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Categoría: Adolescentes
Educar no es sufrir

Educar no es una enfermedad, es un compromiso.

Educar no es una enfermedad, es un compromiso con nuestros hijos. #orgullosodeserpadre #orgullosadesermadre

¿Por qué educamos a nuestros hijos? Sencillamente porque los queremos, porque nos importan y porque tenemos la responsabilidad de dotarles de herramientas que les permitan integrarse en nuestra sociedad.

No nos queda otra, hay que educar sí o sí.

Educar es fácil, lo que no es fácil ni sencillo es que tus hijos sigan al pie de la letra, y a la primera, tus instrucciones y esta es la causa de la desazón de muchos padres y madres: los hijos dan malas noches, los hijos desvelan, quitan el apetito, los hijos asustan, retan, rechazan, cuestionan e incomodan, los hijos malhumoran y nos hacen llorar de impotencia.

Pero, ¿esto ocurre porque no sabemos educar? Yo creo que no, que actualmente educamos más y mejor de lo que se dice por ahí (ya sabeís que educar a los hijos de los demás es una tarea muy sencilla). Esto ocurre fundamentalmente porque educar es un proceso que lleva su tiempo, sí, su tiempo, toma nota: más o menos 18 años, lo que dura la infancia y la adolescencia. Y cuando educamos, enseñamos y nuestros hijos aprenden y como buenos aprendices hay “tareas” que se les resisten y nos “suspenden” en recoger, en obedecer, en no contestar, en llegar a su hora, en no fumar, en no estudiar, etc., pero los hijos, esos mismos hijos, nos hacen sonreír, nos enorgullecen, nos sorprenden, nos hacen sentir buenos, nos calman, nos dan confianza, nos animan, nos aúpan y nos hacen llorar de alegría.

La tarea de ejercer de padres es nuestra ocupación todos y cada uno de los días del efímero calendario que enmarca la niñez y adolescencia de nuestros hijos.

¿Vivir es sufrir? No, claro que no, pero ¿se sufre viviendo?, pues claro que sí, mientras vivimos hacemos sufrir hasta a los que más queremos. Lo mismo pasa educando, porque educar es la vida misma, días buenos y malos días, pero con una diferencia al educar estamos ejerciendo la tarea de ser padres y madres, una tarea que solo podemos realizar los padres y no deberíamos sufrir por hacer lo que tenemos que hacer.

Mal nos va a ir si como padres y madres nos frustramos cada vez que nuestros hijos ponen resistencia a nuestras demandas mientras ejercemos la tarea de ser padres y madres. Para esta tarea no existen atajos, no hay manuales, ni blogs que te eviten el malestar que se produce educando hijos porque este malestar es inherente a la tarea de educar, pero junto a ese malestar tiene que existir la convicción, las ganas, la satisfacción, el compromiso de mostrar a nuestros hijos la forma,  maneras y modos en los que los padres nos posicionamos en nuestra vida ante los retos que se nos presentan. Educando somos teoría pero sobre todo somos el ejemplo, nuestros hijos ven nuestra manera de comportarnos, cómo actuamos, qué decimos y cómo lo decimos.

Los conflictos con hijos mientras los educamos son conflictos naturales, a veces muy duros pero naturales, así que igual nos ayudaría quejarnos un poco menos y ocuparnos más de continuar con nuestra tarea de educar. No olvides que mientras educamos les estamos enseñando a nuestros hijos no solo cuáles son nuestras creencias y valores, sino también qué imagen es la que tenemos de ellos. Tú eliges.

Si no estás orgulloso de ser padre, orgullosa de ser madre, si te vienes abajo, si tiras la toalla, si te pasas el día quejándote, frustrado ¿quién va a educar a tus “modorros”?

Madres y padres sufridores a escuchar “Solo se vive una vez” de Azúcar Moreno, te la escuchas al desayuno, la comida y la cena, y a educar, que el tiempo pasa rápido y no olvides que hacemos muchísimas cosas buenas educando a nuestros hijos pero en todos los caminos hay baches.

Educar no es una enfermedad. No vivas la educación de tus hijos como si fueran hemorroides “sufriéndolas en silencio”, busca ayuda, háblalo con tus amistades, familia, profesores. No estás solo.

¿Orgulloso de ser padre, orgullosa de ser madre? !Ánimo¡, porque tus hijos e hijas necesitan urgentemente padres y madres comprometidos con la tarea de educar. 

