Por higiene mental y tras unas semanas de merecida leña a nuestros políticos, esta vez voy a hablar de cosas agradables. Porque al final va a parecer que me gusta más la crítica que el elogio, y no es así. Aconteció hace un par de fines de semana: En Plasencia, y siguiendo la estela de otras grandes ciudades -ojo, que lo digo como lo pienso, que tenemos una Ciudad tan grande como todos nosotros la queramos hacer- , se ha organizado con gran éxito una media maratón.
Siempre había mirado a la gente que salía a correr, un poquito, como bichos raros. No entendía qué les llevaba a esos esfuerzos titánicos, a no pararse aún estando agotados, a seguir sufriendo. En las competiciones, les veía llegar exhaustos a la meta, desmayados al cruzar la línea, llorar emocionados. Ahora les entiendo un poco mejor. Si hace tres meses cualquiera me hubiese planteado esto, seguramente le habría tachado de loco. Pero un día la casualidad y unas cervezas después de un partido de pádel, me hicieron entablar conversación con uno de los “atletas populares” que me contó lo que estaban organizando. Hasta tal punto me transmitió su entusiasmo, que decidí correrla.
¿Por qué? Tenía muchas cosas que demostrarme; por eso, creo, me lancé a esta aventura. Quería hacerlo, tenía que hacerlo. La constancia, la dedicación y la disciplina no han sido nunca mis fuertes. Era la ocasión de demostrar y demostrarme que cualquiera puede hacer lo que se proponga. Sólo hacen faltatesón, sacrificio y fuerza de voluntad.
Antes de nada quiero agradecer su apoyo a la persona que me animó desde el principio, mi pareja. Conseguir que se sintiese orgulloso de mí por un rato ha sido la mayor recompensa de todo esto. Porque, pensé, que eso significaba que veía en mí esas cualidades de las que yo creía carecer. Tambien a Alberto, mi coach, mi amigo, que desde el primer momento me empujó a hacerlo, y me preparó confiando en mi determinación.
Pero no teníamos mucho tiempo, tan sólo dos meses de entrenamiento. Ocho semanas que se me han hecho durísimas, muy cansadas, con frío, lluvia, muchas renuncias, una lesión y casi 400 km recorridos. Semanas en las que pensé tirar la toalla muchas veces, casi tantas como días salí a entrenar. Afortunadamente no lo hice.
Llegó el día. Ni siquiera el sol quiso perderse el acontecimiento y amaneció una mañana espléndida. Participamos más de 500 corredores de todos los puntos de Extremadura, Salamanca, Madrid y Portugal. Pero sobre todo, muchos, muchos placentinos. Yo corrí solo: mi compañero Abel y mi “liebre” Suso estaban lesionados, pero fuí arropado, además de por mi gente (megáfono incluido), por los cientos de personas que se agolparon a ver pasar la serpiente multicolor que, según iban avanzando los kilómetros, se iba haciendo más y más larga, animando con sus aplausos a nuestras cada vez más menguadas fuerzas.
A la estupenda organización hay que sumar la colaboración de la Policía Municipal, Protección Civil, Cruz Roja y los “atletas populares”, pendientes de los corredores en todo momento, incluso en bicis por las zonas donde los automóviles lo tenían más complicado. Entre todos consiguieron que fuese un día de fiesta para los aficionados.
Lamentablemente yo no pude acabar. Una reciente lesión, aún sin curar, me apartó de la carrera a la mitad. Al disgusto inicial por el abandono, noche al medio, entendí que no había sido un fracaso. Lo intenté. Salí con todo el grupo, infinitamente mejores y más preparados que yo, e hice más de lo que podía. De eso se trataba, de no flaquear, de intentarlo, de dar un paso más, de querer llegar más lejos. De eso se trataba, tanto en la carrera, como en la vida. Mi “media-media” maratón ha servido para demostrarme algunas cosas que me tenía que demostrar. La próxima intentaré terminarla, y si no puedo, ya sé que no pasa nada. Para muchos, el triunfo está en la salida, no en la meta.
