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Categoría: GEOFÍSICA
Que el ciclo hidrológico, no sea hidroilógico

Es evidente que, en cualquiera de los estados, sólido, líquido o gaseoso, en los que el agua se presenta en la naturaleza, resulta ser un elemento vital para nuestro planeta, pero resulta también evidente que, a medida que cambie el clima, cambiarán también los recursos de agua dulce, sobre los que se basan nuestras sociedades y economías. Por tanto, debería ser lógico vigilar atentamente, y cuidar nuestra relación con el agua.

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En las dos imágenes anteriores se presenta a la izquierda el ciclo hidrológico, con el esquema de los procesos que tienen lugar de forma natural, y a la derecha el que podríamos llamar ciclo menos lógico, o directamente ciclo hidroilógico (hidro-ilógico). No entraremos aquí en el detalle de los procesos físicos que tienen lugar durante el ciclo hidrológico normal, que citados de la forma más elemental posible son la evaporación,  por la que el agua pasa de líquido a vapor y asciende a la atmósfera, enfriándose en ese ascenso, por lo que se condensa en forma de nubes, precipita después desde estas hacia el suelo, y en él se produce la filtración hacia el subsuelo y la escorrentía superficial, que lleva el agua hacia los acuíferos.

Y la cosa ha venido funcionando así, desde hace miles de años, y sigue funcionando hoy, de manera que mientras el ciclo es lógico, es decir, mientras que las precipitaciones se presentan a lo largo del año, con valores similares a las medias estadísticas de las series climáticas, no tenemos problemas de suministro de agua, para todos los usos habituales de la misma, que son muchos. Pero cuando uno o más años las precipitaciones escasean, tienen lugar entonces una cadena de acontecimientos que van desde la inicial normalidad de la lluvia, con la apatía que esa normalidad provoca, a una secuencia decreciente de precipitaciones, inicialmente imperceptible, pero que acaba llevándonos a la sequía (drought, que dirían los angloparlantes), y es entonces cuando tomamos conciencia (awareness, que dirían ellos) de que algo no va bien, dando comienzo a una cierta inquietud, camino de la ansiedad (concern, ya saben), que, a medida que pasa más y más tiempo,  acaba desembocando en pánico (panic, eso está claro), lo que nos lleva a llamar a Emergencias 112 ( 911, en versión USA), desde donde desviarán nuestras llamadas a Protección Civil, o a la correspondiente Confederación Hidrográfica, o al Servicio de Meteorología, o a …

Pero, será inútil, nadie nos aliviará del pánico, que seguirá “in crescendo” con el paso del tiempo, tanto más cuanto más tarden en producirse las precipitaciones. Pero, mientras tanto, lo que ocurre, es algo muy difícil de conseguir en este país, la unanimidad; estando todos de acuerdo en que “hay que hacer algo y pronto”.  Y entonces es cuando se produce el milagro… LLUEVE, porque, como enseña la historia del clima, siempre que ha habido sequías, tras ellas acaba volviendo a llover, y justo en ese momento se cierra el Ciclo Hidroilógico, ya que, con la presencia de la lluvia (o sea, la rain anglosajona), todo vuelve a la normalidad, y de ahí se pasa a la apatía, etc. etc., reiniciándose el absurdo ciclo.

Ambos ciclos se han producido en nuestro país, y en los demás países del mundo, cientos de veces, desde siempre, desde bastante antes de que se pusiera de moda culpar de todo, y también de esto, faltaría más, al Cambio Climático, que algo tiene que ver con las modificaciones y anomalías en el ciclo hidrológico, naturalmente.

Pero ¿quiénes son los actores invitados a esta ceremonia de la confusión, que amenaza con complicarnos el suministro de agua, de calidad adecuada y en cantidad suficiente, para tener y mantener un nivel de vida y un ritmo de desarrollo, adecuados a las necesidades que nosotros mismos nos hemos impuesto? Pues, echemos una ojeada a uno de los actores principales de estos episodios, la SEQUÍA:

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Es evidente que, en principio, toda sequía está asociada a la escasez de recursos hídricos, pero la definición de sequía, depende del ámbito en que se padezca esa escasez.

Así puede hablarse, entre otras, de:

.- Sequía meteorológica.

.- Sequía hidrológica.

.- Sequía agrícola.

.- Sequía medioambiental.

.- Sequía socioeconómica.

.- Sequía climática.

En efecto, el término sequía puede hacer referencia a la sequía meteorológica (precipitación bastante inferior a la media), hidrológica (caudales fluviales bajos y niveles bajos en ríos, lagos y aguas subterráneas), agrícola (humedad del suelo baja) o medioambiental (combinación de las anteriores). Los efectos socioeconómicos de las sequías pueden provenir de la interacción entre las condiciones naturales y ciertos factores humanos, como pueden ser los cambios de uso de la tierra, alteraciones de la cubierta de suelo, o la propia demanda y uso del agua.

Pero en el marco del clima, y sobre todo del cambio climático, la definición que nos interesa es la de sequía climática, y en ese caso, recurriendo a la máxima autoridad en la materia, es decir a la OMM (Organización Meteorológica Mundial), encontramos que este organismo define la Sequía Climática en un área determinada, como “Un período, de más de dos años consecutivos, durante los que la precipitación registrada, en más del 50% del área, está incluida entre el 40% de los valores más bajos de su serie climatológica”.

De acuerdo con los estudios realizados por la propia OMM, así como por el IPCC, Grupo Internacional de Expertos en Cambio Climático, resulta que, desde comienzo de los años 70, las sequías se han hecho más frecuentes en todo el mundo, especialmente en las áreas tropicales y subtropicales. Se sabe que la superficie afectada por la sequía ha aumentado desde entonces, siendo muy probable que haya habido una contribución humana a esa tendencia. La disminución de la precipitación sobre tierra firme y el aumento de las temperaturas, que han incrementado la evapotranspiración y reducido la humedad del suelo, son factores importantes que han contribuido a la aparición de sequías en un mayor número de regiones del mundo, lo que se aprecia en los valores de un conocido indicador de la virulencia de las sequias, el PDSI (Índice de Palmer de Severidad de Sequías).

