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Autor: Alista
Extremadura: el mapa del tesoro
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Israel J. Espino | 09-03-2012 | 12:25| 6

Extremadura es un país de tesoros ocultos en los pueblos, sumergidos en los riachuelos, enterrados en los montes y casi siempre bien custodiados por moros encantados, bellas moracantanas o culebras inmortales.

No hacía falta que los conquistadores extremeños atravesasen océanos para encontrar Eldorado. En la Extremadura de leyenda existen ríos y fuentes de oro, colinas y cerros del tesoro, cuevas repletas de doblones y monedas, majadas y parajes preñados de alhajas esperando a ser descubiertos.

Hay que tener en cuenta que antiguamente no existían los bancos, por lo que ricos y pobres guardaban en casa el poco o mucho dinero que tuvieran. Tampoco existían los billetes, por lo que las monedas valían lo que representaban, el oro o la plata, y el que las acumulaba tenía un tesoro. Y cuando se lograba reunir uno llegaba el dilema de qué hacer con él… porque había ladrones, atracadores, parientes codiciosos… ¿Dónde guardar el dinero? Los muebles de la casa podrían registrarse, las baldosas levantarse, los cuadros descolgarse… era mucho más seguro buscar un buen escondite en las cercanías de las casas, en esos parajes que tan bien conocían, y hacer depósitos secretos en un corral, en un árbol, en una cueva o en una fuente. Muchos  guardaban sus monedas en pucheros y los enterraban, especialmente en tiempos de guerra (y hay que tener en cuenta que Extremadura, como zona fronteriza, ha sufrido unas cuantas a lo largo de la historia) y después, si la persona moría, los parientes buscaban en vano y el tesoro permanecía oculto a lo largo de los siglos, esperando en silencio que algún afortunado volviese a sacar su oro a la luz del sol, como le ocurrió a un vecino de Torre de Miguel Sesmero, que encontró enterrada en un corralón una olla llena de monedas.

Hay algunos topónimos extremeños que no ofrecen duda en cuanto a sus interpretaciones, ya que incluyen la palabra “tesoro”,  y otras en las que la presencia de las riquezas se intuye o se recrea. Hay incluso quien llegó a afirmar que Las Hurdes  fue el escondrijo de las riquezas de los hebreos expulsados. El primero que lanzó la teoría de un poblamiento judío en Las Hurdes fue el notario de Casar de Palomero, Romualdo Martín Santibáñez. En su libro “Las Jurdes: un mundo desconocido en la provincia de Extremadura”, publicado en 1876, expone que muchos de los judíos traídos a Mérida por Vespasiano  a finales del siglo IV se trasladaron a la comarca de Las Hurdes, viéndose incrementado su número a raíz del decreto de expulsión de judíos dado por los Reyes Católicos en 1492. A partir de ahí, numerosos escritores lo han seguido, algunos de ellos llegando a afirmar que el río Jurdano es una corrupción del vocablo “Jordán”, nombre puesto por los judíos en recuerdo de aquel otro Jordán que riega las tierras de Palestina.

Otros, como Vicente Paredes, fueron más lejos afirmando que el tesoro de Jerusalén, según Josefe, se llamaba Gazofilacio”, y ya que en Las Hurdes existe una pedanía dependiente de Nuñomoral denominada El Gasco (el cual cree  que debió llamarse Gazco) y otros dos que, aunque no están en las Hurdes, pueden considerarse hurdanos, como La Pesga (para él, antiguamente Pezga) y Marchagaz, el asunto estaba claro, ya que “gaz” significa “tesoro”. De esta manera, “Gazco significaría “tesoro”; Pesgaz”, “entrada hacia el tesoro” y “Marchagaz”, “camino hacia el tesoro”. Como para no encontrarse uno…

Pero en Extremadura, donde los hombres y las mujeres no se andan con rodeos a la hora de llamar a las cosas por su nombre, hay lugares que no dejan la menor duda sobre lo que encierran. En la provincia de Cáceres hay al menos 9 topónimos que incluyen la palabra “tesoro”, mientras que en la provincia de Badajoz el número aumenta  hasta al menos 16.

