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Categoría: Zurdazos dominicales
Libertad, igualdad, sororidad

EPA1861. BERLÍN (ALEMANIA), 10/01/2018.- La actriz francesa Catherine Deneuve posa durante la rueda de prensa de La Matrona, en la 67 edición del Festival de Cine de Berlín (Alemania) el 14 de febrero de 2017. Deneuve es una de las 100 famosas que ha firmado un manifiesto defendiendo la libertad de los hombres "a importunar". El texto ha sido criticado hoy, 10 de enero de 2018, por un grupo feminista francés, subrayando el derecho de las mujeres a no ser agredidas y a que se las respete. EFE/ Guillaume Horcajuelo

Las mujeres han roto bastantes cadenas y barreras en las últimas décadas y a nadie le extraña ya que una mujer alcance un cargo de responsabilidad. Sin embargo, todavía cuanto más arriba se sube menos mujeres se encuentran. Por eso, «nos falta aún mucho camino» para lograr una igualdad efectiva entre hombres y mujeres, como advierte la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie. Para la autora de ‘Todos deberíamos ser feministas’, las mujeres occidentales creen que están mejor que las del sur, pero «el sexismo existe en todo el mundo». El caso Weinstein así lo demuestra al haber destapado una larga lista de agresiones y abusos sexuales perpetrados por prohombres del cine, la política o el periodismo. Y no solo en Estados Unidos, sino también en esta orilla del Charco.

Estos escándalos han levantado un saludable tsunami de sororidad, es decir, de solidaridad o hermanamiento entre mujeres, en los medios de comunicación y las redes sociales a través de campañas como #MeToo (‘Yo también’). No obstante, hay voces femeninas que se han alzado contra esa gran ola tachándola de «puritana», como la actriz Catherine Deneuve y un centenar de artistas francesas que han firmado un manifiesto en el que defienden que «la seducción insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista». Entre las firmantes está la filósofa Peggy Sastre, autora de un ensayo titulado ‘La dominación masculina no existe’, o la escritora Abnousse Shalmani, que ha descrito el feminismo como un nuevo estalinismo.

La exministra francesa para Derechos de las Mujeres Laurence Rossignol considera que el polémico manifiesto es «una bofetada a las mujeres que denuncian la depredación sexual» y refleja una «concepción tradicional de la sexualidad» en la que el hombre asume el papel de «conquistador» y la mujer el de «sumisa».

En mi opinión, las palabras de Deneuve y compañía son una muestra de lo que Adichie llama «feminismo light» o «la idea de la igualdad femenina condicional», peligro del que alerta en ‘Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo’. El feminismo light, que en realidad es un machismo sutil, emplea analogías como «él es la cabeza y ella el cuello» o frases como «él está al mando pero ella dirige entre bambalinas» o «dejad que la mujer haga lo que le plazca siempre y cuando su marido se lo permita». Pero el permisor mira desde las alturas a la persona a la que permite. Para el feminismo light, detrás de un gran hombre hay una gran mujer, no al lado; el hombre debe ayudarla en las labores domésticas, no colaborar con ella; debe ser tolerante, tratarla bien, en vez de respetarla. Como dice Adichie, la premisa de la caballerosidad es la debilidad femenina: «Las mujeres no necesitan que las reverencien ni las defiendan; solo necesitan que las traten como seres humanos iguales. En la idea de que las mujeres necesitan ser reverenciadas y defendidas por el hecho de ser mujeres subyace una actitud de superioridad». Por tanto, para el feminismo light la mujer sigue estando subordinada al hombre, no es plenamente libre.

El diccionario de la Real Academia Española define ‘feminismo’, en su primera acepción, como «principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre». Por ende, ser demócrata supone ser feminista, pues sin una igualdad sexual real no hay una democracia real.

(Publicado en el diario HOY el 14 de enero de 2018)

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Por una memoria ejemplar

MD39. El Escorial (Madrid), 19/11/05.- Vista general del Valle de los Caídos donde esta tarde se celebra celebra una misa solemne en conmemoración al treinta aniversario de la muerte del general Francisco Franco, y a José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española. EFE/Gustavo Cuevas

La escritora croata Slavenka Drakulic distingue dos maneras de superar las guerras, la española y la alemana: «La española es, o al menos era, dejar el pasado dormir en paz, sin evocar los espíritus malignos del nacionalismo o el fascismo. La alemana es confrontar el pasado fascista a pecho descubierto para poder seguir adelante sin las cargas del pasado».