En la siguiente figura se muestran los valores mensuales, registrados en todo el planeta, desde el año 1900, del citado índice de sequía, que mide el déficit acumulado en la humedad superficial del suelo, teniendo en cuentas las precipitaciones registradas y la humedad atmosférica, con un sistema de contabilidad hidrológica. Como vemos en la figura de la parte izquierda, las áreas rojas y anaranjadas del mapa son más secas que sus valores estadísticos medios, y las áreas azules y verdes más húmedas que sus valores promedios. En la gráfica de la parte derecha, puede verse la evolución de la magnitud, desde 1900, del citado Índice de Palmer (PDSI), siendo la curva negra, ajustada a los valores, la que indica las variaciones decenales. Puede apreciarse cómo la serie temporal muestra una tendencia creciente del PDSI, a lo largo de todo el período, con pequeñas oscilaciones y variaciones interanuales, en toda la superficie terrestre mundial.

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En consecuencia, es prácticamente seguro que, salvo que se tomen serias medidas, a nivel de todo el planeta, para revertir el cambio climático, en los próximos decenios, en algunas regiones del planeta, que incluyen la cuenca mediterránea, y dentro de ella a la Península Ibérica, serán más abundantes y más severas las sequías. Por tanto, al circuito del ciclo hidrológico, que la naturaleza mantendrá activo, habrá que añadirle la alternancia del hidroilógico, que nosotros, como ilógica humanidad, hemos creado y mantenido. Por nuestra parte, lo lógico ahora sería cumplir el reciente Acuerdo de París sobre el Cambio Climático, pero…

Adolfo Marroquín Santoña

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Calor para todos, agua sólo para algunos

01-antes-y-despues-del-cambicliEn la actualidad, durante el año 2017, la mayor parte de España ha sufrido una seria sequía, otra más deberíamos decir, puesto que sequías las hemos tenido siempre y seguiremos teniéndolas para siempre y, lo que es peor, probablemente las que están por venir serán más serias que las ya pasadas, al menos para algunas áreas del planeta, como para la nuestra en particular, tal como indican la práctica totalidad de los modelos climáticos.

Por cierto, aclararé, para los que puedan no tenerlo claro, que un modelo climático, es la representación físico-matemática del sistema climático, es decir del conjunto formado por las cinco componentes principales implicadas en el clima: la atmósfera, la hidrosfera (el agua), la criosfera (el hielo), la litosfera (la parte sólida del planeta) y la biosfera (todo cuanto tiene vida en el planeta), incluyendo en el modelo todas las propiedades conocidas de cada una de esas cinco componentes, así como información sobre las interacciones e intercambios entre ellas.

Conviene recordar aquí que, en el marco del cambio climático en que estamos inmersos, es seguro el calentamiento global, es decir el calentamiento de todo el planeta, y son seguras las anomalías pluviométricas, que serán también globales; pero la diferencia, que debemos tener clara, es que la globalidad del calentamiento significa que las temperaturas son, y serán, más altas en todas partes. Mientras que las precipitaciones serán anómalas en todas partes, es decir distintas de las registradas hasta ahora, pero con cantidades de precipitación más altas en unas partes y bastante más bajas en otras. Añadiéndose una característica, que pone peor las cosas para todos, en el sentido de que la precipitación total anual, sea mayor o menor que la actual, se concentrará en el tiempo y en el espacio, con intensidades (cantidades registradas por unidad de tiempo) muy altas, dando lugar a sequías interanuales, y al mismo tiempo a inundaciones locales.

En las nueve figuras siguientes se muestra el tanto por ciento de variación de las temperaturas previstas en este siglo XXI, respecto a los valores registrados durante el pasado siglo XX, resultados obtenidos mediante distintos modelos climáticos, trabajando con diferentes escenarios, es decir teniendo en cuenta los cambios que puedan producirse en la actividad humana. Puede comprobarse como ninguno de los modelos, en ningún escenario y para ningún periodo de tiempo actual o futuro, a lo largo de este siglo XXI, presenta tonos azules, que significarían enfriamiento. Todo son tonos marrones o rojizos en todo el planeta, es decir calentamiento global, extendido literalmente a todo el globo.

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Vemos también que la subida de temperaturas para el período inicial, en el que nos encontramos, el 2011-2030, está entre 1 y 2ºC, que pasa a ser entre 3 y 4ºC para el período 2046 a 2065, y superándose los 4 y 5ºC a partir del 2080. Se observa también que los aumentos máximos corresponden a las áreas de mayor latitud, sobre todo hacia el norte, en las zonas árticas. Pero queda claro que el calentamiento será planetario.

Por el contrario, esta homogeneidad de tendencia, que significa “siempre más calor para todos”, no se dará en el caso de las precipitaciones, puesto que lo que se prevé es que se produzcan aumentos de la cantidad media mundial de precipitación durante el siglo XXI, pero con una distribución espacial poco homogénea, con áreas de valores máximos de aumento en las regiones tropicales y también en latitudes altas de ambos hemisferios, tanto en el norte como en el sur. Mientras que, por el contrario, se presentan disminuciones generales en las regiones subtropicales, y también disminuciones generalizadas en latitudes medias, excepto en Asia oriental.

Los resultados sobre la distribución de las variaciones de los porcentajes de precipitación que se muestran en la siguiente figura, han sido obtenidos a partir de los modelos climáticos, manejados por el conocido IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático), y es destacable el descenso previsto en la escorrentía, es decir en el “agua potencialmente utilizable” tras las precipitaciones, descenso que debería ser preocupante, para algunas zonas del planeta, concretamente las “marrones”. Mientras que, al mismo tiempo las áreas “azules”, tanto en el hemisferio norte como en el sur presentan porcentajes crecientes de precipitaciones y escorrentía, con aumentos de hasta el 30 o el 50%.

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La clara disminución del porcentaje en los valores de la precipitación (del 20 al 30%) y de la escorrentía (del 30 al 40%) previstos para la cuenca mediterránea en general y para España en particular, durante la segunda mitad del siglo en curso, respecto a los valores medios registrados en esas áreas en el siglo pasado, hacen recomendable que nos planteemos algunas dudas sobre la atención a la creciente demanda de agua en el futuro.

