Esta maldita crisis está poniendo a prueba nuestra capacidad de resistencia un día sí y otro también, sobre todo si somos padres, porque nuestra libertad de pensamiento, obra y omisión se ve condicionada por nuestros hijos: todo lo que hacemos lo hacemos en el nombre de ellos. ¿O quizás los utilizamos para justificar y dar sentido a nuestras encadenadas vidas? Sea como fuere, somos capaces de cualquier cosa por nuestros hijos, de lo mejor y de lo peor, de ser un fiero león o un servil camello. Ya decía Nietzsche que “todo lo que se hace por amor se hace más allá del bien y del mal”.
Por amor a nuestros hijos, somos capaces de remover Roma con Santiago, de pedir cuentas al Rey, de desafiar al sursuncorda, de inmolarnos y hasta de matar, si está en juego el pan de nuestros vástagos y en peligro su futuro. Pero también somos capaces de lo contrario: agachar la cerviz, cargar con el muerto, decir “sí bwana” a todo lo que manda el jefe, callar antes las injusticias y humillaciones, traicionar nuestros principios e ideales, abandonar a su suerte a familiares, amigos y compañeros y vender nuestra dignidad por un plato de lentejas que llevar a la boca de nuestra prole y 30 monedas con las que pagarle la Universidad. Preferimos vivir arrodillados antes que nuestros hijos mueran de pie. Es el coste que pagamos por no ser expulsados del círculo infernal de los explotados al círculo de los réprobos (parados, viejos, locos, enfermos, delincuentes) o, peor, al de lo condenados (sintecho, vagabundos, mendigos), siguiendo la cartografía de la misera que pinta el filósofo libertario Michel Onfray tomando como base el ‘Infierno’ de Dante. ERE que ERE, recorte a recorte, nos han metido ese miedo en el cuerpo. Y el miedo es libre, pero nos hace esclavos.
Sin embargo, pudiera ser que traicionando nuestros ideales y acatando ser siervos para que nuestros hijos sean libres acabemos por conseguir que se avergüencen y renieguen de nosotros. Esa es la cruda moraleja de la película ‘Pan negro’ (2010). El niño protagonista de esta historia, que transcurre en la Cataluña rural de la posguerra, pasa de admirar a su padre republicano y compartir sus ideales a desdeñarlo cuando descubre que se ha vendido a los señoritos del lugar y hasta matado por ellos, aunque fuera por garantizarle un buena educación. El chaval nunca perdonará a su padre ni a su cómplice madre.
No es mi caso. Pienso lo que pienso y soy lo que soy por mi padre. Lo que se aprende con babas no se olvida con canas, dice el refrán. Y mi padre me ha inculcado sus principios y convicciones, que es lo más valioso que tengo, predicando y dando trigo. Fue un trabajador ejemplar sin renunciar a sus ideales, hasta el punto de ganarse el respeto de sus jefes, pese a ser una mosca cojonera, como él mismo se define, que daba la cara por los compañeros y no se paraba en barras ante las injusticias. Hasta un jefe le ha reconocido, ya retirados los dos, que dio más a la empresa de lo que recibió de esta. Incluso pudo haber emprendido una prometedora carrera política o sindical, pero rechazó los laureles, sabedor de cuán caro es el precio del poder: la traición a uno mismo. Yo quiero que mis hijos sientan lo mismo que siento yo por mi padre: orgullo. Por eso resistiré hasta la derrota final.
(Publicado en el diario HOY el 3/3/2013)
El sábado se conmemoraron 32 años del golpe de Estado que el 23 de febrero de 1981 casi finiquita la incipiente democracia española. Y el sábado miles de personas salieron a la calle para manifestarse contra “el golpe de Estado de los mercados” y “el brutal recorte de los derechos sociales”. En el golpe de 1981 sus autores materiales fueron el teniente coronel Tejero y el general Milans del Bosch, y el autor intelectual fue el general Armada. En el golpe financiero, el autor material, el ejecutor, es el Gobierno y los intelectuales son los mercados, es decir, grandes inversores que tienen nombre y apellidos y mueven los hilos de la economía en la sombra.
