Olof Palme: “Esta calle es un sinvivir”

En la barriada de pisos sociales más grande de la ciudad comparten espacio vital quienes quieren vivir en paz con los que repelen a la Policía a pedradas


EVARISTO FERNÁNDEZ DE VEGA

BADAJOZ. Son las 10 de la mañana y la barriada de Suerte de Saavedra amanece tranquila. También Olof Palme, la calle donde se han producido los últimos episodios violentos. Por la acera, una anciana arrastra su carro absorta en sus pensamientos. A pocos metros, dos jóvenes leen el periódico aprovechando los rayos de sol que calientan una mañana fría y seca. En la acera de enfrente, una mujer termina de fregar la entrada a su bloque.
-«¿Cómo ha estado hoy la noche?», pregunto.
-«Muy tranquila», responde ella. «Hoy hemos podido dormir en calma», dice mientras aprieta la fregona contra el escurridor.
Unos segundos después se aproxima una anciana acompañada de un perrito, y luego llega otra señora. Pero ninguna quiere hablar. Saben que en el barrio se cotiza al alza el silencio y prefieren observar los acontecimientos con la mayor de las prudencias.
-«La otra noche se escucharon muchas voces. Vinieron por lo menos cinco coches de la Policía. De la Nacional y de la Local. Y se insultaban unos a otros. Los que estaban arriba ponían como un trapo a los policías, pero los policías también respondían», asegura una de las mujeres en tono de confidencia.
Su “confesión” tenía lugar a las diez y cuarto de la mañana del miércoles. A esa hora todavía estaban en la cama quienes trasnochan y arman bulla y, con un poco de insistencia, era posible arrancar testimonios creíbles.
-«Esta calle es un sinvivir. Es una vergüenza. Mucha gente se ha ido del barrio porque ya no aguanta. Quien puede ha salido al Cerro Gordo o a otros lados para dejar de ver estas cosas. Pero yo no me puedo permitir ese lujo».
Con unas cifras de paro galopantes, más aún en una zona con perfil económico bajo, es fácil entender por qué las familias permanecen en la barriada de viviendas sociales más grande de Badajoz. «Nosotros pagamos 88 euros de alquiler, pero los hay que pagan 30 euros y los hay de 125. Depende de los ingresos».
Patada en la puerta
En realidad, no todos cumplen. Precisamente quienes más problemas suelen generar son las familias que han ocupado las viviendas de forma ilegal, una práctica que la Junta de Extremadura no consigue erradicar.
-«Yo llevo aquí 25 años y esto no lo ha habido nunca. Vine aquí con cuatro niños chicos y ahora ya son hombres. Pero en los primeros años Suerte de Saavedra era un barrio tranquilo. El problema empezó hace 14 años cuando hicieron los pisos nuevos», dijo una mujer hastiada con la situación.
Ella presenció el último enfrentamiento con la Policía y sabe que los pisos que hay frente a su bloque son los que acumulan mayor número de familias conflictivas.
-«Solución tiene. La Policía sabe dónde venden (droga) y quién la vende. Con más vigilancia esto podría mejorar. Lo que necesitamos es policía las 24 horas del día».
Mientras cuenta lo que piensa, esta vecina se muestra crítica con la última actuación policial.
-«La Policía no se portó como debía».
Justo en ese instante aparece un joven visiblemente indignado.
-«La Policía tuvo aquí un abuso. Apuntaban hacia arriba, y arriba había niños. Podían haber usado el chorro de agua y las bombas de humo, pero con las armas se pasaron. Yo, por circunstancias, me he visto en medio de algunos enfrentamientos con armas y las pistolas cuando se cargan son para matar. Vamos, que les daba igual matar a cualquiera. Si los de arriba hubiesen sacado armas, lo vería bien, pero los de arriba no sacaron armas».
