Hoy

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Autor: Elzurdo
Algunos hombres buenos
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El Zurdo | 19-09-2017 | 4:56| 0

Cubierta Bartleby B

En 1853, Herman Melville escribió ‘Bartleby, el escribiente’, una de sus mejores y más controvertidas obras. Narra la historia del tal Bartleby a través de un abogado que tiene su oficina en Wall Street y que, «en la tranquilidad de un cómodo retiro, trabaja cómodamente con los títulos de propiedad de los hombres ricos, con hipotecas y obligaciones». El letrado tiene tres empleados, pero no son suficientes para hacer el trabajo de la oficina y contrata a Bartleby como amanuense.

Al principio, nuestro protagonista se muestra como un empleado ejemplar. Sin embargo, cuando el abogado le pide que examine con él un documento, Bartleby contesta: «Preferiría no hacerlo» y no lo hace. A partir de entonces, rehúsa con la misma frase cada nuevo requerimiento de su patrón, aunque continúa trabajando en sus tareas habituales con la misma eficiencia, hasta que un día decide dejar de escribir y es despedido…

No destriparé el desenlace de un relato que se ha prestado a múltiples interpretaciones por parte de diferentes autores y que, en palabras de Borges, prefigura a Kafka y del que también es deudor declarado Albert Camus y su filosofía del absurdo. Para los filósofos Bartleby es un nihilista estoico o un escéptico, para los religiosos un místico contemplativo, para los psiquiatras un paranoico esquizoide aquejado de mutismo, para los políticos un anarquista antisistema. En este último sentido, ha sido descrito como «una tuerca del engranaje que prefiere no seguir ejerciendo su función» y ha sido considerado un practicante de la desobediencia pasiva y pacífica al estilo de David Henry Thoreau y Gandhi. Porque el primer acto de rebelión es decir no. «A un espíritu que dice no con truenos y relámpagos, el mismo diablo no puede forzarlo a que diga sí», escribe Melville a su amigo y también escritor Nathaniel Hawthorne. «Porque todos los hombres que dicen sí mienten», concluye Melville. Y son cómplices del poder y sus imposturas.

Basta que un individuo haya aceptado vivir en la mentira para consolidar el sistema, como dice Václav Havel. Por eso, para el expresidente de Checoslovaquia, negarse a vivir en la mentira y decir la verdad es el arma más eficaz y corrosiva para combatir el sistema; es el poder de los sin poder.

Así, para cambiar un sistema corrupto, bastan algunos hombres buenos con arrestos para cantarles las verdades del barquero al poder; basta un puñado de Bartleby, de hombres honestos que digan sin miedo «preferiría que no» al patrón de turno cuando le ordene hacer algo inmoral, incorrecto, en definitiva, que está mal.

¿Y dónde están esos hombres honestos? Diógenes de Sínope, el cínico, los buscaba lámpara en mano a pleno luz del día, pero quizás no porque escaseen sino porque no brillan, no se dejan ver con facilidad, actúan en el anonimato, no hacen ostentación de su honestidad, simplemente cumplen con su deber y su conciencia. Son gente como el funcionario catalán que se niega a participar en los preparativos del referéndum del 1-O por ser ilegal. Son gente como el ingeniero Francisco Rebollo, el responsable del alumbrado municipal de Almendralejo que es apartado de sus funciones por el alcalde, José García Lobato, implicado por la UCO en el caso Púnica, al negarse a ser una pieza en el engranaje de la corrupción.

(Publicado en el diario HOY el 17 de septiembre de 2017)

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La solución a Cataluña
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El Zurdo | 11-09-2017 | 3:58| 0

Deputies of the Partido Popular (PP) display Spanish flags as they leave the Catalan Parliament before the vote on a bill for a referendum on independence in Barcelona, on September 6, 2017. Catalonia's parliament passed a law on September 6, 2017 paving the way for an independence referendum on October 1 which is fiercely opposed by Madrid, setting a course for Spain's deepest political crises in decades. The law was adopted with 72 votes in favour and 11 abstentions. Lawmakers who oppose independence for the wealthy northeastern region of Spain abandoned the chamber before the vote. / AFP PHOTO / LLUIS GENE

«La historia se repite: primero como tragedia y después como farsa», advirtió Karl Marx. Y a fe que es así en el caso de Cataluña. No es la primera vez que los catalanes tratan de ser un Estado. El penúltimo intento tuvo lugar el 6 de octubre de 1934, en el marco de la huelga general que desatará la fallida Revolución de Asturias.

