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El Solitario

2012 mayo 28
por Blogueros de Plasencia

Hay veces en las que uno no puede defender la verdad, por muy verdad que ésta sea. Los poetas son geógrafos que otorgan alma a los territorios. Si desde las murallas de la ciudad un poeta certifica con un verso que lo que corona una colina de poniente es una encina, será encina por mucho corcho que recubra su tronco. El territorio que han entretejido las palabras se confunde con el real, constituyendo un espacio mítico y mágico donde todo es posible.

Me faltó tiempo la tarde después de la presentación de la flamante y esperada antología poética de Álvaro Valverde, Un Centro Fugitivo, para acercarme al Berrocalillo a comprobar si su Encina Solitaria era encina o alcornoque. A la salida del Club del Verdugo se había frivolizado sobre lo complicado que lo tenía el alcornoque  para ser objeto de inspiración poética, no ya por la belleza de su porte, sino por la dificultad de su rima.

Aunque este motivo fuera para mí excusa suficiente para dar un paseo por la zona, hacía tiempo que sabía de la riqueza arqueológica del paraje y tenía ganas de intuir las murallas del castro vettón del Berrocalillo, pasear por encima de lo que hace una eternidad era un próspero asentamiento de la Edad del Hierro, sentir bajo mis pasos la ciudad secreta que me hace recordar el todo pasa y todo queda.

Pero además, no hace mucho que por casualidad supe de la pintoresca noticia de la que se hacían eco los periódicos españoles e irlandeses sobre el eclipse solar el 28 de mayo de 1900. Al parecer, la flor y nata de los astrónomos de la época, eligieron el cerro del Berrocalillo por su ideal ubicación para instalar en su cima un observatorio con varios de los más avanzados telescopios de la época. Estos telescopios son los mismos que hoy en día están en el observatorio del Retiro de Madrid.

Así recogía La Vanguardia la noticia al día siguiente del eclipse: «…A las seis de la mañana se trasladó la gente al cerro del Berrocalillo. El calor es muy fuerte. Grupos de curiosos rodean las instalaciones y miran sorprendidos el gran aparato de policía que procura apartarlos. Se espera a la Guardia Civil que formará un cordón al rededor del cerro.  Los astrónomos se muestran intratables, pues ni miran ni atienden las observaciones de los numerosos curiosos ocupados como están estudiando el eclipse…»

Y es que hay lugares que se niegan a pasar desapercibidos, y este cerro, testigo de las glorias y miserias de los hombres desde el Principio, ha dejado crecer entre sus canchos a un fabuloso alcornoque, a uno sólo, como muestra de su rebelión al olvido.

Durante largo rato estuve sentado a su sombra sin hacer otra cosa que contemplar cómo la tarde se iba tiñendo de un azul intenso veteado de oro. Y entonces, en ese instante confuso que delimita la frontera crepuscular, sentí la necesidad imperiosa de abrazar al Solitario, bueno… a la Solitaria.

 

 

 

Del laberinto a la Puerta de Tannhäuser

2012 mayo 16

Hay tardes a las que la lluvia hace hermosas. En una de las últimas que he disfrutado pasé a visitar en solitario Escala Cromática, la última exposición de Pilar Porras en la Galería de la Tea. Uno, que siente debilidad por lo que hacen los amigos, poco más puede decir después de lo escrito por Gonzalo Hidalgo Bayal, en Ut musice Picture,  y del texto de Sebastián Redero que aparece en el Catálogo.

He quedado sorprendido por la evolución de Pilar desde su anterior exposición en la que las texturas vegetales centraban su obra, a ésta, en la que el cromatismo, la geometría, acertados guiños al cubismo, algunos grabados abstractos y un par de dibujos con punta de plata me descubren a una nueva pintora con ganas de explorar otros territorios.

Pilar Porras.

Pilar Porras.

