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Fecha: mayo, 2015
Don Vicente Maestre, un cazatesoros del siglo XIX
Israel J. Espino 27-05-2015 | 9:32 | 0

Ilustración: Borja González Hoyos

Aunque parezca mentira, hay quien cambió su suerte al llegar a sus manos un “mapa del tesoro”. O concretamente, un libro de tesoros. De estos ciprianillos o gacellitas ya hemos hablado en otra ocasión, pero debíamos hablar, sin duda, de aquellos buscadores de tesoros que dedicaron parte de su vida a correr tras un sueño de joyas y monedas de oro.

Don Vicente Maestre es un personaje extremeño digno de conocerse, nacido en Gata,  escribió en 1860 un trabajo llamado “Tesoros escondidos en Extremadura según las tradiciones y fábulas árabes”. En él cuenta cómo a los 20 años vinieron a sus manos unos manuscritos de tesoros árabes, pero recordando la impugnación que a esa clase de manuscritos había hecho hacía más de un siglo el padre Feijoo, los despreció, y solo los conservó por fidelidad a su sistema de no romper papel alguno. Pero el tiempo, que es paciente, pasa, y 30 años más tarde, él mismo cuenta como

“…trasladada mi casa a esta ciudad de Coria en octubre de 1858 y hecho una expedición minera con un amigo ingeniero i otros a las Hurdes y algunos pueblos de la Sierra de Gata en mayo de 1859, fue tanto lo que oí hablar de tesoros, y tales particularidades nos contaron, y tales citas hicieron, que por ello  creí ya merecer el negocio un serio, detenido e imparcial examen; y entonces volví a leer esos libros míos, me proporcioné otros, y tomé muchas noticias y en unión con un amigo ilustrado pero no poco entusiasta, y por consejo de otros más fríos hicimos tres expediciones reuniendo por ellas curiosos e interesantes datos…”

Pero todo héroe tiene su némesis, y por la misma época vivía en San Martín de Trevejo Don Juan Peralta, vecino muy rico cuyos padre y abuelo tenían fama no ya de buscadores de tesoros, sino de halladores, ya que se decía que su abuelo, N. Peralta, había recibido un “libro de tesoros” en herencia de su tío, un fraile recluido en la cercana Ciudad Rodrigo.

Maestre seguía las huellas de Peralta tras los tesoros... (Jimber)

La riqueza de la familia parecía provenir del descubrimiento de estos tesoros, una vez que tuvieron el libro en sus manos, y al parecer uno de los que sacaron a la luz fue un peñasco argamasado y lleno de oro que se encontraba oculto  en la fuente Sobrea o Sobrera.  A decir de Don Vicente Maestre, en 1860 la fuente, que se encuentra en el término de Eljas, aún conservaba el peñasco, pero el tesoro lo había sacado hace muchos años el tal Peralta. “Yo nada aseguro –insinúa Don Vicente- pero lo cierto es que su fortuna proviene de ello y he hablado con personas que dicen conocieron personalmente al repetido abuelo y aseguran era pobre y luego muy rico. No respondo de la verdad”.

Armado con su “libro de tesoros”, Don Vicente intenta encontrar el tesoro de “la Fuente Vieja” y en  1860  localiza la fuente, en el término de Cilleros. Allá que se va ilusionado, solo para comprobar que, una vez más se le habían adelantado. Encuentra el terreno removido, aunque no recientemente, y mientras cabizbajo ve como se le escapaba otro tesoro de las manos cuando casi lo tocaba, acertó a pasar por allí un cabrero portugués que residía en esos parajes desde hacía 45 años, quien le relató que sobre 1815 otro buscador de tesoros más afortunado, (el ya famoso para nosotros  y millonario por entonces Peralta), había sacado el tesoro.

Otras veces no se le adelantaba Peralta, sino algún otro afortunado. Buscando nuestro Maestre otro tesoro que al parecer se encontraba “en las vegas de Peñarubio” descubre  emocionado que esas vegas, aunque han cambiado de nombre, (cosa que hay que tener en cuenta, como ya hemos contado) comprenden lo que entonces se llamaba la “Huerta de las Moreras” en la Encomienda de Benavente, en Zarza la Mayor.  Don Vicente Maestre se planta en el paraje y pregunta por el poste, y su gozo se ve de nuevo en un pozo cuando unos cabreros (¿que haría nuestro buen amigo Maestre sin sus cabreros que siempre le sacan de dudas y le informan de su tardanza?) le cuentan que el poste por el que pregunta el cazatesoros lo arrancaron para hacer un chozo, y que más abajo (¡oh, desilusión!), en el cerrito de Peñarubias uno encontró casualmente en 1846 una olla con polvo de oro que estaba enterrada “pero viendósele ya el borde”.  O lo que es lo mismo, enseñando la patita.

Don Vicente recorrió la Sierra de Gata tras los tesoros marcados (Jimber)

Justo en este enclave se encontraba otro tesoro ya encontrado. El libro decía que en Sierra Alta había una plazuela con una cruz, y bajo la cruz un tesoro enterrado de monedas de oro. Lo cierto es que en el término de Zarza la Mayor había un castillo  cuyas ruinas tienen forma de círculo. Cuando en 1860 apareció por allí nuestro Maestre vio aún, tirada en el centro del círculo de los cimientos del castillo, la cruz de piedra y un gran hoyo, y a los paisanos asegurando (una vez más, y no sería la última) que Peralta “hace muchos años” había sacado de allí un tesoro. Lo que parece cierto es que en 1859 el cedacero de la villa de Eljas se acercó con otro vecino del pueblo a buscar tesoros en ese lugar, y rebuscando en los escombros del hoyo aún hallaron una antiquísima moneda de oro que vendieron en Ceclavín por 100 reales.

