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Cómo potenciar la autoestima en nuestros hijos
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carlospajuelo | 01-03-2013 | 12:25| 0
Dos niños felices flotando en una piscina. / Dimitry Naumov

Dos niños felices flotando en una piscina. / Dimitry Naumov

Juan es un amigo,  una bellísima persona, tan bueno que de jovencito le llamabamos Juan XXIII. El otro día mientras tomabamos una caña me dijo: “mira Carlos yo, desde que era pequeñito, recuerdo a mi familia, a mis vecinos, a mis maestras  diciendo, qué bueno es Juanito, qué niño más bueno, y, a la vez que decían eso, escuchaba decirles respecto a mi hermano José, “y Joselito ¡qué guaaaaapo!“.

“Así que yo he sido bueno, porque eso era lo que la gente esperaba de mí”-, continuó. “Mira hasta qué punto me influía lo que me decían que una Semana Santa, cuando éramos adolescentes, el Jueves Santo estrenábamos ropa, así que unos días antes abríamos las huchas.  Joselito se compró un Lacoste rojo que causó furor, “¡que guaaaapo Josselito!”,  así el Joselito cada día estaba más guapo. Yo, sin embargo, entregué todo el dinero a los pobres, “qué bueno el Juanito!“, así yo cada día más bueno. Y te digo una cosa Carlos, yo lo que quería de verdad era ser guapo!“.

La autoestima es un juicio de valor, una autoevaluación, es la respuesta a la pregunta ¿me gusta como soy?  Dependiendo de la respuesta que nos damos, nos sentimos más o menos competentes para hacer frente a las demandas de la vida.

Pero os recuerdo que la autoestima no es un producto terminado, la autoestima es una construcción que necesita de tiempo y de experiencias, y los padres jugamos un papel importante en esa construcción, no sólo porque podemos favorecer el desarrollo de una autoestima positiva en nuestros hijos, sino porque también por nuestra manera de educar vamos a ir desarrollando una autoestima como padres. ¿Puedo ayudar a mis hijos a desarrollar una buena autoestima si yo como padre o madre no la tengo?

Desde que nacemos y a lo largo de nuestra vida vamos generando el autoconcepto, que es la imagen que tenemos a cerca de nosotros mismos, y que se va configurando a través de los pensamientos, sentimientos y experiencias que sobre nosotros mismos vamos recopilando durante nuestra vida.

Nuestros hijos configuran el autoconcepto en la medida que van recibiendo información del exterior (en los primeros años fundamentalmente de padres y madres)  respecto a qué hacen, sobre cómo lo hacen, sobre el impacto que sus conductas tienen en nosotros y sobre nuestras expectativas respecto a ellos.

Así, por lo que nos dicen los demás es que nos creemos listos o torpes, que nos sentimos simpáticos o antipáticos, trabajadores o vagos,  útiles o inútiles, capaces o incapaces, etc.  A lo largo de la vida vamos definiendo lo que creemos que somos, vamos estableciendo nuestra identidad y, junto a nuestra identidad, vamos decidiendo si nos gusta o no nos gusta lo que somos.

La autoestima, en los primeros años de vida de nuestros hijos, está muy condicionada a la información que nuestros hijos reciben de nosotros. A la información que les llega a través de nuestras conductas, nuestras actitudes y sobre todo de nuestras palabras. El poder de las palabras que construyen frente al poder de las palabras que destruyen.

Conchita, una abuela estupenda, le dice a su hija Alicia: “si quieres que tu hija sea una antipática, dile todos los dias lo antipática que es”.

Nuestros hijos, pequeños y adolescentes, son personas en formación. No están “terminados” de hacer, están aprendiendo y, como buenos aprendices, se equivocan. Y todo este proceso de educación va acompañado de palabras que son los ladrillos con los que los hijos van configurando su autoconcepto: “bien hecho”, “formidable”, “Sé que puedes hacerlo”, “estoy orgulloso de ti”, “me gusta cómo lo haces”, “eso es una buena idea”, “inténtalo”, “inténtalo de otra manera”, “te quiero”, “ es una suerte quererte”, “no tienes ni idea”, “eres un vago”, “vas a ser un desgraciado”, “desagradecido”, “qué decepción”, “no me esperaba esto de ti”, “eso que dices es una estupidez”, etc.

A los hijos no hay que mentirles, no hay que decirles que son los mejores, los más altos y los más guapos, hay padres que creen que la autoestima es hacer a sus hijos “engreídos”. Es más sencillo,  es hacerles ver que, cuando las cosas les salen bien, nos alegramos y les animamos a que perseveren y que, cuando les salen mal, les alentamos para que vuelvan a intentarlo, les demostramos que tenemos confianza en que pueden lograrlo.

Para que nuestros hijos desarrollen autoestima necesitan unos padres que confíen en ellos, porque si no confiamos en ellos ¿cómo van a ser capaces ellos de confiar en sus posibilidades?

Mediante las palabras, aprendemos a valorarnos y a desvalorizarnos;  mediante las palabras valoramos o desvalorizamos a nuestros hijos.

Cuida las palabras que utilizas a la hora de educar porque las verdades como puños dan puñetazos.

No olvidemos que el que nos valoren positivamente  es una buena manera de sentirnos bien ,y  que nos desvaloricen es un lastre, un importante lastre, que hace que no disfrutemos de lo que hacemos, de lo que tenemos, de lo que somos.

En próximos posts iremos hablando de más herramientas para favorecer el desarrollo de la autoestima, como son la aceptación incondicional,  la manera de valorar a los hijos y a nosotros mismos, el esfuerzo,  la autonomía y  cómo enseñar a tener éxito y cómo aprender a tolerar el fracaso.

Queridos lectores, si estáis leyendo esto os deseo que os contagiéis por el  “Síndrome  L’Oreal”:  ¡Porque tú lo vales!.  Y si tú lo vales ¿no lo va a valer tu hijo?

                ¡¡¡A la tarea!!!

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¿Cómo motivar a los hijos?
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carlospajuelo | 21-02-2013 | 17:06| 0
Niños en una guardería. / Bernardo Corral

Niños en una guardería. / Bernardo Corral

Luisa y Andrés son los padres de Álvaro, un chico de 13 años. Me comentan que, desde hace unos pocos cursos, vienen notando que su hijo presenta un desinterés, una apatía, un desanimo que comenzó relacionado con las tareas escolares, pero que ha ido extendiendose paulatinamente a  otras actividades de la vida diaria de tal manera que presenta una actitud “pasota” frente a casi todo.

Cuando vemos a nuestros hijos apáticos, desanimados, faltos de interés, nos preguntamos ¿cómo se puede motivar a los hijos?

El concepto motivación hace referencia a las razones personales que guían nuestras actividades hacia la consecución de una meta. La motivación, por lo tanto, surge del interior de las personas, es tarea de nuestros hijos que la desarrollen.

Si los padres pudiéramos motivar a nuestros hijos, todas las mañanas  al levantarse les daríamos una arenga del tipo: “¿Quién va a aprender hoy todo lo que le enseñen?” “¿quién va a disfrutar de todo lo que le enseñen?”, “¿quién va a recoger su cuarto?

Y nuestros hijos respondiendo en voz a alta cada una de estas preguntas “¡¡¡Yo, papá, yo mamá!!!” y así, nuestros hijos no verían la hora de ir al colegio o al instituto, contentos y felices porque van a aprender las cordilleras ¡A que no! A que va a ser que vamos a necesitar algo más. Si los padres pudiéramos motivar a nuestros hijos no estaríamos leyendo este post.

Los estudios que se han realizado para determinar de qué depende que los hijos o los padres nos esforcemos por aprender, o lo que es lo mismo, de qué depende que nos sintamos motivados por aprender, por hacer cosas nuevas, han constatado que la motivación está en relación con una serie de factores que, a su vez, están relacionados entre sí:

El primero es determinar qué es lo que hay que hacer/aprender. Has visto que cuando tus hijos quieren aprender algo, por ejemplo a montar en bici, les resulta mucho más fácil, ponen más empeño y se sienten más satisfechos que si somos los padres los que nos empeñamos en enseñarles a que aprendan a montar en bici.