No quiero yo convertirme en martillo de herejes, faltaría más, pero es que estoy muy quemado, supongo que como el resto del personal. Así qué me váis a perdonar, y aunque sea repetitivo voy a hablar de políticos. Y es que ya no sé si son ellos los imbéciles o nos toman a nosotros por tales. Esto de la política, mejor dicho, de los políticos, ha llegado a donde tenía que llegar. Y no me refiero sólo a los casos de corrupción dentro de los partidos y arropados por éstos. Desde que el mundo es mundo la corrupción existe, y en el momento que hay dinero de por medio, por poco que sea, hay personas incapaces de resistirse a semejante tentación. Como dice mi amigo @extaxiado, se empieza por comprarse un paquete de tabaco con el fondo común de una cena de amigos, y se termina con una cuenta en Suiza, o dos.
A lo que me quiero referir es a esa forma de tratarnos que tienen nuestros gobernantes. ¿Se creen de verdad que están hablando con imbéciles? ¿Se piensan que nunca nos vamos a enterar de sus zorrerías? Que un diputado, con dietas de miles de euros, pague por un menú en el congreso sólo 3,80 € mientras que un alumno tiene que pagar 3,60 € por poder utilizar el microondas del colegio para calentarse la comida que lleva de su casa, es asqueroso. Que la cúpula del PP,- se lo haya llevado en negro o no -, jure y perjure que el Sr. Bárcenas no pertenece al partido desde hace meses, y nos enteremos que hasta la semana anterior tenía y usaba un despacho en Génova y disponía de un coche del partido, es igual de asqueroso. O modificar, a la chita callando, una ley para que personas condenadas puedan volver a dirigir bancos, en claro apoyo a Alfredo Sáenz. Les da igual lo que pensemos al hacer una ley a la media de este señor, una forma de indulto contra su más que probable inhabilitación, quedando evidenciado una vez más y sin pudor alguno la connivencia del poder político y el económico. Todo esto de espaldas a los ciudadanos.
En la política más cercana también tenemos esa amarga sensación. Ese mamoneo que se traen y se han traído pensando que somos tontos les está pasando factura, gracias a Dios. Como la mujer del César, no sólo tienen que ser honrados, sino parecerlo, y eso no lo cumple ninguno. Lo siento, pero es así. Se han pasado tanto y durante tanto tiempo que nos tienen desencantados. Si realmente queda alguno libre de pecado, no nos lo creemos.
Ya está bien. Realmente estamos hartos. Y no, no somos imbéciles. Frente a esto, sólo nos queda, además del pataleo, nuestro derecho a votar. O a “no votar”. Y yo no pienso volver a hacerlo hasta que haya listas abiertas, donde pueda realmente votar a quien yo quiera, no a ningún patán que sin saber hacer la O con un canuto, sin estudios, ni preparación, ni un trabajo conocido y que, por vete tú a saber qué motivos, o en pago de qué lealtades, va en una lista. Ya basta de personajes que, sin haber trabajado de verdad en toda su vida, llevan años cobrando de la política, pasando de sillón en sillón, disfrutando de privilegios a los que únicamente ellos tienen acceso y ocupando despachos sin nada útil que hacer, rodeados de asesores que tampoco tienen nada que hacer, pero que se han “ganado” el puesto desde cachorros, muchos de ellos militando en las secciones de jóvenes de cualquier partido. Si conseguimos que en las próximas elecciones haya un voto nulo o en blanco del 80%, -si sólo nos abstenemos, alguna mente preclara diría que apoyamos la decisión de la “mayoría minoritaria“-, ¿realmente se verán legitimados para seguir actuando así? Si en la empresa privada la pérdida de confianza es causa de despido objetivo, ¿por qué en el terreno público no hacemos lo mismo?
Es lo que tiene diciembre, que pase lo que pase llegan con él estas fiestas con todos los topicazos posibles, con sus comilonas, sus excesos, sus gastos, los reencuentros con los padres y hermanos, con las familias políticas (ejem, ejem), con los amigos. En definitiva, con toda esa gente que, por suerte o por desgracia, no ves mucho. Y una de las, llamémosla, tradiciones más divertidas de Plasencia de estos días, son las cañas de la mañana de la Nochebuena que, junto con el jueves de Ferias y el Martes Mayor, es uno de los días grandes para el alterne y el compadreo local, y que tenían que ser nombradas Fiesta de Interés Turístico Municipal. Familias al completo se mezclan con pandillas de todo tipo, edad y condicion, y en número y género variado. Compañeros del trabajo, de la mili, del gimnasio…
Este año las cañas han sido mayúsculas. El sol y las demás condiciones meteorológicas se aliaron para que así fuese, y los propietarios de los bares pudieron llenar sus locales y sus cajas, que faltita les estaba haciendo. El servicio no ha sido el mejor, pero con tal avalancha de gente se les perdona. Por buenos que fuesen sus pronósticos o sus deseos, éstos se vieron desbordados por la riada de gente que se tiró a las calles a disfrutar del día, y que hacía imposible a veces incluso entrar en algunos locales. Una vez dentro, la tarea de pedir no era menor. Conseguir un pincho, misión imposible. Quien tenía la fortuna de encontrar un sitio en la barra, se atrincheraba allí como si le fuese la vida en ello. Mis amigos del recién inaugurado tentenpié, me cuentan que han perdido más kilos que en todo un año de gimnasio.