Aquel día el entonces presidente de la Generalitat, Lluís Companys, y su gobierno en pleno proclamaron el Estado catalán. Este apenas duró 11 horas y acabó con la intervención del Ejército y la detención, el encarcelamiento, el juicio y la condena por rebelión de todo el Govern de Companys. La autonomía catalana fue suspendida hasta su restauración en 1936, después de la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero, a las que concurrió Companys desde la cárcel y tras las cuales fue amnistiado.

Aquella intentona fue trágica; se saldó con 46 muertos, al dar la batalla los Mossos y los Escamots (las juventudes armadas de ERC) en las calles de Barcelona. Quiero creer que la nueva se consumará el 1 de octubre con una farsa de referéndum, las autoridades catalanas procesadas y elecciones anticipadas en Cataluña.

No obstante, tras el 1-O la cuestión catalana continuará sin estar resuelta. Es innegable que hay un porcentaje significativo de independentistas, que ahora oscila entre el 40% y el 50%, según las encuestas, que mengua o crece al albur de las crisis. La Gran Recesión y los tijeretazos dados por el Tribunal Constitucional al nuevo Estatut han exacerbado los sentimientos separatistas, que Artur Mas y sus epígonos han utilizado arteramente para tapar sus trapos sucios y aplacar las revueltas sociales contra su gestión económica, tan austera o más que la del PP.

Por tanto, el 2 de octubre debe comenzar un debate de ideas para resolver, de una vez por todas, el problema catalán. Ya no sirve hacer el don Tancredo envuelto en la bandera rojigualda. Me atrevo a aventurar una solución: un doble referéndum.

El primer paso sería que el Govern y el Gobierno central pactaran las condiciones de un referéndum sobre la independencia de Cataluña. Dicho pacto debería ser aprobado por tres quintos de los miembros del Parlamento catalán y de las Cortes (Congreso y Senado) y después sometido a referéndum de todos los españoles para su ratificación. El procedimiento es similar al ordinario contemplado por la Constitución (artículo 167) para su reforma. También se podría optar por el procedimiento agravado (art. 168), más complejo y rígido, con el argumento de que el referéndum afecta al artículo 2 del Título Preliminar: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española (…)».

Sea por un procedimiento u otro, si la consulta es aprobada se celebraría solo ya en Cataluña bajo las condiciones pactadas. ¿Cuáles? Planteo las siguientes: la participación debe superar el 66% del censo y el sí a la secesión debe ser apoyado por más del 55% de los votantes (como en el de Montenegro de 2006). En caso contrario, se podría convocar un nuevo referéndum pasados ocho años repitiendo todo el proceso.

Esta es la propuesta de un mero plumilla. Por supuesto caben otras, pero eso sí, la vía por la que se opte debe ir «de la ley a la ley pasando por la ley». Porque como sostiene el pensador italiano Paolo Flores d’Arcais, «toda violación o atenuación del principio de legalidad desfigura y pone en mora la democracia».

(Publicado en el diario HOY el 10 de septiembre de 2017)

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La paranoia catalana
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El Zurdo | 06-09-2017 | 5:12| 0

Catalan regional President Carles Puigdemont (R) and and vice president Oriol Junqueras attend a session of the Catalonian regional Parliament in Barcelona, Spain, September 6, 2017. REUTERS/Albert Gea

Hoy de nuevo saco a colación ‘Masa y poder’ porque en ella Elias Canetti cita como ejemplo de metamorfosis de fuga un mito que me sirve para ilustrar lo que pasa en Cataluña. Se trata de la historia de Peleo y Tetis, los padres de Aquiles.

Peleo es un mortal que se enamora de la diosa Tetis. Mas ella rehúsa mantener relaciones con él pues no le parece digno. Entonces Peleo sorprende a la diosa mientras duerme en una cueva y la apresa. La ninfa del mar intenta liberarse metamorfoseándose en todo tipo de cosas: en fuego y en agua, en león y en serpiente, pero Peleo no la suelta. La nereida se transforma al fin en un calamar enorme y viscoso que salpica con su tinta al obstinado pretendiente. Todo es inútil. Tetis acaba por rendirse y se ve forzada a entregarse a Peleo.