Después de hablar, vuelve a su coche. Pero no le arranca.
-He parado para hablar con vosotros. Echadme una mano.
Tras el correspondiente empujón, el vehículo vuelve a marchar. Luego, los vecinos discuten sobre lo que han escuchado.
-«Pues yo pienso que la Policía debería tener más mano dura. No es normal que cuando vienen les tiren de todo».
-«No sé, no sé», responde otra.
-«Puedo hacerles un retrato», les pregunta Pakopí, el fotógrafo de HOY.
-No, porque luego te ponen de chivata y de alcahueta. Si se fijan en ti ya no puedes vivir aquí, ni tú ni tus hijos.
- «Aquí, hasta que no pase algo gordo, no van a parar. Algo gordo tiene que pasar un día», cierra la conversación antes de marcharse.
Barrio diverso
Olof Palme es una calle larga. Para llegar, hay que dejar la carretera de Sevilla y tomar la vía que sube a Suerte de Saavedra. Luego, es preciso llegar a la rotonda por la que se accedía al mercadillo de los domingos, y continuar recto en lugar de girar. Cien metros más adelante, girando a la derecha, se extiende esta calle sin ley, cuyo extremo opuesto desemboca en la zona comercial del barrio.
-«Cuando hago un currículum yo pongo la dirección de mi suegra. Y a los taxistas les digo que voy a la carretera de Sevilla, si no, te ponen caras raras», relata una joven.
Resulta paradójico que el personaje que da nombre a la calle Olof Palme fuera un político sueco que ha pasado a la historia por su labor pacifista. Tan sorprendente como que solo haya una calle de por medio entre Olof Palme y los bloques de viviendas donde residen las familias de muchos de los guardias civiles que trabajan en Badajoz. Apenas 100 metros de distancia. «Ellos no se mezclan en estas cosas», reconoce una vecina.
La razón está en que las competencias de seguridad en la ciudad de Badajoz no son responsabilidad de la Guardia Civil, sino que corresponden al Cuerpo Nacional de Policía, cuyos agentes cuentan con el apoyo de la Policía Local siempre que es preciso.
En el barrio saben que cuando surge un conflicto es la Policía Nacional, con el apoyo de su unidad antidisturbios, la que trata de calmar los ánimos.
Eso es lo que ocurrió el lunes cuando dos hombres que viajaban en un coche descargaron una escopeta de cartuchos contra un padre y un hijo. Ocurrió durante una discusión entre familias y las lesiones fueron leves.
Miedo por los niños
Ambos han sido detenidos, pero ese arresto no tranquiliza a las madres ni a los niños que presenciaron los hechos. Fue a las dos y cuarto de la tarde, justo cuando los pequeños volvían del colegio.
-«Hace 16 años aquí daba gusto vivir. Mi madre no tenía rejas y nadie se metía con nosotros. Pero cuando empezaron a llegar las familias conflictivas la cosa cambió. Empezaron a robarnos la ropa del tendedero y se acabó la calma, reconoce una joven que debe rondar los veintipocos años.
-«En mi escalera es raro el día que no baja rodando alguien desde el primero hasta el bajo. Las paredes están arrancadas, es una pena», prosigue.
-«¿Usted sabe lo que es un indígena? Eso es lo que hay en el barrio», tercia una señora de mediana edad.
-«Pues yo vivo bien. Conmigo no se mete nadie», le corrige otra joven.
-«Eso es porque tú no te preocupas del barrio. Si tú te metieras y lo defendieras, no estarías tan tranquila», le espeta.
-«Yo no puedo aparcar el coche aquí. Si lo dejara en la calle amanecería con las ruedas rajadas», remacha antes de hacer una última advertencia: «No lleves esa mochila en la mano, crúzatela por delante, como yo».
Luego enfila la calle entre indignada y satisfecha por haber dicho, aunque solo sea por una vez, lo que realmente piensa.