El gran golpe del que estamos siendo víctimas es más sutil que el ‘tejerazo’, pero más eficaz. Está consiguiendo instaurar una oligarquía con apariencia de democracia, en la que los derechos de los ciudadanos son más formales que reales, pues solo quien tenga dinero podrá pagar para ejercerlos, como el derecho a la educación, a la sanidad, a la tutela judicial efectiva, a una vivienda… El objetivo de este golpe, más propio de un tahúr que de un milico, es desplumar a los pobres para dárselo a los ricos. Como Robin Hood, pero al revés. Así de simple, lo disfracen como lo disfracen. Muestra de ello es que para los golpistas es más prioritario salvar a los bancos que a los desahuciados. Rescatar a la banca, costase lo que costase, era el fin de los recortes y de las subidas de impuestos y no reducir el desequilibrio presupuestario, eso ha sido el pretexto. En 2012, el déficit público español superó el 10%, pero sin las ayudas a los bancos se reduce a menos del 7%. Y las previsiones de Bruselas para España no son más halagüeñas: pese a tanta austeridad y tanto sacrificio el déficit no bajará del 7% en 2014 y la deuda pública se disparará al 100% del PIB. Es decir, lejos de solucionarse, los problemas se están agravando.
Hagamos lo contrario: rescatar a los ciudadanos desahuciados o sepultados por una hipoteca en vez de salvar a unos bancos que solo lograrán que la espiral de la deuda siga creciendo. Es lo que propone John Ralston Saul, escritor y filósofo canadiense, que anticipó la crisis y el colapso de la globalización y que no reniega del capitalismo y reivindica a Adam Smith.
Ralston toma el ejemplo de Bankia. A su juicio, una buena política habría sido que el Gobierno anunciase que pagaría todas las hipotecas hasta, pongamos, 300.000 euros: “Das el dinero a la gente que está en su casa y que tiene una hipoteca, y de hecho salvas a los bancos: es el ciudadano el que da el dinero a los bancos al cancelar su hipoteca. De pronto, la gente ya no tiene deudas y puede gastar lo que gana. Así es como se crea una clase propietaria y además se relanza la economía”.
El ‘profeta’ Ralston sostiene que ni la religión del crecimiento ni la de la austeridad nos van a sacar de donde estamos. Y denuncia que la clase directiva del sector privado ha conseguido, presionando a los Gobiernos, regulaciones para pagar menos impuestos que han convertido el fraude en algo legal. Otro fraude ha sido la transferencia de la deuda privada al sector público. Y advierte: “Veremos cómo resisten todo esto las democracias. Están poniendo la democracia en peligro”.
(Publicado en el diario HOY el 24/2/2013)
Joseph Ratzinger nunca ha sido santo de mi devoción. Como gran inquisidor de Juan Pablo II y como papa ha contribuido a que la Iglesia desande el camino aperturista iniciado con el Concilio Vaticano II, en el que, paradójicamente, se dio a conocer como un teólogo progresista. Se ha afanado más en evitar que las ovejas fieles no se salgan del redil que en abrir la Iglesia a la ciudad y el mundo y salir en busca de las descarriadas. Pero aplaudo su excepcional decisión de renunciar al solio. Ha tenido la fortaleza de reconocer su debilidad para seguir timoneando la barca de San Pedro; la paloma del Espíritu Santo parece haberle abandonado espantada por ese nido de cuervos que es el Vaticano. Las lenguas de fuego dicen que es un pastor rodeado de lobos. Viejo, enfermo y cansado de las intestinas luchas de poder entre cuervos y lobos, Benedicto XVI ha decidido tirar el cayado y retirarse del mundanal ruido, tras ocho años de pontificado en los que parece haberse quedado solo en su lucha por limpiar el Templo de pederastas, mercaderes y banqueros corruptos. Quizás pensó que más vale una retirada a tiempo que una batalla perdida.
Benedicto XVI ha sabido vencer la tentación demoníaca del poder, corruptor por naturaleza, como refleja mejor que nadie Tolkien en ‘El señor de los anillos’. Quizás haya influido que sea alemán, más que católico, pues en su país un presidente dimite por aceptar favores y regalos de empresarios -toma nota, Ana Mato- e, incluso, una ministra cesa por plagiar una tesis doctoral. En cambio, eso parece impensable en las muy católicas Italia y España, donde nuestro presidente va de sobrado y hasta su biónica majestad se atornilla al trono, pese a que ya no puede con sus reales responsabilidades y cada vez huele peor el asuntillo ese del yerno ideal que le salió rana.