No sé vosotros, pero yo me fui a cenar esa noche con un subidón estratosférico, y no fue producto del cañeo y el cava de última hora, que también. Me refiero a lo feo, calvo y gordo que vi a mucha gente, y creedme, no fue efecto del alcohol. Pero, ¿qué les ha pasado en estos últimos meses? ¿Cómo es posible que la vida les haya tratado así de mal? ¿Será por los niños? ¿Por su pareja? ¡Madrecitadelamorhermoso! Coincidí con gente de mi edad que parecían auténticos señores mayores. ¿Dónde estaban los chavales con los que me tomé las cañas hace no tanto tiempo por estas mismas fechas? Ni los políticos envejecen tan rápido. Y claro, como son las fechas que son, todos mentimos como bellacos: “!Qué bien te veo¡, !qué guapa estás¡”. Lo alucinante es que muchos de ellos se lo creen, y te cuentan orgullosos lo del pádel (que habría que verlos), lo del gym (que también) o que están haciendo una dieta (¿dieta? ¡tú lo que necesitas es una reducción de estómago!)
Bromas aparte, fue un día entrañable, como todas estas fiestas. No voy a ser malo. Hoy no. Hoy voy a aprovechar el que seguramente sea mi último post de 2012, para agradeceros de corazón todas las muestras de afecto que durante este año me habéis demostrado. A toda esa gente que me ha parado por la calle para decirme que me leía, a la gallega que tantos comentarios ha dejado en el periódico sobre mí, a los que me habéis animado, también a los que me habéis criticado. A todos. Os habrá gustado más o menos lo que escribo, pero confío en haberos arrancado alguna que otra sonrisa.
Quiero desearos un felicísimo 2013 lleno de cosas buenas. Que vuestros buenos deseos se cumplan con creces y seais felices. Que todos aquellos que esteís pasando por un mal momento encontreis la solución, y que la crisis, si no termina, al menos nos deje de abofetear. Feliz año nuevo a todos (y para los que me leeís desde fuera de España, que he descubierto que los hay, Happy new year).
Como cada año buscó las cajas donde, primorosamente envueltos uno a uno, guardaba los adornos navideños. Usaba para ello los mismos trozos amarillentos de papel de periódico año tras año, como si eso los protegiese mejor. Las bajó del altillo con la misma emoción de siempre, como un crío nervioso ante un paquete de regalo. Recordó la tristeza que sintió cuando, hacía no tantos meses, los recogió por última vez.
Quitar el árbol siempre le suponía un momento de cierta pena. Era capaz también de recordar con todo detalle, incluso sin abrir las cajas, dónde y cuándo había comprado cada bola de cristal, cada estrella, cada farolillo. Se trataba de una tradición que, sin saber cómo, había comenzado hacía mucho tiempo. Viajero incansable, allá donde iba tenía que comprar un adorno para su árbol navideño.
Daba igual que viajase a Euro-Disney que a la Patagonia, India o Kenia. Siempre regresaba de sus viajes con un nuevo adorno. Adorno que, cada vez que colgaba, miraba o embalaba, le recordaba la aventura vivida durante aquel viaje. Recordaba lo que sintió al comprarlo y la emoción de colgarlo por primera vez junto a sus otras docenas de recuerdos.
Pero este año era distinto. Este año no había habido viaje. La crisis también le había golpeado. Como a tantos. De repente se vio llorando. Aún no lo había encajado del todo. ¿Cómo le había pasado esto a él? Tenía un buen empleo, un futuro prometedor que, de la noche a la mañana, se fue al garete. Ahora sabía cúal era el sonido de los sueños cuando se derrumban. Todos los suyos se desmoronaron cuando recibió aquella carta.
