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Categoría: Zurdazos dominicales
Lecciones de la crisis de los misiles

El 10 de octubre, Cataluña y España entera se asomaron al abismo a través de los ojos de Carles Puigdemont. El president subió al precipicio del Parlament, estiró una pierna, la dejó en suspenso en el aire, la retiró tras unos segundos eternos y tendió una mano de hierro en guante de terciopelo a Mariano Rajoy. Así, su esperado y temido salto al vacío se quedó en amago para decepción de su hinchada y mosqueo de las barras bravas de la CUP.

El sí pero no del prócer catalán, su gesto a lo Chiquito de la Calzada, desconcertó hasta a un gallego maestro en el arte de afirmar a la vez una cosa y su contraria como don Mariano. Para salir de su confusión, el presidente del Gobierno ha requerido al del Govern que aclare si declaró o no la independencia de Cataluña la tarde de autos antes de tomar o no la grave decisión de apretar el botón nuclear del cacareado artículo 155 de la Constitución, como le urgen sus halcones.

No obstante, tanto la declaración de independencia ‘interruptus’ de Puigdemont como el requerimiento perpetrado por Rajoy son dignos de estudio, de estudio lingüístico. Si el filósofo y lingüista Ludwig Wittgenstein levantara la cabeza concluiría que ambas proposiciones son absurdas, la una por contradictoria y la otra por tautológica (aunque en un sentido más retórico que lógico).

Si el futuro del invento de los Reyes Católicos pasa por que esos dos lleguen a un acuerdo mediante su diálogo de besugos, ¡que Dios nos coja confesados! Ni se entienden ni se hacen entender. Por no entender no entienden de igual manera qué es la democracia. Para don Carles es la voluntad del pueblo soberano (o una parte) incluso por encima de la ley. En cambio, para don Mariano es el imperio de la ley (o una parte) incluso por encima de la voluntad popular. Sin embargo, la democracia no es ni una cosa ni la otra; son las dos y no se puede renunciar a ninguna. Si empiezan por aceptar esto, tendrán mucho terreno ganado.

Asimismo, bien les vendría aplicarse las lecciones que saca el profesor Graham Allison de la gestión de la crisis de los misiles de Cuba y que plasmó en su ensayo ‘La esencia de la decisión’. El mundo nunca estuvo tan cerca del Armagedón como aquellos 13 días de octubre de 1962. En ese corto plazo, John F. Kennedy tuvo que decidir qué era peor: permitir que la URSS instalase misiles nucleares en Cuba, a apenas 150 kilómetros de Florida, o atacar y desencadenar una guerra atómica.

El presidente de Estados Unidos eludió el dilema sacándose de la manga una solución imaginativa que resolvió la crisis y que, en palabras de Allison, «no era su opción preferida, pero era mucho mejor que las otras dos, que eran inaceptables». Kennedy estableció un bloqueo sobre Cuba por mar y aire y prometió en público al líder soviético, Nikita Jruschov, que no invadiría la isla si retiraba los misiles. Al mismo tiempo, autorizó a su hermano Robert a negociar en secreto con un interlocutor soviético al que ofreció retirar los misiles estadounidenses de Turquía a cambio de que Moscú hiciera lo propio con los de Cuba.

Como dijo el exsubsecretario de Estado Nicholas Burns en alusión a este episodio, «el éxito de la diplomacia en los niveles más altos requiere a veces abrir puertas de salida para tu adversario; así puede salvar la cara y se evitan nuevos conflictos». Y ese fue el gran acierto de Kennedy y lo que evitó el desastre.

(Publicado en el diario HOY el 15 de octubre de 2015)

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¿No pasará nada?

GRA321. BARCELONA, 06/10/2017.- Fotografía de archivo del presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont (i) y el expresidente Artur Mas, durante el Comité Nacional del PdeCat, celebrado el pasado día 2 de octubre. El expresidente de la Generalitat Artur Mas considera que Cataluña todavía no está preparada para "la independencia real", en declaraciones publicadas hoy por el diario británico Financial Times. EFE/Andreu Dalmau

El 10 de enero de 2016 publiqué un artículo titulado ‘¿Qué pasa en Cataluña?’, igual que un libro que recoge una serie de reportajes sobre la situación catalana que el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales escribió tras la victoria del Frente Popular en las elecciones generales de febrero de 1936. Su aliado en Cataluña era el Front d’Esquerres, liderado por Lluís Companys, que recuperó la presidencia de la Generalitat tras ser amnistiado. Companys había sido encarcelado por proclamar el Estado catalán el 6 de octubre de 1934.