Pero en este católico país de borregos nos han educado para obedecer al pastor y creer en su infalibilidad. Todo lo contrario que en Israel, cuya iniciativa y creatividad nacen en parte -explicó el jueves su embajador en España, Alón Bar, en un acto organizado por HOY- de la propia religión judía, en la cual no existe una autoridad central que diga ‘esto se hace así’, sino que cada comunidad es libre de interpretar a su manera los textos sagrados. Llevan implícito, por tanto, según Bar, un desafío permanente al jefe.
Sin embargo, Ratzinger, con su retirada, ha reconocido que es falible y ha dado una lección a todos los jefes que se resisten a bajarse del pedestal sin ver, cegados por su soberbia -el peor de los siete pecados capitales, según el papa Gregorio Magno-, como el poder va apoderándose de ellos, carcomiéndoles cuerpo y alma, como a Gollum. Nadie está libre de sus efectos perversos, ni el sabio mago Saruman el Blanco. Por eso, para mitigarlos hay que repartir el poder lo máximo posible, limitar su ejercicio y vigilar al que lo detenta, señalar la desnudez del rey, ser “un espía de su insaciabilidad”, como le dijo Diógenes el Cínico a Filipo II de Macedonia, para que no caiga en la desmesura, y rebelarnos cuando sea injusto. El mismo Benedicto XVI citaba en su primera encíclica, ‘Deus caritas est’, una frase de San Agustín más profética que nunca: “Sin justicia, ¿qué son los reinos sino una gran banda de ladrones?”.
(Publicado en el diario HOY 17/2/2013)
“Todo lo que es profundo ama el disfraz… Todo espíritu profundo necesita una máscara: aún más, en torno a todo espíritu profundo va creciendo continuamente una máscara, gracias a la interpretación constantemente falsa, es decir, superficial, de toda palabra, de todo paso, de toda señal de vida que él da”.
Friedrich Nietzsche, en ‘Más allá del bien y del mal’
En este carnavalesco país nadie es lo que parece. El presidente, que de tonto parecía honrado, es, al parecer, un listo con las manos pringadas. El gobierno popular cada vez es más impopular y no manda, obedece. El PSOE es una fuerza débil que ni es social ni lista ni obrera ni casi española y que encomienda su futuro a alguien atrapado por su pasado. La izquierda unida está desunida, sobre todo en la dehesa, donde nos caciquea un azul que parece rojo con el apoyo de un rojo que parece azul; la derecha la lidera un obrero y la izquierda, un señorito; el obrero empezó de apagafuegos y ahora es un diestro pirotécnico, pareciéndose más al guerrero padrino del señorito que este, quien empezó certificando muertes y ahora se deja la vida intentando resucitar un muerto.
Tampoco yo soy el que parece. Que mejor momento para quitarme la persona (máscara de actor en latín) y revelarles un ser incoherente, con múltiples caretas: soy zurdo y escribo con la derecha; aborrezco el dinero y trabajo para ganarlo; considero la hipoteca una trampa y tengo una; creo en el hijo del hombre pero no en su padre; soy feliz en la montaña pero resido en el valle; soy un lobo estepario pero me comporto como un perro… Y el colmo, soy incoherente y me gusta quien admira a la gente coherente.
Sin embargo, la incoherencia es la materia de la que están hechos los sueños, el país de las maravillas. Y, como demostraron ‘Los incoherentes’, precursores a finales del siglo XIX de las vanguardias, de la incoherencia se puede hacer arte, y un arte satírico, irreverente, humorístico, subversivo. Nada hay más subversivo y liberador que la risa. Quizás eso explique el meteórico ascenso en las encuestas electorales italianas del movimiento encabezado por un cáustico cómico, Beppe Grillo, un antipolítico que hace política contra la corrupta clase política de su país. ¡Toma incoherencia!
Grillo, como el Marqués de Sade de la obra teatral ‘Marat-Sade’, se instala en esa zona ambigua entre la sociedad del Orden y la Norma (la que dirigen los políticos ‘serios’, los Marat de turno) y los locos, los excluidos (cada vez más a causa de la crisis y a los que da voz), entre Razón y sinrazón. Grillo, como Sade, asume la que, según el filósofo Eugenio Trías, debe ser la función del artista y del escritor: comunicar ambos mundos para abolir esa escisión. Y la vía para lograrlo, y que parece seguir Grillo, es la que propone Trías: el carnaval, el teatro.
