Hoy
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Autor: Elzurdo
El loco del pueblo
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El Zurdo | 22-12-2014 | 5:53| 0

El viernes nos desayunamos con la noticia de que un kamikaze había empotrado su coche contra la sede nacional del PP, en la madrileña calle Génova. Cargaba en el maletero una bomba casera y rudimentaria fabricada con dos bombonas de butano, gasolina, fertilizantes y cerillas. Afortunadamente, no explotó ni hubo que lamentar víctimas. Al principio se temió que fuera un ataque yihadista, como el de Sídney. Al final resultó que el autor es Daniel Pérez Berlanga, un parado de 37 años que vive en un pequeño pueblo de Teruel, Bronchales.

Daniel fue detenido y declaró a la policía que quería atentar contra los políticos porque «todos son iguales» y les culpa de no tener trabajo y de haberle arruinado. Al parecer, su intención inicial era empotrar su vehículo contra el Congreso, pero se perdió y eligió la sede popular porque sabía cómo llegar. El alcalde de Bronchales se mostró muy sorprendido y consternado pues no podía sospechar ni por asomo que Daniel fuera capaz de hacer algo así, pues es «absolutamente normal, no tiene problemas con nadie ni es agresivo», una opinión compartida por otros vecinos. No obstante, la policía sostiene que hace años estuvo en tratamiento psiquiátrico y tuvo problemas con las drogas y que es conocido como ‘el loco del pueblo’.

Al Gobierno le interesa que se difunda que este suceso es obra de un pirado más que de un desesperado. Puede que Daniel sea las dos cosas, pero este incidente me parece un síntoma exacerbado de las crecientes desesperación e indignación de la ciudadanía. Rajoy y sus voceros pueden decir misa, pero la inmensa mayoría de los españolitos no percibe aún la cacareada recuperación, como muestra el último barómetro del CIS.

Daniel no es el único al que se le ha pasado por la cabeza poner una bomba en el Congreso «para acabar con toda esa panda de chorizos». Es una idea que le he escuchado a más de uno y de dos respetables padres de familia y gente de buen vivir. Tal es su encono con los políticos. De acuerdo, son cosas que se dicen en un momento de crispación que, por suerte, quedan en palabras. Pero si no hay más Danieles, ‘lobos solitarios’, días de furia o revueltas como la de Gamonal es gracias a Podemos.

Podemos, lejos de ser antisistema como nos venden, está contribuyendo a sostener el sistema. Pablo Iglesias y sus círculos de confianza han canalizado el cabreo de las clases medias y bajas, las que más han sufrido la crisis, y les han dado una esperanza de cambio, como hizo el PSOE de Felipe González en 1982 y Obama, cuyo lema electoral era, precisamente, ‘Yes we can’ (‘Sí podemos’), en 2008 en EE UU. Podemos es la espita que está evitando que estalle esta olla a presión que es España. Podemos se alimenta del voto bronca. A la mayoría de sus potenciales votantes les da igual lo que proponga; solo quieren que barra del poder a PPSOE, a esa putrefacta ‘casta’ a la que, como Daniel, culpan de su ruina y la del país. Por eso, Podemos gana más adeptos cuanto más arremeten contra él socialistas y populares. Estos ya no tienen credibilidad. Podemos ha generado una ilusión en un pueblo al borde de un ataque de nervios. Porque el enfermo es este sistema capaz de enloquecer al más cabal. Y, como dice el escritor japonés Haruki Murakami en ‘De qué hablo cuando hablo de correr’, «no existe en ninguna parte del mundo real nada tan bello como las fantasías que alberga quien ha perdido la cordura».

(Publicado en el diario HOY el 21/12/2014)

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Correr
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El Zurdo | 14-12-2014 | 8:26| 0

Correr probablemente sea el deporte más antiguo del mundo, pero quizás nunca haya sido tan popular. Sus aficionados se han multiplicado exponencialmente en los últimos años, coincidiendo, curiosamente, con la crisis. Puede que sea porque correr es el ejercicio físico más barato y más eficaz para perder esos kilitos de más; aunque también porque ayuda como nada a prevenir las dos enfermedades más extendidas en nuestra sociedad capitalista: la depresión y la ansiedad, y más en estos tiempos difíciles en los que aún cuesta ver un claro en el cielo por más que diga nuestro señor presidente que «estas Navidades serán las primeras de la recuperación» y que «en muchos aspectos la crisis es historia del pasado».

