Hoy

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La presa
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El Zurdo | 11-12-2017 | 17:35| 0
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Esta semana ‘El Mundo’ ha publicado las declaraciones en el juicio, ya visto para sentencia, de uno de los cinco integrantes de ‘La Manada’ y de la chica que los acusa de violarla en grupo en un portal de Pamplona la madrugada de San Fermín de 2016. De esos interrogatorios se infiere que la defensa trató de convertir el juicio contra los denunciados en un juicio contra la denunciante. Su estrategia se centró en la presunción de culpabilidad de la víctima, en poner en cuestión su decencia, a fin de demostrar que fue una relación consentida. La conclusión machista de esta estrategia perversa es que una mujer de «vida alegre» tiene muchas menos probabilidades de ser violada que una mujer recatada y, sobre todo, de ser creída, porque, en definitiva, se lo habrá buscado.

Por tanto, la sentencia del tribunal dependerá de lo que entienda por consentimiento. Consentir no es lo mismo que desear, aunque la defensa haya utilizado ambos términos como sinónimos. Se puede consentir por coacción o miedo. De hecho, así lo refleja la chica en su relato pormenorizado. «Recuerdo la puerta [del portal], llegamos al cubículo ese, y fue cuando empecé a sentir más miedo porque me vi rodeada por ellos», respondió a preguntas de la fiscal. «Estaba totalmente en ‘shock’, no sabía qué hacer, quería que todo pasara rápido y cerré los ojos para no enterarme de nada y que pasara rápido», agregó. «No sabía cómo reaccionar y no reaccioné, reaccioné sometiéndome», admitió.

También, como buscaba la defensa, confesó que al regresar a casa se sentía muy culpable de lo ocurrido porque creía que lo podría haber evitado y pensaba que «les estaba jodiendo la vida» a los encausados. Asimismo, desveló que tenía pesadillas, insomnio, problemas de concentración, que no podía parar de llorar y que sigue una psicoterapia.

Esa mezcla de culpabilidad, vergüenza y depresión es habitual en las víctimas de agresión sexual. Es lo mismo que, por ejemplo, sentía Kozarac, madre de dos hijos violada durante la guerra de Bosnia. En ‘No matarían ni una mosca’, la autora, Slavenka Drakulic, cuenta que Kozarac le describió su sentimiento de humillación y suciedad, de absoluta impotencia, de una especie de ausencia de su cuerpo; le habló de su deseo de desaparecer, de morir instantáneamente.

Sea cual sea el veredicto, hay un hecho que retrata a los acusados, que deja patente su concepción de las mujeres. «Tal y como fuimos eyaculando pues nos fuimos», detalló el considerado cabecilla del grupo, el tal Prenda, al explicar cómo, consumada su correría, se marcharon uno a uno del portal, dejando a la chica allí sola, tirada en el suelo semidesnuda, sin intercambiar una palabra con ella, sin preocuparse lo más mínimo por si lo había pasado bien, sin interés alguno en volver a verla. El quintento se comportó así como lo que hace llamarse, una manada de depredadores, una muta de caza que, una vez abatido el objetivo, una vez cobrado el trofeo y repartido entre sus miembros, una vez ha triunfado su voluntad, una vez aplacado su frenesí, se desentiende de la presa, como el lobo que deja los restos de su cacería a la intemperie para que sirvan de comida a los carroñeros. Y para que quede constancia, para alardear ante el irrespetable, han inmortalizado unos fragmentos de su hazaña, carroña para los devoradores de telebasura y videocarnaza, esa que pasa de móvil a móvil, de manada a manada.

(Publicado en el diario HOY el 10 de diciembre de 2017)

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Por listos
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El Zurdo | 06-12-2017 | 22:41| 0

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Un mal muy extendido es el creernos más listos que nadie y de lo que somos. Es lo que se conoce como el efecto o el síndrome de Dunning-Kruger. Por el contrario, los que saben de verdad suelen subestimarse y piensan que lo que es fácil para ellos también lo es para otros. El tal efecto debe su nombre a los psicólogos David Dunning y Justin Kruger, que concluyeron en un estudio publicado en 1999 que: «La sobrevaloración del incompetente nace de la mala interpretación de la capacidad de uno mismo. La infravaloración del competente nace de la mala interpretación de la capacidad de los demás».

Lo primero es un síntoma claro de estupidez y de su hermana bastarda, la arrogancia. Si los sabios más sabios como Sócrates solo saben que no saben nada, «los necios más necios de todos son aquellos que creen que lo saben todo y nunca cometen errores», como diagnostica el publicista italiano Giancarlo Livraghi en su ensayo ‘El poder de la estupidez’.

