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Rita y Ana
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El Zurdo | 28-11-2016 | 17:33| 0

La muerte física de Rita Barberá, la que pasó de ser la alcaldesa de España a la última de la fila, ha coincidido con su muerte política. Su muerte simboliza el fin de una forma de ejercer el poder más populachera que populista, más matriarcal que maternal, más ostentosa que ostensible. También es el epílogo de una época de ladrillos y gaviotas, de burbujas y excesos, la del milagro español que resultó ser un truco de ilusionismo, la edad de la inocencia de la que despertamos enfangados hasta las cejas en 2008. Y la Valencia de Rita quedará como el epítome de esa época en la que todas las madejas de corrupción conducían a la Gomorra levantina.

Con todo, ni Barberá era la mártir que ahora nos quiere vender el PP, que, no lo olvidemos, fue el que la defenestró para amarrar la investidura de su amigo Mariano, ni tampoco el demonio que nos quiere pintar Unidos Podemos. Era humana, demasiado humana, un ejemplo fáustico del alto precio que se cobra el mefistofélico poder. Por eso, como todos los muertos, la senadora valenciana merecía un respeto, y los morados se lo han faltado con su negativa a secundar en el Congreso un minuto de silencio en su memoria. Mala cosa es esa de confundir adversario con enemigo, de creerse santón y juez.

Ay, cuánto les queda por aprender a Iglesias y compañía de Marcos Ana, que falleció justo al día siguiente de Barberá. Como él mismo se retrataba, era un hombre sencillo, normal, al que la vida puso en algunas situaciones difíciles, «un hijo de la solidaridad». El vástago de Marcos y Ana nació Sebastián Fernando Macarro Castillo. Tenía 96 años, de los que él descontaba los 23 que pasó en las cárceles franquistas por ser comunista; fue el preso que más tiempo pasó entre rejas durante la dictadura. En la soledad de su celda perdió su juventud y se hizo poeta. La prisión fue su universidad. Ingresó en ella con 19 años y fue dos veces condenado a muerte sin pruebas acusado de tres asesinatos en Alcalá de Henares por los que ya habían sido fusilados otros compañeros. Le conmutaron la pena capital por 30 años de cárcel, a los que sumó otros 30 por publicar un periódico clandestino en el trullo. Salió en libertad, «virgen y mártir», aún un niño en el cuerpo de un hombre de 41 años, en 1961. A partir de entonces emprendió una campaña internacional contra la represión franquista y se erigió en un firme defensor de los derechos humanos y la democracia.

Amigo de Alberti, Neruda, Miguel Hernández o Saramago, Marcos Ana es un ejemplo de rebeldía y dignidad, que él entendía como ser fiel a uno mismo, un ejemplo que quiso transmitir a los jóvenes de hoy a través de su última obra: ‘Vale la pena luchar’, un «humilde manual» en el que, «sin rencor» y «sin venganza», alienta a seguir peleando por un mundo más justo. «El individualismo nos pierde. Nos resta fuerza… Siempre he pensado que vivir para los demás ha sido la mejor manera de vivir para mí mismo», escribe.

En manos de Marcos Ana, la poesía fue esa arma cargada de futuro que clamaba Gabriel Celaya; su poesía fue la de quien tomó partido hasta mancharse, poesía para el pobre, poesía necesaria como el pan de cada día, como el aire que todos respiramos. Marcos Ana es la memoria histórica de los perdedores de la guerra. Frente a la torrencial y atronadora Rita Barberá, era una lluvia fina, una caricia de agua apenas sentida pero constante que acaba calándote hasta los tuétanos.

(Publicado en el diario HOY el 27 de noviembre de 2016)

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El triunfo de la posverdad
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El Zurdo | 24-01-2017 | 18:53| 0

El triunfo electoral de Donald Trump es, como el ‘brexit’, el triunfo de la posverdad. Esta es la palabra del año para el Diccionario Oxford, que ha constatado un espectacular auge de su uso.

«Posverdad» es lo relativo a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales. Un artículo de ‘The Economist’, titulado ‘El arte de la mentira’, dice que «Trump es el principal exponente de la política de la posverdad, que se basa en frases que ‘se sienten verdaderas’, pero que no tienen ninguna base real». El filósofo estoico Epicteto decía que «la verdad triunfa por sí misma, la mentira necesita siempre complicidad». Los cómplices de Trump son ciertos medios para los que, como advirtió el maestro Ryszard Kapuściński, la verdad ya no es importante, ni siquiera la lucha política lo es: lo que cuenta en la información es el espectáculo. Y de eso sabe mucho un empresario y ‘showman’ como Trump.

