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Fecha: septiembre, 2017
Un problema de perspectiva
El Zurdo 24-09-2017 | 9:24 | 0

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El orwelliano ‘doblepensar’ es moneda corriente en política. Se puede considerar presos políticos a los altos cargos de la Generalitat catalana detenidos por organizar el referéndum ilegal del 1-0, al tiempo que se considera golpista al opositor venezolano Leopoldo López. También se puede llamar represor al Gobierno de Rajoy y no al de Maduro. O se puede apoyar la consulta celebrada el pasado julio por la oposición venezolana contra el presidente del país, que la declaró inconstitucional pero la toleró, y no permitir hacer un simulacro de votación similar en Cataluña. Todo depende si el color del cristal con que se mira es azul, rojo, morado o naranja.

Es un cuestión de perspectiva, como la que plantea Jorge Luis Borges en ‘Un problema’ (1960). En ‘Homo Deus’, el historiador israelí Yuval Noah Harari cita ese relato para ilustrar la idea, confirmada por la ciencia, de que en el hombre conviven al menos dos yoes: el yo experimentador y el yo narrador. El primero es nuestra conciencia constante, aunque no recuerda nada. Recordar, contar relatos y tomar grandes decisiones son tareas exclusivas del yo narrador, el intérprete de nuestras experiencias. Este no lo narra todo; cual periodista o político, teje el relato solo a partir del promedio de momentos culminantes y finales.

No obstante, ambos yoes están fuertemente entrelazados. El narrador usa las experiencias como materia prima para sus relatos, que, a su vez, modelan lo que el experimentador siente. Harari pone como ejemplo que experimentamos el hambre de manera diferente cuando ayunamos durante el Ramadán, cuando lo hacemos para una prueba médica o cuando no comemos por carecer de dinero.

Sin embargo, la mayoría de las personas se identifica con su yo narrador. No importa que el argumento de su vida que han creado esté lleno de mentiras y lagunas y que se reescriba una y otra vez, de forma que la narración de hoy contradice la de ayer: lo importante es que dé sentido a nuestra vida. En definitiva, no permitimos que la realidad nos estropee una buena historia.

Para Harari, el yo narrador es la estrella de ‘Un problema’. En él, Borges trata de conjeturar cómo hubiera reaccionado don Quijote si hubiera matado a un hombre en uno de sus imaginarios combates. El genio argentino plantea así una pregunta fundamental sobre la condición humana: ¿qué ocurre cuando los relatos de nuestro yo narrador nos dañan o dañan a otros? Borges da tres respuestas posibles. La primera es que nada especial ocurre, porque en el mundo alucinatorio de don Quijote haber matado a un hombre no tiene por qué perturbar a quien se bate, o cree batirse, con endriagos y encantadores. La segunda es patética. Don Quijote no logró jamás olvidar que era una proyección de Alonso Quijano, lector de historias fabulosas; ver la muerte lo despierta de su locura acaso para siempre. La tercera es quizá la más verosímil. Don Quijote no puede admitir que el acto tremendo es obra de un delirio y no saldrá nunca de su locura. Es decir, se aferrará a sus fantasías porque será lo único que dará sentido a su crimen y a su sufrimiento. Es lo que en política se conoce, según Harari, como el síndrome de «nuestros muchachos no murieron en vano». Un síndrome que acaban padeciendo casi todos los líderes para justificar sus errores y hacer que la gente crea en entidades imaginarias como el dinero, dioses y naciones.

(Publicado en el diario HOY el 24 de septiembre de 2017)

CODA:

¿Cuál de las opciones planteadas por Borges en el relato ‘Un problema’ elegirán Puigdemont y los independentistas catalanes a partir del 2 de octubre? ¿Y Rajoy y compañía?

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Algunos hombres buenos
El Zurdo 19-09-2017 | 4:56 | 0

Cubierta Bartleby B

En 1853, Herman Melville escribió ‘Bartleby, el escribiente’, una de sus mejores y más controvertidas obras. Narra la historia del tal Bartleby a través de un abogado que tiene su oficina en Wall Street y que, «en la tranquilidad de un cómodo retiro, trabaja cómodamente con los títulos de propiedad de los hombres ricos, con hipotecas y obligaciones». El letrado tiene tres empleados, pero no son suficientes para hacer el trabajo de la oficina y contrata a Bartleby como amanuense.

