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¿Deben los poderes públicos favorecer especialmente a la familia?

Publicado por Emili Avilés, en www.educaresfacil.com

Seguro que estamos de acuerdo en que la familia tiene una intrínseca dimensión social y que las personas que contraen matrimonio necesitan el reconocimiento y la protección de la sociedad, ya que la familia es la primera y más básica expresión de las relaciones humanas, germen de cualquier sociedad digna de calificarse como humana.

La familia es donde todo hombre establece su primera relación con el mundo y los demás. En la familia es alimentado, vestido, cuidado. Mundo y familia se identifican en el niño y si la familia le ofrece amor y atenciones, considerará el mundo un lugar positivo y acogedor; adoptará ante ese mundo una actitud abierta y constructiva que beneficiará a toda la comunidad.

Las relaciones humanas más esenciales se establecen y desarrollan en la familia, que es claramente el centro afectivo de la persona: el amor de pareja, la paternidad, la maternidad, la filiación y la fraternidad. De ahí que la indisolubilidad, la unidad y la fecundidad matrimoniales son bienes para la familia y para toda la sociedad.

En la familia, por su propia naturaleza, se produce el desarrollo personal en un marco de responsabilidad y solidaridad, pues las relaciones familiares son -luchamos todos porque sean- esencialmente relaciones de amor. Por eso es fuente de humanización y mejora. Vemos claro que la civilización del amor, de los valores que muchos ven como una utopía, empieza en la familia.

Las responsabilidades familiares -necesidad de sacar una familia adelante-  y la fecundidad aportan motivación añadida al trabajo profesional y riqueza al tejido socio-económico de un país.

Además, y es más básico de lo que nos puede parecer a primera vista, la familia nos arraiga en una dimensión territorial y cultural, muy importantes para el desarrollo individual y colectivo.

Podríamos seguir, pero con lo dicho y el sentido común, parece evidentísimo que los gobernantes, sean sus responsabilidades globales o locales, han de poner un esfuerzo todavía mayor en facilitar el equilibrado desarrollo y atender las necesidades, no sólo económicas,  de la forma de organización humana más nuclear e imprescindible que tenemos.  En algunos países ya hace años que han mejorado muchísimo en esta sensibilidad, porque en el fondo es como cuidar de la propia salud.

Como un pincel

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De mis años universitarios recuerdo un grupo estadounidense que me volvía loco. Eran californianos, les gustaba el surf y… no se llamaban Beach Boys. Eran más bien sus hermanos pequeños y tenían un puñado de canciones fenomenales para el verano y el invierno. Se llamaban Barracudas y en una de sus baladas reconocían con desgarro “We’re living in violent times”.

Va a ser verdad que vivimos tiempos violentos. Lo compruebo indefenso cuando veo el desfile dominical de chándales, esa deportiva avalancha que suda la camiseta mientras toma el aperitivo o se va al cine. Pero no sólo el chándal nos asedia, también pantalones de gigante en cuerpos enanos, gorras de rapero, tangas, tatuajes y agujeros diversos por la piel. Violencia estética en estado puro, cultura carcelaria que se pasea alegremente por la vía pública.

Algo no funciona en nuestra cabeza si nos reímos como hienas de que una adolescente lleve una argolla clavada en la lengua. Hace pocos años esa decisión la hubiese ubicado de inmediato en cualquier tribu australiana, contra las que no tengo nada, pero que no reconozco como mías. Como tampoco reconozco a un universitario -que los hay- empeñado en asistir a clase de Metafísica o de Embriología con chanclas y bermudas. Tal indumentaria me arrebata si es para ir a la playa de Estaño, allá en mi Asturias patria querida. Pero jamás-never-jamais para abordar los misterios del ser como ente móvil o el espacio que ocupa el saco vitelino. Para esos menesteres prefiero un buen corte de pelo, camisa, pantalones y unos zapatos reglamentarios que oculten mis dedos torcidos, culpables en su día de espantar a más de una conquista estival. Es decir, me avergonzaría toparme con Aristóteles con una facha más propia del carnaval que de un tipo corriente, que es lo que quiero ser.

