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Categoría: Tesoros
La serrana de Monfragüe

 

 

Ilustración: Borja González Hoyos

Pocos extremeños desconocen  las andanzas de nuestra mitológica Serrana de la Vera, pero menos aún son los que conocen los legendarios pasos de otra serrana extremeña, bandolera y asesina, que se enseñoreó de toda la abrupta naturaleza de lo que hoy es el Parque Natural de Monfragüe.

Cuentan las bocas ancianas que esta serrana, apuesta y valiente, era de un pueblo de Ávila, donde al parecer incluso tenía buena hacienda. Habitaba en una cueva  de la “Cuesta de la Serrana”, cerca de lo que más tarde sería Villareal de San Carlos, y se dedicaba a asaltar los carros que transitaban entre Plasencia y Trujillo.

Un mal día, cansados los carreteros de ser robados y malheridos, cuando no asesinados, deciden unirse para atacarla, pero  al verse hostigada  la Serrana decide cambiar su escondite a la otra orilla del río, en una cueva que arranca a los pies del castillo y desemboca junto al Salto del Gitano.

Pero la justicia, que no es tonta, idea un plan para apresarla: apostarse en las dos entradas de la cueva con muchos hombres y armas. Sin salida ninguna, la joven es apresada cuando intenta escapar por El Salto del Gitano. Y se cuenta que cuando exploraron la cueva descubrieron numerosas riquezas atesoradas a base de robos.

Envueltas La Serrana y su cueva en la leyenda, lo cierto es que Villareal  de San Carlos se llama así porque Carlos III la fundó con el propósito de asentar población y acuartelar tropas que combatiesen a todos aquellos bandidos que se habían convertido en amos y señores de aquellas tierras, siendo frecuentes los asaltos y asesinatos a todo el que se atreviese a pasar por ellas.

En esta zona sitúa en el siglo XVIII el historiador Antonio Ponz un total de 28 cruces, todas ellas pertenecientes, según la tradición, a hombres muertos por la Serrana, y que Ponz atribuye simplemente a la acción de los bandoleros, tan abundantes en el lugar.

Los bandidos de Monfragüe robaban y asesinaban a los viajeros (Jimber)

Hoy ya no quedan bandidos valientes ni Serranas apuestas, y solo nos queda de esta legendaria bandolera el Alto y la cueva que llevan su nombre y el recuerdo cada vez más débil de sus andanzas, fagocitado por el tiempo y por la creciente fama de su hermana verata.

Solo los buitres alcanzan a ver la entrada de la cueva de la serrana (Jimber)

Su cueva, alguna vez repleta de riquezas, ha sido cubierta por la vegetación de la zona y lo escarpado del terreno, y solo los buitres que sobrevuelan el Tajo alcanzar a ver, desde lo alto, las entradas secretas del refugio de la más valiente bandolera de Monfragüe.

 

 

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El bálsamo de Fierabrás está en Extremadura

Ilustración: Borja González Hoyos

Ahora que celebramos los 400 años del Quijote no podemos dejar pasar la oportunidad de reivindicar la ubicación legendaria de uno de los mejunjes más fantásticos de la historia, una poción mágica capaz de curar todas las dolencias del cuerpo humano y  de sanar heridas terribles y enfermedades incurables. Unapócima que formó primero parte de las leyendas del ciclo carolingio, y que después recogió Cervantes para aderezar su inmortal obra: El bálsamo de Fierabrás.

Don Quijote le comenta a Sancho en el capitulo X que conoce la receta del bálsamo, (ya no tan mágico y si más pedestre), cuyos ingredientes son aceite, vino, sal y romero, todo ello hervido y acompañado de un ritual consistente en 80 padrenuestros, 80 avemarías, 80 salves y 80 credos. La pócima parece funcionar sólo con  caballeros, ya que tras beber la milagrosa poción a don Quijote le atacan vómitos y sudores, pero se siente curado después de dormir. Sancho, sin embargo, sufre un efecto laxante y poco edificante.