Solo podemos librarnos de la necedad a través de la duda, de cuestionárnoslo todo. Así lo entiende el escritor checo Milan Kundera, para quien «la estupidez nace de tener una respuesta para todo; la sabiduría de tener una pregunta para todo». El estúpido es un egotista enamorado de su voz. Por ello, para Livraghi, los antídotos más eficaces contra la estupidez son el escuchar y la curiosidad insaciable. «Yo no tengo ningún talento especial. Solo soy un curioso empedernido», decía Albert Einstein.

Sin embargo, Internet y las redes sociales han matado la curiosidad y han alimentado a su hijastra, el chismorreo, propagando el síndrome Dunning-Kruger. En el mundo virtual, la mayoría de la información es manipulada por artificieros que desconocen la materia y que tampoco se molestan en confirmar sus fuentes con el esmero debido, amén de que nuestro filtro o pereza mental nos hace percibir y asumir solo lo que encaja bien con nuestras creencias. De resultas, como advierte Livraghi, cuando las ignorancias de varias personas encajan unas con otras, la cantidad y la calidad de la información intercambiada tienden a cero o llegan a ser negativas, con lo cual reafirman falacias, prejuicios, tópicos y errores.

Esto explica en parte los triunfos de Trump y el ‘brexit’ o el auge de nacional-populismos como el catalán. Trump y Puigdemont son ejemplos de libro del síndrome Dunning-Kruger, que, no obstante, está muy difundido entre los políticos, sin distinción. Lo peor es que el poder es una droga adictiva que acentúa y multiplica ese perverso efecto. Los que ostentan el bastón de mando terminan creyéndose a menudo mejores y más inteligentes que el común de los mortales. Además, están rodeados de palmeros, besapiés y buitres que engordan su superioridad ilusoria. Como señala Livraghi, la gente que está al servicio de los poderosos (o lo desea) medra en una relación de estúpida simbiosis con ellos, lo que tiende a acrecentar la estupidez del poder.

Por ende, el poderoso acaba menospreciando al ciudadano, que deviene súbdito al que trata como a un crío. Y el autor italiano avisa: «Los que nos hacen de niñeras se esfuerzan lo suyo por limitar nuestra libertad, difuminar nuestra capacidad crítica e incrementar su poder. De un modo u otro nos prefieren estúpidos». Sí, porque los estúpidos siguen confiando en quien ya les ha engañado más de una vez. Pero eso tiene una fatal consecuencia: la atrofia degenerativa de la sociedad.

(Publicado en el diario HOY el 3 de diciembre de 2017)

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Y líbranos del mal
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El Zurdo | 28-11-2017 | 13:37| 0
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En julio de 1995, el ejército serbobosnio tomó a sangre y fuego Srebrenica y asesinó a casi 8.000 hombres y niños musulmanes. Aquella fue la mayor masacre de la historia de Europa desde la II Guerra Mundial. Al mando estaba el general Ratko Mladic, ‘el carnicero de los Balcanes’, que actuaba bajo las órdenes del poeta y psiquiatra Radovan Karadzic, presidente de la República Srpska. Por ese genocidio y otros crímenes contra la humanidad, ambos han sido condenados por el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY). Karadzic fue sentenciado a 40 años de prisión en marzo de 2016 y Mladic a cadena perpetua el pasado miércoles.

Según Slavenka Drakulic, existe la tentación de llamar «monstruos» a los criminales de guerra como Karadzic, Mladic y el expresidente yugolsavo Milosevic, quien murió en su celda en 2006 antes de escuchar el veredicto del TPIY, «porque es la forma más fácil de no tener presente la terrible idea de que también nosotros seríamos capaces de cometer u ordenar atrocidades». Sin embargo, la escritora croata subraya que todos los seres humanos tenemos la capacidad de hacer tanto el bien como el mal. Ahora bien, también la de elegir. Los ambiciosos Karadzic y Milosevic escogieron el poder. El carismático, brutal y arrogante Mladic, su nación. Y por una cosa u otra estuvieron dispuestos a adentrarse en el corazón de las tinieblas y a abrazar el horror.

Drakulic retrata a estos y otros malhechores balcánicos, conocidos y anónimos, en ‘No matarían ni una mosca’, que trazó basándose en sus testimonios y los de víctimas en los juicios celebrados en La Haya. Sigue así las huellas de Hanna Arendt, que estudió el comportamiento del oficial de la SS Adolf Eichmann, responsable de la ‘solución final’, durante el proceso que se siguió contra él en Israel en 1961, estudio que plasmó en el libro ‘Eichmann en Jerusalén’. De hecho, el título del ensayo de Drakulic alude a un texto de Arendt recogido en sus ‘Ensayos de compresión, 1930-1954’: «Cuando su trabajo lo lleva a asesinar a alguien no se considera un asesino ya que no lo ha hecho por inclinación personal, sino a título profesional. Por pura pasión, él no mataría ni una mosca».

