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Cansados de ser Los Santos Inocentes

Llegada de 'Milana Bonita' a la estación de Atocha

Llegada de ‘Milana Bonita’ a la estación de Atocha

Llegué a Extremadura en el año 2004. Recuerdo los plenos de la Asamblea que cubría por aquel entonces y donde ya se hablaba de que el AVE estaría terminado en el año 2010. Era el lema de aquella época y la promesa repetida en mítines, visitas de ministros o de presidentes de turno.

Pero como dice Fernando Ónega “alguien se olvidó de poner a Extremadura en el mapa del progreso”, y mucha razón lleva. Yo estoy seguro de que los políticos extremeños han hecho lo que han podido, pero por lo que sea, hasta el día de hoy, no ha llegado un tren rápido por estas tierras.

Por esto me parece muy importante lo que ha hecho la plataforma ciudadana Milana Bonita: dar un paso al frente, sin bandera política y decir “¡ya estamos hartos!”. Y valientes han sido los aproximadamente 50 extremeños que se han caracterizado con los atuendos de la película de Los Santos Inocentes (porque así se sienten tratados ante tanta promesas incumplida). Y se han ido a Madrid, con sus propios medios, pagando los aproximadamente 50 euros del pasaje ida y vuelta en el Día de Extremadura.

En uno de los vagones viajaba José Luis (69 años). Lo vi mirar la dehesa a través de la ventana. Pensé en que mi abuelo, al que no conocí, seguramente sería igual de entrañable. No hablamos, simplemente le tomé una foto. Más tarde, en Atocha, mientras picábamos algo, se acercó y me dijo: “Te he preparado este montadito”. Pan con patatera. Me supo a gloria y se lo agradecí de corazón. Creo que es lo más parecido a sentir el cariño y el cuidado de un abuelo. Nunca lo viví, pero seguro que era esto.

“La reivindicación más original de los últimos tiempos”, “Viaje en el tren de la dignidad”, ” ‘Milana Bonita’: Extremeños movilizados por un tren digno”. La prensa supo entender la manifestación y la gente que ese día estaba en Atocha se enteró de qué iba el tema y eso ya es un pequeño/gran triunfo, porque creo que esa es la clave. De nada sirve que esta queja se haga en la región, porque nunca trasciende de estas “cuatro paredes”. Hay que ir a Madrid, las veces que haga falta, para pedir lo que, hasta la fecha, se nos ha negado, no hay otra solución.

Ver todas las fotos aquí. Autor: Jorge Armestar

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Lo que el público no vio cuando bajó el telón de Viriato

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Ver todas las fotos aquí. Autor: Jorge Armestar

Cuando bajó el telón de la última obra del Festival de Teatro Clásico de Mérida, Viriato, Jorge Armestar se quedó fotografiando los gestos de alivio y satisfacción de los actores y de todos los que habían puesto en pie la obra. Después de haber visto y fotografiado durante días cómo habían sufrido y trabajado para ponerse en la piel de los protagonistas del drama, el Retratista se empapó una vez más de sus emociones y puso su ojo y su cámara a trabajar. El resultado es un mosaico del alma humana en un momento de máxima felicidad, cuando todo termina bien y da igual lo que ocurra al día siguiente.

 

La Piel de los Intentos

Texto: Fernando Gamero / Fotos: Jorge Armestar 

 

Bajó el telón, lento, como un duelo
se apagaron las luces del teatro
muda queda la boca de Viriato
el actor, tras volar, de vuelta al suelo.

Quedó atrás la liturgia de la espera
con los nervios tirando de la entraña
las miradas perdidas, la guadaña
del abismo al final de cada escena.

Nada queda, no hay más, salvo abrazarnos
descorchar el champán de nuestro alivio
y llorar como niños liberados.

¿Mañana? Seguiremos el viaje
hasta mudar la piel de los intentos
envuelto, en su papel, mi personaje.

 

 

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Los ensayos de ‘Viriato’ desde una cámara

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Para ver la galería completa de @JorgeArmestar, pincha AQUÍ.

