El tesoro del mosaico y el falso adivino
Ahora que el Museo Nacional de Arte Romano exhibe el restaurado y espectacular mosaico de Orfeo, he recordado una historia (que no leyenda) de adivinos, mosaicos y tesoros.
Y es que alguna vez los videntes aciertan, pero otras muchas provocan la ceguera del oro, la enfermedad de la avaricia y la locura de la obsesión, que causa la ruina del pobre incauto que quiere enriquecerse con prontitud.
Y otras veces la obsesión hace peligrar algo más que el orgullo de una sola persona, y por encontrar un supuesto tesoro se aniquila un tesoro mayor, que como en las más antiguas leyendas, permanece invisible ante el que lo busca aún teniéndolo delante de los ojos.
Esto es lo que sucedió con un mosaico romano que se descubrió en el siglo XIX en la calle Sagasta de Mérida. En este mosaico se entremezclan magistralmente Musas, Victorias aladas, Belerofonte y Pegaso dando muerte a la Quimera, (un temible monstruo con cuerpo de cabra, patas de dragón y cabeza de león que asolaba la costa de Asia Menor), y hasta hombres cabalgando sobre dinosaurios que, afirman los entendidos, son en realidad pigmeos luchando con cocodrilos en los marjales del Nilo.
Esta notable obra de arte sufrió una terrible agresión por culpa de un adivino, quien, como cuenta el conde de Cisneros, afirmó que bajo el mosaico había una orza llena de monedas de oro, lo que motivó la destrucción de buena parte del mismo. Según afirma Jose María Álvarez, cronista oficial de Mérida y director del MNAR, esta era una práctica muy común enla España de la mitad de la centuria decimonónica.
Nos cuenta el conservador de MNAR Jose Luis de Barrera que la dueña de la casa en la apareció (hoy Centro de Interpretación), contrató obreros y comenzó a picar el centro del mosaico siguiendo las ordenes del pretendido vidente, y como el tesoro no aparecía, el adivino fue cambiando de opinión respecto a la ubicación del tesoro, haciendo que picasen aquí y allá, hasta que la cordura de algunos de los que se enteraron del destrozo puso fin a tan tamaña barbaridad.
El presunto adivino, de origen portugués, lo que sí consiguió fue una orden de busca y captura, y puso tierra de por medio, así que necesitaríamos de otro de su calaña para saber donde se escondió.
El mosaico, un verdadero tesoro a pesar de los daños sufridos (sobrepintado gracias a un boceto que pudo hacerse antes de que lo machacasen) puede contemplarse hoy, para deleite de emeritenses y foráneos, ocupando tres plantas del Museo Nacional de Arte Romano. Pregunten por el Mosaico Nilótico.







