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Categoría: Sí, podemos
Adolescentes: Educar no siempre es negociar.

Educando adolescentes habrá conflictos que no es posible negociar. (Foto Abc.es)

Educando adolescentes habrá conflictos que no es posible negociar. (Foto Abc.es)

A menudo me encuentro con madres y padres que me transmiten su inquietud porque sus hijos adolescentes los están continuamente sometiendo a “negociaciones” que parecen, más que negociaciones, unos “chantajes” en toda regla. Y es que algunos llaman negociar a lo que otros llaman chantajear, y viceversa.

Hemos acostumbrado a nuestros hijos desde pequeños a situaciones como “me como una cucharada más, pero entonces puedo usar la Tablet 15 minutos”. Desde pequeños los entrenamos en que, para hacer algo, les tenemos que ofrecer una recompensa.

Cuando son pequeños, estos pequeños se pueden solucionar con una pequeña recompensa pero, conforme van creciendo, piden y piden y piden, y nunca les parece suficiente. Insaciables.

La verdad es que negociar con adolescentes es muy complicado. Es difícil porque padres e hijos tenemos diferentes objetivos a la hora de negociar.

¿Hay que negociar con los hijos? Pues lo de negociar está muy bien, suena genial, pero no siempre se puede negociar. Educar no es negociar. Educamos para que nuestros hijos aprendan a vivir, por lo tanto para que aprendan cómo se pueden alcanzar logros, pero también para que aprendan cómo tolerar la frustración de no alcanzarlos.

La negociación tiene sentido para que dos partes ganen. Pero cuando educamos a nuestros hijos los sometemos a unas normas, a asumir responsabilidades y a aceptar límites, y esto a los hijos no les parece una buena negociación. Pueden decir: “¿Qué gano yo llegando a casa a las 11 de la noche?; ¡Qué gano yo recogiendo mi cuarto?, ¿Qué gano yo responsabilizándome de mis estudios?

A los padres nos encantaría poder hablar tranquilamente con los hijos y que ellos nos entendieran perfectamente, que nos dijeran: “gracias mamá por preocuparte por mí y hacerme estar en casa a salvo a las 11 en vez de estar por ahí divirtiéndome peligrosamente con mis amigos”. Pues vas dado. Los hijos montan pollos cuando les proponemos límites, normas y responsabilidades.

Si tú lo que quieres es negociar para no tener problemas, lo tuyo no es negociación, lo tuyo es la búsqueda de un milagro. Porque negociando con adolescentes es muy fácil perder la calma. No, no se negocia para no tener problemas. Se negocia para esforzarse mutuamente en la búsqueda de la solución de un problema. Por eso hay cosas que no podemos negociar con los hijos.

Si, y además, hay hijos que se plantan y dicen que “no vengo a las 11”, “no me da la gana de estudiar”, “pues fumo y bebo”, etc. Ni negociando, ni sin negociar. Y esos son los que asustan y ¿qué hacemos con esos?. Pues te mentiría si te dijera que vas a encontrar la solución en el siguiente párrafo, pero te pregunto, ¿qué hace un padre o una madre? Educar ¿no?, pues sigue educando, sigue diciendo a las once, sigue diciendo hay que estudiar, sigue diciendo que no debe beber ni fumar,  con la tarea de educar. Educar es incomodar a veces a los hijos e incomodarnos los padres.

Pero hazlo con calma, seguridad y convicción en las normas y en los límites que propones . Esto es lo que necesitan los padres para educar hijos.

Negociar, pues claro que sí. Pero hay cosas que no se pueden negociar con los hijos cuando los estamos educando, es mucha responsabilidad esta de ejercer la tarea de ser padres y madres.

Ánimo, que crecen.

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Adolescentes enamorados, madres y padres preocupados.

Educar la mejor manera de combatir el miedo.

Educar la mejor manera de combatir el miedo.

El tema de adolescentes enamorados es un tema que preocupa mucho a madres y padres pero que por lo general ninguneamos en nuestras casas al grito de: ¡Qué sabrás tú qué es eso de estar enamorado, déjate de tonterías y estudia!

En un pasado artículo le daba a los padres una orientaciones sobre cómo actuar ante esta situación. Hoy me gustaría hablar respecto a cómo se enamora un adolescente y a la necesidad de educar para combatir nuestros temores.