En la vida real padres y profesorado les decimos a los hijos lo que tienen que aprender, qué es lo que tienen que hacer y, quizás los padres y los profesores, deberíamos intentar que nuestros hijos hicieran suyos esos aprendizajes, y no que los entendieran como algo que no va con ellos.

En segundo lugar, establecer qué consecuencias tiene conseguir o no conseguir hacer o aprender algo. Para motivarnos es necesario también poder establecer las consecuencias que nos puede acarrear aprender o no determinadas cosas.

Los hijos, cuando son pequeños y adolescentes, tienen dificultad para establecer estas consecuencias mientras que los padres tenemos excesiva facilidad para anticipar consecuencias negativas de las conductas de nuestros hijos.

En tercer lugar, reconocer cuánto me va a costar hacerlo / aprenderlo. Esforzarse en conseguir hacer o aprender algo tiene su coste, su fatiga, tiempo que hay que dedicarle, dificultades que surgen durante el proceso, cosas a las que hay que renunciar o dejarlas para otra ocasión. Ignorar las dificultades es lo que hace que se dejen muchas cosas nada más comenzar a hacerlas.

En cuarto lugar, reconocer mis expectativas y mis capacidades: ¿Podré hacerlo / aprenderlo? La motivación, además de necesitar que uno sepa qué es lo que tiene que hacer, de saber las consecuencias positivas que le puede acarrear ,y del esfuerzo que se debe hacer, para alcanzarlo está mediatizada por las expectativas: ¿podré yo alcanzar esas metas?, ¿tendré capacidad?, ¿tendré habilidades?

De nada sirve tener interés por  aprender algo, por hacer algo, si yo creo que no podré nunca aprenderlo ni hacerlo. El mayor lastre que tenemos las personas es que creamos que no podemos hacer o aprender algo porque, en ese mismo momento, dejamos de intentarlo.

¿Quieres motivar a tu hijo? Pues entonces ACTÚA, PIENSA Y VIVE como una persona motivada.

Los padres somos modelos, los mejores modelos. Así que ¿cómo van nuestros hijos a sentirse motivados por hacer cosas, por aprender cosas, si los padres nos desmotivamos fácilmente? Yo te animo a que trabajemos nuestra propia motivación, a que nos sintamos motivados por la tarea de educar: así nuestros hijos podrán ver qué es eso de estar motivado.

Padres educando, que se mantienen constantes porque saben qué es lo que quieren conseguir. Y te recuerdo que el que lo tiene que saber eres tú como padre o como madre porque nosotros somos los que educamos.

El objetivo de educar es dotar a nuestros hijos de herramientas para que puedan hacer frente a las demandas que la vida nos presenta cotidianamente. Ese es el faro que guía nuestra acción. Sabemos qué queremos.

Padres que comprendemos que la meta de la educación, la satisfacción de educar, no viene dada porque nuestros hijos “sean buenos”  y no hagan nada que nos preocupe, sino porque tenemos la certeza de que educar es enseñar a nuestros hijos a utilizar las herramientas que se necesitan para vivir en sociedad, y esa es la mejor herencia.

Padres que sabemos que educar a hijos tiene sus costes, y ¡menudos costes!, que se pasan días y noches difíciles, que querer tanto a los hijos acarrea miedos y sufrimiento. Pero ¿quién dijo que esto fuera a ser sencillo? A pesar de esas dificultades, de esos costes, aquí estamos, día tras día dispuestos a la lucha, a veces con ojeras, a veces tristes, a veces preocupados, pero siempre dispuestos a educar a nuestros hijos. Contra viento y marea.

Padres que, para educar, confiamos en nuestras capacidades. Cómo vamos a educar a nuestros hijos si creemos que no sabemos, no podemos.

El primer post de este blog, lo titulé “Sí, podemos” por una sencilla razón, porque sentirse competente para educar a los hijos es fundamental para educar. El miedo paraliza.

Además de tener buenas expectativas como padres debemos de sentirnos también seguros de que tenemos los conocimientos y las herramientas para hacerlo. A veces hay que buscar ayuda. Si lo necesitas, hazlo. Pero no olvides que nadie mejor que un padre o una madre para educar.

¿Quieres hijos motivados? actúa como un padre motivado. Siente como un padre motivado, y vive como un padre motivado. Claro que no es sencillo, claro que no es fácil, pero si te muestras motivado irradiarás motivación.

Padres y madres motivados, esos son los que saben motivar.

 

Para saber más: “Motivar en la escuela, motivar en la familia”, del profesor Jesús Alonso Tapia.

 

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Educar sin angustias: un reto posible
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carlospajuelo | 15-02-2013 | 10:08| 0
Dedicar tiempo a los hijos sin angustiarse por el futuro es una de las mejores formas de educar.

Dedicar tiempo a los hijos sin angustiarse por el futuro es una de las mejores formas de educar.

¿Cuánto tiempo se tarda en educar un hijo?Es lo que me preguntó una madre en una charla que tuve recientemente en un colegio.  Me lo preguntó con un cierto toque de ansiedad, de incertidumbre, como si pudiera darle una respuesta tras la que  hacer  un cálculo de lo que le quedaba. Me sonreí y le dije: “no tengo ni idea, pero estoy seguro que ese es un tiempo bien aprovechado”.

Desde el mismo momento en que nos enteramos de la feliz noticia de que vamos a ser padres, solemos entrar en una especie de sensación de inquietud, de cierto desasosiego que creemos  se apaciguará con el paso del tiempo.

A ver si pasan los tres primeros meses para asegurarnos de que la criatura está bien “agarrada”.

A ver si llega el cuarto mes y nos dicen si va a ser niño o niña.

A ver si llega ya el día del parto.

Y una vez que tenemos a la criatura en casa, esterilizando biberones,  esterilizando chupetes, (que por cierto está demostrado que en los primeros meses son un estupendo tranquilizador de bebés), a ver si hace 5 horitas seguidas por la noche, a ver si ya va poniendo los puñeteros 150 gramos semanales.

A ver si ya comienza a tomar los cereales, a ver si ya la fruta, si la carne, si el pescado.

Y cuando la criatura come, si es que tiene buen apetito,  a ver si ya comienza a andar, a ver si habla, a ver si ya lo llevamos a la guardería, a ver si ya comienza en el colegio, a ver si se pueden quedar un rato solos, a ver qué tal la Secundaria, a ver los amigos, a ver los amores, a ver la Selectividad, a ver la Universidad, a ver si encuentra trabajo… etc”.

Y así se pasa la vida, vertiginosamente, los hijos crecen y cuando nos queremos dar cuenta tenemos el cuerpo lleno de trienios.

Muchos padres educamos tal y como vivimos: deseando que lleguen los viernes, deseando que los hijos crezcan rápido.

Vivimos en los tiempos de la inmediatez, los tiempos del “tiempo es oro”, los tiempos de las prisas, de las tardes de Paqui.

Los tiempos en los que los problemas cotidianos se convierten en tragedias: “Tenemos un disgusto, el niño ha suspendido”, le oímos decir a algunos padres con una carita que refleja su hondo pesar (mientras que el” suspendedor” duerme a pierna suelta).

Los tiempos presentes en los que anhelamos el futuro  como si el simple paso del tiempo fuera a ser suficiente para que las dificultades que nos acechan mientras educamos desaparezcan.

Muchos padres viven con angustia todo este proceso de crecimiento de sus hijos, angustiados por los 150 gramos, por los percentiles, por las notas, por las amistades, etc. Y así la vida se va con los regalos de los cumpleaños como canta José Mercé y nuestros hijos se van haciendo sin pausa hombres y mujeres. Pero ¿qué modelo de padres estamos siendo?, ¿disfrutamos los padres con la tarea de educar?, ¿disfrutamos los padres viendo crecer a nuestros hijos?