El suministro de agua, de calidad adecuada y en cantidad suficiente, es esencial para tener y mantener un nivel de vida y un ritmo de desarrollo, de acuerdo con las necesidades que nosotros mismos nos hemos impuesto. Y ese suministro está condicionado por el llamado ciclo hidrológico; en consecuencia, sería lógico que nos preocupáramos y que, cuanto antes, nos ocupáramos de no perturbar la lógica de ese ciclo.

Adolfo Marroquín Santoña

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Las sombras de la luz

En una de las publicaciones del Dr. Mercola, del conocido “Boletín de Salud Natural”, se dice que “incluso las velas son una mejor fuente de luz que algunas lámparas actuales”, y justifica esa afirmación en que no hay electricidad involucrada en la luz de una vela y en que además, es la luz que nuestros antepasados utilizaron durante muchos milenios, por lo que nuestros cuerpos ya están adaptados a ella.

No parece aconsejable, sin embargo, dar el gran paso atrás que supondría volver al uso de vela y candil, pero lo cierto es que todas las fuentes de luz, desde el propio Sol, que es la fuente cuasi perfecta, pasando por todas las luminarias conocidas, incluida también la luz de las velas, todas digo, tienen sombras; dicho sea lo de “sombras” en el sentido de “pegas o fallos”. De forma que vamos a dejar las velas para el caso de la oscuridad que acompaña al corte imprevisto de suministro eléctrico, y revisemos aquí las diferentes sombras que arrastran las fuentes de luz convencionales, desde la natural del día, hasta las artificiales, más o menos elaboradas, en busca de algunas de esas sombras que son potencialmente perjudiciales para nuestro bienestar.

En un artículo anterior, que titulaba “La luz es claridad, pero también oscuridad”, me refería básicamente a la contaminación lumínica, consecuencia de un inadecuado direccionamiento de la luz artificial; comentaba asimismo allí que los efectos de la iluminación nocturna sobre el organismo humano, son más severos con la utilización de la luz azul, que con la conocida como luz cálida, de mayor longitud de onda, por lo que si queremos descansar y “cargar las pilas” durante las horas nocturnas, deberíamos evitar la utilización de lámparas que emitan luz de longitud de onda por debajo de la luz azul o violeta. Pues bien, echemos ahora un nuevo vistazo a la luz que nos alumbra y a sus sombras.

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La luz de día, luz procedente del Sol, que es la verdadera luz natural presenta su máxima intensidad, en el intervalo de las longitudes de onda visibles para los humanos. En esa banda el espectro de la luz de día es continuo, sin grandes picos ni huecos, siendo la proporción de los colores de onda corta (azul) mayor que la de los colores de onda larga (rojo). Desde el punto de vista de la potencial influencia sobre la salud humana, resulta importante distinguir entre la luz natural, que nos llega del Sol, y la artificial, que se compone también de luz visible, ultravioleta e infrarroja, pero en proporciones que, pueden llegar a ser muy diferentes de las de la luz solar, como podemos ver a la derecha de la imagen superior, que corresponde a una bombilla incandescente.

La luz de día, es la que disfrutamos, gratuitamente por cierto, durante la mayor parte de las horas centrales entre el orto (salida del Sol) y el ocaso (ocultación del Sol), y tiene fundamentalmente dos componentes, la primera es la luz directa, es decir, la luz que llega a la superficie de la Tierra directamente desde el Sol, tras atravesar la atmósfera terrestre, por lo que sólo estará disponible plenamente, cuando el cielo esté despejado de nubes. La segunda componente es la luz difusa, cuyo origen es también el Sol, pero que no nos llega desde él directamente, sino que es absorbida por las partículas, sólidas o líquidas, suspendidas en la atmósfera y reemitida después por éstas.

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Como se aprecia en la ampliación que se incluye bajo la figura anterior, la luz visible es una pequeñísima parte del espectro total de radiaciones electromagnéticas, que van desde las ondas más largas, como son las ondas de radio, hasta las ondas más cortas, como los rayos cósmicos. La citada ampliación de la parte inferior, corresponde a la luz solar, fuera de la atmósfera, que incluye la visible, junto a sus vecinos, los cálidos rayos infrarrojos y los más cortos, pero biológicamente muy activos, rayos ultravioletas.

Debemos recordar que tanto la luz natural como la artificial pueden alterar el reloj biológico humano y el sistema hormonal, causándonos problemas de salud; en este sentido, es importante conocer y analizar los niveles de las componentes ultravioletas y azules de la luz que estemos utilizando, puesto que, en determinadas circunstancias, son potencialmente las más dañinas. Conviene señalar que después de la puesta del Sol y antes del amanecer, la luz difusa que nos llega del cielo, puede contener una gran dosis de color azul intenso.

La luz azul, que puede ser beneficiosa o no, según las circunstancias, nos la encontramos de hecho por todas partes. Cuando estamos de día al aire libre, la luz solar viaja a través de la atmósfera, donde las ondas de luz azul, las más cortas y de mayor energía, chocan con las moléculas del aire causando que se disperse fuertemente en todas las direcciones. Esto es lo que hace que el cielo se vea azul.

En su forma natural, nuestro cuerpo utiliza la luz solar azul para regular sus ciclos naturales de sueño y vigilia, lo que es conocido como el ritmo circadiano. Cuando no hay luz natural, comienza el ciclo nocturno para nuestro cuerpo, que está regulado por la producción de melatonina, una hormona que resulta indispensable para que nuestro cuerpo descanse, se desintoxique y se regenere durante la noche.

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Las ondas de luz azul están entre las más cortas y de más alta energía en el espectro de luz visible. Estas “ondas azules” o de “Alta Energía Visible” (HEV, de sus siglas en inglés) parpadean más que las longitudes de ondas más largas, que son más débiles, y este parpadeo puede reducir la observación del contraste, afectando a la nitidez y la claridad de la visión; lo que puede ser una de las razones para explicar la fatiga visual, los dolores de cabeza, o la fatiga mental y física causada al permanecer muchas horas sentados frente a la pantalla de un ordenador o de cualquier otro dispositivo electrónico.