El guardia civil que detuvo a Antonio Izquierdo rompe su silencio

Localizar al guardia civil que detuvo a Antonio Izquierdo no ha sido fácil. Pero la casualidad quiso que nos cruzáramos el día del sorteo de Navidad. Tres semanas después nos concedió esta entrevista única y creo que su testimonio es revelador. Merece la pena leer y mirar para saber qué ocurrió en Puerto Hurraco. La información es impactante y el vídeo espectacular.

Julián Peña: La Iglesia está donde más se necesita

El 50% de los pacenses pone la cruz en la casilla de la Iglesia cuando hace la declaración de la renta. Con ese gesto, la Iglesia de Mérida-Badajoz cubre entre el 20 y el 25% de su presupuesto. ¿Pero qué fin da a ese dinero? La respuesta la tiene el ecónomo de la diócesis, Julián Peña Ripado, un padre de familia numerosa que hace 20 años renunció a una plaza de funcionario para poner sus conocimientos al servicio de la Iglesia. Dos décadas después, es la máxima autoridad diocesana en asuntos económicos.
-¿Qué cantidad de contribuyentes apoya a la Iglesia Católica?
-En la provincia de Badajoz, el porcentaje de asignación total a la Iglesia en el año 2008 fue del 49,23%. Ahí se incluye tanto a los que señalaron únicamente la casilla de la Iglesia como a los que marcaron las dos. En este segundo caso, la aportación no se divide, sino que se multiplica por dos: un 0,7% va a la Iglesia Católica y otro 0,7% a otros fines sociales.
-¿Son generosos los pacenses?
-Ese 49% es el porcentaje más alto de toda España. La media nacional se situó en el 34,31%.
-¿Cuánto dinero ingresa Mérida-Badajoz por este concepto?
-Unos 2,3 millones de euros, el 23% de los ingresos totales.
-¿De dónde procede el otro 77% del presupuesto?
-El 47% de los fondos llega a través de las aportaciones directas realizadas por los fieles a través de las colectas, los donativos, las cuotas parroquiales y las cuotas de Cáritas. Por tanto, el 70% del presupuesto son aportaciones realizadas por los fieles directamente o a través de la asignación tributaria.
-¿Hay otras fuente de ingresos?
-Las subvenciones concedidas por entidades públicas y privadas, fundamentalmente a los grandes proyectos de Cáritas, son el 12%. Otro 14% llega a través de las nóminas de los sacerdotes que realizan trabajos civiles, como ocurre con los profesores o los capellanes de hospital, y el 5% restante se ingresa con el alquiler de inmuebles que no se están utilizando ahora.
-¿Cuánto dinero maneja la Diócesis a lo largo de un año?
-En 2008 el presupuesto ascendió a 10,4 millones de euros. En torno al 36% se emplea en el sostenimiento del clero. Otro 21% se dedica al mantenimiento del culto, donde se incluyen los gastos de luz, agua y mantenimiento que generan los templos. Un 24% va a la actividad pastoral, y el 19% a la obra caritativa y social de la Iglesia, aunque ese porcentaje subió el pasado año al 25% para responder a la crisis.
-Mucha gente se pregunta cuál es el sueldo de un sacerdote.
-Los sacerdotes de la Diócesis tienen creado un fondo común y todos los ingresos se reparten teniendo en cuenta sus circunstancias pastorales, personales y geográficas. Por tanto, los curas que trabajan como profesores o capellanes ponen sus nóminas a disposición de ese fondo común. A día de hoy, un sacerdoterecibe una remuneración media de 800 euros y cotiza a la Seguridad Social por el salario mínimo. Su pensión es la mínima.
-Cuando la Iglesia pide a los contribuyentes que pongan la X en la casilla de la Iglesia, siempre destaca la acción caritativa que implica esa decisión. ¿Cómo ayuda la Diócesis a la sociedad?
-En la memoria 2009 de Cáritas Diocesana se indica que esta instituciónatendió a 10.886 personas gracias al trabajo de sus 1.814 voluntarios y de sus 53 trabajadores. Cáritas invirtió en ese ejercicio 2,5 millones de euros, la mayor parte en el programa para personas sin hogar y en los proyectos de acogida y atención primaria.
-¿Valora la sociedad ese trabajo?
-Yo pienso que sí y la prueba está en el alto porcentaje de personas que ponen la X en la casilla de la Iglesia, aunque no se puede olvidar que la Iglesia funciona gracias a su voluntariado. Sin la aportación desinteresada de todas esas personas no podría hacer lo que hace.
-¿Qué mensaje lanzaría a los contribuyentes que están a punto de sellar su declaración de la renta?
-A quien duda sobre la utilidad de poner la X le pediría que pensara un momento cuál es la actividad que realiza la iglesia en su pueblo y que, en lugar de dejarse llevar por la imagen que se da de la Iglesia en muchos medios de comunicación, baje un poco a la tierra y le ponga a la Iglesia la cara del cura o de la monja que conoce, la del voluntario que ayuda a los necesitados o la del catequista que atiende a sus hijos, porque la Iglesia siempre está donde más se necesita. Si después de hacer eso, piensa que esa labor es positiva, entonces lo animaría a que pusiera la cruz para que esas tareas se puedan seguir realizando.

