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Compartir tareas en casa también es educar
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carlospajuelo | 18-01-2013 | 07:39| 0
Mujer agotada rodeada de pilas de platos pendientes de lavar. / Jesús Ferrero

Mujer agotada rodeada de pilas de platos pendientes de lavar. / Jesús Ferrero

Nada más acordarme de mi amiga Paqui, con la que había hablado unos 15 días antes sobre qué hacer para ayudar a su hija pequeña que vomitaba todas las mañanas, de lunes a viernes, justo en el momento de salir de casa dirección al colegio, cogí el teléfono y la llamé para interesarme por cómo iba la niña.

“¿Paqui? Hola, soy Carlos, ¿cómo estás?”. Hizo un ruido gutural de esos que hacemos a veces para contestar que más o menos bien. Entonces le pregunté: ¿Tomamos un café  y hablamos de tu niña?”

Ella me contestó: “¿Un café?, ¿que nos tomemos un café? ¡qué gracioso eres!. Cómo se nota que tus hijos  ya son mayores. Mira Carlos, desde que llegué a casa a las tres y cinco, justo un momento antes de que Tomás llegara después de recoger a los niños del comedor del colegio, me he puesto a ultimar nuestra comida, a recoger los abrigos de los niños, que sabes tú les encanta hacer lo mismo que su padre: dejarlos sobre la silla en la entrada, y yo les digo que lo recojan, y ellos me dicen que ahora, pero ya sabes tú lo que significa ese ‘ahora’. Así que venga a recoger abrigos. Pues lo que te iba diciendo, recoger sus abrigos, y pensar que el mayor esta tarde va a catequesis. Le doy un grito, ¡¡¡Tomás!!! Y contesta el padre: ¡¡¡qué!!! Y yo, “a ti no es”. Y más fuerte, ¡¡¡Tomás!!! y el padre otra vez más fuerte “que quéee” y yo más fuerte: “que a ti no eees”. Claro, hasta que no voy al salón el niño no contesta. Y le digo: “Tomás tú no te cambies de ropa que esta tarde tienes catequesis y tú Antonio ponte el kimono. Y tú, Rocío, deja de hurgarte la nariz y lavaos los dientes. Y mientras su padre pone la mesa, el mayor va y se cambia tres veces, y el mediano está parado en medio del pasillo, como un pasmarote, “¿Qué haces?”, le pregunto. “Es que no sé dónde está el kimono”, me contesta. “Está en su sitio”, le digo. “¿Y cuál es su sitio?”, ¡el de todos los días!, le grito. Carlos si es que las madres parecemos el mago Juan Tamarit, haciendo con nuestra sola presencia que los calcetines, los kimonos, los lápices…aparezcan en su sitio. A Rocío la ha vestido su padre con una falda de cuadros por abajo y camisa de flores por arriba. Y yo: ¡¡¡Tomás!!! ¡Que la niña parece la Duquesa de Alba!. Y por fin, nos ponemos a comer tranquilos Tomás, Ana Blanco y yo. Mientras comemos llega el mayor enfadado porque el mediano le ha dicho “caraculo”, y yo le digo: “hazte el sordo”, y él: “no, no me hago el sordo, le voy a pegar”, y yo: “ni se te ocurra”. Tomás padre sigue comiendo tan tranquilo, ensimismado con Ana Blanco. Y la pequeña que viene  y me dice: “mamá ¿y mi coletero?” ¡Madre mía!, ¡que se está perpetrando un peinado ella sola!. “Mamá”, me dice, “me voy a hacer dos coletas”. Pero yo sólo veo una y cerca de la frente. Y yo: “que te esperes, que ahora te peino”. Y entonces se pone a llorar y yo: “que no llores por eso” y ella sigue llorando y el mediano también viene llorando porque el mayor le ha dicho gili y lo que sigue y yo: “Tomás, haz algo”, y Tomás que está pendiente de Ana Blanco, sin mirar a los niños, les suelta “castigados sin ver la tele. Y el mediano dice “¿yo?, ¿por qué?, ¡qué injusticia!” .Y termino de comer, de recoger la cocina, y me siento en el sofá diez minutos, Carlos, diez minutos para descansar un ratito y ¿qué te crees?, que en el mejor sueñecito me llaman los de Jazztel, ¡la madre que los parió! y nada más colgar los de Jazztel me llama mi suegra, ¡la madre que parió a mi marido! y me dice con voz baja ¿no estarías dormida no? Y yo: Tomás ¡¡¡¡tu madre!!!!. Y antes de que la yugular me explote, voy y cojo a los niños. Venga que nos vamos y hasta que no doy un grito los niños no acuden y entonces se pelean, se pelean por salir el primero, se pelean por darle al botón del ascensor, se pelean por quién se monta delante. Y cuando vas a montarte en el coche ves que te has dejado las llaves en casa y sube para casa y como no vas a dejar a los niños solos en el garaje porque mi vecina me dijo un día: “Paqui hija hay que tener cuidado en el garaje porque puede venir algún depravado de esos que los raptan”, así que venga los niños para arriba y otra vez pelea por entrar primero, pelea por darle al botón, llanto porque el coletero que intentaba sostener el proyecto de coleta ha salido disparado, y la coleta que se había perpetrado, lógicamente, se acaba de convertir en el caracol de Estrellita Castro y, cuando vuelves a subir, Tomás va y te dice: “tranquilízate Cari, ¿quieres que te ayude? A ver, ¿qué hago?”. Y yo me acuerdo de Jazztel y de su madre, y le digo sabes que no me gusta que me digas que me ayudas, esta casa es TU casa. Anda pon la lavadora y, cuando termine, tiende”. Coges las llaves del coche, bajas al garaje, pelea por entrar, pelea por botón, pelea por salir y pensando por Dios que Tomás tienda bien porque Tomás tiende sin un orden lógico. ¡Claro, como él no plancha! Y cuando te montas en el coche haces el último repaso: el de la catequesis va bien, el del judo va con las botas de futbolista, va mal, pero hoy va a ir así. Y la de la coleta sigue retorciéndose los cuatro pelos intentado sujetarlos con un kiki, y sin dejarse ayudar, la miro y me dice: “Yo sola”. Todos, por fin, metidos en el coche y, a las cinco, Carlos a las cinco, están las calles llenas de coches, de coches llenos de niños que van con sus kimonos, que te empiezas a preguntar cuántas medallas de oro en judo hemos ganado en las olimpiadas para que tantos niños practiquen el judo, o lo que es peor, cuántos niños pánfilos como el mío van a judo a ver si espabilan, y más coches llenos de niños que van al conservatorio o a danza, y coches llenos de niños que van al logopeda porque no saben decir frigorífico, y de niños que van a clases particulares de todo, y de niños que van al dentista, y de padres que parecen cabreados, desfogándose con la bocina del coche. Y dejas a uno, y dejas al otro, y mientras esperas a que terminen te vas al Mercadona y allí recorro los pasillos a lo Fernando Alonso intentando dar respuesta al interrogante de mi vida: ¿y mañana qué comemos?. Carlos, y cuando recojo al de la catequesis me llega con tres invitaciones de cumpleaños para el próximo sábado, y el del judo con una nota porque van a hacer una demostración en un pueblo a 40 kilómetros, justo a la hora que me llaman los de Jazztel y la pequeña con un cabreo porque la coleta no se queda en su sitio y yo con unas ganas de entrar en una papelería, y pegársela con tesafilm. Y llego a casa y mientras su padre les pone la merienda me asomo al tendedero y, ¡Santa Madre del Amor Hermoso!, me encuentro un panorama desolador: un pantalón tendido por la pernera, una camisa por el cuello… ¡¡¡Tomás!!!! ¡has tendido la ropa que estaba en la lavadora!. Y Tomás ¡¡¡no ves que siiii !!!. Tomás, pero no te has dado cuenta que antes de tender hay que poner la lavadora en marcha!!!! Y claro Carlos, para que pediré yo nada, si tardo menos en hacerlo yo sola. Si es que ya me lo dijo mi madre que un hombre que escurre los spontex con una sola mano no está llamado para las tareas domésticas. ¿Un café Carlos?, ¿un café?, tú crees que yo tengo tiempo para un café?”

