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Autor: Elzurdo
El triunfo de la posverdad
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El Zurdo | 20-11-2016 | 10:50| 0

El triunfo electoral de Donald Trump es, como el ‘brexit’, el triunfo de la posverdad. Esta es la palabra del año para el Diccionario Oxford, que ha constatado un espectacular auge de su uso.

«Posverdad» es lo relativo a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales. Un artículo de ‘The Economist’, titulado ‘El arte de la mentira’, dice que «Trump es el principal exponente de la política de la posverdad, que se basa en frases que ‘se sienten verdaderas’, pero que no tienen ninguna base real». El filósofo estoico Epicteto decía que «la verdad triunfa por sí misma, la mentira necesita siempre complicidad». Los cómplices de Trump son ciertos medios para los que, como advirtió el maestro Ryszard Kapuściński, la verdad ya no es importante, ni siquiera la lucha política lo es: lo que cuenta en la información es el espectáculo. Y de eso sabe mucho un empresario y ‘showman’ como Trump.

Para la directora de ‘The Guardian’, Katharine Viner, los elementos de la política de la posverdad son: unos políticos que apelan constantemente a los sentimientos; la situación de gran debilidad de los medios, necesitados de clics para su supervivencia; y el hecho de que cada vez más gente se informa a partir de contenidos seleccionados por algoritmos, es decir, a través de motores de búsqueda como Google y redes sociales como Facebook o Twitter.

Miquel Urmeneta, periodista y profesor en la Universitat Internacional de Catalunya, lo llama «la tiranía del algoritmo, que no tiene en cuenta ni la veracidad de las informaciones ni fomenta que las opiniones sean variadas y equilibradas. El usuario acabará atrapado en una esfera donde los contenidos cada vez serán más próximos a su ideología e intereses y donde tenderá a relacionarse sólo con usuarios afines». Clave en la victoria de Trump fue su estrategia digital. Supo emplear como nadie las redes sociales para pescar votos en el río revuelto de la antaño pujante región de los Grandes Lagos, donde es mayor el resentimiento contra el sistema de las clases medias y trabajadoras víctimas de la globalización y la crisis.

Para Manuel Arias Maldonado, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga, «las emociones juegan, indiscutiblemente, un papel relevante en la vida política». Pero a veces «es algo peligroso: cuando invita al proteccionismo, al narcisismo, incluso al odio». Obama canalizó el voto de la esperanza y Trump se ha convertido en el banco de odio e ira de los heridos en su orgullo.

Peter Sloterdijk sostiene que la izquierda ha funcionado históricamente como «un banco de ira» donde «la gente depositaba sus frustraciones y otros gestionaban ese capital para devolverle los intereses en forma de autoestima para ellos y desprecio para sus enemigos». Según el filósofo alemán, la ira, la indignación han cobrado más fuerza, pero la izquierda ya no desempeña el papel de banco mundial de la ira y el islamismo es solo un banco local. A mi juicio, también lo son el populismo y el nacionalismo, si bien amenazan con provocar una deflagración mundial al no dejar de prender focos a uno y otro lado del charco. Como dice Arias, «el resultado es un paisaje en llamas, una amalgama de pasiones e hipérboles que se parece bien poco a la esfera pública sosegada que soñaron los ilustrados como fundamento para nuestras democracias representativas».

(Publicado el 20 de noviembre de 2016 en el diario HOY)

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Monstruos S.A.
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El Zurdo | 14-11-2016 | 5:29| 0

Tras el triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses, circula por la redes sociales esta traducción bastante libre de una célebre cita del comunista italiano Antonio Gramsci: «El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos». Trump es uno de esos monstruos surgidos en este interregno o claroscuro que vivimos. En el que hubo entre las dos guerras mundiales, Gramsci estuvo encarcelado por orden de Mussolini, otro monstruo que, como Trump y el rijoso dragón Mal-Rodrigo de la obra teatral ‘Pelo de tormenta’, del recientemente fallecido Francisco Nieva, provoca, a la vez, temor y fascinación en el pueblo, que siente atracción por lo desconocido cuando está indignado con lo conocido.

En palabras del propio Nieva, el dragón «es la fenomética naturaleza del mundo para el que las instituciones, las reglas, las conductas morales que impone el hombre no significan nada (…) y vemos también que el pueblo es fundamental en la orientación de la vida y se mueve por impulsos, en los que no se niega ni se afirma el mal, pero es apasionado y violento, con las reacciones de un animal que se puede expresar con palabras».