Un adolescente se enamora igual que se enamora un jovencito o jovencita, un treintañero o treintañera, un madurito o madurita… con la conjugación de tres factores interdependientes entre sí:

1.- Con una importante excitación fisiológica, si me refiero a una importante activación. Y es que los mamíferos tenemos una tendencia biológica a la “coyunta” a través del despliegue de una serie de activadores (adrenalina, serotonina, y otras inas), que tienen como función poner en acción a nuestro organismo, activarlo a base de bien.

2.- Este desasosiego genera un desasosiego de ideas que tenemos que interpretar, tenemos que darle una explicación cognitiva a qué es lo que me pasa, por qué estoy tan activo, por qué duermo menos, por qué tengo menos apetito, etc. y claro las canciones, las películas, la literatura y sobre todo el grupo de iguales nos informan de que a lo mejor estamos “enamorados” porque los días son más bonitos,  porque no puedo dejar de pensar en esa persona, porque tengo mariposas en el estómago…

3.- Todo esto acompañado de un repertorio de comportamientos, que son los que de verdad asustan a los padres: nuestros adolescentes tienen urgencia de estar continuamente con su “cari”(en presencia real o presencia whatssapiana, así que ¡ojo con las fotos!), de decirse “te quiero”, de hacerse regalos para estar presentes en la vida del otro, de hacer revelaciones secretas, de hacer o solicitar demostraciones del tipo que sea para que vean que el amor es verdadero (ojo otra vez con las fotos y vídeos), de besarse, de seguir besándose, y no te asustes padre o madre, tienen ganas de iniciarse en nuevas experiencias relacionadas con el sexo.

¿Están enamorados o están “hormonorevolucionados”? Da igual, tú tienes que educar y no es suficiente con que le digas que son pequeños aún para preocuparse por este tema y des carpetazo.

Habla del desarrollo de la afectividad con tus hijos y eso te obligará a hablar de sexo con tus hijos e hijas, háblales para que tú puedas saber todo lo que ellos saben y les puedas reconducir en alguna idea errónea. Habla sin miedo, sin tapujos, sin vergüenza, informa a tus hijos e hijas, bien clarito, sin metáforas. Y no esperes que ellos y ellas estén encantados con esa conversación.

Habla de biología aplicada, no te quedes en lo de los óvulos y los espermatozoides y dile a tu hijo o hija, que en este camino de construirse como un adulto maduro tiene también posibilidades de tener experiencias negativas (eyaculador precoz, incapaz de tener erección, falta de disfrute, asco, etc.) y que si no saben interpretar correctamente estas experiencias pueden condicionar su futura vida sexual.

Hablad de educación afectivo-sexual porque el camino de la sexualidad, es un camino que hay que recorrer y que como padres tenemos la obligación de informar, de trasmitir valores y de poner límites.

La actividad sexual está cerca de tus hijos (ahora no se juega a las cerillas, ahora se juega al semáforo) y mirar para otro lado, pensando “¿mi hija?, pero si es una niña; ¿mi hijo?, si es muy inocente…” no les va a ayudar en su educación.

Tus hijos se hacen mayores. ¡Quién dijo miedo!

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Los padres que creían tener tesoros en vez de hijos

 

Los hijos no son un tesoro, el verdadero tesoro es educar a los hijos.

                      Los hijos no son un tesoro, el verdadero tesoro es educar a los hijos.

Mi tesoro, mi tesoro” con esa frase Gollum se trastorna, y bien trastornado, en la trilogía del Señor de los Anillos. No digo yo que los padres nos trastornemos con nuestros “tesoros” caseros, pero la verdad es que quizás, algunas veces, tanto brillo nos deslumbre y no nos deje ver con claridad que nuestros “príncipes” y “princesasno son más que niños y niñas, que, además de parecerse un montón a su padre y/o a su madre, lo que necesitan es educación. Educación porque, además, muchos de esos “príncipes y princesas” van a mutar en adolescentes “republicanos” y para esos días ya tienes que tener adelantada mucha tarea.

Ver a los hijos como niños y niñas en vez de verlos como tesoros nos permite verlos como son, con sus defectos y sus virtudes y esto es lo que más nos puede ayudar a la hora de educarlos, a la hora de establecer límites, a la hora de afrontar los momentos difíciles, a la hora de señalar lo que los padres consideramos tolerable y lo que es intolerable.