En 2004 el periodista y escritor Carl Honoré publicó el libro El elogio de la lentitud” dando origen con ello al movimiento Slow (Despacio). Este estilo de vida se caracteriza por que prima el tiempo y la calidad sobre la cantidad, en sus propias palabras, “darle a cada cosa/momento/ tarea el tiempo y la concentración que necesitan y merecen”.

En una vida solo da tiempo a hacer las cosas que se hacen en una vida y nuestros hijos están muy poco tiempo siendo unos bebés, apenas 12 meses, apenas 5 o 6 años de infancia, apenas 6 años de niñez… y unos  cuantos años de adolescencia que a algunos padres se nos hacen un siglo.

La tarea de educar es agotadora porque el  horario es de jornada completa de 24 horas, sin vacaciones y también  para muchos padres y madres la tarea de educar es una actividad que genera mucha angustia y desasosiego porque estamos más pendientes de los resultados, de las prisas por los resultados que de lo que como padres hacemos para educar cuando nuestros hijos tienen 6 meses, 4 años, 11 o son adolescentes.

Los padres que practican el slow parenting, intentan educar a sus hijos pasando más tiempo con ellos en vez de estar rellenando las tardes de los hijos con actividades organizadas.

Educan a sus hijos en contacto con la naturaleza, urbana y rural, haciendo del lugar donde se vive un espacio de aprendizaje.

Dejan que sus hijos digan eso de “me aburroooooo” y no les dicen nada para que así los propios hijos desarrollen su creatividad y les compran menos juguetes y fomentan más juegos al aire libre.

No se obsesionan con la estimulación temprana de las capacidades de sus hijos porque creen que la hiperestimulación les lleva la hiperactividad. Intentan disfrutar del aquí y ahora.

El slow parenting, educar a fuego lento, es una manera más de educar con sus ventajas y sus inconvenientes,  creo que lo mejor que tiene es ese punto de calma, de relajación, de bienestar que tiene el hacer las cosas disfrutando de lo que se hace y dedicándole el tiempo justo que  requieren.

Es como hacer un cocido, todos sabemos que hecho a fuego lento quedará mejor que en la olla exprés pero somos esclavos de los tiempos que vivimos. 

Intentemos como padres disfrutar más del presente, es difícil, lo sé, pero así enseñaremos a nuestros hijos que además de los viernes, sábados y domingos, tenemos la suerte de tener lunes, martes, miércoles y jueves, días estupendos, por lo demás, para vivir.   

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Aprendiendo a vivir con las emociones
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carlospajuelo | 06-02-2013 | 13:30| 0
Todas las emociones son naturales y, por tanto, tenidas en cuenta.

Todas las emociones son naturales y, por tanto, deben ser tenidas en cuenta.

¡Niño, hay que compartir!” les decimos a nuestros hijos pequeños cuando se niegan a dejarle un juguete a alguno de sus amigos y si nuestros hijos no quieren compartir y se pelean añadimos lo de  “Los amigos no se pelean, dale un besito a tu amiguito”, y le obligamos a que le dé un besito al niño que le acaba de soltar un tortazo disimuladamente,  y terminamos con eso de “¡Que no llores! Que no se llora por tonterías.”

Las emociones forman parte importante de nuestra vida y también de la de nuestros hijos desde que nacen, aunque los padres tendemos a pensar que la infancia es la época de la vida feliz de las personas, tal como describía el poeta austriaco Rilke, “la verdadera patria de un hombre es su infancia”.

Esta manera de considerar la infancia como una etapa donde se vive la completa felicidad, donde no existen los problemas nos lleva a despojar a nuestros hijos de su vida emocional, a no tener en cuenta sus emociones o, lo que es peor, a ningunearlas y por lo tanto nos despoja a los padres de la posibilidad de educar en emociones.

¿Cómo están ustedes?, ¡más fuerte! ¿Cómo están ustedes?  Estas preguntan esconden algo más que un simple convencionalismo. Esconden una realidad, que nosotros estamos de alguna manera, bien, mal, regular, contentos, felices, tristes, enfadados, asustados, irritados, satisfechos, etc… estamos emocionados, vivimos continuamente acompañados de emociones y curiosamente esas emociones nos las provoca alguien: los demás y/o nosotros mismos.

Tenemos, por un lado una tendencia a negar el impacto que algunas emociones, las llamadas emociones negativas,  tienen en nuestra vida. “¿Qué te pasa? ¿A mí? ¡Nada!”. Y todos sabemos que algo pasa. Es que parece ser que hemos aprendido que este tipo de emociones hay que vivirlas como si fueran hemorroides. Se sufren en silencio.

Por otro lado, cuando decimos: “con lo tranquilo que yo estaba, ahora vienes tú y me alteras” estamos  constantemente poniendo en manos de los demás nuestra posibilidad de sentirnos bien o mal.

Muchos padres que están educando a sus hijos, y lo hacen de manera competente, se sienten a veces fatal por lo que hacen los hijos, no por lo que los padres hacen. La mejor manera de pertenecer al club de los desgraciados/desgraciadas es esperar que los demás te hagan feliz, y rapidito.

Los padres somos los responsables de la educación de nuestros hijos, les enseñamos comportamientos que consideramos apropiados, les transmitimos nuestros valores, nos preocupamos por su “alimentación intelectual” mediante la escolarización. Pero a menudo olvidamos o dejamos pasar por alto el importante papel que las emociones juegan en nuestras vidas, por eso es necesaria la educación emocional, para aprender  a vivir con nuestras emociones, y no a que las emociones dirijan nuestras vidas.

En los últimos años se viene hablando mucho de la Inteligencia Emocional.  El término inteligencia emocional hace referencia a las competencias para reconocer  nuestras emociones, para controlar nuestras emociones, para motivarnos a nosotros mismos, para reconocer las emociones de los demás, y así establecer buenas relaciones con los demás.

Personalmente considero que la IE es una estupenda herramienta para educar, sobre todo porque mientras educamos a nuestros hijos aprendemos a  ir desarrollando esas competencias. Pero recordar que la educación no es la “purga (de) Benito”, que todo lo que hacemos mientras educamos no da resultados inmediatos.

Educar no es una especie de lucha. Se convertirá en una pelea si lo que sientes es que tus hijos te atacan y entonces te sentirás mal, pero si lo que sientes es que tus hijos están aprendiendo entonces considerarás sus envites cómo una consecuencia lógica de educar. ¿Y no crees como padre y como madre que educar es la mejor herencia que le vamos a dejar a nuestros hijos? Entonces, ¿por qué vamos a sentirnos mal por hacer lo que tenemos que hacer?.

Las emociones son naturales, todas. El miedo, la tristeza, la ira, el odio, los celos, son tan naturales como el valor, la alegría, la calma, el amor, el altruismo. No hay que extrañarse de su aparición.

Un ejemplo: los padres suelen estar muy preocupados con las reacciones de celos que a veces pueden presentar sus hijos con la llegada de otro hermano.  Muchos padres consultan sobre cuál sería la manera de evitar la aparición de los celos. Yo les pongo el siguiente ejemplo, imagínese usted que su pareja se presenta un día en casa acompañado y le dice: Mira cariño, este es fulanito o fulanita y viene a vivir con nosotros, pero yo te quiero mucho. Y a la hora de comer juntitos los tres, y de paseo juntitos los tres y por la noche los tres juntitos… ¿Cómo te sentirías? ¿Entiendes ahora los celos en tu hijo?

Las emociones por lo tanto son naturales pero acarrean consecuencias, y por eso debemos enseñar a nuestros hijos a que reconozcan qué es lo que están sintiendo, si uno no reconoce que es celoso, o envidioso, o que está irritado, etc. ¿cómo va a poder controlar los celos, la envidia, la irritación?.

