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Israel J. Espino

Extremadura Secreta

El “bárbaro” asesinato de las nobles de Mérida y el tesoro de las tumbas suevas

Una de las jóvenes llevaba un paño en la cabeza con placas de oro (Jimber)/

img_6499_edited_editedCorría el año 2005 cuando los arqueólogos del Consorcio de la Ciudad Monumental de Mérida hicieron un  enigmático descubrimiento: ocho sepulturas en el Corralón de los Blanes, un enorme  jardín  particular invadido por la vegetación y  situado en el centro de la capital extremeña , concretamente en el número 41 de la calle Almendralejo.

El solar, relacionado con el culto a antiguas religiones mistéricas, (que ya había dado antes gratas sorpresas a los arqueólogos con la aparición en sus entrañas de un posible de rituales relacionado con el culto a la Gran Madre), acababa de retirar una vez más el velo de polvo y  siglos que ocultaba sus entrañas y enseñaba a sus muertos.

Pero estas  no eran ni  mucho menos las únicas ni las primeras sepulturas que aparecían en este lugar… Entonces ¿Qué tenían de especial?

De entrada, los arqueólogos descubrieron que los muertos que ocupaban estas tumbas tenían demasiado en común: todos los esqueletos pertenecían a mujeres muy jóvenes, seguramente aristócratas pertenecientes a la nobleza, cuyos cuerpos se enterraron adornados con bellas joyas de oro, zafiro y granates que reflejan la tradición orfebre de los pueblos provenientes de la lejana Turquía y del Asia Central, de oriente y del centro de Europa, de lejanas tierras desde las que vinieron a morir a Mérida…

Una de las jóvenes llevaba un paño en la cabeza con placas de oro (Jimber)

Una de las jóvenes sepultadas, tocada con un paño con placas de oro (Jimber)

Una de estas damas llevaba un precioso collar, ajustado al cuello, con delicadas láminas de oro repujadas, en forma de hojas y adornadas con granates, y la frente de una de las niñas se encontraba adornada con pequeñas plaquitas de oro, de distintas formas geométricas, cosidas a un paño.

Otra niña de siete años llevaba un manto que se unía al vestido por los hombros gracias  a dos imperdibles plateados. Y otra pequeña, de tan solo tres años, sujetaba su manto con dos imperdibles de oro en forma de mosca o abeja. En uno de sus pequeños dedos refulgía un anillo de oro y zafiro.

Gracias a estas joyas los arqueólogos afinaron más en su análisis: descubrieron en las tumbas un total de 124 piezas que conformaban las joyas que adornaban a siete mujeres y niñas de la nobleza sueva. Pero ¿Quiénes eran los suevos y que hacían en Extremadura?

 Los suevos son un pueblo (o una amalgama de ellos más bien) aún muy desconocidos, provenientes del  noreste de Europa y englobados en el término de “bárbaros”, junto a los alanos y los vándalos.

Algunas de las 124 piezas de oro aparecidas en las sepulturas (Jimber)

Algunas de las 124 piezas de oro aparecidas en las sepulturas (Jimber)

Tras la invasión de Hispania y el reparto de las tierras, el rey suevo Requila (también llamado Rechila o Riquila)  se enamoró de Mérida y decidió establecer su corte  en la ciudad entre los años 439 y 448, convirtiéndola en la capital de un reino independiente que abarcaba prácticamente toda la Península Ibérica.

A la muerte de Riquila el trono pasó a su hijo Requiario, pero sabemos por las fuentes literarias que algunos de sus familiares intentaron impedir su nombramiento. Sin embargo, y según afirma el historiador Daniel Gomez Aragonés – autor del libro “Bárbaros en Hispania”- estos miembros de la nobleza sueva que se opusieron a la sucesión  no tuvieron la suficiente fuerza como para impedir la llegada al trono de Requiario.

Pero, ¿Por qué motivo se opondría la familia a que la línea sucesoria siguiese su camino natural? Pues la clave podemos tenerla si levantamos la mirada al cielo: el problema fueron los dioses.

Y es que  Requiario, el heredero,  decidió  abandonar el paganismo de sus ancestros y convertirse  en el primer monarca suevo de confesión cristiana.

Esta conversión al cristianismo y el consiguiente abandono de  los dioses antiguos a los que habían adorado tanto su padre con sus ancestros pudo ser la causa de la oposición de la familia a su acceso al trono.

Otra de las jóvenes sepultadas, con enganches de oro para el manto (Jimber)

Otra de las jóvenes sepultadas, con enganches de oro en forma de insecto para el manto (Jimber)

Y esta oposición al nuevo rey seguramente fue la perdición de los parientes. Porque si la familia se opone a que uno sea rey, hay que quitarse del medio a la familia, aunque nuestra nueva religión diga aquello de “no matarás”, y aunque aquellos a los que nos vayamos a cargar  tengan nuestra misma sangre. O precisamente por eso mismo.

Así que no es descabellado pensar que estas jóvenes muertas y enjoyadas fueron daños colaterales en una intriga cortesana por un “quítame allá esos dioses”.

Algunas de las piezas del tesoro, pertenecientes a un collar de oro y granates. (Jimber)

Algunas de las piezas del tesoro, pertenecientes a un collar de oro y granates. (Jimber)

Para saber si esta teoría era plausible nos dirigimos a Francisco Javier Heras Moras,  el arqueólogo  del Consorcio que dirigió junto a Ana Belen Olmedo la excavación en la que aparecieron los esqueletos, quien  nos confirmó que, efectivamente,  “es extraño encontrar tantas mujeres muertas con tan corta edad, todas aristócratas,  y todas fallecidas en un espacio de tiempo tan corto, ya que todos los enterramientos se producen en los nueve años en los que Mérida fue  sede de la corte sueva”.

De hecho, y aunque por ahora solo se puede considerar una hipótesis, se está considerando la teoría de que las tumbas puedan corresponder al ajusticiamiento de mujeres de una misma familia  realizado con el fin “cortar por lo sano” una determinada línea de sucesión.

Al margen de asesinatos y teorías conspiratorias, lo cierto es que ahora, y hasta el 7 de septiembre, el cuerpo (los cuerpos) del delito pueden contemplarse (al menos en fotografía) en la exposición “Suevas”, en el claustro de la Asamblea de Extremadura. Y también está allí, a escasos centímetros del visitante, el maravilloso tesoro dorado que cubría esos cuerpos, los esqueletos enjoyados de unas jóvenes aristócratas que pudieron ser víctimas inocentes de  un “bárbaro”  juego de tronos que truncó para siempre su vida y su linaje.

 

Una puerta abierta a nuestros mitos

Sobre el autor

Periodista especializada en antropología. Entre dioses y monstruos www.lavueltaalmundoen80mitos.com www.meridasecreta.com


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