En la barriada de pisos sociales más grande de la ciudad comparten espacio vital quienes quieren vivir en paz con los que repelen a la Policía a pedradas
EVARISTO FERNÁNDEZ DE VEGA
BADAJOZ. Son las 10 de la mañana y la barriada de Suerte de Saavedra amanece tranquila. También Olof Palme, la calle donde se han producido los últimos episodios violentos. Por la acera, una anciana arrastra su carro absorta en sus pensamientos. A pocos metros, dos jóvenes leen el periódico aprovechando los rayos de sol que calientan una mañana fría y seca. En la acera de enfrente, una mujer termina de fregar la entrada a su bloque.
-«¿Cómo ha estado hoy la noche?», pregunto.
-«Muy tranquila», responde ella. «Hoy hemos podido dormir en calma», dice mientras aprieta la fregona contra el escurridor.
Unos segundos después se aproxima una anciana acompañada de un perrito, y luego llega otra señora. Pero ninguna quiere hablar. Saben que en el barrio se cotiza al alza el silencio y prefieren observar los acontecimientos con la mayor de las prudencias.
-«La otra noche se escucharon muchas voces. Vinieron por lo menos cinco coches de la Policía. De la Nacional y de la Local. Y se insultaban unos a otros. Los que estaban arriba ponían como un trapo a los policías, pero los policías también respondían», asegura una de las mujeres en tono de confidencia.
Su “confesión” tenía lugar a las diez y cuarto de la mañana del miércoles. A esa hora todavía estaban en la cama quienes trasnochan y arman bulla y, con un poco de insistencia, era posible arrancar testimonios creíbles.
-«Esta calle es un sinvivir. Es una vergüenza. Mucha gente se ha ido del barrio porque ya no aguanta. Quien puede ha salido al Cerro Gordo o a otros lados para dejar de ver estas cosas. Pero yo no me puedo permitir ese lujo».
Con unas cifras de paro galopantes, más aún en una zona con perfil económico bajo, es fácil entender por qué las familias permanecen en la barriada de viviendas sociales más grande de Badajoz. «Nosotros pagamos 88 euros de alquiler, pero los hay que pagan 30 euros y los hay de 125. Depende de los ingresos».
Patada en la puerta
En realidad, no todos cumplen. Precisamente quienes más problemas suelen generar son las familias que han ocupado las viviendas de forma ilegal, una práctica que la Junta de Extremadura no consigue erradicar.
-«Yo llevo aquí 25 años y esto no lo ha habido nunca. Vine aquí con cuatro niños chicos y ahora ya son hombres. Pero en los primeros años Suerte de Saavedra era un barrio tranquilo. El problema empezó hace 14 años cuando hicieron los pisos nuevos», dijo una mujer hastiada con la situación.
Ella presenció el último enfrentamiento con la Policía y sabe que los pisos que hay frente a su bloque son los que acumulan mayor número de familias conflictivas.
-«Solución tiene. La Policía sabe dónde venden (droga) y quién la vende. Con más vigilancia esto podría mejorar. Lo que necesitamos es policía las 24 horas del día».
Mientras cuenta lo que piensa, esta vecina se muestra crítica con la última actuación policial.
-«La Policía no se portó como debía».
Justo en ese instante aparece un joven visiblemente indignado.
-«La Policía tuvo aquí un abuso. Apuntaban hacia arriba, y arriba había niños. Podían haber usado el chorro de agua y las bombas de humo, pero con las armas se pasaron. Yo, por circunstancias, me he visto en medio de algunos enfrentamientos con armas y las pistolas cuando se cargan son para matar. Vamos, que les daba igual matar a cualquiera. Si los de arriba hubiesen sacado armas, lo vería bien, pero los de arriba no sacaron armas».
Después de hablar, vuelve a su coche. Pero no le arranca.
-He parado para hablar con vosotros. Echadme una mano.
Tras el correspondiente empujón, el vehículo vuelve a marchar. Luego, los vecinos discuten sobre lo que han escuchado.
