Hoy

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Amnistía judicial
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El Zurdo | 23-08-2017 | 17:41| 0
GRA491. MADRID, 13/06/2017.- El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, durante su asistencia al Pleno del Senado, que debate las enmiendas de veto a la totalidad registradas por los grupos a los Presupuestos Generales del Estado de 2017. EFE/Kiko Huesca

 

El Tribunal Constitucional (TC) ha dado un tirón de orejas al Gobierno de Rajoy por la amnistía fiscal que aprobó en 2012. El guardián de la Carta Magna ha anulado la medida de gracia concedida por decreto a los defraudadores que afloraron dinero negro que guardaban en paraísos fiscales o bajo un colchón de plumas de ganso a cambio de tributar solo un 10% de lo declarado, que al final se quedó en un 3%. Considera que vulnera el artículo 86.1 de la Constitución, que prohíbe el uso del decreto ley cuando las medidas aprobadas afecten a los deberes consagrados en el Título I, como es el «de todos de contribuir al sostenimiento de los gastos públicos» (artículo 31.1).

No obstante, además de fallar contra la forma de la amnistía, los sumos magistrados arremeten contra el fondo, al advertir que sus perpetradores, con el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, a la cabeza, «en lugar de servir a la lucha contra el fraude fiscal, se aprovechan del mismo so pretexto de la obtención de unos ingresos que se consideran imprescindibles ante un escenario de grave crisis económica». En plata, el fin (la reducción del déficit) no justifica los medios (la amnistía), que, para más inri, poco ayudaron a lograr dicho fin, pues solo reportaron al erario público 1.200 millones de euros, menos de la mitad de lo previsto. De esta forma, subrayan, se legitima como una opción válida «la conducta de quienes, de forma insolidaria, incumplieron su deber de tributar de acuerdo con su capacidad económica, colocándolos finalmente en una situación más favorable que la de aquellos que cumplieron voluntariamente y en plazo su obligación de contribuir». O sea, se avala que todos no somos iguales ante la ley ni ante Hacienda.

Lo insólito es que justo eso, legitimar esa conducta insolidaria y el malfacer de Montoro (por mucho menos se dimite en otros países) y compañía, hace el TC al dejarlos sin castigo. Y es que su reprimenda no tendrá consecuencias para el Ejecutivo ni los sospechosos habituales de cuello blanco (Rato, Bárcenas, el clan Pujol y Granados, entre otros) y alguno de cuello azul, como el líder sindical minero José Ángel Fernández Villa, que se beneficiaron de, en palabras del alto tribunal, «la abdicación del Estado ante su obligación de hacer efectivo el deber de todos de concurrir al sostenimiento de los gastos públicos». Más claro, los doce hombres sin piedad del TC no sancionan al Gobierno por la amnistía ni invalidan la regularización de casi 40.000 millones de origen, cuando menos, dudoso que salieron a la luz con ella. Alegan la necesidad de preservar «la seguridad jurídica», misma razón que adujo el Supremo cuando anuló las cláusulas suelo en 2013 pero sin carácter retroactivo y luego llegó el Tribunal de la UE a enmendarle la plana.

Todo lo contrario. El dejar impunes a esos golfos apandadores y a sus cómplices monclovitas aumenta la inseguridad jurídica, pues de facto se les indulta o amnistía. Como dice el filósofo italiano Paolo Flores d’Arcais en ‘¡Democracia!’, el defraudador es «el parásito que burla a su vecino» y «una fuerza política que no lleve a cabo una lucha sin cuartel contra el fraude fiscal es enemiga de la democracia». Y advierte: «Toda violación o atenuación del principio de legalidad desfigura y pone en mora la democracia». Porque en la democracia la ley es el poder de los sin poder y el Gobierno que la incumple abusa del poder.

(Publicado en el diario HOY el domingo 11 de junio de 2017)

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La resurrección de Hobbes
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El Zurdo | 23-08-2017 | 17:43| 0
GRA575. MADRID, 30/05/2017.- El fiscal jefe Anticorrupción, Manuel Moix, hoy en la Cadena Ser donde ha sido entrevistado en el programa 'Hora 25'. Moix tiene junto a sus tres hermanos una sociedad en Panamá heredada de sus padres, lo que compromete aún más su posición y ha hecho que todos los grupos de la oposición pidan su dimisión y las asociaciones fiscales le reclamen "explicaciones urgentes". EFE/JuanJo Martín

 

¿Se fiarían del pastor al que prefieren los lobos? Pues eso hizo el Gobierno al colocar a Manuel Moix al frente de la Fiscalía Anticorrupción. Sí, el mismo Moix que ha dimitido tras destapar ‘Infolibre’ que comparte con sus hermanos una empresa en el paraíso fiscal de Panamá, pequeño detalle que, al parecer, ocultó a sus superiores, el fiscal general del Estado, José Manuel Maza, y el ministro de Justicia, Rafael Catalá. El mismo Moix al que el Congreso reprobó, junto a Catalá y Maza, por su injerencia en causas judiciales como ‘Lezo’. El mismo Moix que en dicho caso trató de frenar varios registros policiales y cuyo nombramiento fue anticipado tres meses antes de que se formalizara y calificado de «cojonudo» por el cabecilla de la trama, el aguador madrileño Ignacio González.