Para la filósofa judía de origen alemán y exiliada en EE UU, el jerarca nazi no era un monstruo ni un psicópata antisemita, sino un hombre normal, un diligente y arribista burócrata al servicio de un régimen criminal que cumplió con lo que creía su deber, sin preocuparse por las consecuencias de sus abyectos actos. A partir de este análisis, Arendt acuñó la polémica expresión «la banalidad del mal» para manifestar que este, por acción u omisión, puede ser obra de gente común que, por ambición, miedo o coacción, renuncia a pensar para abandonarse a la corriente de su tiempo.

En definitiva, nadie está libre del mal. Cuando el Savonarola de turno enciende la hoguera de las vanidades, cuando las banderas se tienden cara al sol, cuando la emoción nubla la razón, cuando el ruido y la furia toman la calle, puede aflorar lo peor de la condición humana. Ese pavoroso descubrimiento es válido para entender lo que ocurrió en los Balcanes, como muestra Drakulic, o en el País Vasco, como refleja Fernando Aramburu en ‘Patria’, y como aviso para temerarios navegantes ‘estelados’ y salvapatrias de baratillo. Y frente a los que exhortan a tomar partido por unos u otros, Drakulic advierte: «El acorralamiento de las voces conciliadoras es un siniestro signo de que los problemas están a punto de agravarse».

(Publicado el 26 de noviembre de 2017)

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Desconectados
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El Zurdo | 21-11-2017 | 17:27| 0
MADRID. 18-11-17. CONCENTRACION EN LA PLAZA DE ESPA„A PARA PEDIR UN TREN DIGNO.A EXTREMADURA. FOTO: JOSE RAMON LADRA.

Mientras unos se empecinan en desconectarse de España y la realidad, otros clamamos por conectarnos a ambas. Mientras unos viajan en primera clase y prefieren ir mejor solos que mal acompañados, otros renqueamos en tercera, creemos que la unión hace la fuerza y aspiramos a alcanzar un tren de vida digno. Mientras unos ondean la bandera de la propiedad, otros levantamos la de la solidaridad. Mientras unos suplican protección y reconocimiento a Bruselas, otros rogamos a Madrid que nos tenga en cuenta y en las cuentas. Mientras unos se lamentan de comer altramuces, otros, a los que dan la espalda, nos conformamos con las cáscaras que tiran.

Una vez más es cuestión de perspectiva. Las cosas no se perciben de la misma manera desde la riqueza que desde la pobreza. Cataluña, mal que les pese a algunos, integra la España llena pero nunca satisfecha. Por eso, sus reivindicaciones son más políticas (ser reconocida como nación, independencia…) que económicas (aunque las hay, pero como justificación de las primeras), más divinas que humanas. Extremadura, en cambio, pertenece, aunque le importe a pocos, a esa España abandonada y resignada a su suerte que tan bien retrata Sergio del Molino en su ensayo ‘La España vacía. Viaje por un país que nunca fue’ y de la que es reflejo nuestra decimonónica red ferroviaria. Por eso, sus peticiones son más materiales, tan profanas como un ferrocarril rápido.

El politólogo Ronald Inglehart afirma que, a medida que un país se desarrolla, cambian las orientaciones de los valores de los individuos: se interesarán menos por la provisión de bienes y recursos inmediatos (empleos, dinero, coches…) y más por cuestiones relacionadas con el estilo de vida (medio ambiente, justicia social, paz y derechos humanos…). Inglehart denomina «materialistas» al primer conjunto de valores y «posmaterialistas» al segundo, por lo que ve en el posmaterialismo un síntoma de modernización económica. También concluye que en las democracias industriales más avanzadas hay una mayor propensión del ciudadano a participar en actividades políticas no convencionales (boicots, manifestaciones, huelgas ilegales u okupaciones). A la luz de esta teoría, se puede comprender por qué los catalanes se movilizan más que los extremeños para reclamar aquello a lo que creen tener derecho.

Ambos coincidimos en considerarnos víctimas de un agravio. Ambos nos sentimos diferentes, pero no entendemos la diferencia de forma similar. El extremeño reniega de ella; se siente ninguneado, un patito feo, y desea que se le trate igual que a cualquiera. El catalán, por el contrario, ha hecho de la diferencia motivo de orgullo; se siente especial, un cisne, y no quiere que se le trate como a un cualquiera.