Las piedras mascan el tesoro (Jimber)

Solo un año antes, en 1858,  nuestro protagonista se había llevado una nueva desilusión. Decidido a encontrar una caldera de oro que se encontraba en una fuente o pocito junto a unas “piedras con letras” en  las “ventas del Caballo”, se convenció de que el sitio exacto se encontraba en el término de Cilleros. Allí fue a ver, siguiendo indicaciones, al cabrero (¡otro!) Rafael Naranjo, que tenía allí la majada y sembraba en el pocito, quien le dio una noticia buena y otra mala. La buena era que las “piedras con letras” habían existido, y la mala es que se las habían llevado para hacer un corral. Si desilusionado quedó el buen Maestre, peor iba a quedarse cuando el cabrero se enteró de que buscaba un tesoro. Le contó a Don Vicente que volvía a llegar tarde, ya que su amigo Fernán Furreras, jornalero de la Zarza, un buen día que se encontraba por allí arrancando jaras para un horno encontró una olla llena de polvos negruzcos que tiró, creyéndolos de salvadera, llevándose tan sólo un dedal de ellos, que resultaron ser polvos de oro. El pobre de Don Vicente, sin embargo, no hizo el viaje en balde. El buen cabrero le llevó a ver el sitio donde se halló el tesoro y pudo ver tres pedazos de la antigua olla que encerró el tesoro. Menos da una piedra.

Don Vicente no dejó nunca de buscar tesoros y de coleccionar libros que marcaban la X en rincones perdidos, convencido como estaba de que Extremadura es tierra fronteriza donde celtas, romanos, godos, árabes, judíos  y cristianos ocultaron sus más preciadas pertenencias antes de salir pitando. Razón no le faltaba. Y si no, que se lo pregunten a Peralta.

 

 

 

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Los árboles encantados de Extremadura
Israel J. Espino 12-05-2015 | 8:31 | 0

 

 

Ilustración: Borja González

No hace falta que esperemos a  la mágica noche de San Juan para encontrar árboles encantados  en nuestros campos. Donde menos lo esperamos, salta la rama, y las hojas sagradas ondulean con el viento susurrándonos leyendas.

Cuenta José Antonio Redondo  que en el palaciego Trujillo existía un espino florecido cerca del zahurdón de las ánimas, un espino que tenía la virtud de facilitar la preñez a toda mujer que lo tocara,  por lo que las mozas evitaban rozarlo  “porque no quedara en evidencia su virtud”.

El espino de las Ánimas cobro tanta fama  que aquel paraje, antes perdido y abandonado, se convirtió en uno de los más visitados de la época.

Historias parecidas existen en la misma comarca, como la del Almendro Florido del castro de la Coraja , un poblado celta cercano a Aldeacentenera.

El almendro, quizás por sus flores blancas y tempranas, es considerado un símbolo tanto del renacimiento de la naturaleza como de la fragilidad y de la dulzura.

En la mitología griega, el almendro se encuentra ligado a la fecundidad, pues de los órganos sexuales del andrógino Agdistis, que fue castrado por los otros dioses del Olimpo, brotó un almendro y de éste nació Attis, del que ya hemos hablado en otras ocasiones y cuya efigie aún se pasea cada primavera por nuestros campos.

Los almendros, en Extremadura, son testigos de amores imposibles (Jimber)

 

Otro de estos almendros encantados se encuentra, según nos cuenta José Juan Martínez Bueso, pasando un trecho la ermita de Belén de Zafra camino al Castellar. Sus flores están siempre mustias, sus almendras son las más amargas de lugar, y su acre sabor perdura en el paladar durante días.

La historia cuenta que había una pareja de enamorados que solían encontrarse junto al almendro. Prometidos al fin, el joven es llamado a servir al reino y la niña queda sola, esperando noticias que por fin llegan. Su amado ha muerto.

Cuentan que la niña no dejó de llorar durante días frente al almendro, derramando  las más desoladas lágrimas al saber que su enamorado jamás volvería junto a ella, y esas mismas lágrimas regaron el almendro, tornando sus flores cenicientas y acre su fruto.

Otro almendro encantado con triste leyenda es el que existía hasta hace bien poco en la legendaria fuente de María Miguel, junto al puente de Jerez, en la salida norte del templario pueblo de Fregenal de la Sierra.

La leyenda cuenta cómo dos jóvenes enamorados, María y Miguel, se reunían en esta fuente para verse, aunque los padres de la joven se oponían a este amor. Al más puro estilo legendario, los padres mandan asesinar a Miguel mientras esperaba a su amada, y al llegar María y encontrar a su novio muerto no soporta tanto dolor y fallece al poco tiempo.

La fuente de Mariamiguel, en Fregenal de la Sierra (Ángel Briz)

Los padres, arrepentidos, acuerdan enterrarlos juntos en las cercanías de la fuente, y cuentan que de sus tumbas nació un almendro, testigo mudo de su amor eterno que durante años dio sombra a los frexnenses.

El almendro, por desgracia, lo cortaron recientemente. Es el fin que tienen algunos árboles mágicos y algunas leyendas, pero con la diferencia de que éstas, aunque intenten talarlas, tienen hondas raíces clavadas en la memoria y  ramas jóvenes  que siguen alzándose hacia las estrellas.

Y de vez en cuando, cuando nadie lo espera, vuelven a florecer.

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Sobre el autor Israel J. Espino
Periodista especializada en antropología Entre dioses y monstruos https://lavueltaalmundoen80mitos.com https://meridasecreta.com

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