Para la directora de ‘The Guardian’, Katharine Viner, los elementos de la política de la posverdad son: unos políticos que apelan constantemente a los sentimientos; la situación de gran debilidad de los medios, necesitados de clics para su supervivencia; y el hecho de que cada vez más gente se informa a partir de contenidos seleccionados por algoritmos, es decir, a través de motores de búsqueda como Google y redes sociales como Facebook o Twitter.

Miquel Urmeneta, periodista y profesor en la Universitat Internacional de Catalunya, lo llama «la tiranía del algoritmo, que no tiene en cuenta ni la veracidad de las informaciones ni fomenta que las opiniones sean variadas y equilibradas. El usuario acabará atrapado en una esfera donde los contenidos cada vez serán más próximos a su ideología e intereses y donde tenderá a relacionarse sólo con usuarios afines». Clave en la victoria de Trump fue su estrategia digital. Supo emplear como nadie las redes sociales para pescar votos en el río revuelto de la antaño pujante región de los Grandes Lagos, donde es mayor el resentimiento contra el sistema de las clases medias y trabajadoras víctimas de la globalización y la crisis.

Para Manuel Arias Maldonado, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga, «las emociones juegan, indiscutiblemente, un papel relevante en la vida política». Pero a veces «es algo peligroso: cuando invita al proteccionismo, al narcisismo, incluso al odio». Obama canalizó el voto de la esperanza y Trump se ha convertido en el banco de odio e ira de los heridos en su orgullo.

Peter Sloterdijk sostiene que la izquierda ha funcionado históricamente como «un banco de ira» donde «la gente depositaba sus frustraciones y otros gestionaban ese capital para devolverle los intereses en forma de autoestima para ellos y desprecio para sus enemigos». Según el filósofo alemán, la ira, la indignación han cobrado más fuerza, pero la izquierda ya no desempeña el papel de banco mundial de la ira y el islamismo es solo un banco local. A mi juicio, también lo son el populismo y el nacionalismo, si bien amenazan con provocar una deflagración mundial al no dejar de prender focos a uno y otro lado del charco. Como dice Arias, «el resultado es un paisaje en llamas, una amalgama de pasiones e hipérboles que se parece bien poco a la esfera pública sosegada que soñaron los ilustrados como fundamento para nuestras democracias representativas».

(Publicado el 20 de noviembre de 2016 en el diario HOY)

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Monstruos S.A.
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El Zurdo | 20-11-2016 | 22:27| 0

Tras el triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses, circula por la redes sociales esta traducción bastante libre de una célebre cita del comunista italiano Antonio Gramsci: «El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos». Trump es uno de esos monstruos surgidos en este interregno o claroscuro que vivimos. En el que hubo entre las dos guerras mundiales, Gramsci estuvo encarcelado por orden de Mussolini, otro monstruo que, como Trump y el rijoso dragón Mal-Rodrigo de la obra teatral ‘Pelo de tormenta’, del recientemente fallecido Francisco Nieva, provoca, a la vez, temor y fascinación en el pueblo, que siente atracción por lo desconocido cuando está indignado con lo conocido.

En palabras del propio Nieva, el dragón «es la fenomética naturaleza del mundo para el que las instituciones, las reglas, las conductas morales que impone el hombre no significan nada (…) y vemos también que el pueblo es fundamental en la orientación de la vida y se mueve por impulsos, en los que no se niega ni se afirma el mal, pero es apasionado y violento, con las reacciones de un animal que se puede expresar con palabras».

Decía Aristóteles que en el justo medio está la virtud cuando los extremos son viciosos. ¿Pero qué pasa cuando el vicioso es el medio, ese que representaba el bipartidismo? Que la plebe buscará impulsivamente la virtud en los extremos. Según Gramsci el fascismo no es la expresión de toda la clase dominante, sino que es el producto político de la burguesía urbana y agraria que ha entregado el poder a la alta burguesía. Eso ha ocurrido en EE UU: las clases medias (la burguesía urbana y agraria), castigadas por la crisis y la globalización económica, han entregado el poder a la alta burguesía, o sea, a un multimillonario como Trump, que se presenta como un antisistema, como en su día Berlusconi, cuando, en realidad, es un hijo bastardo del sistema, lo mismo que el fascismo lo es del capitalismo.