La nueva obra de ‘Viriato, que se estrena el miércoles en el Festival de Teatro Clásico de Mérida, no dejará a nadie indiferente. Y lo digo convencido, porque he podido presenciar los ensayos, y he visto el tremendo trabajo que hay detrás de esta obra.

Una vez más reitero que admiro profundamente el trabajo de los actores y actrices. Dar vida y, sobre todo, credibilidad a un personaje, me parece algo de otro mundo. Excepcional es lo segundo, convencer al público que el actor es en realidad el personaje, es la clave que hace que una obra funcione, o que no.

En otra esfera está el director, que pone orden o desorden, sosiego o euforia en las medidas exactas para que todo cuadre y tenga sentido. Y qué decir del dramaturgo, que es el inventor de todo este maravilloso puzzle.

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Por lo que he podido ver mientras fotografiaba los ensayos de la obra, en ‘Viriato’ no hay mentiras ni medias tintas, hay un trabajo serio y responsable, y se ha cuidado cada detalle al milímetro. Recuerdo el ensayo del viernes pasado, el día 18 de agosto, cuando estuve en las naves de la productora Verbo Producciones, y llegué en el momento en que el director le decía a un actor del coro el ángulo exacto con el que debía mirar a su compañera. Parecía un detalle a priori sin importancia, pero cuando repitieron la escena me percaté de que ese pequeño detalle era un toque importante que le aportaba fuerza al conjunto.

Asistir como fotógrafo a los ensayos de esta producción extremeña me he sobrecogido desde el punto de vista personal. Desde el minuto uno, he tenido los pelos de punta; por supuesto, he llorado, y por mi cuerpo han pasado varias emociones que no voy a nombrar porque prefiero que lo sientan en sus carnes. Les aviso: ‘Viriato’ no les dejará indiferentes.

 

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Rastro de sangre: en busca del abuelo César Armestar

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Texto: Giancarlo Andaluz / Fernando Gamero

Nunca he sentido la necesidad de hablar de mi pasado, pero desde hace algún tiempo, me viene acechando la necesidad de hacerlo. Mi nombre es Jorge Armestar y soy un ciudadano peruano radicado desde hace 13 años en España, más concretamente, en la comunidad autónoma de Extremadura.

De pequeño viví en mi querido y añorado barrio de Barranco; el corazón cultural y bohemio de la ciudad de Lima y por qué no decirlo, de todo el Perú. En Barranco disfruté de una infancia sencilla y placentera, mis días giraban sin mayores contratiempos en torno a mi hogar, a mis amigos y al colegio. Con el tiempo las cosas fueron cambiando, pero lo que nunca cambió fue el tener a mi madre cerca de mí, quien durante todo el tiempo que viví en el Perú, siempre estuvo a mi lado como una silenciosa vigilante que cuidaba de mis pasos.

Los recuerdos que tengo de mi padre son pocos, por decir lo menos, y se parecen mucho a la entrecortada lluvia que cae sobre Lima; algunas veces tan escasos que apenas logran mojarme, y otras veces violentos y categóricos, capaces de empaparme el alma. Pero con el pasar del tiempo, y como toda lluvia, aquellas evocaciones se convirtieron en un murmullo apenas perceptible, casi sordo, de recuerdos desordenados que finalmente terminaron perdiéndose en los recodos de mi memoria.

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Nunca supe dónde nació mi padre, pero tengo grabada la fecha exacta de su muerte; un 26 octubre del año 2014, dos días después de mi cumpleaños número 31. Su muerte cortó de un tajo el vínculo que mantenía con mi familia paterna, con la que apenas si había tenido contacto en toda mi vida. Esta separación con la otra mitad de mi árbol genealógico, me produjo un gran vacío, vacío que me llevó a perderme durante varios días rememorando los escasos recuerdos que tenía de él. Y de todos ellos, llegó a mi cabeza el recuerdo de una lejana conversación que sostuvimos alguna vez:

 

  • No puedes permitirte vivir una vida mediocre. Tu abuelo César fue una persona honorable y respetada que obró de manera ejemplar toda su vida, hasta tal punto, que una calle de Lima lleva su nombre.

