Desde la segunda mitad del siglo XIX, impera la teoría de la productividad marginal: quienes son más productivos y, por ende, contribuyen más a la sociedad reciben unos ingresos más altos. ¡Ja!, a la vista está que no, porque los mercados no son perfectos y los gobiernos no solo no han corregido sus fallos sino que los han agravado desregulando la economía y dando manga ancha a los especuladores. Los mejores científicos han percibido por su enorme aportación una recompensa muy, muy inferior a la obtenida por los banqueros por su avaricia, una de las causas de la crisis.
Según el número 4 de la revista ‘Alternativas económicas’, en 2012 ocho bancos españoles repartieron 650 millones de euros entre 850 directivos y el ejecutivo de banca mejor pagado del país, Alfredo Sáenz -consejero delegado del Santander hasta hace mes y medio, cuando se jubiló con 88 millones de pensión-, ganó 8,23 millones, cien veces más que el presidente del Gobierno o el equivalente a 329 maestros. Y entre 2007 y 2011, los beneficios de las entidades financieras que cotizan en el IBEX 35 cayeron el 43,6%, mientras que las retribuciones de sus consejeros y directivos crecieron el 17,2%, según un informe de CC OO.
En cambio, los sueldos de los curritos no dejan de menguar. En el primer trimestre del año el coste salarial por trabajador y mes cayó en España el 1,8% (5,7% en Extremadura) en relación al mismo trimestre de 2012, hasta 1.809,22 euros de media (1.459,47 en Extremadura), según datos del INE. Mientras, en el mismo periodo los excedentes empresariales aumentaron 2,6 puntos porcentuales, según UGT.
En teoría, una reducción de los costes laborales conlleva un aumento de la productividad. Pero un trabajador más contento es más productivo. Y como dice el nobel de Economía Joseph Stiglitz en ‘El precio de la desigualdad’, “aunque no siempre está claro lo que es justo, y el concepto de equidad de las personas puede estar sesgado en su propio interés, cuando los directivos argumentan que es necesario reducir los salarios o que tiene que haber despidos para que las grandes empresas puedan competir, pero al mismo tiempo esos directivos se aumentan sus sueldos, los trabajadores consideran, con toda la razón, que lo que está ocurriendo es injusto”. Eso, según Stiglitz, afecta a sus esfuerzos, a su lealtad a la empresa, a su disposición a invertir en el futuro de ella y a cooperar con los demás, porque las personas no son como las máquinas; tienen que estar motivadas para trabajar duro. El economista Alfred Marshall defendía en 1895 que “una mano de obra bien remunerada por lo general es eficiente y, por consiguiente, no es una mano de obra cara”. En este principio se basa la teoría de los salarios de eficiencia defendida por Stiglitz. Este advierte que el empobrecimiento ha supuesto para las clases medias y bajas multitud de motivos de angustia: ¿acabarán perdiendo su casa?; ¿podrán pagar la universidad a sus hijos?; ¿de qué vivirán cuando se jubilen? Cuanta más energía dedican a esas angustias, menos les quedan para rendir en el trabajo. En Rusia, en tiempos del comunismo, la sensación general entre el proletariado de que no era remunerado como merecía tuvo un importante papel en el hundimiento de su economía. Según un dicho popular ruso: “Ellos fingían que nos pagaban y nosotros fingíamos que trabajábamos”.
(Publicado en el diario HOY el 16/6/2013)
Esta crisis cada vez guarda más similitudes con ‘El ángel exterminador’, dirigida por Luis Buñuel, cuyo guión coescribió con el pacense Luis Alcoriza. En esta película un grupo de burgueses es invitado a una cena en la mansión de los Nóbile tras asistir a la ópera. Entonces, los sirvientes y cocineros se sienten impelidos a dejar la casona y se marchan. Al acabar de cenar, los invitados se disponen a irse cuando se dan cuenta de que no pueden salir de la estancia por algún extraño motivo que desconocen, aunque aparentemente no hay nada que se lo impida. A medida que van pasando los días, el alimento y la bebida escasean, la basura se acumula, los personajes enferman y las buenas costumbres y la cordialidad poco a poco se van perdiendo y los burgueses terminan por comportarse como auténticos salvajes. Sobreviven gracias a un hato de ovejas que entra en la habitación de forma inexplicable y que no dudan en sacrificar para matar el hambre. Por fin logran salir de la casa después, curiosamente, de que todos recuperasen la misma exacta postura en que comenzó la trágica encerrona y de que una de las invitadas tocara la misma sonata de Paradisi que interpretó al inicio. A continuación, van todos exultantes a una misa de ‘Te Deum’ y, cuando termina, nadie puede abandonar la iglesia. Pero ahora ya no es una decena de personas sino una multitud la que está atrapada, y vemos entrar en el templo a todo un rebaño ovino, mientras la policía reprime a balazos unas manifestaciones en el exterior.