En el interregno de los años veinte y treinta, las reacciones a la crisis del sistema capitalista desde la extrema izquierda y la extrema derecha, con ser muy diferentes, degeneraron en totalitarismos. Tras la II Guerra Mundial, Europa encontró el justo medio en el Estado democrático y social de Derecho o de bienestar, que nació del consenso entre socialdemócratas y democristianos. Pero tras las crisis del petróleo de los setenta, Reagan y Thatcher acaudillaron una contrarrevolución neoliberal, basada en la utopía de la autorregulación del mercado, que ha desembocado en un totalitarismo invertido: el poder ha pasado del Estado a don Dinero, de los parlamentos a los consejos de administración. Las víctimas de ese totalitarismo se están rebelando lanzándose al pozo del dragón.

Nos encontramos en el primer acto de una representación teatral furiosa en la que, como anuncia el personaje ciego de ‘Pelo de tormenta’, «se va a armar la gorda». Sin embargo, como en esta obra, cuando los alguaciles desalojen la fiesta quedará en el pueblo una resaca de vacío, de descontento y de frustración, porque «todo es ceniza, todo es teatro» y «el dragón sólo era las mañas embaucadoras de un bululú». No obstante, como juzgó el crítico teatral Moisés Pérez Coterillo, las obras de Nieva «pueden llamarse apocalípticas, porque anuncian el final de este mundo, pero al mismo tiempo dejan la puerta abierta a un posible renacimiento».

(Publicado en el diario HOY el 13 de noviembre de 2016)

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El verdadero cuarto poder
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El Zurdo | 07-11-2016 | 17:47| 0

No es la primera vez que escribo que el buen periodismo no es el cuarto poder sino un contrapoder. No obstante, la prensa es, con demasiada frecuencia, un instrumento al servicio del verdadero cuarto poder: don Dinero. Quien se sorprenda de ello es un ingenuo o un cínico, como Pedro Sánchez. Sus revelaciones a Jordi Évole no por verosímiles dejan de ser intencionadas: son el contrataque kamikaze de un ángel caído al que cortaron las alas sus iniciales valedores (políticos, mediáticos y económicos) porque quiso volar libre; ahora se apresta a reconquistar el trono perdido intentando atraer a su causa a los enemigos de sus enemigos presentándose como san Pedro bueno mártir.

Ryszard Kapuściński advierte que «los medios de comunicación son los más manipulados porque son instrumentos para determinar la opinión pública». El reportero polaco admite que «hay cientos de maneras de manipular las noticias y sin decir mentiras». Una manera es omitir un tema. «Si no hablamos de un acontecimiento, este, simplemente, no existe», pues «los temas principales que dan vida a las ‘noticias del día’ deciden qué pensamos del mundo y cómo lo pensamos», como reflejan los barómetros del CIS y las encuestas preelectorales, que pueden acabar condicionando nuestro voto.

Como apunta Joan Francesc Cánovas, periodista y profesor de la Universidad Pompeu Fabra, los medios de comunicación se han convertido en colaboradores necesarios de las clases dirigentes para que puedan alcanzar sus objetivos y, por tanto, en actores fundamentales en la generación de opinión pública. Cánovas prologa el ensayo ‘¿Qué es la democracia?’, basado en el pensamiento del sociólogo alemán Jürgen Habermas. En él, la periodista Sol Bilbao analiza «cómo la existencia o no de democracia en un sistema político es consecuencia del tipo de opinión pública que se desarrolla en la sociedad».

Habermas distingue dos tipos de opinión pública: la ideal o paradigmática y la manipulativa. La primera es un requisito indispensable de la democracia y es una instancia crítica: los ciudadanos mantienen una comunicación racional, abierta y transparente con los representantes de las instituciones en la búsqueda de soluciones consensuadas para las cuestiones de interés general. La segunda es una instancia receptiva: los ciudadanos aislados no pueden entablar un diálogo real con los instalados en la «notoriedad pública» (las clases dirigentes), que solo buscan su aclamación, ya que utilizan una divulgación manipulativa de mensajes para reforzar su posición dominante.