La crisis es un acontecimiento que ha llevado a muchas personas a desempeñar roles sociales muy diferentes a los que representaban sólidamente. Como en el teatro, han sustituido unas máscaras (que creían su auténtica identidad) por otras: el veterano trabajador indefinido que parecía tener la vida asegurada ha pasado a ser un parado sin futuro; el joven con una formación sobresaliente gana un sueldo de hambre cocinando hamburguesas; el pequeño empresario de éxito hace cola en el comedor de Cáritas al quebrar su negocio… En fin, somos nuestras circunstancias. Ello lleva a Trías, siguiendo a Nietzsche y Artaud, a plantear convertir nuestra vida en puro teatro, en un carnaval que libere nuestra imaginación y las múltiples máscaras, disfraces, papeles distintos y hasta contradictorios que escondemos bajo nuestro aparente yo.
(Publicado en el diario HOY el 10/2/2013)
(Publicado en el diario HOY el 3/2/2013)
Los políticos son un reflejo de la sociedad a la que representan. Si en España hay tanto político corrupto es porque hay mucho ciudadano corrupto o corrompible; cada uno en su nivel, según sus posibilidades, que crecen a medida que medra en la escala social. Porque corrupto es el que intenta burlar a Hacienda; el que elude abonar el IVA; el que acepta o paga en dinero negro; el que falsea sus datos fiscales para trincar una subvención o beca; el que se cuela en el bus; el que si se equivoca la cajera y le cobra de menos, no dice ni mu; el que se va de un bar sin pagar; el que nos vende gato por liebre; el que pide la baja laboral sin estar enfermo y el médico que se la da; el que cobra un pastón y no da un palo al agua; el que pide a esos políticos que pone a parir que enchufen a su hijo y el que enchufa a familiares y a amigos; corrupto, en resumidas cuentas, es el que hace el tocomocho y la víctima, por tratar de aprovecharse de un estúpido.
En este país de pícaros sobran Bárcenas y Urdangarines, al menos en potencia, y muchos de los que les tiran piedras no están libres de pecado y habrían hecho lo mismo si hubieran podido. Por culpa de esos buscones estamos donde estamos; porque edificaron la casa sobre arena, en vez de sobre roca, y cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y esta se hundió totalmente. Esos buscones son mayoría y sostienen el capitalismo al encarnar su tipo ideal: el ‘hombre unidimensional’ de Marcuse, variación del ‘hombre calculable’ de Nietzsche. El filósofo libertario Michel Onfray lo retrata bien: iletrado, inculto, codicioso, limitado, obediente a las consignas de la tribu, arrogante, seguro de sí mismo, dócil, débil con los fuertes, fuerte con los débiles, simple, previsible, aficionado empedernido a los juegos y los estadios, devoto del dinero y sectario de lo irracional, profeta especializado en banalidades, en ideas mezquinas, tonto, ingenuo, narcisista, egocéntrico, gregario, consumista, consumidor de las mitologías del momento, amoral, carente de memoria, racista, cínico, sexista, misógino, conservador, reaccionario, oportunista…; en definitiva, portador de ciertos rasgos de la misma índole que los que definen un fascismo ordinario. ¿Entienden por qué nos gobiernan quienes nos gobiernan?
Nuestra sociedad necesita una profunda regeneración ética que pasa por sustituir el principio que la rige, “deben sufrir otros para que goce yo”, por el hedonista de “gozar y hacer gozar”. Pero no se engañen, no se logra eso solo reemplazando a un partido por otro en el Gobierno a través de las urnas ni con un golpe de Estado. El Estado o el Gobierno no concentran todo el poder, son únicamente sus expresiones más visibles y no precisamente las más poderosas. En nuestra sociedad de control el poder está diseminado, por eso hay que combatirlo con una labor de zapa, una guerra de guerrillas pacífica allí donde se manifieste: la familia, la escuela, la Universidad, los medios de comunicación, los partidos, los sindicatos, las empresas, la banca… Habrán cambiado las cosas cuando la inmensa mayoría de los individuos rechacemos el sobre que nos ofrezca el Bárcenas de turno.