Desde los orígenes de la humanidad, el organismo humano evolucionó bajo las condiciones de la luz del día, por lo que las células humanas se fueron acomodando a esa luz natural disponible al aire libre. Por tanto, resulta lógico pensar que la composición espectral de la luz de día, incluyendo la parte no visible, debe tener influencia sobre el organismo humano. Al mismo tiempo, es muy probable que permanecer mucho tiempo bajo luz artificial, que carece de muchas de las propiedades de la luz natural, deberá tener efectos negativos. De ahí que pasar cada día un tiempo, digamos del orden de media hora, al aire libre debe ser algo a incluir en nuestra agenda diaria, puesto que simplemente con eso obtendremos la dosis diaria de luz natural necesaria para nuestro bienestar.

En la naturaleza, al aire libre, el ciclo circadiano de la luz, noche-día, produce una estimulación cíclica de los neurotransmisores, que son los mensajeros de la información entre neuronas. Nuestro reloj biológico responde a la luz, y la luz diurna favorece la producción de serotonina y dopamina, que activan la atención y estimulan la actividad. Por el contrario en ausencia de esos estímulos luminosos, aumenta la melatonina, que nos induce al sueño. Llevar la contraria al ciclo luminoso natural del Sol, provocará que se altere el ciclo hormonal, lo que dará lugar a que se “permuten los papeles”, ocasionando somnolencia matinal e insomnio nocturno.

La luz viaja “cabalgando” sobre ondas que emiten energía y tienen distintas longitudes de onda. Cuanto más corta es la longitud de onda, más alta es la energía que transporta. La luz azul tiene una de las longitudes de onda más cortas del espectro visible, y por tanto es de las más energéticas. Ahora bien, la luz azul es beneficiosa si es natural, es decir si está asociada a la luz de día, pero puede resultar perjudicial si forma parte de la luz artificial.

Durante el día, la componente azul de la luz artificial impide que nuestro cuerpo sintetice melatonina, lo que afectará a nuestro descanso y regeneración nocturna. Si durante las últimas horas del día nos exponemos a la luz azul artificial, esto retrasará varias horas la producción de melatonina en nuestro organismo, lo que nos hará más vulnerables. Además, otro fallo, otra sombra, de la luz artificial es que no tiene un espectro de colores, tan amplio ni tan continuo como el de la luz natural, por lo que no nos ofrece los beneficios de ésta.

Los principales beneficios y daños que podemos encontrar según sea la hora, del día o de la noche, que elijamos para exposición a la luz azul, son:

Beneficios de la luz AZUL natural – DIURNA

.- Ayuda a regular el ritmo circadiano, el ciclo natural del cuerpo de sueño y vigilia.

.- Aumenta el estado de vigilancia y alerta.

.- Aumenta la memoria y la función cognitiva.

.- Mejora el estado de ánimo.

Daños de la luz AZUL artificial – NOCTURNA

.- Interrumpe el ritmo circadiano.

.- Provoca síndrome de Fatiga Visual Digital: visión borrosa, dificultad para enfocar, ojos secos e irritados, dolores de cabeza, cuello y espalda.

.- Mayor riesgo de ciertos tipos de cáncer.

.- Mayor riesgo de diabetes, enfermedades coronarias, obesidad y depresión.

.- Riesgo de pérdida de visión por la degeneración macular asociada a la edad.

Podríamos citar también otras sombras que acompañan a la luz, incluso a la natural cuando nos encerramos tras las ventanas, puesto que nos impiden recibir aquella parte de la luz solar que no puede cruzar el cristal de dichas ventanas, es decir la ultravioleta (UV), ya que el vidrio común, por su alto contenido en hierro, no permite el paso de las frecuencias UV. Y recordemos que los rayos UV, que recibimos al tomar el sol, son la única fuente natural de vitamina D.

Finalmente, es evidente que en invierno hay menos horas de luz natural y menor intensidad de la misma y que además, debido al frío, pasamos más tiempo en el interior de edificios, con una iluminación artificial, que no siempre es la más adecuada. De manera que, aunque se sabe que el abuso de los rayos ultravioleta puede provocar daños en la piel, sin embargo, actuando con la debida prudencia, deberíamos buscar un ratito cada día para escapar del encierro y echarnos a la calle, para disfrutar de nuestro amigo el SOL.

Adolfo Marroquín Santoña

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Huracanes en Europa, improbable pero no imposible

A estas alturas del siglo XXI, es ya suficientemente conocido y admitido, prácticamente sin discusión, que el clima mundial está cambiando debido al calentamiento global del planeta, y que los cambios están aumentando la frecuencia de algunos fenómenos meteorológicos extremos como los huracanes, e incluso cambiando las trayectorias tradicionales de éstos, lo que dará lugar a problemas, con los que tendremos que aprender a convivir.

Por poner un ejemplo de los citados problemas, el de los potenciales cambios de trayectorias de los huracanes, podríamos mencionar que en octubre de 2017, el huracán Ophelia, fue el primer huracán de categoría 3, en la escala de Saffir-Simpson, que se acercó a Europa, con vientos que, lamentablemente por cierto, contribuyeron a avivar los incendios que, en las mismas fechas, se estaban produciendo en el norte de Portugal, en Galicia y en Asturias. Y aunque, ciertamente cuando Ophelia se aproximó a las costas gallegas, ya no era propiamente un huracán, sino un ciclón extratropical, habiendo perdido buena parte de su fuerza, conviene recordar sin embargo que España ha sido ya testigo, anteriormente, de la proximidad de algunos otros ciclones tropicales.

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Un huracán, también conocido como ciclón o tormenta tropical, por gestarse en los trópicos, no presenta frentes, pero sí una impresionante masa nubosa que mantiene una circulación, perfectamente organizada, rotando en sentido contrario a las agujas del reloj (en el hemisferio norte). Suele nacer como una perturbación tropical, con vientos relativamente flojos, que van aumentando a medida que avanza sobre las aguas del océano, de las que va tomando la energía, necesaria para seguir creciendo y avanzando. Una vez que los vientos en superficie, que acompañan a la perturbación, alcanzan y superan los 120 Km/h, adquieren la categoría suficiente para ser llamados huracanes, entre los que se pueden alcanzar cinco niveles, del 1 al 5, crecientes en intensidad, fuerza y daños, según se observa en la Escala Saffir-Simpson, presentada a la izquierda en la imagen superior.

