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Autor: Elzurdo
Amnistía judicial
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El Zurdo | 13-06-2017 | 5:08| 0

GRA491. MADRID, 13/06/2017.- El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, durante su asistencia al Pleno del Senado, que debate las enmiendas de veto a la totalidad registradas por los grupos a los Presupuestos Generales del Estado de 2017. EFE/Kiko Huesca

 

El Tribunal Constitucional (TC) ha dado un tirón de orejas al Gobierno de Rajoy por la amnistía fiscal que aprobó en 2012. El guardián de la Carta Magna ha anulado la medida de gracia concedida por decreto a los defraudadores que afloraron dinero negro que guardaban en paraísos fiscales o bajo un colchón de plumas de ganso a cambio de tributar solo un 10% de lo declarado, que al final se quedó en un 3%. Considera que vulnera el artículo 86.1 de la Constitución, que prohíbe el uso del decreto ley cuando las medidas aprobadas afecten a los deberes consagrados en el Título I, como es el «de todos de contribuir al sostenimiento de los gastos públicos» (artículo 31.1).

No obstante, además de fallar contra la forma de la amnistía, los sumos magistrados arremeten contra el fondo, al advertir que sus perpetradores, con el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, a la cabeza, «en lugar de servir a la lucha contra el fraude fiscal, se aprovechan del mismo so pretexto de la obtención de unos ingresos que se consideran imprescindibles ante un escenario de grave crisis económica». En plata, el fin (la reducción del déficit) no justifica los medios (la amnistía), que, para más inri, poco ayudaron a lograr dicho fin, pues solo reportaron al erario público 1.200 millones de euros, menos de la mitad de lo previsto. De esta forma, subrayan, se legitima como una opción válida «la conducta de quienes, de forma insolidaria, incumplieron su deber de tributar de acuerdo con su capacidad económica, colocándolos finalmente en una situación más favorable que la de aquellos que cumplieron voluntariamente y en plazo su obligación de contribuir». O sea, se avala que todos no somos iguales ante la ley ni ante Hacienda.

Lo insólito es que justo eso, legitimar esa conducta insolidaria y el malfacer de Montoro (por mucho menos se dimite en otros países) y compañía, hace el TC al dejarlos sin castigo. Y es que su reprimenda no tendrá consecuencias para el Ejecutivo ni los sospechosos habituales de cuello blanco (Rato, Bárcenas, el clan Pujol y Granados, entre otros) y alguno de cuello azul, como el líder sindical minero José Ángel Fernández Villa, que se beneficiaron de, en palabras del alto tribunal, «la abdicación del Estado ante su obligación de hacer efectivo el deber de todos de concurrir al sostenimiento de los gastos públicos». Más claro, los doce hombres sin piedad del TC no sancionan al Gobierno por la amnistía ni invalidan la regularización de casi 40.000 millones de origen, cuando menos, dudoso que salieron a la luz con ella. Alegan la necesidad de preservar «la seguridad jurídica», misma razón que adujo el Supremo cuando anuló las cláusulas suelo en 2013 pero sin carácter retroactivo y luego llegó el Tribunal de la UE a enmendarle la plana.

Todo lo contrario. El dejar impunes a esos golfos apandadores y a sus cómplices monclovitas aumenta la inseguridad jurídica, pues de facto se les indulta o amnistía. Como dice el filósofo italiano Paolo Flores d’Arcais en ‘¡Democracia!’, el defraudador es «el parásito que burla a su vecino» y «una fuerza política que no lleve a cabo una lucha sin cuartel contra el fraude fiscal es enemiga de la democracia». Y advierte: «Toda violación o atenuación del principio de legalidad desfigura y pone en mora la democracia». Porque en la democracia la ley es el poder de los sin poder y el Gobierno que la incumple abusa del poder.

