Hoy

img
Categoría: Seres
la Tía Cabalganta, una asesina en serie de leyenda

 

Ilustración: Borja González

Ilustración: Borja González

Unas tienen la fama y otras cardan la lana. Y es que si hablamos de mujeres  extremeñas que asesinan a un hombre después de otro en venganza por un abandono amoroso, pronto se nos viene a la cabeza el arquetipo por excelencia: la Serrana de la Vera.

 

Sin embargo, la provincia de Badajoz también tiene su propia “serial killer”, a la que todavía se recuerda en el pueblo de Táliga en las noches de tormenta y de cuyo molino aún quedan en pie algunos muros entre higueras salvajes.

La Tía Cabalganta, cuyo nombre real se ha perdido en el tiempo, era una joven hermosa y divertida que tuvo la mala fortuna de enamorarse de un forastero que apareció en el pueblo durante las fiestas patronales de Táliga. Tras muchas promesas de amor eterno y de matrimonio inmediato, el forastero desapareció una mala mañana, abandonándola ultrajada y con el corazón roto.

Desde entonces, despreciada y rechazada por los vecinos del pueblo a causa de un sentido del honor mal entendido, fue mudando el carácter, los modales y la personalidad, llegando a ser temida y aborrecida por sus convecinos.

La Tía Cabalganta decidió abandonar el pueblo y establecerse en un molino abandonado junto a la rivera de Táliga. Allí buscó una nueva vida, aislada del resto del mundo y adquiriendo un carácter cada vez más hostil. Según cuentan los pastores, ganaderos y habitantes de cortijos cercanos, solían verla recogiendo productos del campo para calmar el hambre. Incluso alguno llegó a afirmar que era frecuente verla frente al molino con un gran caldero, a la luz de la luna llena, musitando conjuros y elaborando pócimas, lo que le acarreó en los contornos la única mala fama que le faltaba: la de bruja.

Lo cierto es que su resquemor hacia los hombres se convirtió en inquina y odio hacia los forasteros, y parece ser que habilitó una de las habitaciones del molino, ubicado en el camino que va de Higuera de Vargas a Barcarrota, para recoger a los viajantes que por allí pasaban.

taliga-el-molino-de-la-tia-cabalganta-img_8614_edited

El molino de la Tía Cabalganta, en Táliga (Israel J. Espino)

 

Muchos fueron los que pensaron que era su día de suerte cuando encontraron cama limpia y posadera hermosa, pero ninguno, según la leyenda, salió con vida de aquel lugar. Antes del alba, la Tía Cabalganta los degollaba. Después, los enterraba en un huerto cercano.

Cuenta que fueron quince los hombres asesinados por la Tía Cabalganta, y que los frutos del huerto eran los más hermosos de la zona, y aunque en el pueblo se murmuraba sobre las desapariciones del molino, nadie se atrevió a denunciarla por miedo a su supuesta condición de bruja.

Pero el miedo de los vecinos desapareció una fría noche de tormenta junto a La Tía Cabalganta. Cuentan que los relámpagos y los truenos hacían tambalearse los cielos negros, y       que la lluvia caía tan fuerte que parecía que se habían abierto las compuertas del infierno.

Nadie sabe que ocurrió con ella, pero tampoco nadie volvió a verla con vida. Algunos afirman que un rayo justiciero la calcinó; Para otros, se ahogó con la crecida de la rivera, y la corriente impetuosa se llevó lejos su cuerpo, aunque no su recuerdo.

Porque tiempo después, un vecino que se dirigía a su trabajo afirmó haber visto, junto al huerto donde enterraba a sus víctimas, a una mujer esbelta y hermosa, con los vestidos convertidos en jirones, huyendo entre los matorrales perseguida por los espectros de unos cuerpos degollados.

 

Ver Post >
Encantadas de San Juan: La Velasca

 

 

Borja Gonzalez ilustrador

Ilustración: Borja Gónzalez

Las aguas de la fuente de la Velasca, o de San Blasco (como se la llamó en tiempos remotos) fluyen a la vera de la cañada del Moro, a la búsqueda del arroyo del Buey, discurriendo por una vaguada cercana a la ermita que entonces llamaban de San Blas, y hoy de San Roque. Hay que salir por esta calle de Cabeza del Buey, cruzar la carretera y tomar un camino de tierra llamado “camino de la Velasca”. Unos metros antes de llegar a la depuradora, sale un pequeño sendero a la derecha que lleva directamente a la fuente encantada.