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Los hijos que decían que sus padres les “amargaban la vida” ( y otras frases lapidarias)

Los hijos tambien sueltan frases lapidarias mientras los educamos

Los hijos tambien sueltan frases lapidarias mientras los educamos.

 Toda madre y todo padre, que se precie como tal, debe de estar preparado para escuchar en la boca de sus hijos una serie de frases lapidarias, cargadas de emoción y dichas con tal contundencia y cierta carga de desprecio, dignas de Scarlett O´Hara, del tipo: “lo único que queréis es amargarme la vida”.

El problema no es que nuestros hijos e hijas lancen esas frases cual mamporro directos a la barbilla de sus progenitores, el problema es lo mal que le sientan a algunos padres y madres que sus retoños sean tan severos, dramáticos y contundentes a la hora de juzgar el comportamiento de sus padres como educadores. Los hijos te hacen sentir como si, padres y madres, nunca hiciéramos algo bien.

Repasemos algunas de estas frases lapidarias que escuchamos a nuestros hijos e hijas:

Los padres de mis amigos sí que son buenos padres”,  ¡pues claro que sí!. De hecho, en las casas de los amigos de tus hijos tú gozas de una reputación estupenda. Todos los hijos tienen la sensación de que el día que repartieron padres y madres les tocó lo que no quería nadie. Educar a los hijos de los demás es lo más sencillo porque para los hijos de los demás tenemos comprensión, calma y palabras llenas de confianza. A los nuestros tenemos que educarlos, o sea, tenemos que incomodarlos e incomodarnos.

“¡Qué ganas de irme de esta casa!”. Esto de largarse de los sitios en los que tenemos conflictos es muy antiguo. A nuestros hijos, mientras los estamos educando, los estamos sometiendo sistemáticamente a un conjunto de normas y límites: “Estudia hija; recoge hijo; come; eso no; a las 10 en casa; etc…”  y los hijos creen que, en cuanto se vayan de casa, van a poder vivir en un estado de libertad absoluta (¡qué ingenuos!). Cuando los hijos amenazan con irse de casa, tú recuérdales que estás encantado o encantada de vivir con ellos, y no se te ocurra decirles eso de ahí tienes la puerta. Y menos aún lo de ” y si te vas, aquí no vuelvas a entrar”.  No te pongas a ser más “flamenco” que tu hijo, pues te recuerdo,  que tú eres el que tiene que poner el cerebro en los conflictos con los hijos.

Sólo queréis amargarme la vida”. Esto te lo dice tu hija o tu hijo cuando le has impedido ir a un concierto nocturno de un grupo musical que, aparte de desconocido, tiene nombre de parte pudenda del organismo. ¿Qué quieres? ¿que te abrace y te diga: ¡olé mi madre y olé mi padre! que vigilan y cuidan por mi bienestar?. Educar nos obliga a limitar, poner coto, negar, prohibir… y es normal que los hijos lo sientan como una absurda postura de unos absurdos padres que sólo tienen el objetivo de fastidiarles. de hacerles sufrir. Cuando te digan esto, tú no te enfades, simplemente recuerda que están contrariados por las normas y límites que guían nuestra manera manera de educar. Pero esto es lo que hay.

“¡Pues no haberme tenido!”, le espetan algunos hijos a sus padres cuando estos les están haciendo ver las consecuencias de sus conductas, y a la que algunos padres, irritados responden, frases desafortunadas del tipo “¡desde luego, con lo tranquilo que estaba yo!”. Lo más sencillo en estos casos es decirles tranquilamente, de manera sencilla, “hijo, hija, pues yo te quiero”.

Te recuerdo que tus hijos están en construcción, así que no te pierdas en sus formas y céntrate en tu tarea de educar.

Los hijos son como las olas del mar: a veces apacibles y serenos, y otras veces originan tormentas de efectos devastadores. Los padres somos el faro que guía, y te recuerdo que los faros son más útiles y necesarios cuanto más grande es la tormenta.

 

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Educar para prevenir el abuso

Solo hay hombres y mujeres, mujeres y hombres. Iguales en derechos.

Solo hay hombres y mujeres, mujeres y hombres. Iguales en derechos.

Enseñamos a nuestras hijas desde que son pequeñas a que aprendan a protegerse de los comportamientos de abuso. Pero, ¿educamos a nuestros hijos varones para que no sean abusadores, cómplices de los abusos, espectadores pasivos?

Educa a tu hijo en algo tan sencillo como es que la especie humana está dividida en hombres y mujeres. Sólo hay hombres y mujeres. No hay maricones, ni putas, ni engendros; solo hay hombres y mujeres.