 

Después de recordar aquella charla con papá, y movido por sus palabras, me dispuse a buscar en el Google Maps la calle César Armestar, aunque debo aceptar que con algo de incredulidad. Para mi sorpresa, y luego de peinar el mapa de Lima, allí estaba la calle, como una evidencia de una historia ignorada por mí. Demás está decir que nunca conocí a mi abuelo. ¿Quién fue? ¿Qué hizo exactamente? Esas preguntas desencadenaron muchas otras más en mi cabeza, las que quise llenar con respuestas sacadas de los lejanos recuerdos de mi infancia. Sentí la necesidad de saber de él, de llenar los vacíos dispersos por todo mi pasado, y al ver su nombre en el mapa, comprendí que había una historia desconocida por mí que necesitaba descubrir.

Algunos años después de ese descubrimiento, en los que había acumulado cientos de preguntas sin respuestas, decidí viajar al Perú. Necesitaba encontrar algún indicio de su existencia. Fue así que me dediqué a tiempo completo a encontrar el rastro dejado por mi abuelo, y gracias a mi perseverancia, pude dar con él. Tras las averiguaciones previas, constaté que no solo una calle de Lima llevaba su nombre, sino también un colegio en su tierra natal. Entonces emprendí un nuevo viaje, esta vez al norte del Perú, al departamento de La Libertad, que era donde se encontraba Simbal, el pueblo natal de mi abuelo.

La costa peruana venía siendo golpeada por un fenómeno climatológico de grandes proporciones, por lo que me fue difícil llegar al pueblo de Simbal. Pero cuando al fin llegué, luego de atravesar lodazales y carreteras inundadas por la crecida del río Moche, lo primero que hice fue visitar el colegio que llevaba su nombre.

Una sensación extraña invadió mi cuerpo a medida que me acercaba al colegio, y cuando vi su imagen pintada en la pared exterior, no tuve duda alguna que se trataba de él, de mi abuelo César. Superada la primera impresión, el director del colegio me recibió amablemente, y al preguntarle por mi abuelo, éste apenas tenía algunos datos sobre él. Entre las cosas que me dijo, hubo un dato que me dejó boquiabierto; mi abuelo había llegado a ser Senador del Perú. Después de la reunión con el director, llamé al Museo del Congreso de la República para averiguar más sobre este nuevo dato, pero el encargado quedó en devolverme la llamada apenas tuviera algo para mí. Con este nuevo impulso, regresé a la capital, siguiendo el rastro dejado por mi abuelo.

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En Lima contacté con mi primo Miguel Ángel Armestar, el único familiar paterno con el que mantenía algún contacto. Gracias a él pude acceder a muchos de los datos que buscaba: fotos, recortes de periódicos, historias familiares, en fin. Mientras revisábamos los papeles, me contó que una vez hace mucho tiempo, mi padre llamó por teléfono a su padre, y quedaron en ir juntos al cementerio El Ángel a ponerle flores a nuestro abuelo. Pero por esas cosas del destino, minutos antes de cumplir con la visita pactada, mi tío Fernando falleció a causa de un infarto fulminante. Aquellas flores nunca llegaron al cementerio. Entonces le propuse a mi primo cumplir el propósito de aquel día de nuestros padres, y fue así que juntos fuimos a buscar la tumba del abuelo César.

Gracias a los datos que nos dieron en la Beneficencia de Lima, no nos tomó mucho tiempo dar con su tumba, y cuando la encontramos, dejamos un ramo de flores bajo su lápida. De pie frente a su tumba, nos invadió el silencio. Mi primo y yo nos abrazamos, conscientes de que habíamos cumplido el deseo inconcluso de nuestros padres. Tras el abrazo, mi primo me entregó un documento. “Creo que es mejor que lo tengas tú”, me dijo. Al revisar el folio descubrí que en mis manos tenía la tesis con la que nuestro abuelo se había licenciado en la Universidad de Burdeos: “Tuberculose Pulmonaire et grossesse”. Era sencillamente increíble. Esa fue la primera vez que tocaba algo que le había pertenecido a mi abuelo.