Corriente, sí, pero no idiota. Al menos no tanto como para desconocer una terca verdad: que juzgamos a los demás también por su aspecto físico. Es así. No lo niegue. Porque aún recuerdo los comentarios sobre Ágatha Ruiz de la Prada y su traje republicano en la última boda real. O las críticas a Aznar cuando se paseó en mangas de camisa por las calles de La Habana mientras el Rey se cocía elegante en su traje de alpaca. Esas malas lenguas tenían razón. La tenían porque ambas actitudes son tan absurdas como ir en bañador a una recepción en el Palacio de Oriente o tomar el sol con frac y condecoraciones. Si tales ocurrencias nos hacen dudar de la salud mental del que las perpetra… ¿Por qué aceptar como irremediable que unos y otras se enmascaren con trapos estrafalarios? ¿Por qué rendirnos ante una moda que esclaviza?

Llegados a esta altura usted puede pensar que soy un reaccionario, un cavernícola recién salido de su cueva. A lo mejor tiene razón, ¡qué se yo!, puede que acabe de caerme de un guindo y el golpe me haga delirar. Sin embargo, en ese guindo hay más gente. ¿Quiere conocerla? Pues ahora mismo se la presento. Está, por ejemplo, el consejo escolar de varios institutos franceses, muy laicos y progresistas, que han prohibido a sus alumnas -¡mon Dieu!- acudir con tanga al liceo. Las muchachitas, en su candor juvenil, llegaban a clase medio desnudas, desplegando una lencería tan ardiente que convertía en innecesarios los radiadores. Ante la temperatura que alcanzó el asunto, una ex ministra de Educación, la socialista Segolène Royal, dijo todo era consecuencia del estilo de mujer propuesto a las francesas, un  modelo “en el que el cuerpo femenino se exhibe como una vulgar mercancía”. Entonces fue y se pronunció a favor de la prohibición de las tangas en los colegios públicos. Docencia-ficción a la francesa.

También un club centenario como el Real Madrid se ha apuntado a la seriedad. Es decir, nada de festejos ridículos después de marcar un gol, nada de futbolistas haciendo el tonto versión la cucaracha-ya-no-puede-caminar. El pulcro Butragueño, ahora vicepresidente, sentenció: “Este club tiene una historia y una imagen. Nosotros no podemos ofender al rival con celebraciones estrambóticas”. Desde entonces, moderación y buenos alimentos.

La última en subirse al carro ha sido la todopoderosa NBA, harta de que los jugadores profesionales se disfracen de macarras y traficantes. A partir de este año todos como un pincel: adiós a los pendientes, los medallones de oro y las gorras hip-hop. Ahora todos con corbata, la cara limpia y el pelo corto, que hay niños mirando. ¿Será que la cordura ha vuelto para quedarse? Habrá que verlo. 

J. R. Ayllon

 

Hombre, mujer, familia y amor

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En conversaciones de amistad y familiares, he visto que algunos piensan  que la mujer, para ser “ella misma”, se ha de presentar como antagonista del hombre. Más bien creo que la rivalidad entre los sexos no ayuda a un desarrollo armónico de la familia. Se han creado-inventado-exagerado tensiones; incluso se ha buscado el camino del medio: desdibujar las diferencias hombre-mujer, pasando a ser secundaria la diferencia sexual y primordial una visión cultural o de género.
Por favor, no cambiemos lo que es la naturaleza de las cosas. Ya sabemos que los hombres nos interesamos más por lo que pasa, ellas por lo que es, van más a la raíz, a lo concreto, son más “conscientes”. ¡Pues genial, así  nos complementamos también en un nivel afectivo y racional!


