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Fecha: mayo, 2017
Rastro de sangre: en busca del abuelo César Armestar
Jorge Armestar 29-05-2017 | 9:05 | 0

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Texto: Giancarlo Andaluz / Fernando Gamero

Nunca he sentido la necesidad de hablar de mi pasado, pero desde hace algún tiempo, me viene acechando la necesidad de hacerlo. Mi nombre es Jorge Armestar y soy un ciudadano peruano radicado desde hace 13 años en España, más concretamente, en la comunidad autónoma de Extremadura.

De pequeño viví en mi querido y añorado barrio de Barranco; el corazón cultural y bohemio de la ciudad de Lima y por qué no decirlo, de todo el Perú. En Barranco disfruté de una infancia sencilla y placentera, mis días giraban sin mayores contratiempos en torno a mi hogar, a mis amigos y al colegio. Con el tiempo las cosas fueron cambiando, pero lo que nunca cambió fue el tener a mi madre cerca de mí, quien durante todo el tiempo que viví en el Perú, siempre estuvo a mi lado como una silenciosa vigilante que cuidaba de mis pasos.

Los recuerdos que tengo de mi padre son pocos, por decir lo menos, y se parecen mucho a la entrecortada lluvia que cae sobre Lima; algunas veces tan escasos que apenas logran mojarme, y otras veces violentos y categóricos, capaces de empaparme el alma. Pero con el pasar del tiempo, y como toda lluvia, aquellas evocaciones se convirtieron en un murmullo apenas perceptible, casi sordo, de recuerdos desordenados que finalmente terminaron perdiéndose en los recodos de mi memoria.

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Nunca supe dónde nació mi padre, pero tengo grabada la fecha exacta de su muerte; un 26 octubre del año 2014, dos días después de mi cumpleaños número 31. Su muerte cortó de un tajo el vínculo que mantenía con mi familia paterna, con la que apenas si había tenido contacto en toda mi vida. Esta separación con la otra mitad de mi árbol genealógico, me produjo un gran vacío, vacío que me llevó a perderme durante varios días rememorando los escasos recuerdos que tenía de él. Y de todos ellos, llegó a mi cabeza el recuerdo de una lejana conversación que sostuvimos alguna vez:

 

  • No puedes permitirte vivir una vida mediocre. Tu abuelo César fue una persona honorable y respetada que obró de manera ejemplar toda su vida, hasta tal punto, que una calle de Lima lleva su nombre.

 

Después de recordar aquella charla con papá, y movido por sus palabras, me dispuse a buscar en el Google Maps la calle César Armestar, aunque debo aceptar que con algo de incredulidad. Para mi sorpresa, y luego de peinar el mapa de Lima, allí estaba la calle, como una evidencia de una historia ignorada por mí. Demás está decir que nunca conocí a mi abuelo. ¿Quién fue? ¿Qué hizo exactamente? Esas preguntas desencadenaron muchas otras más en mi cabeza, las que quise llenar con respuestas sacadas de los lejanos recuerdos de mi infancia. Sentí la necesidad de saber de él, de llenar los vacíos dispersos por todo mi pasado, y al ver su nombre en el mapa, comprendí que había una historia desconocida por mí que necesitaba descubrir.

Algunos años después de ese descubrimiento, en los que había acumulado cientos de preguntas sin respuestas, decidí viajar al Perú. Necesitaba encontrar algún indicio de su existencia. Fue así que me dediqué a tiempo completo a encontrar el rastro dejado por mi abuelo, y gracias a mi perseverancia, pude dar con él. Tras las averiguaciones previas, constaté que no solo una calle de Lima llevaba su nombre, sino también un colegio en su tierra natal. Entonces emprendí un nuevo viaje, esta vez al norte del Perú, al departamento de La Libertad, que era donde se encontraba Simbal, el pueblo natal de mi abuelo.

La costa peruana venía siendo golpeada por un fenómeno climatológico de grandes proporciones, por lo que me fue difícil llegar al pueblo de Simbal. Pero cuando al fin llegué, luego de atravesar lodazales y carreteras inundadas por la crecida del río Moche, lo primero que hice fue visitar el colegio que llevaba su nombre.

Una sensación extraña invadió mi cuerpo a medida que me acercaba al colegio, y cuando vi su imagen pintada en la pared exterior, no tuve duda alguna que se trataba de él, de mi abuelo César. Superada la primera impresión, el director del colegio me recibió amablemente, y al preguntarle por mi abuelo, éste apenas tenía algunos datos sobre él. Entre las cosas que me dijo, hubo un dato que me dejó boquiabierto; mi abuelo había llegado a ser Senador del Perú. Después de la reunión con el director, llamé al Museo del Congreso de la República para averiguar más sobre este nuevo dato, pero el encargado quedó en devolverme la llamada apenas tuviera algo para mí. Con este nuevo impulso, regresé a la capital, siguiendo el rastro dejado por mi abuelo.