Y yo, anonadado, le contesté: No. Un café no. “Mejor nos tomamos una tila

P.D.- Lo que nuestros hijos ven, nuestros hijos hacen.

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Enseñar a obedecer aprendiendo a dar órdenes
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carlospajuelo | 14-01-2013 | 10:22| 0

 

 

Ayer estando esperando a que un semáforo se pusiera en verde, me abordó  una señora y me dijo: “he visto que estás escribiendo un blog en el Hoy digital” yo asentí con la cabeza y sin pausa me espetó:  “pues a ver si escribes algo para hacer que los niños obedezcan de una puñetera vez”. Y me lo lanzó a la cara así como si yo fuera un  San  Judas Tadeo pero por lo civil, mientras se saltaba el semáforo en rojo.

Allí me quedé yo, esperando obedientemente a que la lucecita verde  me dijera que podía seguir,  pensando en lo complicado que es para algunos niños y adolescentes ser obedientes, pensando en lo complicado que es para los padres enseñar a ser obedientes.  La obediencia, al igual que otros muchos aprendizajes necesarios para la vida, requiere su tiempo.

Es una realidad que una de las situaciones que más conflictos genera en el ámbito familiar y que a los padres nos causa más malestar, ejerciendo la tarea de ser padres, es  la desobediencia de nuestros hijos. Nos asusta que  se ponga en tela de juicio nuestra competencia como padres, nuestra autoridad.

No existen las varitas mágicas en educación, ni recetas infalibles (por eso en mi blog el apartado recetas está vacío).  Todos los padres que estamos preocupados por el tema de la desobediencia de los hijos hemos leído libros y artículos donde nos dicen qué hacer para educar a niños obedientes. Pero, al final, todos terminamos diciendo eso de a la una, a las dos y a laaaaaaaas tres.

Enseñar a obedecer y aprender a obedecer no es tarea sencilla, tiene su enjundia y no porque requiera de complejos  conocimientos ni  de complicadas técnicas. De hecho algunos hijos lo aprenden rápidamente pero otros no. Fijaos  que la propia definición de obedecer dice “cumplir la voluntad de quién manda” por lo tanto el hijo que obedece debe de someter su voluntad ante sus padres y este cumplimiento  puede ser o bien  por convicción, porque creemos que eso que se pide es justo, razonable, beneficioso socialmente, etc.,  o puede ser por temor, temor a un castigo, temor a perder afectos, temor a ser excluido, etc.