Con aquel pedazo de la historia en mis manos, nos sentamos en una de las bancas de la entrada del cementerio. Recuerdo que hacía mucho calor. Nuestra conversación fue interrumpida por una inesperada llamada; se trataba del jefe del museo del Congreso, el señor Fernando Ayllón, quien tenía algunos datos de mi abuelo. Luego de colgar la llamada, fuimos presurosos a su oficina. El señor Ayllón nos recibió en la oficina. Se trataba de una persona correcta, educada, un caballero con todas sus letras. Nos facilitó algunos datos biográficos de nuestro abuelo, además del nombre del contacto que nos podría ayudar con el documento que firmó cuando juramentó como Senador de la República.

Al día siguiente regresé nuevamente al Congreso, pero esta vez fui solo. Tuve que esperar algunos minutos a que el encargado regresara del archivo central con el documento. El funcionario me permitió sacarle algunas fotografías al documento oficial, y mientras apretaba el disparador, sentí que una página inconclusa de mi pasado se terminaba de llenar.

Después de varios días entregado a la labor de descubrir la historia de mi abuelo, había llegado el momento de regresar a España. En el aeropuerto, esperando mi vuelo de retorno, me llegó un mensaje de un vecino de Simbal, en el que me comentaba -entre otras cosas- que él también había buscado datos de mi abuelo por su cuenta. Fue así que descubrió que mi abuelo tenía conocimientos de relojería, y que era el único que sabía controlar el enorme reloj que se encuentra en la plaza del pueblo. Al leer el mensaje, automáticamente recordé que mi padre coleccionaba relojes, ¿será ésta una inesperada coincidencia?, –pensé–. Entonces me di cuenta que en la vida, como una compleja maquinaria, cada pieza, en algún momento, llega a encajar a la perfección.

Hablando de inesperadas coincidencias, siempre había pensado que mi padre solo tuvo dos familias, pero mi primo me habló de una tercera. Solo pudo decirme que el nombre de su mujer era Charito, de nacionalidad chilena, y que tuvo un hijo con ella. Haciendo cálculos, deduje que mi medio hermano tendría entre 38 y 40 años en la actualidad.

No me dio tiempo a indagar más sobre este nuevo dato, pero es una de las cosas que tengo pendientes por hacer. Mi prioridad de ahora en adelante será averiguar más acerca de mi abuelo César Armestar, el Senador, el que tiene una calle y un colegio con su nombre, el que se licenció de médico en Burdeos, el único que sabía controlar el reloj de la plaza del pueblo. También tenía proyectado ahondar más en la vida de mi padre, el coleccionista de relojes, el que me daba sabios consejos cada vez que nos veíamos, el hombre que tuvo tres familias. Vaya que la vida es impredecible.

Creo que nunca tuve la oportunidad de tener una conversación sincera con mi padre, pero no por eso voy a dejar de seguir cosiendo los retales perdidos de mi vida hasta descubrir su historia y la de mi abuelo. Ahora tengo claro que esa es la única manera de descubrir quién soy, por qué estoy aquí, y hacia dónde ir en un futuro que me espera agazapado e impaciente a la vuelta de la esquina.

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Sobre el autor Jorge Armestar
Nací en Lima (Perú), y en mi hogar siempre hubo una cámara de fotos. Con 17 años decidí estudiar Ciencias de la Comunicación y en paralelo me especialicé en fotografía. Tuve la suerte de encontrar mi pasión muy joven, y para mí la fotografía lo es todo, a través de ella, cuento historias, opino sobre situaciones, rescato instantes y, en ocasiones, hago feliz a la gente.