Urge que la mujer lleve su naturaleza específica femenina a todas las actividades que ahora está asumiendo, y no imitar al hombre en ellas, no repetir al hombre, porque es verdad que el hombre y la mujer son iguales, pero, evidentemente, no son lo mismo.
Digámosles a nuestros amigos y amigas que ya está superada la diferenciación de mujer pasiva frente a hombre activo. Es claro que el amor  -máxima actividad humana y siempre entrega al otro-  no siempre supone salir activamente de sí;  también es activo el recibir, pues el acoger de verdad es una manera activísima de amar.  En eso estamos todos, hombres y mujeres.
Por otra parte, el hombre tendrá que asumir, sobre todo en el hogar, actividades   consideradas hasta hace pocos años típicamente femeninas. Como dice un  amigo, si no es bueno que el hombre esté solo, tampoco está bien que deje sola a la mujer en las tareas de casa.  Sabemos que no es cuestión de roles impuestos desde fuera. No se hace de esposa o de esposo, se es esposa o esposo.

¿Vemos todos que es importante valorar más el trabajo del hogar y la familia, esmerarse en un reparto de tareas prudente y generoso, evitar estereotipos machistas y también feministas, amar adelantándose a lo que necesite el otro, venerar la maternidad,  respetar y proteger la naturaleza humana?  Seguro que sí, pues lo natural es la mutua ayuda en el matrimonio, poder ceder en los gustos y aficiones particulares para construir mejor la estupenda realidad del “nosotros”.

En fin, trabajemos con determinación por un amor enamorado, que seguro será creciente. Nada puede haber más atractivo y por lo que valga más la pena entregarse. Un gran medio es cuidar muy bien, a diario, los pequeños detalles de cariño y servicio en nuestra propia familia.

Eso es amar de verdad.  ¿No os parece?

Emili Avilés

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Una mamá sargento y un alumno rebelde

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“Lo digo una y otra vez, y nada de caso. Hasta que no me pongo en plan sargento no hay manera que reaccionen.” Josefina me lo contaba con lágrimas en los ojos. Aquella mañana había llevado a uno de sus hijos al médico. Quería comprobar si sufría hiperactividad, u otro tipo de trastorno conductual. “Hay momentos que llego a la desesperación… si contara las veces que repito lo mismo me volvería loca”. Por muchas veces que les recuerda que los zapatos han de estar en el armario, los sigue encontrando tirados por cualquier sitio. Aunque insista en que la toalla ha de estar colgada en el perchero del baño, se la sigue encontrando tirada por el suelo. Podría hacer una larga lista, interminable, de órdenes y contraordenes. Mientras me lo explicaba, y aunque unas lágrimas intentaban aflorar en sus ojos,  su orgullo de madre quedaba evidente: incluso en esas batallas diarias, se la ve emocionada con sus dos hijos, a los que quiere con locura.

Casualmente esa tarde hable con Jorge. Desde hace un tiempo está dando problemas en clase. Poca cosa fuera de lo común: risas tontas, distracciones, falta de trabajo, interrupciones innecesarias. Él sabía que me sentía molesto por lo que necesitaba venir a verme y arreglar nuestra relación. Le conozco desde hace ya ocho años, por lo que nuestra confianza es grande. En medio de nuestra charla, cuando le intentaba hacer ver de la importancia del aprovechamiento de las clases, le pregunté: “¿Pero tú te ves capaz de tomarte en serio las clases?”. Se me quedó mirando, y como un niño pequeño (está más “pavo” que nadie), se sonrió. “¡Pues claro! ¡Si yo quiero esto lo paro ya!”. En seguida comprendí. No hacía falta seguir hablando. Lo único que buscaba era llamar mi atención. Con su mala actitud en clase el único objetivo que intentaba conseguir era que yo estuviera más pendiente de él. Fue entonces cuando me di cuenta que, en el último trimestre, cuántas cosas grandes y buenas había hecho Jorge y que poco sabía valorárselas.

Muchas veces parece que nuestros hijos, nuestros alumnos, no nos hacen caso. Incluso dan a entender que pretendan hacer lo contrario de aquello que se les manda. En esas situaciones también debemos examinarnos nosotros, los adultos. ¿Sabemos valorar aquello que hacen bien? Fácilmente caemos en el error de resaltar los aspectos negativos, con la buena intención de ayudarles a corregirse, pero se nos olvida felicitarles por sus victorias. Y es entonces cuando, reclamando nuestra atención, buscan el modo de conseguir que estemos pendientes de ellos.