Al ser los principales creadores de opinión pública, el estado de los medios es un preciso termómetro para comprobar la salud de nuestra democracia. A medida que la información deviene en un gran negocio, los medios mutan en empresas corrientes que ante todo pretenden ganar dinero y son presa de intereses ajenos que tratarán de influir sobre ellos, sea vía publicidad o entrando en su accionariado. Así, como dice Bilbao, «las manos privadas poseedoras de los medios se configuran como grupos de poder particulares, aglutinando a su vera intereses políticos que responden al reclamo publicitario» y «los intereses privados cobran relevancia política». Los medios pasan a ser fabricantes de una opinión pública manipulativa, legitimadora del Poder. Por ende, la concentración de los medios en cada vez menos manos refuerza las tendencias oligárquicas y socava la opinión pública crítica, garante de la auténtica democracia.

(Publicado en el diario HOY el 6 de noviembre de 2016)

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Podemos sin poder
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El Zurdo | 31-10-2016 | 18:03| 0

Rajoy sigue de presidente del Gobierno con permiso de Ciudadanos, el PSOE, pero también Podemos. Nadie quería al líder del PP, pero al final el partido naranja ha acabado apoyando su reelección por activa, los socialistas por pasiva y los podemistas por negativa. Sí, por su negativa a respaldar la investidura de Pedro Sánchez tras el 20D.

Sánchez fracasó en su intento de formar un «Gobierno del cambio» con C’s y Podemos por sus vetos cruzados y volvimos a votar el 26J. Y gracias al golpe de mano de los coroneles socialistas, el impasible y paciente general popular logró ayer, por fin, retener la poltrona de la Moncloa, pese a tener la camisa negra.

La historia podría haber sido distinta si Podemos hubiera votado a favor de la investidura de Sánchez y le hubiera dejado formar gobierno con Rivera y compañía sin entrar en él. Es algo que valoró el poli bueno y mente pensante de Podemos, Íñigo Errejón, pero que descartó el poli malo y brazo armado, Pablo Iglesias. Sin embargo, es lo que la formación morada hizo, por ejemplo, en Extremadura, donde respaldó la investidura del socialista Vara y se quedó en la oposición. Eso sí, luego Vara se lo agradeció arreglando las cuentas autonómicas con el PP.

Pero, como se ha visto, Sánchez tiene más mano izquierda que el diestro mayoral extremeño. Además, hubiera sido un contrasentido, difícil de entender por los electores y militantes socialistas, que quien se presentaba como alternativa del partido de la Gürtel llegara a alguna componenda con alguien al que tachó de indecente.

Es más que probable que si Podemos hubiera servido la presidencia a Sánchez en bandeja de plata sin sentarse a su mesa, hubiera gozado de un poder del que ahora carece siendo «la única y verdadera oposición». El Ejecutivo de Sánchez hubiera necesitado de su continuo plácet para sacar adelante los presupuestos o cualesquieras iniciativas legislativas.

Mas, entre lo malo y lo peor, Pablo Iglesias optó por lo peor, quizás pensando, a la manera leninista, que cuanto peor, mejor. Seguramente recordó lo que dijo Lenin en octubre de 1917 desde su retiro de Finlandia: «¡La crisis está madura! ¡Contemporizar se convierte en un crimen! ¡Hay que realizar inmediatamente la revolución y tomar el poder, de lo contrario todo se habrá perdido!».

Fagocitada IU, Iglesias se las prometía felices el 26J porque los augures le hicieron creer que le echaría la pata por encima al PSOE, pero al final este cuento acabó como el de la lechera. Ahora Iglesias se agarra al mito griego, cree que repetirá el éxito de Syriza y que el PSOE terminará como el Pasok. En junio de 2012, tras repetirse los comicios, Nueva Democracia (el PP heleno) formó un gobierno de coalición con los socialistas y una tercera fuerza de centroizquierda. Dos años y medio después, Syriza ganó las elecciones y el Pasok pasó a ser una fuerza irrelevante. La diferencia es que entonces Grecia estaba desesperada, al borde del abismo, y España hoy está hastiada y saliendo, mal que bien, del pozo.

Mas, como también dijo Lenin, «salvo el poder, todo es ilusión» y, como afirmó otro maquiavélico, Andreotti, «el poder desgasta sobre todo cuando no se tiene». Tras el 20D, Podemos tuvo en su mano la llave del Gobierno y la gobernabilidad y ahora, como ha advertido Errejón, corre el riesgo de convertirse en una fuerza marginal, «que es capaz de decir lo que no funciona, es capaz de enfadarse, de mantener a alguna gente muy fiel, pero no es capaz de construir una mayoría alternativa» que «incluya también a muchos de los que hoy todavía desconfían», como esos que se quedaron en casa el 26J.

