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Autor: Elzurdo
¿Qué pasa en Cataluña?
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El Zurdo | 11-01-2016 | 10:07| 0

Cuando a los hombres de la derecha y del centro se les pide una explicación de lo que pasa en Cataluña le cuentan a uno un cuento. Dos aldeanos van de camino. Uno de ellos lleva del ronzal una vaca. Encuentran un sapo, que repugna al de la vaca. El otro afirma que el sapo no es más ni menos repugnante que los demás seres vivos que sirven de alimento al hombre. «Te doy la vaca si eres capaz de comerte el sapo», le reta su compadre. La codicia y el amor propio fuerzan al aldeano a coger el sapo y comérselo, cerrando los ojos de asco y conteniendo las náuseas. El otro, ante el temor de quedarse sin la vaca, le propone: «¿Me devuelves la vaca si soy capaz de comerme el medio sapo que te queda?». El comedor de sapos ve un modo inmediato de librarse de su tormento y alarga el pedazo que le queda a su compadre, quien cierra los ojos y se lo traga. Siguen su camino silencioso. Al cabo de un rato se paran. Se miran y se preguntan: «¿Y por qué nos habremos comido un sapo?».

Con esta fábula, ese maestro del periodismo que fue Manuel Chaves Nogales trataba de explicar qué había pasado en Cataluña en un artículo escrito el 27 de febrero de 1936 en Barcelona para el diario ‘Ahora’. El Frente Popular acababa de ganar las últimas elecciones generales de la II República. Su aliado en Cataluña era el Front d’Esquerres, liderado por Lluís Companys, que recuperó la presidencia de la Generalitat tras ser amnistiado. Companys y su gabinete habían sido encarcelados por proclamar el Estado Catalán dentro de la República Federal Española el 6 de octubre de 1934, en el marco de la huelga revolucionaria socialista declarada al entrar en el Gobierno la derechista CEDA. El desafío de Companys se saldó con la suspensión de la autonomía catalana.

Chaves Nogales se pregunta por qué la izquierda y la derecha, que no querían la independencia, se comieron ese sapo. «Si las izquierdas no querían lanzarse a una aventura revolucionaria, ¿por qué la intentaron? Y si las derechas no pretendían acabar con el régimen autonómico, ¿por qué fueron contra él?». El periodista sevillano cree, «sencillamente, que es una cuestión de mutua desconfianza».

Al parecer, Companys tuvo una deriva similar a la de Artur Mas: desde el catalanismo moderado hasta abanderar el soberanismo para desactivar una revuelta social. Mas se lio la manta independentista a la cabeza en plena crisis para aferrarse al poder y tapar sus vergüenzas: los recortes en sanidad y educación (Cataluña es la segunda comunidad que más ha reducido su gasto social desde 2009) y las corruptelas del clan Pujol. El órdago de Mas le ha venido ni que pintiparado a Rajoy y sus compadres para cubrir sus mismas vergüenzas.

Como decía Chaves Nogales, «el separatismo es una rara substancia que se utiliza en los laboratorios políticos de Madrid como reactivo del patriotismo, y en los de Cataluña como aglutinante de las clases conservadoras». Por eso, a su juicio, «en Cataluña no pasará nada. Es decir, no pasará nada de lo que el español no catalán recele… En Cataluña hay, por encima de todo, un hondo sentido conservador que se impondrá fatalmente».

Por lo pronto, la desmesurada ambición de Mas ha sido castigada por Némesis, metamorfoseada en la CUP.

(Publicado en el diario HOY el 10/1/2016)

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La izquierda, en el diván
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El Zurdo | 04-01-2016 | 5:27| 0

Año nuevo, vida nueva. Enero es el momento de tumbarse en el diván y hacer balance de lo hecho y dejado de hacer en los doce meses anteriores. También es el momento de los buenos propósitos, esos que en diciembre, en su mayor parte, siguen siendo propósitos. En eso anda la izquierda española: tanto la nominal como la emergente y la real.

