Más de lo mismo

junio 2007

 

En definitiva me asusta pensar que el arte se reduce tan solo a una moda y que todo su valor reside en ver quien es más innovador o en la necesidad de sorprender constantemente.
Se dice que el arte debe ser sincero, consecuente con quien lo crea y que debe surgir de las emociones. Se dice también que guarda una estrecha relación con el momento de la historia en que ha sido creado, que las circunstancias de la época y del artista son determinantes y se reflejan en la obra.
La dificultad reside en relacionar nuevas tendencias con las circunstancias actuales sin llevarse una chasco de gran magnitud, pues la relación es clara y la conclusión fácil.
Actualmente los conflictos bélicos en el planeta sobrepasan en número los de cualquier época de la historia. Más que nunca existen problemas sociales relacionados con el hambre, la miseria y la exclusión; con segregaciones violentas e invasiones ilícitas más cruentas si cabe, pero nuestro arte parece estar poco interesado en los problemas ajenos concentrado en esa idea epicúrea del triunfo.
Tal vez nos hemos convertido en una sociedad opulenta y aburrida en la cual el compromiso es inversamente proporcional al bienestar que proporcionan nuestras políticas paternalistas, responsables posiblemente de la apatía intelectual generalizada.
¿Un discurso antisistema? Tal vez. A caso una arenga anti-arte o tan solo curiosidad por saber lo que nos precederá, pues parece que el galimatías actual no es más que el experimento y antesala de algo realmente nuevo.
A partir de los postulados de Kandinsky en 1910 sobre la abstracción o la “no figuración” los movimientos artísticos se han sucedido vertiginosamente desautorizándose o coexistiendo y complementándose en una especie de tolerancia resignada.
En el periodo que comprende del año 1960 al 1980, en esos veinte 20 años se sucedieron y convivieron 17 movimientos concretos, es decir a razón de casi uno por año.
Otra vez nada nuevo. Estos movimientos no consiguen ser más que variaciones de las vanguardias del siglo anterior esclavizados por una modernidad post vanguardista con mentalidad, parece ser, un tanto revisionista. Vea usted, llevamos ya más de 100 años así.
Queda claro que el arte nuevo estará estrechamente ligado a las nueva tecnologías, esto ya es así pero de momento no parece conseguir la carga emocional adecuada y la expresión de la espiritualidad subjetiva del artista queda irremediablemente limitada.
Conseguimos estilizaciones espectaculares a base de filtros informáticos, imágenes en movimiento, o ejecutamos el hiperrealismo pintando telas impresas anteriormente con los motivos seleccionados. Ceraciones que surgen de la habilidad y del azar, pero con deficiencias y limitaciones en el fondo.
En contraposición a lo que ha pasado en otras épocas en que se distinguía claramente el pintor del artista basándose en la habilidad del primero, y en la conjunción de habilidad y creatividad en el segundo ahora parece que con una sola (o ninguna) de esas virtudes basta.
Esto ha significado una inflación extraordinaria de artistas a la vez que ha producido cierta desorientación en el consumidor al oír comentarios del tipo “paquetes de energía estética concentrada”  o “unión de significados que se transforman y multiplican entre si” o asistiendo a inauguraciones de “arte poético” en donde las pinzas de tender colgadas en cordeles están por todas partes.
Ante este panorama, ante tanta comedia argumental, me rindo, dudo de mi razón y mi instinto sucumbe a la tentación de volver a los primeros y más puros postulados del “dadaísmo” con la clara convicción de que esta vez no es el refinamiento burgués al que hay que destronar si no que se trata simplemente de “echar a los fariseos”.
Seré condenado eternamente por esta frase? Casi seguro…usted sabrá.

 

 

Atentamente:          Eduard de Cabrera

Articulo publicado en          http://www.eduarddecabrera.com

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