(Publicado en el diario HOY el 30 de octubre de 2016)

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Vientos de guerra
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El Zurdo | 25-10-2016 | 20:34| 0

Arrecian los vientos de guerra que soplan desde Oriente. Me temo que Siria se ha convertido en un campo de pruebas, un ensayo de una venidera conflagración mundial, como en su día lo fue la guerra civil española; hasta tiene su propio Guernica: Alepo. En el gran juego sirio participan casi todos los grandes actores de la escena geopolítica: Estados Unidos, Rusia, Europa, así como las dos grandes potencias islámicas y rivales irreconciliables, Irán, guardián del chiismo, y Arabia Saudí, cabeza del sunismo (en concreto, de su corriente más fundamentalista, el wahabismo, fuente de la que beben Al Qaeda y el Estado Islámico, muy activos en el conflicto sirio).

La guerra siria, que ha provocado el mayor éxodo de refugiados jamás visto desde la II Guerra Mundial, no deja de ser una extensión de las desatadas por EE UU y sus aliados en Afganistán e Irak en respuesta a los atentados del 11-S de 2001. Aquella fecha supuso el final de la ‘Pax americana’.

Pero las nuevas sectas de los asesinos no son los únicos enemigos a los que se enfrentan los estadounidenses y sus socios. Tras la caída del muro de Berlín, hito que marca el final de la Guerra Fría, y la implosión de la Unión Soviética, EE UU quedó como única potencia hegemónica. Sin embargo, de la mano de hierro de Putin, Rusia se está rearmando y trata de recuperar el esplendor imperial perdido. La Rusia de Putin arrastra y alimenta igual rencor que la Alemania de Hitler. Los movimientos y provocaciones del zar ruso recuerdan demasiado a los del führer. La anexión de Crimea y la ocupación de la parte oriental de Ucrania evocan las de Austria y los Sudetes por Alemania en 1938.

Hay un tercer punto caliente que también fue uno de los escenarios de la II Guerra Mundial: el Mar del Sur de la China, rico en petróleo, y que es un territorio en disputa entre China, Japón (fiel aliado de EE UU) y Vietnam, entre otros. La ruptura de relaciones de la Filipinas del fascistoide Duterte con Washington y su realineamiento con Pekín y Moscú echan más leña a ese fuego.

La II Guerra Mundial estalló tras la Gran Depresión que se inició con el Crack del 29. Durante la depresión de los años 30, Franklin D. Roosevelt trató de reactivar la economía estadounidense con medidas de corte keynesiano. Pero, tras una breve recuperación, hubo una recaída en 1937 y 1938. Y fue la guerra la que acabó por resucitar la economía americana. Acabado el conflicto, el capitalismo vivió su edad de oro, que terminaría con las crisis del petróleo de los años 70. Fue un caso de destrucción creadora.

Ahora vivimos una coyuntura similar a la de la época de entreguerras; la incipiente recuperación amenaza con truncarse. ¿Recurrirá de nuevo el capitalismo a una guerra mundial para revivir cual ave fénix?

El economista Juan Torres lo tiene claro: «En el capitalismo la guerra no es solo un modo de producir satisfacción y dar poder a quien la gana, como siempre, sino que también se recurre a ella para ‘resolver’ los problemas que producen el afán de lucro que le es consustancial y las contradicciones que se derivan del intento continuado de reducir el salario». Por tanto, «mientras perviva el capitalismo y la estrategia económica dominante sea ahorrarse salarios, no dejarán de sonar los tambores de guerra ni se acabarán de contar los muertos que produce».

(Publicado en el diario HOY el 23 de octubre de 2016)

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Poder y avaricia
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El Zurdo | 26-10-2016 | 16:49| 0

Estos días, la Audiencia Nacional parece la pasarela de la corrupción. Por allí está desfilando lo más granado de la mangancia patria, los acusados de dos casos paradigmáticos de la cultura del pelotazo imperante en los años de ladrillos y gaviotas: Gürtel y tarjetas ‘black’.