La vuelta de Companys al poder hacía temer otro intento de secesión. Sin embargo, Chaves Nogales saca la conclusión de que «en Cataluña no pasará nada», «nada de lo que el español no catalán recele», porque «en Cataluña hay, por encima de todo, un hondo sentido conservador que se impondrá fatalmente», el de esa burguesía industrial de la que entonces «los hombres de Esquerra» (y ahora los de Junts pel Sí) son a un tiempo vanguardia reivindicativa y retaguardia defensiva frente a la revolución proletaria (que ahora representaría la CUP). La pela es la pela.

Nogales diagnostica: «El nivel más alto de izquierdismo en Cataluña se consiguió el día de las elecciones, cuando hasta muchos hombres de la Lliga (precursor de la extinta CiU) desertaron del Frente Catalán de Orden (coalición derechista) y votaron a la Esquerra. A partir de aquel día, el sentido izquierdista de Cataluña empezó a decaer». Y concluye: «Dentro de unas semanas, de unos meses, los hombres representativos del izquierdismo comenzarán a sentir la presión de una masa cada vez más conservadora y prudente».

De forma paralela, creo que el nivel más alto de independentismo se alcanzó el 1-O, cuando hasta muchos hombres de la antigua CiU votaron a favor de la secesión en la farsa de referéndum. A partir de aquel día, el sentido independentista empezó a decaer y comenzó la presión sobre los hombres representativos del independentismo de los sectores más conservadores y prudentes, con el siempre medroso y huidizo don Dinero a la cabeza, como demuestra la fuga del Sabadell, CaixaBank o Gas Natural.

Las llamadas a la prudencia se dan en el propio seno del frente soberanista. El expresident Artur Mas reconoció al ‘Financial Times’ que Cataluña no está lista para una «independencia real» y apela a seguir siendo pragmático. En la misma línea, el conseller de Empresa, Santi Vila, afirmó a ‘Ara’ que había que dar una última oportunidad al diálogo.

Mas y Vila dan voz a los «moderados» de Junts pel Sí, que abogan por retrasar la declaración de independencia para ganar tiempo, negociar un acuerdo de mínimos con Rajoy y convocar elecciones autonómicas que no estén marcadas por el fracaso del ‘procès’. Enfrente está la CUP, que exige una proclamación inmediata y sin ambages.

La convocatoria de comicios sería lo más inteligente. La Moncloa podría negociar con el Govern que saliera de las urnas sin que se viera como una cesión al chantaje de los independentistas. Y estos salvarían la cara sin que se viera como una claudicación ante Madrid. 

Creo con Chaves Nogales que «el pueblo catalán vale mucho más que sus hombres representativos». Por eso, como él planteaba entonces, dejémoslo votar, «¿por qué no hacer con una nueva consulta electoral el sondeo necesario para aflorar a la vida púbica catalana unos hombres nuevos que tanta falta están haciendo?».

(Publicado en el diario HOY el 8 de octubre de 2017)

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Choque de nacionalismos

GRA234. BARCELONA, 02/10/2017.- Mossos d'Esquadra protegen la Jefatura Superior de la Policia Nacional en Barcelona con motivo de la concentración de unos 15.000 estudiantes este mediodia en el centro de Barcelona para protestar por la intervención policial y las cargas que se efectuaron en la jornada de ayer en Cataluña. EFE/Juan Carlos Cárdenas

Y llegó el día del choque de trenes. Dos trenes que han acelerado hasta lo temerario echando más leña al fuego en las últimas semanas. Dos trenes que representan dos nacionalismos que se retroalimentan.

Considero todo nacionalismo un trastorno psicosocial, el fruto agrio del delirio de grandeza de un pueblo que se cree elegido por la Divina Providencia o por la Historia y, por tanto, superior a otros. Como todo trastorno, se puede dar en diferentes grados. Cuanto más radical, es más supremacista, más agresivo. En grado sumo es genocida.

No obstante, nacionalismo e independentismo no son sinónimos. No todos los independentistas son nacionalistas. El ejemplo es Cataluña. El porcentaje de independentistas casi se ha duplicado desde que en 2010 el Tribunal Constitucional anuló parte del nuevo Estatut y comenzaron los recortes sociales. La mayoría de esos ‘indepes’ de nuevo cuño proceden de la izquierda no nacionalista –el PSC y la coalición Catalunya Sí que es Pot (en la que está Podemos)–. Como hicieron los ‘mesías’ partidarios del ‘brexit’, el argumento definitivo esgrimido por los independentistas de toda la vida para convencer a los que no lo eran ha sido el económico, el «España nos roba», como ha reconocido el propio Oriol Junqueras. Cifran el «expolio» en 16.000 millones de euros anuales, «cuatro veces más dinero que todos los recortes juntos que hace la Generalitat». Una mentira goebbeliana que a fuerza de repetirla mil veces se convirtió en verdad (o posverdad) incontestable e incontestada para los conversos.