El timo de la luz

Hace ahora ocho años fui a dar de alta la luz. «¿Qué potencia contrato?», pregunté. «Pues depende», contestaron. «Mire, en el piso del que vengo tenía 3,3 kw y el automático saltaba con frecuencia», les dije. Al final, llegué a la conclusión de que era mejor ampliar a 4,4 kw, aunque sé de amigos que contrataron más para evitar problemas con el aire acondicionado.
Hace unos meses me escribió mi compañía para decir que no tengo limitador de potencia. De modo que fui a verlos y un señor educadísimo confirmó lo que decía la carta. Por eso me atreví a preguntarle la duda que me surgió: ¿Por qué hace años me ofrecieron la posibilidad de contratar más potencia? ¿Qué sentido habría tenido pagar por algo que, visto lo visto, me ha estado saliendo gratis?
Su respuesta fue amable. Me dijo que en su momento debieron informarme de que el contrato que estaba haciendo me permitía hacer uso de toda la potencia que necesitara sin necesidad de contratar más y, de paso, me ahorraba un buen dinero.
Igual ocurrió como él dice y yo lo he olvidado, pero dudo mucho que los hogares que contrataron más kilovatios que yo eligieran esa opción porque deseaban pagar más. ¿Tan tontos iban a ser?
En cualquier caso, las circunstancias han cambiado. Ya no es suficiente con la insoportable subida que hemos sufrido en el recibo de la luz: 5,28% en el 2006; 2,98% en 2007; 8,9% en 2008; 5,4% en 2009, y otro 5% más el próximo mes de julio. ¿Se ha parado a sumar? En sólo cinco años el coste de la energía se habrá encarecido un 27% para mí, que tengo la suerte de seguir trabajando, pero también para los parados y los empleados públicos y privados que han visto bajar su nónima.
Imagino que tiene que ser así para que las cuentas les cuadren, que no puede ser de otra manera, pero asusta descubrir que mi eléctrica intentó estafarme sin el más mínimo pudor. Si eso lo hacen en nuestra propia cara, ¿qué no harán a nuestras espaldas?

Made in Spain

Todos tenemos un juguete preferido y el mío es un camión grúa. Me lo trajeron los Reyes siendo niño y 30 años después sigue funcionando. ¡Es casi un milagro! Mi camión de los ‘click’ está en mejor estado que la mitad de los juguetes de la última campaña de Reyes.

Pero es que mi viejo camión tiene un secreto: fue fabricado en España. Y como mi camión, el helicóptero que aún rueda por el salón de casa. Es verdad que le falta un aspa, pero su carrocería metálica está completa.

Mirando esos juguetes me pregunto por qué los juegos de hoy se fabrican en China. ¿Acaso son mejores? Yo diría que no, pero la experiencia me demuestra que incluso las jugueterías tradicionales llenan sus estanterías de artículos que fallan a las primeras de cambio. Ocurre con los juguetes, sucede con la ropa, pasa con los ordenadores y pronto no habrá forma de comprar un producto ‘Made in Spain’.
Lamenta José María Casado, el dueño de la librería Universitas, que la Diputación de Badajoz compre en el País Vasco los libros de las bibliotecas pacenses. «¿Así quieren crear riqueza en Extremadura?», se pregunta.

Pero es lo que hacemos todos. Cuando vamos al supermercado sólo miramos el precio. Si un litro de aceite fabricado en Marruecos cuesta 3,20 euros y el mismo litro de aceite elaborado en Extremadura se vende por 3,80 euros, nos llevamos el marroquí. Así nos ahorramos 60 céntimos. Y lo mismo hacemos con el tomate frito, el vino, el queso, los espárragos, la miel, las aceitunas.

De esa forma ahorramos, pero al mismo tiempo que ahorramos, cavamos nuestra propia tumba. Porque esa renuncia a lo propio mata lentamente las industrias que nos quedan, esas cooperativas de agricultores que pagan sus impuestos aquí y no en China ni en Marruecos, dos países preciosos que difícilmente nos ayudarán cuando usted y yo nos hayamos quedado sin empleo porque España, en lugar de fabricar riqueza, sólo fabrique parados.