Josefina es una madraza. Sus hijos son estupendos. Y Jorge, en medio de su adolescencia, es un tipo grande. Corregir ¡por supuesto! Pero también querer, valorar lo positivo, y no dejar de estar al lado de ellos. ¡Cuánto nos necesitan aunque no pretendan demostrarlo!

Óscar A. Matías

Un cumpleaños diferente

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Julia fue sometida a una intervención quirúrgica hace pocas semanas. Aunque la operación no era de gran importancia, tuvo que guardar cama en el hospital durante una semana. Esas mismas fechas coincidían con el cumpleaños de su hijo Alberto, de 14 años. Rebelde, intransigente, apático, contestatario… así está Alberto en estos momentos. Julia me comentaba que esperaba el cumpleaños de su hijo para hacer algún plan especial con él, y de este modo intentar ganárselo un poco. Durante los últimos meses la relación no había sido muy buena. Día tras día, de cada situación, surgía un nuevo conflicto. Pedro, el padre, ya había dado la batalla por perdida. Los hermanos, muy pequeños aún, poco entienden qué es lo que pasa entre Alberto y sus padres.

Días antes a la fecha del evento, previendo que no sería factible un plan especial a causa de la operación, Julia optó por la vía fácil. “Alberto, te damos 100 euros por tu cumpleaños, queríamos hacer algo especial pero ya sabes que no será posible. Quédate el dinero y celébralo con tus amigos”. Como en otras ocasiones su hijo soltó uno de sus comentarios desafortunados. “Pues vaya gracia… por una vez que tenéis una idea…” Eso sí, el dinero lo cogió sin inmutarse.

Julia y Pedro hablaban con frecuencia de su hijo. Se sentían desesperados. Se culpabilizaban a sí mismos de la situación por la que estaban atravesando. Muchas veces hablaban con el profesor de Alberto contrastando opiniones. Incluso habían pensado en pedir ayuda a un terapeuta.

Llegó la fecha de cumpleaños. Julia postrada en la cama del hospital. Pedro a su lado medio dormido en una silla. Los pequeños en casa de los abuelos. La puerta de la habitación se abrió. Y ahí apareció Alberto cargado de flores y cajas de bombones -aquellos que sabía que eran los favoritos de su madre. Sus padres con cara de sorpresa, sin creerse que aquel era su hijo de verdad. “Pensé que con 100 euros no había suficiente para celebrarlo con mis amigos…”. Sus padres callaron, sabían que el comentario era una táctica defensiva. Sin duda alguna aquella se convirtió en la mejor celebración de cumpleaños de todas las de Alberto. Sencilla, sin muchas pretensiones, pero muy especial.

Y les aseguro que la historia es real. Cuando Julia me lo contaba, enseguida pensé: ¿quién dice que un adolescente no tiene corazón? ¿a caso se puede afirmar rotundamente que no saben querer? No creo… lo que pasa es que tenemos que encontrar su pundonor, no siempre fácil. En Educar es Fácil vamos a intentar ayudaros a conseguirlo.

Óscar A. Matías

Donde siempre es de noche

discotecaLa noche es la gran aliada de los adolescentes. En ella encuentran su espacio de libertad. Les atrae la noche porque diluye los límites y relaja las responsabilidades. En las salidas nocturnas no hay control de los padres, no hay que dar cuenta de lo que se hace, todo está permitido. Los defectos se difuminan, se aparcan los deberes y se puede ser lo que no se es durante el día.

A los adolescentes les cautivan las discotecas porque allí siempre es de noche. Creen encontrar en esos locales la libertad recién descubierta y la quieren estrenar a toda costa. La discoteca les permite bailar, beber, desinhibirse, probar nuevas experiencias, ser otros durante unas horas, relacionarse sin poner en juego nada más que la epidermis… Los tímidos se vuelven osados; los rechazados se sienten queridos; los solitarios, acompañados; los menos agraciados se ven guapos; los inseguros cobran seguridad; los antipáticos parecen simpáticos; los inocentes pierden la inocencia; los mojigatos resultan audaces; los fracasados triunfan.