Como en el filme del genio de Calanda, acabada la fiesta, la burguesía de cartón piedra de este y otros países del primer mundo se ha visto atrapada en una crisis de la que es incapaz de salir. Ahogada por el cierre del grifo del crédito y la menguante demanda, ha perdido las buenas maneras y ha tomado salvajes medidas de ajuste, llegando a sacrificar para sobrevivir a pobrecitos corderos. Todos esos recortes y sacrificios solo han servido para acabar en la posición de partida, pero con la ropa y los nervios hechos jirones. La salida sigue siendo la misma que hace cinco años -más estímulos y menos austeridad-, con una grave diferencia: por el camino han sido sacrificados muchos corderos, hay mucha más gente atrapada, la burguesía por perder ha perdido hasta el decoro y en el exterior la crispación social y las protestas se han multiplicado. Para salir de esta encerrona solo hace falta voluntad. Sin embargo, hay un ángel exterminador, cual el Abadón del Apocalipsis, que parece impedirlo; en realidad es Ángela, la reina de las langostas, más conocida como Merkel, cuya etimología desconozco pero que suena muy parecido a ‘market’ (‘mercado’ en inglés).
Mientras, los mercaderes del templo siguen mandando corderos de Dios al matadero cuando empiezan a añejarse y tras ser trasquilados y desollados vivos. Es para encabronarse, pero nos hemos aborregado tanto que, lejos de tirar coces, balamos por las verdes praderas de antaño y, cuando el pastor se nos acerca con las tijeras, ponemos carita de cordero degollado implorando su piedad. Lo peor es que, aunque la puerta del redil está abierta, tampoco somos capaces de salir. ¿Adónde vamos a ir visto que la sequía y las plagas de langosta han dejado todo hecho un erial?
(Publicado en el diario HOY el 9/6/2013)
“Dientes de rata, dientes de rata, / muérdeme flojito, / que fuerte tú me matas”, canta Zenet. Pero las ratas de la UE y del Banco de España siguen apretando los dientes, ¡ay!, y duele cada vez más; como no aflojen lo mismo ya no lo contamos. Y mira que ha aumentado nuestra capacidad de aguante con esta apestosa crisis. Pero todo tiene un límite y Linde, el ojo financiero que todo lo ve, lo ha sobrepasado. No contento con los resultados de la reforma laboral aprobada por Rajoy pide, como Bruselas, darle otra vuelta de tuerca, como si del garrote vil se tratara. Las estadísticas le dan la razón: no ha reducido el paro, lo ha desbocado, hasta tal punto que el propio Ejecutivo reconoce que acabará la legislatura con más desempleo del que heredó del malo malísimo de ZP.
Los dos principios activos de tan amarga medicina son: el abaratamiento del despido y la rebaja de los salarios. ¿Eh, facilitando el despido se generará más trabajo? Un oxímoron, ¿no?, pues eso nos venden los farmacéuticos neoliberales. Juegan con que ante la amenaza de ir a la calle, muchos trabajadores accedan a bajarse el sueldo; ya saben, que elijan susto en vez de muerte. Así, se frenaría la sangría del paro y se salvarían muchos negocios. Las grandes empresas empiezan a optar por los recortes de sueldo en lugar de por los de plantilla. En cambio, las pequeñas y medianas, que crean entre ocho y nueve de cada diez empleos, no cesan de despedir. Quizá sea porque lo tienen más fácil, dado que sus empleados suelen ser precarios y temporales y, por tanto, están menos protegidos, pero también, en muchos casos, es porque no tienen alternativa, asfixiadas por el cierre del grifo del crédito y la fuerte caída de la demanda.
