo; por tanto, no parece que el actual calentamiento del planeta deba asociarse a cambios en la emisión de energía desde el Sol.

Por otra parte, algunos cambios producidos en los ciclos repetitivos de la órbita terrestre pueden afectar al ángulo de incidencia de la radiación solar, y con ello a los efectos de la energía solar incidente. El ángulo de inclinación del eje terrestre, el movimiento producido por la precesión de los equinoccios y el grado de estiramiento (excentricidad) de la órbita de nuestro planeta producen los llamados ciclos de Milankovitch que parecen ser los que activaron y desactivaron las glaciaciones de los últimos millones de años.

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Pero estos cambios tardan miles de años en producirse, o sea que tampoco parece ser ésta la causa del rápido calentamiento ocurrido en el planeta Tierra a lo largo del último siglo.

Por otra parte, a lo largo de millones de años, el movimiento de los continentes alteró profundamente el clima, provocando cambios en los casquetes polares y en la trayectoria de las corrientes oceánicas, que son las verdaderas responsables del transporte de energía, distribuyendo el frío y el calor desde y hacia los abismos oceánicos.

Estas corrientes, distribuidas por todos los océanos del planeta son, a su vez, las responsables de muchos de los procesos atmosféricos, que a lo largo del tiempo van perfilando los climas, y con ellos los paisajes, de las diferentes zonas. La presencia y cantidad de nieve y hielo en la Tierra también afecta a la meteorología, y a través de ésta al clima, ya que las superficies de hielo y nieve reflejan más energía solar que el manto terrestre o las aguas oceánicas, ambos más oscuros y por tanto con una mayor captación de la radiación energética. La inyección de aerosoles, cenizas y otras partículas, sólidas o líquidas en la estratosfera, por gigantescas erupciones volcánicas cada vez más frecuentes, también es capaz de enfriar el planeta.

La opacidad atmosférica que resulta, tras las fuertes erupciones volcánicas, puede hacer que disminuya la radiación solar entrante, por períodos de hasta uno o dos años, tras el suceso. El polvo y las pequeñas partículas arrojadas al aire, como consecuencia de la difusión de enormes nubes de polvo, procedente de los desiertos, por procesos naturales, o como resultado de actividades humanas, pueden producir efectos similares a los de los aerosoles volcánicos.

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La litosfera ha contribuido al reequilibrio del sistema climático en su conjunto. Existen numerosas referencias bibliográficas acerca de la gran actividad volcánica desde mediados del siglo XVIII, actividad que muy probablemente ha jugado un papel importante en el balance radiativo del planeta, por la inyección de enormes cantidades de aerosoles, que podríamos evaluarlas en millones de toneladas, que llegan a alcanzar la estratosfera, permaneciendo durante meses, e incluso años, durante los cuales se reduce la entrada de la radiación solar incidente y con ello el calentamiento del sistema.

Es conocido el efecto que determinadas erupciones volcánicas han tenido sobre el clima, en concreto sobre la temperatura del planea. Algunas conocidas erupciones, muy potentes, capaces de lanzar aerosoles hasta la estratosfera, en los siglos XIX y XX, fueron las de Tamborra en 1815, Krakatoa en 1883, Katmal en 1912, Santa Helena en 1980, El Chichon en 1982, Rebout en 1990, entre otras; todas las cuales dieron lugar a descensos globales en las temperaturas del planeta.

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Todos estos procesos y sus consecuencias, son bien conocidos, mientras que sin embargo no está suficientemente investigado, al menos en mi opinión, el papel del Sistema Climático (SC) en su conjunto, desde el punto de vista de la coordinación de sus cinco componentes, los cinco ayudantes del Sol, sobre todo bajo el aspecto de la organización y reparto de tareas entre los cinco. Por ejemplo podríamos planearnos si las erupciones volcánicas que antes citaba, que tanta importancia han tenido de suavizar el calentamiento, pudieran tener una “potencial voluntariedad”, como si hubieran sido decididas y ordenadas por parte del conjunto de los cinco ayudantes.

Esto puede parecer raro, puesto que supondría que la propia naturaleza ha tomado parte activa en las decisiones, sin embargo no es algo tan raro, y de hecho nos llevaría a una aproximación a la teoría que subyace tras la conocida como Hipótesis Gaia, que considera que el planeta en su conjunto actúa como lo haría un ser vivo, no siéndolo naturalmente… ¿o tal vez sí?, interactuado sus componentes, los cinco ayudantes, como lo harían las componentes del cuerpo humano, cuando se siente atacado por una enfermedad.