Tenemos que reconocer lo que sentimos para poder controlar: lo que sentimos, lo que pensamos y cómo nos comportamos mientras esa emoción nos invade.

Las emociones están muy relacionadas con nuestro pensamiento. Algunas veces los padres nos sentimos mal simplemente porque empezamos a pensar, más que a pensar a descontrolarnos, dándole vueltas a determinadas ideas negativas respecto a nuestros hijos (“como siga así va a ser un desgraciado”), e imaginando el peor de los escenarios posibles así nos asustamos, nos paralizamos y sufrimos.  Hay que controlar ese tipo de pensamiento porque a los padres lo que nos da seguridad es saber cómo vamos a actuar.

Las emociones están muy relacionadas con nuestro comportamiento, cuando me siento feliz, tranquilo, sosegado me comporto de una manera parecida a como me estoy sintiendo, pero al contrario igual, cuando me siento irritado, enfadado, asustado entonces todos mis comportamientos están presididos por esas emociones. ¿No os parece un poco ilógico que sean nuestras emociones las que dirijan nuestros comportamientos?

Durante algunas semanas publicaré  algún post con diferentes competencias emocionales que podemos aprender para reconocer nuestras emociones, con estrategias para aprender a controlarlas, para reconocer las emociones de los demás y estrategias para  establecer buenas relaciones con los demás.

Las emociones están presentes en nuestra vida y en la vida de nuestros hijos, hay que educar las emociones para aprender  a vivir con todas nuestras emociones, y no para que sean las emociones las que dirijan nuestras vidas.

 

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Para educar hay que hablar
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carlospajuelo | 31-01-2013 | 10:28| 0
Escena de la película 'El Niño de la Bicicleta' (2011).

Escena de la película 'El Niño de la Bicicleta' (2011).

El otro día estuve observando a unos padres que estaban enseñando a su hijo de unos 5 o 6 años a montar en bici. Los padres iban colocando con precisión coderas, rodilleras, casco, protector bucal y, mientras, le iban explicando la importancia que tienen para prevenir posibles problemas.

Una vez que la criatura estaba preparada llegó el momento foto para recordar el día que aprendió a montar en bici, e inmediatamente comienzo de la clase teórica, “hijo, la espalda recta, mira al frente, pedalea con decisión” acompañado de una sonrisa de confianza. La criatura que se lanza mientras papá sujeta el sillín y mamá desde unos diez metros hace fotos y anima. Una pedalada, dos pedaladas, un ¡cuidado! Y ¡zas! la criatura al suelo.

Esta escena se repitió unas ocho o nueve veces con una pequeña diferencia, y es que el padre cada vez decía más alto y con tono más imperativo eso de “espalda recta, mirada al frente y pedalea con decisión”; la madre dejó de hacer fotos y de animar, y la decepción de la criatura fue dando paso a un sonoro cabreo.

Lo que comenzó siendo una bonita mañana familiar, terminó en una “pelotera” a tres bandas. El padre, “es que este niño no se entera, mira que se lo digo clarito espalda recta, mirada, al frente y pedalea con decisión”; la madre, diciendo a un  lado “es que no tienes paciencia” y al otro, “es que no haces caso a lo que se te dice”; y la criatura mirando a uno y a otro gritando: ¡Que me dejes!, ¡Que me dejes!.

Saqué mi Ipad y apunté unas notas: “parábola del niño de la bici”.

“Habla con tu hijo”. Este mantra lo repetimos y nos lo repiten cada vez que nos asalta el miedo por cómo los comportamientos presentes de nuestros hijos pueden afectar a su futuro. Cuando estamos muy preocupados y no sabemos qué hacer, nos llega esta especie de idea “salvadora”: “Habla con tu hijo”. Habla con tu hijo nos dice nuestra pareja, habla con tu hijo nos dicen los amigos, habla con tu hijo nos dicen en el colegio,  habla con tu hijo nos dicen los expertos.  “¿Cómo no habríamos caído antes en eso?”. ¡Que sencillo es! ¿Verdad?. Te vas a casa y le dices a tu retoño “Hijo siéntate que vamos a hablar” Y la criatura va y mirándonos con cara de extrañeza  nos dice eso de “¡¡¡que me dejes!!!!”.

No, la realidad es que no es fácil hablar con los hijos, y yo me dije, qué buena la parábola de la bicicleta para reflexionar con los padres que me preguntan porqué es tan complicado hablar con los hijos.

Hablar con los hijos, comunicarse, básicamente consiste en compartir. Compartir con nuestros hijos lo que creemos, pensamos, sentimos, queremos, etc. Y esto lo hacemos para poder saber qué es lo que nuestros hijos creen, piensan y sienten, y así conociendo lo que piensan nuestros hijos sabremos cómo actuar para guiarlos.

Los padres estamos continuamente comunicando con nuestros hijos, lo hacemos con nuestro comportamiento, con nuestras actitudes y con nuestras palabras.

La comunicación es fuente de conflictos. Los padres debemos de asumir que, cuando educamos, surgen múltiples conflictos y estos son naturales.

Cuando los padres expresamos a nuestros hijos lo que creemos que deben hacer ante una situación, es más que posible que nuestros hijos puedan tener otro criterio diferente, de tal manera que las dos creencias entran en colisión. Eso es un conflicto. Y por eso hablar con los hijos puede generar y de hecho genera conflictos. Pesados conflictos, largos conflictos, cansinos conflictos.

Nunca has dicho eso de “me voy a callar para no liarla”?  Por evitar conflictos terminamos mirando hacia otro lado, y en ese preciso instante es cuando los padres empezamos a temer comunicarnos porque cada vez que hablamos terminamos discutiendo y como canta David Demaria: “yo no quiero problemas, que los problemas me amargan

Los padres tenemos, entre otras obligaciones, la tarea de guiar, supervisar, poner límites. Y nuestros hijos el derecho a ser guiados y supervisados. Los límites son necesarios para tener puntos de referencia, para no perderse. Por lo tanto no olvidemos que cuando hablamos con los hijos, el conflicto puede estallar en cualquier momento.

Así que, los padres deberíamos prepararnos para hablar con calma, con tranquilidad, con la convicción que da saber por qué estamos hablando con nuestros hijos, y  qué es lo que queremos transmitirles.

A los hijos también tenemos que enseñarles a comunicarse de una manera efectiva, a que sepan expresar de manera adecuada sus creencias, sus pensamientos, sus ideas, sin necesidad de perder el control.

Los padres no debíamos de enfadarnos por educar. Cuando, por ejemplo, no dejamos ir a nuestro hijo adolescente a una fiesta nocturna, porque creemos que no tiene aún edad, lo normal es que el hijo se enfade, pero lo que no es normal que nos enfademos los padres porque los hijos se enfadan. No va a venir el hijo y te va a decir “¡papá, mamá! ¡un abrazo y muchas gracias por preocuparos por mí!” Lo que nos dicen es la mala suerte que han tenido en el reparto de padres y que les han tocado los peores.

Somos los padres los que tenemos que comenzar a comunicarnos, no podemos estar esperando a que nuestros hijos tengan la “necesidad”.

Hablemos con los hijos, cuanto antes mejor. La comunicación es un hábito, se puede enseñar, y se puede aprender a comunicar. Digámosles lo que creemos que tenemos que decirles claro, para ­­­­que no nos ocurra eso de que cuando alguien nos dice “quiero hablar contigo” nos pongamos en lo peor.

Nos tienen que ver hablar a los padres, cómo vamos a pretender comunicarnos con nuestros hijos si no lo hacemos entre nosotros, cómo van a aprender nuestros hijos si no nos ven dialogar, si no ven cómo resolvemos nuestros conflictos mediante la comunicación.