(Publicado en el diario HOY el 27/1/2013)
Si pasan por la calle Génova de Madrid, serán víctimas de un hedor tan insoportable como el que desprende la masía de los Pujol. No solo Lance Armstrong hacía trampas en su afán por ganar, al parecer, también ese equipo que ahora lidera un escalador paciente, Mariano Rajoy, que alcanzó la cima de la Moncloa chupando rueda y esperando que sus rivales se desfondaran o se cayeran. Resulta que un tal Luis Bárcenas, el mismo que escondía 22 millones en Suiza de oscuro origen, repartía sobresueldos en dinero negro a dirigentes y altos cargos del PP como los doctores y la mujer del ciclista repartían entre los miembros del US Postal cortisona y jeringuillas con EPO.
El tal Bárcenas distribuyó mensualmente entre gerifaltes populares sobres con dinero procedente de coimas cobradas a constructoras, a cambio de contratos públicos, y compañías de seguridad y donaciones anónimas. Lo hizo durante los casi 20 años que ejerció de gerente del partido y el escaso año que, designado por Rajoy, fue tesorero, cargo que dejó en el verano de 2009 tras ser imputado en el caso Gürtel, acusado de recibir comisiones de la trama liderada por Francisco Correa, Don Vito para los amigos. Es decir, la cosa empezó con Fraga de presidente popular y continuó con Aznar, cuando este iba de regenerador democrático y señalaba severo con el dedo al PSOE de Felipe, enmerdado hasta las cejas por los casos Filesa, Ibercorp, Roldán, Vera y demás. Tampoco Rajoy puede escurrir el bulto, pues, aunque al parecer puso fin al reparto de sobresueldos y él no recibió ninguno, miró para otro lado tapándose la nariz hasta 2009 y ha permitido que Bárcenas siguiera paseándose por la sede central popular como Pedro por su casa. En abril de 2010, don Luis se dio de baja en el PP y abandonó su escaño de senador, pero mantiene coche oficial, despacho y secretaria en Génova 13.
La malas lenguas dicen que Bárcenas controlaba todo y a todos. Era como el protagonista de la serie televisiva ‘Boardwalk Empire’, Enoch ‘Nucky’ Thompson, personaje basado en Enoch ‘Nucky’ Johnson, cacique republicano mitad político y mitad gánster, que, desde su cargo de tesorero del condado de Atlantic City, controlaba esta ciudad estadounidense durante los felices años 20, los de la ley seca. ‘Nucky’ tenía comprado a todo el mundo y el chantaje era su principal arma. Luis ‘el cabrón’, como, al parecer, le llamaba Correa, no le va a la zaga. Según ‘El Mundo’, amenazó con revelar el pago de sobresueldos si el partido no le ayudaba a librarse de la cárcel por el Gürtel. Tras su imputación, el PP se encargó de pagar a su abogado, cosa que ya no sucede. Quizá por ello don Luis ha decidido tirar de la manta.
Lo peor de toda esta mierda es que aquí nadie asume responsabilidades, no ruedan cabezas, todos se pasan la pelota mirándose de reojo, “que cada uno aguante su vela”, “Bárcenas ya no tiene nada que ver con el PP”, “el caso Gürtel nada tiene que ver con Filesa”, aunque se le parece e incluso le supera, pues la trama de Correa recaudó casi cinco veces más dinero que la socialista. Me temo que Rajoy, una vez más, pisoteará la ética de la convicción, hará el don Tancredo y dejará que corra el agua sucia. ¿Dimitir? “Sí, hombre”.
(Publicado en el diario HOY el 20/1/2013)
Resulta ahora que nuestros grandes hombres de Estado, de aquende y allende los Pirineos y de aquende y allende el charco, empiezan a reconocer que lo mismo se han pasado con la sangría de caballo que han aplicado a nuestra enferma economía y que urge una transfusión. Lo hacen tras dejarnos exangües y con un pie en la tumba. Pero antes tendrán que convencer a la talibana de la austeridad, Angela Merkel, a quien hasta los suyos comienzan a advertirle que la sangría ha fracasado.