Recordó entonces la promesa que se hacía, y que obligaba a hacer a su pareja, cada 7 de enero al recoger los adornos: “Si el año que viene falto, prométeme que sacarás todo esto y lo volverás a colocar”. Lo hacía con el temor de que él ya no estuviese al año siguiente y su pareja, por dolor o por pereza, no quisiera colgar tan felices recuerdos.
Se secó las lágrimas, a pesar de todo es Navidad, pensó. Incluso con la que está cayendo han llegado estas fiestas. Pensó en su familia. Ellos se merecían celebrar la Navidad, como cada año. Pensó también en sus antiguos compañeros que, como él, lo estarían pasando mal. Este año no habría cena de empresa, ni paga extra, ni reyes. Quizás este año sea más triste para la inmensa mayoría de la gente, pero es Navidad, se repitió.
Así que se puso manos a la obra. Abrió con sumo cuidado cada caja cubierta por 330 días de polvo. Desembaló uno a uno cada recuerdo: Las plumas de ángel compradas en Londres, las bolas de cristal de Praga, las de cloisonné de Pekín, los farolillos de Marruecos, las estalactitas de cristal de Copenhague, las estrellas que encontraron en el rastro madrileño…Vinieron a su cabeza los viajes, las aventuras, los regateos en los mercadillos de cualquier parte del mundo, las maravillas que había podido ver y sentir. Eso ya no se lo podía quitar nadie, pensó. Estaban ahí colgados, todos sus recuerdos juntos, tanta gente, tantos kilómetros…
Este año decoraría el árbol con las viejas bolas. Ya vendrán tiempos mejores en los que se pueda añadir algún recuerdo más. Si se pide con fé a los Reyes Magos, seguro que se cumplen los deseos. Convencido de ello, cerró los ojos y sonrió. A pesar de todo, es Navidad.
¿Cuándo hemos pasado de ser unos pringados en nuestra sociedad a ser los chivos expiatorios de esta crisis? Se me escapa esto. Soy funcionario, ¡y a mucha honra! Me costó mucho esfuerzo, mucho sacrificio y varios exámenes conseguir mi plaza, primero como interino y, otra jartá de horas de estudio después, para llegar a ser funcionario de carrera. Nadie me colocó a dedo, de hecho, sé que a ninguno de mis compañeros nadie les tocó con el dedo para ofrecerles un puesto de por vida. Desde mi ingreso y hasta hoy sigo formándome para mantener al día mis conocimientos a fin de dar el servicio que nuestro conciudadanos merecen.
Durante la etapa de bonanza hemos tenido que soportar que cualquier criajo que no había terminado ni siquiera el instituto, nos adelantase en su flamante y tuneado coche nuevo, que se mofasen de nosotros por cobrar un sueldo muy inferior a los suyos aunque no supiesen hacer la O con un canuto, que cualquier analfabeto se pegase unas vacaciones dignas de un Maharajá, o que todo el mundo tuviese una segunda residencia. No quiero malas interpretaciones, no estoy en contra de nada de esto. Me gustaría que a todo el mundo le fuese bien y ojalá nada hubiese cambiado. A todos nos iría mejor. Pero mientras todo esto ocurría, nosotros hemos aguantado con nuestro sueldo no muy superior a los mil euros -en la escala más básica de la Administración, escala en la que está la mayoría del funcionariado-, y muchos han seguido estudiando para conseguir escalar algún puesto y, con ello, mejorar su economía, aunque una subida en nuestro mundo funcionarial, suponga 200 € mensuales. Obvio es que en esa España de la burbuja, de beneficios y sueldos estratosféricos éramos unos pringados.
Ahora, de repente, nos hemos vuelto unos privilegiados porque tenemos un puesto de trabajo (que ya hemos visto que puede no ser para siempre), con un sueldo muy por debajo del nivel de vida. Sueldo que año tras año, hemos visto que no crecía ni el IPC, cuando no nos lo congelaban. Sueldo que hemos vuelto a ver cómo este año se quedaba congelado y cómo, nos quedábamos sin una paga extra que, por Ley, nos pertenece.
No os hagáis líos. Siempre nos hemos considerado unos privilegiados, no sólo ahora, sino desde el momento en que empezamos a trabajar en lo que nos gustaba, ya sea médico, bombero, policía, o en mi caso, atendiendo al público en un Ministerio. Tratando de quitarnos de encima la manida imagen del funcionario del “vuelva usted mañana”.