Yo soy uno de esos noveles corredores populares que ha comprobado en sus carnes cuán cierto es aquello de «mens sana in corpore sano». Siempre he hecho algo de deporte y de lo que antes los esnobs llamaban ‘footing’ y ahora ‘running’, pero es en la segunda mitad de este año cuando me he puesto en serio a eso de correr, siguiendo, incluso, un plan de entrenamiento diseñado por mi amigo Antonio Lorenzo, avezado maratoniano con muchos kilómetros en las suelas de sus zapatillas. Es más, ya he participado en un par de medias maratones. Ser corredor de fondo me ha ayudado a tomarme la vida de otra manera, como una carrera de resistencia y persistencia, en la que no importa llegar antes sino llegar más lejos, en la que uno no compite para ganar, sino solo compite consigo mismo, buscando y ampliando sus límites, y en la que lo importante no es alcanzar la meta sino recorrer el camino que te lleva a ella. Ser corredor de fondo también te ayuda a ser disciplinado, tenaz y paciente y a tener una visión a largo plazo.

En este sentido, el fondista corre a contracorriente de la sociedad capitalista. El capitalismo es hijo de las prisas y la desmesura, es impaciente, impetuoso y cortoplacista, y valora el éxito rápido, efímero y fulgurante. El capitalismo necesita producir más y más en el menor tiempo posible y con el menor coste. Para ello, estimula en la gente una perenne insatisfacción que le incita a desear más y más y a consumir más y más para intentar, en vano, saciar esa ansiedad. El símbolo sagrado del capitalismo es la mercancía barata y su templo, el centro comercial.

El maratoniano alcanza su apogeo en la edad madura, pasados los 30, pues, amén de buenas piernas, debe tener la fortaleza mental para sufrir que dan los años. En cambio, el capitalismo exalta la impetuosa juventud y desprecia la serena madurez. Se da la gran paradoja de que mientras los gobiernos quieren que nos jubilemos cada vez más tarde para sostener el sistema de pensiones, pasados los 45 años ya eres un lastre, un capital humano obsoleto para las empresas. Los trabajadores mayores de 45 años despedidos van a la fosa común laboral, pues nadie los quiere contratar por viejos.

Como decía el mítico fondista checho Emil Zatopek, conocido como ‘La locomotora humana’, ganador de cuatro oros olímpicos y una plata, «si quieres ganar, corre los cien metros; si quieres experimentar la vida, corre maratones». Sin embargo, el capitalismo ensalza al velocista y ningunea al fondista, o lo que es lo mismo: antepone el triunfo a la vida, vencer a vivir.

(Publicado en el diario HOY el 14/12/2014)

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El poder del dinero
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El Zurdo | 08-12-2014 | 7:13| 0

Para los españoles, según el último barómetro del CIS, lo fundamental para ser feliz es la salud, luego llevarse bien con la familia y, por último, el dinero. La gran paradoja es que el dinero no es lo más importante de la vida, pero no se puede vivir sin él. Al menos en este mundo capitalista. El dinero todo lo puede y sin él nada se puede. Es el sumo hacedor y deshacedor. Es el gran alquimista, capaz de convertir cualquier cosa en oro y el oro en cualquier cosa. No hay conflicto que no pueda resolver ni causar. Todo lo puede comprar y vender. Puede limpiar la conciencia y manchar las manos. Puede liberar al necesitado y esclavizar al que no necesita más. Puede servir a la política o tiranizarla. Puede dar y quitar la razón. Es un medio con el que se puede llegar a cualquier fin y un fin al que se puede llegar por cualquier medio. Por dinero o con dinero se puede trabajar y dejar de trabajar, vivir y dar la vida, matar y morir, hacer la guerra y el amor. No hay dios con más fieles ni creencia ni idea que más fascine. «El dinero es el más universal y más eficiente sistema de confianza mutua que jamás se haya inventado», como dice el historiador israelí Yuval Noah Harari, quien, no obstante, advierte que «no confiamos en el extraño, ni en el vecino de la puerta de al lado; confiamos en la moneda que sostiene».

El dinero es la tela de araña invisible que nos tiene atrapados a todos, la verdadera fuerza de cohesión social del capitalismo. Más precisamente, como dice el filósofo John Holloway en ‘Agrietar el capitalismo’, lo que se expresa en el dinero: el valor, que nadie controla, «el impulso conquistador omnímodo» de la mercancía barata, la producida en el menor tiempo. El valor ha destruido todas las revoluciones del siglo XX. El paradigma es la china, devenida el símbolo de la mercancía barata. Quien intenta crear un sistema alternativo de producción (una cooperativa, un taller artesanal…) no podrá producir ni tan barato ni tan rápido. Si quiere sobrevivir y vender acabará produciendo a la manera capitalista. Igual ocurre en el mercado laboral: si no vendemos nuestra fuerza de trabajo al capital, ¿cómo sobrevivimos?

