No me dieron las uvas porque nos las acabamos de comer, que sino me veo ahí otra vez con la Igartiburu y las campanadas… y es que no puede ser que te pegues 23 horas de viaje. “Lo mismo que se tarda desde Irlanda a Australia”, me anima mi host mother. Hora 0. Salí de Badajoz a las 12’30 de la madrugada en el autobús en dirección a Madrid. Del precio ya ni te hablo. Vuelta para un lado, vuelta para otro… menos mal que no tenía a nadie al lado y que los asientos eran espaciosos, pero la postura no la encontré. Ya sabía yo, cuando hice la maleta, que algo me dejaba en casa. Hora 5. De ahí al metro ¡y venga a esperar! Chinos a mansalva, así me despido porque por aquí no se prodigan en exceso. Mucho turista de vuelta a casa con las maletas cargadas y colorados como tomates, a pesar de encontrarnos en pleno invierno. Trabajadores de camino al inicio de su jornada que, en corrillos, comentan la situación y lo poco eficaces que les parecen las medidas tomadas. Y el metro que se retrasa. Bueno, son cosas que a la larga también se echan de menos. Después de un trasbordo y más kilómetros andados por el subsuelo de Madrid de los que hice en el transporte público llegué a Barajas. ¡Ah! Menos mal que dos almas caritativas me ayudaron con las maletas. Casualidades de la vida, las dos veces que he necesitado el metro en Madrid o no había escaleras mecánicas o las mismas no rulaban. Hora 7. Por fin en Barajas. Al menos 6 mostradores para facturar, pero sólo un par de chicos trabajando. ¡Éste es mi país! Maletas para arriba, maletas para abajo… a lo tonto a lo tonto y con la de tiempo que me pegué tirada frente a la ventanilla de facturación vi más bragas que en el mercadillo. Hora 9. Dos horas más tarde facturé. Control de seguridad. “Vamos a echar un vistazo a su maleta. ¿Le parece?” Y sino también, porque mucha maquinita y rayo láser, pero al final si no enredan en tu maleta no se quedan tranquilos. Otro control de seguridad y un colega que se me intenta colar. “¿Perdona?” ¿Y qué es lo que me dice el segurata? “Qué caballero, te deja pasar”. Ay, si es que estamos en el mundo porque tiene que haber de todo… Y por fin en mi puerta de embarque. Hora 13. El avión que llega con retraso y, con la tontería, despega casi dos horas tarde. Hora 15. Pierdo el bus desde el aeropuerto y, cuando me quiero dar cuenta también he perdido mi IPod. ¡Adiós muy buenas! Y sofocón que se come la chica que acabo de conocer en el avión. ¡Ups! Estaba enganchado en mi pantalón. Hora 17. Después de mi bocata de tortilla que me supo a gloria, cogí el autobús que, por supuesto, no iba directo a mi ciudad. ¿Y qué me encuentro en el suelo del bus? Sí, un IPod. Tampoco tuve que deshojar la margarita por mucho tiempo, se lo di al conductor. Hora 19. Me despierto de mi siesta en el autobús. Ya es de noche y, como no, la lluvia es la dueña y señora de la carretera, con permiso del vendaval que agita los árboles, claro. Hora 20. Sigue lloviendo, pero tengo que hacer transbordo. Compro el billete, que ha subido de precio, unas palomitas, una botella de agua y lista. Hora 21. Sale el último autobús que tendré que coger para llegar a mi destino. Todo tranquilo. Ya no llueve. Hora 23. Llego a casa después de que mi host father me tenga esperando en la estación de autobuses con un frío, un viento y una lluvia que el narrador se podía haber ahorrado en ésos momentos. “¡Blanca!” Tímidos, aunque contentos me dan la bienvenida, pero ésta que está aquí se va directa a la cama porque no puede ni con su alma. Ya habrá tiempo para regalos y relatar las historias de las Navidades pasadas.