El lugar es solitario y algo mágico, especialmente cuando el sol comienza a descender y los oscuros nubarrones anuncian tormenta sobre la sierra del Pedregoso.

En esta fuente encantada, vive un mora maldita por su padre, mago iracundo, una mora cuya leyenda  el poeta Manuel José Quintana recoge en un romance de 1826, en el que cuenta como el pastor Silvio, pese a las advertencias que le hacen los más ancianos del lugar, permite que la noche lo sorprenda junto a la fuente. De repente, del pozo comienza a surgir una bruma, y de la bruma la figura tumbada de una bella agarena que con la media luna brillando en sus cabellos, dormita sobre una hermosa alfombra árabe digna de las Mil y Una Noches. A medida que la mora despierta de su largo sueño, su figura se torna cada vez más sólida y perfecta. La encantada le suplica al pastor que la salve, entregándose a ella en el pozo. Le ofrece riquezas, amor y placeres, y el pobre Silvio, obnubilado por esos ojos negros, se arroja a los brazos de la bella mora. Su grito y su chapoteo desesperado en las oscuras aguas del pozo son los últimos sonidos que se escuchan en el silencio de la noche…

La fuente de la Velasca (A. Briz)

La fuente de la Velasca (A. Briz)

Otras voces afirman que la bella muchacha es una joven musulmana a la que un rey cristiano hizo prisionera. Cuenta la leyenda con ribetes de cantamora y sirena que una noche de invierno, aprovechando la oscuridad y la ausencia de su dueño, se decide a escapar del castillo. Aterida de frío, vaga toda la noche.

Al amanecer, unos labradores de la zona comprueban que sus mulas se espantan cuando se acercaban a un pozo sin brocal. Acuden, atraídos por la curiosidad, y descubren unos hermosos vestidos de mujer flotando en sus aguas.

Desde aquel día cuentan que en las noches de San Juan se escucha un irresistible canto de mujer, que atrae la atención de los incautos que osan acercarse por la zona y los llama desde las aguas oscuras del pozo de la Velasca.  Y se afirma que pocos han sobrevivido para contarlo, porque atrapados y trastornados por el encanto de su voz y la belleza de su figura, se ven impulsados a lanzarse tras ella a la quietud de sus aguas.

Plaza de la fuente de Cabeza del Buey (A. Briz)

Plaza de la fuente de Cabeza del Buey (A. Briz)

A principios del siglo XIX nuestro querido  Publio Hurtado asciende a la mora Velasca a la categoría de reina, y le asigna una dedicación exclusiva: bordar unas babuchas para el profeta Mahoma,  pero con una labor tan minuciosa y delicada que tendrá tarea hasta el día del fin del mundo.

En Cabeza del Buey todavía se habla de la mora encantada, y algunas ancianas del pueblo, le contaron a Manuel Garrido Palacios cómo unos ladrones murieron del susto al ser testigos de la aparición de la encantada, y de como un gracioso que se dedicaba a hacerse pasar por la moracantana  para asustar a las mozas que iban a por agua,  terminó desapareciendo un día como por arte de magia. En el pueblo no dudaron ni por un momento que había sido la mora la que se lo había llevado…

Otra versión la cuenta el cronista oficial de Cabeza del buey , Vicente Serrano, quien  afirmaba que ni reina mora ni morita de a pie. Que las habitantes del Pozo son tres princesas hijas de un rey moro y de una cristiana prisionera, princesa también para más señas.

El abuelo cristiano de las niñas, rey castellano, enterado de su existencia, decide mandar a tres caballeros para rescatarlas de las garras musulmanas. Disfrazados de árabes, consiguen sacarlas de la fortaleza y huyen con ellas camino de Castilla. El amor no tarda en surgir entre las doncellas y los caballeros, pero el rey moro, enterado por sus astrólogos y magos del rapto de sus hijas, consigue darlos alcance justo al lado del pozo que nos ocupa. Viendo el rey lo felices que se encuentran sus hijas con los cristianos y su enconada oposición a volver al castillo, las arroja al pozo y las maldice :

– ¡Vivid en espíritu, tened esa fuente como cárcel, consumíos en deseos, mostraos sólo de noche y que quien os viere se espante, hasta que alguien predestinado os liberte del encanto y os saque de ella!