La obediencia está muy ligada al  concepto que los padres tenemos de autoridad, pero no es verdad que la autoridad de los padres se mida únicamente por la rapidez con la que los hijos obedecen.  La autoridad de los padres se mide fundamentalmente por la firmeza de nuestras convicciones a la hora de educar, por la seguridad que nos da saber el rumbo hacia dónde vamos. Para saber ejercer la autoridad eficazmente hay que saber mandar. Y para saber mandar hay que saber obedecer.    

Enseñar a obedecer es complejo porque nuestros hijos tienen su personalidad, su forma de ser  y cuando uno está forjando su personalidad tiene mucha curiosidad por saber cuáles son sus límites y una buena forma de establecerlos es desafiando, echando pulsos, una manera de decir aquí estoy yo.

Enseñar a obedecer es complejo porque vivimos en una sociedad hedonista, una sociedad que prima “el estar bien” y creemos que estar bien es no tener problemas. Nuestros hijos son desobedientes porque han aprendido, muchas veces con nuestra colaboración, a no desarrollar la capacidad para tolerar aquello que les resulta incómodo de hacer. Pero para eso estamos los padres para educar. Y cuando se educa hay que enseñar a obedecer, eso es irrenunciable. Y hay que hacerlo porque obedecer es un comportamiento que  nos enseña de manera progresiva  a escuchar a los demás, a entender a los demás, a  tener en cuenta a los demás, a ser menos egocéntricos, en fin, obedecer  es una conducta  que nos facilita la integración social. 

Enseñando desde que son bien pequeñitos a ser obedientes podrán, conforme van creciendo, desarrollar sus propias convicciones, sus propias opiniones, asumiendo valores que les guiarán su rumbo  en esta sociedad.  Y no hay mejor rebeldía que aquella que nace de la defensa de esas convicciones, creencias y valores.

Enseñar a obedecer no es enseñar a que los niños respondan rápidamente a aquello que les solicitamos, enseñar a obedecer es hacerles ver que el mundo en el que vivimos está regulado por normas y  que el incumplimiento de esas normas conlleva consecuencias. Para poder obedecer hace falta por lo tanto que haya normas establecidas, claras, razonables y adecuadas a las diferentes edades. Y también hace falta que nuestros hijos sepan de antemano cuales son las consecuencias de cumplir las normas o de incumplirlas. Y que tenga la certeza de que siempre que se  incumplan las normas  va a tener que afrontar las consecuencias.

En estos tiempos de la rapidez, de la inmediatez, en los que podemos llegar en horas a cualquier parte del mundo,  compartir información nada más generarse la noticia, hacer la compra desde casa en un instante,  estamos contagiados por las prisas cuando educamos por eso es normal que queramos que nuestros hijos  obedezcan a la primera.

Cada vez que les decimos a nuestros hijos para que obedezcan eso  de “¡Niño! a la  una;  ¡niño! a las dos,  ¡ea! a laaaaaas tres”,  les estamos ofreciendo la oportunidad de obedecer en tres segundos pero también  la de desobedecer desde el número tres hasta el infinito. El calendario que se utiliza para educar es de años de 365 días,  días de 24 horas y horas de 60 minutos.  Aprovechemos todo este tiempo que tenemos para educar.  

            Ánimo y a seguir con la tarea, y no lo olvidéis, para que los hijos obedezcan  hay que saber dar órdenes y los padres que saben dar órdenes  son los que saben lo complejo  que es aprender a obedecer. 

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¿Estudiar con los hijos o ayudar a que los hijos estudien?
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carlospajuelo | 09-01-2013 | 11:59| 0

 

Unas niñas haciendo sus deberes escolares.

Unas niñas haciendo sus deberes escolares.

Ahora que el curso vuelve a reiniciarse,  ahora que los lunes vuelven a ser lunes y las vacaciones de navidad pasan a ser las pasadas navidades, ahora  que el bullicio de las vacaciones deja paso a  la rutina de lo cotidiano, me estoy acordando de los padres que mientras recogen los adornos navideños, dejan escapar algún que otro suspiro  seguido de un “¿qué te pasa?”, “¿que qué me pasa?,  que mañana tenemos que estudiar el relieve de interior”

Es curioso ver como en estos últimos años entre los temas de conversación que tenemos entre los padres abundan los contenidos curriculares,  los estudios de nuestros hijos. Así se puede escuchar a algunos disertando sobre las diferencias entre páramos, vegas y campiñas, esos padres son los que tienen a los hijos en 5º de Primaria.

Y si la conversación versa sobre la amplitud del ángulo resultante de dividir la circunferencia en 360 partes iguales, podrás escuchar a una madre, ufana, apostillar, “tú a lo que te refieres es a  los grados sexagesimales”, esa es madre de una de 2º de la ESO, y si los ves muy ansiosos y hablando de Pericles, los Sofistas y Platón, sin duda esos son padres de los de 2º Bachillerato.

Está demostrado que la implicación, el interés y la actitud de los padres ante los estudios de sus hijos influyen positivamente en la conducta de los hijos frente a los estudios.

            Implicación y actitud no deben de confundirse con padres haciendo de profesores particulares de sus hijos.

El dilema que se nos presenta a los padres es el siguiente: ¿Estudiar con los hijos o ayudar a que los hijos estudien?

El tema de los estudios es una de las mayores preocupaciones que muchos padres tienen en estas edades, quizás porque el éxito académico de los hijos es un buen antídoto para calmar los temores por el futuro, y  por otra parte porque también creemos, erróneamente, que las notas van asociadas a la idea, al sentimiento, de ser buenos padres.