Precisamente a la derecha de la citada imagen se presentan las trayectorias de 1.325 casos de huracanes, seguidos desde su nacimiento hasta su extinción. Puede verse en esa imagen como, tras el nacimiento de los “huracancitos” en el entorno de las Islas de Cabo Verde, las trayectorias se dirigen hacia el norte del Atlántico, si bien algunas de las ramas de trayectoria giran a veces hacia el noreste, e incluso claramente hacia el este, dirigiéndose con ello hacia Europa, y en particular a Portugal y a España.

Así, en 1967, el ciclón Chloé, formado en las costas de Cabo Verde, llegó a afectar al Cantábrico. En 1984, la tormenta tropical Hortensia se dejó sentir en Galicia, concretamente en Ferrol, con más de 150 Km/h. En 2005, dos perturbaciones, con origen y características tropicales, afectaron también a España, una en el área de Cádiz, el ciclón Vince, y otra en Canarias, el Delta, ambos con vientos superiores a los 100 Km/h. En 2006, el huracán Gordon llegó a las Azores, debilitándose después, camino del noroeste de la Península Ibérica. Y en 2009, el Klaus azotó las costas gallegas, con vientos de 200 Km/h.

El hecho de que hasta ahora no hayamos recibido “de lleno” la indeseable visita de un huracán, tiene una explicación lógica, que se entiende bien si repasamos cuáles son las Condiciones mínimas para el nacimiento y desarrollo de un HURACÁN, a saber:

1.- Gran aporte de humedad en superficie (Formación exclusivamente en el océano).

2.- Temperatura superficial del agua oceánica superior a 26-27ºC

3.- Latitud superior a 5º (N ó S). Es necesaria la fuerza desviadora (de Coriolis) para que se organice un vórtice.

4.- Convergencia de aire en superficie y divergencia en altura (es decir, existencia previa de una perturbación).

5.- Disminución rápida de la temperatura con la altura (el aire que se eleva desde superficie se encontrará en un entorno inestable)

6.- Existencia de elevada humedad en las capas medias de la atmósfera.

De estas seis condiciones, que deben cumplirse todas, varias de ellas no se han cumplido nunca, hasta ahora, en ningún país de Europa, pero los europeos, muy especialmente Portugal y España, debemos preocuparnos y ocuparnos de que sigan sin cumplirse, por lo que antes veíamos; puesto que somos el frente natural de ataque que presenta Europa a esos “malvados y malvenidos” visitantes potenciales.

Porque veamos ¿Cuántas y cuáles de las citadas condiciones podrían cumplirse, y con ello facilitar el camino a un verdadero huracán? Bien, no seamos pesimistas desinformados, sino optimistas, pero bien informados; porque como suele decir un conocido humorista de nuestra televisión “eso no va a pasar, pero… ¿y si sí?

La C-1 (Condición 1) la cumplimos de lleno, puesto que ahí está el Atlántico.

La C-3 la cumplimos sin remedio, puesto que nuestra latitud es la que es. ¡Sí, ya sé que me he saltado la C-2, esperen!

La C-4 la cumplimos cada vez que nos llegan borrascas atlánticas, lo que es muy frecuente.

La C-5 la cumplimos con frecuencia, porque ¿recuerdan las numerosas citas, en los medios de comunicación, de la famosa “gota fría”?, por cierto, nombre poco adecuado, que deberíamos sustituir por DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos), pues bien, se presenta con relativa frecuencia, cumpliéndose con ello la C-5.

La C-6 es una de las “madres del cordero”, la existencia de la humedad, suficiente y necesaria, en las capas medias de la atmósfera, no es algo muy frecuente en nuestras coordenadas geográficas, pero tampoco tan infrecuente o extraordinario. Les daré una pista que les hará entender a ustedes la rareza e importancia de la cosa. Esa condición se cumplió de lleno durante los tristes días 5 y 6 de noviembre de 1997, en los que el temporal que cruzó la Península Ibérica, entrando por Portugal y avanzando en dirección diagonal, de suroeste a nordeste, dio lugar en Extremadura a registros absolutamente extraordinarios de precipitaciones y vientos, causando desgraciadamente 23 víctimas mortales. Pues bien, aquel extraordinario desarrollo, conocido como “ciclogénesis explosiva”, encontró la ayuda que necesitaba para desarrollar el inmenso mecanismo generador de precipitaciones que se formó. Esa ayuda fue la presencia e inyección de la humedad necesaria y suficiente, en los niveles medios del monstruo, para poder crecer tan descomunalmente. Por tanto podemos asegurar que no es probable que esto pase, pero no es imposible, puesto que de hecho pasó.

De forma que, de las seis condiciones necesarias, y que podrían ser suficientes, para que uno de los muchos huracanes que nacen cada año en el trópico, concretamente en los alrededores de Cabo Verde, llegue a visitarnos, con todo lo que eso puede suponer en cuanto a la pérdida de vidas, de haciendas, de infraestructuras, etc., cumplimos, o podríamos cumplir, cinco de ellas. Entonces ¿porqué parece que ese riesgo, que aparentemente existe, no preocupa en absoluto en Europa?

Bueno, vamos a ver qué pasa con la condición C-2 que habíamos dejado pendiente. ¿Es, o puede ser superior a 26-27ºC  la temperatura superficial del agua oceánica, no sólo en las costas europeas, sino bastantes kilómetros mar adentro, como ocurre en el Golfo de México? Evidentemente la respuesta es que, hoy por hoy, no se dan, ni se esperan, esos valores. De hecho, en la imagen siguiente les muestro, a la izquierda, porqué  las trayectorias que antes veíamos se dirigen al Golfo de México y sus alrededores, y no a Europa, salvo contadas excepciones, que además acaban extinguiéndose.

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En la parte derecha de la imagen, les muestro lo sucedido con el pobre ciclón extratropical Delta, cuando el año 2005, intentó separarse de lo que hacían las otras trayectorias y dirigirse a Canarias. Pues lo que le pasó al pobre Delta, frustrado aspirante a huracán, fue que se encontró que las temperaturas del agua en el océano iban bajando de 24-23-22ºC a medida que avanzaba (véanse en la figura las isotermas del agua del Atlantico) y no pudo llegar a los 21ºC, porque antes falleció de “inanición energética”.