Hacienda no somos todos

Si yo tuviera un local de copas, me gustaría saber qué empleados me engañan. Pero como no lo tengo, me limitaré a describir lo que me ocurrió hace unos días a la hora de pagar. «¿Cuánto es?», pregunté al camarero. «Seis con diez», contestó. Entonces le pedí el ticket, pero al tenerlo en mi mano, vi que eran cinco con cincuenta. «Mire, aquí abajo, con boli, le pongo un recargo del 10% por consumir en la terraza.», se justificó el chaval.
No le dije nada, me limité a pagar y me marché. Pero ahora me pregunto quién se embolsará los 50 céntimos que cobró de más: ¿Su jefe o él? Porque a efectos contables, esas 83 pesetas no figuran en ninguna parte. Sólo yo y quien marcó la cuenta saben que existen. Y cuando algo no está registrado, cabe la posibilidad de que se esfume sin dejar rastro.
Algo parecido ocurre con el borrador de la declaración de la renta. La Agencia Tributaria te lo manda a casa para ahorrarte trabajo, pero en lugar de enviarte una propuesta de pago ajustada a tus ingresos y gastos, excluye algunos datos que benefician al declarante. ¿Qué explicación tiene que en muchos de los borradores no se contemple la deducción de la hipoteca del piso? ¿Cómo es posible que el Estado, pagador de una ayuda de 2.500 euros por el nacimiento de cada hijo, no incluya al recién nacido en el borrador que elabora?
Si este tipo de olvidos fuesen la excepción, tendría pase, pero resulta sospechoso que ese ‘gran hermano estatal’ que todo lo controla, no busque la información que precisa para hacer un borrador correcto.
Una sociedad sana se basa en la confianza mutua: yo soy leal contigo porque espero que tú lo seas conmigo. Pero si esa confianza se rompe, el sistema salta por los aires, cada cual mira por sus intereses y todos salimos perdiendo.
Sobre todo, los que confían en la lealtad de los demás. Y a la larga, todos nos volvemos tramposos.

El hombre y la cabra

Hay un programa de televisión que no me disgusta. Cuenta las vivencias de tres familias españolas arrancadas de su confortable entorno para vivir en el corazón de África. ‘Perdidos en la tribu’ tiene mucho de ficción, pero permite asomarse a la selva con la curiosidad del niño que observa las jaulas de un zoológico. El otro día, una de las tribus puso a prueba a un concursante. Le pidieron que sacrificara a una cabra. Pero el joven de piel blanquita, a sus 16 tiernos años, fue incapaz de clavarle el cuchillo. Se le resblandeció el corazón y rompió a llorar como una magdalena. Creo recordar que el chico procedía de Valencia. Y creo recordar también que la cabra terminó cayendo a manos de su padre.
El comportamiento del joven me sorprendió, pero lo que más llamó mi atención fue el pudor que tuvo la cadena a la hora de mostrar el sacrificio. No se vio cómo degollaban al animal y tampoco enseñó la sangre. Ese empeño por no molestar me pareció digno de ser contado. Cualquier persona sabe que una parte de la audiencia podría sentirse herida en su sensibilidad. Yo no eché de menos la muerte de la cabra. He visto sacrificar cerdos, pollos, conejos. Y siempre mueren del mismo modo.Por eso me extraña la contradicción en que caen la mayoría de las televisiones. Los mismos que ocultan la muerte de una cabra, no tienen reparos en emitir la agonía de un ser humano. Y nos la enseñan en el telediario de mediodía, cuando los niños están sentados a la mesa: hombres acribillados a balazos, viajeros de metro con los miembros amputados, montones de cadáveres descompuestos. A fuerza de ocurrir así, casi nadie protesta. Pero si en lugar de tratarse de hombres, fueran toros, chillarían los antitaurinos. Y si fuesen galgos, podrían el grito en el cielo los defensores de los animales de caza. Tengo la sensación a veces de que las víctimas de nuestra especie han dejado de interesar, que vale más la vida de una cabra africana que la de un irakí reventado por una bomba.

Ecología de pacotilla

Acabo de hacer de vientre, que no sé muy bien lo que significa pero queda de lo más refinado. Ya sé que no debería hablar de estas cosas, pero tenía ganas de contar lo que me ocurrió el otro día. Había quedado a desayunar en una cafetería y en la espera sentí el apretón, así que me encaminé al baño.
Estaba en el sótano y no se veía un pijo. Le di a la luz, cerré la puerta y me puse a silbar. Pero hete aquí que el foco se apagó cuando la película llegaba a su escena de terror. Todo se quedó oscuro. Por no haber, no había ni luz de emergencia. Y allí estaba yo, solo ante el peligro.
Como pude me rehice y más pronto que tarde salí de la oscura cueva. Prometí no volver a ese baño traicionero y he cumplido mi palabra. Pero esa decisión no ha evitado que sufriera un nuevo accidente. Esta vez me ha ocurrido en un café. De moderno que es, las luces se encienden al sentir el movimiento. No hace falta pulsar el botón. Pero el artilugio tienen un fallo: como se te ocurra quedarte quieto, haces el pis -qué fino, por favor- a oscuras. En ese caso, sólo cabe bracear como loco hasta que el dichoso sensor te detecta.
Imagino que los nuevos sistemas de iluminación están homologados, pero no me convencen. ¿Para qué quiero una luz que se apaga cuando más la necesito? Es lo mismo que las bolsas fabricadas con fécula de almidón de patata: les metes tres litros de leche y la compra se sale por abajo.
Si de lo que se trata es de conservar el medio ambiente, tal vez sería más práctico prohibir la fabricación de los teléfono móviles que se rompen al primer golpe, de los cubiertos de un solo uso, de los ordenadores que fallan al año de comprarlos, de las bandejitas de corcho que les ponen a la fruta y que acaban en la basura, de los libros de texto donde se escribe para que no sirvan al año siguiente y de todas esas cosas preciosas que no aguantan un estornudo. Eso en lugar de convencernos de que la única manera de salvar el mundo es viajar en bicicleta.