Esta historia recuerda, según Canetti, los ataques que sufre la gente aquejada de histeria. Las grandes crisis de histeria no son sino una serie de violentas metamorfosis de fuga. La persona afectada se ve aferrada por una fuerza superior que no ceja y de la que quiere escapar; se siente oprimida y experimenta diversas transformaciones con las que trata de aliviar esa opresión. Pero, como explica el pensador búlgaro, lo característico de la histeria es la forma circular de la metamorfosis de fuga. Por mucho que el sentirnos aferrados pueda impulsarnos a huir, no por eso será menos inútil el intento, si lo que nos agarra tiene fuerza suficiente para no soltarnos.

Los secesionistas catalanes son presa de la histeria. Se sienten oprimidos por el Estado español y, tras varios intentos vanos de aflojar esa supuesta opresión a través de diversas metamorfosis (autonomía, reforma del Estatut aguada por el Tribunal Constitucional, pacto fiscal a la vasca rechazado por el Gobierno de Rajoy), se han lanzado a la desesperada a intentar la última y gran transformación: convertirse en un Estado independiente.

Sin embargo, esa supuesta opresión del Estado español es un delirio, una creencia falsa que viven con una profunda convicción a pesar de que la evidencia demuestra lo contrario. Por efecto de ese delirio, los independentistas han caído en la paranoia. Uno de los síntomas del paranoico es la manía persecutoria; se siente cercado. Si se osa contradecir su creencia reacciona a menudo de manera irritada y hostil. Como explica Canetti, las conspiraciones o conjuras están para él a la orden del día, y es seguro que en cualquier cosa descubrirá siempre algo que se las recuerda, aunque solo sea remotamente (las informaciones que ponen en duda la actuación de los Mossos d’Esquadra antes y después de los atentados de Barcelona y Cambrils, por ejemplo). Para el paranoico, su enemigo principal siempre procurará azuzar contra él una jauría cargada de odio desde todos lados en el momento preciso.

Ese momento es el referéndum del 1-O para Puigdemont y compañeros mártires. Pero hasta ellos saben que su paranoica e histérica huida hacia adelante no lleva hacia ninguna parte y acabará ese día en vía muerta, como el Plan Ibarretxe. Entonces, probablemente, tamaño desengaño suma a los soberanistas catalanes en la melancolía, porque esta, según Canetti, se inicia cuando la serie de metamorfosis de fuga termina y consideramos que todas han sido en balde y ya no podemos escapar. Y esa melancolía puede degenerar en depresión si no se le pone remedio, pero entre todos los españoles.

(Publicado en el diario HOY el 3 de septiembre de 2017)

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La manada
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El Zurdo | 28-08-2017 | 6:13| 0

TFGP.

Los atentados de Barcelona y Cambrils no han sido perpetrados por lobos solitarios sino por una manada de lobos. Lobos incautos y estúpidos que se ocultaron bajo pieles de cordero para no levantar sospechas mientras eran adiestrados y adoctrinados por un malvado lobo gris de la rama más radical y violenta del salafismo, movimiento fundamentalista islámico.

En su obra magna ‘Masa y poder’, el nobel de Literatura Elias Canetti explica que los hombres aprendieron de las manadas de lobos a cazar en grupo, juntos. Los hombres fueron domesticando a los lobos hasta convertirlos en perros y formaron con ellos las mutas de caza o jaurías, siguiendo el modelo de la manada de lobos. ‘Muta’ proviene del bajo latín ‘movita’, que significa ‘movimiento’. De ahí procede la antigua palabra francesa ‘meute’, que tiene un doble sentido: puede significar ‘alzamiento, insurrección’ o ‘partida de caza’. Así de ella derivan ‘amotinador’ y ‘motín’. Por ese doble significado, Canetti elige ‘muta’ para denominar también a la forma más antigua y limitada de la masa humana, porque es el término que mejor designa el carácter colectivo del movimiento apresurado y el objetivo concreto que se persigue. La muta quiere una presa; quiere su sangre y su muerte. Para darle alcance deberá seguir sus huellas rápidamente y sin desviarse, con astucia y constancia. Sus integrantes se alientan mediante alaridos que contienen en sí el ataque (“¡Alá es grande”!, por ejemplo).

El pensador de origen sefardí define la muta como un grupo reducido de hombres excitados, que se conocen bien y que nada desean con mayor vehemencia que ser más numerosos, porque cualquier nuevo integrante supondría un incremento importante de su fuerza. En la muta se expresa con máxima intensidad el sentimiento de unidad, pero el individuo nunca puede perderse en ella tan enteramente como un hombre moderno se pierde hoy en cualquier masa. Oscilará entre estar dentro y al margen. Cuando la muta forma un círculo en torno a su fuego, cada cual puede tener vecinos a derecha o izquierda, pero la espalda permanece expuesta al exterior salvaje. La muta se caracteriza por la imperturbabilidad de su dirección y la igualdad entre sus miembros, que se manifiesta en que todos están poseídos por el mismo objetivo. El objetivo más inmediato de la muta de caza es siempre matar, bien una sola presa grande o bien muchas que huyen masivamente ante ella.