Cuando nos comunicamos con los hijos hay que estar preparados para escuchar, porque al escucharles les hacemos sentir que son importantes para nosotros, al escucharles podemos saber qué es lo que quieren, qué piensan y nos ayudará a saber qué sienten. Les escuchamos para que aprendan a escuchar. Y cuando escuchamos les hacemos ver que nos importa lo que nos están diciendo.

Para comunicarse también hay que ser sinceros, decir la verdad, aunque sepamos que eso puede alterar a nuestros hijos. Hay padres que contestan a demandas de los hijos con un “ya veremos” como una forma de diferir la tormenta. A veces hay que responderles directamente, y entender que cuando les decimos cosas que no quieren escuchar, cuando les damos un corte a sus aspiraciones (reales o fantasiosas), su respuesta puede ser explosiva.

Para comunicarse con los hijos hay que ser pacientes, a pesar de lo que digan, a pesar de cómo lo digan. Muchos padres nos alteramos porque cuando hablamos con nuestros hijos nos miran con altanería, con cara de “no tienes ni idea de que va la vida”. Si nos enzarzamos en las formas, les damos a éstas más importancia que al fondo. No olvidemos qué es lo importante.

Comunicarse con los hijos es, también, saber cuándo debemos de dar por concluida una conversación. A veces, de tanto marear la perdiz, los mensajes claves se diluyen.

La comunicación con los hijos se parece mucho a lo que el hacían los padres del niño de la bici. Les decimos a nuestros hijos lo que creemos que deben de hacer y los animamos, pero los que pedalean son ellos.

Y si se caen, les recordamos las instrucciones y les animamos. Una y otra vez.

¿Tú les has hablado? Pues entonces ahora les toca a ellos pedalear.

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Educar en tiempos difíciles
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carlospajuelo | 24-01-2013 | 12:29| 0
Niño mirando al infinito en su pupitre. / John Moore.

Niño mirando al infinito en su pupitre. / John Moore.

En  la actualidad estamos inmersos en una situación de crisis económica que, como todos los males, tiende a expandirse a otras esferas de nuestra vida. La educación en el ámbito familiar también se ve afectada por este escenario de crisis.

Los padres nos preocupamos mucho por aprender herramientas que faciliten la educación, herramientas que nos sirvan para dar respuesta a los problemas cotidianos en el ámbito familiar como son el aprendizaje de hábitos, la obediencia, las tareas escolares, etc. Pero pocas veces nos planteamos que también hay que educar a nuestros hijos para que sepan actuar ante la adversidad.

De hecho, los padres tendemos a “ocultar” a nuestros hijos las adversidades, al principio, porque creemos que son aún pequeños. posteriormente, porque “para qué vamos a preocuparlos.

De esta manera nuestros hijos crecen en una especie de burbuja, en un ficticio mundo feliz, a salvo de las preocupaciones.  Pero las adversidades forman parte de nuestra vida: las enfermedades graves,  la pérdida de trabajo, las rupturas sentimentales, la muerte, son parte de la vida común y, por eso, educar para hacer frente a la adversidad es una tarea ineludible.

¿Cómo se gestiona la educación en tiempos difíciles?

En casi todas las familias, como en un país, hay un gobierno, por lo general un padre y una madre que se reparten  los papeles de presidente y vicepresidente del gobierno y que ejercen el mando, un Ministro de Economía (que distribuye los recursos), un Ministro de Interior (que pone orden), un Ministro de Justicia (que media en los conflictos y sanciona), un  Ministro de Asuntos Exteriores  (atento a todo lo que ocurre fuera), Ministro de Educación (que se preocupa de los temas escolares) y, además, Secretario de Estado de  Sanidad (surte de apiretal, paracetamol y se ocupa de la salud de la familia), Asuntos Sociales (lleva a los hijos al parque y a los cumpleaños, etc.),  Alimentación (que se encarga de todo lo relacionado con la comida), etc.

Aunque, también es verdad que hay algunas familias en las que uno de los padres actúa como Ministro Sin Cartera.

En tiempos de crisis, en tiempos difíciles es cuando más se necesita un buen gobierno en el país y en nuestras casas.

En las situaciones adversas los padres podemos encontrar una oportunidad más para educar.  Nuestros hijos aprenden formas de responder a la adversidad observando nuestro comportamiento, nuestras palabras y nuestras emociones.

El estilo con el que los padres afrontamos las  situaciones difíciles, y la manera en la que hacemos a nuestros hijos partícipes de estas situaciones adversas es una buena forma de prepararles a lo que, más tarde,  o temprano hay que enfrentarse. ¿Cómo educar en tiempos difíciles?

Los padres, cuando educamos en tiempos difíciles, no metemos miedo a nuestros hijos ni a nosotros mismos porque el miedo paraliza y necesitamos estar activos. Aprovechamos esta situación para, desde posiciones realistas, implicar a toda la familia en la búsqueda de respuestas eficaces y posibles. Enseñamos a nuestros hijos a responsabilizarnos y comprometernos todos, y cada uno, en las tareas. Responsabilizarse es la mejor manera de generar confianza en uno mismo.

Cuando educamos en tiempos difíciles, transmitimos confianza en todos y cada uno de los miembros de la familia. Confianza basada en que, si nos organizamos, si cada uno cumple sus cometidos, si cada uno se responsabiliza un poco, si cada uno prescinde de algún privilegio, entonces,  juntos, unidos,  se puede afrontar la tempestad.

Y aunque las tempestades dejan rotos que no se pueden coser, los “rotos”, con apoyo de la familia, se sobrellevan mejor.

Cuando educamos en tiempos difíciles hacemos ver a nuestros hijos que la esperanza es un valor. La esperanza no es pensar que las adversidades son un mal sueño, y que todo pasará. La esperanza es confiar en nuestra capacidad de vivir día a día afrontando lo bueno, lo regular y lo malo. La esperanza es una fuerza que nos moviliza y nos hace protagonistas activos de nuestra vida.

Cuando educamos en tiempos difíciles mostramos apoyo incondicional a nuestros hijos porque sabemos que es difícil aprender a prescindir de lo prescindible. Es fácil derrumbarse ante la adversidad, por eso cuando nos sentimos abatidos por las adversidades, es cuando más “perdidos” nos solemos encontrar. Y cuando uno se siente perdido necesita sobre todo el apoyo de los que queremos, familia y amistades y, a veces, es necesario recurrir a ayuda especializada.

Educar en tiempos difíciles es entender que es imposible evitar que  nuestros hijos sufran.

El sufrimiento es parte de la vida. Y como es natural, lo mejor será que desde pequeños les enseñemos a tolerar las frustraciones a la que la vida nos somete, enseñarlos a que, generalmente,  las recompensas no se obtienen inmediatamente, enseñarlos a que, a veces, nos ocurren cosas que no nos merecemos pero que, a pesar de eso, nos ocurren.

En vez de ocultar el sufrimiento, en vez de evitárselo a los hijos ¿no será mejor que cuando tengan que afrontar el sufrimiento puedan sentir que estamos cerca? o ¿prefieres que tus hijos lo tengan que hacer solos?

Cuando educamos en tiempos difíciles, enseñamos a los hijos a que la familia, nuestra familia que no es perfecta, que a veces discute, que a veces se desespera, que otras ríe, que sufre, que se equivoca, que acoge, nuestra familia, tu familia y mi familia, si la cuidamos, sobrevive a todas las crisis.

En tiempos difíciles encontramos en familias que nos rodean estupendos ejemplos de fortaleza ante la adversidad. Madres y padres anónimos bregando día a día. Estupendos gobernantes. Los mejores.

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Compartir tareas en casa también es educar
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carlospajuelo | 18-01-2013 | 07:39| 0
Mujer agotada rodeada de pilas de platos pendientes de lavar. / Jesús Ferrero

Mujer agotada rodeada de pilas de platos pendientes de lavar. / Jesús Ferrero

Nada más acordarme de mi amiga Paqui, con la que había hablado unos 15 días antes sobre qué hacer para ayudar a su hija pequeña que vomitaba todas las mañanas, de lunes a viernes, justo en el momento de salir de casa dirección al colegio, cogí el teléfono y la llamé para interesarme por cómo iba la niña.