Cuentan que tras la Reconquista  apareció un antiguo pergamino contaba el secreto para deshacer la maldición de las tres princesas moras hechizadas en la fuente. Sólo se las puede desencantar tres amigos valientes que se acerquen a la fuente en la noche de San Juan, pronunciando, cada uno,  una de las frases mágicas que llevan implícito el nombre cristiano de las princesas:

 

-Ana, tu madre me manda.

-María, tu madre me envía.

-Inés, salid las tres.

 

Una última versión afirma que en una ocasión tres mozos llegaron a desencantarlas de esta manera, y que las princesas emergieron por ese orden de su cárcel acuática, y bailaron y danzaron bajo la luna y las estrellas, sobre el agua, como hacían , en ese mismo instantes, y a más de 30 leguas de distancia, las encantás de Montijo.

Pero cuentan que al ir a bautizarlas, desaparecieron en la nada.

Y con ellas, el hechizo de la fuente de la Velasca.

 

 

 

 

 

Ver Post >
El diablo anda suelto en Las Hurdes

Ilustración: Borja González

 

Las Hurdes es una comarca mágica en las que los seres mitológicos, aún hoy, parecen  campar a sus anchas. Algunos, como el Macho Lanú, o las lamias, de los que ya hemos hablado en otra ocasión,  tienen una parte diabólica, aunque sea las patas o los cuernos, pero poca gente sabe que el mismo Diablo (o al menos su arquetipo)  sigue apareciéndose a los extremeños en los intricados valles de esta tierra legendaria.

No es nada nuevo. Ya en   1600 el carmelita Juan Nieremberg en su “Curiosa Philosophiae”, cuenta, refiriéndose a la comarca de las Hurdes,  que:

“Existe en este reino un áspero valle infestado de demonios, un lugar que los pastores creen habitado por salvajes, gente ni vista ni oída de lengua, de usos distintos a los nuestros, que andan desnudos y piensan ser solos en la Tierra. Algún testigo declaró haberles oído voces góticas y otras imposibles de entender.”

De hecho, en las crónicas carmelitanas se han conservado casos de ermitaños luchando con el demonio, y el cronista Padre José de Santa Teresa cuenta el ataque del demonio a un ermitaño.

Hasta México llegaron noticias de la obra del maligno contra los ermitaños de las Batuecas. El carmelita Juan de Jesús María Robles, cuenta en su “Guía Interior”, escrita hacia 1636, algunos casos de obsesión demoniaca en el desierto de las Batuecas desconocidos para los cronistas españoles.

 Y lo espectacular es que el Diablo se sigue apareciendo. En 2013, investigando en Las Hurdes, Luis Guerrero, de Casares, me contaba como su amigo el Tío Juanito venía de Asegur y se sentó, cansado como estaba, en el límite de los pueblos, sobre un guijarro. Encendió el yesquero, prendió el cigarro y de pronto “se le aparece al lado un tío negro, silencioso”. El Tío Juanito lo mira y comprende inmediatamente que no es de este mundo. Arroja al suelo el cigarro recién encendido, y echa a correr hacia el pueblo mientras un estruendo atrona el valle. Sus gritos resuenan en las escarpadas rocas:

 

–       ¡Cabrón!… Es el diabloooo!!!!

La Tía Clementina llegó a ver a dos diablos en una noche (Angel Briz)

 La tía Clementina también me contó, al día siguiente, como ella se encontró no con uno, sino con dos diablos en el valle de Aceitunilla. Negros como la pez, con dos cuernos enormes y ojos como ascuas encendidas. Ella se encomendó a la virgen y a todos los santos y pudo pasar entre ellos. Ahora, a sus casi cien años, asegura convencida que de no haberlo hecho ahora estaría muerta.

Su marido había muerto y Clementina volvía con su hermano Evaristo de Hervás. Era ya la una de la noche. Al llegar a Nuñomoral su hermano le ofreció colchón en su casa, pero Clementina, teniendo a los hijos pequeños durmiendosolos en Aceitunilla, y temiendo que se quemasen porque dormían al lado de la lumbre, decidió subir a pesar de las horas.

Según se sale del pueblo, en el barrio de la Loba, ve en un lombo unas “hogueras de lumbre” en un trozo de olivo.  Clementina me mira a los ojos y recuerda:

– “Llegando a la curva me entraron unos escalofríos por el cuerpo…y me decía el pensamiento: Rece usted el Padrenuestro y la Salve y acuérdese usted de la Virgen de la Peña y del Dios del Cielo, porque la matan esta noche”.