Esa es la fuente de todos los males: la demanda, estúpido, porque el consumo de los hogares representa un 60% del PIB español, es el motor de la economía. ¿Y quién va a consumir y, por ende, comprar lo que producen las empresas si se reduce el poder adquisitivo de los curritos bajándoles el salario, o mandándolos al paro o a la tumba laboral si pasan de los 45, o forzándolos a hacer hucha al advertirles que deberán trabajar más tiempo para jubilarse más tarde y cobrar menos pensión? Si les dejan, porque a los 50 ya eres un lastre, un recurso humano obsoleto.
Pero cuando el tonto coge una linde y la linde se acaba, el tonto sigue. Y según Linde y compañía, no hay que cambiar de medicina sino incrementar la dosis; o sea, si no quieres caldo, toma dos tazas. ¿Cómo? Permitiendo al patrón pagar salarios por debajo del mínimo (645 euros mensuales) o fuera de convenio o descolgarse temporalmente del mismo, es decir, no aplicarlo para poder recortar las nóminas. A este paso, como dice mi compañero de faena Jorge, acabaremos como los esclavos que construyen las pirámides en ‘Asterix y Cleopatra’, negociando los latigazos que recibimos del capataz.
Es como el enfermo de la fábula de Esopo al que el médico le preguntó cómo estaba y dijo que había sudado más de lo normal. El médico dijo: “Eso es bueno”. Preguntado una segunda vez, dijo que había sido sacudido por escalofríos. El médico repitió que eso era bueno. A la tercera vez que le preguntó, dijo que le había sobrevenido una diarrea. El médico dijo que eso iba bien y se marchó. Un pariente fue a verle y le preguntó cómo estaba. El enfermo le respondió: “Yo me muero a fuerza de ir bien”.
(Publicado en el diario HOY el 2/6/2013)
Vuelve el landismo, vuelve la música de los 80 y 90, vuelve David Bowie, vuelve Paco de Lucía, vuelve el Barça a ganar la Liga, vuelve el Atleti a ganar al Real Madrid una final de la Copa en el Bernabéu, vuelve Florentino a estrellarse, vuelve Mourinho al Chelsea, vuelve la austeridad thatcherista aunque en versión alemana, vuelve la ultraderecha a coger bríos aquende y allende el Canal de la Mancha y amaga con volver José María Aznar, el inflador de la burbuja inmobiliaria, el colega de Blesa, el suegro de Agag, el azote de nacionalistas vascos y catalanes, uno de los cruzados de las Azores, el patito feo que se metamorfoseó en ‘Ánsar’.
Envuelto en la enseña rojigualda, Aznar reapareció esta semana en la tele como el Rey Sol, como un superhombre más allá del bien y del mal, como un salvador de la patria, como el gallo de Morón, cacareando y sin plumas, alzando la cresta, pontificando y dando picotazos a su antaño delfín y amenazando, de forma sibilina, con destronarle en el corral. Es el mundo al revés, el pájaro bobo de Rajoy ha montado un circo y le crecen los enanos: el ganso con aires de gallo bajo cuya ala medró ahora es el principal líder de la oposición y su eterno rival, el ave fría de Zapatero, su más fiel servidor; y, para más inri, sus barones se le ponen gallitos porque quiere cambiar dinero por independencia con el buitre catalán, y para hacerles frente encuentra un inesperado aliado en el milano andaluz. Es algo parecido a lo que pasa en la dehesa: mientras el ‘verso suelto’ le pone alfombra roja al amigo socialista, de pico de oro, del hombre más rico del mundo y se mira en el espejo del ‘bellotari’, este hace leña de la vara caída.
Felipe González ‘el Animoso’ siempre dice aquello de que los expresidentes son como jarrones chinos en casas pequeñas, es decir, estorban en todos los sitios. Pero los hay que se resisten a ser meros objetos decorativos, suspiran por el eterno retorno y se dedican a romper cristales o sentar cátedra. Es lo que tiene ascender rápido y estar demasiado tiempo en la cima, uno termina víctima del mal de altura o de delirios de grandeza. Otros lo llaman el síndrome de la Moncloa. Aznar lo padece aún en grado sumo, pese a dejar la presidencia hace nueve años, y se cree Josemari I ‘el Deseado’, cuando, en realidad, es el ‘Rey Felón’.