Me inclino por la alemana, porque creo con George Santayana que «aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo». Por esta razón, defiendo la Ley de Memoria Histórica, que acaba de cumplir diez años. Pero el ahijado político de Fraga la ha dejado en papel mojado al cortarle el grifo público.

No obstante, Tzvetan Todorov advierte que en las democracias el poder no debe controlar el ayer ni corresponde a la ley contar la Historia; le basta con castigar la difamación o la incitación al odio. A su juicio, «sacralizar la memoria es otro modo de hacerla estéril». Tiene que ver con lo que llama la memoria literal, que considera la experiencia propia más importante y grave que las demás y tiende a convertir la pasada condición de víctima en un capital rentabilísimo, en fuente de privilegio y legitimación del mal infligido a los otros. Que se lo digan a serbios, croatas, israelíes o integristas islámicos.

El premio Príncipe de Asturias propone pasar de la memoria literal a la ejemplar. Mientras la literal, resentida, enquista el trauma del pasado, lo hace insuperable, la ejemplar aprovecha las lecciones de las injusticias sufridas antaño para combatir las de hogaño. Así, la memoria es buena cuando sirve a la verdad y la justicia y es mala cuando sirve a la venganza y la violencia.

No se trata de que la memoria sea preferible al olvido o al revés. El pensador búlgaro matiza que sin olvido no hay memoria, pues esta es el pasado filtrado y reconstruido. Jorge Semprún reconocía que en los 50, si no hubiera podido olvidar su experiencia en el campo de concentración, habría quedado atrapado en ese horror. En cambio, al final de su vida, hablaba de Buchenwald, de cómo había sobrevivido, de si se sentía culpable por ello. Y, explica Todorov, en cierto modo fue una evolución general: «En Europa no se estudió mucho la II Guerra Mundial entre 1945 y 1960. Solo después hubo una nueva interrogación de la memoria, como si hiciera falta que pasara una generación. Ocurre a menudo».

Ha ocurrido en España. Gabriel Jackson diagnostica que, muerto el Caudillo, la mayoría de la gente calló durante los primeros 20 o 30 años de la monarquía constitucional, porque no había seguridad de cuánto iba a durar la libertad recién adquirida o porque aceptaba que era mejor olvidar, no remover las brasas de la Guerra Civil. Mas es el momento de hacer memoria ejemplar, de hacer justicia a las víctimas del franquismo, de que todo el país condene la dictadura de Franco como un régimen criminal, como Alemania condenó el nazismo. Algo que, sostiene el hispanista estadounidense, aún no se ha hecho porque existe una minoría sustancial de la sociedad española para la que la palabra ‘República’ es sinónimo de incompetencia y desorden y el alzamiento militar fue un mal menor, justificado, para restablecer el orden público.

Con todo, estoy con Todorov en que hay que aspirar a una historia que escape del maniqueísmo; hay que crear una especie de relato común de nuestro pasado, con sus luces y sombras, en vez de perpetuar un estado de conflicto.

(Publicado en el diario HOY el 7 de enero de 2018)

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Pobre año

GRAF2873. MADRID, 29/12/2017.- Detalle de la infografía de la Agencia EFE "Aporofobia, palabra del año 2017" disponible en http://infografias.efe.com. EFE/

Hoy toca a su fin un año decepcionante, como todos, porque la realidad siempre lo es. Aun el más escéptico y pesimista siempre cree que el año entrante será mejor que el saliente, como los protagonistas del ‘Diálogo de un vendedor de calendarios con un transeúnte’, de Leopardi.

Al modo socrático, el transeúnte lleva al vendedor a la conclusión de que cualquiera, sea príncipe o mendigo, si pudiera volver a nacer, no le gustaría repetir lo ya vivido exactamente igual, con todos sus placeres y dolores, sino que querría una vida librada al azar, sin saber nada de antemano, como no se sabe nada del año nuevo. Por tanto, sentencia el transeúnte, «la vida bella no es la que se conoce, sino la que no se conoce; no es la vida pasada, sino la futura. Con el año nuevo, el azar nos tratará bien a los dos, y a todos, y comenzará la vida feliz. ¿No es cierto?». A lo que el vendedor contesta: «Espero que sí». Y todos lo esperamos, porque la esperanza no es una virtud teologal, es mero instinto de supervivencia. Sin ella ¿qué sentido tendría seguir viviendo? Sin la contumaz esperanza de que el mañana será más venturoso que el hoy, no nos levantaríamos cada día de la cama.