Decía Aristóteles que en el justo medio está la virtud cuando los extremos son viciosos. ¿Pero qué pasa cuando el vicioso es el medio, ese que representaba el bipartidismo? Que la plebe buscará impulsivamente la virtud en los extremos. Según Gramsci el fascismo no es la expresión de toda la clase dominante, sino que es el producto político de la burguesía urbana y agraria que ha entregado el poder a la alta burguesía. Eso ha ocurrido en EE UU: las clases medias (la burguesía urbana y agraria), castigadas por la crisis y la globalización económica, han entregado el poder a la alta burguesía, o sea, a un multimillonario como Trump, que se presenta como un antisistema, como en su día Berlusconi, cuando, en realidad, es un hijo bastardo del sistema, lo mismo que el fascismo lo es del capitalismo.

En el interregno de los años veinte y treinta, las reacciones a la crisis del sistema capitalista desde la extrema izquierda y la extrema derecha, con ser muy diferentes, degeneraron en totalitarismos. Tras la II Guerra Mundial, Europa encontró el justo medio en el Estado democrático y social de Derecho o de bienestar, que nació del consenso entre socialdemócratas y democristianos. Pero tras las crisis del petróleo de los setenta, Reagan y Thatcher acaudillaron una contrarrevolución neoliberal, basada en la utopía de la autorregulación del mercado, que ha desembocado en un totalitarismo invertido: el poder ha pasado del Estado a don Dinero, de los parlamentos a los consejos de administración. Las víctimas de ese totalitarismo se están rebelando lanzándose al pozo del dragón.

Nos encontramos en el primer acto de una representación teatral furiosa en la que, como anuncia el personaje ciego de ‘Pelo de tormenta’, «se va a armar la gorda». Sin embargo, como en esta obra, cuando los alguaciles desalojen la fiesta quedará en el pueblo una resaca de vacío, de descontento y de frustración, porque «todo es ceniza, todo es teatro» y «el dragón sólo era las mañas embaucadoras de un bululú». No obstante, como juzgó el crítico teatral Moisés Pérez Coterillo, las obras de Nieva «pueden llamarse apocalípticas, porque anuncian el final de este mundo, pero al mismo tiempo dejan la puerta abierta a un posible renacimiento».

(Publicado en el diario HOY el 13 de noviembre de 2016)

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El verdadero cuarto poder
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El Zurdo | 07-11-2016 | 5:47| 0

No es la primera vez que escribo que el buen periodismo no es el cuarto poder sino un contrapoder. No obstante, la prensa es, con demasiada frecuencia, un instrumento al servicio del verdadero cuarto poder: don Dinero. Quien se sorprenda de ello es un ingenuo o un cínico, como Pedro Sánchez. Sus revelaciones a Jordi Évole no por verosímiles dejan de ser intencionadas: son el contrataque kamikaze de un ángel caído al que cortaron las alas sus iniciales valedores (políticos, mediáticos y económicos) porque quiso volar libre; ahora se apresta a reconquistar el trono perdido intentando atraer a su causa a los enemigos de sus enemigos presentándose como san Pedro bueno mártir.

Ryszard Kapuściński advierte que «los medios de comunicación son los más manipulados porque son instrumentos para determinar la opinión pública». El reportero polaco admite que «hay cientos de maneras de manipular las noticias y sin decir mentiras». Una manera es omitir un tema. «Si no hablamos de un acontecimiento, este, simplemente, no existe», pues «los temas principales que dan vida a las ‘noticias del día’ deciden qué pensamos del mundo y cómo lo pensamos», como reflejan los barómetros del CIS y las encuestas preelectorales, que pueden acabar condicionando nuestro voto.

Como apunta Joan Francesc Cánovas, periodista y profesor de la Universidad Pompeu Fabra, los medios de comunicación se han convertido en colaboradores necesarios de las clases dirigentes para que puedan alcanzar sus objetivos y, por tanto, en actores fundamentales en la generación de opinión pública. Cánovas prologa el ensayo ‘¿Qué es la democracia?’, basado en el pensamiento del sociólogo alemán Jürgen Habermas. En él, la periodista Sol Bilbao analiza «cómo la existencia o no de democracia en un sistema político es consecuencia del tipo de opinión pública que se desarrolla en la sociedad».