Sin embargo, presidente, recuerde que nunca segundas partes fueron buenas, salvo ‘El Padrino II’ y ‘Desde Rusia con amor’ (la segunda entrega de las aventuras de James Bond), como se cansaba de repetir el cascarrabias de Pumares en el mítico programa radiofónico de cine (y gastronomía) ‘Polvo de estrellas’. Bueno, mi amigo Bruno añade ‘Este muerto está muy vivo 2′, Quizá Aznar, con la correa cada vez más apretada al cuello, es lo que quiere dejar claro a los que lo daban por enterrado. Ay, qué pesado, qué pesado, siempre pensando en el pasado. Josemari, tu tiempo ya pasó y no me vengas con esa cantinela de: “Volver / con la frente marchita / las nieves del tiempo, / platearon mi sien. / Sentir / que es un soplo la vida, / que veinte años no es nada / que febril la mirada / errante en las sombras / te busca y te nombra. / Vivir / con el alma aferrada / a un dulce recuerdo / que lloro otra vez”… y no ha de volver.
(Publicado en el diario HOY el 26/5/2013)
La semana pasada murió Alfredo Landa, el Jano del cine español, encarnación de esa puerta que fue la Transición, el hombre de las dos caras de España, la cómica y la trágica: capaz de hacernos reír deseando a la vecina del quinto y persiguiendo suecas por las playas de Benidorm, y de hacernos llorar dando vida al servil santo inocente de Paco ‘el Bajo’, tratado como un perro por su señorito feudal.
El Landa serio no entró en escena hasta la democracia. En los 70, durante el tardofranquismo, era el rey del desmadre, el creador del landismo, una fachada de celuloide en color erótico-festiva tras la que se ocultaba una realidad aún en blanco y negro y represiva que olía a incienso y cirio. Los españoles reían por no llorar con estas películas. Retrataban la España del macho ibérico (bajito, de pelo en pecho, salido, analfabeto funcional, pícaro…), del desarrollismo, del sol y playa, de Benidorm como meca, las suecas, la emigración a Alemania…
Cuatro décadas después, la España del landismo parece superada. Parece, pues solo se ha actualizado. Hoy seguimos mirando el culo de Suecia, Alemania vuelve a ser la tierra de promisión para nuestros jóvenes trabajadores y nuestros gerifaltes vuelven a sacrificarlo todo en aras del crecimiento económico: vuelven a pensar en gris cemento en lugar de en verde y quieren reactivar el turismo de sol y playa y ruleta y tragaperras como motor de la economía con una laxa Ley de Costas y proyectos como Eurovegas. El desarrollismo ha vuelto al poder.
También ha vuelto a las pantallas el macho ibérico. Ahora se exhibe menos en el cine y más en la caja tonta, en programas como ‘Gran Hermano’ o ‘Mujeres y hombres y viceversa’. Es más alto y musculado, está depilado, prefiere Gandía a Benidorm, pero es tanto o más chabacano, machista, espabilado, lascivo e inculto. Sin embargo, ni todos los españolitos de los 70 eran como el personaje de Landa ni todos los jóvenes de ahora son como los de los ‘reality shows’. Son una minoría (ver V del 10 de mayo), pero se han convertido en un estereotipo que sirve a las cadenas de televisión como pretexto para hacer dinero y al verdadero Gran Hermano para justificar una reforma educativa que parece retrotraernos a los tiempos de ‘El florido pensil. Memoria de la escuela nacionalcatólica‘, con el fin de hacer de nuestros jóvenes españoles como Dios manda.
Sin embargo, ese mismo Gran Hermano es el que recorta en Educación y en I+D+i y se deja escapar a cerebros como Diego Martínez Santos, físico gallego de 30 años al que el Gobierno denegó una beca el mismo día que lo premiaron como el mejor de Europa, o la bióloga Nuria Martí Gutiérrez, que, tras ser despedida, vía ERE, del Centro de Investigación Príncipe Felipe de Valencia, ha participado en el equipo de científicos de EE UU que ha logrado clonar células madre embrionarias humanas con fines terapéuticos.
Quizás nuestro Gran Hermano desconfía de la gente con cerebro y talento, ya que suele ser crítica e independiente, y vea más eficaz reeducar a las nuevas generaciones para que acepten, resignadas, vivir en ‘Argirogracia’ y se olviden de ‘Autonomía’, el utópico país del que nos habla Juan Grave en ‘Las aventuras de Nono’, texto infantil de cabecera de la Escuela Moderna, creada por Francisco Ferrer i Guardia.