La mujer llevaba una bolsa de ajos en las manos, y en el valle vio “dos hombres, uno a cada lado, con dos cuernos enormes, negros cono la pez… aquello no era cosa buena. Se veían cuatro ojos grandes, y yo decía, ¡Dios mío! ¿Cómo pasaré yo por allí?…”

Clementina rememora y menea la cabeza, como si todavía se estuviese enfrentando a ese dilema:

–           “Yo pase temblando con los ajos en la mano, y cuando pase y llegue a la prensa se me podía torcer la ropa, y salía sudor como si hubiese salido de un charco… Ahí no hay cosa buena, en ese valle…”.

La carretera hacia Aceitunilla, escenario de numerosos encuentros (A. Briz)

Pero no solo Clementina vio al Diablo. Su cuñado Borrajera también lo vio. Fue a hacer carbón y en la Sierra, en la Bodoya, cuando escuchó unos lamentos o ruidos. Sin pensarlo, contestó a las voces. De pronto, un estruendo que iba destrozando las jaras avanzó raudo hasta el. Y apareció un hombre alto, negro como la pez y con dos cuernos, que comenzó a tirarle encima las cepas y el carbón que llevaba. Su cuñado se tapó con el pan que llevaba, y no se atrevió asomar la cabeza hasta que aclaro el día. “El diablo le dijo que no volviese nunca mas a hacerle burlas, y que se libraba porque venía el día”, me contaba Clementina. Su cuñado, al volver, pálido y demudado, contó la historia, enfermó y al poco tiempo murió.

El Tío Cristino de El Gasco también recordaba como a un vecino suyo se le apareció el demonio en una carbonera. Era muy negro y tenía las uñas largas, y no se fue de su lado hasta que amaneció.

El marido de Araceli también se encontró con el diablo (Israel J. Espino)

Son numerosos los encuentros con el demonio en las abruptas y bellas tierras de Las Hurdes. Araceli A. , de Asegur, me confirmaba que había habido muchas personas que habían visto a ese extraño ser. Incluso su marido, cuando venía de enterrar a un hijo suyo, se había encontrado en la carretera de Aceitunilla con luces misteriosas y con “con un tío negro como la pez”. Ella tiene claro que hay momentos en los que es mejor no recorrer los caminos:

–        “Y es que hay horas malas en el día y horas malas en la noche, sabe usted…”

 

 

Asiento con la cabeza ante su sabiduría popular, sin saber realmente cuales son las horas buenas, aunque intuyo las malas…

 Y es que los hurdanos, repletos de sapiencias ancestrales, saben más por viejos que por diablos. Mucho más.

Ver Post >
Santa Eulalia, entre Diosas Antiguas y Damas Blancas

Fue el gran  escritor e investigador Jesús Callejo quien , en una visita a Mérida, me llamó la atención sobre la conexión entre Santa Eulalia y la diosa Cibeles. “Busca las aves” – me dijo misteriosamente… Y allí estaban!

Cibeles es la reina de las aves y Santa Eulalia, como heredera suya, no podía ser menos. En el atrio de Santa Eulalia de Bóveda, en Lugo,  podemos ver dos aves zancudas similares a un avestruz que hacen referencia Cibeles-Rhea, que era representada por un avestruz, el ave conocida de mayor tamaño en la antigüedad. De hecho, estas especies de aves reciben en la actualidad el nombre científico de “rhea”. Y si Cibeles-Rhea es la reina de las aves, los cantos proféticos de las aves nos dan vaticinios en sus santuarios.

En la bóveda de la cripta se encuentra un conjunto mural que representa a las sibilas en forma de aves, entre motivos vegetales estilizados que representan el  pino, árbol sagrado de Attis, semidios del que ya hablamos en otra ocasión .

Eulalia, más que nombre, es un apodo: “La que bien habla”, característica determinante de las Sibilas.Dice la tradición que al morir la santa, salió de su boca una blanquísima paloma que volaba hacia el cielo. La Santa, que por esa razón es patrona de las aves, ofrecía sus consejos a los demás; lo que enlaza con la imagen pagana de las sibilas.