(Publicado en el diario HOY el domingo 11 de junio de 2017)

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La resurrección de Hobbes
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El Zurdo | 06-06-2017 | 4:55| 0

GRA575. MADRID, 30/05/2017.- El fiscal jefe Anticorrupción, Manuel Moix, hoy en la Cadena Ser donde ha sido entrevistado en el programa 'Hora 25'. Moix tiene junto a sus tres hermanos una sociedad en Panamá heredada de sus padres, lo que compromete aún más su posición y ha hecho que todos los grupos de la oposición pidan su dimisión y las asociaciones fiscales le reclamen "explicaciones urgentes". EFE/JuanJo Martín

 

¿Se fiarían del pastor al que prefieren los lobos? Pues eso hizo el Gobierno al colocar a Manuel Moix al frente de la Fiscalía Anticorrupción. Sí, el mismo Moix que ha dimitido tras destapar ‘Infolibre’ que comparte con sus hermanos una empresa en el paraíso fiscal de Panamá, pequeño detalle que, al parecer, ocultó a sus superiores, el fiscal general del Estado, José Manuel Maza, y el ministro de Justicia, Rafael Catalá. El mismo Moix al que el Congreso reprobó, junto a Catalá y Maza, por su injerencia en causas judiciales como ‘Lezo’. El mismo Moix que en dicho caso trató de frenar varios registros policiales y cuyo nombramiento fue anticipado tres meses antes de que se formalizara y calificado de «cojonudo» por el cabecilla de la trama, el aguador madrileño Ignacio González.

Con todo, su mentor no ve motivos para su cese. Es más, el tal Maza sostiene que «sería de justicia» que Moix continuara en el cargo porque no ha cometido «ilegalidad o irregularidad alguna». No está tan segura la Agencia Tributaria, que, según ‘Infolibre’, investiga si «pudo actuar con posible ánimo de elusión de impuestos». Cometiera o no delito, todas las asociaciones de fiscales, incluida la conservadora que apoyó su designación, exigieron la renuncia de Moix porque comprometía «la imagen de imparcialidad de la institución»; es decir, la mujer del César no solo debe ser honesta, sino también parecerlo. Tras la renuncia de su ahijado, Maza no tuvo empacho en afirmar que la Fiscalía debe ser independiente «de todos los poderes del Estado y otras instituciones». Y lo dice quien la ha convertido en el abogado del Ejecutivo. Hay que ser cínico.

Y es que las elecciones de Maza y Moix forman parte de la operación de los intocables de Rajoy para controlar las instituciones judiciales claves en la lucha contra la corrupción en un momento en que el PP está en el punto de mira de varias causas. Una operación en la que se enmarcan tres polémicos nombramientos en la Audiencia Nacional: el traslado del juez Eloy Velasco del juzgado donde instruía ‘Púnica’ y ‘Lezo’ a la nueva Sala de Apelación, a la que también ha sido ascendido Enrique López, apartado del ‘caso Gürtel’ por su afinidad al PP al igual que Concepción Espejel, que ahora presidirá la Sala de lo Penal.

Mas el de Rajoy no ha sido el único Gobierno que ha intentado mangonear a la Justicia. Sería injusto decir lo contrario. Todos lo han hecho. Alfonso Guerra llegó a sentenciar la muerte de Montesquieu, o sea, de la separación de poderes. Eran tiempos en los que el PSOE imponía el rodillo de su mayoría absoluta. Cuando esta anula el poder legislativo, solo queda el poder judicial como contrapeso al ejecutivo. Ahora que el Parlamento ha recuperado su papel fiscalizador del Gobierno, este trata de controlar la Justicia para escapar a todo control, como Thomas Hobbes manda. En el capítulo 29 del ‘Leviatán’, el filósofo absolutista inglés analiza las causas que, en su opinión, debilitan un Estado. Entre ellas cita la división de poderes y someter el poder soberano a las leyes civiles, lo que tacha de «error», pues «sitúa también sobre él, un juez, y un poder para castigarlo; ello equivale a hacer un nuevo soberano, y por la misma razón un tercero, para castigar al segundo, y así sucesivamente, sin tregua, hasta la confusión y disolución del Estado». Revivido Montesquieu, algunos han resucitado a Hobbes para rematarlo.