El escándalo de las ‘black’ prueba que la corrupción es transversal, pues están implicados representantes de los principales partidos, los sindicatos, la patronal y hasta la Casa Real. Para más inri, ocurrió en un banco antes caja salvado con el dinero de todos los contribuyentes, la mayor parte del cual no recuperaremos. Sus cabezas visibles son dos amigos de José María Aznar: Miguel Blesa y su sucesor al frente de Caja Madrid, Rodrigo Rato, el taumaturgo del milagro económico español, que fue una falsa bonanza, una época de excesos que aún estamos pagando.

Al calor de la misma, Francisco Correa y compañía montaron la Gürtel. Durante su declaración ante el juez, Correa se jactó de que Génova, la sede nacional del PP, era su casa y admitió que pagó a cargos y dirigentes populares a cambio de contratos para su entramado societario. Según su testimonio, el ubicuo Luis Bárcenas, extesorero del PP, fue quien le abrió las puertas de Génova 13 y era a quien entregaba parte de las comisiones del 2-3% que cobraba a grandes constructoras como OHL, ACS y Dragados a cambio de adjudicaciones de obras públicas de los ministerios de Fomento y Medio Ambiente. El ‘modus operandi’ era muy similar al que se imputa al clan Pujol.

Correa también presumió de haber «ahorrado decenas de millones (de pesetas) al PP» en impuestos y de haber hecho «gestión de ‘lobby’ a empresas y personas muy poderosas en este país». «Yo cobraba mucho en B porque ninguno de los empresarios me quería facturar. En España existen muchos Franciscos Correas», concluyó el «amigo íntimo» de Alejandro Agag, el yerno de Aznar, sí, el mismo que llegó a La Moncloa con la regeneración democrática como bandera, esa que agitan ahora las nuevas generaciones de Ciudadanos.

De las palabras de este arribista sin oficio pero con mucho beneficio se infieren un hecho y cuatro síntomas preocupantes. El hecho es que él no era Don Vito, sino un simple capo de una mafia en la que probablemente, como ocurrió con los GAL, nunca sabremos, aunque lo sospechemos, quién era la X, el padrino, el último responsable. En cuanto a los síntomas, el primero es que la metástasis de la corrupción está más extendida de lo que parece por la sociedad española. El segundo, que hay tantos corruptos como corruptores, pues los unos no existirían sin los otros. El tercero, que en España existe una correlación espuria entre la proliferación de la corrupción y las épocas de bonanza, al basarse estas en sectores, como el constructor y el financiero, sopladores de burbujas, que buscan ganar mucho en poco tiempo y que mantienen una relación de concubinato con la clase política. Y el cuarto, que el poder corrompe aun al más idealista, como han demostrado el PSOE y el PP tras sus largos pasos por el Gobierno.

El socialista ruso Alexandre Herzen ya advertía en el siglo XIX que la evolución histórica representa simplemente una serie ininterrumpida de oposiciones (en el sentido parlamentario del término), «que llegan al poder una tras otra y pasan de la esfera de la envidia a la esfera de la avaricia».

(Publicado en el diario HOY el 16 de octubre de 2016)

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Crisis y populismo
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El Zurdo | 10-10-2016 | 17:48| 0

España va bien, pese al bloque político. Eso al menos parece si solo observamos los indicadores macroeconómicos. Nuestro producto interior bruto crecerá más de lo previsto a inicios de año, casi el doble que la media de la zona euro, según coinciden los principales augures internacionales y nacionales.

Sin embargo, los ‘sabios’ alertan de que la economía española esconde «debilidades relevantes», como una abultada deuda. Josep Oliver, del ‘think tank’ EuropeG, advierte que si los «vientos de cola» (bajos tipos de interés, abaratamiento del petróleo, depreciación del euro…) que ahora sustentan la recuperación desaparecen, España puede volver a tener «importantes dificultades». A su juicio, es una insensatez no aprovechar los bajos tipos de interés para reducir la deuda.

En 2015, la economía española creció como no lo hacía desde 2007, justo el año antes de que la burbuja inmobiliaria y financiera nos estallara en las narices. Aquel fue el canto de cisne del cacareado milagro económico español, atribuido al taumaturgo Rodrigo Rato, que resultó ser un codicioso charlatán de feria. Este 2016, nuestra economía crecerá casi lo mismo que el año pasado, pero puede que estemos ante otro canto de cisne. Todos los agoreros, incluidos los del Gobierno, vaticinan que aflojará el ritmo el próximo año, afectada por la desaceleración de la economía mundial. Tanto el FMI como nuestro ministro de Economía, Luis de Guindos, culpan de dicha desaceleración al populismo, que, según su diagnóstico, está cada vez más asentado a nivel internacional como demuestra la pérdida de peso del comercio mundial y el avance del proteccionismo.