Es como si las notas trimestrales realmente no evaluaran el trabajo realizado por nuestros hijos, sino nuestra pericia como educadores. Sea por lo que fuere el caso es que en muchas de nuestras casas se preparan “tardes toledanas” a costa de los páramos, los grados sexagesimales y Pericles, los Sofistas y Platón.

Estudiar es un hábito, como lavarse los dientes después de comer o hacer la cama antes de irse al colegio. Un hábito no se adquiere de la noche a la mañana, requiere práctica y más práctica. Además, los hábitos están influidos por las características peculiares de la persona que lo realiza.

El papel de los padres es el de inculcar ese hábito, el de señalar que es el momento de realizar ese hábito, el de facilitar que se pueda realizar y el de reforzar su ejecución.

Y dejar claras también cuales son las consecuencias que tienen para nuestros hijos la práctica, o no, de dichos hábitos. Consecuencias que necesariamente tienen que ser de aquí y ahora y no esas vaguedades del futuro: “vas a ser un desgraciado”, “un fracasado”, un “don nadie” que, por lo general, asustan más a quién lo dice que al que lo escucha.

¿Cuál es nuestro objetivo como padres?, ¿que nuestros hijos sean autónomos en el estudio o que aprueben el próximo examen?  Si queremos que sean autónomos tendremos que dar los pasos para que nuestros hijos se responsabilicen de que estudiar es una tarea que les compete, fundamentalmente, a ellos.

Si por el contrario lo que queremos es que aprueben el examen cercano, pues entonces tendremos que ponernos a estudiar con ellos.

Hay muchos padres que han acostumbrado a sus hijos a que estudien en su compañía, de tal manera que son los hijos los que dicen eso de “mamá, venga a estudiar”, y los padres nos quedamos con unas ganas de decirles eso de “que me dejes”.  Pero allí estamos, sentaditos a su lado, leyendo la lección, explicándola, desmenuzándola , y de esta manera puede que nuestros hijos aprueben, o no,  pero no aprenden a estudiar. Aprenden a que les resumamos las ideas más importantes, aprenden a que les busquemos la información relevante, aprenden a aprobar,  pero también les enseñamos  que ellos solos no pueden, les enseñamos a ser dependientes, a sentirse un tanto incapaces.

Estudiar con los hijos también genera en numerosas ocasiones un montón de conflictos, “atiende”, “no te enteras”, “así no”, y la oportunidad de pasar unas tardes “de los nervios” inolvidables. Pero por otro lado nos permite en las conversaciones con vecinos, amigos y familiares, decir eso de “el fin de semana que viene igual nos vamos al páramo”. El saber no ocupa lugar.

Y muy relacionado con los estudios están las  notas, al final siempre vendrán las notas, y a veces nuestros hijos, que son mucho más que las notas que obtienen,  y que se han esforzado o no,  y que han estudiado o no, nos enseñan sus notas. Sus notas aprobadas, o notableadas y nosotros vamos y les soltamos eso de “está bien, PERO TU ERES DE SOBRESALIENTE”. ¡¡¡Toma ya!!!. Y nosotros como padres ¿somos de sobresaliente?.

 

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Carta de los padres a los Reyes Magos
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carlospajuelo | 05-01-2013 | 08:29| 0

 

Los padres también escriben a los Reyes Magos.

Los padres también escriben a los Reyes Magos.

Hoy no voy a hablaros de juguetes educativos, ni de compras excesivas, ni de qué es lo que debemos regalar a los niños. Voy a escribir una carta a los Reyes Magos  con la lista de lo que pido para nosotros  los padres y las madres, para los padres entregados, los asustados, los confiados y los inseguros, los abatidos y los luchadores, los que abandonaron y los que bregan.

Queridos Reyes Magos:

Los padres sabemos que somos manifiestamente mejorables, eso quiere decir que no siempre tenemos la palabra precisa ni actuamos de la manera más correcta, pero nuestras intenciones siempre son buenas y nuestras obras se basan en esas intenciones, por eso creo que somos merecedores de regalarnos:

-Un saco de Paciencia, que no es pasividad, para no olvidar que nuestros hijos necesitan tiempo para “madurar”  y  que mientras “maduran” es posible que cometan  equivocaciones.  Paciencia para poder educar sin prisas, porque el paso del  tiempo no educa, educamos los padres.

 

-Un  escudo para Controlar los miedos.  El miedo es uno de los mayores enemigos de los padres.   Nuestro natural  instinto de protección puede ser desbordado por los miedos, y entonces corremos el peligro de educar para no estar asustados encerrando a nuestros hijos en una burbuja,  en vez de educar para que nuestros hijos aprendan a enfrentarse a las situaciones de peligro que puedan presentarse.

 

Un mecano de Ilusión. La ilusión es necesaria para vivir y la ilusión se educa, se transmite, pero la ilusión no se circunscribe al ratoncito Pérez, a los Reyes Magos o en ir a Euro Disney. La ilusión se construye día a día, se contagia, se comparte. Nuestros hijos deben ver  ilusión en las cosas que hacemos los padres, en  las sencillas y cotidianas ilusiones como son los eventos familiares, salir con los amigos, ver juntos una película, hacer unas tortitas para merendar, jugar al parchís, ir a trabajar, volver a casa, etc.,

-Caramelos de optimismo. El optimismo es un valor necesario para educar. Unos padres optimistas son unos padres que saben que el mundo en el que vivimos  no es el mejor de los mundos posibles pero se esfuerzan en ocuparse para hacerlo un lugar mejor para ellos y para sus hijos.