(Publicado en el diario HOY el domingo 4 de junio de 2017)

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La rebelión básica
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El Zurdo | 30-05-2017 | 4:31| 0

GRA106. MADRID, 18/10/2015.- El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, durante su intervención hoy en el acto de presentación, en el polideportivo Magariños de Madrid, de las candidaturas al Congreso y el Senado con las que los socialistas van a concurrir a las elecciones del próximo 20 de diciembre, un día después de que el Comité Federal dé su visto bueno a las listas. EFE/Fernando Alvarado

 

Y a los 232 días resucitó. Siete meses y tres semanas después de aquellas fatídicas calendas de octubre en las que, con la coartada de salvar la patria, fue apuñalado por los mismos barones que le entregaron la corona de laurel y ‘tu quoque’, Antonio, su voz en la casa del pueblo, Pedro Sánchez ha vuelto en olor de santidad. Elevado a los altares por la feligresía socialista, ha pasado de ángel caído a San Pedro Bueno Mártir, de enterrador del PSOE a su gran esperanza roja.

La grey socialista se ha levantado contra los mayorales del cortijo, ha desobedecido la ley de hierro de la oligarquía y ha devuelto el trono a su príncipe valiente. Es un ejemplo más de la rebelión de las bases contra las élites característica de estos tiempos. Como explica Manuel Muñiz, experto en innovación y geopolítica, en una entrevista en ‘El Mundo’, «existe la sensación de que hay una captura del sistema por parte de las élites. Eso, junto a la desigualdad y el pesimismo sobre el futuro, ha producido un movimiento ‘antiestablishment’ que se traduce en votar contra los que representan la estructura que ha fracasado en garantizar la equidad del sistema. Es la forma en la que se manifiestan los votantes de Trump, del ‘brexit’, de Le Pen o de movimientos como Podemos en España o Cinco Estrellas en Italia». Muñiz cree que los cuerpos políticos se mueven siempre a través del dolor, tiene que manifestarse el descontento para que reaccionen; si no, no escuchan.

Hartos de ser ninguneados, los militantes del PSOE le han dado al aparato del partido donde más le duele y han encumbrado a quien ha tenido la astucia de presentarse como un ‘outsider’ converso. El voto a Sánchez ha sido un voto bronca, en contra de la prepotencia de Susana Díaz y demás oligarcas del partido más que a favor del secretario general reelecto. El problema es que las bases han convertido a Sánchez en un mito, es decir, en una «persona o cosa a la que se atribuyen cualidades y excelencias que no tiene» (cuarta acepción del Diccionario de la Real Academia).

Su triunfo quizás se deba más a los deméritos de sus enemigos íntimos, que lo subestimaron, que a méritos propios, aunque los tiene. En su recién publicado libro ‘Los idus de octubre. Reflexiones sobre la crisis de la socialdemocracia y el futuro del PSOE’, Josep Borrell recuerda que el socialista francés Lionel Jospin decía en 2010: «La izquierda debe ser realista, pero el realismo implica hoy audacia». Hoy, como arguye el expresidente de la Eurocámara, «parece como si tuviésemos una izquierda que es audaz, pero que no es realista (la izquierda a la izquierda de la socialdemocracia) y una izquierda que es profundamente realista, pero a la que le falta audacia (la socialdemocracia)». Según advierte el profesor Oriol Bartomeus y recoge Borrell, «la socialdemocracia, en el siglo XX, ha triunfado cuando ha sido audaz, cuando ha sido capaz de pensar un futuro que no existe pero que se desea y se necesita». Esa falta de audacia ha trocado al PSOE en «una fuerza extremadamente conservadora» y ha provocado la fuga de electores hacia una nueva fuerza que dice «sí se puede». El mérito de Sánchez ha sido entender eso y ser tan audaz –temerario para sus detractores– como para plantar cara a toda la plana mayor de su partido y dar un golpe de timón a babor para reconectar con los desencantados. Ahora está por ver si también es realista.