Ese fracaso se debe a que los ‘sabios’ que mecen la cuna de la economía subestimaron el efecto negativo de los ajustes. El propio FMI lo ha reconocido. De sabios es rectificar, pero el fallido tratamiento que nos recetaron en 2010 esos magos de las finanzas y que han aplicado con rigor mortis nuestros grandes hombres nos ha costado caro a los medianos de la Tierra Media, tanto en dinero (vía rebajas salariales y subidas de impuestos) como en derechos sociales (vía una «muy agresiva» reforma laboral) e, incluso, políticos (vía una demonización de los derechos de manifestación, reunión y huelga y una restricción del acceso a la justicia encareciendo las tasas judiciales). Pero, entonces, hace ya más de dos años, nos vendieron que no había otra salida que los sacrificios, que era eso o la bancarrota. Y amparados en una supuesta ética de la responsabilidad, nuestros grandes hombres comenzaron a desmantelar el Estado de bienestar para, según argumentaban, garantizar su sostenibilidad. ¡Toma paradoja!
Es célebre la distinción que el sociólogo e historiador alemán Max Weber hace, en su conferencia ‘La política como profesión’, pronunciada en 1919, entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Para Weber, por ejemplo, el cristiano que hace el bien y deja el éxito en manos de Dios actúa según la ética de la convicción, es decir, movido por la obligación moral de ser fiel a unos principios y valores sin asumir las consecuencias. En cambio, quien actúa según la ética de la responsabilidad se hace cargo de las consecuencias (previsibles) de sus actos y confronta los medios con los fines, las diversas opciones o posibilidades ante una determinada situación.
Sin embargo, la ética de la responsabilidad es casi siempre el disfraz bajo el que nuestros políticos esconden su pragmatismo y posibilismo. Con ella, justifican haber puesto la política al servicio de la economía. Con ella, Zapatero justificó los drásticos recortes anunciados en mayo de 2010, dando un giro copernicano a su política económica. Con ella, Rajoy justifica mentir e incumplir sus promesas electorales. Con ella, IU y PP justifican su tácita alianza de gobierno en Extremadura. «Es la opción menos mala», alegarán todos ellos. Pero, en realidad, esa traición a sus convicciones e ideales es el precio que pagan por el poder, un poder que se limita a administrar los intereses de don Dinero. Pero ante este atropello la mayoría aún optamos por seguir la táctica de los tres monos sabios: no ver, no oír, no decir. «Es la opción menos mala», nos justificamos, aunque vamos a peor.
(Publicado en el diario HOY el 13/1/2013)
Si algo está evidenciando esta crisis es que la política actúa como sierva de la economía, de la religión del capital, que prima la mercancía sobre el hombre. No es algo nuevo, desde hace demasiado tiempo nuestra civilización padece lo que el filósofo francés libertario Michel Onfray llama “síndrome de Hecatón”.
Hecatón de Rodas fue un filósofo estoico del siglo II antes de Cristo. Enseñaba que, entre la salvación de otro hombre y la conservación del interés propio, debe optarse siempre por lo segundo. Y ponía ejemplos. En caso de escasez, ¿el amo debe alimentar ante todo a sus esclavos, a riesgo de poner en peligro sus ingresos, medios de producción y bienes? ¿O debe hacer lo contrario? Si, por ventura, uno se halla en un barco a punto de hundirse debido al exceso de carga y se ve forzado a elegir entre sacrificar su caballo de raza o un esclavo de poco valor, ¿qué debe arrojar por la borda? Hecatón responde que hay que preferir el interés personal frente al de la humanidad y el esclavo al pan y el agua, antes de lanzarlo por la borda en el siguiente viaje. Y en los tiempos de escasez que vivimos, nuestros amos están siguiendo a rajatabla el consejo de Hecatón, simiente del liberalismo económico; pues antes que Adam Smith y Bernard Mandeville y su ‘Fábula de las abejas’, Hecatón sostenía que “las fortunas privadas de los individuos constituyen la riqueza del Estado”.
Onfray explica que el síndrome de Hecatón afecta a los que entienden la economía como la ciencia de los bienes y las riquezas y la practican como una actividad independiente que puede desarrollarse a pesar de los hombres, incluso contra ellos y su bienestar. Y así es en nuestra sociedad capitalista, perfectamente civilizada, en la que prima el tener sobre el ser; el dinero es lo primero y luego todo lo demás, o nada más. El dinero abre las puertas del paraíso y del purgatorio capitalistas y quien no lo tiene penará en el infierno. El capital ha encontrado un instrumento de dominación mejor que una prohibición o una negación: la obligación de comprar, de satisfacer un impuesto, de pagar. Quien paga puede sobrevivir, incluso vivir: puede comer, beber, dormir bajo techo, tener derecho a la educación, la salud y una pensión y hasta una sepultura digna. Quien no puede pagar es excluido, está condenado. Y quien no quiere ser un condenado admite ser explotado por un salario de miseria que le permita comprar y pagar. Por eso, como sostiene Onfray, la escasez de trabajo es mantenida con toda intención por quienes sacan provecho de ella, para quienes es un regalo tener a su alcance una reserva de mano de obra más dispuesta a aceptar cualquier cosa.
