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Una comedia ligera, alocada y algo extensa que hace las delicias del público

Llegó la comedia al Festival Internacional de Teatro Clásico y cuando llega abarrota las caveas del recinto con público deseoso de olvidarse de los tediosos días de trabajo, del cansancio que supone llevar una casa, de los problemas que nos esperan más allá de la puerta del recinto…La Comedia es una terapia para un público fiel que la espera como agua de mayo (y de abril, y de junio…total no llueve). El público de la comedia en el Festival es el que no falla, el fiel. El que mira con interés en primavera la programación para elegirla. Y con esta comedia dirigida por Pep Anton Gómez consigue su objetivo, disfrutar.

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No es ‘El Eunuco’ ni ‘Los Gemelos’. No vemos una comedia desternillante. Pero sí un montaje teatral que provoca sonrisas constantes y deja un buen sabor de boca, que podría ser mejor si su extensión fuera algo menor. La duración, unas dos horas y diez minutos, provoca que ciertos diálogos se hagan monótonos y tediosos, puesto que los personajes, muy bien definidos desde el principio, a veces, se hacen repetitivos. Pero todos los actores están correctos en sus interpretaciones. No resalta ninguno sobre otro y consiguen una armonía interpretativa que lleva a la trama a desarrollarse de una forma ligera y sin sobresaltos. Es una comedia de enredos de toda la vida con la dificultad añadida de crear la historia a través de varios textos de Plauto. Es, como dice su autor, un “paseo” por las historias cómicas clásicas más reconocibles convertidas en un vodevil con aire setentero.

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El peso del montaje lo lleva su protagonista: Pepón Nieto. Vemos en él retazos del ‘Fanfa’ que tanto éxito dio al certamen hace años con ‘El Eunuco’, pero también una declamación que por momentos nos recuerda a los mejores momentos del gran José Luis López Vázquez. Sabe desenvolverse en el escenario y fuera de él como nadie. Porque ‘La Comedia de las Mentiras’ rompe con la caja escénica tradicional. Los personajes se mueven por la orchestra y el graderío con naturalidad, aunque por momentos, con déficit en la iluminación que no permitía ver desde varios puntos de las caveas con nitidez, los movimientos y gestos de los protagonistas. Nieto es una de las claves del éxito del Festival en la etapa Cimarro, y se lo ha ganado con todos los honores. Su vis cómica es indiscutible. En este montaje convence desde el inicio, aunque conforme va desarrollándose la historia se hace algo repetitivo. Algo que romperá con el transcurso de los días seguro porque las comedias van creciendo con cada función y adaptándose a las necesidades del público.

Las más de 3.000 personas que vieron el estreno no pararon de reír con las ocurrencias de Calidoro, el protagonista. Un esclavo que va enredando la trama hasta desenvolverla. Pero incluso en este punto, en el final, la resolución da un giro y se resuelve con mentiras, la clave de la historia elaborada por Pep Anton Gómez y Sergi Pompermayer. 

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El montaje es una apuesta a caballo ganador. El productor ejecutivo (el de las perras) es Jesús Cimarro, que conoce perfectamente los deseos del gran público: Un elenco atractivo, con calidad interpretativa y una historia de enredos que gusta generación tras generación. Perfecto para mantenerse en cualquier gran teatro de Madrid durante semanas y girar con éxito por el país, pero primero la hemos visto en Mérida, y esto es un plus inequívoco.

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Vestuario, escenografía, movimientos en escena, música…Todo nos recuerda a las clásicas comedias de enredos de hace lustro que siguen triunfando. Es ‘La Comedia de las Mentiras’ pero podría ser cualquier comedia de Jardiel Poncela puesta en escena. Enredos donde lo absurdo, la música, los personajes bien marcados con un punto de disloque… Consiguen crear una atmósfera propicia para las carcajadas. Excelente María Barranco que se “desvirgó” en Mérida con un personaje que, sin duda, ofrece los mejores momentos del montaje. Su complicada dicción otorga a su papel de Cántara un punto de desequilibrio que sin duda la hacen necesaria en cada escena.

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Gran trabajo de transiciones para cambiar escenas y mover escenografía donde participa todo el reparto y otorga ritmo a un montaje que cuaja entre el gran público y que espera ofrecer cifras de récord en cuanto a la taquilla.

