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El derecho a morir

Defiendo la vida tanto como la Iglesia católica. Otra cosa es que no entienda por vida lo mismo. Para la Iglesia, morirse de dolor sigue siendo vida. Para mí, no. Cuando una enfermedad irreversible convierte la existencia en un calvario, el paciente no vive, sino que sufre una lenta y dolorosa agonía. Obligarle a malvivir cuando su dolencia no tiene cura es torturarle. En cambio, ayudarle a pasar a mejor vida es, en mi heterodoxa opinión, el mayor acto de caridad, esto es, de amor, que es lo que significa ‘caritas’, el vocablo latino del que procede ‘caridad’.

En su primera carta a los Corintios, San Pablo predica: «El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta».

Ángel Hernández, de 69 años, ha demostrado todo su amor a su mujer, María José Carrasco, de 61 y enferma de esclerosis múltiple desde hacía 30 años, al desvivirse con la paciencia del santo Job por cuidarla, sobre todo la última década, que ha pasado postrada sin poder moverse, y al prestarle sus manos para cumplir su última voluntad: poner fin a su vida para poner fin a su terrible sufrimiento. El servicial Ángel ha ayudado a su esposa a morir con serenidad y desinterés, sin temer el mal que puede recibir: una pena de hasta diez años de prisión. Su amor todo lo disculpa…, todo lo soporta. Ángel y María José decidieron grabar el momento en que ella pide a su marido que le administre el fármaco letal y él se lo da para denunciar una injusticia, que no hay derecho a hacer sufrir a alguien innecesariamente, y demostrar una verdad: la necesidad de legalizar la eutanasia y el suicidio asistido.

Sin embargo, la Iglesia se opone a la eutanasia porque alega que atenta contra el quinto mandamiento: «No matarás». Asimismo, hace malabares teológicos para reconocer el libre albedrío humano y, al mismo tiempo, sostener que la vida es un don divino que solo Dios puede dar y quitar, con lo que priva al hombre del que Thomas Szasz considera el derecho más básico de todos: el derecho a morir. Este filósofo y psiquiatra estadounidense de origen húngaro defiende que el individuo debe ser libre de escoger cuándo morir sin interferencia de lo que denomina el Estado terapéutico, que «ha asumido el papel de proteger a la gente de sí misma en lugar de protegerla de otra gente», y sus profesionales: psiquiatras, sacerdotes y políticos. Szasz arguye que si otros te pueden obligar a vivir, no eres dueño de ti mismo y perteneces a ellos.

Antes que él, el filósofo Arthur Schopenhauer escribió en ‘El mundo como voluntad y representación’: «Lejos de ser una negación de la voluntad, el suicidio es un fenómeno de la más fuerte afirmación de la voluntad. (…) El suicida quiere la vida y solo se halla descontento de las condiciones en las cuales se encuentra. Por eso, al destruir el fenómeno individual, no renuncia en modo alguno a la voluntad de vivir, sino tan solo a la vida. Él quiere la vida, quiere una existencia y una afirmación sin trabas del cuerpo, pero el entrelazamiento de las circunstancias no se lo permite y ello le origina un enorme sufrimiento».

María José se agarró a la vida durante 30 años, hasta que el sufrimiento no le dejaba vivir dignamente y, por ello, decidió morir dignamente. Esa fue su voluntad. Descanse, por fin, en paz.

(Publicado en el diario HOY el 7 de abril de 2019)

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