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Fecha: noviembre, 2017
Y líbranos del mal
El Zurdo 27-11-2017 | 7:25 | 0

mladic

En julio de 1995, el ejército serbobosnio tomó a sangre y fuego Srebrenica y asesinó a casi 8.000 hombres y niños musulmanes. Aquella fue la mayor masacre de la historia de Europa desde la II Guerra Mundial. Al mando estaba el general Ratko Mladic, ‘el carnicero de los Balcanes’, que actuaba bajo las órdenes del poeta y psiquiatra Radovan Karadzic, presidente de la República Srpska. Por ese genocidio y otros crímenes contra la humanidad, ambos han sido condenados por el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY). Karadzic fue sentenciado a 40 años de prisión en marzo de 2016 y Mladic a cadena perpetua el pasado miércoles.

Según Slavenka Drakulic, existe la tentación de llamar «monstruos» a los criminales de guerra como Karadzic, Mladic y el expresidente yugolsavo Milosevic, quien murió en su celda en 2006 antes de escuchar el veredicto del TPIY, «porque es la forma más fácil de no tener presente la terrible idea de que también nosotros seríamos capaces de cometer u ordenar atrocidades». Sin embargo, la escritora croata subraya que todos los seres humanos tenemos la capacidad de hacer tanto el bien como el mal. Ahora bien, también la de elegir. Los ambiciosos Karadzic y Milosevic escogieron el poder. El carismático, brutal y arrogante Mladic, su nación. Y por una cosa u otra estuvieron dispuestos a adentrarse en el corazón de las tinieblas y a abrazar el horror.

Drakulic retrata a estos y otros malhechores balcánicos, conocidos y anónimos, en ‘No matarían ni una mosca’, que trazó basándose en sus testimonios y los de víctimas en los juicios celebrados en La Haya. Sigue así las huellas de Hanna Arendt, que estudió el comportamiento del oficial de la SS Adolf Eichmann, responsable de la ‘solución final’, durante el proceso que se siguió contra él en Israel en 1961, estudio que plasmó en el libro ‘Eichmann en Jerusalén’. De hecho, el título del ensayo de Drakulic alude a un texto de Arendt recogido en sus ‘Ensayos de compresión, 1930-1954’: «Cuando su trabajo lo lleva a asesinar a alguien no se considera un asesino ya que no lo ha hecho por inclinación personal, sino a título profesional. Por pura pasión, él no mataría ni una mosca».

Para la filósofa judía de origen alemán y exiliada en EE UU, el jerarca nazi no era un monstruo ni un psicópata antisemita, sino un hombre normal, un diligente y arribista burócrata al servicio de un régimen criminal que cumplió con lo que creía su deber, sin preocuparse por las consecuencias de sus abyectos actos. A partir de este análisis, Arendt acuñó la polémica expresión «la banalidad del mal» para manifestar que este, por acción u omisión, puede ser obra de gente común que, por ambición, miedo o coacción, renuncia a pensar para abandonarse a la corriente de su tiempo.

En definitiva, nadie está libre del mal. Cuando el Savonarola de turno enciende la hoguera de las vanidades, cuando las banderas se tienden cara al sol, cuando la emoción nubla la razón, cuando el ruido y la furia toman la calle, puede aflorar lo peor de la condición humana. Ese pavoroso descubrimiento es válido para entender lo que ocurrió en los Balcanes, como muestra Drakulic, o en el País Vasco, como refleja Fernando Aramburu en ‘Patria’, y como aviso para temerarios navegantes ‘estelados’ y salvapatrias de baratillo. Y frente a los que exhortan a tomar partido por unos u otros, Drakulic advierte: «El acorralamiento de las voces conciliadoras es un siniestro signo de que los problemas están a punto de agravarse».

(Publicado el 26 de noviembre de 2017)

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Desconectados
El Zurdo 21-11-2017 | 5:27 | 0

MADRID. 18-11-17. CONCENTRACION EN LA PLAZA DE ESPA„A PARA PEDIR UN TREN DIGNO.A EXTREMADURA. FOTO: JOSE RAMON LADRA.

Mientras unos se empecinan en desconectarse de España y la realidad, otros clamamos por conectarnos a ambas. Mientras unos viajan en primera clase y prefieren ir mejor solos que mal acompañados, otros renqueamos en tercera, creemos que la unión hace la fuerza y aspiramos a alcanzar un tren de vida digno. Mientras unos ondean la bandera de la propiedad, otros levantamos la de la solidaridad. Mientras unos suplican protección y reconocimiento a Bruselas, otros rogamos a Madrid que nos tenga en cuenta y en las cuentas. Mientras unos se lamentan de comer altramuces, otros, a los que dan la espalda, nos conformamos con las cáscaras que tiran.