El triunfo en el referéndum británico del ‘brexit’, de la salida del Reino Unido de la UE, y la posible victoria de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos son para el Fondo Monetario ejemplos de la creciente fuerza de los movimientos populistas.

Sin embargo, ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? En realidad, el populismo no es la causa de las crisis económicas sino una de sus consecuencias. El aumento del paro y de la desigualdad social durante estos años de la Gran Recesión han dado gasolina a los discursos simplistas e incendiarios de los mesías populistas de derechas e izquierdas.

El populismo de derechas canaliza la indignación ciudadana por los recortes y la destrucción de empleo contra los inmigrantes, a los que criminaliza. El de izquierdas, hacia la banca y la ‘casta’ política y económica corrupta.

El populismo de derechas es el nuevo disfraz del fascismo y está en auge en las principales potencias europeas, como Reino Unido, Francia y Alemania, donde la presión migratoria es mayor.

El populismo de izquierdas es el practicado por Syriza en Grecia y Podemos en España, donde la corrupción de los viejos partidos y el crecimiento de la brecha entre ricos y pobres es mayor. Pablo Iglesias reivindica el populismo, al que no asocia a «la demagogia y la mentira» sino a «cavar trincheras en la sociedad civil», a estar en la calle construyendo «contrapoder». Sigue así las tesis del matrimonio de politólogos formado por el argentino Ernesto Laclau, fallecido en 2014, y la belga Chantal Mouffe, referentes teóricos de los Kirchner, Hugo Chávez, Evo Morales o Rafael Correa. Mas, como hemos visto en Lationamérica, ese populismo de izquierdas desemboca en el cesarismo. No es algo nuevo, viene repitiéndose desde los tiempos de Julio César.

(Publicado en el diario HOY el 9 de octubre de 2016)

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La Ley de hierro
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El Zurdo | 03-10-2016 | 16:29| 0

La crisis que desmembra al PSOE evidencia la contradicción de que la democracia está controlada por organizaciones no democráticas: los partidos. Es lo que el sociólogo alemán Robert Michels llamó la ‘Ley de hierro de la oligarquía’ a principios del siglo XX: «La organización es la que da origen al dominio de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los delegadores. Quien dice organización, dice oligarquía».

Dicha ley se fundamenta en tres argumentos. En primer lugar, cuanto más grande se hace la organización, más se burocratiza (crece el número de bocas que comen de ella), ya que debe tomar decisiones cada vez más complejas y rápidamente. Quienes saben cómo tratar los temas complejos se vuelven imprescindibles y conforman la élite. En segundo lugar, para que la organización sea eficiente necesita un liderazgo fuerte. En tercer lugar, las masas hacen deseable ese liderazgo, pues son apáticas, ineptas para resolver problemas y tienden al culto de la personalidad. Su única función sería la de escoger de vez en cuando a sus líderes, que no tardan en convertirse en profesionales.

Por tanto, como sostenía Michels, el moderno partido político es en realidad «la organización metódica de masas electorales», una máquina creada con el fin de ganar elecciones, y para ganarlas necesita sacrificar su democracia interna. Por ende, la política interna de los partidos es «absolutamente conservadora o está en vías de llegar a serlo (véase Podemos)».

Por ello, concluía el sociólogo alemán, «la lucha emprendida por los socialistas contra los partidos de las clases dominantes ya no es de principios, sino simplemente de competencia» por el poder, que «es siempre conservador». Y, «a medida que la organización aumenta de tamaño, la lucha por los grandes principios se hace imposible». Para reclutar votos y militantes «hay que rehuir una política basada sobre principios estrictos». Así, los partidos socialistas (y no socialistas) se rigen por un único principio marxista (de Groucho): «Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros». Bien lo sabe el hoy «engañado» Felipe González, el amigo de Carlos Slim.

En consecuencia, advirtió Michels hace más de cien años, «en los partidos democráticos de hoy los grandes conflictos de opinión son cada vez menos combatidos en el campo de las ideas y con las armas de la teoría pura, que por eso degeneran cada vez más hacia luchas e invectivas personales, para plantearse por último sobre consideraciones de carácter puramente superficial».