Así que sigamos disfrutando de la salvaje naturaleza de Las Hurdes, y busquemos su población más grande: Caminomorisco , cuyo nombre ya nos pone en antecedentes de que hay “moros en la costa”, y por tanto, riquezas ocultas… Su nombre deriva de los moriscos deportados de las Alpujarras a Portugal que cruzaban por estas tierras. Allí, después de mirar cara a cara al ídolo de la Edad de Bronce que se refugia en su Casa de la Cultura, dejando atrás balcones floreados y aleros de madera y respirando el aroma de eucalipto que impregna sus alrededores encontraremos El Pago de Los Tesoros. Es un sitio tan bueno como otro cualquiera  para comenzar nuestra búsqueda.

 

 

Al norte del Valle del Jerte se enclava la bella y antigua aldea de Jerte, rodeada de huertos, prados y cerezos que blanquean el paisaje en primavera. Pues bien, la sierra que se encuentra a su  izquierda era denominada por los historiadores como La Cadena de Oro.

Visitemos ahora, a un solo paso, la comarca de La Vera y capital Jaraiz. Los árabes (de nuevo los moros salen al paso de castillos y tesoros) construyeron un castillo del que subsisten restos en las casas del soportal alto de la plaza. Paseemos sosegadamente entre balconadas repletas de flores, iglesias y palacios, refresquemonos en la garganta de Pedro Chate o en el charco de las Tablas, repongamos fuerzas en un antiguo molino y busquemos, en la carretera que va hacia Talarrubias, la Finca del Tesoro.

Y enclavada en un llano bañado por el Tiétar encontramos a Malpartida de Plasencia. Allí podremos preguntar a cualquiera de sus artesanos guarnicioneros, talabarderos o ebanistas, por la dirección correcta para encontrar  el paraje de El Tesorillo.

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No me aojes, que te veo
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Israel J. Espino | 05-03-2012 | 10:29| 6

Ilustración y Diseño: Borja González Hoyos

 

 

En Extremadura, al menos hasta hace bien poco, no había pueblo sin cura y sin curandero, y mientras uno componía el alma el otro componía huesos, curaba verrugas, sanaba  las hernias o quitaba el mal de ojo. De los curanderos hablaremos otro día, pero hoy miremos (nunca mejor dicho) hacia atrás en el tiempo para hablar de los “aojos” o “aojamientos”. Y toque madera…

 

El “mal de ojo” comienza a manifestarse a través de una debilidad general, con síntomas tan variados y genéricos como el dolor de cabeza, el insomnio, la depresión, el nerviosismo, la apatía, la inapetencia o los dolores por todo el cuerpo, y suele producirlo una persona concreta, casi siempre un vecino, con su mirada envidiosa hacia el enfermo o sus bienes. Envidiar la prosperidad, salud, cosecha, ganado o hijos de alguien es suficiente para “aojar” lo deseado, para truncar la bonanza, estropear las cosechas y hacer enfermar  a los seres vivos, en especial al ganado y a los hijos pequeños.

 

Pero aunque el “aojamiento” puede ser voluntario, a través de la envidia consciente de quien lo realiza, también puede ser involuntario, transmitido por la fuerza que alguien pueda tener en sus ojos sin ser capaz de controlarla, puesto que siempre es un mal que se crea con los ojos. Sin ir más lejos, en  Las Hurdes la mirada de un niño de pocos meses puede echar el mal de ojo a su propio padre. No se trata de voluntad, sino de poder inherente al ser humano. De ahí la regla básica de la etiqueta hurdana de no mirar fijamente a nadie, observándolo solo de reojo. De hecho, aún existen hurdanos que explican la pequeñez de las ventanas de sus casas por el hecho de protegerse así mejor de los males de ojo.

 

Pero si el aojo ha sido inevitable, siempre puede curarse… En esta bella e intrincada comarca no  hay más  que coger al niño y colocarlo sobre la falda de la curandera, y sin desnudarle hacerle la señal de la cruz mientras se recita el siguiente ensalmo:

 

“El maldojo lo hizo cuatro ojos

Santa Isabel y su madre también.