Todos terminamos manchándonos las manos con el dinero. También Pablo Iglesias y sus camaradas. El líder de Podemos es acusado por un antiguo socio de camuflar su productora de televisión como asociación sin ánimo de lucro y de pagar y cobrar en negro. Y su estratega electoral, Iñigo Errejón, ha sido suspendido de empleo y sueldo por la Universidad de Málaga, que le abonaba 1.825 euros brutos al mes sin cumplir, al parecer, con la obligación contractual de trabajar 40 horas a la semana desde el campus malagueño. Un pequeño lamparón al lado de la mierda que embadurna hasta los ojos a PPSOE o CiU. Pero en estos una mancha más ya no se aprecia; en cambio, si, como Podemos, se alardea de traje impoluto, la mínima mácula salta a la vista.

En fin, el dinero, como el poder, corrompe. Por eso, el dinero, como el poder, cuanto más se reparta, mejor para todos. Por ende, a más desigualdad social, más corrupción. España es, junto con EE UU, el país donde más ha crecido la desigualdad, según la Organización Internacional de Trabajo. Y de forma paralela se ha disparado la preocupación de los españoles por la corrupción: ya dos de cada tres consideran que es el principal problema del país, según el CIS.

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El impostor
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El Zurdo | 30-11-2014 | 10:45| 0

No voy a hablar del protagonista de la última novela de Javier Cercas, aunque bien podría serlo porque su vida es de fábula. Nuestro personaje es un joven imberbe de 20 años y mirada acuosa, con cara de cemento armado, pinta de haber recibido muchas collejas en el patio del colegio y delirios de grandeza, que comparte talento con Mr. Ripley. Llegó a codearse con lo más granado de la sociedad española, hasta llegó a colarse en la recepción que el rey Felipe VI dio el día de su coronación. Aún es un misterio cómo este farsante logró picar tan alto y por qué los servicios secretos y la policía decidieron pararle los pies.

Algo huele a podrido en toda esta historia, una versión libérrima y actualizada a las nuevas generaciones de ‘La vida del Buscón, llamado don Pablos’. Me da en la nariz que hay un poso de verdad en toda la película que se ha montado Francisco Nicolás Gómez Iglesias, llamado ‘el pequeño Nicolás’, un don nadie que se creyó alguien, un arribista criado, ironías del destino, en el barrio madrileño de Prosperidad, que medró como mancebo de FAES, el laboratorio de ideas del doctor Aznar, donde hizo influyentes contactos que le ayudaron a infiltrarse en determinados círculos del poder.

Esta ópera bufa, protagonizada por un falso pijo que parece salido de Los Happiness, el cuarteto ficticio que se hizo célebre con la satírica canción ‘neocon’ ‘Amo a Laura, pero esperaré hasta el matrimonio’, es una fábula de la España del régimen del 78. El ‘pequeño Nicolás’ es un reflejo de la ‘casta’, deformado por los espejos del callejón del Gato. Sí, porque en las instituciones patrias se han colado muchos impostores, arribistas, hombres de las mil caras, cuentistas, zascandiles, trileros y troleros, empezando por Felipe ‘el encantador’, pasando por Josemari ‘el amigo del americano’, José Luis ‘el bambi’ y su valido Alfredo ‘el químico’, y acabando con Mariano ‘el don Tancredo’. Sin olvidarnos de los que han pululado o pululan por estos lares, como Juan Carlos el ‘rompecristales’ o José Antonio ‘el barón rojo’. Y mención de deshonor aparte merece Jordi ‘el honorable’. Al lado de todos ellos, un chisgarabís como Adolfo ‘el Duque’ ha resultado ser un bendito.