Enseña a tu hijo que las compañeras de su clase son mujeres. No se les dice ni guarras, ni calentonas, ni facilonas, tienen nombre, son iguales que tú. No permitas que las traten como si fueran “cosas”, “objetos de consumo”. Trabaja con ellos la empatía, tienes que hacerles ver que cuando denigra a una compañera o permite que otros lo hagan está haciéndoselo a todas las mujeres, así que dile cosas como: “¿te gustaría, hijo, que los que te rodean me insultaran, a mí, a tu madre, a tu hermana, a tu mejor amiga?, ¿cómo crees que se puede sentir una persona a la que llamas puta?, ¿cómo se sentirían sus padres si te escucharán?, ¿y sus amigos? .

Educa a tu hija a que se sienta fuerte, a que haga frente al abuso, a que lo denuncie. Haz que se sienta orgullosa de sí misma, de sus decisiones. Empodera a tu hija.

Enseña a tu hijo que a las mujeres se les respeta porque es la única manera de relacionarse entre seres humanos, respetándonos. Que la palabra NO significa que no. Y que cuando una persona no está en condiciones de manifestar su voluntad (porque haya bebido, por ejemplo) estás abusando de esa persona aunque no diga no.

Educa en la sexualidad afectiva, consentida y con sentido, equilibrada. Si no hay equilibrio en la relación entonces hay abuso. Y si abusas no eres un enfermo, eres un abusador, un desgraciado que destroza vidas de personas que, a pesar de el daño que les has hecho, pueden seguir intentado hacer su vida normal, aunque nadie más que ellas saben el daño con el que tienen que vivir.

No, yo nunca veo putas. Veo niñas, veo mujeres. Como mi madre y como la tuya, como mis hermanas y como las tuyas, como mis sobrinas y como las tuyas. Por eso me ofenden quienes llaman putas a las mujeres, quienes abusan de las mujeres, quienes las tratan como si no fueran seres humanos.

Madres y Padres, nuestra responsabilidad es trasmitir este mensaje a nuestros hijos e hijas con nuestro ejemplo cotidiano, como hombres y como mujeres, como padres y madres, como pareja. Pero también necesitamos que desde la escuela, desde los medios de comunicación, desde la política, desde la justicia, etc., todos pongamos nuestro granito de arena para dar un paso hacia adelante y así evitar la aparición de más  “manadas”.

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“Tu hijo es diferente”

todos los hijos , todos, tienen los mismos derechos.

Todos los hijos , todos, tienen los mismos derechos.

Eso les dicen, como un disparo a bocajarro, a algunas madres y padres cuando se refieren a sus hijos. Y por si el disparo en medio de la cabeza no hubiera hecho suficiente efecto, les añaden un tiro de gracia: “te lo digo por tu bien y por el de tu hijo”.

¿Hijos diferentes? ¿Qué significa eso? ¿Les estamos diciendo a padres y madres que sus hijos son de otra clase, que no tienen sitio en nuestra estupenda, plácida y homogénea sociedad? ¿Que molestan? ¿O quizás lo que les queremos es abrir los ojos a los padres y madres porque creemos que no “ven lo que tienen en casa”? ¿Estamos diciendo que la avería está en sus hijos y que, ante eso, no podemos hacer nada más que decir, “pobrecitos” y “pobrecitos padres lo que estarán pasando”? ¿Les estamos diciendo: buscad un sitio en donde los diferentes pasen desapercibidos entre otros diferentes?

El problema es aún más sangrante porque los que les dicen a unos padres y madres “Tu hijo es diferente” muchas veces son otros padres y madres.

Los padres y madres solo tienen hijos e hijas. Hijos e hijas que comparten las mismas necesidades (afecto, educación, salud, integración social). Sólo existen  los diferentes cuando los otros les negamos el acceso a los espacios comunes porque creemos que están mejor en espacios diferentes.

Inclusión es una palabra muy bonita, pero de nada sirve si lo que tienes es miedo a los “diferentes”.

La inclusión no busca la invisibilidad de los hijos diferentes, lo que busca es lo contrario: señalar que la diversidad es una característica de los seres humanos.

Inclusión es una palabra muy bonita pero supone realizar un esfuerzo, el esfuerzo de dedicar tus recursos y organizarlos para atender a la diversidad en cualquier espacio.