Una vez más es cuestión de perspectiva. Las cosas no se perciben de la misma manera desde la riqueza que desde la pobreza. Cataluña, mal que les pese a algunos, integra la España llena pero nunca satisfecha. Por eso, sus reivindicaciones son más políticas (ser reconocida como nación, independencia…) que económicas (aunque las hay, pero como justificación de las primeras), más divinas que humanas. Extremadura, en cambio, pertenece, aunque le importe a pocos, a esa España abandonada y resignada a su suerte que tan bien retrata Sergio del Molino en su ensayo ‘La España vacía. Viaje por un país que nunca fue’ y de la que es reflejo nuestra decimonónica red ferroviaria. Por eso, sus peticiones son más materiales, tan profanas como un ferrocarril rápido.

El politólogo Ronald Inglehart afirma que, a medida que un país se desarrolla, cambian las orientaciones de los valores de los individuos: se interesarán menos por la provisión de bienes y recursos inmediatos (empleos, dinero, coches…) y más por cuestiones relacionadas con el estilo de vida (medio ambiente, justicia social, paz y derechos humanos…). Inglehart denomina «materialistas» al primer conjunto de valores y «posmaterialistas» al segundo, por lo que ve en el posmaterialismo un síntoma de modernización económica. También concluye que en las democracias industriales más avanzadas hay una mayor propensión del ciudadano a participar en actividades políticas no convencionales (boicots, manifestaciones, huelgas ilegales u okupaciones). A la luz de esta teoría, se puede comprender por qué los catalanes se movilizan más que los extremeños para reclamar aquello a lo que creen tener derecho.

Ambos coincidimos en considerarnos víctimas de un agravio. Ambos nos sentimos diferentes, pero no entendemos la diferencia de forma similar. El extremeño reniega de ella; se siente ninguneado, un patito feo, y desea que se le trate igual que a cualquiera. El catalán, por el contrario, ha hecho de la diferencia motivo de orgullo; se siente especial, un cisne, y no quiere que se le trate como a un cualquiera.

Pero quien no llora, no mama y, como explica el jurista Javier Pérez Royo, el gran hecho diferencial, sin el cual no se entiende lo que ha pasado y pasa en Cataluña, es que «el nacionalismo catalán ha sabido dotarse de plataformas de movilización ciudadana sin parangón en cualquier país de Europa y posiblemente en cualquier otro país del mundo». Es decir, ha sabido hacerse oír.

Sin embargo, han tenido que pasar dos décadas de promesas incumplidas para que los extremeños nos hartáramos y, por fin, nos plantáramos en la Villa y Corte y levantáramos la voz para exigir algo quizá tan prosaico para un catalán como necesario para nosotros: ¡un tren digno ya!

(Publicado en el diario HOY el 19 de noviembre de 2017)

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Un país de camareros
El Zurdo 14-11-2017 | 5:06 | 0

DOCU_GRUPO

La economía española se recupera, pero ya no ladrillo a ladrillo sino copa a copa. España ha pasado de ser un país en construcción a un país de camareros. La hostelería se ha convertido en uno los motores diésel que tira del desvencijado carro patrio.

Antes de la Gran Recesión, España era adicta al ladrillo. Ahora ahoga sus penas en alcohol, que empieza a subírsele a la cabeza y a soltarle la lengua. Así, bajo los efectos de la espirituosa euforia que precede a la resaca, alardea, entre trago y trago, de ser la que más crece y más trabajo genera de sus colegas europeos. Eso dicen las grandes cifras, pero si leemos la letra pequeña veremos que la precarización laboral va en aumento, sobre todo en la hostelería.

A principios de 2008 había 2,7 millones de personas subidas al andamio. Seis años después, tras explotar la burbuja inmobiliaria, quedaban 950.000. De los 1,75 millones de empleos que se destruyeron, solo se han recuperado 200.000. Cuatro de cada diez personas que llevan más de cuatro años en paro proceden de la construcción.

Por el contrario, la hostelería ha creado uno de cada cuatro nuevos empleos. Desde que tocara suelo en 2013, ha generado más de medio millón de puestos y ya da trabajo a 1,74 millones de almas. Sin embargo, es un sector muy estacional, sometido a los vaivenes de la demanda turística, que registra récords año tras año, pero, ojo, gracias al terrorismo yihadista. Sí, porque estamos captando visitantes que han dejado de viajar a las playas del Magreb porque se han vuelto inseguras.

En consecuencia, la inmensa mayoría de los contratos que se firman en la hostelería son temporales, disparándose los que duran menos de una semana e incluso horas. Lo más grave es que, como diagnostica la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea), el contrato temporal ya no es la vía para poder lograr uno indefinido, sino «un elemento que perpetúa la desigualdad social, además de dañar la Seguridad Social y el futuro de las pensiones». «Hay gente de más de 45 años que no hace otra cosa que encadenar contratos temporales. Antes en la construcción, al menos, estos duraban años», advierte el investigador de Fedea Florentino Felgueroso.