Con todo, su mentor no ve motivos para su cese. Es más, el tal Maza sostiene que «sería de justicia» que Moix continuara en el cargo porque no ha cometido «ilegalidad o irregularidad alguna». No está tan segura la Agencia Tributaria, que, según ‘Infolibre’, investiga si «pudo actuar con posible ánimo de elusión de impuestos». Cometiera o no delito, todas las asociaciones de fiscales, incluida la conservadora que apoyó su designación, exigieron la renuncia de Moix porque comprometía «la imagen de imparcialidad de la institución»; es decir, la mujer del César no solo debe ser honesta, sino también parecerlo. Tras la renuncia de su ahijado, Maza no tuvo empacho en afirmar que la Fiscalía debe ser independiente «de todos los poderes del Estado y otras instituciones». Y lo dice quien la ha convertido en el abogado del Ejecutivo. Hay que ser cínico.

Y es que las elecciones de Maza y Moix forman parte de la operación de los intocables de Rajoy para controlar las instituciones judiciales claves en la lucha contra la corrupción en un momento en que el PP está en el punto de mira de varias causas. Una operación en la que se enmarcan tres polémicos nombramientos en la Audiencia Nacional: el traslado del juez Eloy Velasco del juzgado donde instruía ‘Púnica’ y ‘Lezo’ a la nueva Sala de Apelación, a la que también ha sido ascendido Enrique López, apartado del ‘caso Gürtel’ por su afinidad al PP al igual que Concepción Espejel, que ahora presidirá la Sala de lo Penal.

Mas el de Rajoy no ha sido el único Gobierno que ha intentado mangonear a la Justicia. Sería injusto decir lo contrario. Todos lo han hecho. Alfonso Guerra llegó a sentenciar la muerte de Montesquieu, o sea, de la separación de poderes. Eran tiempos en los que el PSOE imponía el rodillo de su mayoría absoluta. Cuando esta anula el poder legislativo, solo queda el poder judicial como contrapeso al ejecutivo. Ahora que el Parlamento ha recuperado su papel fiscalizador del Gobierno, este trata de controlar la Justicia para escapar a todo control, como Thomas Hobbes manda. En el capítulo 29 del ‘Leviatán’, el filósofo absolutista inglés analiza las causas que, en su opinión, debilitan un Estado. Entre ellas cita la división de poderes y someter el poder soberano a las leyes civiles, lo que tacha de «error», pues «sitúa también sobre él, un juez, y un poder para castigarlo; ello equivale a hacer un nuevo soberano, y por la misma razón un tercero, para castigar al segundo, y así sucesivamente, sin tregua, hasta la confusión y disolución del Estado». Revivido Montesquieu, algunos han resucitado a Hobbes para rematarlo.

(Publicado en el diario HOY el domingo 4 de junio de 2017)

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La rebelión básica
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El Zurdo | 23-08-2017 | 17:47| 1
Y a los 232 días resucitó. Siete meses y tres semanas después de aquellas fatídicas calendas de octubre en las que, con la coartada de salvar la patria, fue apuñalado por los mismos barones que le entregaron la corona de laurel y ‘tu quoque’, Antonio, su voz en la casa del pueblo, Pedro Sánchez ha vuelto en olor de santidad. Elevado a los altares por la feligresía socialista, ha pasado de ángel caído a San Pedro Bueno Mártir, de enterrador del PSOE a su gran esperanza roja.

La grey socialista se ha levantado contra los mayorales del cortijo, ha desobedecido la ley de hierro de la oligarquía y ha devuelto el trono a su príncipe valiente. Es un ejemplo más de la rebelión de las bases contra las élites característica de estos tiempos. Como explica Manuel Muñiz, experto en innovación y geopolítica, en una entrevista en ‘El Mundo’, «existe la sensación de que hay una captura del sistema por parte de las élites. Eso, junto a la desigualdad y el pesimismo sobre el futuro, ha producido un movimiento ‘antiestablishment’ que se traduce en votar contra los que representan la estructura que ha fracasado en garantizar la equidad del sistema. Es la forma en la que se manifiestan los votantes de Trump, del ‘brexit’, de Le Pen o de movimientos como Podemos en España o Cinco Estrellas en Italia». Muñiz cree que los cuerpos políticos se mueven siempre a través del dolor, tiene que manifestarse el descontento para que reaccionen; si no, no escuchan.