Y, si eso ocurre en la latitud de Canarias, imagínense el futuro que esperaría a una borrasca, aspirante a huracán, al llegar a Lisboa, a Coruña, y de ahí para arriba. Ahora bien, el hecho de que un huracán serio, como Dios manda, necesite temperaturas del agua del mar por encima de los 26 o 27ºC ¿nos deja a nosotros libres para siempre de la amenazadora visita de un huracán? Pues la verdad es que no, fundamentalmente por dos razones, la primera es que, como demuestran algunas de las trayectorias ya vistas, siempre puede existir una excepción para una norma, sobre todo si esta es estadística. Y la segunda razón, por la que se mantiene la duda es porque no sabemos hasta dónde llegaremos nosotros, los insensatos humanos, con el descontrol del calentamiento global planetario, hecho incontestable que afecta también naturalmente a los océanos.

En fin, lo cierto es que, aunque los humanos nos empeñáramos en transformar nuestros océanos en sopa de pescado, la Naturaleza (así, con mayúscula), modificaría las corrientes oceánicas, que son las verdaderas cintas transportadoras de energía, para que las cosas no se le fueran de las manos. ¡Tenemos una Naturaleza que no nos la merecemos!

Adolfo Marroquín Santoña

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Geofísica, la física del planeta Tierra

Hace unos días, “enreando” (término acuñado por mi santa esposa, para referirse a mis búsquedas de información), pues bien, enredando entre mis apuntes de los viejos tiempos como estudiante, hace más de medio siglo, en la Universidad Complutense, encontré una serie de anotaciones referidas a Geofísica, que me llamaron la atención, en primer lugar por su vigencia, pese al tiempo transcurrido, y por otra parte porque me recordaron lo interesante que entonces me parecieron, y que siguen pareciéndome.

Trataré de compartir con ustedes algunas de aquellas ideas y teorías, intentando hacerles copartícipes de lo atractivo que son los fundamentos que subyacen bajo y sobre la superficie de este planeta Tierra, al que tanto debemos y al que tan mal pagamos. Por ejemplo, deben saber ustedes que sería bastante acertado comparar al planeta Tierra con un huevo escalfado, duro o casi, tanto por su forma, como por la disposición de sus distintas capas; de hecho, la Tierra no es una esfera, sino un geoide, y está compuesta por la corteza, el manto y el núcleo, que corresponderían a la cáscara, la clara y la yema del citado huevo.

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Para conocer el estado y la composición de la Tierra a grandes profundidades y para grandes extensiones, la Geofísica recurre al estudio de las ondas originadas por los movimientos sísmicos, registradas en los sismógrafos que se encuentran distribuidos por todo el mundo. Cuando se produce un terremoto en cualquier lugar del planeta, las ondas producidas viajan por el interior de la Tierra, y se puede deducir mucha información sobre la composición y el estado, sólido o fluido, de lo que hay bajo nuestros pies, a partir de la propagación del movimiento sísmico, por la diferencia del tiempo transcurrido y por la forma de las ondas registradas, en la red mundial de sismógrafos,.

Así fue como en 1909 se descubrió como a algunas decenas de kilómetros bajo la superficie del planeta, existía un cambio brusco en la propagación de las ondas sísmicas, debido a un cambio sustancial en las condiciones físicas en que se encontraba el material del subsuelo a esa profundidad, pasando de sólido a fluido. La capa a la que se producía ese cambio se denominó discontinuidad de Mohorovicic, en honor del sismólogo yugoeslavo que la descubrió; posteriormente conocida, recortando el apellido del descubridor, como discontinuidad Moho, que es la zona que separa la corteza (parte sólida superficial) de la siguiente capa, el manto.

La profundidad a que se encuentra la discontinuidad Moho, entre corteza y manto, no sólo no es constante, sino que varía enormemente entre valores que orientativamente podemos tomar como 10 Km en zonas oceánicas y hasta más de 60 Km en áreas continentales; pero recordemos que la estructura del planeta no es estática, sino dinámica, es decir está variando continuamente, puesto que, como es sabido, los continentes se mueven a través de la deriva continental; teoría desarrollada por el meteorólogo alemán Alfred Wegener.

En la actualidad, siguen existiendo numerosas dudas respecto a cuándo, cómo y por qué, las enormes placas que constituyen la corteza terrestre habrían empezado los desplazamientos asociados a su lentísimo viaje, que se estima comenzó hace más de 3.500 millones de años (MA), pero con un amplio abanico de dudas, puesto que la estimación de ese tiempo va desde un mínimo de 1.000 MA, hasta más de 4.200 MA. Un intervalo temporal demasiado grande para que se pueda entender la evolución de la Tierra primitiva, de forma que hay que trabajar con hipótesis.

Lo que sí se sabe es que el movimiento de las placas debió remodelar radicalmente el planeta, tallando las cuencas oceánicas y alzando las cordilleras. También se debió alterar la composición de la atmósfera y de los océanos, lo que, sin duda, afectaría al suministro de nutrientes de las formas primitivas de vida del entonces joven y oscuro planeta. Y digo oscuro planeta, porque se piensa que la Tierra primitiva debía de parecerse mucho a la Islandia actual, con oscuros campos de lava negra y oscuras playas de arena, bordeando la tierra firme.

Estos desplazamientos de la corteza de la Tierra, sobre la superficie del planeta, hay que analizarlos a escala geológica, ya que, considerados a escala humana, son enormemente pequeños y extraordinariamente lentos. Sin embargo, llama la atención que diminutos testigos biológicos, como lombrices o caracoles, hayan venido a apoyar algunas de las teorías que la Geofísica ha ido apuntando. Así, la presencia y distribución de algunas especies de gusanos de tierra y de caracoles, encontrados en la parte occidental de Europa y en la parte oriental de Norteamérica, es decir en las costas de ambos continentes situadas “frente a frente”, sugiere que, en tiempos remotos, las costas de esos territorios tuvieron que estar en contacto, puesto que es evidente que el océano hubiera sido un obstáculo insalvable para la emigración de estos animales.