El que echó maldojo,

Se lo quitará otra vez.

En el nombre del Padre y del Hijo

Y del Espíritu Santo. Amén”.

 

 

Sólo hay que repetir este ensalmo tres veces, y el niño quedará en vías de recuperación. En la alquería de Martilandrán la oracion difiere levenmente y se refiere a “tres ojos” , mientras que en la de Fragosa  se reduce a “dos ojos” los que hacen el mal y hay que cantarla al alba y con fuerza.

 

Otra manera, algo más rebuscada, consiste en poner al aojado desnudo sobre la falda de la curandera, y con un trapo seco y espolvoreado con salvado de trigo hay que friccionar al enfermo por todo el cuerpo durante mucho tiempo. Esta operación debe repetirse durante tres días consecutivos, después de los cuales el paciente queda curado, siempre que la cura se haya realizado antes del primer viernes  de la enfermedad, pues de lo contrario no desaparece hasta pasada trece lunas.

 

Un ritual parecido, Algo parecido se realiza en la Campiña Sur, concretamente en Maguilla, donde el mal de ojo de los niños lo curan tres mujeres sin que una sepa que los han curado las otras. Hay que coger una palangana o cazuela y echar en ella tres tazas de agua añadiéndole tres gotas de aceite del candil., tras lo cual la madre de la criatura debe rezar una salve. La curandera ha de hacer cuatro cruces con la mano sobre el agua y decir, sin que la oiga nadie:

 

“Dos ojos te han hecho mal

y tres te han de curar:

Padre, Hijo, Espíritu Santo

Y la Santísima Trinidad”.

 

Dichas estas palabras, si el aceite puesto en el agua desaparece, yéndose al fondo, es que el niño tenía mal de ojo y está curado. En este caso, y como se puede apreciar  tres no son multitud. Aunque si usted es independiente y lo que quiere es ejercer de bruja por libre, en este mismo pueblo tienen la solución: solo hay que coger dos plumas de perdiz hembra viva y nueve granos de trigo, a los que se le añade un poco de incienso y se quema todo en la habitación donde esta el niño. Cuando el niño aspire estos olores, quedará curado.

 

Otro ritual parecido es el que se practica en la cercana  Azuaga, donde  primero hay que llenar una taza de agua y colocarla cerca del enfermo, haciendo sobre ella la señal de la cruz mientras se recita:

 

“Dos ojos te han hecho mal

pero tres te han de curar,

porque tres son las personas

de la Santísima Trinidad”.

 

Se prosigue con el rezo de un Padrenuestro y se pasa a mojar el dedo en aceite, derramando tres gotas sobre el agua. Si las gotas flotan a su aire, pero si las gotas se parten es que “habemus” mal de ojo, por lo que será preciso que el ensalmo se repita hasta que las gotas floten enteras.

 

 

Sin alejarnos mucho, en  Llerena pueden causar mal de ojo las mujeres que son propensas a llorar, las que tienen los ojos enfermos y las bizcas. Se evita huyendo de las que lo causan, haciendo que no besen ni aún vean a los niños, y colgando en el cuello de los infantes medias lunas, higas, asteriscos y signos zodiacales de metal. El mal de ojo puede curarse lavando los ojos a los niños con agua y aceite, y sometiéndoles a la influencia de curanderas y saludadoras.

 

                                                                                  

 

Y es que si hacemos caso a los antropólogos, el mal de ojo era un mecanismo extraordinario para equilibrar los conflictos de las sociedades pequeñas o cerradas porque, al poder definir como “aojadores” a las personas que s e consideraban indeseables (gitanos, viejas, forasteros o tullidos) servía para fijar y proteger los límites morales y sociales de la comunidad. Así, en Maguilla creen que el mal de ojo lo producen las viejas, feas y tuertas. Ellas mismas, cuando quieren hacer fiestas a un niño, le hacen primero llorar para que el pequeño no se fije en ellas, pues de este modo creen que no se produce el mal. También se creen también que el niño que ha pasado un viernes con mal de ojo no tiene cura.