Ese mito, entre otros, ha sido desmontado por Josep Borrell y Joan Llorach en ‘Las cuentas y los cuentos de la independencia’. Cierto que Cataluña es de las comunidades que más contribuyen a la caja común –la tercera, tras Madrid y Baleares– pero es la décima que más recibe del Estado. Mas ha calado profundo en muchos catalanes el sofisma de que con lo que les «roba» España serían la Tierra Prometida y se codearían con Alemania y los países escandinavos.

Significativo es que, según datos del CEO (el CIS de la Generalitat), el apoyo a la independencia es mayor entre catalanes con padres y abuelos catalanes y con rentas altas. Alcanza el 50% entre los que «viven cómodamente», mientras que es del 29% entre quienes pasan «muchas dificultades», esos que más han sufrido el austeridazo aplicado por el Govern, y apoyado por CiU en el Congreso.

Sin embargo, el viejo truco de agitar las banderas, de exacerbar los sentimientos patrios le ha venido bien a Artur Mas, que no era independentista, y demás ahijados del padrino de la patria catalana, el exhonorable Jordi Pujol, para desviar la atención de sus corruptelas y tijeretazos. Pero también a Mariano Rajoy. Y así al «España nos roba» de un nacionalismo, el otro ha reaccionado con el «¡A por ellos, oé!». Porque «hay quien dice que Rajoy es una fábrica de independentistas, pero lo que no dicen es que los llamados ‘indepes’ son una fábrica de Rajoys», como sostiene Nicolás Sartorius, quien advierte que el nacionalismo es el adversario más peligroso de los trabajadores porque los divide. Por eso, exhorta quien fuera uno de los fundadores de CC OO, «no podemos seguir permitiendo que nos líen, que nos manejen, que nos mientan mucho y que nos enfrenten».

Tras la acción nacionalista catalana y la reacción nacionalista española debe llegar la síntesis a partir de mañana. Eso sí, sería de ingenuos e imprudentes confiar en que dos pirómanos apaguen el incendio que han provocado.

(Publicado en el diario HOY el 1 de octubre de 2017)

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Un problema de perspectiva

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El orwelliano ‘doblepensar’ es moneda corriente en política. Se puede considerar presos políticos a los altos cargos de la Generalitat catalana detenidos por organizar el referéndum ilegal del 1-0, al tiempo que se considera golpista al opositor venezolano Leopoldo López. También se puede llamar represor al Gobierno de Rajoy y no al de Maduro. O se puede apoyar la consulta celebrada el pasado julio por la oposición venezolana contra el presidente del país, que la declaró inconstitucional pero la toleró, y no permitir hacer un simulacro de votación similar en Cataluña. Todo depende si el color del cristal con que se mira es azul, rojo, morado o naranja.

Es un cuestión de perspectiva, como la que plantea Jorge Luis Borges en ‘Un problema’ (1960). En ‘Homo Deus’, el historiador israelí Yuval Noah Harari cita ese relato para ilustrar la idea, confirmada por la ciencia, de que en el hombre conviven al menos dos yoes: el yo experimentador y el yo narrador. El primero es nuestra conciencia constante, aunque no recuerda nada. Recordar, contar relatos y tomar grandes decisiones son tareas exclusivas del yo narrador, el intérprete de nuestras experiencias. Este no lo narra todo; cual periodista o político, teje el relato solo a partir del promedio de momentos culminantes y finales.

No obstante, ambos yoes están fuertemente entrelazados. El narrador usa las experiencias como materia prima para sus relatos, que, a su vez, modelan lo que el experimentador siente. Harari pone como ejemplo que experimentamos el hambre de manera diferente cuando ayunamos durante el Ramadán, cuando lo hacemos para una prueba médica o cuando no comemos por carecer de dinero.

Sin embargo, la mayoría de las personas se identifica con su yo narrador. No importa que el argumento de su vida que han creado esté lleno de mentiras y lagunas y que se reescriba una y otra vez, de forma que la narración de hoy contradice la de ayer: lo importante es que dé sentido a nuestra vida. En definitiva, no permitimos que la realidad nos estropee una buena historia.