Los padres y madres de los hijos “diferentes” necesitan que los otros padres y madres piensen que los hijos de los demás son tan hijos como los suyos. Y por lo tanto, que tienen derecho a lo mismo que sus hijos. A eso lo llamamos empatía.

Los padres y madres solo tienen hijos. Seres humanos. Personas. No lo olvides, cuando hablas con sus padres estás hablando de su hijo.

Cuando alguien te diga que tu hijo es diferente, la mejor manera de contestar es decir: Sí, es verdad, pero tú también eres diferente, así que échame una mano para que mi hijo pueda disfrutar de los mismos derechos que disfrutas tú.

Algunos padres y madres lo único que necesitan es comprensión, esperanza, ánimo, ayuda para poder seguir educando a sus hijos.

Ser empáticos  no cuesta dinero.

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Adolescentes: Educar no siempre es negociar.

Educando adolescentes habrá conflictos que no es posible negociar. (Foto Abc.es)

Educando adolescentes habrá conflictos que no es posible negociar. (Foto Abc.es)

A menudo me encuentro con madres y padres que me transmiten su inquietud porque sus hijos adolescentes los están continuamente sometiendo a “negociaciones” que parecen, más que negociaciones, unos “chantajes” en toda regla. Y es que algunos llaman negociar a lo que otros llaman chantajear, y viceversa.

Hemos acostumbrado a nuestros hijos desde pequeños a situaciones como “me como una cucharada más, pero entonces puedo usar la Tablet 15 minutos”. Desde pequeños los entrenamos en que, para hacer algo, les tenemos que ofrecer una recompensa.

Cuando son pequeños, estos pequeños se pueden solucionar con una pequeña recompensa pero, conforme van creciendo, piden y piden y piden, y nunca les parece suficiente. Insaciables.

La verdad es que negociar con adolescentes es muy complicado. Es difícil porque padres e hijos tenemos diferentes objetivos a la hora de negociar.

¿Hay que negociar con los hijos? Pues lo de negociar está muy bien, suena genial, pero no siempre se puede negociar. Educar no es negociar. Educamos para que nuestros hijos aprendan a vivir, por lo tanto para que aprendan cómo se pueden alcanzar logros, pero también para que aprendan cómo tolerar la frustración de no alcanzarlos.

La negociación tiene sentido para que dos partes ganen. Pero cuando educamos a nuestros hijos los sometemos a unas normas, a asumir responsabilidades y a aceptar límites, y esto a los hijos no les parece una buena negociación. Pueden decir: “¿Qué gano yo llegando a casa a las 11 de la noche?; ¡Qué gano yo recogiendo mi cuarto?, ¿Qué gano yo responsabilizándome de mis estudios?

A los padres nos encantaría poder hablar tranquilamente con los hijos y que ellos nos entendieran perfectamente, que nos dijeran: “gracias mamá por preocuparte por mí y hacerme estar en casa a salvo a las 11 en vez de estar por ahí divirtiéndome peligrosamente con mis amigos”. Pues vas dado. Los hijos montan pollos cuando les proponemos límites, normas y responsabilidades.

Si tú lo que quieres es negociar para no tener problemas, lo tuyo no es negociación, lo tuyo es la búsqueda de un milagro. Porque negociando con adolescentes es muy fácil perder la calma. No, no se negocia para no tener problemas. Se negocia para esforzarse mutuamente en la búsqueda de la solución de un problema. Por eso hay cosas que no podemos negociar con los hijos.

Si, y además, hay hijos que se plantan y dicen que “no vengo a las 11”, “no me da la gana de estudiar”, “pues fumo y bebo”, etc. Ni negociando, ni sin negociar. Y esos son los que asustan y ¿qué hacemos con esos?. Pues te mentiría si te dijera que vas a encontrar la solución en el siguiente párrafo, pero te pregunto, ¿qué hace un padre o una madre? Educar ¿no?, pues sigue educando, sigue diciendo a las once, sigue diciendo hay que estudiar, sigue diciendo que no debe beber ni fumar,  con la tarea de educar. Educar es incomodar a veces a los hijos e incomodarnos los padres.

Pero hazlo con calma, seguridad y convicción en las normas y en los límites que propones . Esto es lo que necesitan los padres para educar hijos.

Negociar, pues claro que sí. Pero hay cosas que no se pueden negociar con los hijos cuando los estamos educando, es mucha responsabilidad esta de ejercer la tarea de ser padres y madres.

Ánimo, que crecen.

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Adolescentes enamorados, madres y padres preocupados.