Cuando la esperanza se planifica, se hace proyecto colectivo, se convierte en utopía. Toda utopía sueña con un porvenir en el que reinen la justicia, la paz, la fraternidad y la felicidad y la pobreza haya quedado erradicada y, por ende, la aporofobia. Aporofobia es un vocablo nuevo para designar un miedo tan antiguo como la humanidad: el miedo a los pobres. La Real Academia Española acaba de incluirlo en su diccionario digital y la Fundéu lo ha elegido palabra del año.

La filósofa española Adela Cortina acuñó el neologismo para enmendar el uso impropio de palabras como xenofobia o racismo al referirnos al rechazo que sentimos contra inmigrantes o refugiados, cuando en realidad esa aversión no se produce por su condición de extranjeros, sino porque son pobres. Cuando llegan a nuestra tierra foráneos, sean de la etnia que sean, como turistas, futbolistas de éxito, artistas o empresarios son bienvenidos. Rechazamos al moro que llega en patera, no al jeque árabe que llega en yate cargado de petrodólares.

Aunque no sea un término familiar, está más de actualidad que nunca, como reflejan los muros que se levantan en Europa y EE UU para impedir la entrada a inmigrantes y refugiados que portan poco más que sueños y esperanzas, así como la ola de xenofobia que sacude ambas orillas del Atlántico, encrespada por los discursos del odio de salvapatrias como Trump o Le Pen.

Luego está el caso de Cataluña. Detrás del movimiento independentista están tanto la aporofobia como la utopía. El sector más joven y progresista ve en la independencia la vía para hacer realidad la utopía de una sociedad más próspera y democrática. En cambio, lo que mueve al sector más conservador y pudiente es el «España nos roba», la aversión a la España «subsidiada», a la que acusan de vivir a costa de Cataluña. Como explica Cortina, «el rechazo al pobre implica una actitud de superioridad y suele incluir la culpabilidad de la víctima».

Poner nombre a un problema no lo soluciona, pero lo hace visible. Sin nombre, las cosas no existen. Se arguye, por ejemplo, que se bautiza a las tormentas porque la gente se previene así de ellas. Según Cortina, «el rechazo al pobre, el relegarlo socialmente, también hay que prevenirlo así, porque es lo más contrario a la dignidad de las personas y es un desafío contra la democracia». ¿No es cierto? Espero que sí. Feliz año nuevo.

(Publicado el diario HOY el 31 de diciembre de 2017)

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Pierde Rajoy

GRAF756 MADRID, 22/12/2017.- El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha asegurado hoy que hará un "esfuerzo" para mantener el diálogo con el nuevo Gobierno catalán que surja tras las elecciones, pero al mismo tiempo ha advertido de que exigirá que la ley se cumpla y no aceptará que nadie "se salte" la Constitución ni el Estatut.En rueda de prensa en el Palacio de la Moncloa, Rajoy ha confiado en que el nuevo Govern que pueda formarse con la mayoría parlamentaria surgida tras los comicios catalanes "abandone las decisiones unilaterales y no se sitúe por encima de la ley".EFE/Javier Lizón

 

Mariano Rajoy ha sido el gran derrotado en las elecciones catalanas del pasado jueves. Las urnas han penalizado con severidad su errática estrategia en Cataluña, donde causa rechazo hasta en el electorado conservador no independentista. Rajoy y el PP, y menos con un candidato tan contumaz y carpetovetónico como Xavier García Albiol, no han sido capaces de sacudirse el sambenito de herederos del Caudillo. Y eso que el presidente del Gobierno se ha mostrado más comedido en aplicar el artículo 155 de marras de lo que urgía un espídico Albert Rivera, el gran triunfador de la noche del 21-D. Si Rajoy es el hijo político no reconocido por José María Aznar, Rivera es el hijo político deseado por el expresidente. Sin embargo, el líder de Ciudadanos se cree el Macron español y lo cierto es que, a imagen y semejanza del jefe del Estado francés, ha sabido pescar votos a diestra y siniestra en el río revuelto catalán con un discurso más ilusionista que ilusionante.

No obstante, si los populares han obtenido el peor resultado electoral de su historia en Cataluña ha sido más por deméritos propios que por méritos del partido naranja. Y si tras el 21-D, Cataluña está donde está, en la casilla de salida del laberinto, y, como dijo un exultante Carles Puigdemont, «España tiene un pollo de cojones», es también por culpa del inmovilismo de Rajoy. El actual inquilino de la Moncloa es corresponsable del viaje a ninguna parte catalán. De acuerdo, en menor grado que los Mas, Puigdemont, Junqueras, Gabriel y demás compañeros mártires, pero su parte alícuota tiene. Si estos son autores del delito en grado de tentativa, Rajoy ha sido un cooperador necesario.