Pero quien no llora, no mama y, como explica el jurista Javier Pérez Royo, el gran hecho diferencial, sin el cual no se entiende lo que ha pasado y pasa en Cataluña, es que «el nacionalismo catalán ha sabido dotarse de plataformas de movilización ciudadana sin parangón en cualquier país de Europa y posiblemente en cualquier otro país del mundo». Es decir, ha sabido hacerse oír.

Sin embargo, han tenido que pasar dos décadas de promesas incumplidas para que los extremeños nos hartáramos y, por fin, nos plantáramos en la Villa y Corte y levantáramos la voz para exigir algo quizá tan prosaico para un catalán como necesario para nosotros: ¡un tren digno ya!

(Publicado en el diario HOY el 19 de noviembre de 2017)

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Un país de camareros
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El Zurdo | 14-11-2017 | 17:45| 0

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La economía española se recupera, pero ya no ladrillo a ladrillo sino copa a copa. España ha pasado de ser un país en construcción a un país de camareros. La hostelería se ha convertido en uno los motores diésel que tira del desvencijado carro patrio.

Antes de la Gran Recesión, España era adicta al ladrillo. Ahora ahoga sus penas en alcohol, que empieza a subírsele a la cabeza y a soltarle la lengua. Así, bajo los efectos de la espirituosa euforia que precede a la resaca, alardea, entre trago y trago, de ser la que más crece y más trabajo genera de sus colegas europeos. Eso dicen las grandes cifras, pero si leemos la letra pequeña veremos que la precarización laboral va en aumento, sobre todo en la hostelería.

A principios de 2008 había 2,7 millones de personas subidas al andamio. Seis años después, tras explotar la burbuja inmobiliaria, quedaban 950.000. De los 1,75 millones de empleos que se destruyeron, solo se han recuperado 200.000. Cuatro de cada diez personas que llevan más de cuatro años en paro proceden de la construcción.

Por el contrario, la hostelería ha creado uno de cada cuatro nuevos empleos. Desde que tocara suelo en 2013, ha generado más de medio millón de puestos y ya da trabajo a 1,74 millones de almas. Sin embargo, es un sector muy estacional, sometido a los vaivenes de la demanda turística, que registra récords año tras año, pero, ojo, gracias al terrorismo yihadista. Sí, porque estamos captando visitantes que han dejado de viajar a las playas del Magreb porque se han vuelto inseguras.

En consecuencia, la inmensa mayoría de los contratos que se firman en la hostelería son temporales, disparándose los que duran menos de una semana e incluso horas. Lo más grave es que, como diagnostica la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea), el contrato temporal ya no es la vía para poder lograr uno indefinido, sino «un elemento que perpetúa la desigualdad social, además de dañar la Seguridad Social y el futuro de las pensiones». «Hay gente de más de 45 años que no hace otra cosa que encadenar contratos temporales. Antes en la construcción, al menos, estos duraban años», advierte el investigador de Fedea Florentino Felgueroso.

La metástasis de la contratación temporal y a tiempo parcial está tirando de los salarios hacia abajo, pese a que el PIB ya acumula tres años de crecimiento. Por primera vez desde el inicio de la crisis el salario bruto medio nacional bajó en 2016, hasta 1.878 euros al mes, según los datos del INE, que constatan que en España la precariedad laboral tiene rostro de mujer joven con título universitario que sirve copas o hamburguesas o vende ropa no más de 25 horas a la semana y por menos de la mitad de lo que cobra un hombre mayor de 55 años con contrato indefinido a jornada completa.

En definitiva, se están imponiendo en nuestro país los ‘McJobs’. El término alude al tipo de contrato precario que tienen los empleados de McDonald’s. Por extensión, el diccionario Oxford define como tal cualquier «trabajo poco estimulante y mal pagado, con pocas perspectivas y creado especialmente durante la expansión del sector servicios».

España se recupera sí, pero a costa de cocer a fuego lento el huevo de la serpiente de la próxima crisis y de beberse el futuro de la generación más preparada de su historia.

(Publicado el 12 de noviembre de 2017)

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Ganan la batalla del relato
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El Zurdo | 07-11-2017 | 18:53| 0
GRAF229. MADRID, 02/10/2017.- Los exmiembros del Govern (de izda. a dcha.) Joaquín Forn, Raül Romeva, Dolors Bassa, Jordi Turull, Josep Rull y Meritxell berrás a su llegada a la sede de la Audiencia Nacional donde hoy están citados a declarar junto al expresidente de la Generalitat como imputados por delitos de rebelión, sedición y malversación tras la declaración unilateral de independencia, anulada por el Tribunal Constitucional. EFE/Fernando Alvarado

No cabe duda de que Carles Puigdemont y sus consejeros, así como la presidenta del ‘Parlament’ y demás miembros de la Mesa de la Cámara catalana, cometieron más de un delito durante el cacareado proceso que culminó el 27 de octubre con la más esperpéntica que solemne proclamación de la república independiente de Cataluña. Lo que sí resulta más que dudoso es que cometieran algunos de los graves delitos que les imputa el fiscal general del Estado, como el de rebelión, que requiere violencia.

