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Fecha: abril, 2017
Cómplices y agonistas
El Zurdo 24-04-2017 | 6:06 | 0

 

 

«Somos cómplices de lo que nos deja indiferentes», advierte el profesor George Steiner. Cuando una mayoría de ciudadanos sigue dando su voto a un partido pringado de tinta de papel moneda hasta las cejas, con una creciente legión de prebostes con las palmas untadas; cuando esa mayoría tolera, normaliza o hasta participa, en la medida de sus posibles y posibilidades, de la impudicia de sus elegidos, estamos ante una sociedad enferma. Sí, de un cáncer letal para la democracia: la corrupción.

España adolece de ese cáncer desde antes de que las gaviotas se posaran en la Moncloa. En los días de rosas y capullos ya metastatizó. Aquella España que despegó en AVE hace 25 años emborrachó de poder y llenó los bolsillos si no a todos los hombres del presidente, al menos a algunos que creíamos buenos. Uno fue el exdirector de la Guardia Civil Luis Roldán, la cara, o caradura, más grotesca de la España del pelotazo. Este pájaro bobo desplumado por un pájaro de cuenta es interpretado con maestría por Carlos Santos en la película ‘El hombre de las mil caras’. Es reveladora la escena en la que Roldán alega: «Yo no soy un criminal. Yo solo hice lo que todo el mundo hacía». Y su ejemplo cundió, porque cuando les llegó el turno de ocupar la poltrona a los que ondeaban la bandera azul de la regeneración, siguieron haciendo lo que todo el mundo hacía pero multiplicado por cinco.

Luego nos cayó encima una crisis torrencial que arrambló con nuestro castillo de ladrillo y toda esa agua sucia sumergida en las cloacas del poder empezó a aflorar. La última en salir a la luz le llega hasta el cuello al expresidente madrileño Ignacio González, un aprendiz de Fouché que medró a la alargada sombra de Esperanza Aguirre. Otro más que le ha salido rana a la condesa de Bornos, a quien, por más que se haga la rubia como su enemiga íntima Cristina Cifuentes, se le agotan los argumentos para justificar lo injustificable: que no se enteraba de lo que hacía su mano derecha ni su izquierda.

Todo esto es combustible para el ‘tramabús’ de Podemos, quien se ha sacado de la manga un nuevo significante vacío, ‘trama’, para reemplazar al desgastado ‘casta’ y ponerlo al servicio de su estrategia agonista, la que salió ganadora de la mano de Pablo Iglesias de Vistalegre 2. Como explica el politólogo Manuel Arias Maldonado en ‘La democracia sentimental’, para los partidarios del agonismo la política solo puede basarse en el ‘agón’, «el enfrentamiento belicoso entre ideologías dispares, intereses contrapuestos o concepciones incompatibles del bien»; entre «ellos», los que integran la trama corrupta, y «nosotros», el pueblo. Los agonistas agitan las pasiones políticas, alimentan el conflicto y rechazan el consenso liberal por considerar que adormece y reprime dichas pasiones y consagra injusticias. De ahí que Podemos reniegue de lo que llama ‘el régimen del 78’ consensuado por un franquista converso y un comunista posibilista. Los agonistas se proponen superar la democracia liberal mediante la creación, siguiendo a Gramsci, de una nueva hegemonía, de resultas de la victoria de una de las ideologías en liza.

Pero, como se pregunta Arias, ¿de verdad es mejor el conflicto que el consenso, sean cuales sean las condiciones democráticas en que este se haya forjado? ¿Y si se imponen las pasiones políticas más destructivas o sociofóbicas (como en EE UU o Reino Unido y puede ocurrir en Francia)? ¿Y si el conflicto lo ganan los malos?

(Publicado en el diario HOY el 23 de abril de 2017)

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La batalla del relato
El Zurdo 17-04-2017 | 4:19 | 0

 

Derrotada por la vía policial y desarmada, ETA pretende ahora ganar la batalla del relato. Enterrada el hacha de guerra, la serpiente etarra ha tomado la palabra y se agarra a la pluma para reescribir la historia reciente de Euskadi y Navarra de su puño y letra y elaborar una ‘mitopoeia’ sin vencedores ni vencidos, en la que no hay victimarios sino solo víctimas, en la que se diluyen responsabilidades, en la que se echa cal viva sobre la verdad y se pone un altar a la posverdad, en la que se banaliza el mal o peor, se justifica como medio para alcanzar un supuesto virtuoso fin. Quien durante décadas ha sido verdugo insiste en presentarse como mártir de la represión del Estado español y «artesano de la paz», en llamar lucha armada a lo que fue terrorismo, en alegar que sus más de 800 asesinatos se podrían haber evitado con que solo se le hubiera concedido lo que pedía en nombre del pueblo vasco, aunque nunca le consultó.