Pero las discotecas ofrecen algo más que nocturnidad. Están hechas para enmarañar los sentidos y adormecer la razón y, así, dejar a los chicos y chicas al vaivén de los instintos. Las luces relampagueantes anulan la vista; la música estridente, el oído; el alcohol, el gusto y el habla; el ambiente cargado, el olfato, y la aglomeración de cuerpos, el tacto. El desbarajuste de los sentidos obnubila la razón, la comunicación se hace imposible, se habla a gritos y el contacto físico sustituye a las palabras: en una discoteca hay poco que decir.

discotecaAun así, las discotecas no son lugares malditos o antesalas del infierno. Muchos hemos ido a bailar y a divertirnos en uno de esos locales y no nos ha pasado nada. Algunos, incluso, habrán conocido allí a su pareja. Todo depende de la actitud y de la preparación que tengan nuestros hijos. Habrá quien será más influenciable y la discoteca lo llevará a la deriva, pero también estará aquel chico o aquella chica que tiene las cosas claras, que sabe lo que hay, y que no se dejará manipular, sino que utilizará la sala de fiestas para divertirse. No será un adicto a las discotecas, porque estará inmunizado contra las adicciones.
Cuando nuestro/a hijo/a nos pida permiso para ir a la discoteca, deberíamos tener en cuenta:

? Informarle sobre lo que se va a encontrar y cómo enfrentarse a ello.

? En ningún momento ir a la discoteca se ha de convertir en única opción de ocio. Es razonable acudir de vez en cuando, pero no que se convierta en hábito.

? Plantear otras alternativas. Los padres debemos preocuparnos por educar el ocio de nuestros hijos. Tengamos en cuenta que la manera de vivir el tiempo libre influye en la manera de vivir el resto del tiempo. El deporte es una buena solución: quien está enganchado al deporte no lo está a la noche; en cierto modo, son incompatibles.

? Siempre pactar un horario de llegada y establecer sanciones por su incumplimiento. Es muy conveniente ir a buscarlo o, si va otro padre, estar levantados cuando llegue a casa. Aprovecharemos para preguntarle cómo le ha ido, si se lo ha pasado bien, y para observar.

? Saber o informarnos sobre dónde y con quién va.

? Controlar el dinero que gasta.

? Conocer bien a nuestro/a hijo/a, no vaya a ser que el deseo de ir a la discoteca no sea sino una forma de enmascarar un problema de personalidad (timidez, sentimientos de inferioridad, inseguridad, etc.).

? Enseñarle habilidades sociales. Si no las tiene, cuando salga a una discoteca o a cualquier sitio, será pasto fácil de los manipuladores de turno.

Pilar Guembe

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Por la mañana

Una mañana más. La pasarela matutina abre sus puertas. Los jóvenes empiezan su procesión. Caras adormiladas. Pelos revueltos. Pantalones caídos. Faldas subidas. Desfile de estudiantes que se suben al tren, o al autobús, dirigiéndose como ovejas descarriadas hacia sus colegios. Muchos de ellos acompañándose a todo trapo -que es lo que se dice- al ritmo del iPod, o el mp4 -recién estrenado de los reyes- que ahora está de moda. Algunos van con el tiempo de sobra. Otros corren, con el tiempo más justo, porque no quieren llegar tarde. Hay quienes se lo toman con mucha calma pensando que la clase puede esperar. Sienten el estómago suspirar pidiendo clemencia porque no podrá esperar al bocata de la hora del recreo. Cabezas dando aún tumbos a la noche de messenger. Otras recordando el programa de la televisión del día anterior. Se notan los nervios que afloran por el examen que está hoy al caer.; ni las chuletas preparadas por si las moscas les tranquilizan lo suficiente. Móviles con llamadas perdidas. SMS con mensajes para quedar. Ya pronto llegará la tarde. El día pasa rápido. El fin de semana está al caer y hay que pensar en el próximo plan. Y en medio de ello… ¡la dichosa clase de matemáticas esperando en el aula!