Hartos de ser ninguneados, los militantes del PSOE le han dado al aparato del partido donde más le duele y han encumbrado a quien ha tenido la astucia de presentarse como un ‘outsider’ converso. El voto a Sánchez ha sido un voto bronca, en contra de la prepotencia de Susana Díaz y demás oligarcas del partido más que a favor del secretario general reelecto. El problema es que las bases han convertido a Sánchez en un mito, es decir, en una «persona o cosa a la que se atribuyen cualidades y excelencias que no tiene» (cuarta acepción del Diccionario de la Real Academia).

Su triunfo quizás se deba más a los deméritos de sus enemigos íntimos, que lo subestimaron, que a méritos propios, aunque los tiene. En su recién publicado libro ‘Los idus de octubre. Reflexiones sobre la crisis de la socialdemocracia y el futuro del PSOE’, Josep Borrell recuerda que el socialista francés Lionel Jospin decía en 2010: «La izquierda debe ser realista, pero el realismo implica hoy audacia». Hoy, como arguye el expresidente de la Eurocámara, «parece como si tuviésemos una izquierda que es audaz, pero que no es realista (la izquierda a la izquierda de la socialdemocracia) y una izquierda que es profundamente realista, pero a la que le falta audacia (la socialdemocracia)».

Según advierte el profesor Oriol Bartomeus y recoge Borrell, «la socialdemocracia, en el siglo XX, ha triunfado cuando ha sido audaz, cuando ha sido capaz de pensar un futuro que no existe pero que se desea y se necesita». Esa falta de audacia ha trocado al PSOE en «una fuerza extremadamente conservadora» y ha provocado la fuga de electores hacia una nueva fuerza que dice «sí se puede». El mérito de Sánchez ha sido entender eso y ser tan audaz –temerario para sus detractores– como para plantar cara a toda la plana mayor de su partido y dar un golpe de timón a babor para reconectar con los desencantados. Ahora está por ver si también es realista.

(Publicado en el diario HOY el 28/5/2017)

 

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La crisis existencial del PSOE
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El Zurdo | 22-05-2017 | 16:23| 0
Socialists' Pedro Sanchez (C) joints hands with candidates Susana Diaz (L) and Patxi Lopez after being elected as the party's leader in Madrid, Spain, May 21, 2017. REUTERS/Sergio Perez

 

El PSOE elige hoy a su líder desgarrado por quizás su peor crisis. Una crisis existencial o de identidad que no es privativa del socialismo español, pues afecta a toda la socialdemocracia europea.

Si no quiere acabar como sus compañeros mártires franceses, griegos o italianos, el PSOE necesita algo más que cambiar de capitán, necesita cambiar de rumbo. Claro que el nuevo rumbo lo marcará el nuevo capitán, y los tres candidatos en liza no comparten el mismo. Una prefiere seguir la estela dejada a estribor por los padres refundadores a riesgo de perder definitivamente el norte; otro se decanta por virar a babor a riesgo de caer en manos de filibusteros, y el tercero no quiere ni una cosa ni la otra, sino todo lo contrario.

Ahora mismo la nave socialista no es que ande a la deriva, es que no anda. Presa de la ansiedad y las dudas, está bloqueada para dicha de sus rivales a diestra y siniestra. Pero la culpa no es de estos, la culpa es del propio PSOE. Tanto ha buscado parecerse a otros que ha terminado por no ser nadie. Tanto ha mirado a las alturas que no toca suelo. Tanto ha querido ser partido que ha dejado de ser socialista y obrero. Tanto ha traicionado sus principios que se acerca a su final. Tanto ha dormido con su enemigo que se ha confundido con él. Dos que duermen en un colchón se vuelven de la misma condición. Y el socialismo patrio, como toda la socialdemocracia europea, tanto ha claudicado ante el pensamiento único neoliberal que ha acabado por asimilarlo. De forma que las diferencias entre los partidos socialistas y populares son más de forma que de contenido, más de matiz que sustanciales, más nominales que ideológicas.

