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El sentido de las palabras
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El Zurdo | 25-10-2017 | 18:07

GIRONA.-19-10-2017.- Numerosas personas se ha concentrado esta noche delante de la subdelegación del Gobierno en Girona, pidiendo la libertad de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart y a favor de la República Catalana .EFE/Robin Townsend

La independencia es para muchos catalanes lo que era la democracia para muchos españoles durante el franquismo: la isla de Utopía.

El filósofo Ludwing Wittgenstein afirmaba: «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo». Y añadía: «El sentido del mundo debe encontrarse fuera del mundo».

Los hijos del franquismo no conocieron la democracia hasta la muerte del caudillo. Democracia era una palabra tabú, impronunciable, ajena a su mundo. Sin embargo, como todo lo prohibido y desconocido, resultaba fascinante. Por ello, muchos de aquellos encontraron el sentido del mundo y, por ende, de sus vidas en la lucha por alcanzar algo que estaba fuera de su mundo: la democracia.

Una vez lograda, la democracia fue perdiendo atractivo, sobre todo entre los que nacieron y se criaron en su seno, porque para ellos es el estado natural de las cosas, es su mundo. A sus 40 años, ajada por la corrupción y la crisis económica, la democracia española no cautiva a los nacidos a partir de la década de los 60 porque no les ha traído la prosperidad anunciada, todo lo contrario: vivirán en la vejez peor que sus padres, como advierte un reciente estudio de la OCDE.

En consecuencia, las generaciones del ‘baby boom’ y de los ‘millennials’ tratan de buscar el sentido del mundo fuera de su mundo. Muchos de ellos lo han hallado en la reivindicación de la democracia real, entendiendo que la fundada por la Constitución de 1978 es una versión adulterada. El 15-M surgió de esa reivindicación. Y esta se ha asociado a la independencia en Cataluña, ya que es vista como el camino hacia una democracia auténtica por al menos dos millones de catalanes. Ya decía también Wittgenstein que «imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida» y que «el significado (de las palabras) es solo el uso».

La intervención de la autonomía catalana, a través del artículo 155 de la Carta Magna, y el encarcelamiento de los ‘Jordis’, los cabecillas de los movimientos soberanistas ANC y Òmnium Cultural, alimentan la ilusión de los ‘indepes’ de que luchan legítimamente por la instauración de una democracia real frente a un Estado «policial» y «opresor». Les da argumentos para sostener su relato victimista y que el «régimen del 78» sufre una regresión autoritaria bajo la bota del Gobierno de Rajoy. Otra falacia, como la de los 16.000 millones que España roba a Cataluña, que, a fuerza de repetirla mil y una veces, los goebbelianos propogandistas del independentismo convertirán en (pos)verdad durante esta larga campaña electoral que se abre con la aplicación del 155 de marras, ya que culminará con la convocatoria de elecciones autonómicas en el plazo máximo de seis meses. Travestirán así la división entre ‘indepes’ y no ‘indepes’ en antagonismo entre demócratas y franquistas, que extenderán a toda España. Así, a sus miopes ojos, solo caben dos opciones: o estás con ellos o estás contra ellos y la democracia.

Para más inri, la intervención de la autonomía, que incluye el cese del Govern en pleno, avivará el sentimiento de humillación en buena parte de los catalanes. Y cuando al adversario no solo se le derrota sino que se le humilla, no se resuelve el conflicto sino que se perpetúa, porque no se restañan heridas sino que se abren más. Valga como botón de muestra y lección histórica el Tratado de Versalles (1919), que puso fin a la Primera Guerra Mundial y fue el primer paso hacia la segunda, pues resultó humillante para los alemanes y sembró la semilla del diablo nazi.

(Publicado en el diario HOY el 22 de octubre de 2017)

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