Lo duda hasta el propio Supremo, que investiga a Carme Forcadell y al resto de la Mesa. El alto tribunal enmendó la plana a José Manuel Maza y sugirió que más que rebelión pudieron haber cometido, si acaso, «conspiración para la rebelión», castigado con menos años de cárcel. Además, dio una semana más a los abogados para preparar sus defensas y solo exigió a los acusados un número de teléfono donde estuvieran localizables.

En cambio, la juez de la Audiencia Nacional que lleva la causa contra los ‘consellers’ cesados se mostró más papista que el Papa, hizo suyos los argumentos de Maza y, tras tomarles declaración, envió a la cárcel a los nueve que no huyeron con el ‘president’ a Bélgica. Para todos ellos decretó prisión incondicional, salvo para el «traidor» Santi Vila, para el que fijó una fianza de 50.000 euros, al valorar que se bajó del tren del ‘procés’ antes de que se estrellara. Alega Carmen Lamela para imponerles tan dura medida cautelar que existe riesgo de fuga, «pues algunos querellados ya se han desplazado a otros países eludiendo las responsabilidades penales en las que pudieran haber incurrido». Sin embargo, si no volaron es porque, al contrario que los pájaros emigrados a Bruselas, decidieron tener la vergüenza torera de asumir las consecuencias de su desobediencia a las leyes.

Con el encarcelamiento de más de la mitad del Govern, el independentismo ya tiene los mártires que quería para alimentar su relato victimista cara a las elecciones del 21-D, para dejar en entredicho la imparcialidad del sistema judicial y la división de poderes en España. Un cuento que ya le ha comprado parte de la prensa anglosajona. Una prensa que ha sacado a pasear el fantasma de Franco para poner bajo sospecha nuestra «joven» democracia, queriendo insinuar con su juventud que aún es inmadura y endeble.

Con esta munición y el atrincheramiento de Puigdemont en Bruselas a lo Pinochet en Londres, los soberanistas van ganando la batalla del relato, porque han logrado internacionalizar el conflicto catalán, que se hable de él, bien o mal, pero que se hable, allende los Pirineos, hasta en el Senado de EE UU.

En tiempos de tribulación es más necesaria la sofrosine de la que ha hecho gala el Supremo que la severidad extrema mostrada por Lamela. Es necesario que la Justicia haga más uso de la balanza que de la espada y siga algunos de los consejos que don Quijote da a Sancho Panza antes de que fuese a gobernar la ínsula Barataria. El primero, «cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo». El segundo, «si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia». Y el tercero, «cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún enemigo tuyo, aparta las mientes de tu injuria, y ponlas en la verdad del caso».

(Publicado en el diario HOY el 5 de noviembre de 2017)

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El poder de la estupidez
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El Zurdo | 31-10-2017 | 17:48| 0
BRU1. BRUSELAS (BÉLGICA), 31/10/2017.- El expresidente de la Generalitat de Cataluña Carles Puigdemont interviene durante la rueda de prensa que ofreció en el club de la prensa de Bruselas, Bélgica, hoy 31 de octubre de 2017. Puigdemont llegó este lunes a Bruselas después de que el fiscal general del Estado de España, José Manuel Maza, anunciara una querella por rebelión, sedición y malversación contra él y el resto del gobierno regional, así como otra querella contra la mesa del Parlamento autónomo. EFE/ Olivier Hoslet

Tenía mis dudas, pero se han despejado. Estos últimos días he constatado que Carles Puigdemont es estúpido. Sí, estúpido según la definición que hace del término Carlo M. Cipolla en sus ‘Leyes fundamentales de la estupidez humana’, opúsculo que ya cité en el artículo ‘La conjura de los necios’, publicado tras los atentados de Barcelona y Cambrils del 17-A.

Decía entonces que Cipolla clasifica a las personas en cuatro tipos: los incautos, los inteligentes, los malvados y los estúpidos. El incauto beneficia a los demás aun perjudicándose a sí mismo. El inteligente se beneficia a sí mismo y a los demás. El malvado actúa movido solo por el beneficio propio sin importarle perjudicar a los otros. El estúpido daña a otros sin sacar provecho alguno, o incluso peor, obteniendo un perjuicio.