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En realidad, la teoría de la deriva continental, planteada por Wegener, es una idea que “salta a la vista” cuando se observan las formas del continente americano y de los continentes europeo y africano, puesto que, simplemente a ojo, parece que el Atlántico es en realidad una enorme grieta, llena de agua, que separa esos continentes, que debieron estar originariamente unidos. Naturalmente, esa tentadora apariencia de formas coincidentes debe ser confirmada por más cosas, y así encontramos que además de la coincidencia de gusanos y caracoles, de linajes coincidentes, en las costas de Norteamérica y Europa; ocurre algo similar con las costas de Sudamérica y África, siendo garantes de esa proximidad física los fósiles encontrados a ambos lados del Atlántico.

También las analogías geológicas y geofísicas, y hasta la propia paleoclimatología, parecen confirmar la teoría de Wegener, pese a lo cual éste investigador, o más bien su teoría, fue duramente atacada por muchos de sus colegas, tanto geólogos como geofísicos, en los comienzos del siglo XX.

Al hilo de la teoría de la deriva continental, encontramos también algunas ideas sobre el misterio del magnetismo terrestre. Hoy día es bien conocido, y se enseña ya a los parvulitos en la escuela, que la Tierra es un enorme imán, pero este hecho no se conoció hasta el siglo XVI, y desde entonces han sido muchas las investigaciones relacionadas con el tema. Como curiosidad recordemos que el polo norte de la aguja de las brújulas señala, muy aproximadamente al polo norte geográfico, lo que puede parecer raro, puesto que sabemos que los polos contrarios de los imanes se atraen, con lo que lo lógico sería que el norte del imán-brújula señalara al sur del imán-Tierra… Y así es, puesto que, en la Tierra, el sur magnético está próximo al norte geográfico de la misma, siendo el ángulo de desviación de ambos polos la denominada declinación.

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Aunque nuestro planeta se comporte como un inmenso imán esférico, los valores del campo magnético terrestre sobre la superficie no son homogéneos ni constantes, ni en el espacio ni en el tiempo; de hecho, las constantes mediciones que se realizan en cualquier observatorio demuestran que el campo magnético varía continuamente, y aun cuando la variación es pequeña, es sin embargo detectable incluso de un día para otro, con la conocida como variación diurna, que a veces presenta picos importantes, como consecuencia de las tormentas magnéticas.

Las causas de estas perturbaciones no están en el interior de la corteza terrestre, sino que hay que buscarlas en las capas superiores de la atmósfera, a unos cuantos centenares de kilómetros por encima de la superficie terrestre, en la zona denominada ionosfera, en la que abundan los electrones libres, arrancados a los átomos de oxígeno y nitrógeno por la radiación solar. Otras perturbaciones, generalmente más pequeñas y a nivel local, sí suelen ser debidas a la presencia de depósitos minerales magnéticos, bajo la capa de la corteza terrestre, de forma que los geofísicos utilizan las prospecciones magnéticas para localizar y evaluar el contenido de estos yacimientos.

Y hablando del magnetismo terrestre, puede que no identifiquemos océanos con ese magnetismo, pero también los océanos forman parte, aunque pequeña, del escudo magnético protector de nuestro planeta. Este campo magnético nos protege de la radiación cósmica y de las partículas cargadas que, procedentes del Sol, bombardean constantemente la Tierra. Sin ese escudo protector, la vida sería prácticamente imposible sobre nuestro planeta, al menos tal como la conocemos en la actualidad.

Los satélites Swarm de la Agencia Espacial Europea (ESA) han realizado nuevos descubrimientos sobre la naturaleza eléctrica del interior de la Tierra, y así hemos sabido que, cuando el agua salada de los océanos se mueve bajo el campo magnético terrestre, se generan corrientes eléctricas que, a su vez, inducen una respuesta magnética en el manto, la región profunda bajo la corteza terrestre. Los nuevos resultados, obtenidos mediante las observaciones satelitales, son importantes para comprender la tectónica de placas, que, como antes decíamos, es la teoría que sostiene que la litosfera terrestre se compone de placas rígidas que se deslizan sobre la masa caliente y más fluida, que funciona a modo de lubricante permitiendo así su movimiento.

De esta forma, las modernas técnicas de observación han venido a ayudarnos a entender y explicar algunas dudas que las anteriores teorías, como la de la tectónica de placas, tenían pendientes.

Todo sea para poder conocer más y mejor este planeta nuestro, el único que tenemos, al que tanto debemos y al que tan mal pagamos.

Adolfo Marroquín Santoña

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Cambio climático, catástrofe o negocio

01-cambio-clima-y-beneficiosPermítanme revisar y comentar aquí algunos hechos:

1.- Nunca, desde hace casi un millón de años, la concentración de GEI (Gases de Efecto Invernadero), había alcanzado y superado las 400 ppm (partes por millón) como está ocurriendo en la actualidad, manteniéndose la tendencia creciente.

2.- Nunca, desde hace casi dos siglos, se habían registrado tantos y tan violentos FMA (Fenómenos Meteorológicos Adversos) extendiéndose a todo el planeta.

3.- Nunca se ha hecho el caso necesario y suficiente, a los avisos que sobre este tema vienen difundiéndose, entre otros, por parte del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático), creado en 1988, que ha emitido ya cinco informes de evaluación sobre el cambio climático, sus causas, posibles repercusiones y estrategias de respuesta.

4.- Nunca deberíamos esperar que algunos de los gobernantes actuales, que en muchos países tienen como única formación la adquirida en su larga etapa de políticos profesionales, entiendan la relación causa-efecto entre GEI y FMA, como les viene advirtiendo reiteradamente el IPCC, donde también hay políticos, no nos engañemos, pero donde al menos existen, a su alrededor, muchos y buenos científicos climáticos.

Pese a todo, en 2015 tuvo lugar en París la vigésimo primera sesión de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP21) de la que nació el conocido como Acuerdo de París, en el que se estableció, no sin muchas dudas, reservas y objeciones, el marco global de lucha contra el cambio climático, que debería regir a partir de 2020. Un intento, supuestamente global, para resolver los problemas que causaría el cambio climático, éste sí realmente global.