Como dice Fernando Aramburu, «la derrota literaria de ETA sigue pendiente», aunque «está en marcha». Con ese objetivo, el escritor donostiarra ha escrito ‘Los peces de la amargura’ (2006), ‘Años lentos’ (2012) y, sobre todo, la exitosa ‘Patria’ (2016). Esta última novela se me antoja imprescindible para entender qué ha pasado en el País Vasco durante los largos, lentos y convulsos años bajo el imperio de las leyes del miedo y del silencio impuestas por ETA a sangre y fuego. Sin embargo, en su relato Aramburu, con la perspectiva que le da vivir desde hace más de 30 años en Alemania, huye de maniqueísmos y demagogias y da voz a los protagonistas de todas las partes, de las enfrentadas y, especialmente, de las no enfrentadas pero forzadas por el terror ‘abertzale’ a enfrentarse o al menos a darse la espalda.

No obstante, Aramburu no esconde que está del lado de las víctimas de la barbarie etarra. Lo deja claro en la propia ‘Patria’, en el capítulo en el que cuenta la asistencia de Xabier, hijo del Txato, empresario asesinado por ETA, a unas jornadas sobre víctimas del terrorismo. Entre los participantes está un escritor y, a través de este ‘alter ego’, Aramburu expone el propósito de su obra: componer, por medio de la ficción literaria, un testimonio de las atrocidades cometidas por la banda terrorista. Más adelante añade: «Asimismo escribí en contra del crimen perpetrado con excusa política, en nombre de una patria donde un puñado de gente armada, con el vergonzoso apoyo de un sector de la sociedad, decide quién pertenece a dicha patria y quién debe abandonarla o desaparecer. Escribí sin odio contra el lenguaje del odio y contra la desmemoria y el olvido tramado por quienes tratan de inventarse una historia al servicio de su proyecto y sus convicciones totalitarias».

Mas Aramburu ha marcado el camino a seguir para ganarle la batalla del relato a cualquier terrorismo: dar voz a las víctimas, mantener viva su memoria. Al respecto, Alemania ha sido ejemplar con las víctimas del nazismo. No puede decir lo mismo España con las del franquismo. Como dice el autor vasco, «el olvido favorece ruinmente al agresor, pues oculta sus atrocidades, difumina sus culpas y le permite, por añadidura, perseverar por otros cauces en los propósitos que impulsaron su crueldad». Por tanto, paz no debe ser sinónimo de olvido ni de punto final, sino de reconciliación, pero para ello es necesario que el agresor reconozca el daño causado y pida perdón a la víctima. Y eso aún no lo ha hecho ETA ni los franquistas.

(Publicado el diario HOY el domingo 16 de abril de 2017)

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Derecho a morir y necropolítica
El Zurdo 10-04-2017 | 4:35 | 0


Cuando no hay vida más acá de la muerte porque se ha convertido en una prisión donde el alma es cautiva de un carcelero torturador, el cuerpo, cuando mantener la esperanza es esperar en vano y alargar el sufrimiento, cuando la vida ya no tiene sentido porque solo se siente dolor, cuando la enfermedad hace la vida imposible y se la hace imposible a quien se desvive por uno, una persona tiene derecho a morir de manera digna, a una buena muerte, que es lo que significa eutanasia.

El caso de José Antonio Arrabal, el hombre con ELA que se quitó la vida clandestinamente antes de acabar vegetal, muestra de nuevo la necesidad de despenalizar y regular la eutanasia y el suicidio asistido, a imagen y semejanza de Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Suiza, Colombia, Canadá o algunos estados norteamericanos. Eso sí, además hay que garantizar a todo el mundo el acceso a los cuidados paliativos para que nadie desee morir porque no esté bien atendido. Más de 50.000 enfermos no pueden acceder a esos cuidados en España. Como advierte a ‘El País’ el médico Jacinto Batiz, «para poder aliviar el sufrimiento no hay que eliminar a la persona», aunque admite que si después de desarrollar los paliativos alguien pide la eutanasia, «habrá que hacer una ley». La falta de esa ley obligó a Arrabal a adelantar su muerte, según su propio testimonio, que dejó grabado en un vídeo difundido tras su fallecimiento.

La víspera de que Arrabal se suicidara murió Salvador Pániker, quien presidió la asociación Derecho a Morir Dignamente durante años. El hetorodoxo pensador sostenía: «La vida puede ser maravillosa y puede ser espantosa. Depende. Y la única manera de conseguir que, al menos, sea digna es reservándose uno el derecho a abandonar el mundo cuando comience el horror. El derecho a ‘dimitir’ de la vida».