Y así ha hecho el presidente de la Generalitat al no convocar elecciones autonómicas y al consumar la estulticia supina de proclamar la república independiente de Cataluña. Con esta delirante decisión, Puigdemont perjudica a todos los catalanes –incluidos a los independentistas, aunque, incautos ellos, no lo crean– porque los divide y enfrenta, pero también él sale damnificado, pues acabará en la cárcel. Sin embargo, prefirió convertirse en héroe local por un día que pasar a la historia del soberanismo catalán como un ‘botifler’, un traidor. Demostró así su miopía y enanismo políticos, amén de su pusilanimidad. En un momento tan crucial, Cataluña necesitaba un estadista como Josep Tarradellas y se ha visto en las torpes manos del monstruo de Artur Mas, que ha perdido el control sobre su criatura.

Si Puigdemont es estúpido, Mas es malvado. El expresident embarcó a su partido y a su país en la aventura independentista para salvar la cara, para desviar la atención sobre los recortes sociales de su Govern en lo más crudo de la cruda crisis y las corruptelas del clan Pujol y ahijados. Cuando la CUP exigió su cabeza a cambio de apuntalar el Gobierno de Junts pel Sí, Mas se sacó de la manga al exalcalde de Gerona. Pero Puigdemont pasó de ser marioneta de Mas a serlo de la formación antisistema.

Y es que a veces los inteligentes y malvados caen en la tentación de asociarse con un estúpido con el fin de manipularlo. Cipolla avisa que tal maniobra acabará en desastre, pues las personas no estúpidas subestiman el potencial nocivo de los estúpidos.

El historiador económico italiano advierte que el estúpido es el tipo de persona más peligroso que existe, más que el malvado. A su juicio, si el malvado perfecto actúa se produce una transferencia masiva de riqueza y bienestar a su favor, pero la sociedad en su conjunto no sale ni beneficiada ni perjudicada. En cambio, las acciones del estúpido empobrecen a la sociedad entera. Además, las tretas de un malvado se pueden prever porque son racionales, responden a una lógica, perversa, si se quiere, pero lógica; no así las locuras del estúpido, que son irracionales e imprevisibles. Ese es el poder de la estupidez. Para más inri, el estúpido no sabe que es estúpido, lo que contribuye poderosamente a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su acción devastadora. En consecuencia, como lamentaba el poeta Friedrich Schiller, «contra la estupidez hasta los mismos dioses luchan en vano».

(Publicado el 29 de octubre de 2017)

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El sentido de las palabras
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El Zurdo | 25-10-2017 | 18:07| 0
GIRONA.-19-10-2017.- Numerosas personas se ha concentrado esta noche delante de la subdelegación del Gobierno en Girona, pidiendo la libertad de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart y a favor de la República Catalana .EFE/Robin Townsend

La independencia es para muchos catalanes lo que era la democracia para muchos españoles durante el franquismo: la isla de Utopía.

El filósofo Ludwing Wittgenstein afirmaba: «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo». Y añadía: «El sentido del mundo debe encontrarse fuera del mundo».

Los hijos del franquismo no conocieron la democracia hasta la muerte del caudillo. Democracia era una palabra tabú, impronunciable, ajena a su mundo. Sin embargo, como todo lo prohibido y desconocido, resultaba fascinante. Por ello, muchos de aquellos encontraron el sentido del mundo y, por ende, de sus vidas en la lucha por alcanzar algo que estaba fuera de su mundo: la democracia.

Una vez lograda, la democracia fue perdiendo atractivo, sobre todo entre los que nacieron y se criaron en su seno, porque para ellos es el estado natural de las cosas, es su mundo. A sus 40 años, ajada por la corrupción y la crisis económica, la democracia española no cautiva a los nacidos a partir de la década de los 60 porque no les ha traído la prosperidad anunciada, todo lo contrario: vivirán en la vejez peor que sus padres, como advierte un reciente estudio de la OCDE.

En consecuencia, las generaciones del ‘baby boom’ y de los ‘millennials’ tratan de buscar el sentido del mundo fuera de su mundo. Muchos de ellos lo han hallado en la reivindicación de la democracia real, entendiendo que la fundada por la Constitución de 1978 es una versión adulterada. El 15-M surgió de esa reivindicación. Y esta se ha asociado a la independencia en Cataluña, ya que es vista como el camino hacia una democracia auténtica por al menos dos millones de catalanes. Ya decía también Wittgenstein que «imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida» y que «el significado (de las palabras) es solo el uso».