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La vida de Séneca a través de continuos flash-back no deja indiferente a nadie

El montaje de Emilio Hernández consigue su objetivo: Que todo el público discuta tras el espectáculo si se adecua a sus gustos. La mayoría se marcha sorprendido por la versión de su director, puesto que ha conseguido darle una vuelta de tuerca al texto del genio Antonio Gala. Pero apretar las tuercas a veces acaba con el aire y eso, se nota al final en la respuesta de los asistentes. A muchos les apasionó la escenografía, la disposición y movimientos escénicos y la inclusión de temas musicales que facilitan la narración. Para otros, el montaje se quedaba en un popurrit de propuestas artísticas que poco aportaban a la historia central y que despistaban del texto original de Gala. Sea como fuere, Séneca es de estos espectáculos recomendables para departir con tus amigos y familiares tras disfrutarlo.

Escultura de Séneca

Comencemos por el principio, su protagonista. Antonio Valero se enfunda en la piel del filósofo y consejero de Nerón realizando quizás el mejor papel que ha interpretado en Mérida. Es creíble, intenso y realista. Sus declamaciones son exactas y explica de una manera precisa el proceso personal que vivió el personaje en sus últimos años de vida. Su trabajo interpretativo está a la altura del Festival de Mérida e incluso, el reducido espacio escénico que ha creado Emilio Hernández se convierte en una jaula para un actor que se mueve con naturalidad por la arena del Teatro Romano.

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La música es protagonista del espectáculo. Las piezas musicales, interpretadas con maestría por sus protagonistas, se van insertando en la historia haciendo las veces de coro. Aunque a muchos espectadores consiguió despistarles de la historia central, por lo estrambótico de alguna de ellas, lo cierto, es que dota al montaje de un trabajo escénico diferente. Una propuesta de Hernández que carga a esta obra de un toque irreverente que sin duda envuelve la perversa historia del emperador Nerón.

El problema de la versión es que tanto piezas musicales, como vestuario y escenografía hacen que las contundentes frases de Séneca pasen casi a un segundo plano, perdiendo el interés por un texto bruta

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Séneca es una propuesta diferente, quizás no pasará a la historia de nuestro imaginario colectivo del certamen, pero tampoco en su aspecto negativo. Hay buen trabajo dramático, y la hora y veinticinco minutos que dura el montaje ayuda a digerirlo de forma más ágil.

En una obra de hombres, con Gala, Hernández y Antonio Valero como arquetipos, triunfan las mujeres. Las más de mil personas que acudieron al estreno en Mérida (Porque el montaje ya se ha estrenado en Madrid con disparidad de valoraciones en cuanto a la crítica profesional) pudieron comprobar el excelente trabajo realizado por todas sus actrices. Ellas son las auténticas triunfadoras del espectáculo. Son creíbles en sus papeles, desgarradas…Hacen su personaje natural. Se mueven como serpientes por el espacio escénico provocando una atracción en el espectador irresistible. La actriz Esther Ortega, Agripina, realiza uno de los mejores trabajos dramáticos que hemos visto en el último lustro en el Festival de Mérida.

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Su intensidad interpretativa consigue atrapar al espectador, hacer que digiera cada una de las palabras. Es sensual, pero también perversa e incluso irónica. Y en todas sus facetas lo hace creíble. Llega a cualquier rincón de las caveas como una gran dama del teatro. Las piedras de Mérida no pueden con ella y demuestra unas capacidades dramáticas que hacen que su papel, de madre de Nerón, sea uno de los más interesantes del montaje.

Algo parecido, en menor medida, le ocurre a Carmen Linares que suelta su voz flamenca para esparcirla por las caveas emeritenses. Sorprende en su faceta interpretativa por su naturalidad. Su voz envuelve cada escena en la que aparece dejando un regusto increíble entre los espectadores. Es parte esencial y emotiva de un montaje diferente.

La música, la interpretación, la versión del texto de Gala, la escenografía…Muchos elementos de discusión en un montaje que no deja indiferente a nadie, pero que permite que en Mérida podamos disfrutar de las propuestas artísticas del Centro Dramático Nacional.

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‘Troyanas’ bebe de grandes obras del Festival de Mérida para quedarse a medio camino entre ellas

El tercer montaje de la 63 edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida no quedó indiferente a nadie. Y esto es un auténtico lujo tras disfrutar de una obra artística. Si el arte no genera debate, confusión, discusión o te genera sensaciones dispares se queda en un mero elemento decorativo, ya sea una obra escultórica, una película de cine o un montaje teatral. Aunque el debate, tras el estreno al que acudieron unas 3.000 personas (Datazo) se centró en “me gusta” o “no me gusta”. Está claro que el estreno de ‘Troyanas’ tras la abrumadora ‘Calígula’ provoca una comparativa injusta entre ambas de la que sale ganadora la obra de Pablo Derqui.