(Publicado en el diario HOY el 19/5/2013)
A quienes piensan que a los plumillas nos gusta dar malas noticias, por eso de que la mala prensa vende más que la buena y las desdichas dan más titulares que las dichas. Nada más lejos de la realidad, pero sería alejarse de esta y propio de alguien que aún vive en la burbuja, irresponsables, miopes, avestruces o timadores negar la evidencia. Y la evidencia es que, si bien no somos Bangladesh, estamos peor que justo hace tres años, cuando estábamos mal y el entonces inquilino de la Moncloa, Zapatero, se bajó los pantalones y frau Merkel le dio un soberano palmetazo en el trasero y le forzó a meternos la tijera hasta el corvejón. Aquel fue bautizado como el mayor tijeretazo social de la historia de España…, hasta entonces. Luego llegaría Mariano con las rebajas y lo superaría con un hachazo en toda regla.
¿Y cuál ha sido la consecuencia de tres años de calvinista austeridad? Que ahora estamos fatal, como confirman los datos: la economía se ha hundido en la recesión y si en el primer trimestre de 2010 aún crecía el 0,1%, en el mismo periodo de 2013 cayó el 0,5% y no empezará a remontar hasta dentro de un año como pronto; pese a tanto recorte, España debe 314.000 millones más y el déficit apenas ha bajado (del 11,1% del PIB al 10,6%, incluido el rescate a la banca); hay 1,6 millones de parados más; y aquellos que aún tienen la fortuna de tener trabajo o una pensión tienen menos poder de compra, víctimas de reducciones de sueldo, repagos y subidas de impuestos. ¿Y la temida prima de riesgo? En mayo de 2010 nos hacía temblar al superar los 150 puntos básicos, ahora se celebra que se acerque a los 280 tras llegar a superar los 400. Eso significa que nos cuesta casi el doble que hace tres años pedir prestado a los sacrosantos mercados y cada vez más de lo que ahorramos se nos va en apoquinarles los intereses.
Pero no hace falta conocer estos fríos números para darse cuenta de que la sangría recetada por los doctores de Berlín y Bruselas no ha hecho sino agravar nuestro anémico estado. Basta con mirar nuestro bolsillo y a nuestro alrededor. Quien más o quien menos tiene a alguien próximo o muy próximo en paro, incluso con hijos a su cargo, mayor de 45 años y cobrando solo el subsidio de 426 euros al mes, con suerte; o al borde del desahucio, víctima de la crisis o la estafa de una promotora o el abuso de un banco; o enfermo o discapacitado al que no le llega la pensión para pagarse las medicinas y la asistencia; o que, a hurtadillas, acude a Cruz Roja, Cáritas o el Banco de Alimentos a mendigar comida o ropa…
¿Y cómo se puede salir de esta? Lo primero hay que dejarse de sangrías y empezar con las transfusiones de sangre, pero ya y a chorros, nada de con cuentagotas, como están haciendo el BCE y la Comisión Europea. Lo segundo, y no menos importante, es un gran pacto social. Señores Rajoy, Rubalcaba y compañeros mártires, déjense de politiquerías y hagan política. De este pozo no salimos si cada uno tira para su lado, sin apoyo mutuo. Dejémonos de egoísmos y soberbias. Todos tenemos que arrimar el hombro, desde todos los partidos políticos, todos, hasta trabajadores y empresarios. Todos tenemos que aportar y ceder, todos, no siempre los mismos, los de abajo. ¡Basta ya de marear la perdiz! El tiempo no es que sea oro, es vida.
(Publicado en el diario HOY el 12/5/2013)
El último barómetro del CIS confirma la creciente desconfianza, cuando no indignación, de los ciudadanos con la mayoría de las instituciones. Solo aprueban la Guardia Civil (5,7), la Policía (5,6) y las Fuerzas Armadas (5,2). Suspenden, con muy deficiente, los partidos políticos (1,83) y el Gobierno (2,42), pero también la antaño sacrosanta Monarquía (3,68), que acusa el caso Urdangarin, la imputación de la infanta Cristina y las cacerías del Rey. La Corona es poco mejor valorada que la Iglesia (3,56) y el Poder Judicial (3,52), aunque peor que el Defensor del Pueblo (3,9) y los medios de comunicación (4,7). Tampoco alcanza el suficiente ninguno de los líderes políticos, siendo Rajoy (2,4) y Rubalcaba (3) los que más calabazas reciben; es más, ni siquiera pasan el examen de sus votantes.