Hay un punto, según Canetti, en que la muta es superior a la masa: su constancia. Aun cuando circunstancias adversas la obliguen a disolverse, la muta siempre volverá a reunirse. Su duración estará garantizada mientras sus integrantes continúen con vida; se puede confiar en ellos, no se dejan tentar por otros. El sentimiento de la muta misma seguirá siendo más fuerte que el sentimiento que cada cual tiene como individuo cuando no actúa con su muta.

Sin embargo, no solo los terroristas, profesen la ideología o religión que profesen, actúan como manadas o mutas. Estas también proliferan tanto en el mundo real como en el virtual, tanto en las plazas públicas, la barras de bar, las aulas o los centros de trabajo como en las redes sociales o los grupos de WhatsApp, y ningún librepensador está libre de ser su presa.

(Publicado en el diario HOY el 27 de agosto de 2017)

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La conjura de los necios
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El Zurdo | 21-08-2017 | 9:35| 0

Trece años después de los atentados del 11-M en Madrid, los yihadistas han vuelto a matar en España. Esta vez la tragedia ha tenido como cruento escenario Barcelona, capital de la multiculturalidad, y, en concreto, las Ramblas, donde los turistas han pasado de ser tachados de terroristas por los hijos de la anarquía a víctimas. Víctima también ha sido la inteligencia, violada por los novios de la muerte. El 17-A ya es una fecha marcada en rojo sangre. Pasará a la historia universal de la infamia como una victoria pírrica más de la conjura de los necios, de esos que como Ignatius J. Reilly, el inadaptado y anacrónico protagonista de la novela de John Kennedy Toole, quieren devolvernos a la Edad Media. Porque el fanatismo, de uno u otro signo, tanto de los islámicos como de los islamófobos, tanto del Daesh como de Trump o Le Pen, se nutre de los estúpidos.

Carlo M. Cipolla clasifica a las personas en cuatro tipos: los incautos, los inteligentes, los malvados y los estúpidos. El incauto beneficia a los demás aun perjudicándose a sí mismo. El inteligente se beneficia a sí mismo y a los demás. El malvado actúa movido solo por el beneficio propio sin importarle perjudicar a los otros. El estúpido daña a otras personas sin obtener provecho alguno, o incluso peor, perjudicándose (hasta incluso perder la vida, como los terroristas suicidas), como reza la tercera (ley de oro) de ‘Las leyes fundamentales de la estupidez humana’ formuladas por el historiador económico italiano.

La primera ley es que siempre e inevitablemente cualquiera de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo. La segunda (ley de hierro) es que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de esa persona, pues la estulticia no hace ninguna clase de discriminación; el estúpido puede ser analfabeto o licenciado, rico o pobre, joven o viejo, de izquierdas o derechas, creyente o ateo… La cuarta es que los no estúpidos siempre subestiman el potencial nocivo de la gente estúpida; constantemente olvidan que en cualquier momento, lugar y circunstancia, tratar o asociarse con estúpidos supone invariablemente un error costosísimo. Y la quinta es que el estúpido es el tipo de persona más peligrosa que existe, más que el malvado. A juicio de Cipolla, cuando el malvado perfecto actúa se produce una transferencia masiva de riqueza y bienestar a su favor, pero la sociedad en su conjunto no sale ni beneficiada ni perjudicada. Sin embargo, cuando los estúpidos entran en acción, la sociedad entera se empobrece. Además, las sucias acciones de un malvado se pueden prever, porque son racionales, responden a una lógica; no así las del estúpido, de ahí que sea imprevisible.

Ahora bien, dichos cuatro tipos de persona suelen darse mezclados. El inteligente puede tender a ser incauto o malvado. El malvado puede ser inteligente o estúpido. El incauto oscila entre la estupidez y la inteligencia. Y el estúpido está a medio camino entre el malvado y el incauto. La decadencia de una sociedad depende del aumento de la actividad de los estúpidos por la permisividad de los otros grupos, así como de la creciente presencia de malvados estúpidos en puestos de responsabilidad y poder y el incremento de la cantidad de incautos estúpidos que los eligen o les consienten.

(Publicado en el diario HOY el 20 de agosto de 2017)

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