Afuera seguía lloviendo aunque con menos intensidad. Desde La Tea me encaminé al Verdugo a escuchar a Juanra, a Manuel Vicente González, editor de Libros del Oeste a la vez que un estupendo escritor y a Julio Llamazares, el autor estrella que ha venido a inaugurar la feria y el mes del libro. Este último tuvo a bien leer un fragmento inédito de su próximo libro de viajes sobre catedrales en donde narra su paso por Plasencia.

Salí del Verdugo con el sabor amargo de la envidia: viajar, escribir y que encima te paguen… Lo siento, uno tiene sus debilidades. Seguía lloviendo, por la Rua Zapatería unos turistas envueltos en chubasqueros de colores buscaban al nadador sentado, yo andaba dándole vueltas al nombre con el que bautizar este blog y buscando un libro especial para una persona especial. Ambas cosas encontré nada más traspasar el umbral de la Puerta de Tannhäuser.

Dentro sonaba la voz tabernaria de Tom Waits, en el mostrador un paquete de cigarrillos de Raquel Bullón con la advertencia impresa “LA POESÍA MATA” guardaba en su interior poemas liados con filtro. Al fondo, a la derecha, antes de llegar a la pecera, un cartel que indica a El Olvidadero me hizo recordar Dentro del Laberinto, una película que marcó una época en mi vida familiar.

Plasencia es una ciudad fantástica para salir de cañas y de copas, aunque para mi gusto, quizás se quede corta en locales que oferten la delicada transición de vino-caña a copa y te den la posibilidad de escuchar buena música, tomando una infusión, un café o una cerveza que se salga de lo corriente. Pues bien, Cristina y Álvaro, (tanto monta, monta tanto) han sido capaces de conjugar en un mismo espacio dos negocios tan dispares como un café bar y una librería, a la vez que se han erigido como agitadores de cultura privados. Tal y como andan las cosas con los recortes en concejalías, consejerías, diputaciones y obra cultural de las Cajas, es de agradecer que esos huecos sean rellenados por negocios tan originales como La Puerta.

En este local es posible encontrarse ofertas como la de si compras un libro de literatura japonesa te invitan a un chupito de licor de cereza; celebrar San Patricio con música, literatura, cervezas y cafés irlandeses; participar en un World Café en inglés, francés, italiano o portugués; disfrutar de una de sus noches temáticas de Música para Replicantes; ver un clásico del cine en la pecera; encontrar a algún virtuoso al piano; exposiciones de pintura o fotografía; discos de vinilo de segunda mano; cervezas exóticas, fantásticas ediciones de libros de diversa temática…

Un local mitad cervecería, mitad librería.

Un local mitad cervecería, mitad librería.

 

En Facebook, la red social en donde dieron a conocer su proyecto antes de materializarlo, explican en una entrada lo que para ellos es Puerta de Tannhäuser: «Una Librería Café es más que vender libros y cafés. Es respetar la cultura. Es abrir la mente a nuevas formas de arte que nos enseñen y enriquezcan como personas. Es cuidar al público que entra cada día buscando un sitio diferente donde relajarse y disfrutar. Merece la pena abrir cada día la Puerta. » Merece la pena pasarse por allí.

Y hablando de Puertas y de Olvidaderos, hay dos escenas de cine que me vienen a la memoria. Una es de Blade Runner, cuando el replicante Roy Batty, a pundo de morir dice:  «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad, cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.»

La otra, menos famosa, pertenece a Dentro del Laberinto, es aquella en la que Sarah, Jennifer Connelly, cae en el pozo de las manos tras resolver el viejo dilema de las dos puertas custodiadas por sendos guardianes: Una puerta lleva al castillo y la otra a una muerte segura, un guardián siempre miente, mientras que el otro siempre dice la verdad. Las manos van frenando su caída antes de caer irremediablemente en el Olvidadero. Y es que hay veces en las que es necesario encontrar un olvidadero para que te olviden, para olvidarte por un momento de todo y de todos.