En época de vacas gordas nosotros hemos estado ahí, calladitos, y a nadie le daba ninguna pena nuestra situación. No hemos insultado a los encofradores, soldadores, peones o electricistas por llevarse en crudo 3.000 euros mensuales que dilapidaban, muchos de ellos, con la misma alegría que los ganaban, haciendo alarde en tantos casos de su “éxito”. Los mismos que ahora nos gritan porque la ayuda de 400 € que les damos entre todos, -parte de ellos de mi paga extra de Navidad que no cobraré-, les parece insuficiente.
Pues lo siento, pero no es nuestra culpa su situación. Nosotros también estamos jodidos, y mucho, pero no culpamos al resto del mundo por ello. Los culpables han sido los políticos irresponsables y egoistas y los banqueros codiciosos designados por los anteriores, que nos hicieron creer para su propio beneficio, que vivíamos en “los mundos de Yupi” donde todo valía. Un mundo en donde el despilfarro y el derroche era el modo de vida. Un carro al que se subió todo el mundo. Todos menos nosotros, que entonces teníamos los mismos sueldos que ahora.
Con todo y con eso, sí, somos privilegiados: hacemos lo que nos gusta, ¿hay algo mejor? Y si no, que se lo pregunten a los funcionarios a los que dedico este post, en especial a mis compañeros, con los que comparto mi día a día y entre los que veo a alguno que lo está pasando realmente mal. Y sin comerlo ni beberlo.
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Os puede sonar raro o a lo mejor, con un cierto olor a rancio, pero la cosa discurrió tal cual la cuento (palabra de bloguero). Ocurrió la semana pasada, aunque pudiera parecer más propia del pasado siglo: Salía de casa a cumplir con la feliz obligación de pasear a mi perro Micco. Nada más pisar la calle me paró una señora que por su aspecto podía ser la abuela de cualquiera de nosotros. Muy maquillada pero de informal atuendo, iba de paseo con su acompañante sudamericana. (Por cierto, ¡qué gran labor hacen estas personas para con nuestros mayores!)
-“¿Quién vive aquí ahora?” Me espetó la señora. -“Yo”, le dije ciertamente sorprendido. Tras volverme la cabeza loca con su frondoso árbol genealógico, me preguntó: -”pero, ¿sois de buena familia?” -”Hombre, contesté un poco flipado, pues sí, somos de buena familia: somos gente trabajadora, ninguno ha tenido problemas de convivencia ni ha estado en la cárcel…” -”No, me refiero a que si tenéis apellido, porque antes los que teníamos apellido nos conocíamos todos, pero ahora…” Me quedé perplejo. Rápidamente caí en la cuenta. A esta señora -pensé- le ocurre lo mismo que a otros muchos personajillos aquí en Plasencia: sufre de apelliditis. Esta singular patología consiste en creerse superior al resto de sus congéneres por tener un apellido altisonante, raro, largo o compuesto (de esos con guiones). Difícil de creer que siga siendo un mal endémico en pleno siglo XXI.
Entiendo y respeto que te enorugullezcas de tu apellido. Ya lo dice el refranero español, sabio donde los haya: “Quien a lo suyo se parece, honra merece”. Pero vamos a usar la cabeza. Si echamos la vista atrás, todos podemos encontrar algún indicio que nos haga creer que descendemos de la pata del Cid; en mi caso, si me pongo, puedo heredar América enterita, y no por eso pienso que corra sangre azul por mis venas.
Está claro que no todos somos iguales, afortunadamente. Ni queremos serlo. Pero creerte mejor, o pensar que el resto es peor por llevar un apellido u otro, es una autentica gilipollez, al menos hoy en día. Antiguamente un apellido iba ligado a un linaje, a unas propiedades, a unos privilegios. A principios del siglo pasado había placentinos, de esos con un “ilustre” apellido, que podían ir hasta Béjar a caballo sin salirse de sus propiedades. Hoy en día parte de esas tierras pertenecen a los herederos de los antiguos guardeses, apellidados simplemente Gil.
Como esas, muchas de las antiguas propiedades han cambiado varias veces de manos, debido a las sucesivas herencias y a la alergia al trabajo de muchos de los distintos herederos, que les obliga a deshacerse poco a poco de sus posesiones para poder seguir haciendo vida contemplativa en las terrazas de la plaza. Sus padres les dejaron en herencia una forma de vida anticuada, más propia del siglo XIX, y ellos dejarán a sus hijos la obligación de trabajar para pagar las deudas de las fincas cuando pasen a sus manos. Afortunadamente, una parte de estas familias fue vacunada contra la apelliditis, estudiando y formándose, trabajando duro y viajando, saliendo de aquí y viendo mundo.