Y ahí tienen ustedes a Donald Trump, presidente de uno de los países más poderosos y contaminantes del planeta, que como gobernante no procede de la cantera de políticos profesionales, sino del mundo de los “negocios a la americana”, y que quiere excluir de la COP21 a los EEUU, porque tiene sus dudas en la citada relación causa-efecto GEI-FMA, pero, sobre todo, por su convencimiento de que ese acuerdo perjudicaría a la economía de su país, aun cuando medioambientalmente fuera beneficioso para el planeta en su conjunto.

En la actualidad, varios de los mayores bancos del mundo han promovido, junto con la ONU, la transparencia financiera en materia climática; entre estos bancos, con un capital de más de siete billones de dólares, se pueden citar a ANZ, Barclays, Bradesco, Citi, Itaú, National Australia Bank, Royal Bank of Canada, Santander, Standard Chartered, TD Bank Group y UBS.

Sinceramente, no dudo que estos bancos, y algunos más que, llegado el caso, se les irán uniendo, tengan buenísimas intenciones, pero naturalmente sería utópico pensar que entre esas intenciones no figure la de su propio beneficio; lo que, por otra parte es no sólo lícito y lógico, sino fundamental en un mundo regido por las finanzas y la obtención de máximos beneficios económicos. Obviamente, los bancos y las entidades financieras en general no son organizaciones sin ánimo de lucro (OSAL), sino muy al contrario, son organizaciones que persiguen el máximo lucro posible. Hasta ahí, todo bastante normal y natural.

Sin embargo, el cambio climático es, hoy por hoy, uno de los mayores problemas a que se enfrenta la humanidad; en este diagnóstico coinciden tanto científicos, como políticos, empresarios y hasta los propios banqueros. Pero, el cambio climático que estamos padeciendo en la actualidad, y el que padeceremos si las cosas no cambian mucho y pronto, no se ha producido de forma natural, al menos no totalmente, puesto que ha sido causada sobre todo por la enorme y rapidísima acumulación de GEI en la atmósfera y en los océanos, como consecuencia de un modelo productivo inadecuado e insostenible, en el que hay responsables y víctimas.

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En la imagen superior, he colocado a la izquierda los países más contaminantes del mundo, coloreados de marrón oscuro a blanco, con el significado de cuanto más oscuro el color, más pecador, es decir más responsable por su acción contaminante; como se puede comprobar a simple vista, los máximos responsables de este problema se sitúan en el hemisferio norte. En la derecha figuran los países que más padecerán las consecuencias, coloreados también en marrón, pero significando ahora que cuanto más oscuro el color, más víctimas, es decir más muertos a consecuencia del cambio climático. Al contrario que antes, se comprueba ahora que las víctimas se concentran en países situados en el hemisferio sur.

Dicho lo anterior, lo cierto es que casi todos, somos responsables de haber llegado a la actual situación climática, y todos somos víctimas. Sin duda, somos responsables y, a la vez, somos víctimas, pero debe quedar claro que unos son mucho más responsables que otros y estos otros serán mucho más víctimas que aquellos unos.

Sin embargo, en la cobertura, tanto científica como periodística de este fenómeno de dimensiones planetarias, frecuentemente se ignora el papel de los causantes, y se dirige el foco sólo a los efectos y a las víctimas. Si nos planteamos, por ejemplo, porqué el presidente Trump ha querido sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París, la realidad hay que buscarla, no en la justicia social, ni en la seguridad climática, sino la seguridad de la economía de su país, como dijo ya claramente en su toma de posesión: “America first”.

Ahora bien, esa seguridad económica buscada, les va a crear en el futuro muy poca seguridad meteo-climática, a los “súbditos americanos” de Trump, como se han encargado de demostrar algunos de los recientes huracanes, como Harvey, Katia, Irma, José, … y los que vendrán después, siguiendo la ruta marcada por las aguas cálidas de los océanos, consecuencia del calentamiento global del planeta.

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Lamentablemente, y aunque sea muy triste tener que reconocerlo, lo cierto es que no se va a plantear ningún cambio ni del funesto modelo energético, ni del desarrollo insostenible, mientras ello suponga perder beneficios. Pero ¿se puede conseguir reducir riesgos climáticos y aumentar beneficios? Pues eso será muy difícil, por no decir imposible. Sin embargo, ahí están los financieros (bancos) y los políticos (gobiernos) para plantearse la cuadratura del círculo, consiguiendo hacer negocio ante las catástrofes que acompañan y acompañarán al cambio climático.

Se trata, dicen, de un esfuerzo colectivo dirigido por ONU – Medio Ambiente (ONU-MA), para fortalecer la evaluación y divulgación que hacen las instituciones financieras sobre los riesgos y oportunidades relacionados con el clima. La iniciativa permitirá a los bancos, dicen, seguir las recomendaciones de los grupos de trabajo, presentadas recientemente en la cumbre del G20. Al mejorar, dicen, su comprensión de los riesgos y oportunidades relacionados con el clima, las instituciones estarán mejor capacitadas para ayudar a financiar la transición hacia una economía más estable y sostenible.

Según plantea el propio Erik Solheim, Director Ejecutivo de ONU-MA, “El mensaje de los pesos pesados del mundo financiero es claro: el cambio climático plantea una amenaza real y seria para nuestra economía. Al mismo tiempo, hay enormes oportunidades de negocio en el campo de la acción climática. La transparencia sobre cómo las instituciones financieras mitigan los riesgos y aprovechan las oportunidades mientras hacemos frente al cambio climático es crucial para impulsar a los mercados a apoyar activamente un mundo resiliente, bajo en carbono”.

Ojalá sea así y llegue el momento en que todos ganemos en este negocio en el que, por ahora, la mayoría perdemos, mientras sigue habiendo responsables y víctimas.

Adolfo Marroquín Santoña

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Adolfo Marroquín, Doctor en Física, Geofísico, Ingeniero Técnico Industrial, Meteorólogo, Climatólogo, y desde 1965 huésped de Extremadura, una tierra magnífica, cuna y hogar de gente fantástica, donde he enseñado y he aprendido muchas cosas, he publicado numerosos artículos, impartido conferencias y dado clases a alumnos de todo tipo y nivel, desde el bachillerato hasta el doctorado. Desde este blog, trataré de contar curiosidades científicas, sobre el clima y sus cambios, la naturaleza, el medio ambiente, etc., de la forma más fácil y clara que me sea posible.