Onfray advierte que el síndrome de Hecatón muestra que lo esencial de una civilización se funda en un sacrificio y su permanencia se asegura mediante un holocausto que se reitera sin cesar. Las víctimas son todos aquellos que el sistema de producción destruye, los réprobos y condenados: sintecho, ancianos, locos, enfermos, delincuentes, inmigrantes sin papeles, parados, trabajadores temporales o interinos… En definitiva, pobres, que “se irán empobreciendo en la medida que los ricos se enriquezcan”.
(Publicado en el diario HOY el 6/1/2013)
En estos melifluos días navideños se nos enternece el corazón, se nos suelta la limosnera mano más de lo habitual, se nos humedecen los ojos ante los míseros y nos volvemos intolerantes con los miserables. Somos todo paz y amor, sonrisas y lágrimas. De repente se encienden las luces de Navidad y vemos a ese gorrilla pedigüeño que todas las mañanas nos importuna clamando una limosna y al que ignoramos por sistema y ahora le damos una monedita. Asimismo compramos cuanta lotería benéfica cae en nuestras manos; hacemos donaciones a galas solidarias y oenegés; damos un kilo de garbanzos al Banco de Alimentos; limpiamos el armario de ropa que hace siglos que no nos ponemos pero que, aunque pasada de moda, está nuevecita, eh, y la damos a Cáritas; vamos a ver el partido entre curas y toreros o amigos de Ronaldo y amigos de Zidane por los negritos de África; llevados por un impulso catódico acogemos dos niños latinoamericanos o indios de una tacada; y nos tragamos la gala ‘Inocente, inocente’, en la que por los niños pobrecitos los famosetes son capaces de someterse a pesadas bromas. Gala esta, por cierto, que es el culmen de la caridad hecha espectáculo y, por tanto, negocio. Ya saben, no hay nada que se resista a los áureos cantos de sirena del capitalismo. Y en estos tiempos de creciente miseria y en los que la justicia, especialmente la social, es una puta de lujo, cualquiera se vende por un plato de lentejas. Primum vivere deinde philosophari. O lo que es lo mismo, no se puede pensar con el estómago vacío. Por eso, el poder sigue encontrando en el pan y circo una fórmula eficaz de domesticar a la plebe. También en la caridad, que palía la pobreza pero no acaba con ella. Y en la fiesta, que relaja tensiones porque la plebe se desinhibe por unos días. Fiesta y caridad son los aliviaderos del sistema que evitan que la revolución se desborde.
Como dice Michel Onfray, filósofo francés anarquista, “el aumento de la miseria en todas sus formas, el crecimiento de las alienaciones, el salvajismo de las leyes de la competencia, la pauperización generalizada, solo encuentran medicación y farmacopea entre los partidarios del humanismo, en la caridad cínicamente organizada como empresa y espectáculo. A falta de justicia, el sentimiento llamado caritativo se apoya en las sociedades de beneficencia o de caridad, las donaciones que se piden por medio de grandes espectáculos en los que el mundo mediático se pone en primer plano, exacerbando el sistema, distribuye los emolumentos de una velada con el pretexto humanista de hacer soportable la miseria: Y mientras una cosa parece soportable, se hace difícil, imposible, impensable, su supresión. Jamás la actuación contrarrevolucionaria, conservadora, si no reaccionaria, de la caridad produjo efectos tan bellos”.
Pero el 7 de enero se acabará el cuento de Navidad y volveremos a ser los míster Scrooge de siempre; nos olvidaremos de esas quimeras de la justicia social, la paz y el amor, daremos esquinazo a los menesterosos, no moveremos un dedo por el compañero que echen a la calle y miraremos a Cuenca y cerraremos los ojos para recibir la enésima embestida del patrón porque lo primero es comer.
(Publicado en el diario HOY el 30/12/2012)