Educar la mejor manera de combatir el miedo.

Educar la mejor manera de combatir el miedo.

El tema de adolescentes enamorados es un tema que preocupa mucho a madres y padres pero que por lo general ninguneamos en nuestras casas al grito de: ¡Qué sabrás tú qué es eso de estar enamorado, déjate de tonterías y estudia!

En un pasado artículo le daba a los padres una orientaciones sobre cómo actuar ante esta situación. Hoy me gustaría hablar respecto a cómo se enamora un adolescente y a la necesidad de educar para combatir nuestros temores.

Un adolescente se enamora igual que se enamora un jovencito o jovencita, un treintañero o treintañera, un madurito o madurita… con la conjugación de tres factores interdependientes entre sí:

1.- Con una importante excitación fisiológica, si me refiero a una importante activación. Y es que los mamíferos tenemos una tendencia biológica a la “coyunta” a través del despliegue de una serie de activadores (adrenalina, serotonina, y otras inas), que tienen como función poner en acción a nuestro organismo, activarlo a base de bien.

2.- Este desasosiego genera un desasosiego de ideas que tenemos que interpretar, tenemos que darle una explicación cognitiva a qué es lo que me pasa, por qué estoy tan activo, por qué duermo menos, por qué tengo menos apetito, etc. y claro las canciones, las películas, la literatura y sobre todo el grupo de iguales nos informan de que a lo mejor estamos “enamorados” porque los días son más bonitos,  porque no puedo dejar de pensar en esa persona, porque tengo mariposas en el estómago…

3.- Todo esto acompañado de un repertorio de comportamientos, que son los que de verdad asustan a los padres: nuestros adolescentes tienen urgencia de estar continuamente con su “cari”(en presencia real o presencia whatssapiana, así que ¡ojo con las fotos!), de decirse “te quiero”, de hacerse regalos para estar presentes en la vida del otro, de hacer revelaciones secretas, de hacer o solicitar demostraciones del tipo que sea para que vean que el amor es verdadero (ojo otra vez con las fotos y vídeos), de besarse, de seguir besándose, y no te asustes padre o madre, tienen ganas de iniciarse en nuevas experiencias relacionadas con el sexo.

¿Están enamorados o están “hormonorevolucionados”? Da igual, tú tienes que educar y no es suficiente con que le digas que son pequeños aún para preocuparse por este tema y des carpetazo.

Habla del desarrollo de la afectividad con tus hijos y eso te obligará a hablar de sexo con tus hijos e hijas, háblales para que tú puedas saber todo lo que ellos saben y les puedas reconducir en alguna idea errónea. Habla sin miedo, sin tapujos, sin vergüenza, informa a tus hijos e hijas, bien clarito, sin metáforas. Y no esperes que ellos y ellas estén encantados con esa conversación.

Habla de biología aplicada, no te quedes en lo de los óvulos y los espermatozoides y dile a tu hijo o hija, que en este camino de construirse como un adulto maduro tiene también posibilidades de tener experiencias negativas (eyaculador precoz, incapaz de tener erección, falta de disfrute, asco, etc.) y que si no saben interpretar correctamente estas experiencias pueden condicionar su futura vida sexual.

Hablad de educación afectivo-sexual porque el camino de la sexualidad, es un camino que hay que recorrer y que como padres tenemos la obligación de informar, de trasmitir valores y de poner límites.

La actividad sexual está cerca de tus hijos (ahora no se juega a las cerillas, ahora se juega al semáforo) y mirar para otro lado, pensando “¿mi hija?, pero si es una niña; ¿mi hijo?, si es muy inocente…” no les va a ayudar en su educación.

Tus hijos se hacen mayores. ¡Quién dijo miedo!

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Sobre el autor Carlos Pajuelo
Carlos Pajuelo Morán, psicólogo y padre de dos hijos, ejerce su tarea de Orientador en el Equipo Psicopedagógico de Atención Temprana de la Consejería de Educación y Empleo. Durante 21 años ha sido profesor asociado en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura. Miembro del Comité Científico y Vocal del Observatorio de la Familia y la Infacia de Extremadura. En este blog los padres y madres interesados por los temas de la educación encontrarán información fácil y accesible, basada en aportaciones de la psicología y la psicopedagogía, que les ayude a identificar las competencias y habilidades que como padres poseen y a utilizarlas de la manera más eficaz para poder seguir ejerciendo esta apasionante, aunque a veces ingrata, tarea de ser padres.

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