La pésima imagen que tiene la ciudadanía de todos los poderes del Estado, desde el primero al cuarto, es para preocuparse, porque abona con estiércol el caldeado campo del que emergen los populismos, sean de izquierdas o de derechas, y los nacionalismos, sean el catalán, el vasco o el español. De hecho, el país está cada vez más polarizado: hay cada vez más españoles de la meseta que quieren un Estado centralista, sin autonomías o con comunidades con menos competencias, mientras que crece el separatismo en Cataluña y ya uno de cada tres catalanes quiere independizarse. Ello no ha provocado ningún ruido de sables, pero sí algún rumor, si bien apagado ‘ipso facto’ por quien tiene el mando y el palo. También es para preocuparse que la mayoría del pueblo, agobiada por el paro y los problemas económicos y asqueada de la corrupción y el fraude, solo parece fiarse de quienes la protegen arma al cinto. La explicación quizá esté en que la creciente crispación social, la demonización de las protestas ciudadanas por parte del PP y corifeos y el incremento de los robos y otros delitos menores, causado por el aumento del desempleo y de la pobreza, han intensificado la sensación de inseguridad. ¡Cuidado!, porque quien se siente inseguro es más proclive a vender su libertad a cambio de protección.
Lo que denota la encuesta del CIS es que la gente percibe a sus representantes no como mediadores sino como intermediarios o gestores. “Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor ya tienen su paga, y puesto que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón”. Con esas palabras, el papa Francisco aludía el Jueves Santo a los curas que terminan “tristes” y convertidos en una especie de “coleccionistas de antigüedades o bien de novedades”, en vez de ser “pastores con olor a oveja, pastores en medio de su rebaño”. Pero esas palabras me parecen extensibles a políticos, jueces, periodistas o cualquier otra profesión que preste un servicio público y que requiera tener vocación social. Como advierte el pontífice, “nuestra gente agradece cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, las periferias donde el pueblo fiel está más expuesto (…), donde hay sufrimiento, sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones”. En plata, hay que bajar al barro. Lo dice hasta el Papa de Roma.
(Publicado en el diario HOY el 5/5/2013)
¿Por qué el Gobierno del Partido Popular lo llama “recargo temporal de solidaridad” cuando quiere decir subida del IRPF? ¿Por qué lo llama “novedad tributaria” cuando quiere decir subir o crear impuestos? ¿Por qué lo llama “cambiar la ponderación de la imposición sobre el consumo” cuando quiere decir subida del IVA? ¿Por qué lo llama “reordenar las cifras del cuadro macroeconómico” o “hipótesis que han dado lugar a unas envolventes muy prudentes” cuando quiere decir empeorar sus previsiones económicas? ¿Por qué lo llama “crecimiento negativo” cuando quiere decir recesión? ¿Por qué lo llama “apoyo financiero” o “préstamo en condiciones extremadamente favorables” cuando quiere decir rescate a la banca? ¿Por qué lo llama “reformas estructurales” cuando quiere decir recortes? ¿Por qué lo llama “flexibilidad laboral” cuando quiere decir abaratar el despido? ¿Por que, siguiendo al BCE, lo llama “devaluación competitiva de los salarios” cuando quiere decir bajadas de sueldos? ¿Por qué lo llama “Sareb” cuando quiere decir banco malo? ¿Por qué lo llama tener el Estado “titularidad indirecta” de Bankia cuando quiere decir nacionalización? ¿Por qué lo llama “copago” farmacéutico cuando quiere decir repago? ¿Por qué lo llama “movilidad exterior” cuando quiere decir emigración o fuga de cerebros? ¿Por qué lo llama “regularización fiscal extraordinaria” o “medidas excepcionales para incentivar la tributación de rentas no declaradas” cuando quiere decir amnistía fiscal? ¿Por qué lo llama “acoso”, “amenaza”, “coacción” o “nazismo puro” cuando quiere decir escrache? ¿O por qué lo llama “pago en diferido” cuando quiere decir defraudar a la Seguridad Social?