“¿Paqui? Hola, soy Carlos, ¿cómo estás?”. Hizo un ruido gutural de esos que hacemos a veces para contestar que más o menos bien. Entonces le pregunté: ¿Tomamos un café  y hablamos de tu niña?”

Ella me contestó: “¿Un café?, ¿que nos tomemos un café? ¡qué gracioso eres!. Cómo se nota que tus hijos  ya son mayores. Mira Carlos, desde que llegué a casa a las tres y cinco, justo un momento antes de que Tomás llegara después de recoger a los niños del comedor del colegio, me he puesto a ultimar nuestra comida, a recoger los abrigos de los niños, que sabes tú les encanta hacer lo mismo que su padre: dejarlos sobre la silla en la entrada, y yo les digo que lo recojan, y ellos me dicen que ahora, pero ya sabes tú lo que significa ese ‘ahora’. Así que venga a recoger abrigos. Pues lo que te iba diciendo, recoger sus abrigos, y pensar que el mayor esta tarde va a catequesis. Le doy un grito, ¡¡¡Tomás!!! Y contesta el padre: ¡¡¡qué!!! Y yo, “a ti no es”. Y más fuerte, ¡¡¡Tomás!!! y el padre otra vez más fuerte “que quéee” y yo más fuerte: “que a ti no eees”. Claro, hasta que no voy al salón el niño no contesta. Y le digo: “Tomás tú no te cambies de ropa que esta tarde tienes catequesis y tú Antonio ponte el kimono. Y tú, Rocío, deja de hurgarte la nariz y lavaos los dientes. Y mientras su padre pone la mesa, el mayor va y se cambia tres veces, y el mediano está parado en medio del pasillo, como un pasmarote, “¿Qué haces?”, le pregunto. “Es que no sé dónde está el kimono”, me contesta. “Está en su sitio”, le digo. “¿Y cuál es su sitio?”, ¡el de todos los días!, le grito. Carlos si es que las madres parecemos el mago Juan Tamarit, haciendo con nuestra sola presencia que los calcetines, los kimonos, los lápices…aparezcan en su sitio. A Rocío la ha vestido su padre con una falda de cuadros por abajo y camisa de flores por arriba. Y yo: ¡¡¡Tomás!!! ¡Que la niña parece la Duquesa de Alba!. Y por fin, nos ponemos a comer tranquilos Tomás, Ana Blanco y yo. Mientras comemos llega el mayor enfadado porque el mediano le ha dicho “caraculo”, y yo le digo: “hazte el sordo”, y él: “no, no me hago el sordo, le voy a pegar”, y yo: “ni se te ocurra”. Tomás padre sigue comiendo tan tranquilo, ensimismado con Ana Blanco. Y la pequeña que viene  y me dice: “mamá ¿y mi coletero?” ¡Madre mía!, ¡que se está perpetrando un peinado ella sola!. “Mamá”, me dice, “me voy a hacer dos coletas”. Pero yo sólo veo una y cerca de la frente. Y yo: “que te esperes, que ahora te peino”. Y entonces se pone a llorar y yo: “que no llores por eso” y ella sigue llorando y el mediano también viene llorando porque el mayor le ha dicho gili y lo que sigue y yo: “Tomás, haz algo”, y Tomás que está pendiente de Ana Blanco, sin mirar a los niños, les suelta “castigados sin ver la tele. Y el mediano dice “¿yo?, ¿por qué?, ¡qué injusticia!” .Y termino de comer, de recoger la cocina, y me siento en el sofá diez minutos, Carlos, diez minutos para descansar un ratito y ¿qué te crees?, que en el mejor sueñecito me llaman los de Jazztel, ¡la madre que los parió! y nada más colgar los de Jazztel me llama mi suegra, ¡la madre que parió a mi marido! y me dice con voz baja ¿no estarías dormida no? Y yo: Tomás ¡¡¡¡tu madre!!!!. Y antes de que la yugular me explote, voy y cojo a los niños. Venga que nos vamos y hasta que no doy un grito los niños no acuden y entonces se pelean, se pelean por salir el primero, se pelean por darle al botón del ascensor, se pelean por quién se monta delante. Y cuando vas a montarte en el coche ves que te has dejado las llaves en casa y sube para casa y como no vas a dejar a los niños solos en el garaje porque mi vecina me dijo un día: “Paqui hija hay que tener cuidado en el garaje porque puede venir algún depravado de esos que los raptan”, así que venga los niños para arriba y otra vez pelea por entrar primero, pelea por darle al botón, llanto porque el coletero que intentaba sostener el proyecto de coleta ha salido disparado, y la coleta que se había perpetrado, lógicamente, se acaba de convertir en el caracol de Estrellita Castro y, cuando vuelves a subir, Tomás va y te dice: “tranquilízate Cari, ¿quieres que te ayude? A ver, ¿qué hago?”. Y yo me acuerdo de Jazztel y de su madre, y le digo sabes que no me gusta que me digas que me ayudas, esta casa es TU casa. Anda pon la lavadora y, cuando termine, tiende”. Coges las llaves del coche, bajas al garaje, pelea por entrar, pelea por botón, pelea por salir y pensando por Dios que Tomás tienda bien porque Tomás tiende sin un orden lógico. ¡Claro, como él no plancha! Y cuando te montas en el coche haces el último repaso: el de la catequesis va bien, el del judo va con las botas de futbolista, va mal, pero hoy va a ir así. Y la de la coleta sigue retorciéndose los cuatro pelos intentado sujetarlos con un kiki, y sin dejarse ayudar, la miro y me dice: “Yo sola”. Todos, por fin, metidos en el coche y, a las cinco, Carlos a las cinco, están las calles llenas de coches, de coches llenos de niños que van con sus kimonos, que te empiezas a preguntar cuántas medallas de oro en judo hemos ganado en las olimpiadas para que tantos niños practiquen el judo, o lo que es peor, cuántos niños pánfilos como el mío van a judo a ver si espabilan, y más coches llenos de niños que van al conservatorio o a danza, y coches llenos de niños que van al logopeda porque no saben decir frigorífico, y de niños que van a clases particulares de todo, y de niños que van al dentista, y de padres que parecen cabreados, desfogándose con la bocina del coche. Y dejas a uno, y dejas al otro, y mientras esperas a que terminen te vas al Mercadona y allí recorro los pasillos a lo Fernando Alonso intentando dar respuesta al interrogante de mi vida: ¿y mañana qué comemos?. Carlos, y cuando recojo al de la catequesis me llega con tres invitaciones de cumpleaños para el próximo sábado, y el del judo con una nota porque van a hacer una demostración en un pueblo a 40 kilómetros, justo a la hora que me llaman los de Jazztel y la pequeña con un cabreo porque la coleta no se queda en su sitio y yo con unas ganas de entrar en una papelería, y pegársela con tesafilm. Y llego a casa y mientras su padre les pone la merienda me asomo al tendedero y, ¡Santa Madre del Amor Hermoso!, me encuentro un panorama desolador: un pantalón tendido por la pernera, una camisa por el cuello… ¡¡¡Tomás!!!! ¡has tendido la ropa que estaba en la lavadora!. Y Tomás ¡¡¡no ves que siiii !!!. Tomás, pero no te has dado cuenta que antes de tender hay que poner la lavadora en marcha!!!! Y claro Carlos, para que pediré yo nada, si tardo menos en hacerlo yo sola. Si es que ya me lo dijo mi madre que un hombre que escurre los spontex con una sola mano no está llamado para las tareas domésticas. ¿Un café Carlos?, ¿un café?, tú crees que yo tengo tiempo para un café?”

