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Fecha: febrero, 2017
Justicia real
El Zurdo 20-02-2017 | 7:01 | 0

La sentencia del caso Nóos ha dejado claro que Iñaki Urdangarin y su exsocio de fechorías Diego Torres eran unos golfos apandadores, pero también que Cristina de Borbón era «una mujer florero», como ha dicho el juez instructor, José Castro, y que ni Hacienda somos todos, como admitió en el mismo juicio la abogada del Estado, ni todos somos iguales ante la ley.

La Audiencia de Palma estima que la infanta se lucró de los chanchullos de su marido pero no fue cómplice ni cooperadora necesaria, pese a que compartían a medias la sociedad Aizoon, el arma y escudo del delito. Por ende, la absuelve de fraude fiscal alguno y solo le impone una multa de 265.088 euros. Da por buena la tesis que siempre sostuvo el fiscal anticorrupción Pedro Horrach y la defensa. Es decir, que la pobre no se enteraba de nada, era una ingenua y tan ciega como la justicia.

El juez Castro no se la cree. Para él, «consintió, participó y se benefició de los delitos de Nóos». Además, ha sugerido que la justicia no es igual para todos al decir que «se le pregunte a Isabel Pantoja» si considera que ha recibido el mismo trato. Al parecer de la justicia, la morena tonadillera era más lista que la rubia infanta y sí estaba al tanto de los negocios de su entonces pareja, el exalcalde de Marbella Julián Muñoz, y la envió al trullo para «servir de freno» a actuaciones similares futuras, o sea, de ejemplo y aviso para corruptos y consortes. Porque otorgarle la libertad condicional podría identificarse con la «cuasi impunidad material» que parecen tener «banqueros, políticos y personas poderosas o de relevancia pública». Visto lo visto, doña Cristina no entra en estas categorías. Ni su esposo, pues su castigo no es ejemplarizante, precisamente. Irá a la cárcel, pero menos de lo que quisiera Anticorrupción. Esta pedía 19 años para el yerno y cuñado de reyes, cuya pena al final es de poco más de seis. Por menos ha sido condenada a nueve años la exconsejera de Turismo valenciana Milagrosa Martínez en el primer fallo del caso Gürtel.

Va a tener razón el magistrado del Supremo Joaquín Giménez, quien emitió un voto discrepante contra la absolución de Francisco Camps en el caso de los trajes, «quien diga que la justicia es igual para todos no sabe de qué está hablando; claro que la justicia no es igual para todos», pues «no hay una clase de delincuentes, hay delincuentes de clase». Y la exduquesa de Palma, aun caída en desgracia, pertenece a la más alta, la de los intocables. Es más, de casta le viene…

Así lo denuncia sin tapujos el periodista Gregorio Morán en su polémico libro ‘El precio de la Transición’, publicado en 1991 y reeditado en 2015 con la reconstrucción de fragmentos censurados dedicados al rey Juan Carlos. «El rey –afirma y reafirma– era el primer operador fraudulento del país, como lo habían sido todos sus predecesores», gracias «a la impunidad que le concedía el Estado y la de su real gana. Y así siguió hasta que los suyos hubieron de cesarle porque ponía en peligro la supervivencia de la institución».

La abdicación de don Juan Carlos y la condena de Urdangarin son el colofón a lo que en realidad ha sido un proceso contra la Monarquía; era el mínimo precio que esta debía pagar para salvarse. Mas, como dice Castro, la sentencia del caso Nóos «deja un montón de incógnitas» sin despejar, incluida la principal, la X.

(Publicado en el diario HOY el 19 de febrero de 2017)

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Fouché ‘vs.’ Robespierre
El Zurdo 12-02-2017 | 10:31 | 0

La semana pasada mencioné a Joseph Fouché y el fascinante retrato que de este zorro de la política hace Stefan Zweig, un regalo para cualquier lector que debo a mi amigo Antonio Lorenzo. Dice Antonio, y dice bien, que en todo partido hay un Fouché; a lo que yo añado y un Maximilien Robespierre. Cumbre es el capítulo que el genial escritor austriaco dedica a la lucha entre ambos líderes revolucionarios franceses.

En abril de 1794, Fouché es llamado a París a rendir cuentas por su cruenta etapa como ‘procónsul’ en Lyon –donde mató a dos mil «enemigos de la libertad», lo que le valió el apodo de ‘Mitrailleur de Lyon’ (‘Ametrallador de Lyon’)– ante el Comité de Salud Pública, órgano ejecutivo y ejecutor de la recién nacida república francesa que entonces gobernaba con mano dictatorial Robespierre. Este virtuoso terrorista, conocido como ‘el Incorruptible’, oscilando siempre con habilidad entre los demasiado salvajes y los demasiado mansos, ya ha pasado por la guillotina a todos los que osaron oponerse a su voluntad, a su dogmática vanidad, incluidos a insignes camaradas ‘montañeses’ como el ultrarradical Hébert y los ‘indulgentes’ y carismáticos Desmoulins y Danton. Tras esta purga, tiene la orgullosa conciencia de que ahora nadie osará alzarse contra él. Pero hay alguien que sí se atreve, alguien que ya no tiene nada que perder: Fouché, su otrora amigo, el que estuvo a punto de ser su cuñado.