Santa Eulalia, mártir y diosa (Jimber)

Así, y según afirma el arquitecto Carlos Sanchez Montaña el cristianismo adoptó entre sus creencias a los personajes de las sibilas, presentes en la Biblia, y Santa Eulalia permitió con su leyenda una fácil cristianización de los lugares donde se les rendía culto.

Santa Eulalia también es patrona de Barcelona, y se la venera en la Catedral de la ciudad, donde las aves no aparecen dibujadas ni esculpidas, sino que están vías y coleando, y las ocas, faisanes, codornices y palomas son cuidadas por los sacerdotes y cantan aun hoy sus augurios cada día.

Y para el que quiera verlo más de cerca, solo tiene que acercarse a la puerta menor de Santa Eulalia de Mérida y fijarse en el ornato del dintel: ¡Pájaros esculpidos en la piedra!

Las aves de Santa Eulalia de Mérida (Angel Briz)

Otro detalle: los taurobolium, los sangrientos rituales de toros sacrificados dedicados a  Cibeles que se celebraban en Santa Eulalia de de Bóveda y que el arqueólogo Francisco Javier Heras Moras ha descubierto al lado del templo de Santa Eulalia de Mérida, en el conocido como “Corralón de los Blanes”, decorado, como no, con aves…

“… Un manantial de sangre caliente y humeante desemboca en la estructura inferior a través de infinidad de aberturas por el suelo, como una lluvia de sangre que el sacerdote recibe, dirigiendo su indigno rostro hacia arriba, ensuciando su ropa y todo su cuerpo. Pone sus mejillas en el camino de la sangre, las orejas y los labios, y sus fosas nasales, se lava sus ojos con el líquido,[…] hasta que realmente bebe la sangre que se derrama…

Así describía Prudencio en el siglo IV d.C el  Taurobolium, un sacrificio realizado por los galli, los sacerdotes que atendían los templos de Cibeles. Muchos de ellos eran eunucos, y en algunos casos practicaban la autocastración en una representación real del mito de Cibeles y su amante Atis.

Pero lleguemos a la leyenda cristiana y recordemos que siendo Eulalia una niña de casi trece años, se presentó ingenuamente a las autoridades de Mérida para declararse como cristiana, después de haberse escapado de noche de la casa de campo donde su familia la tenía alejada del peligro de la persecución. Tuvo un comportamiento provocador durante el proceso ante el tribunal y fue martirizada trece veces con hierros y fuego, en el que no faltó el plomo derretido y el aceite hirviendo.

Y es que, según afirma el investigador Juan García Atienza, Santa Eulalia es uno de esos santos que se convirtieron a lo largo de la historia en símbolos casi abstractos de un camino de iniciación. A santa Eulalia le aplicaron prueba tras prueba como se le aplica al neófito en la iniciación,  y de todas salió victoriosa, sin gritos ni quejas, es decir, que supero las pruebas a las que fue sometida incluso muchas de ellas de tipo faquírico, como las llamas que la envolvían y que la santa absorbió saliendo a continuación de su boca una paloma simbolizando su alma,  que voló al cielo. Y hasta se da el caso  de que el cielo envía una señal certificando su santidad, como la célebre nevada que cubrió su cuerpo y apagó, después de su muerte, el efecto de las llamas que la habían quemado.

Otra tradición, más popular y oral, afirma que al ser desnudada una extraña niebla cubrió la ciudad para que nadie pudiera verla. Esta repentina niebla, que suele repetirse todos los años cerca del aniversario de su muerte (el 10 de diciembre) recibe el nombre, aún hoy, de “Nieblas de la Mártir”.

Algunos estudiosos como el profesor Eloy Martos han considerado a Santa Eulalia como un prototipo de Dama Blanca, pues con su culto se particularizó y reavivó este arquetipo que nunca había dejado de rondar por la zona.

Así, el martirio del horno al que fue sometido la joven cristiana se asimilaría al papel de la diosa lusitana Ataecina, cuyo nombre sería de la misma raíz gaélica “odyn”, “horno”, de modo que el horno encendido, el fuego, el aceite hirviendo, el plomo derretido o la cal viva serían símbolos telúricos y ctónicos.

Afirman que probablemente algo tuvo que ver con el culto eulaliense la influencia que en la cuenca media e inferior del Guadiana tuvo la diosa lusitana Ategina (o Ataecina) y su equivalente romano, Proserpina, representada también con un ramo, en asociación igualmente con lo nocturno y lo funerario, resultando, pues, significativo que Santa Eulalia aparezca como un numen asociado a los agrario y a lo funerario.