No seas injusto, ver a tu hijo como un tesoro lo que hace es que te quitas la responsabilidad de educar.Mi niño es un tesoro, un figura, un no veas lo que sabe, etc.” y cuando se haga adolescente, “¡ayyy, este niño ha cambiado!, ¡ay, se está perdiendo!, ¡ay, ha mutado de encanto a cactus con pinchos”. O sea, otra vez la culpa del niño.

Abre los ojos, educas a una persona, le estás dando a tu hijo o a tu hija herramientas para que se construya, para que aprenda a vivir en una sociedad en la que va a recibir múltiples influencias y la tuya es fundamental.

Si crees que tienes un tesoro vas a dejarlo huérfano, huérfano de guía, huérfanos de límites, huérfano de maneras de actuar.

Si crees que tienes un tesoro vas a hacerle creer que el mundo que le rodea es hostil cuando no vea su brillo.

Si tratas a tus hijos como si fueran tu tesoro solo vas a ver “piratas patapalo” al acecho de tu tesoro. Nadie será lo bastante bueno para tu tesoro.

Si crees que tienen un tesoro no querrás que sufra, le evitarás todo el sufrimiento posible, le vivirás su vida. Le engañarás. Y el día que tenga que enfrentarse al sufrimiento se vendrá abajo y tú detrás de él o de ella. Y ¿quién va a poner orden, tranquilidad, guía, etc. entonces?

Si crees que tienes un tesoro, te perderás la vida real de tu hijo o de tu hija y sufrirán porque ellos saben que no son unos tesoros y nada de lo que hagan podrá satisfacer las altas expectativas que tienen sus padres puestas en ellos.

Abre los ojos, tienes algo mucho mejor: eres padre, eres madre y ejercer esa tarea, educar, si que es un tesoro para tus hijos. 

El tesoro de educar.

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No se pega, se educa.

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Yo puedo entender el miedo, la desesperación, la rabia en unos padres y madres ante las conductas de sus hijos. De verdad que entiendo el descontrol de padres y madres y no me parecen unos monstruos, pero si creo que se equivocan. Y además las bofetadas que crees que desahogan luego originan culpabilidad, los padres y madres no se sienten bien despues de haber pegado a sus hijos.

No se pega.

¿Alguno de los lectores se atrevería a justificar pegar a una mujer? Pues pegar a un menor, a un niño o adolescente, por modorro que sea, tiene menor justificación aún. Los niños y adolescentes son personas en construcción y se equivocan y dan “castigo”, pero están aprendiendo.

No existen las bofetadas pedagógicas, no se enseña nada abofeteando a un hijo.  Todas las bofetadas que se dan a los hijos las dan padres y madres asustados, desbordados, frustrados, descontrolados y no existen las bofetadas a tiempo pues el tiempo de las bofetadas siempre tiene que ver con el tiempo del descontrol.   Descontrolados no se puede educar.

Lo vuelvo a repetir yo comprendo a esos padres y madres pero les digo: no se pega.

Yo escucho mucho decir eso de que “a mi de pequeño me pegaron mis padres y ni me traumatizó, ni les guardo rencor”, y yo siempre contesto, ¿tú le pegas a tu hijo? ,¿ le darías bofetadas para que comiera?, ¿para que se durmiera? ¿Por despertarse en mitad de la noche?, ¿por hacerse pis?, ¿por suspender?, ¿por contestarte mal?, ¿por desobedecer?, ¿Qué le enseñaría una bofetada?, ¿Que eres su padre?, ¿Que eres su madre?.

No creo que la solución sea condenar a padres y madres que pegan, creo que la solución es convencer que el descontrol se combate con control, con firmeza, con constancia. No, no se pega.

Educar, educar, remangarse y a educar.

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Padres: “Mi hijo va con malas compañías”.

Educar es la mejor manera de influir en nuestros hijos.

Educar es la mejor manera de influir en nuestros hijos.

¿Te has sorprendido alguna vez, mientras miras a tus hijos, preguntándote cómo se les puede querer tanto? ¿Has sentido una fuerza y valor que te desborda si hay que protegerlo? Y claro que lo vas a defender, no vas a permitir que nada ni nadie lo dañe, no vas a consentir que nada ni nadie ensombrezca su sonrisa, nada ni nadie.