Tras el simulacro de consulta soberanista del 9-N de 2014, el don Tancredo gallego confiaba en que el suflé catalán acabaría desinflándose, pero se hinchó hasta explotarle en las narices el pasado octubre. Antes del 1-O aseguró que no se celebraría ningún referéndum ilegal, pero se celebró. Encima cometió el craso error de sacar la policía a la calle y dio pie a que la opinión pública internacional sacara a bailar el fantasma de Franco. Tras el 1-O, creía que Puigdemont iba de farol y acabaría por no proclamar la república catalana, pero la proclamó. El único acierto de Rajoy ha sido, con el 155 en la mano, convocar las elecciones lo antes posible, pese a que el resultado aparentemente haya cambiado poco la situación. Y digo aparentemente porque ambas partes están condenadas a entenderse. No cabe otra para resolver el peliagudo problema catalán. El 21-D, en realidad, ningún bloque venció ni convenció. Por tanto, solo tienen dos vías: o sellar una paz duradera o mantener una guerra fría perpetua, con el riesgo de que devenga caliente.

Eso sí, insisto, no podemos confiar en que sofoquen el incendio los pirómanos que lo han provocado y aventado. Por eso, Rajoy debe adelantar las elecciones generales y no presentarse a las próximas y Puigdemont debe renunciar a ser reelegido. Porque ambos, no solo el primero, son cadáveres políticos, y ambos han demostrado su incapacidad como líderes, confirmando el principio de Peter: «En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia: la nata se monta hasta cortarse».

(Publicado en el diario HOY el 24 de diciembre de 2017)

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Dos nacionalismos en liza

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El jueves cambiará algo para que todo siga igual en Cataluña. Las encuestas vaticinan un empate técnico entre el bloque independentista (ERC, Junts per Catalunya y CUP) y el llamado constitucionalista (Ciudadanos, PSC y PP) en las elecciones. Por tanto, la llave del gobierno o la aguja de sutura las puede tener la formación que se sitúa entre ambos extremos, Catalunya en Comú-Podem, ambigua para los más y ambivalente para los menos.

Mas, escuchando a tirios y troyanos, se presenta titánica, casi imposible la operación de cerrar la brecha abierta por el ‘procés’ entre ambos bloques. Bloques que no son monolíticos pero que, ‘grosso modo’, representan dos tipos de nacionalismos. Los soberanistas, el nacionalismo étnico o cultural; los constitucionalistas, el político o cívico. Ambos nacionalismos tienen vocación transversal y echan mano de símbolos imprecisos y relatos, a menudo imaginados o imaginarios, capaces de aglutinar al mayor número posible de individuos, al margen de sus discrepancias ideológicas o socieconómicas, a fin de crear una cierta ilusión comunitaria.

Sin embargo, como explica el profesor Manuel Arias Maldonado en su ensayo ‘La democracia sentimental’, mientras el nacionalismo cívico emplea los símbolos, mitos y rasgos étnicos e históricos de forma débil, como pegamento sentimental para las frías normas e instituciones constitucionales, el nacionalismo cultural se dedica activamente a ‘nacionalizar’ a sus ciudadanos, hasta el punto de que los derechos colectivos de la nación pueden prevalecer, en caso de conflicto, sobre los individuales.

Con frecuencia es difícil distinguirlos, pues banderas hay en todas partes. Pero, según matiza Arias, mientras el primero usa las banderas para fundar un Estado liberal razonablemente neutral y plural, que deja espacio para las diferencias subnacionales (regionales y locales), el otro utiliza las herramientas públicas (la educación, los medios de comunicación, las políticas lingüísticas…) para generar sentimientos nacionales excluyentes que socavan la ciudadanía común. Dicho de otro modo, el nacionalismo cultural está obsesionado con la identidad, mientras que para el cívico la identidad ocupa un rol secundario, solo alterado en caso de guerra o éxito deportivo.

No obstante, el politólogo canadiense Bernard Yack se muestra escéptico con esa caracterización de ambos nacionalismos. «Cuando la forma racional, voluntaria y correcta de hacer las cosas resulta ser la ‘nuestra’, y el modo emocional, heredado e incorrecto de hacerlas resulta ser el ‘suyo’, deberíamos proceder con mucha cautela», advierte.