La diosa Proserpina, por su parte, tiene un lago dedicado a escasos kilómetros de Mérida, un lago en el que se han encontrado maldiciones romanas grabadas en piedra y del que se pensaba que constituía una entrada al otro mundo.

Un mundo legendario en el que el pasado y el presente se hayan entrelazados por los hilos de la mitología.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ver Post >
Exorcistas extremeños del Siglo de Oro

El diablo ha campado a sus anchas en Extremadura desde que empezamos a creer en él. Y aunque podía haberse metido en el cuerpo de cualquier aristócrata, noble u obispazo, le tuvo querencia al pueblo llano y, no pocas veces se introdujo en los pobres cuerpos enjutos y hambrientos de labriegos y pastores y de piadosas mujeres.

Los síntomas de posesión eran, como ahora, unas veces más claros que otros, aunque una vez poseído el cuerpo, según el “Compendium Maleficarum”, publicado en 1608,

“si el demonio se encuentra en la garganta, se siente tan oprimido que parece estrangulado. Si se encuentra en las partes más nobles del cuerpo, como el corazón o los pulmones, produce jadeos, palpitaciones y síncopes. Si está cerca del estómago, produce hipo y vómitos, de modo que no puede tomar alimentos o no puede retenerlos. Y también hace que una especie de bolita pase por el ano, con rugidos y otros ruidos discordantes, y produce gases y calambres en el abdomen. A veces se les distingue por ciertos vapores de azufre u otros gases de olor penetrante”.

Afortunadamente, donde está el diablo no falta un exorcista, y ya el insigne Pedro Ciruelo comenta en su obra “Reprobaciones de las supersticiones y hechicerías” que durante el siglo XVI abundaban, entre otra fauna extraña, los sacadores de espíritus, exorcistas legos, que

«…con ciertos conjuros de palabras ignotas y otras ceremonias de yerbas y sahumerios de muy malos olores, fingen que hacen fuerza al diablo y lo compelen a salir, gastando mucho tiempo en demandas y respuestas con él, a modo de pleito o juicio».

Una de ellas fue la viuda Leonor Martín, alias “La Canita”, vecina de Valencia de Alcántara, donde era tomada por cristiana vieja y buena, lo que no fue impedimento para que la acusaran de conocer la oración de las palabras retornadas, un remedio que según ella le había enseñado el propio demonio, hablando por boca de un poseído. El mismo diablo, según recoge de los archivos el investigador Fermín Mayorga, le dio el remedio a sus malas artes, ya que le contó que pronunciando las palabras de esta oración, saldría el maligno del cuerpo de poseso.

Otro exorcistas sí estaban ordenados por la iglesia, como Juan Enríquez Guzmán, religioso de la Orden de Santiago y cura párroco de la iglesia de Santa María de Mérida, que por la misma época lanza demonios y al que se le atribuyen grandes virtudes sobrehumanas para los exorcismos.

Apenas un siglo más tarde, en el XVII, y según se puede leer en unos legajos manuscritos del teósofo extremeño Mario Roso de Luna, una jovencita de su pueblo, Logrosán, descubre otras poderosas palabras para expulsar al maligno de los cuerpos humanos. Esta joven (ahora injustamente olvidada), que ingresó monja con el nombre de Sor Mariana de Cristo, tenía el poder de ver a los demonios (que debían de ser pequeños, porque a veces los veía incluso mezclados con las gallinas del convento) y estos le habían descubierto unas “palabras mágicas” que hacían que los seres del infierno se convirtiesen en humo y desapareciesen. Pero el gran Enemigo, que evidentemente no estaba muy contento con el desliz de su tropa, había logrado con sus malas e ignotas artes que la monja las olvidase.

Ni las monjas se libraban del maldito demonio...

Exhortada por su confesor a que las rememorase costase lo que costase, Sor Mariana entró en trance y recordó una por una las palabras para defenderse del poder de las tinieblas del infierno, y triunfante, se las transmitió a su confesor:

–       ¡El divino e increado entendimiento que os crió, os confunda!

El mismo confesor, que es el que nos cuenta los milagros y virtudes de la monja de Logrosán (que terminó siendo priora), aseguraba en sus escritos que tras conocer estas palabras, las había utilizado a menudo y con mucho éxito contra el demonio.