Los socialistas siguen levantando el puño izquierdo en campaña electoral, mientras hacen política, sobre todo, económica, con la derecha. ¿El resultado? No solo son incapaces de ser alternativa a un PP en sus horas más bajas, lleno de mierda hasta el cuello y con muchos cadáveres en el armario, sino que se han convertido en su muleta, a imagen y semejanza de sus camaradas alemanes, cuyo supuesto sentido de Estado les ha arrastrado a un estado sin sentido. Para más inri, les comen terreno por su izquierda. Podemos no existiría si Zapatero no se hubiera prosternado ante Merkel aquel mayo negro de 2010. El Anillo Único ha corrompido la naturaleza socialista hasta la esquizofrenia. Cual Gollum, el PSOE apenas recuerda quién era y sus orígenes. Hoy no es más que la sombra de lo que fue, una versión ‘light’ o amable del PP. De no enderezar su rumbo, está en serio riesgo de extinción y de que Podemos le reemplace en la escala evolutiva.

Hace más de un siglo, el sociólogo alemán Robert Michels advertía en su obra magna, ‘Los partidos políticos’, que cuando las democracias han conquistado ciertas etapas de desarrollo experimentan una transformación gradual, adaptándose al espíritu aristocrático y, en muchos casos también, a formas aristocráticas contra las cuales lucharon al principio con fervor. Aparecen entonces nuevos acusadores denunciando a los traidores; después de una era de combates gloriosos y de poder sin gloria, terminan por fundirse con la vieja clase dominante, tras lo cual soportan, una vez más, el ataque de nuevos adversarios que apelan al nombre de la democracia. Y sentenciaba Michels con clarividencia: «Es probable que este juego cruel continúe indefinidamente».

(Publicado en el diario HOY el 21 de mayo de 2017)

 

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La ilusión central
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El Zurdo | 16-05-2017 | 18:02| 0
FILE PHOTO French Prime Minister Manuel Valls (R) speaks with then Economy minister Emmanuel Macron at the Elysee Palace in Paris, April 8, 2015. Former French Socialist prime minister Manuel Valls said May 9, 2017 that he wanted to stand for President-elect Emmanuel Macron's political movement in June parliamentary elections, the first high-profile defection since Macron's election win. Picture taken April 8, 2015. REUTERS/Philippe Wojazer/File Photo

 

Está por ver si la virtud –al menos, la política– está en el medio, pero sí parece que el éxito –al menos, el electoral– está en el centro. Hasta ahora, en cualquier democracia liberal lo habitual era que dos grandes partidos, uno de derechas y otro de izquierdas, se disputaran y repartieran el centro, cuyo electorado oscilaba entre ambos según soplara el viento. El que copaba la mayor parte de los votos centristas solía ganar las elecciones.

Con la crisis económica ha entrado en crisis ese bipartidismo aquí y acullá. Las dos tradicionales fuerzas que se turnaban en el poder han perdido terreno por los extremos, pero también por el centro, que se nutre de los desencantados más moderados. En España tenemos a Ciudadanos, que ha logrado meter la cuña entre PP y PSOE, mas, a tenor de las encuestas, está aún lejos de arrebatarles la hegemonía. Algo que, en cambio, sí acaricia el presidente electo de Francia, Emmanuel Macron.

Ni la neofascista Marine Le Pen ni el populista de izquierdas Jean-Luc Mélenchon, ha sido el socioliberal (o neoliberal con rostro humanoide) Macron quien ha hecho saltar por los aires el bipartidismo imperfecto francés. Los resultados de las presidenciales han herido de muerte al Partido Socialista (PS) francés y de gravedad a Los Republicanos, el hermano político galo del PP. Los socialistas se han visto lastrados por el descontento generado por el jefe del Estado saliente, François Hollande, pese a haber apostado por un candidato de su ala más izquierdista. Se da la paradoja de que Hollande debe buena parte de su bajísima popularidad a las recetas económicas de corte neoliberal de Macron, quien empezó como su asesor y acabó como su ministro de Economía entre agosto de 2014 y agosto de 2016, cuando dimitió para preparar su asalto al Elíseo. El PS ha sido así víctima, como toda la socialdemocracia europea, de su giro a la derecha, dejando el campo libre a su izquierda.

Los Republicanos, por su parte, están pagando el nepotismo de su candidato, François Fillon. Pensaron que eligiendo a este viejo halcón arañarían votos a Le Pen. Y lo cierto es que era el favorito en los sondeos hasta que la prensa aireó sus corruptelas de familia a lo Pujol.

Ahora, en las alas más moderadas del PS y de Los Republicanos proliferan las deserciones, los Bruto, Judas y Fouché, como los ex primeros ministros Manuel Valls (socialista) y Alain Juppé (conservador), que rinden pleitesía y ofrecen sus servicios al nuevo caballo ganador cara a las legislativas de junio, en las que el movimiento transversal de Macron, una suerte de UCD a la gala, aspira a lograr una mayoría suficiente en la Asamblea para gobernar.