Pero más temprano que tarde tu hijo, tu príncipe o princesa, tiene que abandonar su castillo de marfil para ir al mundo real, un mundo lleno de niños y niñas de todas las clases, de todos los colores, que piensan, sienten y actúan mientras nuestros hijos piensan, sienten y actúan.  Niños que influyen en tus hijos, porque eso es lo que va a ocurrir durante el resto de su vida que un montón de personas que viven alrededor de tus hijos les van a influir día a día.

Influyendo en tu hijo que es “tan bueno, tan confiado, tan cándido, tan sin malicia” y allí estamos padres y madres, atentos, asustados, seleccionando el trigo limpio, separando las malas hierbas, “este me gusta”, “este no me gusta”, temiendo que es precisamente, en ese que no me gusta, es en el que el modorro del niño o la niña se fija.

Sí, tu hijo va a convivir con niños, con compañeros, con personas. Todos le influirán, unos más que otros, pero todos influirán, “tus zapatillas son muy feas”, “no juegas conmigo”, “no sabes pintar”, “tu trenza es gorda”, “hueles a pollo”, y otras lindezas que los niños se sueltan a bocajarro. “Vamos a insultar a ese”, “no seas nenaza, fuma”, “si me quisieras de verdad me mandarías esa foto”, “bebe”, “tus padres te comen el coco”, etc, etc influidos de manera insidiosa, hoy dejo de ponerme esa camiseta, mañana no quiero llevar mi mochila, luego discuto tus ´normas y así poco a poco los amigos van ocupando un espacio en la vida de tus hijos que antes ocupabas tú.

Las malas compañías aterran a padres y madres, el miedo nos atenaza. El miedo nos lleva a creer que podemos limpiar las malas hierbas si lo apartamos de los que son así y también de los que son de esta manera. Nos podemos organizar en combativo grupo de padres bienpensantes que a golpe de grupo de whatsapp defiende el bienestar de sus hijos luchando por la expulsión a las malas hierbas, las malas influencias.  Fuera del colegio los aprendices de hijoputa, fuera los malos ejemplos, luego presos del miedo podemos expulsar a los raros y por qué no vamos también contra los que no estudian, los peligrosos repetidores, los malencarados, los que no tienen remedio. Dejamos de ser padres para ser inquisidores, dejamos que el miedo nos gobierne y dejamos de ver niños o adolescentes para ver malas personas.

Tu hijo va a tener malas compañías y hasta es posible que tu hijo pudiera ser mala influencia para el hijo de otros. No lo olvides. Por eso es tan importante EDUCAR.

Educa en vez de ser un inquisidor. Enseña a tu hijo a defender sus opiniones, sus elecciones, sus gustos, sus creencias.  Enséñale a decir no. Enséñale a confiar en sus elecciones, a recuperarse de sus equivocaciones.

Educa en vez de buscar la comodidad de apartar a tu hijo de las malas compañías. Todos influimos y todos somos influidos por los que nos rodean. Sé una buena influencia para tus hijos.

Educa para que tu hijo aprenda a convivir, a respetar y a ser respetado.

Te recuerdo que tu hijo crece al lado de otros niños, de otros menores. Es verdad que algunos de esos niños, menores, no tienen la suerte que ha tenido tu hijo de tener a alguien como tú, pero tienen padres y madres que sienten como tu sientes, ¿no les puedes echar una mano?

¿Quieres proteger a tus hijos de las malas influencias? Sigue educando, educa, educa y educa. Es nuestra tarea. Enseña a tu hijo maneras de actuar ante estos niños, busca ayuda con sus profesores, pero no olvidéis nunca que son menores, menores en construcción. Son menores, no malas hierbas.

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Nuevo curso: menos discursos y más consecuencias.

Menos discursos porque el camino escolar quién lo tiene que recorrer es tu hijo.

Menos discursos porque el camino escolar quién lo tiene que recorrer es tu hijo.

Comienza un nuevo curso y, por lo tanto, estamos en la semana de ofertas de discursos de inicio de curso, los hay de los buenos principios, la semana de la “oportunidad para cambiar”, la semana de volver a repetir a los niños: “con un poquito que te organices…”. Discursos y discursos, mitad ruego, mitad súplica. Discursos amenazadores, discursos proféticos.