Al principio, nuestro protagonista se muestra como un empleado ejemplar. Sin embargo, cuando el abogado le pide que examine con él un documento, Bartleby contesta: «Preferiría no hacerlo» y no lo hace. A partir de entonces, rehúsa con la misma frase cada nuevo requerimiento de su patrón, aunque continúa trabajando en sus tareas habituales con la misma eficiencia, hasta que un día decide dejar de escribir y es despedido…

No destriparé el desenlace de un relato que se ha prestado a múltiples interpretaciones por parte de diferentes autores y que, en palabras de Borges, prefigura a Kafka y del que también es deudor declarado Albert Camus y su filosofía del absurdo. Para los filósofos Bartleby es un nihilista estoico o un escéptico, para los religiosos un místico contemplativo, para los psiquiatras un paranoico esquizoide aquejado de mutismo, para los políticos un anarquista antisistema. En este último sentido, ha sido descrito como «una tuerca del engranaje que prefiere no seguir ejerciendo su función» y ha sido considerado un practicante de la desobediencia pasiva y pacífica al estilo de David Henry Thoreau y Gandhi. Porque el primer acto de rebelión es decir no. «A un espíritu que dice no con truenos y relámpagos, el mismo diablo no puede forzarlo a que diga sí», escribe Melville a su amigo y también escritor Nathaniel Hawthorne. «Porque todos los hombres que dicen sí mienten», concluye Melville. Y son cómplices del poder y sus imposturas.

Basta que un individuo haya aceptado vivir en la mentira para consolidar el sistema, como dice Václav Havel. Por eso, para el expresidente de Checoslovaquia, negarse a vivir en la mentira y decir la verdad es el arma más eficaz y corrosiva para combatir el sistema; es el poder de los sin poder.

Así, para cambiar un sistema corrupto, bastan algunos hombres buenos con arrestos para cantarles las verdades del barquero al poder; basta un puñado de Bartleby, de hombres honestos que digan sin miedo «preferiría que no» al patrón de turno cuando le ordene hacer algo inmoral, incorrecto, en definitiva, que está mal.

¿Y dónde están esos hombres honestos? Diógenes de Sínope, el cínico, los buscaba lámpara en mano a pleno luz del día, pero quizás no porque escaseen sino porque no brillan, no se dejan ver con facilidad, actúan en el anonimato, no hacen ostentación de su honestidad, simplemente cumplen con su deber y su conciencia. Son gente como el funcionario catalán que se niega a participar en los preparativos del referéndum del 1-O por ser ilegal. Son gente como el ingeniero Francisco Rebollo, el responsable del alumbrado municipal de Almendralejo que es apartado de sus funciones por el alcalde, José García Lobato, implicado por la UCO en el caso Púnica, al negarse a ser una pieza en el engranaje de la corrupción.

(Publicado en el diario HOY el 17 de septiembre de 2017)

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La solución a Cataluña
El Zurdo 11-09-2017 | 3:58 | 0

Deputies of the Partido Popular (PP) display Spanish flags as they leave the Catalan Parliament before the vote on a bill for a referendum on independence in Barcelona, on September 6, 2017. Catalonia's parliament passed a law on September 6, 2017 paving the way for an independence referendum on October 1 which is fiercely opposed by Madrid, setting a course for Spain's deepest political crises in decades. The law was adopted with 72 votes in favour and 11 abstentions. Lawmakers who oppose independence for the wealthy northeastern region of Spain abandoned the chamber before the vote. / AFP PHOTO / LLUIS GENE

«La historia se repite: primero como tragedia y después como farsa», advirtió Karl Marx. Y a fe que es así en el caso de Cataluña. No es la primera vez que los catalanes tratan de ser un Estado. El penúltimo intento tuvo lugar el 6 de octubre de 1934, en el marco de la huelga general que desatará la fallida Revolución de Asturias.

Aquel día el entonces presidente de la Generalitat, Lluís Companys, y su gobierno en pleno proclamaron el Estado catalán. Este apenas duró 11 horas y acabó con la intervención del Ejército y la detención, el encarcelamiento, el juicio y la condena por rebelión de todo el Govern de Companys. La autonomía catalana fue suspendida hasta su restauración en 1936, después de la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero, a las que concurrió Companys desde la cárcel y tras las cuales fue amnistiado.

Aquella intentona fue trágica; se saldó con 46 muertos, al dar la batalla los Mossos y los Escamots (las juventudes armadas de ERC) en las calles de Barcelona. Quiero creer que la nueva se consumará el 1 de octubre con una farsa de referéndum, las autoridades catalanas procesadas y elecciones anticipadas en Cataluña.

No obstante, tras el 1-O la cuestión catalana continuará sin estar resuelta. Es innegable que hay un porcentaje significativo de independentistas, que ahora oscila entre el 40% y el 50%, según las encuestas, que mengua o crece al albur de las crisis. La Gran Recesión y los tijeretazos dados por el Tribunal Constitucional al nuevo Estatut han exacerbado los sentimientos separatistas, que Artur Mas y sus epígonos han utilizado arteramente para tapar sus trapos sucios y aplacar las revueltas sociales contra su gestión económica, tan austera o más que la del PP.

Por tanto, el 2 de octubre debe comenzar un debate de ideas para resolver, de una vez por todas, el problema catalán. Ya no sirve hacer el don Tancredo envuelto en la bandera rojigualda. Me atrevo a aventurar una solución: un doble referéndum.

