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Mentir es antidemocrático

CRISTINA CIFUENTES PARTICIPA EN LA SEGUNDA JORNADA DE LA CONVENCIÓN NACIONAL DEL PP 07/04/2018/

Cristina Cifuentes saltó al ruedo ibérico como la gran esperanza carmín del centroderecha patrio, como adalid de la regeneración política, como martillo de corruptos correosos y púnicos y nepotistas aguerridos, pero no estaba libre de pecado. Su supuesto pecado –conseguir un máster por su cara bonita, sin asistir a clase, sin presentarse a los exámenes y sin hacer el trabajo final– puede parecer venial si se compara con los de excamaradas de bandería con las manos manchadas de dinero negro, como el volandero de garganta profunda Francisco Granados o aquel del que este sostiene que ella «se jactaba de ser las manos, los oídos y la voz», el ácueo y aticista Ignacio González.

No obstante, su contumacia en negar lo que cada vez es más evidente, en atrincherarse tras una cortina de embustes nos ha revelado la verdadera naturaleza mixtificadora de la baronesa castiza, amén de que ha sacado los colores a la universidad pública Rey Juan Carlos I, ya en entredicho desde que el anterior rector, Fernando Suárez, fuera acusado de plagio por una decena larga de autores, pese a lo cual ni fue cesado ni dimitió, simplemente no se presentó a la reelección, pasando el testigo al actual, Javier Ramos, tachado de «candidato títere» por su única rival, Rosa Berganza.

La mentira siempre ha sido un arma más que eficaz para conquistar y mantener el poder, sea en una universidad, en la Real Casa de Correos de Madrid, en la Moncloa o en la Casa Blanca. Bien lo sabían Maquiavelo o Goebbels. Mas la mentira es inadmisible en una democracia, conduce a su destrucción, al totalitarismo. Como dice Paolo Flores d’Arcais en su ensayo ‘¡Democracia!’, «decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad es el imperativo categórico de la democracia».

Para el filósofo y periodista italiano, la mentira es ya de por sí usurpación de soberanía, porque «si la verdad y la transparencia no dominan la vida pública, se niega al ciudadano la posibilidad de formarse una opinión autónoma y, por lo tanto, la elección libre de su representante». Por ende, en democracia, el político (o el periodista a su servicio) que miente en la escena pública no es que trate al ciudadano como un tonto sino «como un enemigo potencial».

Es significativo que, en un mundo donde el dinero es la medida de todas las cosas y goza de más libertad que las personas, el mercado se muestre más severo con el mentiroso que la democracia. La estafa es castigada en el comercio como un delito y, en cambio, «se asume como parte integrante del ‘realismo político’ tan pronto como la falsificación de las verdades de hecho –eso que hoy se llama posverdad y de lo que Donald Trump es el paradigma– es tolerada, o incluso magnificada, como instrumento de la actividad política», como explica el pensador udinés. Este se inspira en Hanna Arendt, quien ya decía que la verdad y la política nunca se han llevado demasiado bien. Sin embargo, el político que miente, cual carterista o trilero, le está hurtando su voluntad al ciudadano, porque, como dice Flores d’Arcais, sustituye con su propia voluntad la del representado. Pero en vez de acabar en la cárcel, las más de las veces termina siendo elegido para la gloria.

Entonces, ¿cuál es el anticuerpo más potente contra la mentira? Una prensa plural y libre. Cuanto más plural y libre, mejor vacunados estaremos de ese virus letal para la democracia. Como escribió Joseph Pulitzer, el periodista y editor que da nombre al prestigioso premio, «una opinión pública bien informada es nuestro tribunal supremo» y «una prensa honesta» su «instrumento eficaz». El caso Cifuentes es una prueba más.

(Publicado en el diario HOY el 8 de abril de 2018)

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