El derecho a morir dignamente es indisociable del derecho a vivir dignamente. Vivir sin dignidad no es vivir, es sobrevivir. Por tanto, hay que facilitar la vida para no desear la muerte, a lo que no contribuyen los recortes en sanidad, dependencia e investigación. Esa es la gran paradoja. En España y la mayor parte del mundo no se reconoce el derecho a morir dignamente mientras se practica la necropolítica. Esta, un concepto que desarrolló el filósofo camerunés Achille Mbembe, decide quién merece vivir; más que matar, deja morir a los que no tienen valor para el poder. Para la activista Clara Valverde, autora de ‘De la necropolítica neoliberal a la empatía radical’, las políticas de austeridad neoliberales dejan morir a los que no son rentables porque ni producen ni consumen: dependientes, enfermos crónicos y mentales, pacientes en listas de espera, ancianos con una pensión de hambre, parados sin ingresos, sin techo, migrantes que se ahogan en el mar o internados en centros de extranjeros…

Valverde, que padece el Síndrome de Fatiga Crónica y yace en la cama el 90% del tiempo, explica que el sistema, a la vez que se desentiende de los excluidos, atemoriza a los incluidos, se asegura de que no se fíen de los primeros ni se solidaricen con ellos, de que los vean como extraños, desagradables. Todo para perpetuar las desigualdades y aumentar el poder y la riqueza de los privilegiados. Mas, advierte, mucha gente que ahora no está en apuros podría fácilmente estarlo si enferma de gravedad, queda inválido o pierde el trabajo. Entonces, será descartada como basura, será empujada a morir sin dignidad.

(Publicado en el diario HOY el 9 de abril de 2017)

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La sombra de Franco es alargada
El Zurdo 04-04-2017 | 4:46 | 0

La transición se hizo a la sombra del Valle de los Caídos. Cuatro décadas después, Franco sigue ensombreciendo nuestra democracia. Sus vestigios no se limitan al faraónico mausoleo sostenido con fondos públicos ni a topónimos como el de Guadiana del Caudillo ni tampoco a que su familia conserve el título de ‘Grandes de España’. El franquismo ha sobrevivido a Franco en su búnker, y en algunos consejos de administración y de ministros, y el Generalísimo empieza a ganar batallas después de muerto cual Cid Campeador. Su victoria más reciente es la condena a un año de prisión y siete de inhabilitación de Cassandra Vera por bromear en Twitter con el magnicidio a manos de ETA de Carrero Blanco.

La Audiencia considera que los chistes de marras humillan a las víctimas del terrorismo. Sin embargo, la Justicia, que no es ciega pero sí tuerta, no ve con los mismos ojos a las víctimas del terrorismo de Estado franquista. La Fiscalía ha decidido no investigar al portavoz del PP en el Congreso, Rafael Hernando, como pedía la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), por esta cínica respuesta a una pregunta sobre el rechazo del Supremo a exhumar los restos del dictador del Valle de los Caídos: «La verdad es que no me lo he planteado. A mí me gusta que los muertos descansen en paz y esto de estar todos los días con los muertos para arriba y para abajo supongo que será el entretenimiento de algunos».

No es la primera vez. En agosto de 2015, el Ministerio Público tampoco encontró «elementos suficientes para ejercer acciones penales o civiles» contra el lenguaraz Hernando por decir que «las víctimas de la dictadura únicamente se acordaban de sus familiares cuando había dinero». Para la ARMH, la Fiscalía «actúa como si existieran víctimas de primera y de segunda clase», porque si un político hubiera dicho de las víctimas del terrorismo etarra algo similar «nadie puede dudar de que su actuación hubiera sido muy distinta y no se hubiera ido de rositas». Las condenas de Cassandra Vera y César Strawberry cargan de razón a la ARMH.

Las declaraciones de Hernando son la expresión del desdén mostrado por el Ejecutivo de Rajoy hacia las asociaciones de familiares de represaliados por el franquismo, que no han recibido ni un euro de los Presupuestos desde 2012 para rescatar de las cunetas y fosas a sus muertos. En cambio, los gobiernos del PP han sido más que permisivos con la Fundación Francisco Franco, que al menos entre 2000 y 2003, durante el segundo mandato de Aznar, recibió subvenciones públicas. Esa fundación es la misma que el pasado diciembre condecoró a tres cargos populares por incumplir la Ley de Memoria Histórica: el secretario provincial del partido en Badajoz y diputado en la Asamblea de Extremadura, Juan Antonio Morales, y los alcaldes de Alberche del Caudillo (Toledo) y Guadiana del Caudillo (Badajoz), Ana Rivelles y Antonio Pozo.

Las cloacas del Estado también atufan a franquismo desde que el hijo político del gran censor Fraga llegó a la Moncloa. De ellas han emanado la ‘ley mordaza’, versión actualizada de la ley de vagos y maleantes, o la policía secreta creada por el nacional-católico Jorge Fernández Díaz cuando era ministro del Interior a imagen y semejanza de la brigada político-social franquista.

Todo esto quizá explique por qué a la derecha del PP no hay ningún partido que le haga sombra.

(Publicado en el diario HOY el 2 de abril de 2017)

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