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Carlos Pajuelo

Escuela de Padres

¿Se quiere a todos los hijos por igual?

 

Un padre pasea con tres niños. / Fernando Alvarado

Un padre pasea con tres niños. / Fernando Alvarado

Recuerdo cuando era pequeño lo que me angustiaba que me preguntaran ¿a quién quieres más a papá o a mamá?  Con el paso de los años recuerdo que una vez le pregunté a mi madre y ¿tú a quién quieres más de los hermanos? Mi madre salió airosa de esa pregunta trampa contestando “qué dedo me corto que no me duela”.

Es verdad, a los hijos  se les quiere mucho, muchísimo y para siempre. Es más verdad aún que cuando creemos que las criaturas están más perdidas parece como sí nos aumentara la capacidad de amar.  Sin embargo a los padres nos cuesta trabajo aceptar que, siendo verdad que los queremos mucho, lo que no está tan claro es que demostremos ese cariño de  la misma manera.

Vamos a hacer un pequeño test, nada  científico, sobre el tema, que inventé para mi amiga Paqui, cuando me dijo, “Carlos tú dirás lo que quieras pero yo quiero a todos mis hijos por igual”. De acuerdo le dije, vas a hacer este pequeño test que yo denominé  “el dedo que te cortas y no duele”, y que consta de un simple ejercicio de comparación de nuestros comportamientos con nuestros diferentes hijos.

1º.- Número de álbumes de fotos que tiene cada uno de tus hijos: Mi amiga Paqui tiene 3 hijos, el mayor va por el 9º álbum, la mediana tiene 5 y el pequeño sale en los álbumes de los hermanos.

2º.- Reacción ante la aparición de fiebre. El mayor cada vez que tuvo fiebre fue envuelto en su toquilla y corriendo para urgencias, al pequeño lo medica la madre con una tranquilidad, “un poquito de Dalsy y mañana estás estupendo”.

3º.- Esterilización de biberones: Con el mayor se esterilizaba después de cada toma. Con el pequeño metía los biberones en el friegaplatos y si el chupete caía al suelo, lo chupaba Paqui tranquilamente con la certeza de que la saliva de madre lo cura todo.

4º.- Comenzar a andar:  El mayor cuando comenzó a andar, además de tener protegidos todas las esquinas peligrosas contaba con el apoyo de un papá o mamá que detrás de él vigilaban cualquier tropezón. El pequeño aprendió a andar mientras su padre y su madre leían en el sofá y se decían , ¡déjalo! si es bueno que se caiga!!.

Bromas aparte, esto es sólo una pequeña muestra de que el modo en que nos comportamos con nuestros hijos no está directamente relacionado con el amor que les profesamos, sino que existen muchas variables que afectan a la manera en cómo nos comportarnos. Y os recuerdo que lo que nuestros hijos ven son nuestros comportamiento no nuestros sentimientos, por eso a veces nos atizan con lo de “claro, como mi hermano es tu preferido”.

         No deberíamos  confundir  cariño con predilección. La predilección es ni más ni menos que  la preferencia que se siente hacia un hijo  en comparación con otros y yo creo que la razón por la que los padres negamos esta predilección respecto a los hijos es porque nos da temor que esto pueda ser interpretado por los hijos, o por nosotros mismos,  como si los quisiéramos menos o de una manera diferente.

Nuestros hijos, a pesar de nuestro cariño, se comportan de forma diferente. De hecho, los padres solemos decir “¡cómo es posible que los mismos padres, la misma casa, la misma educación y los hijos sean tan diferentes!”

Pues porque, aunque seamos los mismos padres, las formas de relacionarnos con los hijos no son iguales. Muchos padres se han sentido y se sienten muy mal por el simple hecho de pensar, en un momento determinado, que tienen predilección por un hijo o por pensar de otro  “no lo aguanto”, por sentir que su hijo, ese del álbum de fotos, gordito, con esa cara tan simpática, ahora le hace la vida imposible.

Sentir predilección por un hijo no significa que se quiera más a un hijo que a otro. Simplemente significa que hay hijos que, en un momento dado y por circunstancias varias, nos hacen sentir mejor, o nos hacen sentir que nos necesitan más.

Los padres tenemos nuestro corazoncito y reaccionamos en una dirección ante los que nos hacen sentir bien y en dirección contraria ante los que nos hacen sentir mal. Aunque a veces, por extraño que parezca, hay padres que muestran mayor predilección ante los hijos “descarriados”. Reconocer nuestra tendencia a la predilección nos hará ser más ecuánimes, más objetivos.

Cuando los padres nos empeñamos en negar la existencia de la predilección solemos decir que cada hijo es diferente, y que necesitan algo diferente de nosotros y que por eso los tratamos de forma diferente. Probablemente estas frases lo que encierran es una manera de justificar nuestra predilección, y por lo tanto una manera de negarla.

¿Por qué no nos relajamos?  Los padres no somos jueces obligados a actuar con ecuanimidad ante los hijos. Los padres no somos perfectos, los padres somos guías, y el simple hecho de ser conscientes de nuestras predilecciones nos ayudará a ser más realistas con nuestros hijos.

Aun así, por justos y ecuánimes que creamos ser los padres, son nuestros hijos los que interpretan el cariño que les profesamos. Y la interpretación que ellos hagan, así como los sentimientos generados por esas interpretaciones pueden ser realmente importantes en sus vidas.

¿Y qué es más verdadero, lo que los padres sentimos o lo que los padres hacemos?  ¿Serán las predilecciones de los padres el origen de los celos y rivalidades entre hermanos? En el próximo post la respuesta.

Temas

álbum de fotos, amar, biberones, celos, conductas, demostrar, emociones, fiebre, hacer, predilección, preferencia, que dedo me corto que no me duela, querer, querer a todos los hijos por igual, rivalidad fraterna, sentir, temor

La tarea de ejercer de padres

Sobre el autor

Carlos Pajuelo Morán, psicólogo y padre de dos hijos, ejerce su tarea de Orientador en el Equipo Psicopedagógico de Atención Temprana de la Consejería de Educación y Empleo. Durante 21 años ha sido profesor asociado en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura. En este blog los padres y madres interesados por los temas de la educación encontrarán información fácil y accesible, basada en aportaciones de la psicología y la psicopedagogía, que les ayude a identificar las competencias y habilidades que como padres poseen y a utilizarlas de la manera más eficaz para poder seguir ejerciendo esta apasionante, aunque a veces ingrata, tarea de ser padres.

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