Pañuelos de papel. Educar conlleva también momentos amargos. El sufrimiento es algo natural en la vida de los seres humanos y los que más nos hacen sufrir son aquellos a los que más queremos.  El sufrimiento es inevitable y, sin embargo,  los padres a veces hacemos esfuerzos para que nuestros hijos no se enfrenten al sufrimiento. Y educar es también enseñar a nuestros hijos a afrontar los reveses con los que la vida nos sorprende.

 

-Un camión-cisterna cargado de Sentido del humor, eso que dicen de aprender a reírse de uno mismo, y es que a veces los padres parecemos monologuistas  del “club de la Comedia” ¿no es para reírse cuando decimos eso  de  “te crees que mi cartera es el Banco de España”? o la de  “Una esclava, eso es lo que soy”, sin embargo, mi favorita es  la de “ten cuidado no te vayan a echar algo en la Coca-Cola”, etc.  Sentido del humor para mirar con otros ojos la tarea de ser padres.

 

-El disfraz de Fuerza y Constancia. Educar dura lo que dura una vida.  Y mientras educamos hay momentos muy buenos, buenos, momentos regulares, momentos malos y momentos que te dejan cicatrices para toda la vida. Para los momentos buenos no hace falta nada  ni nadie, pero para los malos y malísimos nos hace falta fuerza y constancia. A esa fuerza  se le llama resiliencia  (capacidad para hacer frente a las adversidades).

 

Y ya puesto,  podía pedir que nos tocara la Lotería del Niño o el Euromillón, pero el dinero sólo sirve para comprar cosas y EDUCAR NO TIENE PRECIO.

 

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¿Papá, puedo salir?, Pregúntaselo a tu madre. (Una historia de polis buenos y polis malos)
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carlospajuelo | 02-01-2013 | 17:21| 0

Marina es una niña de 5 años, espabilada, vivaz, de ojos grandes y muy curiosa por lo que ocurre a su alrededor, inquieta, o como diría su abuela, un rabo de lagartija.  Estaba yo una mañana en su clase, había ido para observar a un compañero, y todos los niños permanecían sentados en el suelo, en torno a su maestra que les preguntaba qué era lo mejor de sus padres… los niños comenzaron a responder: ”que nos quieren”, “que nos cuidan”, “que nos compran cosas”… y Marina dijo, con una rotundidad aplastante: “lo mejor de los padres es que son dos”. Su maestra acostumbrada a las respuestas sorpresivas que dan los niños en Educación Infantil, le preguntó ¿y por qué lo mejor es que sean dos?. Marina, contestó con rotundidad, “porque si uno te quita la televisión, el otro te puede dejar verla”. En ese momento, miré a la niña y  pensé, pobres padres…

 

Esos padres que probablemente se suscribieron a la revista “Ser Padres Hoy” nada más enterarse de la feliz noticia de que estaban embarazados, que se juraron una y mil veces, al estilo “lo que el viento se llevó” que no iban a cometer los fallos que otros padres cometen, y, sobre todo,  que iban a educar a su Marina como si fueran una sóla persona.

Todos los manuales de educación destacan como un principio básico el de que ambos progenitores deben de ir siempre en la misma dirección.  La mayoría de padres también suscribirían esta afirmación. Sin embargo la realidad cotidiana nos dice que Marina tiene razón, que las parejas solemos discrepar mientras educamos a nuestros hijos, aun sabiendo que esto no es bueno ni para los hijos ni para nosotros mismos.

Y es que es difícil, muy difícil, estar en completa y continua sintonía con la pareja. La razón es simple: Los padres somos diferentes. Diferentes  personalidades,  diferentes  gustos, diferentes  modos de hacer las cosas. Padres impulsivos conviviendo con padres reflexivos, padres  agobiados con padres tranquilos, padres ocupados con padres preocupados.  Nuestras parejas suelen ser, en muchos aspectos, diferentes a nosotros.

Nuestra forma de ser, nuestra forma de pensar, de sentir,  influye directamente en la forma de educar, en el modelo de padres que somos.  Cada padre cree que lo que él piensa y  siente, cuando educa,  es lo correcto. Y nuestros hijos tienen una gran facilidad para descubrir estas discrepancias y son capaces de determinar qué cosas pedir a quién, cuándo y dónde. Así se da origen a una de las situaciones que más conflictos crean en las familias: sentirnos desautorizados o cuestionados por nuestra pareja por decisiones referentes a la educación de nuestros hijos. Y, lo que es peor, en algunos casos con nuestros hijos de testigos.

         Los padres a veces parecemos un par de policías de esos de películas de serie B, uno el poli malo y otro el poli bueno. Y nos cambiamos de papel según el día que tengamos. Así que, a veces, cuando vemos a nuestra pareja reñir a nuestros hijos, empezamos a pensar, qué exagerado, se está pasando, y qué maneras, qué voces…, y, curiosamente, cuando somos nosotros los que estamos regañando a los hijos, es nuestra pareja la que piensa lo mismito. ¿Les suena esta película?,  la versión más retorcida es cuando el poli bueno, haciéndose el ofendido, amenaza con un…”cuando venga el poli malo os vais a enterar”.

Cuestionar y desautorizar a nuestra pareja conlleva un peligroso juego de poder entre los padres que puede terminar con la inhibición del progenitor cuestionado.