Advertía Gramsci que en tiempos claroscuros como los que vivimos, en los que el viejo mundo se muere y el nuevo no tarda en aparecer, surgen los monstruos. El elocuente y seductor Macron, capaz de encantar a las serpientes, encarna para buena parte de la ciudadanía el antídoto contra esos monstruos, un cambio tranquilo, regenerador pero no revolucionario, como en su día Adolfo Suárez o Barack Obama. Sin embargo, como ellos, Macron puede ser una estrella fugaz que no tarde en apagarse y en defraudar las enormes expectativas creadas; una ilusión, un hombre de transición entre monstruo y monstruo, porque estos se alimentan del desencanto. Trump es una prueba y Le Pen sabe que del fracaso de Macron depende su éxito en el futuro.

(Publicado en el diario HOY el 14 de mayo de 2017)

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El dilema francés
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El Zurdo | 08-05-2017 | 09:29| 0

 

Francia elige hoy entre azul y azul oscuro casi negro, entre un neoliberal con rostro humanoide y una neofascista con hechuras de madre coraje, entre Marine Le Pen y Emmanuel Macron, el Albert Rivera de allende los Pirineos. La elección, por tanto, es difícil para el votante de izquierdas, aquel que en la primera ronda apoyó al socialista Benoît Hamon (una suerte de Pedro Sánchez galo) o a Jean-Luc Mélenchon (el candidato de Francia Insumisa, el Podemos francés).

El presidente francés, el socialista François Hollande, ha sido categórico en su demanda del voto para su exministro de Economía para frenar a la candidata ultraderechista. En cambio, Mélenchon y dos tercios de sus militantes se decantan por votar nulo o en blanco.

Mas hoy no valen las medidas tintas. En Francia, y por extensión en Europa entera, está en juego algo más que la presidencia de la República; está en juego la propia República. La disyuntiva no es Macron o Le Pen, sino democracia o fascismo. Así también lo ve un tótem de la izquierda como Yanis Varoufakis. El exministro griego de Finanzas también ha pedido votar a Macron «para oponerse a Le Pen». Es consciente de «los peligros que representa el programa de Macron para los equilibrios sociales», y está «en profundo desacuerdo con su proyecto para Europa y la zona euro, que solo prolongará y agravará la situación desastrosa de la Unión Europea». Sin embargo, «sus políticas podrían ser combatidas democráticamente en el marco de las instituciones europeas y de las luchas colectivas». En cambio, el Frente Nacional «alimenta un proyecto antidemocrático y de regresión social». Un proyecto no muy disímil del que acaudilla Donald Trump en Estados Unidos.

La encrucijada a la que se enfrentan hoy los franceses es similar a la que afrontaron los estadounidenses en sus presidenciales. Entonces ganó ‘guatepeor’, y las fatales consecuencias no se han hecho esperar. El Ubú rey americano ha soliviantado a tirios y troyanos, pasando por los norcoreanos y sus otrora compinches rusos. Es más, hasta ha dado ya motivos a sus electores para arrepentirse de haber votado con las vísceras y no con la cabeza. Para muestra, un botón: los ciudadanos de once estados donde ganó Trump, la llamada América profunda, serán los que más sufran su contrarreforma sanitaria, que hará perder la asistencia médica a entre diez y doce millones de personas.

En un artículo publicado en la revista ‘Letras Libres’, la politóloga y periodista Aurora Nacarino-Bravo advierte de seis contradicciones de la democracia liberal que han dado alas al populismo y que se pueden sintetizar en dos. La primera, que el modelo liberal parte de la promesa de que todos los hombres son iguales, mientras que en los últimos años se han disparado las desigualdades socioeconómicas. Y la segunda, que concibe el conflicto como pluralismo; es decir, entiende que no hay una política única, que en nuestra sociedad conviven puntos de vista, intereses, vocaciones y ambiciones diferentes, legítimos y a menudo contrapuestos, abriendo así una ventana por la que se ha colado el populismo. Este, que requiere del conflicto para prosperar y perpetuarse, ha desdibujado los límites del pluralismo para esgrimirlo contra la propia democracia liberal; ha igualado la respetabilidad de todas las opiniones en nombre de ese sacrosanto principio liberal, inaugurando el tiempo de la posverdad o, lo que es lo mismo, de la mentira revolucionaria.
(Publicado en el diario HOY el 7 de mayo de 2017)
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El ansia de Podemos
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El Zurdo | 02-05-2017 | 16:59| 0

 

Podemos ha vuelto a atraer la atención de los focos con su último número, el más difícil todavía, un salto al vacío con doble tirabuzón: una moción de censura contra Rajoy condenada al fracaso antes de ser parida. No importa, su objetivo no es el presidente sino el PSOE; enervar a los socialistas, alborotar más su gallinero, forzar a los tres gallos en pugna a retratarse ante su soliviantada militancia y echar un cable al más receptivo a los cantos de sirena podemitas, Pedro ‘el justiciero’ o ‘el cruel’, según se mire.