Adolfo Marroquín Santoña

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Las anomalías del clima se veían venir desde el siglo XIX

01-antes-y-despues-del-cambicliDesde hace ya varios años, los términos efecto invernadero, calentamiento global, cambio climático, extinción de especies, degradación de suelos, desertificación, y otros, se han hecho habituales en los medios de comunicación, por lo que resultan ya generalmente conocidos, al menos “de oídas” o “de leídas”, a pesar de lo cual siempre faltan cosas por conocer y aclarar. Por ejemplo, es frecuente llamar “cambio climático” al conjunto formado por las causas y sus efectos, cuando convendría separar ambos conceptos.

Frecuentemente se dice que son consecuencia del cambio climático cosas que poco o nada tienen que ver con él, y sin embargo no se le achacan situaciones que sí son consecuencia de ese cambio. Es como si se hubiera troceado el tema, separando las piezas como si se tratara de un puzle, y después tratásemos de forzar la entrada de una pieza en un hueco, sea el suyo o no.

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Algunas realidades, constatadas por la observación, son que los glaciares están derritiéndose en todo el mundo y que, con cada verano, disminuyen más y más los hielos marinos, de forma que las criaturas marinas tienen ya dificultades para sobrevivir en aguas cada vez más cálidas y la reducción de las poblaciones de peces amenaza el sustento de aquellos que dependen de la pesca.

Los incendios forestales y las olas de calor son cada vez más frecuentes y violentos, produciendo cada año numerosos daños materiales, y lo que es peor incluso pérdidas de vidas, al tiempo que los cambios en los patrones de distribución de las enfermedades hacen que la población humana sea más vulnerable a brotes de infecciones, algunas de ellas graves, que hasta ahora no nos habían atacado. Al mismo tiempo, algunas regiones se enfrentan a inundaciones devastadoras, mientras que otras atraviesan períodos de sequía de larga duración.

Todos estos eventos afectan enormemente a nuestra sociedad y a muchas de sus actividades, y las previsiones de los climatólogos sugieren que estas situaciones seguirán presentándose en el futuro, y cada vez con mayor intensidad, de forma que estos temas seguirán dominando los titulares de los medios de comunicación. Sin embargo, el tema no es nuevo, puesto que hace más de siglo y medio que este asunto ha venido preocupando y ocupando a los científicos. Volviendo al símil del puzle, la situación es similar a armar uno de ellos gigantesco, en el que cada pieza individual aportara un poco de información, pero de manera que, a medida que colocamos más piezas en sus sitios, el puzle va adquiriendo una forma que podemos identificar, pese a que algunas partes aún quedan por terminar.

03-svante-arrheniusHoy en día, prácticamente la totalidad de los climatólogos, sobre todo aquellos de primera línea, que tienen un cierto prestigio, coinciden en que las partes del puzle, que hemos logrado armar hasta ahora, muestran claramente que en efecto se está produciendo un cambio climático inducido por la actividad humana. Pero ésta no es una teoría reciente, puesto que ya en el siglo XIX, un respetado científico sueco llamado Svante Arrhenius publicó una serie de artículos e incluso un libro en 1896, en los que hacía una predicción que, en aquellos momentos parecía descabellada, pero que, con el transcurso del tiempo, demostró ser acertada.

Arrhenius estaba investigando el ciclo del carbono con un colega, un estudio que incluía, entre otras cosas, un cálculo aproximado de los cambios producidos en el nivel de dióxido de carbono (CO2) por procesos naturales tales como la meteorización de las rocas, las erupciones volcánicas y la absorción de dicho gas por los océanos. Esto se había hecho ya en décadas anteriores al trabajo de Arrhenius, pero lo que nadie se había planteado antes era considerar como una posible fuente de CO2, al propio ser humano y sus actividades, planteándose la pregunta ¿Será posible que el ser humano llegue a cambiar el clima en el futuro?

Arrhenius calculó que sería suficiente duplicar el dióxido de carbono presente, en su época, en la atmósfera para que la temperatura de la Tierra aumentara del orden de 5 a 6 °C, pero a él le tranquilizaba pensar que, al ritmo de emisiones de 1896, esa subida tardaría miles de años en producirse. Sin embargo, para cuando sus artículos y publicaciones sobre el tema salieron a luz, concretamente en 1908, la cantidad de carbón que se estaba quemando había aumentado tanto que Arrhenius cambió su estimación anterior, modificando sus previsiones y pasando el plazo que él había estimado en miles de años a “unos pocos siglos”.