Habermas distingue dos tipos de opinión pública: la ideal o paradigmática y la manipulativa. La primera es un requisito indispensable de la democracia y es una instancia crítica: los ciudadanos mantienen una comunicación racional, abierta y transparente con los representantes de las instituciones en la búsqueda de soluciones consensuadas para las cuestiones de interés general. La segunda es una instancia receptiva: los ciudadanos aislados no pueden entablar un diálogo real con los instalados en la «notoriedad pública» (las clases dirigentes), que solo buscan su aclamación, ya que utilizan una divulgación manipulativa de mensajes para reforzar su posición dominante.

Al ser los principales creadores de opinión pública, el estado de los medios es un preciso termómetro para comprobar la salud de nuestra democracia. A medida que la información deviene en un gran negocio, los medios mutan en empresas corrientes que ante todo pretenden ganar dinero y son presa de intereses ajenos que tratarán de influir sobre ellos, sea vía publicidad o entrando en su accionariado. Así, como dice Bilbao, «las manos privadas poseedoras de los medios se configuran como grupos de poder particulares, aglutinando a su vera intereses políticos que responden al reclamo publicitario» y «los intereses privados cobran relevancia política». Los medios pasan a ser fabricantes de una opinión pública manipulativa, legitimadora del Poder. Por ende, la concentración de los medios en cada vez menos manos refuerza las tendencias oligárquicas y socava la opinión pública crítica, garante de la auténtica democracia.

(Publicado en el diario HOY el 6 de noviembre de 2016)

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Podemos sin poder
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El Zurdo | 31-10-2016 | 5:53| 0

Rajoy sigue de presidente del Gobierno con permiso de Ciudadanos, el PSOE, pero también Podemos. Nadie quería al líder del PP, pero al final el partido naranja ha acabado apoyando su reelección por activa, los socialistas por pasiva y los podemistas por negativa. Sí, por su negativa a respaldar la investidura de Pedro Sánchez tras el 20D.

Sánchez fracasó en su intento de formar un «Gobierno del cambio» con C’s y Podemos por sus vetos cruzados y volvimos a votar el 26J. Y gracias al golpe de mano de los coroneles socialistas, el impasible y paciente general popular logró ayer, por fin, retener la poltrona de la Moncloa, pese a tener la camisa negra.

La historia podría haber sido distinta si Podemos hubiera votado a favor de la investidura de Sánchez y le hubiera dejado formar gobierno con Rivera y compañía sin entrar en él. Es algo que valoró el poli bueno y mente pensante de Podemos, Íñigo Errejón, pero que descartó el poli malo y brazo armado, Pablo Iglesias. Sin embargo, es lo que la formación morada hizo, por ejemplo, en Extremadura, donde respaldó la investidura del socialista Vara y se quedó en la oposición. Eso sí, luego Vara se lo agradeció arreglando las cuentas autonómicas con el PP.

Pero, como se ha visto, Sánchez tiene más mano izquierda que el diestro mayoral extremeño. Además, hubiera sido un contrasentido, difícil de entender por los electores y militantes socialistas, que quien se presentaba como alternativa del partido de la Gürtel llegara a alguna componenda con alguien al que tachó de indecente.

Es más que probable que si Podemos hubiera servido la presidencia a Sánchez en bandeja de plata sin sentarse a su mesa, hubiera gozado de un poder del que ahora carece siendo «la única y verdadera oposición». El Ejecutivo de Sánchez hubiera necesitado de su continuo plácet para sacar adelante los presupuestos o cualesquieras iniciativas legislativas.

Mas, entre lo malo y lo peor, Pablo Iglesias optó por lo peor, quizás pensando, a la manera leninista, que cuanto peor, mejor. Seguramente recordó lo que dijo Lenin en octubre de 1917 desde su retiro de Finlandia: «¡La crisis está madura! ¡Contemporizar se convierte en un crimen! ¡Hay que realizar inmediatamente la revolución y tomar el poder, de lo contrario todo se habrá perdido!».

Fagocitada IU, Iglesias se las prometía felices el 26J porque los augures le hicieron creer que le echaría la pata por encima al PSOE, pero al final este cuento acabó como el de la lechera. Ahora Iglesias se agarra al mito griego, cree que repetirá el éxito de Syriza y que el PSOE terminará como el Pasok. En junio de 2012, tras repetirse los comicios, Nueva Democracia (el PP heleno) formó un gobierno de coalición con los socialistas y una tercera fuerza de centroizquierda. Dos años y medio después, Syriza ganó las elecciones y el Pasok pasó a ser una fuerza irrelevante. La diferencia es que entonces Grecia estaba desesperada, al borde del abismo, y España hoy está hastiada y saliendo, mal que bien, del pozo.