No es fácil que los padres actuemos al unísono, no es fácil que dos personas que son diferentes,  actúen de la misma manera. Por eso los padres tenemos que hacer un esfuerzo  ya que sólo reconociendo mutuamente  nuestras diferencias, y aceptándolas, podremos conseguir acercarnos a un modelo de educación compartido. Los padres no tenemos que ser idénticos al educar, tenemos que ser lo que somos, dos personas diferentes que tienen un objetivo común: educar a nuestros hijos.

Hay padres que intentan entre los dos ser un equipo unificado, donde el respeto de las opiniones mutuas y la toma de decisiones conjuntas es el camino utilizado. A veces, se toman decisiones que nuestra pareja no comparte y viceversa. Ese es el momento en el que es más necesario hablar tranquilamente y tras exponer nuestros puntos de vista, tomar una decisión. Y si consideramos que hay que revocar la decisión que se tomó, no pasa nada, se le hace saber a nuestros hijos. Y a aguantar el temporal.

Hay padres que delegan en su pareja la toma de decisiones. Si tú delegas en tu pareja entonces tienes que apoyar todas las decisiones  que tome, ¿no crees.?

Marina se enriquece con las diferentes formas de ser de sus padres, lo único que necesita saber es que, aun siendo tan diferentes, transmiten los mismos mensajes.

Y conforme van creciendo nuestros hijos iremos dándonos cuenta de lo verdadero del proverbio africano, para educar a un niño hace falta toda la tribu, pero de esto hablaremos otro día.

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el tiempo de las bofetadas a tiempo
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carlospajuelo | 29-12-2012 | 09:29| 0

Hace ya unos años, cuando Carrefour se llamaba Pryca, estando realizando alguna compra,  me sobresaltó los gritos infantiles que procedían de un pasillo más allá del que yo me encontraba. La curiosidad me llevó a, con falso disimulo, a acercarme y ver el siguiente espectáculo, un niño de unos 4 años sentado sobre una cortadora de césped a modo de cochecito, una madre de los nervios, un vendedor más apurado aún, y como 5 o 6 espectadores, todos tan curiosos como yo. Al niño que estaba sentado sobre la cortadora de césped, le salían fluidos por todos los orificio visibles, y entre gemido y gemido gritaba  “El coche es mío”, la madre, “Venga que nos tenemos que ir” acercaba su mano para coger al niño y cuando éste notaba que su madre le intentaba coger, lanzaba un alarido con su consiguiente “el coche es mío”. El dependiente,  “Si, es tuyo, luego te lo llevo yo a casa. Ahora ve con mamá”. El niño, cada vez que le hablaban, más alto chillaba lo del coche mío.  La cosa se iba calentando y a mí alrededor empecé a escuchar murmullos, in crescendo, del  tipo… “menuda bofetada tiene el niño”, “anda que si fuera mío”,  “ y la madre el papo que tiene”. Y que verdad es que para los hijos de los demás hay que ver lo resueltos y seguros que nos mostramos a la hora de educar. No sé cómo terminó la historia, yo me fui antes de que alguien dijera ¿tu no eres psicólogo?… pues venga!!!

reloj

            Muchas veces me han preguntado por las bofetadas a tiempo, hay muchas personas que creen en su valor educativo y consideran que muchos de los males que “asolan” a las familias hoy en día son debidos a la falta de una buena bofetada a tiempo.

El tiempo de las bofetadas surge en unos momentos y en unos espacios muy concretos, el de los conflictos, que como repetiré muchas veces, son situaciones normales en las que nos vemos inmersos padres e hijos mientras educamos. Y surgen porque llega un momento en el que creemos que ya no sabemos qué hacer o decir para que obedezcan, para que no falten al respeto, para que se callen, para que dejen de gritar, para que no nos miren con cara de perdonarnos la vida. El tiempo de las bofetadas surge cuando los padres estamos más asustados y perdidos.  Ninguna bofetada se nos escapa educando mientras permanecemos  confiados, tranquilos, seguros y  convencidos de lo que hacemos.

Nuestros hijos necesitan normas y límites, y son esas normas y esos límites, presentes de forma sistemática, los que tienen que darnos seguridad a los padres. En esto reside nuestra fortaleza durante el tiempo de la educación, durante los conflictos, en que tenemos unos objetivos, una meta hacia la que nos dirigimos. ¡¡¡¡Estamos educando!!!! Y educamos con nuestras conductas, nuestras actitudes y con nuestras palabras.

Normas y límites son imprescindibles para educar, y se proponen y se defienden con la convicción que da  la razón y se mantienen por el cariño que sentimos por nuestros hijos. Las normas y los límites no necesitan apoyarse ni en la  fuerza ni en el miedo.

Yo me acuso que algunas, pocas,  bofetadas se me han escapado, y  tengo la certeza de que  todas ellas las di a destiempo, que ninguna llegó en el momento preciso, que en todas ellas estaba irritado. Entiendo muy bien que se escapen bofetadas, y entiendo la desesperación que a veces los padres sentimos ante el comportamiento de nuestros hijos.

Pero ¿no creéis que cuando nuestros hijos están más perdidos, más desafiantes, más descontrolados es el momento en el que necesitan a unos padres más firmes, más seguros, más controlados?

Para intentar que no se nos escapen las bofetadas debemos estar convencidos del valor de las normas y limites que hemos establecido, ser constantes, persistentes en la observancia de esas normas y límites. Aplicar, las consecuencias por no seguir esas normas y valorar la tarea de educar. Valorarnos como educadores.