Por otra parte, esta aceleración en la emisión de gases de efecto invernadero, no preocupaba demasiado a Arrhenius, que incluso creía que un clima más cálido sería beneficioso, lo que únicamente se comprende, si tenemos en cuenta que él vivía en Estocolmo, a unos pocos cientos de kilómetros del círculo polar ártico, donde una subida de temperaturas se veía como algo lleno de interesantes posibilidades.

Arrhenius ganó el Premio Nobel de Química en 1903, y transcurrido más de un siglo desde sus estimaciones originales, se ha encontrado que fueron sorprendentemente cercanas a los mejores cálculos actuales. Hoy día los climatólogos no tenemos ninguna duda de que estamos inmersos en un cambio climático y de que la rapidez con la que se está desarrollando ha sido inducida por la actividad humana. Y, por supuesto, lejos del optimismo de Arrhenius, válido únicamente para algunas áreas de Suecia, las consecuencias del cambio no pueden considerarse como globalmente beneficiosas, sino más bien todo lo contrario.

Todas las formas de medición a nuestra disposición indican que el planeta está calentándose, y que hace varios decenios que la temperatura está bastante más alta que sus valores de referencia anteriores. Si bien un aumento del orden de 0,7 °C a lo largo del último siglo no parecería una gran amenaza, hay que recordar que se trata de un promedio mundial, por lo que la situación, para áreas concretas de nuestro planeta, está presentando ya valores que sitúan a muchas personas bastante lejos del confort deseable. Siendo el calentamiento mayor sobre tierra firme que sobre los océanos y mayor en las latitudes altas que en las regiones tropicales, como puede comprobarse en los siguientes gráficos de anomalías térmicas globales, generados por la University Corporation for Atmospheric Research.

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Es evidente que en la actualidad estamos ya experimentando algunos de los efectos asociados al cambio climático. Un ejemplo de ello podemos encontrarlo en cómo, recientemente, en los últimos decenios, se están registrando récords de temperaturas máximas, y episodios de intensas y prolongadas sequías, con una elevada frecuencia y con patrones similares en todo el planeta.

Mientras el clima global ha permanecido relativamente estable durante varios miles de años, las variaciones regionales en el clima han influido profundamente en la historia de la humanidad; ahora sabemos que lo contrario es cierto también, es decir que las actividades humanas, como la quema de combustibles fósiles y la deforestación de grandes áreas, han tenido una gran influencia en el clima de la Tierra.

El IPCC (Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático) llegó a la conclusión de que el efecto neto de las actividades humanas desde mediados del siglo XVIII ha sido un apreciable aumento de la temperatura a lo largo del siglo XIX, continuando, e incluso incrementándose, durante el XX y en el presente XXI. El IPCC atribuye la influencia humana en el calentamiento global principalmente al incremento de tres gases, que han resultado claves para atrapar calor en la atmósfera, el dióxido de carbono, el metano y el óxido nitroso.

Pues bien, la mayor parte de todo esto que hemos comentado, se sabía desde hace más de un siglo, y se ha venido anunciando y denunciando desde entonces, en todos los foros, a través de todos los medios y a todos los niveles, local, regional, nacional, continental y global, por desgracia con muchas reuniones, llenas de fotografías y brindis de los reunidos, pero vacías de unanimidad en los acuerdos y sobre todo de la voluntad en el cumplimiento de los mismos.

Ojalá que GEA (GAIA) nos eche una mano, antes de que crucemos el punto de no retorno.

Adolfo Marroquín Santoña

 

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Adolfo Marroquín, Doctor en Física, Geofísico, Ingeniero Técnico Industrial, Meteorólogo, Climatólogo, y desde 1965 huésped de Extremadura, una tierra magnífica, cuna y hogar de gente fantástica, donde he enseñado y he aprendido muchas cosas, he publicado numerosos artículos, impartido conferencias y dado clases a alumnos de todo tipo y nivel, desde el bachillerato hasta el doctorado. Desde este blog, trataré de contar curiosidades científicas, sobre el clima y sus cambios, la naturaleza, el medio ambiente, etc., de la forma más fácil y clara que me sea posible.