La moción servirá a la ‘troupe’ de Pablo Iglesias para escenificar de nuevo en el circo de las Cortes que es la auténtica oposición a la triple alianza pergeñada por PP, PSOE y Ciudadanos, tres patas de un mismo banco. Es un dispositivo más de la tramoya puesta en marcha tras Vistalegre 2 para desenredar la trama, un paso más en su estrategia agonista o frentista.

Compatible con el agonismo es la teoría de la inteligencia emocional de Georges Marcus, que reivindica la ansiedad como beneficiosa para la democracia. Su tesis, como explica Manuel Arias Maldonado en ‘La democracia sentimental’, es: «Si queremos que todo el mundo sea racional, la solución que parece más efectiva es poner a todo el mundo nervioso». Cuanto peor, mejor. Según Marcus, los individuos que padecen ansiedad se muestran más proclives a considerar alternativas novedosas. Durante la crisis, la ansiedad afecta a un porcentaje amplio de la población. El resto del tiempo, el público se divide en tres grupos: quienes llaman la atención sobre un problema (la trama corrupta, por ejemplo), quienes niegan que lo sea y los demás. La política consiste en gran medida en los esfuerzos de los primeros por crear ansiedad en el público, por hacer que se preocupe por el problema en cuestión, a fin de que salga de su rutina y su pasividad y se abra a cambiar el color del cristal con que mira este mundo traidor. A la luz de esta tesis se entiende mejor el éxito de Podemos y también, mitigada la crisis, sus sobreactuaciones, dirigidas a alimentar la inquietud de la ciudadanía, a mantenerla en estado de alarma.

Mas quien siembra vientos recoge tempestades. Acaso sea lo que busque Podemos, generar una tormenta que agite las aguas y lo encumbre a la cresta de la ola en la próxima cita con las urnas. Lo hizo Felipe González en 1980 con la moción que presentó contra un agonizante Adolfo Suárez. La moción no lo remató pero aceleró su muerte. Caería ocho meses después apuñalado por los suyos. La estrategia agonista de González empujó a España al borde del abismo, pues contribuyó a precipitar el golpe del 23-F. La asonada fracasó y a los 20 meses el PSOE arrasaría en las elecciones.

Hoy los sables están envainados y no hacen ruido. No obstante, es discutible que sea preferible una política más sensacionalista que sensacional, más pasional que racional, un máximo común divisor a un mínimo común denominador, el conflicto al consenso, una democracia histérica a una serena. Lo que no se consensúa no perdura y es fuente permanente de disputa. Solo hay que observar a EE UU, Argentina y, sobre todo, Venezuela para advertir los riesgos de un política agonista, efectista y alarmista. Arias está en lo cierto, «nuestro déficit es de ilustración y no de pasión, de modo que el desafío institucional consistiría en aumentar los contenidos de razón en la esfera pública y no lo contrario». Sobran tripas y falta cabeza.

(Publicado en el diario HOY el 30 de abril de 2017)

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Cómplices y agonistas
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El Zurdo | 24-04-2017 | 18:06| 0

 

 

«Somos cómplices de lo que nos deja indiferentes», advierte el profesor George Steiner. Cuando una mayoría de ciudadanos sigue dando su voto a un partido pringado de tinta de papel moneda hasta las cejas, con una creciente legión de prebostes con las palmas untadas; cuando esa mayoría tolera, normaliza o hasta participa, en la medida de sus posibles y posibilidades, de la impudicia de sus elegidos, estamos ante una sociedad enferma. Sí, de un cáncer letal para la democracia: la corrupción.

España adolece de ese cáncer desde antes de que las gaviotas se posaran en la Moncloa. En los días de rosas y capullos ya metastatizó. Aquella España que despegó en AVE hace 25 años emborrachó de poder y llenó los bolsillos si no a todos los hombres del presidente, al menos a algunos que creíamos buenos. Uno fue el exdirector de la Guardia Civil Luis Roldán, la cara, o caradura, más grotesca de la España del pelotazo. Este pájaro bobo desplumado por un pájaro de cuenta es interpretado con maestría por Carlos Santos en la película ‘El hombre de las mil caras’. Es reveladora la escena en la que Roldán alega: «Yo no soy un criminal. Yo solo hice lo que todo el mundo hacía». Y su ejemplo cundió, porque cuando les llegó el turno de ocupar la poltrona a los que ondeaban la bandera azul de la regeneración, siguieron haciendo lo que todo el mundo hacía pero multiplicado por cinco.