Los buenos hábitos se adquieren, no llegan solos. Hay que trabajarlos, como el agricultor siembra el campo para esperar la buena cosecha. El modo de enfocar el día tiene mucha importancia, más de lo que pueda parecer. De ello dependerá el resto de las horas, y en consecuencia, los valiosos resultados del trabajo realizado. El médico profesa la medicina, el abogado la abogacía, el docente la enseñanza, y el estudiante… los estudios. El esfuerzo vale la pena. Cuidar los detalles, aprovechar bien el tiempo, organizarse adecuadamente. Basta con proponérselo, con quererlo hacer, y pedir ayuda cuando uno no puede.

Disponer de las horas necesarias de sueño es un elemento que merece la pena cuidar. Nuestros hijos deben coger la costumbre de irse a dormir a una hora determinada; con el esfuerzo de no quedarse dormido escuchando música o la radio.

Ir con el horario tranquilo, sin prisas pero sin pausas, ofrecerá mejores condiciones de trabajo. La hora de levantarse debe ser fija, y prudente para que dé tiempo a todas las tareas propias del momento.

Comer antes de salir de casa, procurándose de un ligero tentempié para tomar a la hora del recreo, ayudará a rendir mejor las primeras horas de clase. Es mucho mejor desayunar fuerte antes de salir de casa y tomar algo ligero a media mañana.

Tener la cabeza despejada, sin el aturdimiento de una música descontrolada, facilitará la concentración que se precisa para el día que debe comenzar. Si antes de entrar en el aula el estudiante ha estado escuchando música con el volumen alto, la cabeza no estará en buenas condiciones para concentrarse durante la clase.

Es la vida del estudiante. La matutina hora de la mañana. Nada fácil para el que le cuesta, pero que compensa cuando uno se lo plantea.

Óscar A. Matías

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Si educar es fácil… que alguien me lo explique

niño en la pizarraLo sabemos perfectamente. Seguramente es la opinión de muchos: la tarea de educar no es nada fácil. Hoy en día ser un buen padre o una buena madre resulta más complicado de lo que parece. En los medios de comunicación salen noticias de todo tipo, y muchas veces desastrosas: jóvenes que pegan a sus profesores, hijos que maltratan a los padres, alumnos que se sublevan… Pero muchas veces nos olvidamos del lado opuesto, de la otra cara de la moneda. ¿Y la cantidad de padres y madres que sacan adelante a sus hijos? ¿y los alumnos que siguen el ritmo normal con mejores o peores calificaciones? ¿y aquellos maestros que forman a sus alumnos con ilusión y esperanza? ¿Por qué no se habla de ellos?

Desde aquí somos conscientes de todo ello. Sabemos que la tarea de educar es algo que nos preocupa a todos. Queremos aportar lo bueno de la educación. Ofrecer nuestra experiencia, nuestros conocimientos, para que sirvan a todos aquellos que os preocupe el tema de la educación.

Somos un grupo de profesionales. Ilusionados con formar a nuestros jóvenes de hoy en día. Gente de aula. Estamos en contacto con nuestros alumnos, con nuestros hijos y con los hijos de los demás, día tras día. No pretendemos teorizar sobre lo que aparente queda muy resultón pero poco práctico. Ofrecemos lo mejor de nuestra propia experiencia personal.

Desde aquí queremos dirigirnos a todo tipo de edades. Por eso, todo el grupo que formamos parte de Educar es fácil, somos profesionales del mundo de la educación desde los más pequeños hasta los más mayores. Cada colaborador tiene asignado un campo específico en esta página, en función de las edades con las que trabaja.

Pensamos que si alguien cree que educar no es fácil, desde aquí podemos ayudarle a encontrar algunas soluciones. Quizás luego, con un poco de suerte y algo de optimismo, pueda pensar que sí, que educar es fácil.

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