El devenir de la vida te da o te quita, y hay que saber adaptarse a los tiempos. Hoy en día no se genera riqueza montando a caballo y yendo de caza. Las fortunas se consiguen trabajando.
Los actuales aristócratas son los empresarios y alguno de los más destacados del panorama nacional “sólo” se apellida Pérez. Son ellos los que ahora dan trabajo e ingresos a sus vecinos. La vida ha cambiado, afortunadamente. Como es natural, sigue habiendo diferencias sociales entre personas. Pero intentar aferrarte a un apellido para estar en un determinado escalón u otro, es absurdo. La clase se gana trabajando, siendo una buena persona con tus semejantes y luchando, ¿por qué no?, por defender honradamente lo tuyo, no por llamarte de una u otra manera. ¡Cuanta tontería, por Dios!
Cuando comencé con esta aventura de escribir, -que era eso lo que significaba para mi, una aventura-, no era consciente de la trascedencia que mis escritos -por llamarlos de alguna manera- iban a tener. No sólo no me pasaba por la cabeza la cantidad de gente a la que iban a llegar ni, por descontado, que mi opinión iba a ser tenida en cuenta. De lo primero me percaté rápido: muchas personas, conocidas y desconocidas me abordaban por la calle para animarme y decirme que me seguían, y en muchos casos, que se divertían leyéndolos, sobre todo aquellos escritos en los que hacía un “poco de sangre” -en el fondo todos somos un pelín malos-.
De lo segundo me he enterado hace relativamente poco, exactamente cuando fui convocado a una reunión “oficial” debido a uno de los escritos que se había publicado con fecha de 17 de octubre y en el que trataba del problema de los ruidos nocturnos, la falta de civismo de nuestros jóvenes y la actitud de una asociación vecinos. Tras el sobresalto inicial que supuso en mí la llamada desde la Concejalía de Interior, -tengo que confesar que me asustó un poquito, tal vez por este atávico convencimiento de que desde determinadas instancias nada bueno puede venir- llegó la tranquilidad de saber que era invitado a participar, en una reunión municipal, para dar mi opinión ante el referido asunto. Junto a mí, representantes de algunos locales del ocio nocturno, miembros de la citada asociación, el edil competente en la materia y el intendente, entre otros. Opiné cuando me lo solicitaron con el mejor ánimo de colaborar en la consecución de acercar posturas y puntos de vista. Este es el motivo de mi asombro. Que un simple escrito de opinión, mi humilde opinión, sea objeto de debate en una reunión de este calado no deja de sorprenderme. Que estas personas valoren lo que escribo y se tenga en cuenta me ha hecho pensar.
He llegado a la conclusión de que la opinión de cualquiera puede ser tenida en cuenta y puede influir positiva o negativamente en los demás. No sabemos quién puede leernos y a quién pueden ofender nuestros comentarios o quién puede estar de acuerdo o no con nosotros. Desconocemos las conciencias que podemos remover. Nunca he querido pisar ningún callo o, al menos, nunca he querido hacer daño mas allá de la licencia que me permito con mi ocasional y humilde sátira literaria, pero me he dado cuenta de que esto funciona, y que si tengo algo que decir, lo haré, ahora con un poco más de cuidado para no lastimar a nadie. Trataré de no callarme ante las situaciones en que, siempre en MI OPINIÓN, tenga algo que decir.
“Las personas cambian cuando se dan cuenta del potencial que tienen para cambiar las cosas” dice Paulo Coelho en su Twitter, y creo que esta reflexión me viene al pelo. Podemos cambiar las cosas, al menos un poco. Si todos en esta ciudad fuésemos conscientes de ello, Plasencia funcionaría mejor. Tenemos la responsabilidad de opinar, sabiendo que somos responsables de lo que decimos, dar a conocer nuestras ideas tratando de no ofender a nadie. Parafraseando a un famoso ya difunto, no se trata de esperar lo que nuestra Ciudad puede ofrecernos, sino lo que nosotros podemos ofrecer a nuestra Ciudad.




