El PSOE se debate entre matar al padre o el suicidio. Más bien, presenta síntomas propios de la psicosis por wendigo, un trastorno mental que se daba entre las tribus de pieles rojas norteamericanas. Quien la padecía dejaba de comer porque la comida habitual le provocaba náuseas o vómitos, podía sufrir insomnio o alucinaciones y temía que el wendigo (un espíritu) lo poseyera y lo convirtiera en un caníbal. Antes de que esto pasara pedía a su tribu que lo matara. El antropólogo Marvin Harris argumenta que estos episodios responden solo a un sistema de homicidio por prioridad en situaciones ambientales extremas, ya que se usaba el temor al wendigo como justificación para romper el tabú de matar a un compañero. Con ello se conseguía acabar con elementos problemáticos y aumentar las posibilidades de supervivencia del resto del grupo. Los casos de psicosis por wendigo se dan principalmente en hombres que han sufrido fracasos en la caza, sintiéndose abandonados, inútiles y desprovistos de poder.

En Podemos, su amado líder comienza a adolecer del síndrome de Jerusalén. Quien padece esta piscosis es un habitante o turista de Tierra Santa que se cree el Mesías, un profeta o algún personaje bíblico. Hay que recordar que ‘el coletas’ visitó como eurodiputado la ciudad vieja de Jerusalén en septiembre de 2014. Mes y medio después clamó ante una entregada claque aquello de: «El cielo no se toma por consenso, se toma por asalto», y sus discípulos lo subieron a los altares. Aún no ha logrado asaltar el cielo, pero le ha bastado rozarlo para presentar también síntomas del síndrome de Hybris, más propio de quien lleva demasiado tiempo en el poder. Los afectados suelen mostrarse soberbios, narcisistas, con una exagerada confianza en sí mismos. En su fase más aguda, pierden el contacto con la realidad y se vuelven megalómanos y desconfiados: todos los que se oponen a él o a sus ideas son enemigos que le envidian. La hybris es un concepto griego que puede traducirse como «desmesura», la comete quien alcanza la gloria y borracho de éxito se comporta como un Dios, capaz de cualquier cosa. El castigo a la hybris es la némesis, que baja los humos al individuo y lo devuelve a la realidad a través de un fracaso.

Un baño de realidad es lo que está sufriendo IU tras desplomarse su suelo el 20D. Como Podemos, nació como un movimiento político y social, pero, como Podemos, cada vez fue siendo más político y menos social, más partido y menos movimiento. De la mano de Alberto Garzón ha iniciado la vuelta a sus orígenes. No obstante, corre el riesgo de caer en el síndrome de Cotard, llamado también delirio de negación o el síndrome del muerto viviente. El hipocondríaco paciente cree estar muerto, con sus órganos en putrefacción. Por momentos, se mira en el espejo y no reconoce su rostro: ve un cadáver en su reflejo. Puede llegar a creer que nunca morirá realmente y que será una suerte de zombi el resto de sus días.

(Publicado en el diario HOY el 3/1/2016)

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Condenados a entenderse
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El Zurdo | 28-12-2015 | 12:11| 0

El Congreso salido de las urnas el 20D es un sudoku de difícil pero no imposible solución. Eso sí, para resolverlo no basta una única mente pensante. El mandato de los ciudadanos a sus elegidos para la gloria es claro: estáis condenados a entenderos para sacarnos del atolladero. Otra cosa es que lo hayan entendido. O empujan todos a una, o la carroza nacional seguirá atascada en estos lodos que vienen de aquellos polvos sobre los que se sembraron vientos de los que, de no remediarlo, recogeremos tempestades. Nuestros responsables políticos afrontan hogaño una enorme responsabilidad fruto de su irresponsabilidad de antaño.

Los grandes líderes demuestran su valía ante retos como este. Y este reto no es solo formar gobierno, es reformar la Constitución, porque a punto de cumplir la cuarentena ya no satisface a nadie, ni siquiera a los que la recibieron con recelo y ahora se presentan como sus grandes paladines. Es el momento oportuno porque nadie puede tirar de rodillo, imponer su santa voluntad y pasarse por el arco del triunfo la opinión de la oposición. Cierto que el PP parte con una ligera ventaja: mayoría muy simple de escaños en el Congreso y mayoría absoluta en el Senado.

No obstante, en cuatro décadas de democracia no se ha dado una situación más idónea para alcanzar consensos: un Parlamento muy fragmentado. Sobre la mesa no hay poco que discutir: el blindaje de los derechos sociales (a la sanidad, la educación, la vivienda…), la reforma del sistema electoral, la despolitización del Poder Judicial, conceder más participación política a la ciudadanía (por ejemplo, reduciendo el número de firmas necesarias para presentar un proyecto de ley y otorgándole la posibilidad de revocar el mandato presidencial en un referéndum)… y, por supuesto, la sempiterna cuestión catalana y vasca, la más peliaguda de todas.