A imagen y semejanza del poder totalitario de la novela distópica de George Orwell ’1984′, nuestro Gobierno, con Gran Hermano Rajoy al frente, se ha inventado una neolengua políticamente correcta para dulcificar la cruda realidad y la crudeza de sus medidas e imposibilitar otras formas de pensamiento. Con sus eufemismos, pretende hacernos comulgar con ruedas de molino y que llamemos al vino pan y al pan vino. Así, el ministro de la Abundancia, Luis de Guindos, insiste en que estamos mucho mejor que cuando el PP llegó al poder, pese a que hay más paro, menos crecimiento económico y más déficit público. Y el horizonte que el propio De Guindos vislumbra no es mucho más halagüeño, pues Rajoy acabará su mandato con más deuda y desempleo que cuando lo empezó.
En la oposición, Rajoy prometió que diría siempre la verdad a los españoles y nada más ser investido presidente aseguró que daría la cara y jamás se escondería. 15 meses después, prefiere dirigirse a la plebe a través de pantallas de plasma y sin admitir preguntas de la prensa y tiene la nariz más larga que Pinocho de practicar tanto el orwelliano ‘doblepensar’(sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, como defender la austeridad para estimular la economía o abaratar el despido para crear empleo, y decir mentiras a la vez que se cree sinceramente en ellas). Pero como no quiere dejar que la realidad estropee un bonito titular, Gran Hermano Rajoy ha convertido el Ministerio de Educación y Cultura en un Ministerio de la Verdad y el del Interior en un Ministerio del Amor, cuyo principal objetivo es perseguir los crímenes de pensamiento.
(Publicado en el diario HOY el 28/4/2013)
No soy partidario de los escraches, entendidos como protestas ciudadanas ante los domicilios privados de personajes públicos. Considero que el derecho de reunión y manifestación, reconocido en el artículo 21 de la Constitución, tiene su límite en el derecho a la intimidad, tanto personal como familiar, recogido en el artículo 18.
Sin embargo, hasta los propios convocantes han empezado a llamar escrache a cualquier protesta, incluidas las manifestaciones ante sedes de partidos, instituciones u oficinas bancarias, así como en actos públicos, como inauguraciones o conferencias, donde acuden políticos o gobernantes. Pero eso no son escraches, son ejercicios legítimos del derecho de manifestación.
No obstante, la inmensa mayoría de los escraches organizados por las víctimas de los desahucios han sido pacíficos, por lo que tildarlos de “nazismo puro” y de reflejo de “un espíritu totalitario y sectario” propio de los años 30, como hizo hace una semana María Dolores de Cospedal, es sacar las cosas de madre, pasarse tres pueblos, una hipérbole malintencionada que solo busca demonizar las protestas ciudadanas y convertir a las víctimas en verdugos y viceversa. Esas palabras de la número dos del PP son un ejemplo de ‘reductio ad Hitlerum’ (reducción a Hitler), expresión acuñada en 1951 por Leo Strauss, filósofo político judío germano-estadounidense e ideólogo de los ‘neocons’. Según Strauss, esta falacia consiste en refutar un punto de vista de la contraparte acusándolo de nazismo. En el mismo sentido, el abogado Mike Godwin enunció en 1990 la Ley de Godwin o regla de las analogías nazis, según la cual, al crecer una discusión por Internet, la probabilidad de que aparezca una comparación relacionada con los nazis o Hitler se aproxima a uno. Por extensión, su enunciado se puede aplicar a cualquier abuso o uso inapropiado de las analogías nazis en artículos o discursos, especialmente políticos, caso de las palabras de Cospedal o cuando, hace más de un mes, Ibarra, haciendo alarde de su habilidad para, por cierto, romper cristales, comparó a Artur Mas con Hitler y Mussolini.
Lo peor de estas falacias es que, a base de repetirlas hasta la náusea, acaban, cual virus, infectando las mentes de buena parte de los españoles, amén de desviar la atención sobre la verdadera cuestión: que hay decenas de miles de familias que se han quedado sin su casa víctimas de abusos de la banca consentidos por el Gobierno de Rajoy y antes por el de Zapatero, por mucho que los socialistas, llevados por cálculos electoralistas, rechacen ahora el apaño legislativo aprobado por el Congreso con solo el voto de los populares. Apaño que cierra en falso el problema de los desahucios, porque no lo resuelve, solo alivia con tiritas los casos más sangrantes.