Para Harari, el yo narrador es la estrella de ‘Un problema’. En él, Borges trata de conjeturar cómo hubiera reaccionado don Quijote si hubiera matado a un hombre en uno de sus imaginarios combates. El genio argentino plantea así una pregunta fundamental sobre la condición humana: ¿qué ocurre cuando los relatos de nuestro yo narrador nos dañan o dañan a otros? Borges da tres respuestas posibles. La primera es que nada especial ocurre, porque en el mundo alucinatorio de don Quijote haber matado a un hombre no tiene por qué perturbar a quien se bate, o cree batirse, con endriagos y encantadores. La segunda es patética. Don Quijote no logró jamás olvidar que era una proyección de Alonso Quijano, lector de historias fabulosas; ver la muerte lo despierta de su locura acaso para siempre. La tercera es quizá la más verosímil. Don Quijote no puede admitir que el acto tremendo es obra de un delirio y no saldrá nunca de su locura. Es decir, se aferrará a sus fantasías porque será lo único que dará sentido a su crimen y a su sufrimiento. Es lo que en política se conoce, según Harari, como el síndrome de «nuestros muchachos no murieron en vano». Un síndrome que acaban padeciendo casi todos los líderes para justificar sus errores y hacer que la gente crea en entidades imaginarias como el dinero, dioses y naciones.

(Publicado en el diario HOY el 24 de septiembre de 2017)

CODA:

¿Cuál de las opciones planteadas por Borges en el relato ‘Un problema’ elegirán Puigdemont y los independentistas catalanes a partir del 2 de octubre? ¿Y Rajoy y compañía?

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Algunos hombres buenos

Cubierta Bartleby B

En 1853, Herman Melville escribió ‘Bartleby, el escribiente’, una de sus mejores y más controvertidas obras. Narra la historia del tal Bartleby a través de un abogado que tiene su oficina en Wall Street y que, «en la tranquilidad de un cómodo retiro, trabaja cómodamente con los títulos de propiedad de los hombres ricos, con hipotecas y obligaciones». El letrado tiene tres empleados, pero no son suficientes para hacer el trabajo de la oficina y contrata a Bartleby como amanuense.

Al principio, nuestro protagonista se muestra como un empleado ejemplar. Sin embargo, cuando el abogado le pide que examine con él un documento, Bartleby contesta: «Preferiría no hacerlo» y no lo hace. A partir de entonces, rehúsa con la misma frase cada nuevo requerimiento de su patrón, aunque continúa trabajando en sus tareas habituales con la misma eficiencia, hasta que un día decide dejar de escribir y es despedido…

No destriparé el desenlace de un relato que se ha prestado a múltiples interpretaciones por parte de diferentes autores y que, en palabras de Borges, prefigura a Kafka y del que también es deudor declarado Albert Camus y su filosofía del absurdo. Para los filósofos Bartleby es un nihilista estoico o un escéptico, para los religiosos un místico contemplativo, para los psiquiatras un paranoico esquizoide aquejado de mutismo, para los políticos un anarquista antisistema. En este último sentido, ha sido descrito como «una tuerca del engranaje que prefiere no seguir ejerciendo su función» y ha sido considerado un practicante de la desobediencia pasiva y pacífica al estilo de David Henry Thoreau y Gandhi. Porque el primer acto de rebelión es decir no. «A un espíritu que dice no con truenos y relámpagos, el mismo diablo no puede forzarlo a que diga sí», escribe Melville a su amigo y también escritor Nathaniel Hawthorne. «Porque todos los hombres que dicen sí mienten», concluye Melville. Y son cómplices del poder y sus imposturas.

Basta que un individuo haya aceptado vivir en la mentira para consolidar el sistema, como dice Václav Havel. Por eso, para el expresidente de Checoslovaquia, negarse a vivir en la mentira y decir la verdad es el arma más eficaz y corrosiva para combatir el sistema; es el poder de los sin poder.

Así, para cambiar un sistema corrupto, bastan algunos hombres buenos con arrestos para cantarles las verdades del barquero al poder; basta un puñado de Bartleby, de hombres honestos que digan sin miedo «preferiría que no» al patrón de turno cuando le ordene hacer algo inmoral, incorrecto, en definitiva, que está mal.

