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La lección del fin de ETA

A municipal worker removes graffiti reading "ETA, Thanks" two days after militant Basque separatists ETA announced their dissolution, in Bilbao, Spain, May 5, 2018. REUTERS/Vincent West/

El pasado viernes, ETA celebró su propio funeral, escenificó con pompa su muerte, anunciada días antes por entregas en una serie de comunicados en que sobraron preces y justificaciones y faltaron un ‘mea culpa’ sin excepciones y un perdón a todas sus víctimas, no solo «a aquellas que no tenían participación directa en el conflicto».

En realidad, ETA hacía seis años y medio que era un zombi, desde que el 20 de octubre de 2011 anunció el «cese definitivo» de su violencia. Es de justicia reconocerle al entonces presidente del Gobierno, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero, el mérito de lograr que ETA dejara de matar, pese a que no se lo pusieron fácil ni la propia organización terrorista ni el Partido Popular.

Para bien y para mal, Zapatero es un optimista irredento. Su optimismo le impulsó a negar la crisis hasta que ya era demasiado tarde y Bruselas y Merkel le dieron una bofetada de realidad. No obstante, ese mismo optimismo a prueba de bombas –como se demostró tras el atentado de la T4 del aeropuerto de Barajas ocurrido el 30 de diciembre de 2006– le llevó a triunfar donde sus predecesores fracasaron, consiguiendo, por la vía del diálogo, que ETA abandonara las armas a cambio de nada, sin hacer ninguna concesión. Y eso que en ningún momento contó con el apoyo del PP, que, arrogándose la representación de las víctimas, agitó la calle con manifestaciones continuas contra «el proceso de paz». Para más inri, el entonces líder de la oposición, Mariano Rajoy, llegó a acusarle de «traicionar a los muertos» y «vigorizar a una ETA moribunda» en un ejercicio de ese populismo punitivo que el PP tiene a gala para ganarse el aplauso popular a medidas de dudosa constitucionalidad como la prisión permanente revisable o la ‘ley mordaza’.

Aquello fue un golpe barriobajero que quebró la cacareada unidad de los partidos demócratas contra el terrorismo, esa que el hoy jefe del Ejecutivo valoró el viernes tras la disolución de la banda cuando destacó, con su maquiavelismo habitual, que «todas las formaciones políticas supimos estar unidas contra ETA», gracias a lo cual «la democracia ha vencido» y los terroristas «no han logrado ninguno de los objetivos políticos que se marcaron».

Con todo, Zapatero ha disculpado a Rajoy su deslealtad institucional y coincide con él en que «la democracia siempre acaba imponiendo sus valores precisamente porque son valores superiores, por ello el fin de ETA es ante todo un reconocimiento de la fortaleza moral de la democracia». Una democracia cuya mayor virtud es también su mayor debilidad: ser esa sociedad abierta de la que habla Karl Popper en la que tienen cabida hasta sus enemigos.

Mas la «casi heroica» lucha contra ETA, como ha recalcado Zapatero, debe servir como ejemplo de que, para defenderse de sus enemigos, la democracia «no puede pervertir sus valores porque acaba imponiéndose», solo debe emplear su mejor arma: el diálogo. Este y no los GAL han acabado con ETA. El exdiputado socialista Eduardo Madina, que perdió una pierna en un atentado etarra, así se lo dejó claro a Zapatero cuando aún estaba en el hospital: «Esto solo lo podemos terminar dialogando, negociando». Y el tiempo le ha dado la razón. Sirva de lección para sacar a Cataluña de su laberinto. Al menos, en este caso, el Gobierno sí cuenta con el respaldo del principal partido de la oposición.

(Publicado en el diario HOY el 6 de mayo de 2018)

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