El primer paso sería que el Govern y el Gobierno central pactaran las condiciones de un referéndum sobre la independencia de Cataluña. Dicho pacto debería ser aprobado por tres quintos de los miembros del Parlamento catalán y de las Cortes (Congreso y Senado) y después sometido a referéndum de todos los españoles para su ratificación. El procedimiento es similar al ordinario contemplado por la Constitución (artículo 167) para su reforma. También se podría optar por el procedimiento agravado (art. 168), más complejo y rígido, con el argumento de que el referéndum afecta al artículo 2 del Título Preliminar: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española (…)».

Sea por un procedimiento u otro, si la consulta es aprobada se celebraría solo ya en Cataluña bajo las condiciones pactadas. ¿Cuáles? Planteo las siguientes: la participación debe superar el 66% del censo y el sí a la secesión debe ser apoyado por más del 55% de los votantes (como en el de Montenegro de 2006). En caso contrario, se podría convocar un nuevo referéndum pasados ocho años repitiendo todo el proceso.

Esta es la propuesta de un mero plumilla. Por supuesto caben otras, pero eso sí, la vía por la que se opte debe ir «de la ley a la ley pasando por la ley». Porque como sostiene el pensador italiano Paolo Flores d’Arcais, «toda violación o atenuación del principio de legalidad desfigura y pone en mora la democracia».

(Publicado en el diario HOY el 10 de septiembre de 2017)

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La paranoia catalana
El Zurdo 06-09-2017 | 5:12 | 0

Catalan regional President Carles Puigdemont (R) and and vice president Oriol Junqueras attend a session of the Catalonian regional Parliament in Barcelona, Spain, September 6, 2017. REUTERS/Albert Gea

Hoy de nuevo saco a colación ‘Masa y poder’ porque en ella Elias Canetti cita como ejemplo de metamorfosis de fuga un mito que me sirve para ilustrar lo que pasa en Cataluña. Se trata de la historia de Peleo y Tetis, los padres de Aquiles.

Peleo es un mortal que se enamora de la diosa Tetis. Mas ella rehúsa mantener relaciones con él pues no le parece digno. Entonces Peleo sorprende a la diosa mientras duerme en una cueva y la apresa. La ninfa del mar intenta liberarse metamorfoseándose en todo tipo de cosas: en fuego y en agua, en león y en serpiente, pero Peleo no la suelta. La nereida se transforma al fin en un calamar enorme y viscoso que salpica con su tinta al obstinado pretendiente. Todo es inútil. Tetis acaba por rendirse y se ve forzada a entregarse a Peleo.

Esta historia recuerda, según Canetti, los ataques que sufre la gente aquejada de histeria. Las grandes crisis de histeria no son sino una serie de violentas metamorfosis de fuga. La persona afectada se ve aferrada por una fuerza superior que no ceja y de la que quiere escapar; se siente oprimida y experimenta diversas transformaciones con las que trata de aliviar esa opresión. Pero, como explica el pensador búlgaro, lo característico de la histeria es la forma circular de la metamorfosis de fuga. Por mucho que el sentirnos aferrados pueda impulsarnos a huir, no por eso será menos inútil el intento, si lo que nos agarra tiene fuerza suficiente para no soltarnos.

Los secesionistas catalanes son presa de la histeria. Se sienten oprimidos por el Estado español y, tras varios intentos vanos de aflojar esa supuesta opresión a través de diversas metamorfosis (autonomía, reforma del Estatut aguada por el Tribunal Constitucional, pacto fiscal a la vasca rechazado por el Gobierno de Rajoy), se han lanzado a la desesperada a intentar la última y gran transformación: convertirse en un Estado independiente.

Sin embargo, esa supuesta opresión del Estado español es un delirio, una creencia falsa que viven con una profunda convicción a pesar de que la evidencia demuestra lo contrario. Por efecto de ese delirio, los independentistas han caído en la paranoia. Uno de los síntomas del paranoico es la manía persecutoria; se siente cercado. Si se osa contradecir su creencia reacciona a menudo de manera irritada y hostil. Como explica Canetti, las conspiraciones o conjuras están para él a la orden del día, y es seguro que en cualquier cosa descubrirá siempre algo que se las recuerda, aunque solo sea remotamente (las informaciones que ponen en duda la actuación de los Mossos d’Esquadra antes y después de los atentados de Barcelona y Cambrils, por ejemplo). Para el paranoico, su enemigo principal siempre procurará azuzar contra él una jauría cargada de odio desde todos lados en el momento preciso.

Ese momento es el referéndum del 1-O para Puigdemont y compañeros mártires. Pero hasta ellos saben que su paranoica e histérica huida hacia adelante no lleva hacia ninguna parte y acabará ese día en vía muerta, como el Plan Ibarretxe. Entonces, probablemente, tamaño desengaño suma a los soberanistas catalanes en la melancolía, porque esta, según Canetti, se inicia cuando la serie de metamorfosis de fuga termina y consideramos que todas han sido en balde y ya no podemos escapar. Y esa melancolía puede degenerar en depresión si no se le pone remedio, pero entre todos los españoles.

(Publicado en el diario HOY el 3 de septiembre de 2017)

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