 

En Castuera se cree que las gitanas pueden hacer un mal de ojo ten fuerte que incluso produce la muerte del niño, y en Acehuche,  para descubrir si una persona sufre de mal de ojo se reza un ensalmo secreto y se echan nueve gotas de aceite en una vasija de agua. Si el aceite desciende al fondo es que la persona aquejada tiene mal de ojo.

 

 

En Salorino, contra los hechizos, hay que llevar al curandero una camisa sucia del embrujado. El curandero echa en el barreño un poco de agua. Y sobre el agua unas gotas de aceite. Bendice la mezcla, reza entre dientes unas oraciones que nadie entiende y receta un brebaje al paciente.

 

Otro remedio parecido lo mencionaba a principios del siglo XX Publio Hurtado,  y consiste en cocer todas las ropas en una caldera de agua, rezando de cuando en cuando ciertas oraciones. Cuando el agua empieza a hervir, el brujo o la bruja que ha hechizado al enfermo acude inmediatamente al lugar en que se está procediendo a la curación, e intenta por todos los medios entrar para evitarlo. Pero es indispensable no dejarlo penetrar en tal sitio, porque de lo contrario el remedio crecerá de eficacia.

 

En Alcuescar, para conocer si a un niño le han hecho mal de ojo, se le lleva a casa de la saludadora, que es la mujer a la que Dios le dio una gracia especial para contrarrestar el poder del encantador o de la encantadora. La saludadora ha de tomar a la criatura en brazos y hacer sobre su frente la señal de la cruz. Después le moja con saliva los párpados superiores, diciendo:

 

“Con la ayuda de Dios veré si te han encantado”.

 

Rápidamente hay que tomar un vaso con agua y bendecirlo. Hay que coger después un candil que esté ardiendo para que el aceite esté templado, y con el dedo índice hay que sacar una gota y dejarla caer en el agua. Si la gota de aceite se va al fondo del vaso es señal de que el niño está aojado. Para desembrujarlo, su madre tiene que encender una lámpara que luzca constantemente hasta que la criatura recobre la salud.

 

 

Así que ya sabe… si una vieja verrugosa y  tuerta le mira fijamente,  una de dos: o le están aojando hasta el tuétano o le toca a usted bailar con la más fea. En cualquier caso, suerte y al toro, maestro.

 

 

 

 

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De Aullones, Pantarujas, Mantarujas y Pamparamantas
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Israel J. Espino | 27-02-2012 | 9:39| 6

 

 

 
 

Ahora que por fin hemos vuelto a meter en los arcones los disfraces de carnaval quizás alguien haya encontrado, en el fondo del baúl, unos viejos y negros ropajes o una tétrica sábana blanca. Quizás sea ahora el momento de recordar como una fría madrugada de diciembre del año 2005 el encuentro casual del joven José Miguel Gemio en el callejón que une las calles de San Antón y de San Pedro (conocido desde entonces como el Callejón del Miedo) de la medieval villa de Alburquerque puso de moda en toda España una palabra muy extremeña: Pantaruja.

Vestida con una sábana blanca hasta los pies, una capucha atada al cuello con una cuerda y una soga a la cintura, portando un cirio en una mano y una vara en la otra, no dudó en aparecer algunas noches más, una de ellas ante un matrimonio de edad avanzada que venía de un baile en el Hogar del pensionista y se encontró de cara a la Pantaruja, a la que escucharon decir:

“Hermanos míos, vamos a rezar un avemaría y un padrenuestro a las ánimas benditas del purgatorio…”

Las apariciones de la Pantaruja de Alburquerque llegó a tal extremo que el programa “Cuarto Milenio”, de la cadena Cuatro televisión, envió el 30 de diciembre un equipo a la localidad. El programa emitió el 8 de enero de 2006 un reportaje sobre ella.