Aunque fue la propia Mariana la que, aprovechando su facultad para ver demonios los exorcizaba, aunque a veces fuese necesario engañar al poseído, como tuvo que hacer una señora del pueblo llamada María, a la que veía asistir a la iglesia “con una gran multitud de enemigos” .

Con engaños, y gracias a la complicidad de una criada, consiguió que entrase en la portería del convento, cerrando la puerta tras ella y diciéndole a la mujer que se acercase.  La tal María, en lugar de acercarse a la monja, empezó a retroceder intentando escapar, y dando un gran grito dijo:

  – ¡Yo no tengo al diablo!

Pero mientras la criada se lanzó a sujetar a la dama, la monja le puso la mano sobre la cabeza, y en ese momento la señora comenzó a contorsionarse y a dar muchísimos gritos, mientras la monja exorcista les hablaba a los demonios y les decía:

–       ¡Eso es lo que quería, que os descubráis y os manifestéis para que os conjuren y se remedie esta alma de tan mala compañía!

 

Con estas escenas en directo, les aseguro que a nuestros antepasados no les hacían ninguna falta las novelas de terror ni las películas de miedo. Y lo peor es que con el paso de los siglos, la cosa no mejoró, se lo aseguró. Pero de posesiones más recientes hablaremos en otra ocasión… Si el Diablo quiere.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ver Post >
La serrana de Monfragüe

 

 

Ilustración: Borja González Hoyos

Pocos extremeños desconocen  las andanzas de nuestra mitológica Serrana de la Vera, pero menos aún son los que conocen los legendarios pasos de otra serrana extremeña, bandolera y asesina, que se enseñoreó de toda la abrupta naturaleza de lo que hoy es el Parque Natural de Monfragüe.

Cuentan las bocas ancianas que esta serrana, apuesta y valiente, era de un pueblo de Ávila, donde al parecer incluso tenía buena hacienda. Habitaba en una cueva  de la “Cuesta de la Serrana”, cerca de lo que más tarde sería Villareal de San Carlos, y se dedicaba a asaltar los carros que transitaban entre Plasencia y Trujillo.

Un mal día, cansados los carreteros de ser robados y malheridos, cuando no asesinados, deciden unirse para atacarla, pero  al verse hostigada  la Serrana decide cambiar su escondite a la otra orilla del río, en una cueva que arranca a los pies del castillo y desemboca junto al Salto del Gitano.

Pero la justicia, que no es tonta, idea un plan para apresarla: apostarse en las dos entradas de la cueva con muchos hombres y armas. Sin salida ninguna, la joven es apresada cuando intenta escapar por El Salto del Gitano. Y se cuenta que cuando exploraron la cueva descubrieron numerosas riquezas atesoradas a base de robos.

Envueltas La Serrana y su cueva en la leyenda, lo cierto es que Villareal  de San Carlos se llama así porque Carlos III la fundó con el propósito de asentar población y acuartelar tropas que combatiesen a todos aquellos bandidos que se habían convertido en amos y señores de aquellas tierras, siendo frecuentes los asaltos y asesinatos a todo el que se atreviese a pasar por ellas.

En esta zona sitúa en el siglo XVIII el historiador Antonio Ponz un total de 28 cruces, todas ellas pertenecientes, según la tradición, a hombres muertos por la Serrana, y que Ponz atribuye simplemente a la acción de los bandoleros, tan abundantes en el lugar.

Los bandidos de Monfragüe robaban y asesinaban a los viajeros (Jimber)

Hoy ya no quedan bandidos valientes ni Serranas apuestas, y solo nos queda de esta legendaria bandolera el Alto y la cueva que llevan su nombre y el recuerdo cada vez más débil de sus andanzas, fagocitado por el tiempo y por la creciente fama de su hermana verata.

Solo los buitres alcanzan a ver la entrada de la cueva de la serrana (Jimber)

Su cueva, alguna vez repleta de riquezas, ha sido cubierta por la vegetación de la zona y lo escarpado del terreno, y solo los buitres que sobrevuelan el Tajo alcanzar a ver, desde lo alto, las entradas secretas del refugio de la más valiente bandolera de Monfragüe.

 

 

Ver Post >
Sobre el autor Israel J. Espino
Mitos, creencias y leyendas de Extremadura http://extremadurasecreta.com/

Otros Blogs de Autor