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Pero para ser lo más ecléctico posible e intentar no fusionar los dos montajes sin que ninguno se vea agraviado por esta situación, analizaremos el estreno de ‘Troyanas’ con la mente en blanco.

El espectáculo dispuesto por Carme Portaceli se queda a medio camino entre varias propuestas escénicas y artísticas que hemos disfrutado en la historia reciente de nuestro certamen. Es un quiero y no puedo constante que provoca en el espectador las ansias por entrar de lleno en la obra, pero la tibieza de comprobar que nos quedamos en la mitad de ese recorrido sentimental. La versión de Alberto Conejero y Portaceli es sencilla de entender, dirigida al gran público, con un buen texto y elementos dramáticos reconocibles, pero adolece de intensidad en muchas ocasiones. A veces parece una sucesión de monólogos que intentan conectar sensaciones pero, que logran la dispersión del público por momentos.

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No podríamos definir el montaje como lento, puesto que la directora ha dispuesto los silencios como discurso narrativo imprescindible para ir saltando por las historias de sus protagonistas. Pero prescindir de personajes, añadir otros que no aparecen en el texto de Eurípides y convertir el montaje en un ágora de mujeres que exponen su historia hace, por momentos, tediosa la narración. Además el espectador comprueba como exageradas algunas declamaciones de sus protagonistas sin entender de dónde viene…Falta el proceso que nos lleva al grito o al llanto, puesto que las actrices nos muestran su desgarro de una manera que parece, a veces, forzada, sin darnos tiempo a digerirlo. Su protagonista, Aitana Sánchez Gijón, maneja la escena como nadie. Sus movimientos y proyección vocal parecen haber nacido en la arena del Teatro Romano. Llega y es creíble, pero la composición de su personaje, Hécuba, nos recuerda a la Medea que presentó en Mérida hace dos años. Es desgarrada, protectora…Rebajar la edad del personaje la convierte en una líder creíble, pero aún así le falta un proceso de desarrollo del personaje para que pase de ser “la constante sufridora” de la historia a la jerarca o adalid del grupo de protagonistas.

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Durante toda la semana anterior nos han contado que uno de los objetivos del montaje es dar voz a las mujeres víctimas de todas las guerras. La lucha por la femineidad se cae al vacío tras la aparición de Helena de Troya. Las mujeres la llaman “zorra” “ramera” “puta”…tal y como la han denominado los hombres autores de la historia que conocemos. Helena se defiende de las propias mujeres, no de la historia de los vencedores ni del machismo literario. Su argumentario es espectacular, poniendo en duda si la guerra de Troya fue motivada por ella y si ella fue realmente la causa o la excusa de todo. Pero son las mujeres, de una manera evidente quienes más la machacan…

La madre, la amante, la hija, la abuela, la trabajadora… Los perfiles de la mujer de nuestros días, sus reivindicaciones, su lucha por la igualdad, su abnegación…Se ve bien reflejado en cada uno de los monólogos de sus protagonistas. Pero cuando llega Helena todo se cae al vacío.

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Es inevitable tras ver la obra, que recibió una larga ovación del público asistente, recordar con anhelo montajes que hemos visto en este certamen y que beben de la historia de ‘Troyanas’. En ‘Juicio a una zorra’ de Miguel del Arco, Carmen Machi realiza una exhibición de argumentos en su favor que convierten este monólogo de Maggie Civantos en una evocación de aquel que vimos en la Alcazaba emeritense. En los desgarros de Hécuba, con Aitana Sánchez Gijón, vemos el dolor exagerado que Concha Velasco nos regaló ediciones atrás. La Hécuba de ‘Troyanas’ nos hace viajar hacia la de José Carlos Plaza debatiendo como espectadores si la intensidad de la actual debería compararse con la de la actriz vallisoletana. Buscábamos más líder, más venganza o más dolor?… Debate interesante. Incluso la gabardina y monólogo de su protagonista en medio de la escena nos evoca a la Medea que ella misma puso en pie hace dos años, incluso a la estética de la de Tomaz Pandur con Blanca Portillo al frente.