Impaciente y fanático, Robespierre rechaza todo pacto con sus adversarios, incluso toda capitulación de los mismos; incluso allá donde la Política le impondría el entendimiento, la dureza de su odio y su arrogancia dogmática le frenan. Solo puede soportar a la gente en tanto le devuelve como un espejo sus propias concepciones, en cuanto son almas esclavas, como sus fieles escuderos Saint-Just y Couthon.

Fouché sabe que solo queda una salvación para su cabeza: que la de Robespierre caiga primero en el cesto. Así, se declaran una guerra a vida o muerte. Ambos inteligentes, ambos políticos, tienen un error en común: durante largo tiempo se han subestimado el uno al otro, porque creen conocerse desde hace mucho.

El bilioso Robespierre abre las hostilidades con un aplaudido discurso en el que, con un derechazo directo al corazón, acusa a Fouché ante toda la Asamblea de ateo e impuro. Fouché enmudece y se muerde los labios. Durante semanas no se sabe nada de él. Sin embargo, hace visitas a los comités, busca conocidos entre los diputados, es amable, complaciente con todos y trata de ganarse a cada uno de ellos. Y de pronto, inesperadamente, sobre todo para Robespierre, es elegido presidente del club jacobino. El ‘Incorruptible’ contrataca y logra que su taimado e insolente adversario, al que llama el ‘chef de la Conspiración’, sea expulsado del club. Fouché parece desahuciado. Mas el miedo a Robespierre le salva de Robespierre. Este, poco a poco, ha ofendido a todos, ha concitado odios a diestra y siniestra, y Fouché consigue unir esos odios dispersos en unos fasces cuyo golpe derrocará al tirano el 9 de termidor (27 de julio de 1794). Al día siguiente es guillotinado entre el júbilo popular. Fouché está salvado. El Terror ha terminado, pero también el fogoso espíritu de la Revolución.

Este fin de semana, los fantasmas de Fouché y Robespierre se han aparecido en Vistalegre.

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Harry el sucio ‘vs’ Fouché
El Zurdo 06-02-2017 | 6:06 | 0

Donald Trump no está decepcionando ni a propios ni extraños; está cumpliendo todo lo que prometió y por lo que lo votaron. Si alguno pensó que el poder lo moderaría, que abandone toda esperanza. Él, al menos, no se esconde, va con su posverdad por delante y airea a los cuatro vientos sus trucos de ilusionismo desde la Casa Blanca, que ha convertido en un plató de televisión y dirige como un ‘reality show’. En cambio, la vieja, pacata e hipócrita Europa le afea en público lo que ella hace a hurtadillas.

No hay que irse a la frontera entre Estados Unidos y México para ver el muro de la vergüenza. Ni siquiera a Hungría. «La misma crítica que se hace al muro de Trump, la merecen las vallas de Ceuta y Melilla», denuncia el presidente de la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado (CCAR-CEAR), Miguel Pajares.

Asimismo, la civilizada Europa, mientras llama a tener «el valor de refutar la retórica de los demagogos» y se rasga las vestiduras porque esa «amenaza exterior» que es Trump ha vetado la entrada en EE UU de los ciudadanos de varios países de mayoría musulmana, paga al gendarme turco, dóberman de la misma rehala que el pitbull americano, para que mantenga a raya y no deje pasar a las hordas de desheredados que huyen de la guerra y la miseria. Porque, como deplora Pajares, «hay toda una política europea de impedir que los refugiados lleguen que vulnera la convención de Ginebra y los tratados internacionales» y que nada tiene que envidiar a la de Trump.

La trágica consecuencia es que el Mediterráneo se ha convertido en un gigantesco cementerio, en el que solo el año pasado fueron sepultadas más de 5.000 personas, y que el general Invierno hace estragos entre los más de 60.000 refugiados confinados en Grecia y Serbia a la espera de ser reubicados dentro de la UE, un compromiso que adquirieron los Veintiocho presionados por la conmoción causada por la muerte fotografiada del niño Aylan en una playa turca y que están cumpliendo, como dice Pajares, a un «ritmo vergonzosamente lento».

Más de un año después de que Aylan perdiera la vida a las puertas de la fortaleza europea, poco o nada ha hecho Europa por evitar la misma suerte a otros cientos de niños. El penúltimo ha sido Samuel, de seis años, cuyo cadáver fue hallado hace unas semanas en la arena de Barbate, tras naufragar la patera en la que viajaba con su madre desde Marruecos, adonde llegó procedente del Congo, país maldito por sus riquezas minerales que se desangra en un conflicto sempiterno y olvidado.

En suma, la aberrante política migratoria del bárbaro americano apenas se diferencia de la de la civilizada Europa. Uno solo dice y hace lo que la otra calla y paga para que otros hagan. Mientras el ‘sheriff ’ estadounidense se comporta como Harry el sucio, Europa ejerce la maquiavélica diplomacia de Joseph Fouché. Como dice Stefan Zweig en su biografía del taimado político francés, «diariamente volvemos a ver que en el discutible y a menudo sacrílego juego de la política, al que los pueblos siguen confiando de buena fe sus hijos y su futuro, no se abren paso los hombres de amplia visión moral, de incomovibles convicciones, sino que siempre se ven desbordados por esos tahúres profesionales a los que llamamos diplomáticos, esos artistas de las manos ágiles, las palabras vacías y los nervios fríos».

(Publicado en el diario HOY el 5 de febrero de 2017)

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