¿Y dónde están esos hombres honestos? Diógenes de Sínope, el cínico, los buscaba lámpara en mano a pleno luz del día, pero quizás no porque escaseen sino porque no brillan, no se dejan ver con facilidad, actúan en el anonimato, no hacen ostentación de su honestidad, simplemente cumplen con su deber y su conciencia. Son gente como el funcionario catalán que se niega a participar en los preparativos del referéndum del 1-O por ser ilegal. Son gente como el ingeniero Francisco Rebollo, el responsable del alumbrado municipal de Almendralejo que es apartado de sus funciones por el alcalde, José García Lobato, implicado por la UCO en el caso Púnica, al negarse a ser una pieza en el engranaje de la corrupción.

(Publicado en el diario HOY el 17 de septiembre de 2017)

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La solución a Cataluña

Deputies of the Partido Popular (PP) display Spanish flags as they leave the Catalan Parliament before the vote on a bill for a referendum on independence in Barcelona, on September 6, 2017. Catalonia's parliament passed a law on September 6, 2017 paving the way for an independence referendum on October 1 which is fiercely opposed by Madrid, setting a course for Spain's deepest political crises in decades. The law was adopted with 72 votes in favour and 11 abstentions. Lawmakers who oppose independence for the wealthy northeastern region of Spain abandoned the chamber before the vote. / AFP PHOTO / LLUIS GENE

«La historia se repite: primero como tragedia y después como farsa», advirtió Karl Marx. Y a fe que es así en el caso de Cataluña. No es la primera vez que los catalanes tratan de ser un Estado. El penúltimo intento tuvo lugar el 6 de octubre de 1934, en el marco de la huelga general que desatará la fallida Revolución de Asturias.

Aquel día el entonces presidente de la Generalitat, Lluís Companys, y su gobierno en pleno proclamaron el Estado catalán. Este apenas duró 11 horas y acabó con la intervención del Ejército y la detención, el encarcelamiento, el juicio y la condena por rebelión de todo el Govern de Companys. La autonomía catalana fue suspendida hasta su restauración en 1936, después de la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero, a las que concurrió Companys desde la cárcel y tras las cuales fue amnistiado.

Aquella intentona fue trágica; se saldó con 46 muertos, al dar la batalla los Mossos y los Escamots (las juventudes armadas de ERC) en las calles de Barcelona. Quiero creer que la nueva se consumará el 1 de octubre con una farsa de referéndum, las autoridades catalanas procesadas y elecciones anticipadas en Cataluña.

No obstante, tras el 1-O la cuestión catalana continuará sin estar resuelta. Es innegable que hay un porcentaje significativo de independentistas, que ahora oscila entre el 40% y el 50%, según las encuestas, que mengua o crece al albur de las crisis. La Gran Recesión y los tijeretazos dados por el Tribunal Constitucional al nuevo Estatut han exacerbado los sentimientos separatistas, que Artur Mas y sus epígonos han utilizado arteramente para tapar sus trapos sucios y aplacar las revueltas sociales contra su gestión económica, tan austera o más que la del PP.

Por tanto, el 2 de octubre debe comenzar un debate de ideas para resolver, de una vez por todas, el problema catalán. Ya no sirve hacer el don Tancredo envuelto en la bandera rojigualda. Me atrevo a aventurar una solución: un doble referéndum.

El primer paso sería que el Govern y el Gobierno central pactaran las condiciones de un referéndum sobre la independencia de Cataluña. Dicho pacto debería ser aprobado por tres quintos de los miembros del Parlamento catalán y de las Cortes (Congreso y Senado) y después sometido a referéndum de todos los españoles para su ratificación. El procedimiento es similar al ordinario contemplado por la Constitución (artículo 167) para su reforma. También se podría optar por el procedimiento agravado (art. 168), más complejo y rígido, con el argumento de que el referéndum afecta al artículo 2 del Título Preliminar: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española (…)».

Sea por un procedimiento u otro, si la consulta es aprobada se celebraría solo ya en Cataluña bajo las condiciones pactadas. ¿Cuáles? Planteo las siguientes: la participación debe superar el 66% del censo y el sí a la secesión debe ser apoyado por más del 55% de los votantes (como en el de Montenegro de 2006). En caso contrario, se podría convocar un nuevo referéndum pasados ocho años repitiendo todo el proceso.

Esta es la propuesta de un mero plumilla. Por supuesto caben otras, pero eso sí, la vía por la que se opte debe ir «de la ley a la ley pasando por la ley». Porque como sostiene el pensador italiano Paolo Flores d’Arcais, «toda violación o atenuación del principio de legalidad desfigura y pone en mora la democracia».

(Publicado en el diario HOY el 10 de septiembre de 2017)

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