Y yo, anonadado, le contesté: No. Un café no. “Mejor nos tomamos una tila

P.D.- Lo que nuestros hijos ven, nuestros hijos hacen.

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Enseñar a obedecer aprendiendo a dar órdenes
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carlospajuelo | 14-01-2013 | 10:22| 0

 

 

Ayer estando esperando a que un semáforo se pusiera en verde, me abordó  una señora y me dijo: “he visto que estás escribiendo un blog en el Hoy digital” yo asentí con la cabeza y sin pausa me espetó:  “pues a ver si escribes algo para hacer que los niños obedezcan de una puñetera vez”. Y me lo lanzó a la cara así como si yo fuera un  San  Judas Tadeo pero por lo civil, mientras se saltaba el semáforo en rojo.

Allí me quedé yo, esperando obedientemente a que la lucecita verde  me dijera que podía seguir,  pensando en lo complicado que es para algunos niños y adolescentes ser obedientes, pensando en lo complicado que es para los padres enseñar a ser obedientes.  La obediencia, al igual que otros muchos aprendizajes necesarios para la vida, requiere su tiempo.

Es una realidad que una de las situaciones que más conflictos genera en el ámbito familiar y que a los padres nos causa más malestar, ejerciendo la tarea de ser padres, es  la desobediencia de nuestros hijos. Nos asusta que  se ponga en tela de juicio nuestra competencia como padres, nuestra autoridad.

No existen las varitas mágicas en educación, ni recetas infalibles (por eso en mi blog el apartado recetas está vacío).  Todos los padres que estamos preocupados por el tema de la desobediencia de los hijos hemos leído libros y artículos donde nos dicen qué hacer para educar a niños obedientes. Pero, al final, todos terminamos diciendo eso de a la una, a las dos y a laaaaaaaas tres.

Enseñar a obedecer y aprender a obedecer no es tarea sencilla, tiene su enjundia y no porque requiera de complejos  conocimientos ni  de complicadas técnicas. De hecho algunos hijos lo aprenden rápidamente pero otros no. Fijaos  que la propia definición de obedecer dice “cumplir la voluntad de quién manda” por lo tanto el hijo que obedece debe de someter su voluntad ante sus padres y este cumplimiento  puede ser o bien  por convicción, porque creemos que eso que se pide es justo, razonable, beneficioso socialmente, etc.,  o puede ser por temor, temor a un castigo, temor a perder afectos, temor a ser excluido, etc.

La obediencia está muy ligada al  concepto que los padres tenemos de autoridad, pero no es verdad que la autoridad de los padres se mida únicamente por la rapidez con la que los hijos obedecen.  La autoridad de los padres se mide fundamentalmente por la firmeza de nuestras convicciones a la hora de educar, por la seguridad que nos da saber el rumbo hacia dónde vamos. Para saber ejercer la autoridad eficazmente hay que saber mandar. Y para saber mandar hay que saber obedecer.    

Enseñar a obedecer es complejo porque nuestros hijos tienen su personalidad, su forma de ser  y cuando uno está forjando su personalidad tiene mucha curiosidad por saber cuáles son sus límites y una buena forma de establecerlos es desafiando, echando pulsos, una manera de decir aquí estoy yo.

Enseñar a obedecer es complejo porque vivimos en una sociedad hedonista, una sociedad que prima “el estar bien” y creemos que estar bien es no tener problemas. Nuestros hijos son desobedientes porque han aprendido, muchas veces con nuestra colaboración, a no desarrollar la capacidad para tolerar aquello que les resulta incómodo de hacer. Pero para eso estamos los padres para educar. Y cuando se educa hay que enseñar a obedecer, eso es irrenunciable. Y hay que hacerlo porque obedecer es un comportamiento que  nos enseña de manera progresiva  a escuchar a los demás, a entender a los demás, a  tener en cuenta a los demás, a ser menos egocéntricos, en fin, obedecer  es una conducta  que nos facilita la integración social. 

Enseñando desde que son bien pequeñitos a ser obedientes podrán, conforme van creciendo, desarrollar sus propias convicciones, sus propias opiniones, asumiendo valores que les guiarán su rumbo  en esta sociedad.  Y no hay mejor rebeldía que aquella que nace de la defensa de esas convicciones, creencias y valores.

Enseñar a obedecer no es enseñar a que los niños respondan rápidamente a aquello que les solicitamos, enseñar a obedecer es hacerles ver que el mundo en el que vivimos está regulado por normas y  que el incumplimiento de esas normas conlleva consecuencias. Para poder obedecer hace falta por lo tanto que haya normas establecidas, claras, razonables y adecuadas a las diferentes edades. Y también hace falta que nuestros hijos sepan de antemano cuales son las consecuencias de cumplir las normas o de incumplirlas. Y que tenga la certeza de que siempre que se  incumplan las normas  va a tener que afrontar las consecuencias.

En estos tiempos de la rapidez, de la inmediatez, en los que podemos llegar en horas a cualquier parte del mundo,  compartir información nada más generarse la noticia, hacer la compra desde casa en un instante,  estamos contagiados por las prisas cuando educamos por eso es normal que queramos que nuestros hijos  obedezcan a la primera.

Cada vez que les decimos a nuestros hijos para que obedezcan eso  de “¡Niño! a la  una;  ¡niño! a las dos,  ¡ea! a laaaaaas tres”,  les estamos ofreciendo la oportunidad de obedecer en tres segundos pero también  la de desobedecer desde el número tres hasta el infinito. El calendario que se utiliza para educar es de años de 365 días,  días de 24 horas y horas de 60 minutos.  Aprovechemos todo este tiempo que tenemos para educar.  

            Ánimo y a seguir con la tarea, y no lo olvidéis, para que los hijos obedezcan  hay que saber dar órdenes y los padres que saben dar órdenes  son los que saben lo complejo  que es aprender a obedecer. 

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¿Estudiar con los hijos o ayudar a que los hijos estudien?
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carlospajuelo | 09-01-2013 | 11:59| 0

 

Unas niñas haciendo sus deberes escolares.

Unas niñas haciendo sus deberes escolares.

Ahora que el curso vuelve a reiniciarse,  ahora que los lunes vuelven a ser lunes y las vacaciones de navidad pasan a ser las pasadas navidades, ahora  que el bullicio de las vacaciones deja paso a  la rutina de lo cotidiano, me estoy acordando de los padres que mientras recogen los adornos navideños, dejan escapar algún que otro suspiro  seguido de un “¿qué te pasa?”, “¿que qué me pasa?,  que mañana tenemos que estudiar el relieve de interior”

Es curioso ver como en estos últimos años entre los temas de conversación que tenemos entre los padres abundan los contenidos curriculares,  los estudios de nuestros hijos. Así se puede escuchar a algunos disertando sobre las diferencias entre páramos, vegas y campiñas, esos padres son los que tienen a los hijos en 5º de Primaria.

Y si la conversación versa sobre la amplitud del ángulo resultante de dividir la circunferencia en 360 partes iguales, podrás escuchar a una madre, ufana, apostillar, “tú a lo que te refieres es a  los grados sexagesimales”, esa es madre de una de 2º de la ESO, y si los ves muy ansiosos y hablando de Pericles, los Sofistas y Platón, sin duda esos son padres de los de 2º Bachillerato.

Está demostrado que la implicación, el interés y la actitud de los padres ante los estudios de sus hijos influyen positivamente en la conducta de los hijos frente a los estudios.

            Implicación y actitud no deben de confundirse con padres haciendo de profesores particulares de sus hijos.

El dilema que se nos presenta a los padres es el siguiente: ¿Estudiar con los hijos o ayudar a que los hijos estudien?

El tema de los estudios es una de las mayores preocupaciones que muchos padres tienen en estas edades, quizás porque el éxito académico de los hijos es un buen antídoto para calmar los temores por el futuro, y  por otra parte porque también creemos, erróneamente, que las notas van asociadas a la idea, al sentimiento, de ser buenos padres.