Luego nos cayó encima una crisis torrencial que arrambló con nuestro castillo de ladrillo y toda esa agua sucia sumergida en las cloacas del poder empezó a aflorar. La última en salir a la luz le llega hasta el cuello al expresidente madrileño Ignacio González, un aprendiz de Fouché que medró a la alargada sombra de Esperanza Aguirre. Otro más que le ha salido rana a la condesa de Bornos, a quien, por más que se haga la rubia como su enemiga íntima Cristina Cifuentes, se le agotan los argumentos para justificar lo injustificable: que no se enteraba de lo que hacía su mano derecha ni su izquierda.

Todo esto es combustible para el ‘tramabús’ de Podemos, quien se ha sacado de la manga un nuevo significante vacío, ‘trama’, para reemplazar al desgastado ‘casta’ y ponerlo al servicio de su estrategia agonista, la que salió ganadora de la mano de Pablo Iglesias de Vistalegre 2. Como explica el politólogo Manuel Arias Maldonado en ‘La democracia sentimental’, para los partidarios del agonismo la política solo puede basarse en el ‘agón’, «el enfrentamiento belicoso entre ideologías dispares, intereses contrapuestos o concepciones incompatibles del bien»; entre «ellos», los que integran la trama corrupta, y «nosotros», el pueblo. Los agonistas agitan las pasiones políticas, alimentan el conflicto y rechazan el consenso liberal por considerar que adormece y reprime dichas pasiones y consagra injusticias. De ahí que Podemos reniegue de lo que llama ‘el régimen del 78’ consensuado por un franquista converso y un comunista posibilista. Los agonistas se proponen superar la democracia liberal mediante la creación, siguiendo a Gramsci, de una nueva hegemonía, de resultas de la victoria de una de las ideologías en liza.

Pero, como se pregunta Arias, ¿de verdad es mejor el conflicto que el consenso, sean cuales sean las condiciones democráticas en que este se haya forjado? ¿Y si se imponen las pasiones políticas más destructivas o sociofóbicas (como en EE UU o Reino Unido y puede ocurrir en Francia)? ¿Y si el conflicto lo ganan los malos?

(Publicado en el diario HOY el 23 de abril de 2017)

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La batalla del relato
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El Zurdo | 17-04-2017 | 16:19| 0

 

Derrotada por la vía policial y desarmada, ETA pretende ahora ganar la batalla del relato. Enterrada el hacha de guerra, la serpiente etarra ha tomado la palabra y se agarra a la pluma para reescribir la historia reciente de Euskadi y Navarra de su puño y letra y elaborar una ‘mitopoeia’ sin vencedores ni vencidos, en la que no hay victimarios sino solo víctimas, en la que se diluyen responsabilidades, en la que se echa cal viva sobre la verdad y se pone un altar a la posverdad, en la que se banaliza el mal o peor, se justifica como medio para alcanzar un supuesto virtuoso fin. Quien durante décadas ha sido verdugo insiste en presentarse como mártir de la represión del Estado español y «artesano de la paz», en llamar lucha armada a lo que fue terrorismo, en alegar que sus más de 800 asesinatos se podrían haber evitado con que solo se le hubiera concedido lo que pedía en nombre del pueblo vasco, aunque nunca le consultó.

Como dice Fernando Aramburu, «la derrota literaria de ETA sigue pendiente», aunque «está en marcha». Con ese objetivo, el escritor donostiarra ha escrito ‘Los peces de la amargura’ (2006), ‘Años lentos’ (2012) y, sobre todo, la exitosa ‘Patria’ (2016). Esta última novela se me antoja imprescindible para entender qué ha pasado en el País Vasco durante los largos, lentos y convulsos años bajo el imperio de las leyes del miedo y del silencio impuestas por ETA a sangre y fuego. Sin embargo, en su relato Aramburu, con la perspectiva que le da vivir desde hace más de 30 años en Alemania, huye de maniqueísmos y demagogias y da voz a los protagonistas de todas las partes, de las enfrentadas y, especialmente, de las no enfrentadas pero forzadas por el terror ‘abertzale’ a enfrentarse o al menos a darse la espalda.

No obstante, Aramburu no esconde que está del lado de las víctimas de la barbarie etarra. Lo deja claro en la propia ‘Patria’, en el capítulo en el que cuenta la asistencia de Xabier, hijo del Txato, empresario asesinado por ETA, a unas jornadas sobre víctimas del terrorismo. Entre los participantes está un escritor y, a través de este ‘alter ego’, Aramburu expone el propósito de su obra: componer, por medio de la ficción literaria, un testimonio de las atrocidades cometidas por la banda terrorista. Más adelante añade: «Asimismo escribí en contra del crimen perpetrado con excusa política, en nombre de una patria donde un puñado de gente armada, con el vergonzoso apoyo de un sector de la sociedad, decide quién pertenece a dicha patria y quién debe abandonarla o desaparecer. Escribí sin odio contra el lenguaje del odio y contra la desmemoria y el olvido tramado por quienes tratan de inventarse una historia al servicio de su proyecto y sus convicciones totalitarias».