Eso es lo que pasa en el PSOE. Este, como toda organización, es presa de dos pulsiones: la cesarista y la oligárquica. Ambas son dos desviaciones de la democracia. Pedro Sánchez encarnaba el cesarismo. Como todo líder elegido en plebiscito (léase primarias), creía: «El partido soy yo y quien está contra mí está contra los militantes». Los críticos, encabezados por Susana Díaz, representan la oligarquía, que, al final, es la que quita y pone rey, como hizo con Sánchez.

Cuando el partido gana, nadie cuestiona al general; cuando va de derrota en derrota, los coroneles dan un golpe de mano para cambiar de mando porque temen perder sus privilegios y posiciones conquistadas. Así, como diría Michels, «en lugar de un medio, la organización se ha transformado en un fin» y «hoy tenemos un partido bonitamente conservador que sigue empleando una terminología revolucionaria».

(Publicado en el diario HOY el 2 de octubre de 2016)

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Educación inválida
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El Zurdo | 29-09-2016 | 16:39| 0

Ha comenzado el curso con la comunidad educativa soliviantada por las reválidas, una de las medidas más polémicas de la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (Lomce). No obstante, su implantación definitiva está en el aire no tanto por el rechazo que causa entre padres, alumnos, profesores y todos los partidos, salvo el PP, como por la interinidad del Gobierno, que tiene las manos atadas para desbloquearlas.

Las reválidas son unas pruebas externas que deben aprobar los alumnos al finalizar 4º de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) y 2º de Bachillerato para obtener sendos títulos. El que suspenda la de Bachillerato, que sustituye a la selectividad, no podrá acceder la Universidad, sólo a la Formación Profesional (FP) de Grado Medio o Superior. El que no apruebe la de ESO pasará a la nueva FP Básica, convertida en un contenedor de malos estudiantes, aunque podrán presentarse de nuevo a la evaluación final para graduarse en Secundaria.

Dice la Lomce en su preámbulo que «los principales objetivos que persigue son reducir la tasa de abandono temprano de la educación, mejorar los resultados educativos de acuerdo con criterios internacionales, tanto en la tasa comparativa de alumnos y alumnas excelentes, como en la de titulados en ESO, mejorar la empleabilidad, y estimular el espíritu emprendedor de los estudiantes».

La realidad es que España es uno de los países de la UE donde más ha aumentado en los últimos diez años el porcentaje de jóvenes entre 20 y 24 años que ni estudia ni trabaja (ninis). En concreto, nueve puntos, hasta el 22,2%. En cambio, entre 2008 y 2015, durante la crisis, la tasa de abandono escolar temprano –jóvenes que dejan de estudiar al acabar la ESO– se ha reducido desde el 31,9% al 20%. Sin embargo, se ha disparado entre los chicos de las familias más pobres, en muchos casos, de minorías étnicas u origen extranjero: el 43% de ellos abandona prematuramente sus estudios, según un informe de Save The Children. En consecuencia, «el actual sistema educativo no da las mismas oportunidades a todos los niños y acentúa las desigualdades sociales», según la ONG, que también advierte que los «amplios recortes» en educación han repercutido «especialmente» en los estudiantes en peor situación socioeconómica y que la Lomce puede agravar la «segregación educativa». Como dice el director de un centro entrevistado por la ONG: «Esto es como si un hospital no atendiera enfermos graves porque se van a morir y solo tratase resfriados. Los resultados escolares van a mejorar, pero a costa de dejar en la cuneta a miles de chavales».

Por su parte, Sugata Mitra, profesor de la Universidad de Newcastle y creador de un revolucionario método educativo, aboga por el fin de los exámenes como instrumento de evaluación porque son percibidos por los estudiantes «como una amenaza y, por tanto, la creatividad se bloquea». Mitra cree que el actual sistema educativo se basa en un modelo que se diseñó hace 300 años, en la era de los imperios, cuando los gobiernos formaban ciudadanos idénticos para que funcionasen en cualquier punta del planeta. Justo lo que parece pretender el Gobierno del PP a través de la Lomce, pues esta contribuye a perpetuar un sistema selectivo, segregador y clasista, que, a través de la criba de las reválidas, busca separar el polvo de la paja, el buen estudiante del malo, la mano de obra de los cerebros, el ‘Homo faber’ del ‘sapiens’.

(Publicado en el diario HOY el 25 de septiembre de 2016)

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