De hecho, en ambos bloques se dan simultáneamente elementos cívicos y étnicos, aunque unos prevalecen sobre otros. Es más, se dan en distintos grados y maneras entre los propios miembros de cada frente. Así, por ejemplo, en el PSC son más acusados los rasgos catalanistas que en Cs y el PP, en los que predominan los españolistas. Y en la otra orilla, unos sectores de ERC y JxCat son más abiertos que otros, y sobre todo que la CUP, a negociar con el Gobierno central y otros partidos. Eso deja un margen, estrecho, eso sí, al entendimiento entre ambos bloques (o partes de ambos) tras el 21-D. Por eso, son más necesarios que nunca los pontífices, pero en el sentido etimológico del término de «constructor de puentes». Además, ya se sabe que la política hace extraños compañeros de cama.

(Publicado en el diario HOY el 17 de diciembre de 2017)

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La presa

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Esta semana ‘El Mundo’ ha publicado las declaraciones en el juicio, ya visto para sentencia, de uno de los cinco integrantes de ‘La Manada’ y de la chica que los acusa de violarla en grupo en un portal de Pamplona la madrugada de San Fermín de 2016. De esos interrogatorios se infiere que la defensa trató de convertir el juicio contra los denunciados en un juicio contra la denunciante. Su estrategia se centró en la presunción de culpabilidad de la víctima, en poner en cuestión su decencia, a fin de demostrar que fue una relación consentida. La conclusión machista de esta estrategia perversa es que una mujer de «vida alegre» tiene muchas menos probabilidades de ser violada que una mujer recatada y, sobre todo, de ser creída, porque, en definitiva, se lo habrá buscado.

Por tanto, la sentencia del tribunal dependerá de lo que entienda por consentimiento. Consentir no es lo mismo que desear, aunque la defensa haya utilizado ambos términos como sinónimos. Se puede consentir por coacción o miedo. De hecho, así lo refleja la chica en su relato pormenorizado. «Recuerdo la puerta [del portal], llegamos al cubículo ese, y fue cuando empecé a sentir más miedo porque me vi rodeada por ellos», respondió a preguntas de la fiscal. «Estaba totalmente en ‘shock’, no sabía qué hacer, quería que todo pasara rápido y cerré los ojos para no enterarme de nada y que pasara rápido», agregó. «No sabía cómo reaccionar y no reaccioné, reaccioné sometiéndome», admitió.

También, como buscaba la defensa, confesó que al regresar a casa se sentía muy culpable de lo ocurrido porque creía que lo podría haber evitado y pensaba que «les estaba jodiendo la vida» a los encausados. Asimismo, desveló que tenía pesadillas, insomnio, problemas de concentración, que no podía parar de llorar y que sigue una psicoterapia.

Esa mezcla de culpabilidad, vergüenza y depresión es habitual en las víctimas de agresión sexual. Es lo mismo que, por ejemplo, sentía Kozarac, madre de dos hijos violada durante la guerra de Bosnia. En ‘No matarían ni una mosca’, la autora, Slavenka Drakulic, cuenta que Kozarac le describió su sentimiento de humillación y suciedad, de absoluta impotencia, de una especie de ausencia de su cuerpo; le habló de su deseo de desaparecer, de morir instantáneamente.

Sea cual sea el veredicto, hay un hecho que retrata a los acusados, que deja patente su concepción de las mujeres. «Tal y como fuimos eyaculando pues nos fuimos», detalló el considerado cabecilla del grupo, el tal Prenda, al explicar cómo, consumada su correría, se marcharon uno a uno del portal, dejando a la chica allí sola, tirada en el suelo semidesnuda, sin intercambiar una palabra con ella, sin preocuparse lo más mínimo por si lo había pasado bien, sin interés alguno en volver a verla. El quintento se comportó así como lo que hace llamarse, una manada de depredadores, una muta de caza que, una vez abatido el objetivo, una vez cobrado el trofeo y repartido entre sus miembros, una vez ha triunfado su voluntad, una vez aplacado su frenesí, se desentiende de la presa, como el lobo que deja los restos de su cacería a la intemperie para que sirvan de comida a los carroñeros. Y para que quede constancia, para alardear ante el irrespetable, han inmortalizado unos fragmentos de su hazaña, carroña para los devoradores de telebasura y videocarnaza, esa que pasa de móvil a móvil, de manada a manada.

(Publicado en el diario HOY el 10 de diciembre de 2017)

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