Mención a parte merece un Ernesto Alterio que sorprende. Y sorprende por su exagerada declamación. Al principio impacta, parece sacada de contexto, pero conforme avanza la obra, esa misma exageración hace creíble su personaje. Incluso genera cierta dependencia. El espectador le requiere en el escenario de forma constante. Es un hilo conductor casi imprescindible. Una buena idea creada por la directora que conecta con el público, dota de ritmo al montaje y aporta un aire diferente.

Y cómo no destacar la espectacular escenografía de Paco Azorín. Vuelve a sorprender en un espacio tan difícil como el Teatro Romano de Mérida. Una gran ‘T’ tumbada sobre la arena hace las veces de atalaya de los muros de Troya. Preside un campo lleno de muertos y genera cierta inquietud desde que llegas a las caveas hasta que te marchas. Todo esto apoyado por una muy buena selección de proyecciones audiovisuales que permiten que el texto del montaje recobre actualidad con las situaciones que vivimos en Siria o en múltiples países africanos, hacen de la dirección de escena uno de los auténticos reclamos de este montaje. Montaje que sin duda ha levantado mucha expectación entre el público, y que en cuanto a taquilla, será uno de los éxitos de esta edición.

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La huella de David Delfín en el Festival de Mérida

Ha pasado ya un mes del fallecimiento de uno de los diseñadores más prestigiosos de este país. David Delfín falleció con 46 años tras luchar de forma incansable contra un cáncer cerebral. El mundo de la moda le sigue recordando como un elemento imprescindible para entender la industria española en los últimos lustros. Lo suyo, más que vanguardia, era riesgo y provocación. Una provocación que le llevó en pocos años a ser considerado uno de los mejores diseñadores de moda del mundo. No sólo era Cibeles, Nueva York también se rindió a sus pies. Y en Mérida, en nuestro Festival Internacional de Teatro Clásico también disfrutamos de su talento y su riesgo.

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Fue en el año 2011, cuando Blanca Portillo decidió que el equipo imprescindible de acomodadores debía tener también su protagonismo. Para ello encargó a Delfín que diseñara el nuevo vestuario de los jóvenes emeritenses responsables de acomodar a cada persona en su cojín del Teatro Romano. Una tarea que pasa casi desapercibida, pero que funciona como un reloj suizo, y que sin duda, es una de las características de nuestro certamen. Una red de jóvenes de negro corriendo por las empinadas caveas del monumento para que el público disfrute sin sobresaltos del espectáculo. Siempre van de negro, excepto ese año. Ese 2011 donde Delfín les colocó un atuendo blanco, visible y ‘fresquito’.

La imagen de Ceferino López, colgada en el antiguo facebook del certamen es de las pocas que se conservan del trabajo de David Delfín en el Festival de Mérida

La imagen de Ceferino López, colgada en el antiguo facebook del certamen es de las pocas que se conservan del trabajo de David Delfín en el Festival de Mérida

Compuesto por una camiseta de tirantes anchos, sin tapar los hombros, como si de una tradicional de ‘abanderado’ se tratase. Un pantalón medio bombacho corto, justo a la altura de las rodillas. Y una corbata sin finalizar en punta que aparecía, casi por sorpresa, de un falso cuello en pico, dotándolo de cierta elegancia. Sport y gala unidos en un diseño algo diferente, que provocó que el cuerpo de acomodadores pasara más frío de lo normal, pero que sin duda se llevaron las fotografías de muchos visitantes. David Delfín dejó, de este modo, su sello en Mérida y pasó del negro al blanco en una edición muy recordada, por motivos muy diversos.

Delfín cumplía en 2011 nueve años en la cresta de la ola del diseño en España. Atrás quedó el año 2002 cuando se presentó en Cibeles, Madrid, revolucionando la pasarela. Con modelos a las que les colgaba una soga del cuello y que generó un agrio debate en todos los círculos. Pero él supo ir más allá, y consiguió crear de su nombre una de las marcas más reconocidas de la moda en nuestro país. Contar con David Delfín, más allá de lo acertado o no de sus diseños en Mérida, era colocar al Festival en otros derroteros menos frecuentes, publicidad al fin y al cabo.