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En Lima contacté con mi primo Miguel Ángel Armestar, el único familiar paterno con el que mantenía algún contacto. Gracias a él pude acceder a muchos de los datos que buscaba: fotos, recortes de periódicos, historias familiares, en fin. Mientras revisábamos los papeles, me contó que una vez hace mucho tiempo, mi padre llamó por teléfono a su padre, y quedaron en ir juntos al cementerio El Ángel a ponerle flores a nuestro abuelo. Pero por esas cosas del destino, minutos antes de cumplir con la visita pactada, mi tío Fernando falleció a causa de un infarto fulminante. Aquellas flores nunca llegaron al cementerio. Entonces le propuse a mi primo cumplir el propósito de aquel día de nuestros padres, y fue así que juntos fuimos a buscar la tumba del abuelo César.

Gracias a los datos que nos dieron en la Beneficencia de Lima, no nos tomó mucho tiempo dar con su tumba, y cuando la encontramos, dejamos un ramo de flores bajo su lápida. De pie frente a su tumba, nos invadió el silencio. Mi primo y yo nos abrazamos, conscientes de que habíamos cumplido el deseo inconcluso de nuestros padres. Tras el abrazo, mi primo me entregó un documento. “Creo que es mejor que lo tengas tú”, me dijo. Al revisar el folio descubrí que en mis manos tenía la tesis con la que nuestro abuelo se había licenciado en la Universidad de Burdeos: “Tuberculose Pulmonaire et grossesse”. Era sencillamente increíble. Esa fue la primera vez que tocaba algo que le había pertenecido a mi abuelo.

Con aquel pedazo de la historia en mis manos, nos sentamos en una de las bancas de la entrada del cementerio. Recuerdo que hacía mucho calor. Nuestra conversación fue interrumpida por una inesperada llamada; se trataba del jefe del museo del Congreso, el señor Fernando Ayllón, quien tenía algunos datos de mi abuelo. Luego de colgar la llamada, fuimos presurosos a su oficina. El señor Ayllón nos recibió en la oficina. Se trataba de una persona correcta, educada, un caballero con todas sus letras. Nos facilitó algunos datos biográficos de nuestro abuelo, además del nombre del contacto que nos podría ayudar con el documento que firmó cuando juramentó como Senador de la República.

Al día siguiente regresé nuevamente al Congreso, pero esta vez fui solo. Tuve que esperar algunos minutos a que el encargado regresara del archivo central con el documento. El funcionario me permitió sacarle algunas fotografías al documento oficial, y mientras apretaba el disparador, sentí que una página inconclusa de mi pasado se terminaba de llenar.

Después de varios días entregado a la labor de descubrir la historia de mi abuelo, había llegado el momento de regresar a España. En el aeropuerto, esperando mi vuelo de retorno, me llegó un mensaje de un vecino de Simbal, en el que me comentaba -entre otras cosas- que él también había buscado datos de mi abuelo por su cuenta. Fue así que descubrió que mi abuelo tenía conocimientos de relojería, y que era el único que sabía controlar el enorme reloj que se encuentra en la plaza del pueblo. Al leer el mensaje, automáticamente recordé que mi padre coleccionaba relojes, ¿será ésta una inesperada coincidencia?, –pensé–. Entonces me di cuenta que en la vida, como una compleja maquinaria, cada pieza, en algún momento, llega a encajar a la perfección.

Hablando de inesperadas coincidencias, siempre había pensado que mi padre solo tuvo dos familias, pero mi primo me habló de una tercera. Solo pudo decirme que el nombre de su mujer era Charito, de nacionalidad chilena, y que tuvo un hijo con ella. Haciendo cálculos, deduje que mi medio hermano tendría entre 38 y 40 años en la actualidad.

No me dio tiempo a indagar más sobre este nuevo dato, pero es una de las cosas que tengo pendientes por hacer. Mi prioridad de ahora en adelante será averiguar más acerca de mi abuelo César Armestar, el Senador, el que tiene una calle y un colegio con su nombre, el que se licenció de médico en Burdeos, el único que sabía controlar el reloj de la plaza del pueblo. También tenía proyectado ahondar más en la vida de mi padre, el coleccionista de relojes, el que me daba sabios consejos cada vez que nos veíamos, el hombre que tuvo tres familias. Vaya que la vida es impredecible.

Creo que nunca tuve la oportunidad de tener una conversación sincera con mi padre, pero no por eso voy a dejar de seguir cosiendo los retales perdidos de mi vida hasta descubrir su historia y la de mi abuelo. Ahora tengo claro que esa es la única manera de descubrir quién soy, por qué estoy aquí, y hacia dónde ir en un futuro que me espera agazapado e impaciente a la vuelta de la esquina.

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Sobre el autor Jorge Armestar
Nací en Lima (Perú), y en mi hogar siempre hubo una cámara de fotos. Con 17 años decidí estudiar Ciencias de la Comunicación y en paralelo me especialicé en fotografía. Tuve la suerte de encontrar mi pasión muy joven, y para mí la fotografía lo es todo, a través de ella, cuento historias, opino sobre situaciones, rescato instantes y, en ocasiones, hago feliz a la gente.