(Publicado en el diario HOY el 28/5/2017)

 

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La crisis existencial del PSOE
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El Zurdo | 22-05-2017 | 4:23| 0

Socialists' Pedro Sanchez (C) joints hands with candidates Susana Diaz (L) and Patxi Lopez after being elected as the party's leader in Madrid, Spain, May 21, 2017. REUTERS/Sergio Perez

 

El PSOE elige hoy a su líder desgarrado por quizás su peor crisis. Una crisis existencial o de identidad que no es privativa del socialismo español, pues afecta a toda la socialdemocracia europea.

Si no quiere acabar como sus compañeros mártires franceses, griegos o italianos, el PSOE necesita algo más que cambiar de capitán, necesita cambiar de rumbo. Claro que el nuevo rumbo lo marcará el nuevo capitán, y los tres candidatos en liza no comparten el mismo. Una prefiere seguir la estela dejada a estribor por los padres refundadores a riesgo de perder definitivamente el norte; otro se decanta por virar a babor a riesgo de caer en manos de filibusteros, y el tercero no quiere ni una cosa ni la otra, sino todo lo contrario.

Ahora mismo la nave socialista no es que ande a la deriva, es que no anda. Presa de la ansiedad y las dudas, está bloqueada para dicha de sus rivales a diestra y siniestra. Pero la culpa no es de estos, la culpa es del propio PSOE. Tanto ha buscado parecerse a otros que ha terminado por no ser nadie. Tanto ha mirado a las alturas que no toca suelo. Tanto ha querido ser partido que ha dejado de ser socialista y obrero. Tanto ha traicionado sus principios que se acerca a su final. Tanto ha dormido con su enemigo que se ha confundido con él. Dos que duermen en un colchón se vuelven de la misma condición. Y el socialismo patrio, como toda la socialdemocracia europea, tanto ha claudicado ante el pensamiento único neoliberal que ha acabado por asimilarlo. De forma que las diferencias entre los partidos socialistas y populares son más de forma que de contenido, más de matiz que sustanciales, más nominales que ideológicas.

Los socialistas siguen levantando el puño izquierdo en campaña electoral, mientras hacen política, sobre todo, económica, con la derecha. ¿El resultado? No solo son incapaces de ser alternativa a un PP en sus horas más bajas, lleno de mierda hasta el cuello y con muchos cadáveres en el armario, sino que se han convertido en su muleta, a imagen y semejanza de sus camaradas alemanes, cuyo supuesto sentido de Estado les ha arrastrado a un estado sin sentido. Para más inri, les comen terreno por su izquierda. Podemos no existiría si Zapatero no se hubiera prosternado ante Merkel aquel mayo negro de 2010. El Anillo Único ha corrompido la naturaleza socialista hasta la esquizofrenia. Cual Gollum, el PSOE apenas recuerda quién era y sus orígenes. Hoy no es más que la sombra de lo que fue, una versión ‘light’ o amable del PP. De no enderezar su rumbo, está en serio riesgo de extinción y de que Podemos le reemplace en la escala evolutiva.

Hace más de un siglo, el sociólogo alemán Robert Michels advertía en su obra magna, ‘Los partidos políticos’, que cuando las democracias han conquistado ciertas etapas de desarrollo experimentan una transformación gradual, adaptándose al espíritu aristocrático y, en muchos casos también, a formas aristocráticas contra las cuales lucharon al principio con fervor. Aparecen entonces nuevos acusadores denunciando a los traidores; después de una era de combates gloriosos y de poder sin gloria, terminan por fundirse con la vieja clase dominante, tras lo cual soportan, una vez más, el ataque de nuevos adversarios que apelan al nombre de la democracia. Y sentenciaba Michels con clarividencia: «Es probable que este juego cruel continúe indefinidamente».

