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Fouché 'vs.' Robespierre
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El Zurdo | 12-02-2017 | 22:31

La semana pasada mencioné a Joseph Fouché y el fascinante retrato que de este zorro de la política hace Stefan Zweig, un regalo para cualquier lector que debo a mi amigo Antonio Lorenzo. Dice Antonio, y dice bien, que en todo partido hay un Fouché; a lo que yo añado y un Maximilien Robespierre. Cumbre es el capítulo que el genial escritor austriaco dedica a la lucha entre ambos líderes revolucionarios franceses.

En abril de 1794, Fouché es llamado a París a rendir cuentas por su cruenta etapa como ‘procónsul’ en Lyon –donde mató a dos mil «enemigos de la libertad», lo que le valió el apodo de ‘Mitrailleur de Lyon’ (‘Ametrallador de Lyon’)– ante el Comité de Salud Pública, órgano ejecutivo y ejecutor de la recién nacida república francesa que entonces gobernaba con mano dictatorial Robespierre. Este virtuoso terrorista, conocido como ‘el Incorruptible’, oscilando siempre con habilidad entre los demasiado salvajes y los demasiado mansos, ya ha pasado por la guillotina a todos los que osaron oponerse a su voluntad, a su dogmática vanidad, incluidos a insignes camaradas ‘montañeses’ como el ultrarradical Hébert y los ‘indulgentes’ y carismáticos Desmoulins y Danton. Tras esta purga, tiene la orgullosa conciencia de que ahora nadie osará alzarse contra él. Pero hay alguien que sí se atreve, alguien que ya no tiene nada que perder: Fouché, su otrora amigo, el que estuvo a punto de ser su cuñado.

Impaciente y fanático, Robespierre rechaza todo pacto con sus adversarios, incluso toda capitulación de los mismos; incluso allá donde la Política le impondría el entendimiento, la dureza de su odio y su arrogancia dogmática le frenan. Solo puede soportar a la gente en tanto le devuelve como un espejo sus propias concepciones, en cuanto son almas esclavas, como sus fieles escuderos Saint-Just y Couthon.

Fouché sabe que solo queda una salvación para su cabeza: que la de Robespierre caiga primero en el cesto. Así, se declaran una guerra a vida o muerte. Ambos inteligentes, ambos políticos, tienen un error en común: durante largo tiempo se han subestimado el uno al otro, porque creen conocerse desde hace mucho.

El bilioso Robespierre abre las hostilidades con un aplaudido discurso en el que, con un derechazo directo al corazón, acusa a Fouché ante toda la Asamblea de ateo e impuro. Fouché enmudece y se muerde los labios. Durante semanas no se sabe nada de él. Sin embargo, hace visitas a los comités, busca conocidos entre los diputados, es amable, complaciente con todos y trata de ganarse a cada uno de ellos. Y de pronto, inesperadamente, sobre todo para Robespierre, es elegido presidente del club jacobino. El ‘Incorruptible’ contrataca y logra que su taimado e insolente adversario, al que llama el ‘chef de la Conspiración’, sea expulsado del club. Fouché parece desahuciado. Mas el miedo a Robespierre le salva de Robespierre. Este, poco a poco, ha ofendido a todos, ha concitado odios a diestra y siniestra, y Fouché consigue unir esos odios dispersos en unos fasces cuyo golpe derrocará al tirano el 9 de termidor (27 de julio de 1794). Al día siguiente es guillotinado entre el júbilo popular. Fouché está salvado. El Terror ha terminado, pero también el fogoso espíritu de la Revolución.

Este fin de semana, los fantasmas de Fouché y Robespierre se han aparecido en Vistalegre.

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