Estos embaucadores nos hicieron creer que a España no la iba a reconocer ni la madre que la parió, que España iba bien y se podía permitir el lujo de poner los pies sobre la misma mesa que el amigo americano o fotografiarse con él en las Azores, que España jugaba en la Champions de la economía y tenía la banca más solvente del mundo… Tras esa España de ‘pladur’ que nos vendieron y por la que hipotecamos nuestro futuro se escondía un cenagal. Ahora el último embaucador dice que estamos saliendo de él reforzados. Pero todo es una gran farsa, un gran ‘show’ como el de Truman. Nuestros gerifaltes se comportan como productores de un espectáculo de telerrealidad del que éramos protagonistas sin saberlo. Muchos nos hemos dado cuenta del engaño y queremos abandonar el plató-prisión, pero los productores, como el Christof de la película, quieren hacernos creer que su programa llena de esperanza y felicidad a millones de personas, que ahí fuera no hay más verdad que la que hay en el mundo que han creado para nosotros, mundo en el que no tenemos nada que temer porque nos conocen mejor que a nosotros mismos y saben lo que nos conviene. Pero, como le responde Truman a Christof, nunca han tenido una cámara en mi cerebro.

(Publicado en el diario HOY el 30/11/2014)

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Seiscientoseuristas
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El Zurdo | 24-11-2014 | 5:02| 0

El jueves hizo tres años que Mariano Rajoy ganó las elecciones. El viernes, su factótum, Soraya Sáenz de Santamaría, sacó pecho. «Se ha dado un vuelco a la situación económica», cacareó. Sin embargo, ese mismo día conocíamos un dato, publicado por la Agencia Tributaria, que refleja otra España bien distinta a la pintada por la vicepresidenta y el anuncio de la Lotería de Navidad. Uno de cada tres trabajadores españoles gana menos de 645 euros al mes, es decir, por debajo del salario mínimo interprofesional. Dicho de otro modo, 5,7 millones son ‘seiscientoseuristas’ y, por tanto, carne de exclusión social. Pero hay otros casi dos millones que ganan de 645 a 970 euros. Por tanto, casi 7,7 millones de asalariados, casi la mitad (el 46,4%), ingresan menos de mil euros mensuales, o sea, tienen un empleo que no les saca de pobre. Si hasta hace bien poco ser ‘mileurista’ era sinónimo de cobrar una mierda, ahora es un sueño para una creciente legión de jóvenes y no tan jóvenes.

Según Hacienda, el sueldo medio es de 18.505 euros anuales (1.342 mensuales), un 1,4% menos que el año anterior. Hay casi tantos ‘seiscientoseuristas’ como curritos con rentas medias (de 18.068 a 45.000 euros al año) y en este colectivo se ha concentrado el ajuste, porque hay 250.000 menos que hace un año. En contraste, solo hay 125.191 asalariados (7.000 menos), el 0,7% del total, que percibe más de 90.342 euros al año. Y su sueldo medio ha subido hasta los 147.320 euros desde los 146.312 de hace un año y los 129.852 del inicio de la crisis.

Estos datos confirman, una vez más, que durante la crisis la brecha entre la España rica y la España pobre no ha dejado de ensancharse. Reflejos extremos de esas dos Españas son Cayetana ‘la libre’, que deja a sus vástagos un patrimonio de 2.800 millones ganados con el sudor de los de enfrente, y Carmen ‘la desahuciada’, una vecina de 85 años de Vallecas desalojada de su casa el viernes, mientras se enterraba a la Duquesa de Alba, por avalar un préstamo impagado por su hijo.

En ‘Agrietar el capitalismo’, el sociólogo y filósofo irlandés John Holloway habla de dos formas de luchar para cambiar este mundo desigual: la política de la dignidad y la política de la pobreza. O sea, la política de los consejos y asambleas (la del 15M, las mareas, las marchas de la dignidad o la Plataforma de Afectados por la Hipoteca) y la política de los partidos centrados en el Estado. La política hecha desde abajo, por el pueblo, y la política hecha desde arriba, en nombre del pueblo. Estas dos luchas, dice Holloway, se entremezclan y amalgaman a menudo en la misma organización e incluso en el mismo individuo. Ejemplo de ello son los procesos en Venezuela, Ecuador y Bolivia y también Podemos, que se mira en ellos. Pero en los cuatro ya predomina la lucha de partido estadocéntrica. Holloway la rechaza porque «actuar en nombre del pueblo, o en su beneficio, inevitablemente conlleva un grado de represión; si el pueblo no tiene la misma idea que el Estado, entonces, tiene que haber algún medio para imponer el bienestar del pueblo en contra de sus propios deseos. El movimiento revolucionario se vuelve represivo y también se debilita al perder el apoyo activo». Y el líder carismático acabará parafraseando al Rey Sol: «El pueblo soy yo» y «quien me ataca a mí, ataca al pueblo». Esta película de terror ya la hemos visto demasiadas veces.

(Publicado en el diario HOY el 23/11/2014)

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