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A pesar de este riesgo, las sucesivas direcciones del certamen han apostado por continuar con la línea clásica a la hora de vestir al personal que trabaja en sala. Un personal que es la voz callada del evento, pero que sin ellos, las noches de verano emeritense serían menos mágicas. Aguantaron en 2011 el frío, las miradas y cómo les señalaban por sus atuendos. Seis años después, siguen siendo los ojos y los pies de cientos de espectadores. Conocen el Teatro Romano de Mérida como nadie y son capaces de realizar las críticas más completas de los montajes. No son periodistas pero, sí profesionales a los que hay que tener en cuenta para recabar la información de cada uno de los montajes. Ellos lo ven con respeto, cariño y mucho orgullo. La clave fundamental para que todo transcurra según lo previsto. Con o sin David Delfín, sin ellos, este Festival no sería el mismo.

 

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La versión de Luis García Montero hace aún más grande a ‘La Orestíada’

Agamenón, Orestes, La Democracia…poner en pie sobre la arena del Teatro Romano la trilogía de Esquilo es un trabajo que requiere un ejercicio de contención, contención en la intensidad de cada una de las historias y de su extensión. En Mérida hemos visto Orestíadas ‘kilométricas’, pero éste no es el caso. El montaje inaugural puesto en pie por José Carlos Plaza cumple con el objetivo fundamental de hacer pedagógica la compleja historia de Esquilo. Y lo consigue gracias a quien ha versionado el texto para que lo podamos disfrutar en este bello montaje: Luis García Montero. Para quien los directores de escena de todo el país se pelean porque sea él quien escriba sus obras teatrales.

García Montero dota al texto no sólo de pedagogía, sino de ritmo (que es difícil), le da un aire poético que envuelve cada frase y naturaliza el drama, con lo que consigue descargar de tensión dramática una historia que ya de por sí lo es, pero de este modo consigue no saturar al público. Para que un texto sea eficaz, necesita de unos actores eficaces, en esta ocasión, el casting es desigual. Tras ver el estreno descubres en Mérida a una intensa Ana Wagener, con todos los ingredientes de las heroínas de Plaza: quietud en el centro de la escena, vestuario donde el rojo es el protagonista, movimientos claros de los brazos del cuerpo para cargar de crudeza las frases del texto y constante variación del tono de voz que la convierten en la protagonista absoluta, y también, la que más aplausos recibió tras el estreno.

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Ana Wagener, Alberto Berzal, María Isasi y Juan Fernández están muy por encima de sus compañeros en las interpretaciones. A la carga dramática ellos le aportan credibilidad, algo muy difícil de transmitir en un teatro con 3.000 localidades. Sentir cada jirón de texto en las esquinas más recónditas de las caveas de este teatro, y sentir cómo te arañan la piel, es un trabajo que sólo saben hacer los grandes actores y actrices de la escena. Y ellos lo tienen más que conseguido. Son credibilidad e intensidad, el punto justo para un drama clásico.

En cuanto a Ricardo Gómez o Amaia Salamanca, valores jóvenes que se estrenaban en la arena del Teatro Romano, la opinión va por barrios. Aunque la mayoría de espectadores, incluido el que escribe esto, es consciente y recibe el trabajo arduo que han realizado los dos para montar sus personajes. La energía que muestran en sus interpretaciones y el esfuerzo que ello le requiere, les falta el poso de un actor o actriz más trabajado en las grandes tragedias. Eso que no te da el ser mejor o peor que nadie, sino que te lo otorga la experiencia. Y a Amaia y Ricardo les falta eso, aunque tienen visos de convertirse en muy buenos artistas de teatro clásico…El tiempo lo dirá y ójala les volvamos a ver en Mérida. 

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Plaza, el director, es un experto en cuidar la escena del Teatro Romano de Mérida. Y aquí lo vuelve a conseguir. No defrauda al espectador tradicional que viene a buscar un montaje clásico con el máximo aprovechamiento de la boca del teatro. Una macro estructura en forma de escalinata, que eleva la posición de los actores sobre la grada y democratiza de este modo la escena haciéndola más accesible al público y a la línea visual que tenemos, otorga una belleza al conjunto de historias que sobrepasan por allí. Además, la iluminación, proyectando diseños constantes, desde el fuego a las estrellas, sobre el monumento, dotan a las escenas de cierto realismo ilusorio que carga de poesía el texto que se está recitando. Un vestuario cuidado y una dirección artística más que correcta hacen de ‘La Orestíada’ un montaje que se puede ver, disfrutar y sufrir. Una clase magistral de poesía del versionador y la revisión de una historia, en dos horas y cuarto, que en Mérida conocemos muy bien.

Sólo nos queda mandarle un mensaje a Plaza…te esperamos en la décimo segunda obra en Mérida.