En esta semana muchos padres y madres inaugurarán el curso como Dios manda, con un buen discurso a sus hijos. ¿Un discurso nuevo?. ¡Qué va!, el mismo de todos los años (como los discursos de los gobernantes en Navidades) Y seguramente con similares efectos.

Tu hijo necesita menos discursos y más consecuencias. No vale con lo de “Te lo dije, mira que te lo dije”. No es suficiente tampoco decirle: “mira, si te organizas y estudias un poco todas las tardes, vas a tener tiempo luego para tus actividades de ocio: si estudias un poco irás aprobando por parciales, y todo será más sencillo”, porque tu hijo te va a contestar “sí papá, sí mamá, a mí este año no me pilla el toro como el curso pasado”, y tú vas a mirar a tu cari como diciéndole “mira, el niño ha madurado, ha hecho clic”. Hasta que lleguen las notas, y el niño vuelva a su estado natural: “este es un inmaduro, un niñato, un modorro, etc.

1.- El camino del aprobado lo tiene que transitar tu hijo. Tú puedes guiar, aconsejar, supervisar, etc., etc. Pero, desde el inicio del curso, haz que tu hijo se responsabilice de sus tareas escolares, de sus estudios. Si tú asumes el mando, en verdad te digo que el niño hará las tareas, pero te vas a chupar unas cuantas horas al día poniéndote al borde de un ataque de nervios. Y al final te vas a ver preguntado en el grupo de whatsapp las tareas del niño. Otra vez, otro curso más, y la misma historia que en el anterior.

2.- Confía en el colegio. Confía en sus maestros y maestras. Y te recuerdo que a los maestros y maestras de tus hijos les pasa lo mismo que a los padres y madres, y a los hijos e hijas: nadie es perfecto. La escuela no es perfecta, las familias tampoco lo son. Pero nos necesitamos mutuamente, y más de lo que nos creemos.

3.- Confía en ti. El que tiene que cambiar eres tú como padre y como madre. Así que actúa. Dile a tu hijo, con claridad, lo que esperas de su comportamiento durante este curso, pero sé realista. No te pongas metas que te ilusionen a ti, sino aquellas que tu hijo sea capaz de alcanzar. Dile a tu hijo, igualmente con claridad, qué vas a hacer tú, y lo que vas a dejar de hacer si él no asume sus responsabilidades. Y cúmplelo. Hay que poner y cumplir las consecuencias que se han advertido.

4.- Estudiar (para niños y adolescentes) no es negociable. Déjalo bien claro, y muestra constante interés por la vida académica de tus hijos, pero procura no estar preguntándoles insistentemente: “¿no tienes nada que estudiar? Porque siempre tienen algo que estudiar. Es mejor que, desde el principio de curso, tu hijo te presente cuál va a ser su horario de estudios, y tú le puedas orientar para que sea un horario realista y asequible a su edad y curso. Así, en vez de decirles lo de “no tienes nada que estudiar, lo cambias por la siguiente frase: son las 5, y en tu horario dijiste q a las 5 estarías estudiando”. Sin más discusión ni gasto de saliva.

5.- El inicio de curso no es una oportunidad de cambio. Lo que es una oportunidad de cambio es que tus hijos vean que tú has cambiado, que tú no repites, año tras año, los mismos errores, que tú actúas, que tú estás confiado y seguro con lo que haces como madre o padre. Y que la frase “esto es lo que hay” no es una amenaza expresada a voces, sino una cotidiana realidad: todos nuestros actos tienen sus consecuencias.

Comienza un nuevo curso; una oportunidad más para que continuemos educando.

blogs.hoy.es/escuela-de-padres

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Sobre el autor Carlos Pajuelo
Carlos Pajuelo Morán, psicólogo y padre de dos hijos, ejerce su tarea de Orientador en el Equipo Psicopedagógico de Atención Temprana de la Consejería de Educación y Empleo. Durante 21 años ha sido profesor asociado en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura. Miembro del Comité Científico y Vocal del Observatorio de la Familia y la Infacia de Extremadura. En este blog los padres y madres interesados por los temas de la educación encontrarán información fácil y accesible, basada en aportaciones de la psicología y la psicopedagogía, que les ayude a identificar las competencias y habilidades que como padres poseen y a utilizarlas de la manera más eficaz para poder seguir ejerciendo esta apasionante, aunque a veces ingrata, tarea de ser padres.

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