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La presa
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El Zurdo | 11-12-2017 | 17:35

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Esta semana ‘El Mundo’ ha publicado las declaraciones en el juicio, ya visto para sentencia, de uno de los cinco integrantes de ‘La Manada’ y de la chica que los acusa de violarla en grupo en un portal de Pamplona la madrugada de San Fermín de 2016. De esos interrogatorios se infiere que la defensa trató de convertir el juicio contra los denunciados en un juicio contra la denunciante. Su estrategia se centró en la presunción de culpabilidad de la víctima, en poner en cuestión su decencia, a fin de demostrar que fue una relación consentida. La conclusión machista de esta estrategia perversa es que una mujer de «vida alegre» tiene muchas menos probabilidades de ser violada que una mujer recatada y, sobre todo, de ser creída, porque, en definitiva, se lo habrá buscado.

Por tanto, la sentencia del tribunal dependerá de lo que entienda por consentimiento. Consentir no es lo mismo que desear, aunque la defensa haya utilizado ambos términos como sinónimos. Se puede consentir por coacción o miedo. De hecho, así lo refleja la chica en su relato pormenorizado. «Recuerdo la puerta [del portal], llegamos al cubículo ese, y fue cuando empecé a sentir más miedo porque me vi rodeada por ellos», respondió a preguntas de la fiscal. «Estaba totalmente en ‘shock’, no sabía qué hacer, quería que todo pasara rápido y cerré los ojos para no enterarme de nada y que pasara rápido», agregó. «No sabía cómo reaccionar y no reaccioné, reaccioné sometiéndome», admitió.

También, como buscaba la defensa, confesó que al regresar a casa se sentía muy culpable de lo ocurrido porque creía que lo podría haber evitado y pensaba que «les estaba jodiendo la vida» a los encausados. Asimismo, desveló que tenía pesadillas, insomnio, problemas de concentración, que no podía parar de llorar y que sigue una psicoterapia.

Esa mezcla de culpabilidad, vergüenza y depresión es habitual en las víctimas de agresión sexual. Es lo mismo que, por ejemplo, sentía Kozarac, madre de dos hijos violada durante la guerra de Bosnia. En ‘No matarían ni una mosca’, la autora, Slavenka Drakulic, cuenta que Kozarac le describió su sentimiento de humillación y suciedad, de absoluta impotencia, de una especie de ausencia de su cuerpo; le habló de su deseo de desaparecer, de morir instantáneamente.

Sea cual sea el veredicto, hay un hecho que retrata a los acusados, que deja patente su concepción de las mujeres. «Tal y como fuimos eyaculando pues nos fuimos», detalló el considerado cabecilla del grupo, el tal Prenda, al explicar cómo, consumada su correría, se marcharon uno a uno del portal, dejando a la chica allí sola, tirada en el suelo semidesnuda, sin intercambiar una palabra con ella, sin preocuparse lo más mínimo por si lo había pasado bien, sin interés alguno en volver a verla. El quintento se comportó así como lo que hace llamarse, una manada de depredadores, una muta de caza que, una vez abatido el objetivo, una vez cobrado el trofeo y repartido entre sus miembros, una vez ha triunfado su voluntad, una vez aplacado su frenesí, se desentiende de la presa, como el lobo que deja los restos de su cacería a la intemperie para que sirvan de comida a los carroñeros. Y para que quede constancia, para alardear ante el irrespetable, han inmortalizado unos fragmentos de su hazaña, carroña para los devoradores de telebasura y videocarnaza, esa que pasa de móvil a móvil, de manada a manada.

(Publicado en el diario HOY el 10 de diciembre de 2017)

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