La intervención de la autonomía catalana, a través del artículo 155 de la Carta Magna, y el encarcelamiento de los ‘Jordis’, los cabecillas de los movimientos soberanistas ANC y Òmnium Cultural, alimentan la ilusión de los ‘indepes’ de que luchan legítimamente por la instauración de una democracia real frente a un Estado «policial» y «opresor». Les da argumentos para sostener su relato victimista y que el «régimen del 78» sufre una regresión autoritaria bajo la bota del Gobierno de Rajoy. Otra falacia, como la de los 16.000 millones que España roba a Cataluña, que, a fuerza de repetirla mil y una veces, los goebbelianos propogandistas del independentismo convertirán en (pos)verdad durante esta larga campaña electoral que se abre con la aplicación del 155 de marras, ya que culminará con la convocatoria de elecciones autonómicas en el plazo máximo de seis meses. Travestirán así la división entre ‘indepes’ y no ‘indepes’ en antagonismo entre demócratas y franquistas, que extenderán a toda España. Así, a sus miopes ojos, solo caben dos opciones: o estás con ellos o estás contra ellos y la democracia.

Para más inri, la intervención de la autonomía, que incluye el cese del Govern en pleno, avivará el sentimiento de humillación en buena parte de los catalanes. Y cuando al adversario no solo se le derrota sino que se le humilla, no se resuelve el conflicto sino que se perpetúa, porque no se restañan heridas sino que se abren más. Valga como botón de muestra y lección histórica el Tratado de Versalles (1919), que puso fin a la Primera Guerra Mundial y fue el primer paso hacia la segunda, pues resultó humillante para los alemanes y sembró la semilla del diablo nazi.

(Publicado en el diario HOY el 22 de octubre de 2017)

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Lecciones de la crisis de los misiles
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El Zurdo | 15-10-2017 | 20:31| 0

El 10 de octubre, Cataluña y España entera se asomaron al abismo a través de los ojos de Carles Puigdemont. El president subió al precipicio del Parlament, estiró una pierna, la dejó en suspenso en el aire, la retiró tras unos segundos eternos y tendió una mano de hierro en guante de terciopelo a Mariano Rajoy. Así, su esperado y temido salto al vacío se quedó en amago para decepción de su hinchada y mosqueo de las barras bravas de la CUP.

El sí pero no del prócer catalán, su gesto a lo Chiquito de la Calzada, desconcertó hasta a un gallego maestro en el arte de afirmar a la vez una cosa y su contraria como don Mariano. Para salir de su confusión, el presidente del Gobierno ha requerido al del Govern que aclare si declaró o no la independencia de Cataluña la tarde de autos antes de tomar o no la grave decisión de apretar el botón nuclear del cacareado artículo 155 de la Constitución, como le urgen sus halcones.

No obstante, tanto la declaración de independencia ‘interruptus’ de Puigdemont como el requerimiento perpetrado por Rajoy son dignos de estudio, de estudio lingüístico. Si el filósofo y lingüista Ludwig Wittgenstein levantara la cabeza concluiría que ambas proposiciones son absurdas, la una por contradictoria y la otra por tautológica (aunque en un sentido más retórico que lógico).

Si el futuro del invento de los Reyes Católicos pasa por que esos dos lleguen a un acuerdo mediante su diálogo de besugos, ¡que Dios nos coja confesados! Ni se entienden ni se hacen entender. Por no entender no entienden de igual manera qué es la democracia. Para don Carles es la voluntad del pueblo soberano (o una parte) incluso por encima de la ley. En cambio, para don Mariano es el imperio de la ley (o una parte) incluso por encima de la voluntad popular. Sin embargo, la democracia no es ni una cosa ni la otra; son las dos y no se puede renunciar a ninguna. Si empiezan por aceptar esto, tendrán mucho terreno ganado.

Asimismo, bien les vendría aplicarse las lecciones que saca el profesor Graham Allison de la gestión de la crisis de los misiles de Cuba y que plasmó en su ensayo ‘La esencia de la decisión’. El mundo nunca estuvo tan cerca del Armagedón como aquellos 13 días de octubre de 1962. En ese corto plazo, John F. Kennedy tuvo que decidir qué era peor: permitir que la URSS instalase misiles nucleares en Cuba, a apenas 150 kilómetros de Florida, o atacar y desencadenar una guerra atómica.

El presidente de Estados Unidos eludió el dilema sacándose de la manga una solución imaginativa que resolvió la crisis y que, en palabras de Allison, «no era su opción preferida, pero era mucho mejor que las otras dos, que eran inaceptables». Kennedy estableció un bloqueo sobre Cuba por mar y aire y prometió en público al líder soviético, Nikita Jruschov, que no invadiría la isla si retiraba los misiles. Al mismo tiempo, autorizó a su hermano Robert a negociar en secreto con un interlocutor soviético al que ofreció retirar los misiles estadounidenses de Turquía a cambio de que Moscú hiciera lo propio con los de Cuba.

