
En el momento de la redacción de este libro, su autor Rafael Poch – de – Feliu era corresponsal de La Vanguardia en Pekín.
Bajo el título La actualidad de China: un mundo en crisis, una sociedad en gestación, el periodista nos revela a lo largo de casi 700 páginas un profundo estudio del gigante asiático y su entorno, sin caer en los típicos clichés occidentales del enfrentamiento: China vs. nosotros.
Ya en la página 19 del capítulo 1 nos señala: “La conciencia de que todo se puede torcer súbitamente es muy viva entre los dirigentes chinos, que perciben y definen su sistema como algo profundamente imperfecto y abierto al cambio (nada que ver con la URSS anterior a Gorbachov, ni con la autosatisfacción occidental sobre la supuesta perfección y definitiva inmutabilidad de las democracias)”
“La actual República Popular es heredera de una tradición política continua de dos mil años y de una civilización de cuatro mil. Es como si en nuestros días existiera el Imperio Romano como entidad política, o como si el Egipto Faraónico hubiera mantenido su identidad cultural. Y los ideólogos más “formativos” de esa tradición, Confucio (551- 479 a. C.) y Lao Tse, fueron, más o menos, coetáneos de Sócrates y Herodoto” (p. 20)
He aquí algunos extractos más de este libro que me han parecido interesantes:
“Como explica Lucien Bianco: sin los comunistas, los campesinos nunca habrían concebido la idea de una revolución. Al mismo tiempo, sin los campesinos y contra ellos, los comunistas nunca habrían podido imponerse en el país, vencer en la guerra civil y expulsar a los invasores japoneses” (p. 26)
“Cuando Mao murió había, por primera vez en la historia para una gran parte de los chinos, suficiente comida, vestido y techo, acceso a educación básica y asistencia médica rudimentaria. Mejoró la condición de la mujer de forma radical, se acabó con el juego, el opio y la prostitución. El crecimiento económico medio anual fue del 6 por 100, se construyeron diques, ferrocarriles, industrias, hospitales, escuelas, la población de dobló en treinta años. Pese a todos los sufrimientos y barbaridades del maoísmo, al pueblo chino le fue mejor, en parámetros como consumo medio de alimentos, mortalidad y esperanza media de vida, que a la inmensa mayoría de los países del Tercer Mundo. China entró en la ONU, y en su Consejo de Seguridad, y fue reconocida como un gran factor internacional” (p. 35)
“Si de Brasil se dice que es un país rico en el que sólo se ven pobres, de China puede decirse que es un país pobre en el que se ven relativamente pocos pobres. (…) hasta ahora la cuestión rural en China está mejor que en la mayoría de los grandes países en desarrollo, pese a que sus condiciones objetivas, como hemos visto, sean más difíciles. Y no hay favelas, ni caóticas megalópolis de estilo indio. Este es el milagro” (p. 38)
“En China hay corrupción, pero también hay lucha contra ésta” (p. 61)
En relación a la nueva China capitalista Poch – de – Feliu comenta en la página 274: “Haz tu vida y si no te pasas, la autoridad no se meterá contigo. Podría ser el lema. ¿Tolerancia? No exactamente, porque esa manga ancha vale para todo: corrupción, libertades, drogas, puterío, afirmación de la diferencia sexual… Algunos autores hablan de “anomía moral”, de un espacio social, moralmente fofo, vacío de valores. La tolerancia china es ancha siempre que se cubran las apariencias, se observe la discreción y se evite el escándalo”
“Hay una idea muy arraigada de que los trapos sucios no se han de ventilar delante de los forasteros. Y hay otra idea de casta absolutista que no consiente el desafío al principio de autoridad” (p. 281)
“Un chino con complejo de inferioridad es un esclavo, un chino con complejo de superioridad es un tirano” (p. 338)
En lo referente a Corea del Norte dice el autor en la página 452:
“(…) para que todo esto cambie, es fundamental un ambiente político internacional sosegado, pero Estados Unidos utiliza una vieja receta, la misma fórmula de embargos y sanciones que en su día arrinconaron a China, Vietnam y Camboya y que hoy se mantiene contra Cuba. Esa política “inflama el nacionalismo, endurece las dictaduras y estimula el radicalismo”, dice Laurence Brahm, un conocido observador basado en Pekín. “Si en lugar de azuzar, Washington hubiera comerciado con China a partir de 1949, seguramente se habrían evitado el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural”, dice Brahm.