Prohibido para mí, no para ti

Hace años me pidieron que cubriera una rueda de prensa de la Asociación Española Contra el Cáncer. Se celebraba el Día Mundial Contra el Tabaco y los ponentes trataban de convencer a la opinión pública de lo malísimo que resultaba fumar.
Y digo que trataban porque a mí no me convencieron: el mismo señor que representaba al Insalud en ese encuentro con la prensa, no tuvo reparos en fumarse un cigarrillo a las puertas de la asociación ante los incrédulos ojos de este periodista.
La historia es vieja, pero se repitió hace unos días en el Hotel Gran Casino de Extremadura. José Antonio Abellán, el periodista deportivo de la COPE, viajó ese día a Badajoz para grabar El Tirachinas. Cientos de personas abarrotaban el salón cuando un colaborador del programa recordó la prohibición de fumar.
Mientras hacía ese comentario, el mismísimo José Antonio Abellán daba las últimas caladas a un pitillo a la vista de todos nosotros.
La escena me chocó. Ya sé que los humanos somos en ocasiones los seres más incongruentes del mundo, pero ese tipo de situaciones me provoca rechazo: desde que se aprobó la ley antitabaco he compartido entrevistas con infinidad de cargos públicos que no se resisten al ‘vicio’ cuando están en sus despachos oficiales; he tratado con médicos y enfermeros que fuman como carreteros en su vida cotidiana; he visto a docentes dar las últimas caladas a sus cigarros a la vista de sus alumnos… ¿Pero a qué estamos jugando?
El Gobierno dice ahora que muy pronto prohibirá fumar en todos los locales de ocio. Que los fumadores tendrán que salir a la calle si quieren aplacar su adicción.
Y no me parece mal, pero alguien debería dejar claro que la prohibición de fumar es para todos. Para todos sin excepción, incluidas esas personas que por su condición de periodistas de fama, de representantes públicos o de garantes de la salud deberían ser el espejo en el que todos nos mirásemos.

Haití y Vic

Haití y Vic. Pocas palabras resumen mejor la condición humana. Haití, como sinónimo de generosidad; Vic, como símbolo de egoísmo. Y lo curioso es que los mismos que enviamos 100 euros a ese lejano país devastado con el terremoto, compartimos la decisión de negar el empadronamiento a los inmigrantes ilegales.
Dice Cáritas en su última campaña que para encontrar gente necesitada ya no tenemos que salir de nuestro país. Haitianos con una mano delante y otra detrás los hay en nuestro barrio, ya sea en forma de negritos ‘muertos-de-hambre’, rumanos ‘acampa-donde-pueden’ o ancianos españoles ‘con-pensión-mínima que -no-llegan-a-fin-de-mes’.
Personas parecidas a las de Haití existen en Extremadura, pero es más fácil echar mano de la cartera cuando están al otro lado de la pantalla. La ventaja de los pobres de la tele es que no huelen, no ensucian, no molestan y, sobre todo, basta con apretar el botón del mando para dejar de verlos.
Enviar 100 euros al otro lado del Atlántico es más higiénico, menos comprometido, más liberador. A esos haitianitos ‘muertos-de-hambre’ no hay que empadronarlos aquí, no compiten por una plaza en nuestras guarderías públicas, no necesitan una vivienda social, tampoco precisan un centro de transeúntes que ninguno queremos al lado de nuestras casas, y jamás me quitarán mi puesto de trabajo.
Haití y Vic; solidaridad y egoísmo. Si algo he aprendido estos días, es que los hombres acudimos prestos a la petición de ayuda, pero rápidamente olvidamos. Que somos generosos con los de fuera, pero nos cuesta querer a los cercanos.
Por eso me encanta Chema Caballero, el misionero extremeño de Sierra Leona. Y como él, miles de personas que no necesitan un terremoto para que se remuevan sus entrañas. Me dan una envidia sana.

Hoy.es

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