La reiteración de una falacia es una estrategia que practicó con maestría precisamente un nazi, Joseph Goebbels, ministro de la Propaganda alemán, quien decía que “una mentira mil veces repetida se transforma en verdad”. Aunque ya hay mentiras, que por mucho que se repitan, no se las cree ni Dios, como que sus capos no compraron la ‘omertà’ de Luis ‘el cabrón’ pagándole lo que no hay en los escritos por no trabajar, mientras tratan de escatimarles el pan y la sal a los más de seis millones de parados.
(Publicado en el diario HOY el 21/4/2013)
El 8 de abril nos dejaron Margaret Thatcher y José Luis Sampedro: el yin y el yang de la economía. Ella se sentaba a la derecha de Mammón y él, a la izquierda. Ella era la Dama de Hierro; él, el amante lesbiano de sonrisa etrusca. Ella era la Bruja del Oeste, de la que es digna heredera la Bruja del Este, Angela Merkel; él era el Mago de Oz. Ella representó la arrogancia del poder; él, la humildad de los sin poder. Ella era una vieja sirena que con su áureo y neoliberal canto nos atrajo a la trampa en la que hemos naufragado; él era un viejo sabio que se convirtió en faro paro los indignados náufragos. Ella, de la mano de su amigo americano, el titán Reagan, desató los vientos que provocaron las actuales tempestades; él nos ha enseñado como domeñarlos, aunque poco caso le hagamos. Él decía que hay dos tipos de economistas: los que trabajan para hacer más ricos a los ricos y los que trabajan para hacer menos pobres a los pobres. Él era de los segundos; ella aplicó las recetas de los primeros. Para ella el Estado era el enemigo; para él, el dinero. Y ella revitalizó a don Dinero; él dictó su sentencia de muerte. “El capitalismo está agotado”, advertía él. “No hay libertad, a menos que haya libertad económica”, sostenía ella. “Solo los ingenuos y algún premio nobel de economía llegan a creer que nuestro mercado encarna la libertad de elegir, olvidando algo tan obvio como que sin dinero no es posible elegir nada”, replicaba él. Y alertaba: “Somos naturaleza. Poner al dinero como bien supremo nos conduce a la catástrofe”.
En definitiva, el pasado de ella marca nuestro presente, pero él nos ha señalado el futuro. “Yo no digo que lo pasado sea lo mejor. Digo que el capitalismo en su momento fue naciente, pero ahora es insostenible”, insistía el maestro Sampedro. “El sistema está roto y perdido, por eso tenéis futuro”, nos animaba. Porque esta crisis es una “barbarie”, como él la definía, pero también es una oportunidad. Es una barbarie porque está cargada de pulsión de muerte, causando muchas víctimas, como esa pareja de Santiago de Compostela que se mató a tiros en un “suicidio concertado” debido a que su negocio iba mal. Es una barbarie porque ha sido causada por un “capitalismo parasitario” -al que dio alas Thatcher y compañía- que, desde la caída del muro de Berlín en 1989, salta de un país del que se ha sacado todo el provecho a otro, y así sucesivamente, como explicó, el mismo día que murió Sampedro, en uno de esos países hospederos, Portugal, el filósofo polaco Zygmunt Bauman, otro viejo sabio, otro apátrida entre dos bandos y otro referente para los que creen que otro mundo es posible.
Mas esta crisis también es una oportunidad de cambiar un sistema en el que el tiempo es oro por otro en el que el tiempo sea vida; es una oportunidad de derrocar la tiranía del 1% por la Economía del Bien Común (EBC), la que practican cooperativas como ‘La Fageda’, en Gerona (ver V del 11 de abril), en las que el fin no es ganar dinero, sino “generar puestos de trabajo, formar a las personas, aportarles bienestar”. Esta era la economía en la que creía Sampedro. El padre de la EBC, el economista austriaco Christian Felber, vaticina que esto que hoy parece impensable algún día será lógico. Dios le oiga y Sampedro se la bendiga.
(Publicado en el diario HOY el 14/4/2013)