(…) “es fundamental que el régimen cambie de actitud, pero para ello necesita un ambiente internacional menos hostil” afirma la directora de Caritas responsable de Corea del Norte, Kathi Zellweger.”
p. 567,568, sobre el Tíbet
“(…) es el carácter ambiguo de esa ayuda occidental: ningún estado apoya la independencia del Tíbet, pero esa ayuda, las medallas y las recepciones al más alto nivel, sugieren lo contrario. El resultado es nefasto: da falsas expectativas a los tibetanos. Esperanzas en la intervención de un aliado que, en el fondo, no existe. En el otro lado, esa ayuda, con sus ecos de guerra fría, evoca dolorosos fantasmas de intervencionismo extranjero entre los chinos. Con la guerrilla del pasado ocurría lo mismo. El objetivo de la CIA no era la independencia de Tíbet, sino crearle problemas a China, pero los guerrilleros tibetanos, que murieron a millares, creían luchar por la independencia de Tíbet.
Ahora el apoyo de Estados Unidos lleva a muchos tibetanos a pensar que Washington sostiene el programa del Dalai Lama, lo que fomenta la oposición a China. Si se reconociera la realidad, es decir, que ningún gobierno cuestiona la integridad territorial de China y que nadie tiene la menor intención de ir más allá de las declaraciones y los gestos, el exilio tibetano quizá formularía un programa más realista”
En la p. 628 cita al sinólogo francés Jean Louis Rocca, al que conozco porque es el marido de una compañera de trabajo y en la 636 hace una reflexión bastante certera, a mi parecer, sobre el papel de los medios de comunicación occidentales en China:
“Entonces, ¿qué? ¿No se puede criticar a China? Al contrario, es necesario, pero para que la crítica sea honesta y radical, la única solución es que parta de presupuestos muy diferentes a los habituales, que son la presunción de inocencia, bondad y superioridad de nuestros propios sistemas. Una vez más: sólo desde la crítica de nuestro sistema se puede criticar al sistema chino. Sólo de esa manera se puede influir en China de manera efectiva. El sistema chino, que se reconoce como profundamente imperfecto y que declara la imperiosa necesidad de su reforma y mejora, difícilmente podrá mantener un diálogo creíble y sincero con cualquier sistema que se considere perfecto y definitivo, más aun cuando en el pasado reciente de tal sistema se encuentre un espantoso dominio, abuso y maltrato de China, que hoy prosigue en otras latitudes.”
Para terminar en el último capítulo (39) titulado “La metáfora de la mujer embarazada” concluye:
“La actualidad de China nos lleva a la metáfora de la mujer embarazada, una alegoría personal con algún fundamento objetivo y cierta sugerencia moral. Casi una parábola. Un país en desarrollo de la características de China o la India, con una población tan inmensa, una tradición civilizatoria tan importante, y un trace de cambio tan importante y complejo, tanto para el mundo como para quienes lo gobiernan, un país así es como una mujer embarazada. Su organismo social atraviesa un delicado proceso creador que precisa atenciones y cuidados especiales. La transición hacia una sociedad predominantemente urbana implica verdaderas “transformaciones hormonales” en la sociedad tradicional-agraria. Es un cambio de piel, de valores y pautas. Una tensión y un rompecabezas entre lo tradicional y sagrado, y lo nuevo e ineludible. Para la población implicada, es un viaje a lo desconocido, Para los políticos que intentan gobernar el proceso, un sinfín de riesgos y amenazas.
A un país en desarrollo y a una mujer embarazada no se las pueden pedir determinados rendimientos, cargas y actitudes. La idea es que cuando nos encontremos en el autobús a un país en desarrollo de esas características, nos levantemos para cederle el asiento. Ese gesto no puede confundirse con condescendencia paternalista, ingenuidad o discriminación (positiva) de género. Está claramente fundamentado por las leyes de la biología, por los valores universales, por la experiencia histórica y por la crisis global.
No hace mucho que en España éramos “país en desarrollo”, con dictadura, partido único, mayoría de población campesina y dominio de la lógica patriarcal sobre la idea de legalidad. Así que, recordando nuestro propio pasado, seguramente podríamos estar en una situación más favorables que otros en Europa y América del Norte, para hacer ese sencillo gesto de respeto y reconocimiento hacia la mujer embarazada” (pp. 647 – 648)
En fin, un libro imprescindible de lectura obligatoria para los que les interese el tema, entre tanto dogmatismo y verdades absolutas frente a ese peligro “amarillo” que tanto amenaza nuestra mediocridad occidental.
La actualidad de China: un mundo en crisis, una sociedad en gestación
Ed. Crítica, col. Memoria Crítica (Barcelona, 2009, 677 pgs)