Como dijo el exsubsecretario de Estado Nicholas Burns en alusión a este episodio, «el éxito de la diplomacia en los niveles más altos requiere a veces abrir puertas de salida para tu adversario; así puede salvar la cara y se evitan nuevos conflictos». Y ese fue el gran acierto de Kennedy y lo que evitó el desastre.

(Publicado en el diario HOY el 15 de octubre de 2015)

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¿No pasará nada?
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El Zurdo | 10-10-2017 | 19:01| 0
GRA321. BARCELONA, 06/10/2017.- Fotografía de archivo del presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont (i) y el expresidente Artur Mas, durante el Comité Nacional del PdeCat, celebrado el pasado día 2 de octubre. El expresidente de la Generalitat Artur Mas considera que Cataluña todavía no está preparada para "la independencia real", en declaraciones publicadas hoy por el diario británico Financial Times. EFE/Andreu Dalmau

El 10 de enero de 2016 publiqué un artículo titulado ‘¿Qué pasa en Cataluña?’, igual que un libro que recoge una serie de reportajes sobre la situación catalana que el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales escribió tras la victoria del Frente Popular en las elecciones generales de febrero de 1936. Su aliado en Cataluña era el Front d’Esquerres, liderado por Lluís Companys, que recuperó la presidencia de la Generalitat tras ser amnistiado. Companys había sido encarcelado por proclamar el Estado catalán el 6 de octubre de 1934.

La vuelta de Companys al poder hacía temer otro intento de secesión. Sin embargo, Chaves Nogales saca la conclusión de que «en Cataluña no pasará nada», «nada de lo que el español no catalán recele», porque «en Cataluña hay, por encima de todo, un hondo sentido conservador que se impondrá fatalmente», el de esa burguesía industrial de la que entonces «los hombres de Esquerra» (y ahora los de Junts pel Sí) son a un tiempo vanguardia reivindicativa y retaguardia defensiva frente a la revolución proletaria (que ahora representaría la CUP). La pela es la pela.

Nogales diagnostica: «El nivel más alto de izquierdismo en Cataluña se consiguió el día de las elecciones, cuando hasta muchos hombres de la Lliga (precursor de la extinta CiU) desertaron del Frente Catalán de Orden (coalición derechista) y votaron a la Esquerra. A partir de aquel día, el sentido izquierdista de Cataluña empezó a decaer». Y concluye: «Dentro de unas semanas, de unos meses, los hombres representativos del izquierdismo comenzarán a sentir la presión de una masa cada vez más conservadora y prudente».

De forma paralela, creo que el nivel más alto de independentismo se alcanzó el 1-O, cuando hasta muchos hombres de la antigua CiU votaron a favor de la secesión en la farsa de referéndum. A partir de aquel día, el sentido independentista empezó a decaer y comenzó la presión sobre los hombres representativos del independentismo de los sectores más conservadores y prudentes, con el siempre medroso y huidizo don Dinero a la cabeza, como demuestra la fuga del Sabadell, CaixaBank o Gas Natural.

Las llamadas a la prudencia se dan en el propio seno del frente soberanista. El expresident Artur Mas reconoció al ‘Financial Times’ que Cataluña no está lista para una «independencia real» y apela a seguir siendo pragmático. En la misma línea, el conseller de Empresa, Santi Vila, afirmó a ‘Ara’ que había que dar una última oportunidad al diálogo.

Mas y Vila dan voz a los «moderados» de Junts pel Sí, que abogan por retrasar la declaración de independencia para ganar tiempo, negociar un acuerdo de mínimos con Rajoy y convocar elecciones autonómicas que no estén marcadas por el fracaso del ‘procès’. Enfrente está la CUP, que exige una proclamación inmediata y sin ambages.

La convocatoria de comicios sería lo más inteligente. La Moncloa podría negociar con el Govern que saliera de las urnas sin que se viera como una cesión al chantaje de los independentistas. Y estos salvarían la cara sin que se viera como una claudicación ante Madrid. 

Creo con Chaves Nogales que «el pueblo catalán vale mucho más que sus hombres representativos». Por eso, como él planteaba entonces, dejémoslo votar, «¿por qué no hacer con una nueva consulta electoral el sondeo necesario para aflorar a la vida púbica catalana unos hombres nuevos que tanta falta están haciendo?».

(Publicado en el diario HOY el 8 de octubre de 2017)

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