-«Pues yo pienso que la Policía debería tener más mano dura. No es normal que cuando vienen les tiren de todo».
-«No sé, no sé», responde otra.
-«Puedo hacerles un retrato», les pregunta Pakopí, el fotógrafo de HOY.
-No, porque luego te ponen de chivata y de alcahueta. Si se fijan en ti ya no puedes vivir aquí, ni tú ni tus hijos.
- «Aquí, hasta que no pase algo gordo, no van a parar. Algo gordo tiene que pasar un día», cierra la conversación antes de marcharse.
Barrio diverso
Olof Palme es una calle larga. Para llegar, hay que dejar la carretera de Sevilla y tomar la vía que sube a Suerte de Saavedra. Luego, es preciso llegar a la rotonda por la que se accedía al mercadillo de los domingos, y continuar recto en lugar de girar. Cien metros más adelante, girando a la derecha, se extiende esta calle sin ley, cuyo extremo opuesto desemboca en la zona comercial del barrio.
-«Cuando hago un currículum yo pongo la dirección de mi suegra. Y a los taxistas les digo que voy a la carretera de Sevilla, si no, te ponen caras raras», relata una joven.
Resulta paradójico que el personaje que da nombre a la calle Olof Palme fuera un político sueco que ha pasado a la historia por su labor pacifista. Tan sorprendente como que solo haya una calle de por medio entre Olof Palme y los bloques de viviendas donde residen las familias de muchos de los guardias civiles que trabajan en Badajoz. Apenas 100 metros de distancia. «Ellos no se mezclan en estas cosas», reconoce una vecina.
La razón está en que las competencias de seguridad en la ciudad de Badajoz no son responsabilidad de la Guardia Civil, sino que corresponden al Cuerpo Nacional de Policía, cuyos agentes cuentan con el apoyo de la Policía Local siempre que es preciso.
En el barrio saben que cuando surge un conflicto es la Policía Nacional, con el apoyo de su unidad antidisturbios, la que trata de calmar los ánimos.
Eso es lo que ocurrió el lunes cuando dos hombres que viajaban en un coche descargaron una escopeta de cartuchos contra un padre y un hijo. Ocurrió durante una discusión entre familias y las lesiones fueron leves.
Miedo por los niños
Ambos han sido detenidos, pero ese arresto no tranquiliza a las madres ni a los niños que presenciaron los hechos. Fue a las dos y cuarto de la tarde, justo cuando los pequeños volvían del colegio.
-«Hace 16 años aquí daba gusto vivir. Mi madre no tenía rejas y nadie se metía con nosotros. Pero cuando empezaron a llegar las familias conflictivas la cosa cambió. Empezaron a robarnos la ropa del tendedero y se acabó la calma, reconoce una joven que debe rondar los veintipocos años.
-«En mi escalera es raro el día que no baja rodando alguien desde el primero hasta el bajo. Las paredes están arrancadas, es una pena», prosigue.
-«¿Usted sabe lo que es un indígena? Eso es lo que hay en el barrio», tercia una señora de mediana edad.
-«Pues yo vivo bien. Conmigo no se mete nadie», le corrige otra joven.
-«Eso es porque tú no te preocupas del barrio. Si tú te metieras y lo defendieras, no estarías tan tranquila», le espeta.
-«Yo no puedo aparcar el coche aquí. Si lo dejara en la calle amanecería con las ruedas rajadas», remacha antes de hacer una última advertencia: «No lleves esa mochila en la mano, crúzatela por delante, como yo».
Luego enfila la calle entre indignada y satisfecha por haber dicho, aunque solo sea por una vez, lo que realmente piensa.


Todos tenemos un juguete preferido y el mío es un camión grúa. Me lo trajeron los Reyes siendo niño y 30 años después sigue funcionando. ¡Es casi un milagro! Mi camión de los ‘click’ está en mejor estado que la mitad de los juguetes de la última campaña de Reyes.