Se ha visto que el actual estado de las autonomías es insuficiente. No soy partidario de retener a nadie en contra de su voluntad; es una constante fuente de conflicto, amén de que alimenta el victimismo del nacionalismo, del color que sea, y le da una eficaz arma con la que extorsionar al Gobierno de turno, como hizo la CiU de Jordi Pujol con el último Ejecutivo de Felipe González, el primero de Aznar y los de Zapatero. Creo que la solución pasa por el referéndum de autodeterminación o una fórmula similar: cualquier otra medida será un parche que no resolverá el problema de forma definitiva.

La reforma de la Carta Magna no es un asunto de uno, dos, tres ni siquiera cuatro. Para acometerla se precisa de un gobierno de concertación nacional que incluya a todos los partidos con representación parlamentaria. Su mandato debería ser breve, de dos años, como el primero que lideró Adolfo Suárez entre 1977 y 1979, durante el que se redactó la Constitución de 1978. Después, siguiendo el procedimiento que establece el artículo 168, se elegirían nuevas Cortes, que deberían ratificar la reforma antes de someterla a referéndum.

Desde el golpe de Estado del 23F, nuestra democracia no había pasado por tamaña prueba de fuego. Más que nunca, urge una democracia más deliberativa que representativa. Más que nunca hay que exigir a nuestros representantes electos que se centren y que tengan destreza dialéctica y mucha mano izquierda. Nos va el futuro en ello.

(Publicado en el diario HOY el 27/12/2015)

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Del duopolio al oligopolio
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El Zurdo | 21-12-2015 | 5:19| 0

Por fin terminó esta eterna campaña electoral, que arrancó hace año y medio con las elecciones europeas. Todas las encuestas apuntan a que las urnas enterrarán el bipartidismo y parirán el cuatripartidismo, que se barrunta como una etapa transitoria hacia un nuevo bipartidismo. Habrá cambio, pero será tranquilo, gane quien gane.

Hoy quizás disfrutemos de un ‘revival’ de la histórica noche electoral del 28 de octubre de 1982, en la que el PSOE de Felipe González asaltó los cielos, aunque no tardaría en caer a los infiernos. Descuiden, la monarquía, una vez se le ha lavado la cara y se le ha hecho un ‘lifting’, y la democracia representativa siguen atadas y bien atadas. A la Constitución se le dará una o dos manos de pintura y quedará como nueva; se firmará una reactualización o versión 3.0 del Pacto de El Pardo, la iglesia de Mammón firmará un nuevo concordato con papá Estado pero no se bajará de su altar privilegiado. Y todos tan contentos, o casi.

Entonces para qué votar, se preguntarán. Hay que votar porque es el poder que tenemos los que no tenemos poder. No hay que olvidar que la infraestructura económica que sustenta nuestra superestructura democrática representativa es el capitalismo. Por ende, el ciudadano siempre es tratado como un consumidor incluso por los partidos políticos. Por eso, el marketing ha suplido a las ideas y los programas en las campañas electorales. Lo importante no es lo que venden sino cómo lo venden.

Mas el poder que tiene el ciudadano-consumidor es que aún puede decidir qué elige o no, qué compra o no, qué consume o no. La empresa, sea política (los partidos) o económica, si no tiene clientes quiebra. Somos su razón de existir. Sin nuestro concurso no hay negocio. Y cuanta más competencia, más beneficiado saldrá el ciudadano-consumidor, porque tendrá más opciones para elegir. A más jugadores, más rivalidad entre ellos por contentarnos y captar nuestra atención.

En este sentido, siempre será mejor un oligopolio político que el actual duopolio ‘de facto’ que ejercen PP y PSOE, como este es mejor que el monopolio franquista al que reemplazó. No obstante, seguiremos lejos de la competencia (democracia) perfecta: la situación de un mercado donde las empresas carecen de poder para manipular el precio y se da una maximización del bienestar. En un mercado de competencia perfecta existe gran cantidad de compradores (demanda) y de vendedores (oferta), de manera que ningún comprador o vendedor individual ejerce influencia decisiva sobre el precio.