Yo cuando algún padre, a pesar de otros argumentos, me insiste en las “bondades” de la bofetada a tiempo le digo, “tienes razón”. Y a continuación le digo, oye imagina que vas en tu coche, sólo, o con tu familia, con tus hijos y sobrepasas el límite de velocidad, vas a 70 kms/hora  por una carretera con límite de velocidad a 50. Y un poco más adelante te para la Guardia Civil de Tráfico y el agente te dice “Señor, esto me duele a mí más que a usted, lo hago por su bien, usted me lo agradecerá en el futuro”… y te diera dos bofetadas.

Yo prefiero la multa y la pérdida de puntos. Para mi y para mis hijos. ¿y tu?

Felíz Año Nuevo, os deseo salud, mucha salud, trabajo y mucho ánimo para seguir con la tarea de educar. Podemos.

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Ser padres o ¿Ejercer de padres?
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carlospajuelo | 24-12-2012 | 10:50| 0

Es habitual que en reuniones en las que padres y madres hablan  sobre sus hijos alguien en algún momento lance esa especie de mantra:  “Qué difícil es educar a los hijos”. Y a partir de ahí… que si “no tienen manual de instrucciones”, que si “nadie te enseña a ser padre”, que “cuando son chicos tienes que estar todo el día pendiente, y cuando son grandes los problemas crecen”, que “la sociedad cada día está peor”; también se escucha el consabido “antes era más fácil”, y la estrella es ” una buena bofetada a tiempo“.  Otros que “si es que no puedo con él” para terminar con un esperanzado, pero pasivo, “a ver si pasa el tiempo y madura un poco…”.

No sé si estaréis de acuerdo conmigo en lo siguiente: existe una clara diferencia entre  cuando “somos padres” de cuando “ejercemos como padres”

Ser  padres consiste en esperar que, como eres el padre, los hijos son  los que tienen que hacer el esfuerzo para ir aceptando  todo aquello que les  inculca en el ambiente familiar; en cambio, ejercer de padres supone aceptar el reto de que la educación de nuestros hijos requiere en muchos momentos de nuestra vida un esfuerzo constante, una brega, una lucha… en la que el protagonismo la tenemos los padres.

Personalmente creo que Educar consiste en mostrar a nuestros hijos cómo nuestras creencias, nuestras ideas, nuestros valores,  nuestras maneras de sentir, nos llevan a comportarnos de la manera en que lo hacemos. Y lo hacemos con el deseo que esto les ayudará a aprender comportamientos para integrarse en el mundo en el que estamos viviendo.

Los padres cuando educamos somos, por tanto, guías y, además, queramos o no queramos, y en todo momento, también somos modelos, modelos a imitar o modelos a criticar.

Nuestros hijos necesitan guías claras de comportamiento, necesitan ser guidados y para ello es imprescindible establecer unas reglas y unos límites en sus  comportamientos.

Igualmente necesitan tener claridad en lo que es tolerable y claridad en lo que no lo e,s y eso debemos proporcionárselo nosotros como padres y madres que ejercemos esa tarea. Esto no lo pone en duda nadie. Desde esta óptica, no es que educar sea difícil, lo difícil es que todos nuestros hijos acepten a rajatabla y a la primera, los modelos y las guías de conducta que configuran nuestro arsenal educativo.

Cuando los padres ponemos límites pueden pasar  dos cosas:

–  Que los hijos, más o menos convencidos, los acepten y los cumplan. Con lo cual nosotros entonces creemos que esto de educar “funciona” y que, además, nuestros hijos son unos estupendos hijos.

–  Que los hijos los cuestionen, o directamente, los incumplan. Con lo cual nosotros creemos que esto de educar es difícil, y que hay que ver los hijos lo rebeldes que son, que carácter han heredado (por lo general de la parte contraria) , y que algo estamos haciendo mal.

            Los padres, cuando ejercemos de padres, solemos estar más preocupados por los resultados que ocupados en  mantenernos firmes, seguros, constantes y confiados en  lo que como padres estamos haciendo.

Los padres, cuando ejercemos de padres, educamos,  sabemos por qué hacemos lo que hacemos, y debemos de considerar como una consecuencia lógica, que algunos de nuestros hijos se resistan a seguir nuestras guías.

Educar no sólo es una mera propuesta de intenciones,  es una manera de actuar, una manera de relacionarnos con nuestros hijos, de comunicarnos con ellos. Y en todos los procesos de interacción y comunicación surgen conflictos.

Y con los hijos se tienen conflictos, inevitables conflictos, numerosos conflictos, diversos conflictos. Los conflictos hay que entenderlos como algo natural, algo que forma parte de las relaciones con nuestros hijos. Y sobre todo, son una estupenda oportunidad de enseñar a nuestros hijos maneras eficaces de afrontarlos.

Nuestros hijos son y serán, en gran medida, lo que ellos decidan ser. Nosotros, como padres, con mucho amor, con normas y con límites, con confianza, y con mucha paciencia, les enseñamos todo aquello que creemos que les ayudará. Eso es ejercer de padre. Eso es lo que está en nuestras manos.  Y eso es lo que tenemos que preguntarnos… ¿Soy padre? y ¿Ejerzo de padre?, ¿qué modelo de padre?.

Hay una preciosa poesía de Kavaffis, que se llama Ithaca, que bien puede ser una metáfora de lo que supone educar, un viaje, donde el objetivo no es llegar pronto a la meta sino disfrutar del camino.