Es como si las notas trimestrales realmente no evaluaran el trabajo realizado por nuestros hijos, sino nuestra pericia como educadores. Sea por lo que fuere el caso es que en muchas de nuestras casas se preparan “tardes toledanas” a costa de los páramos, los grados sexagesimales y Pericles, los Sofistas y Platón.

Estudiar es un hábito, como lavarse los dientes después de comer o hacer la cama antes de irse al colegio. Un hábito no se adquiere de la noche a la mañana, requiere práctica y más práctica. Además, los hábitos están influidos por las características peculiares de la persona que lo realiza.

El papel de los padres es el de inculcar ese hábito, el de señalar que es el momento de realizar ese hábito, el de facilitar que se pueda realizar y el de reforzar su ejecución.

Y dejar claras también cuales son las consecuencias que tienen para nuestros hijos la práctica, o no, de dichos hábitos. Consecuencias que necesariamente tienen que ser de aquí y ahora y no esas vaguedades del futuro: “vas a ser un desgraciado”, “un fracasado”, un “don nadie” que, por lo general, asustan más a quién lo dice que al que lo escucha.

¿Cuál es nuestro objetivo como padres?, ¿que nuestros hijos sean autónomos en el estudio o que aprueben el próximo examen?  Si queremos que sean autónomos tendremos que dar los pasos para que nuestros hijos se responsabilicen de que estudiar es una tarea que les compete, fundamentalmente, a ellos.

Si por el contrario lo que queremos es que aprueben el examen cercano, pues entonces tendremos que ponernos a estudiar con ellos.

Hay muchos padres que han acostumbrado a sus hijos a que estudien en su compañía, de tal manera que son los hijos los que dicen eso de “mamá, venga a estudiar”, y los padres nos quedamos con unas ganas de decirles eso de “que me dejes”.  Pero allí estamos, sentaditos a su lado, leyendo la lección, explicándola, desmenuzándola , y de esta manera puede que nuestros hijos aprueben, o no,  pero no aprenden a estudiar. Aprenden a que les resumamos las ideas más importantes, aprenden a que les busquemos la información relevante, aprenden a aprobar,  pero también les enseñamos  que ellos solos no pueden, les enseñamos a ser dependientes, a sentirse un tanto incapaces.

Estudiar con los hijos también genera en numerosas ocasiones un montón de conflictos, “atiende”, “no te enteras”, “así no”, y la oportunidad de pasar unas tardes “de los nervios” inolvidables. Pero por otro lado nos permite en las conversaciones con vecinos, amigos y familiares, decir eso de “el fin de semana que viene igual nos vamos al páramo”. El saber no ocupa lugar.

Y muy relacionado con los estudios están las  notas, al final siempre vendrán las notas, y a veces nuestros hijos, que son mucho más que las notas que obtienen,  y que se han esforzado o no,  y que han estudiado o no, nos enseñan sus notas. Sus notas aprobadas, o notableadas y nosotros vamos y les soltamos eso de “está bien, PERO TU ERES DE SOBRESALIENTE”. ¡¡¡Toma ya!!!. Y nosotros como padres ¿somos de sobresaliente?.

 

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Carta de los padres a los Reyes Magos
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carlospajuelo | 05-01-2013 | 08:29| 0

 

Los padres también escriben a los Reyes Magos.

Los padres también escriben a los Reyes Magos.

Hoy no voy a hablaros de juguetes educativos, ni de compras excesivas, ni de qué es lo que debemos regalar a los niños. Voy a escribir una carta a los Reyes Magos  con la lista de lo que pido para nosotros  los padres y las madres, para los padres entregados, los asustados, los confiados y los inseguros, los abatidos y los luchadores, los que abandonaron y los que bregan.

Queridos Reyes Magos:

Los padres sabemos que somos manifiestamente mejorables, eso quiere decir que no siempre tenemos la palabra precisa ni actuamos de la manera más correcta, pero nuestras intenciones siempre son buenas y nuestras obras se basan en esas intenciones, por eso creo que somos merecedores de regalarnos:

-Un saco de Paciencia, que no es pasividad, para no olvidar que nuestros hijos necesitan tiempo para “madurar”  y  que mientras “maduran” es posible que cometan  equivocaciones.  Paciencia para poder educar sin prisas, porque el paso del  tiempo no educa, educamos los padres.

 

-Un  escudo para Controlar los miedos.  El miedo es uno de los mayores enemigos de los padres.   Nuestro natural  instinto de protección puede ser desbordado por los miedos, y entonces corremos el peligro de educar para no estar asustados encerrando a nuestros hijos en una burbuja,  en vez de educar para que nuestros hijos aprendan a enfrentarse a las situaciones de peligro que puedan presentarse.

 

Un mecano de Ilusión. La ilusión es necesaria para vivir y la ilusión se educa, se transmite, pero la ilusión no se circunscribe al ratoncito Pérez, a los Reyes Magos o en ir a Euro Disney. La ilusión se construye día a día, se contagia, se comparte. Nuestros hijos deben ver  ilusión en las cosas que hacemos los padres, en  las sencillas y cotidianas ilusiones como son los eventos familiares, salir con los amigos, ver juntos una película, hacer unas tortitas para merendar, jugar al parchís, ir a trabajar, volver a casa, etc.,

-Caramelos de optimismo. El optimismo es un valor necesario para educar. Unos padres optimistas son unos padres que saben que el mundo en el que vivimos  no es el mejor de los mundos posibles pero se esfuerzan en ocuparse para hacerlo un lugar mejor para ellos y para sus hijos.

Pañuelos de papel. Educar conlleva también momentos amargos. El sufrimiento es algo natural en la vida de los seres humanos y los que más nos hacen sufrir son aquellos a los que más queremos.  El sufrimiento es inevitable y, sin embargo,  los padres a veces hacemos esfuerzos para que nuestros hijos no se enfrenten al sufrimiento. Y educar es también enseñar a nuestros hijos a afrontar los reveses con los que la vida nos sorprende.

 

-Un camión-cisterna cargado de Sentido del humor, eso que dicen de aprender a reírse de uno mismo, y es que a veces los padres parecemos monologuistas  del “club de la Comedia” ¿no es para reírse cuando decimos eso  de  “te crees que mi cartera es el Banco de España”? o la de  “Una esclava, eso es lo que soy”, sin embargo, mi favorita es  la de “ten cuidado no te vayan a echar algo en la Coca-Cola”, etc.  Sentido del humor para mirar con otros ojos la tarea de ser padres.

 

-El disfraz de Fuerza y Constancia. Educar dura lo que dura una vida.  Y mientras educamos hay momentos muy buenos, buenos, momentos regulares, momentos malos y momentos que te dejan cicatrices para toda la vida. Para los momentos buenos no hace falta nada  ni nadie, pero para los malos y malísimos nos hace falta fuerza y constancia. A esa fuerza  se le llama resiliencia  (capacidad para hacer frente a las adversidades).

 

Y ya puesto,  podía pedir que nos tocara la Lotería del Niño o el Euromillón, pero el dinero sólo sirve para comprar cosas y EDUCAR NO TIENE PRECIO.

 

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Sobre el autor Carlos Pajuelo
Carlos Pajuelo Morán, psicólogo y padre de dos hijos, ejerce su tarea de Orientador en el Equipo Psicopedagógico de Atención Temprana de la Consejería de Educación y Empleo. Durante 21 años ha sido profesor asociado en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura. Miembro del Comité Científico y Vocal del Observatorio de la Familia y la Infacia de Extremadura. En este blog los padres y madres interesados por los temas de la educación encontrarán información fácil y accesible, basada en aportaciones de la psicología y la psicopedagogía, que les ayude a identificar las competencias y habilidades que como padres poseen y a utilizarlas de la manera más eficaz para poder seguir ejerciendo esta apasionante, aunque a veces ingrata, tarea de ser padres.

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