En nuestro mercado, hay muchos vendedores, pero en realidad solo dos se han repartido el pescado, incluidos los tribunales de la competencia encargados de vigilarlos, y nos han hecho pagar un precio muy alto. Ahora serán cuatro. También hay muchos compradores, pero la inmensa mayoría responde a un mismo estándar. La demanda, por tanto, es muy homogénea y, en consecuencia, la oferta. Los productos que se venden a ese hombre unidimensional se diferencian más en el envoltorio que en el contenido. Y las más de las veces nos acaban dando gatopardo por liebre.

Sin embargo, en el comercio, la estafa es un delito que castiga la Justicia, salvo en el sector político. El empresario político que miente y engaña es un indecente que debería ser sancionado o, incluso, ir a prisión, pero entonces muy probablemente nuestras cárceles no tardarían en hacinarse.

(Publicado en el diario HOY el 20/12/2015)

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Teledirigidos
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El Zurdo | 14-12-2015 | 5:39| 0

Pese al crecimiento exponencial de internet, la televisión sigue siendo el medio de comunicación de masas por antonomasia. No hay casa sin esta ventana indiscreta. No hay arma de propaganda masiva más eficaz. De ahí que políticos de toda ralea se peguen por salir en ella en campaña electoral. En la actual, los principales candidatos han multiplicado sus apariciones televisivas como nunca se había visto, dado el alto porcentaje de votantes indecisos.

Si algo tiene la tele es que con su varita catódica todo lo convierte en espectáculo. Y en todo ‘show’ que se precie la forma está por encima del contenido; no es tan relevante lo que se muestra sino cómo se muestra. Lo importante es el marco (o la marca), no lo que se incluye en él (o ella). Lo explica de forma meridiana George Lakoff en ‘No pienses en un elefante’. Este lingüista avisa que esa idea de que los políticos deben decir la verdad se ha quedado anticuada; ahora se lleva infantilizar a los votantes y reemplazar el debate político por la contienda de los valores y las identidades.

Por eso, Rajoy, Sánchez, Rivera e Iglesias nos hablan como si fuéramos adolescentes y tienden a hablarnos cada vez más como a niños. Es la conclusión de un estudio publicado por el suplemento ‘Papel’ del diario El Mundo que aplica a sus discursos el test de Flesch-Kincaid, que mide la complejidad de los textos en función del número de palabras por frase y el número de sílabas por palabra.

El opúsculo de Lakoff es la nueva ‘biblia’ de los demócratas de EE UU, porque ayudó a Obama a ganar las elecciones en 2008. Mirándose en el espejo del líder del ‘mundo libre’, Podemos y Ciudadanos (y Mas en Cataluña) lo están haciendo mejor que PSOE y PP. El fin es llegar al corazón del votante-espectador antes que a su razón; seducirle antes que persuadirle.

La televisión promueve el conflicto, la gresca dialéctica, los vencedores y vencidos –la fórmula ‘Sálvame’, que transforma el plató en un circo romano, se ha extendido a programas políticos como ‘La Sexta Noche’–, amén de contribuir al «proceso de sentimentalización de la política», como lo ha bautizado el profesor de la Universidad San Pablo CEU Juan Carlos Jiménez.

Prueba de ello es el debate a cuatro emitido por Atresmedia. La mayoría coincide en que ganó Iglesias porque tuvo más pegada, fue más directo e impactante y más emotivo, especialmente en su alegato final. ¿Y qué medidas concretas de su programa explicó? Una o ninguna, lo que demuestra que no importó lo que dijo sino cómo lo dijo.

El mensaje es el medio, como sentenció McLuhan, quien también advirtió que somos lo que vemos y que formamos nuestras herramientas y luego estas nos forman.

En este sentido, el politólogo Giovanni Sartori defiende en su ensayo ‘Homo videns. La sociedad teledirigida’ que la televisión empobrece la capacidad de entendimiento y abstracción del Homo sapiens desde niño; empieza a ‘telever’ antes de aprender a leer y escribir. La tele nos ha devuelto a la caverna platónica: produce imágenes y anula los conceptos, las ideas.

En apoyo de esta tesis acaba de publicarse un estudio en la revista médica ‘JAMA Psychiatry’ que asocia ver televisión más de tres horas diarias y hacer poco ejercicio en la juventud con peores funciones cognitivas en la madurez.

En definitiva, la tele atonta y fabrica lo que Sartori llama «un proletariado intelectual» que vota con el corazón en un puño y las tripas en la otra mano.

(Publicado en el diario HOY el 13/12/2015)

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