Pues a seguir con la tarea… y ¡¡¡Feliz Navidad!!!

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Sí, podemos ser buenos padres
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administrador | 21-12-2012 | 10:44| 0
Los padres son siempre mejores de lo que ellos piensan.

Los padres son siempre mejores de lo que ellos piensan.

Esta mañana ha sido la última vez que me ha abordado una madre “desesperada” y, conteniéndose las lágrimas, ha ido relatándome con amargura, con temor, con un poco de desesperación, el comportamiento de su hija: “Mi hija es muy linda, es muy buena pero con nosotros se muestra extremadamente rebelde, retadora, insatisfecha, nos culpabiliza por todo, lo malo, que le ocurre.” Y, con mayor amargura, me hablaba de su “impotencia por no saber qué hacer para ayudar a su hija”.

Esta madre podría ser cualquiera de las mujeres y hombres con las que nos cruzamos a diario por la calle, en el trabajo, entre nuestras amistades, en nuestra propia familia. Una madre y un padre que podría ser cualquiera de nosotros: personas trabajadoras, personas apreciadas por quienes les conocen, personas válidas, experimentadas, con defectos y virtudes.

La mayoría son padres que, educando a algunos hijos, están atemorizados por sus pensamientos, atemorizados por la convivencia cotidiana, atemorizados por la incertidumbre del futuro. Están, estamos, atemorizados por los que más queremos, nuestros hijos.

Este blog, Escuela de Padres, no pretende ser un manual para no tener durante la compleja tarea de educar. Este blog pretende, modestamente, ser una herramienta para hacer que los padres y madres que se asomen a esta ventana se planteen los siguientes objetivos:

– Que reflexionen y piensen, sobre cómo están educando, no para ver en qué están fallando sino, para ver, fundamentalmente, todas las cosas que se hacen bien. Desde lo bueno podremos controlar lo menos bueno.

Que se sientan competentes ejerciendo su tarea de padres. Los padres cuando tenemos algún problema con nuestros hijos solemos plantearnos “¿qué estoy haciendo mal?” y consideramos que el comportamiento de nuestro hijo es por “culpa” nuestra.

Se pasa muy mal cuando uno cree que no sabe comportarse como un padre o una madre eficiente. (Y para colmo, todos tenemos algún familiar, o vecina o amiga que nos lo recuerda constantemente).

Que actúen, sin temor, como padres y madres. El miedo paraliza y nuestros hijos nos necesitan, constantemente, cada día. Los días buenos pero también los días malos.

Yo no soy un gurú, yo no soy la supernanny, ni el hermano mayor, ni el encantador de modorros, yo, todo lo que sé lo he aprendido, en la práctica, de las madres y padres con los que he trabajado en éstos últimos 30 años y de lo que mi mujer y mis hijos me han ido enseñando, y en la teoría, de los conocimientos que he ido adquiriendo en todos estos años de estudio.

Por eso, tengo estas certezas que quiero compartir con todos vosotros:

Sí, podemos. Podemos afrontar las dificultades, los sinsabores, que la tarea de educar a veces nos presenta, estando más ocupados en lo que hacemos cada día que preocupados por el futuro incierto.

Sí, podemos. Podemos sentirnos bien por lo que hacemos por nuestros hijos, porque no hay mejor regalo que querer, que enseñar, que educar.

Sí, podemos. Podemos hacer cosas diferentes a las que hacemos al educar si deseamos obtener resultados diferentes a los que obtenemos.

Sí, podemos. Podemos sentirnos satisfechos, sin ser perfectos, de ser un modelo para nuestros hijos. Un padre, una madre.

Sí, podemos. Podemos disfrutar de la vida presente, aunque los “modorros”, independientemente de su edad, estén en su salsa, y no estar deseando continuamente que pase el tiempo.

Sí, podemos. Podemos comprender el comportamiento de nuestros hijos sin que eso signifique la aprobación de sus actos.

Sí, podemos. Podemos apoyarnos en nuestra pareja, en nuestra familia, en nuestras amistades, en profesionales, porque a la hora de educar nunca sobran dos manos de más.

Nuestros hijos van a ser personas adultas la mayor parte de su vida, su infancia y su adolescencia es pasajera, fugaz. Así que hay que aprovechar cada uno de los días que se nos presentan como una oportunidad para educar. Cuanto antes empecemos mejor. Y no olvidar que la educación es una siembra que se cosecha con el paso del tiempo.

Yo tengo plena confianza en que todos nosotros, padres y madres, podemos mejorar.

Hoy para empezar os propongo una tarea sencilla, di “te quiero” a tus hijos, a tu pareja, a tus padres, díselo a la cara, y si no por teléfono y no esperes nada a cambio. Hoy queremos gratis.

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Sobre el autor Carlos Pajuelo
Carlos Pajuelo Morán, psicólogo y padre de dos hijos, ejerce su tarea de Orientador en el Equipo Psicopedagógico de Atención Temprana de la Consejería de Educación y Empleo. Durante 21 años ha sido profesor asociado en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura. Miembro del Comité Científico y Vocal del Observatorio de la Familia y la Infacia de Extremadura. En este blog los padres y madres interesados por los temas de la educación encontrarán información fácil y accesible, basada en aportaciones de la psicología y la psicopedagogía, que les ayude a identificar las competencias y habilidades que como padres poseen y a utilizarlas de la manera más eficaz para poder seguir ejerciendo esta apasionante, aunque a veces ingrata, tarea de ser padres.

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