Pero fue este periódico el primero en levantar la liebre con un estupendo artículo de cierre que llevaba por título “Psicosis en Alburquerque”. No era para menos. En una semana se estaba hablando ya de la Pantaruja de Solana, y nadie se atrevía a salir a la calle una vez anochecido.

Fotografía: Jimber

Pero Las Pantarujas, aunque menos mediáticas, han estado aquí desde siempre. Hace poco, la  noche del 1 de febrero, se han celebrado Las Candelas en Almendralejo, una fiesta que se remonta al siglo XVIII. En los dias anteriores se amontonaron leña y trastos viejos que fueron quemados en las plazas, coronados por pantarujas que ardieron a las ocho de la noche con el repique general de las campanas del pueblo. También en la época de Carnavales uno de los disfraces más reconocible es un atuendo formado por despojos y harapos. Quien lo lleva es La Pantaruja.

La Pantaruja, muy maligna, actúa sobre todo por la noche, raptando a los niños que se niegan a dormir, aunque en cualquier momento se puede invocar su presencia para que se lleve a algún infante díscolo. Es característica su locura violenta y cruel, y alguna que otra vez el carnaval se convertía en ocasión de algaradas sangrientas en las que la Pantaruja solía estar implicada, y en la que los asesinos, ocultos tras los disfraces, salían con frecuencia impunes.

En otros pueblos de Extremadura, como en Esparragalejo, la tradición de las Pantarujas es distintas: se trata también de un disfraz hecho de harapos, que esconde el verdadero rostro y sirve para asustar, pero no se pone en las fiestas, sino que esconden a los adúlteros y adulteras que salen a encontrarse, para no ser identificados en sus andanzas. Si quien se topa de noche con estas pantarujas es un niño, sale huyendo aterrorizado, pero los mozos mayores tienden mas bien a correr a la Pantaruja, persiguiendo al embozado hasta descubrir su identidad y exponerlo al escarnio público.

Y algunas veces el castigo por hacerse pasar por alma en pena es mucho mayor, como ocurrió en la Plaza del Altozano, uno de los más bellos rincones de Barcarrota, donde el amor y la tragedia se mezclaron con un resultado inesperado. Dos jóvenes cuya relación no era bien vista por sus familias se encuentran a escondidas, y la joven se desplaza al lugar de la cita envuelta en una sábana para no ser reconocida. La imaginación popular la convierte en fantasma y el alcalde, celoso cumplidor de su deber, la acecha armado y, una noche le dispara matándola, descubriendo al poco tiempo que no era otra sino su propia hija. Dicen que la cruz colocada sobre la sobria fuente del siglo XVII lo fue en memoria de este luctuoso hecho.

 

A las pantarujas en Valdelacalzada se las conoce desde siempre. Antiguamente, en la alameda que acotaba la parte oeste y norte del pueblo y que estaba repleta de chopos, moreras y eucaliptos, Las Pantarujas solían aparecer de noche, vestidas con sábanas blancas y portando algunas cadenas en los pies, de tal manera que tan solo su sonido rechinante asustaba a todo el que las oía.

En Mérida no se las denomina Pantarujas, sino Mantarujas, aunque también se aparece en callejones solitarios, cubiertas por sábanas como fantasmas clásicos y ejerciendo de errantes espectros en busca de un merecido descanso que parece no llegar nunca.

Algo parecido sucede con la Pamparamanta, un extraño ser que aparecía hasta hace unos cincuenta años en Garbayuela y Siruela, cuando en las calles apenas había alumbrado y la gente se encerraba en sus casas al caer la tarde. En las largas noches de invierno, una persona con una manta oscura echada sobre el cuerpo y ocultando su cabeza con una calabaza hueca recorría las calles del pueblo emitiendo un gemido que parecía provenir del interior de la tierra, atemorizando a todo aquel que lo oía. A estos lamentos se le sumaba el ruido que producían las cadenas arrastradas por el suelo rompiendo el silencio de la noche. Parece ser que la Pamparamanta tiene su origen en una “manda” o promesa que hacía una persona para que se le concediese una gracia. Si esta gracia le concedía debía vestirse de paparamanta y realizar los ritos que ello conllevaba, como ir al viejo cementerio del pueblo (actualmente una ermita) y dar varias vueltas dentro del camposanto.