Sin embargo, el auténtico y mágico bálsamo de Fierabrás  tiene orígenes mucho más legendarios. Algunas fuentes, de hecho, afirman que Fierabrás era el feliz propietario de una  espina de la auténtica corona de Cristo, de la que nacía un rosal mágico que florecía todo el año, con rosas de variados colores y aromas, uno rosal del que más tarde los templarios cortaban flores para el altar de la Virgen, cuyas espinas no herían y del que se extraía su famoso bálsamo.

Las rosas mágicas provenían de la espina de la corona de Cristo (Jimber)

Este rosal se encontraría ahora sumergido en las aguas del pantano de Alcántara, bajo la torre de Floripes, últimos restos del castillo templario que guarda la romántica leyenda de amores e deseos incestuosos, entre Fierabrás, Floripes y el caballero Guido de Borgoña, paladín de Carlomagno.

De hecho, cuenta la leyenda que un moro cautivo enseñó a Carlomagno y a sus caballeros el escondite de este rosal, junto al que se ocultaba un mantel mágico (también traído por el gigante) que procura toda clase de alimentos si se dicen correctamente unos conjuros y al que es fácil relacionar con el mantel de la Última Cena, reliquia que se encuentra expuesta desde hace siglos en la catedral de la cerca Coria. Curiosamente, en la misma catedral, en su museo de las reliquias, se guarda también una espina de la corona de Cristo… ¿Podría ser la que dio origen al rosal mágico?

En la Torre de Floripes emergen los barriles de bálsamo en la mañana de San Juan (A. Briz)

Y aún existe una leyenda mucho más trascendental, que afirma que  cuando el gigante  Fierabrás (el de fieros brazos) y su padre Balán conquistaron Roma, robaron en dos barriles los restos del bálsamo con que fue embalsamado el cuerpo de Jesucristo, que tenía el poder de curar las heridas a quien lo bebía.

Estos barriles fueron arrojados al Tajo en el combate final entre Fierabrás y Carlomagno, cuando el gigante se vio perdido. Pero todavía pueden recuperarse, porque en la zona se cree que las extrañas formas que se ven en algunos  remolinos que forma el agua  cerca de la torre son los toneles del famoso bálsamo de Fierabrás, que en la mañana de San Juan, cuando el sol dora la Torre de Floripes, emergen por un instante  desde el fondo de la Rocha Frida para demostrarnos a todos que la magia aún existe.

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Las Sociedades de Tesoros, un negocio arriesgado

Ilustración: Borja González Hoyos

Seguro que pocos de ustedes saben que, entre las sociedades en las que uno podía invertir en el siglo XIX en Extremadura se encontraban algunas Sociedades de Tesoros.

El funcionamiento era fácil: cada uno de los socios se comprometía en aportar aquello que pudiese: dinero para la intendencia, especies para la búsqueda, el mapa del tesoro o la mano de obra para estar cavando durante días e incluso meses. Y empezaba la aventura. Si encontraban el tesoro, se repartía y ganaban todos. Si no se hallaba nada (que solía ser lo más habitual, todo hay que decirlo) todos perdían.

Una de estas primeras sociedades tuvo su sede en Herrera del Duque allá por 1843. Rebuscando entre las ruinas del Castello Velho tropezaron los pastores con ciertos cacharros romanos que enseñaron en el pueblo, en el que rápidamente se creó una sociedad entre varios vecinos que estaban convencidos de encontrar fácilmente “un gran depósito de oro y pedrería”. No hallaron oro ni piedras preciosas, aunque sí restos arqueológicos a los que no dieron excesiva importancia.

Según nos cuenta el cronista extremeño Vicente Barrantes,  en 1878 surge otro grupo en Gata, en torno a un visionario que prometió el hallazgo de un tesoro arrojando al aire dos varitas de avellano cortadas la víspera de San Juan a la medianoche en punto. Cayeron estas en forma de cruz en el lugar donde se encuentra un enorme peñón, y allí mismo comenzaron las excavaciones con nulo resultado, ya que tuvieron que abandonarlas a la carrera cuando la enorme mole de  piedra estaba a punto de desplomarse  sobre los trabajadores, ocasionando desgracias en lugar de fortunas.