Mas, como también dijo Lenin, «salvo el poder, todo es ilusión» y, como afirmó otro maquiavélico, Andreotti, «el poder desgasta sobre todo cuando no se tiene». Tras el 20D, Podemos tuvo en su mano la llave del Gobierno y la gobernabilidad y ahora, como ha advertido Errejón, corre el riesgo de convertirse en una fuerza marginal, «que es capaz de decir lo que no funciona, es capaz de enfadarse, de mantener a alguna gente muy fiel, pero no es capaz de construir una mayoría alternativa» que «incluya también a muchos de los que hoy todavía desconfían», como esos que se quedaron en casa el 26J.

(Publicado en el diario HOY el 30 de octubre de 2016)

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Vientos de guerra
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El Zurdo | 25-10-2016 | 4:52| 0

Arrecian los vientos de guerra que soplan desde Oriente. Me temo que Siria se ha convertido en un campo de pruebas, un ensayo de una venidera conflagración mundial, como en su día lo fue la guerra civil española; hasta tiene su propio Guernica: Alepo. En el gran juego sirio participan casi todos los grandes actores de la escena geopolítica: Estados Unidos, Rusia, Europa, así como las dos grandes potencias islámicas y rivales irreconciliables, Irán, guardián del chiismo, y Arabia Saudí, cabeza del sunismo (en concreto, de su corriente más fundamentalista, el wahabismo, fuente de la que beben Al Qaeda y el Estado Islámico, muy activos en el conflicto sirio).

La guerra siria, que ha provocado el mayor éxodo de refugiados jamás visto desde la II Guerra Mundial, no deja de ser una extensión de las desatadas por EE UU y sus aliados en Afganistán e Irak en respuesta a los atentados del 11-S de 2001. Aquella fecha supuso el final de la ‘Pax americana’.

Pero las nuevas sectas de los asesinos no son los únicos enemigos a los que se enfrentan los estadounidenses y sus socios. Tras la caída del muro de Berlín, hito que marca el final de la Guerra Fría, y la implosión de la Unión Soviética, EE UU quedó como única potencia hegemónica. Sin embargo, de la mano de hierro de Putin, Rusia se está rearmando y trata de recuperar el esplendor imperial perdido. La Rusia de Putin arrastra y alimenta igual rencor que la Alemania de Hitler. Los movimientos y provocaciones del zar ruso recuerdan demasiado a los del führer. La anexión de Crimea y la ocupación de la parte oriental de Ucrania evocan las de Austria y los Sudetes por Alemania en 1938.

Hay un tercer punto caliente que también fue uno de los escenarios de la II Guerra Mundial: el Mar del Sur de la China, rico en petróleo, y que es un territorio en disputa entre China, Japón (fiel aliado de EE UU) y Vietnam, entre otros. La ruptura de relaciones de la Filipinas del fascistoide Duterte con Washington y su realineamiento con Pekín y Moscú echan más leña a ese fuego.

La II Guerra Mundial estalló tras la Gran Depresión que se inició con el Crack del 29. Durante la depresión de los años 30, Franklin D. Roosevelt trató de reactivar la economía estadounidense con medidas de corte keynesiano. Pero, tras una breve recuperación, hubo una recaída en 1937 y 1938. Y fue la guerra la que acabó por resucitar la economía americana. Acabado el conflicto, el capitalismo vivió su edad de oro, que terminaría con las crisis del petróleo de los años 70. Fue un caso de destrucción creadora.

Ahora vivimos una coyuntura similar a la de la época de entreguerras; la incipiente recuperación amenaza con truncarse. ¿Recurrirá de nuevo el capitalismo a una guerra mundial para revivir cual ave fénix?

El economista Juan Torres lo tiene claro: «En el capitalismo la guerra no es solo un modo de producir satisfacción y dar poder a quien la gana, como siempre, sino que también se recurre a ella para ‘resolver’ los problemas que producen el afán de lucro que le es consustancial y las contradicciones que se derivan del intento continuado de reducir el salario». Por tanto, «mientras perviva el capitalismo y la estrategia económica dominante sea ahorrarse salarios, no dejarán de sonar los tambores de guerra ni se acabarán de contar los muertos que produce».

(Publicado en el diario HOY el 23 de octubre de 2016)

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