La metástasis de la contratación temporal y a tiempo parcial está tirando de los salarios hacia abajo, pese a que el PIB ya acumula tres años de crecimiento. Por primera vez desde el inicio de la crisis el salario bruto medio nacional bajó en 2016, hasta 1.878 euros al mes, según los datos del INE, que constatan que en España la precariedad laboral tiene rostro de mujer joven con título universitario que sirve copas o hamburguesas o vende ropa no más de 25 horas a la semana y por menos de la mitad de lo que cobra un hombre mayor de 55 años con contrato indefinido a jornada completa.

En definitiva, se están imponiendo en nuestro país los ‘McJobs’. El término alude al tipo de contrato precario que tienen los empleados de McDonald’s. Por extensión, el diccionario Oxford define como tal cualquier «trabajo poco estimulante y mal pagado, con pocas perspectivas y creado especialmente durante la expansión del sector servicios».

España se recupera sí, pero a costa de cocer a fuego lento el huevo de la serpiente de la próxima crisis y de beberse el futuro de la generación más preparada de su historia.

(Publicado el 12 de noviembre de 2017)

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Ganan la batalla del relato
El Zurdo 07-11-2017 | 6:50 | 0

GRAF229. MADRID, 02/10/2017.- Los exmiembros del Govern (de izda. a dcha.) Joaquín Forn, Raül Romeva, Dolors Bassa, Jordi Turull, Josep Rull y Meritxell berrás a su llegada a la sede de la Audiencia Nacional donde hoy están citados a declarar junto al expresidente de la Generalitat como imputados por delitos de rebelión, sedición y malversación tras la declaración unilateral de independencia, anulada por el Tribunal Constitucional. EFE/Fernando Alvarado

No cabe duda de que Carles Puigdemont y sus consejeros, así como la presidenta del ‘Parlament’ y demás miembros de la Mesa de la Cámara catalana, cometieron más de un delito durante el cacareado proceso que culminó el 27 de octubre con la más esperpéntica que solemne proclamación de la república independiente de Cataluña. Lo que sí resulta más que dudoso es que cometieran algunos de los graves delitos que les imputa el fiscal general del Estado, como el de rebelión, que requiere violencia.

Lo duda hasta el propio Supremo, que investiga a Carme Forcadell y al resto de la Mesa. El alto tribunal enmendó la plana a José Manuel Maza y sugirió que más que rebelión pudieron haber cometido, si acaso, «conspiración para la rebelión», castigado con menos años de cárcel. Además, dio una semana más a los abogados para preparar sus defensas y solo exigió a los acusados un número de teléfono donde estuvieran localizables.

En cambio, la juez de la Audiencia Nacional que lleva la causa contra los ‘consellers’ cesados se mostró más papista que el Papa, hizo suyos los argumentos de Maza y, tras tomarles declaración, envió a la cárcel a los nueve que no huyeron con el ‘president’ a Bélgica. Para todos ellos decretó prisión incondicional, salvo para el «traidor» Santi Vila, para el que fijó una fianza de 50.000 euros, al valorar que se bajó del tren del ‘procés’ antes de que se estrellara. Alega Carmen Lamela para imponerles tan dura medida cautelar que existe riesgo de fuga, «pues algunos querellados ya se han desplazado a otros países eludiendo las responsabilidades penales en las que pudieran haber incurrido». Sin embargo, si no volaron es porque, al contrario que los pájaros emigrados a Bruselas, decidieron tener la vergüenza torera de asumir las consecuencias de su desobediencia a las leyes.

Con el encarcelamiento de más de la mitad del Govern, el independentismo ya tiene los mártires que quería para alimentar su relato victimista cara a las elecciones del 21-D, para dejar en entredicho la imparcialidad del sistema judicial y la división de poderes en España. Un cuento que ya le ha comprado parte de la prensa anglosajona. Una prensa que ha sacado a pasear el fantasma de Franco para poner bajo sospecha nuestra «joven» democracia, queriendo insinuar con su juventud que aún es inmadura y endeble.

Con esta munición y el atrincheramiento de Puigdemont en Bruselas a lo Pinochet en Londres, los soberanistas van ganando la batalla del relato, porque han logrado internacionalizar el conflicto catalán, que se hable de él, bien o mal, pero que se hable, allende los Pirineos, hasta en el Senado de EE UU.

En tiempos de tribulación es más necesaria la sofrosine de la que ha hecho gala el Supremo que la severidad extrema mostrada por Lamela. Es necesario que la Justicia haga más uso de la balanza que de la espada y siga algunos de los consejos que don Quijote da a Sancho Panza antes de que fuese a gobernar la ínsula Barataria. El primero, «cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo». El segundo, «si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia». Y el tercero, «cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún enemigo tuyo, aparta las mientes de tu injuria, y ponlas en la verdad del caso».

(Publicado en el diario HOY el 5 de noviembre de 2017)

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