Mas Aramburu ha marcado el camino a seguir para ganarle la batalla del relato a cualquier terrorismo: dar voz a las víctimas, mantener viva su memoria. Al respecto, Alemania ha sido ejemplar con las víctimas del nazismo. No puede decir lo mismo España con las del franquismo. Como dice el autor vasco, «el olvido favorece ruinmente al agresor, pues oculta sus atrocidades, difumina sus culpas y le permite, por añadidura, perseverar por otros cauces en los propósitos que impulsaron su crueldad». Por tanto, paz no debe ser sinónimo de olvido ni de punto final, sino de reconciliación, pero para ello es necesario que el agresor reconozca el daño causado y pida perdón a la víctima. Y eso aún no lo ha hecho ETA ni los franquistas.

(Publicado el diario HOY el domingo 16 de abril de 2017)

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Derecho a morir y necropolítica
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El Zurdo | 10-04-2017 | 16:35| 0


Cuando no hay vida más acá de la muerte porque se ha convertido en una prisión donde el alma es cautiva de un carcelero torturador, el cuerpo, cuando mantener la esperanza es esperar en vano y alargar el sufrimiento, cuando la vida ya no tiene sentido porque solo se siente dolor, cuando la enfermedad hace la vida imposible y se la hace imposible a quien se desvive por uno, una persona tiene derecho a morir de manera digna, a una buena muerte, que es lo que significa eutanasia.

El caso de José Antonio Arrabal, el hombre con ELA que se quitó la vida clandestinamente antes de acabar vegetal, muestra de nuevo la necesidad de despenalizar y regular la eutanasia y el suicidio asistido, a imagen y semejanza de Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Suiza, Colombia, Canadá o algunos estados norteamericanos. Eso sí, además hay que garantizar a todo el mundo el acceso a los cuidados paliativos para que nadie desee morir porque no esté bien atendido. Más de 50.000 enfermos no pueden acceder a esos cuidados en España. Como advierte a ‘El País’ el médico Jacinto Batiz, «para poder aliviar el sufrimiento no hay que eliminar a la persona», aunque admite que si después de desarrollar los paliativos alguien pide la eutanasia, «habrá que hacer una ley». La falta de esa ley obligó a Arrabal a adelantar su muerte, según su propio testimonio, que dejó grabado en un vídeo difundido tras su fallecimiento.

La víspera de que Arrabal se suicidara murió Salvador Pániker, quien presidió la asociación Derecho a Morir Dignamente durante años. El hetorodoxo pensador sostenía: «La vida puede ser maravillosa y puede ser espantosa. Depende. Y la única manera de conseguir que, al menos, sea digna es reservándose uno el derecho a abandonar el mundo cuando comience el horror. El derecho a ‘dimitir’ de la vida».

El derecho a morir dignamente es indisociable del derecho a vivir dignamente. Vivir sin dignidad no es vivir, es sobrevivir. Por tanto, hay que facilitar la vida para no desear la muerte, a lo que no contribuyen los recortes en sanidad, dependencia e investigación. Esa es la gran paradoja. En España y la mayor parte del mundo no se reconoce el derecho a morir dignamente mientras se practica la necropolítica. Esta, un concepto que desarrolló el filósofo camerunés Achille Mbembe, decide quién merece vivir; más que matar, deja morir a los que no tienen valor para el poder. Para la activista Clara Valverde, autora de ‘De la necropolítica neoliberal a la empatía radical’, las políticas de austeridad neoliberales dejan morir a los que no son rentables porque ni producen ni consumen: dependientes, enfermos crónicos y mentales, pacientes en listas de espera, ancianos con una pensión de hambre, parados sin ingresos, sin techo, migrantes que se ahogan en el mar o internados en centros de extranjeros…

Valverde, que padece el Síndrome de Fatiga Crónica y yace en la cama el 90% del tiempo, explica que el sistema, a la vez que se desentiende de los excluidos, atemoriza a los incluidos, se asegura de que no se fíen de los primeros ni se solidaricen con ellos, de que los vean como extraños, desagradables. Todo para perpetuar las desigualdades y aumentar el poder y la riqueza de los privilegiados. Mas, advierte, mucha gente que ahora no está en apuros podría fácilmente estarlo si enferma de gravedad, queda inválido o pierde el trabajo. Entonces, será descartada como basura, será empujada a morir sin dignidad.

(Publicado en el diario HOY el 9 de abril de 2017)

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