(Publicado en el diario HOY el 21 de mayo de 2017)

 

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La ilusión central
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El Zurdo | 16-05-2017 | 5:47| 0

FILE PHOTO French Prime Minister Manuel Valls (R) speaks with then Economy minister Emmanuel Macron at the Elysee Palace in Paris, April 8, 2015. Former French Socialist prime minister Manuel Valls said May 9, 2017 that he wanted to stand for President-elect Emmanuel Macron's political movement in June parliamentary elections, the first high-profile defection since Macron's election win. Picture taken April 8, 2015. REUTERS/Philippe Wojazer/File Photo

 

Está por ver si la virtud –al menos, la política– está en el medio, pero sí parece que el éxito –al menos, el electoral– está en el centro. Hasta ahora, en cualquier democracia liberal lo habitual era que dos grandes partidos, uno de derechas y otro de izquierdas, se disputaran y repartieran el centro, cuyo electorado oscilaba entre ambos según soplara el viento. El que copaba la mayor parte de los votos centristas solía ganar las elecciones.

Con la crisis económica ha entrado en crisis ese bipartidismo aquí y acullá. Las dos tradicionales fuerzas que se turnaban en el poder han perdido terreno por los extremos, pero también por el centro, que se nutre de los desencantados más moderados. En España tenemos a Ciudadanos, que ha logrado meter la cuña entre PP y PSOE, mas, a tenor de las encuestas, está aún lejos de arrebatarles la hegemonía. Algo que, en cambio, sí acaricia el presidente electo de Francia, Emmanuel Macron.

Ni la neofascista Marine Le Pen ni el populista de izquierdas Jean-Luc Mélenchon, ha sido el socioliberal (o neoliberal con rostro humanoide) Macron quien ha hecho saltar por los aires el bipartidismo imperfecto francés. Los resultados de las presidenciales han herido de muerte al Partido Socialista (PS) francés y de gravedad a Los Republicanos, el hermano político galo del PP. Los socialistas se han visto lastrados por el descontento generado por el jefe del Estado saliente, François Hollande, pese a haber apostado por un candidato de su ala más izquierdista. Se da la paradoja de que Hollande debe buena parte de su bajísima popularidad a las recetas económicas de corte neoliberal de Macron, quien empezó como su asesor y acabó como su ministro de Economía entre agosto de 2014 y agosto de 2016, cuando dimitió para preparar su asalto al Elíseo. El PS ha sido así víctima, como toda la socialdemocracia europea, de su giro a la derecha, dejando el campo libre a su izquierda.

Los Republicanos, por su parte, están pagando el nepotismo de su candidato, François Fillon. Pensaron que eligiendo a este viejo halcón arañarían votos a Le Pen. Y lo cierto es que era el favorito en los sondeos hasta que la prensa aireó sus corruptelas de familia a lo Pujol.

Ahora, en las alas más moderadas del PS y de Los Republicanos proliferan las deserciones, los Bruto, Judas y Fouché, como los ex primeros ministros Manuel Valls (socialista) y Alain Juppé (conservador), que rinden pleitesía y ofrecen sus servicios al nuevo caballo ganador cara a las legislativas de junio, en las que el movimiento transversal de Macron, una suerte de UCD a la gala, aspira a lograr una mayoría suficiente en la Asamblea para gobernar.

Advertía Gramsci que en tiempos claroscuros como los que vivimos, en los que el viejo mundo se muere y el nuevo no tarda en aparecer, surgen los monstruos. El elocuente y seductor Macron, capaz de encantar a las serpientes, encarna para buena parte de la ciudadanía el antídoto contra esos monstruos, un cambio tranquilo, regenerador pero no revolucionario, como en su día Adolfo Suárez o Barack Obama. Sin embargo, como ellos, Macron puede ser una estrella fugaz que no tarde en apagarse y en defraudar las enormes expectativas creadas; una ilusión, un hombre de transición entre monstruo y monstruo, porque estos se alimentan del desencanto. Trump es una prueba y Le Pen sabe que del fracaso de Macron depende su éxito en el futuro.

(Publicado en el diario HOY el 14 de mayo de 2017)

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