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Guía básica para vivir la 63 edición del Festival de Mérida

Un año más, y como marca la tradición de este blog, os propongo una guía para vivir la 63 edición del Festival Internacional. Y conseguir que lo disfrutes con los cinco sentidos. El primer espectáculo en llegar es ‘La Orestiada’ de José Carlos Plaza, y con Amaia Salamanca y Ricardo Gómez como reclamo para el gran público.  Aún nos quedan muchas noches por vivir. Por ello, me atrevo a realizarles y proponerles una sencilla guía para que disfruten del Festival desde que aparquen en Mérida, hasta que vuelvan a sus casas:

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1.- Tapear. Intenten llegar a la zona del Museo Nacional de Arte Romano sobre las 21:00 horas. ¿El objetivo? Conseguir una mesa en las terrazas de José Ramón Mélida y aledaños. Le recomiendo probar las tostas de jamón ibérico, torta del Casar y morcilla de Guadalupe. Regadas por buenos vinos extremeños. Para los cerveceros pregunten si tienen cervezas artesanas extremeñas. En los últimos meses se han abierto nuevos establecimientos en la zona del Teatro, pero también por todo el centro de la ciudad. Tener una previsión horaria para comer puede ayudarnos a “digerir” mejor el montaje. Para los que no quieran cenar, cada Jueves de julio y agosto, el Museo Nacional de Arte Romano abre sus puertas de forma gratuita antes de cada espectáculo.

2.- Entrada al recinto. Yo recomiendo entrar al recinto sobre las 22:30 horas. Unos 15 minutos antes de las representaciones. De esta manera podrán recorrer tranquilamente el complicado empedrado de acceso. Aunque el Consorcio, dentro de su plan de accesibilidad, ha creado nuevas rampas, eliminando escaleras. Pero en el entorno de las caveas las piedras siguen protagonizando el recorrido, que puede complicarse, sobre todo si llevan zapatos de tacón. Disfrutar del entorno monumental y empezar a sentir el Festival y su noche. El romanticismo del empedrado nunca se pierde.

3.-Descubrir. Una vez ubicado en nuestra localidad. (No se lleven cojines que, excepto en gallinero (cavea media), todas las localidades tienen su cojín ya incorporado) Es importante mirar el monumento, disfrutar de él bajo la noche emeritense. Además, muy recomendable en esos minutos de abstracción, leer el ‘libreto’ de la obra en cuestión. Nos ayudará a comprender mejor el desarrollo de la historia y conocer su cuadro técnico y artístico.

4.-La obra. Si una obra tiene demasiada intensidad dramática, hay muchas posibilidades de que nos despistemos con las columnas o con las estrellas del cielo de Mérida. Y esto nos puede provocar una desconexión total del montaje. Céntrese en la historia, como si a su alrededor no estuvieran miles de personas. Es difícil, pero posible.

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5.- El después. Tras los prolongados aplausos del público emeritense, famoso por ser abundante en sus elogios y palmas. Le recomiendo que se acerque a la terraza ubicada justo encima de los camerinos. Desde allí, y con un mojito o refresco, contemplarán la espalda de Teatro Romano, sinuosa, provocándonos. En dicha terraza es habitual compartir copas con los actores y estrellas del montaje. Si está lleno, cualquier bar del entorno o centro de la ciudad es bueno para comentar las obras.

6.-No olvides. No hay que olvidar abanicos y rebecas. Sí, contradictorio. Pero las noches emeritenses son así de extrañas. Tan pronto hace un frío insoportable como un calor que derrite. También recomiendo una botella de agua durante la representación. Porque salir del graderío a oscuras hacia las barras es bastante complicado. Apagar el flash de tu móvil o cámara de fotos. Es horroroso comprobar cómo algún espectador cree que su pequeño flash llega hasta la escena del teatro. Además despista a cualquiera.

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Sobre el autor Paco Vadillo
@pacovadillo - Más que ver una obra de teatro. Mucho más que descubrir las voces de la escena española. Más allá de intentar comprender un mito en el libreto del director de turno...El Festival de Mérida puede ser una experiencia sensorial sencilla de vivir, compleja de entender, pero increíble para enamorarte de ella. Por ello, detrás de la escena, allá donde está el peristilo, donde la Xirgu mira con ojos dramáticos suceden cosas apasionantes. Encuentros imposibles, datos que pasan desapercibidos, recomendaciones para vivir el festival más allá de las caveas. Bienvenidos al entresijo de bambalinas ficticias del Teatro Romano de Mérida

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