También en la localidad cacereña de Almoharín tienen la costumbre de disfrazarse con una sábana blanca, armarse con un garrote y llevar una calabaza vacía a la que colocan una vela. Esto lo hacen para ir por la noche asustando a las gentes (a los futuros yernos y nueras o a quien había terminado con una relación por otra persona…). Son llamados Pantarullas, y el Día de la Maza, celebrado el día de San Antonio, forman parte del acompañamiento en la procesión dónde tienen como misión ahuyentar a los malos espíritus.

En Miajadas y en Alcollarin se les denomina Pantarullas. Aunque aquí lo que ahuecan son sandías, dándoles forma recortando la boca, y se les introducía un cirio dentro. El efecto que producía en los niños y no tan niños ver a alguien envuelto en una sábana blanca y con la sandía iluminada por cabeza podía ser verdaderamente aterrador.

Aullones es el tétrico nombre que reciben en Alcuescar unos seres que , cubiertos con una sábana blanca y llevando largas capas , ocultaban su rostro con capuchas o se colocaban en la cabeza una olla con agujeros dentro de la que ponía una luz. En ocasiones arrastraba también una cadena sujeta a los tobillos para infundir aún más miedo. Cuando salían a  las calles del pueblo lo hacían dando unos terribles  aullidos amplificados por un canuto de cartón a modo de trompeta. Aullando y realizando aspamientos fantasmales rondaba el barrio con fines pocos católicos. En verano las mujeres iban por la noche, con la fresca, a por agua a la Fuente del Castaño, por lo que éste era un sitio predilecto para los aullones.

Pantarujas, pantarullas, aullones o marimantas, lo cierto es que no existe pueblo extremeño sin espectro fantasmal o sin vecino encapuchado. Entre unos y otros, cualquiera se decide a salir de noche si no es con una calabaza iluminada en la cabeza…

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‘Extremadura Secreta’, una puerta abierta a nuestros mitos
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Israel J. Espino | 22-02-2012 | 5:47| 6

Extremadura Secreta || Ilustración y diseño de Borja González Hoyos
Extremadura Secreta || Ilustración y diseño de Borja González Hoyos

Extremadura ha sido siempre una tierra predominantemente rural, donde las creencias ancestrales, los conjuros y las bestias mitológicas se entremezclan con los antiguos dioses y las moras encantadas. ¿Por que, entonces, no recuperar lo que tan bien hemos sabido conservar durante siglos?

Los tesoros del Púlpito de los Lobos, en Villasbuenas de Gata, los brujos de Villagarcía de la Torre o los “encantos” de Ahigal forman parte de nuestra memoria, esa que aún conservan nuestros mayores y que podrían perderse para siempre si no la conservamos.

Extremadura es, además crisol de culturas y tierra fronteriza. El hombre prehistórico ya campaba bajo las encinas de estas tierras cuando las vetas de oro puro se ocultaban del sol en el vientre del campo. Celtas y hebreos, musulmanes y castellanos, romanos y visigodos respiraron este aire y anduvieron ya por estos senderos nuestros.

En ‘Extremadura Secreta’ viajaremos en pos de esos tesoros que nuestros antepasados nos legaron. Guerras o expulsiones, desidias o encantamientos: cualquier motivo es válido para ocultar un tesoro que solo hallarán generaciones venideras.

Algunos de esos tesoros que aún conserva Extremadura están custodiados por tétricos fantasmas, como el de la Torre de las Siete Ventanas de Badajoz, otros por hermosas moras encantadas, como el de Segura de León, y algunos por serpientes, bichos y dragones. Unos solo esperan en silencio su hallazgo fortuito, otros se muestran en sueños o en leyendas, y la mayoría permanecen enterrados en la memoria ancestral de nuestros ancianos.

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Sobre el autor Israel J. Espino
Periodista especializada en antropología Entre dioses y monstruos http://extremadurasecreta.com/

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