Las galerías subterráneas siempre han despertado la imaginación del pueblo (Jimber)

No había pasado ni una década cuando, entre los años 1884 y 1885 se creó una sociedad de lugareños de Villasbuenas de Gatadispuesta a encontrar de una vez por todas el gran tesoro enterrado en el paraje conocido con el evocador nombre de El Púlpito de los Lobos. Se contaba que allí había una bóveda subterránea a dos varas del suelo, sostenidas por cuatro enormes estatuas de reyes de oro macizo.

La recién nacida sociedad contrató, para localizar el tesoro, a un zahorí, quien señaló el lugar exacto donde estaba enterrado, pero subrayando empecinadamente que nadie dudase de la existencia del tesoro, ya que cada vez que alguien albergara la más mínima duda, el tesoro se hundiría un poco más.

Tras excavar cuatro metros no hallaron nada, achacándolo todos a que alguno de ellos había dudado en algún momento de la existencia del tesoro. Al no saberse quién era el culpable, se desató una terrible batalla campal en la que todos desconfiaban de todos. Hubo peleas con navajas y palos, y el asunto terminó nada menos que en un proceso judicial en la Audiencia de Plasencia.

El castillo de Miramontes, en Azuaga, cuna legendaria de tesoros sin cuento (Ángel Briz)

Pero el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, y más si la piedra  es de un castillo en ruinas. Vicente Barrantes cuenta que en el último tercio del siglo XIX, se formó una sociedad de treinta aficionados en las ruinas del castillo de Miramontes, en Azuaga, “donde se asegura existir galerías subterráneas, que el vulgo supone llena de tesoros y acaso lo serán de objetos antiguos”.

Y es que este castillo siempre se ha visto rodeado por la leyenda de tesoros ocultos, y ya en el siglo XX Jose Romero Romero (alias Heliotropo) periodista de la localidad, recogía  en 1933, en el diario La Libertad,  como se desarrollaban en el castillo excavaciones particulares de otra sociedad de tesoros, “con la intención de descubrir algunas riquezas de las que se aseguran se encuentran sepultadas en aquellas ruinas”.

Dirigía estos trabajos una tal Faustino Ortiz Gallardo, un viejecito bajito y canoso que cobraba 10 céntimos la entrada a las excavaciones para ver los “descubrimientos” y poder autofinanciar la búsqueda de los tesoros. Los trabajos habían comenzado el 30 de mayo, y poco a poco, todos aquellos “socios” que aportaban a la sociedad la mano de obra, se habían cansado de trabajar sin frutos y se habían marchado. Otros llegaron a  probar suerte y también abandonaron, y al cabo de un año hasta el pobre Faustino tuvo que abandonar pesaroso la búsqueda del tesoro de Miramontes.

Extraños ladrillos con indescifrables inscripciones, varias monedas de cobre, dos figuritas con la efigie de reina o virgen y tres grapas de oro fue lo único que consiguieron arrancarle al subsuelo del castillo. Desde entonces se sospecha que el tesoro del castillo de Miramontes sigue esperando al valiente que horade sus entrañas y aguante el envite a través del tiempo, soportando entre sus muros derruidos el sol de agosto,  la lluvia de octubre y la helada de enero. Como sus mismas piedras.

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El castillo de Marmionda: Leyendas de pasión, sangre… y gallinas

Ilustración: Borja González Hoyos

En lo alto del pueblo de Portezuelo, en la provincia de Cáceres, se alzan los restos de una fortaleza árabe cuyos muros guardan una trágica historia de amor. La leyenda se sitúa tras la muerte de Almanzor, cuando finaliza la grandeza del califato de Córdoba y comienzan los reinos de Taifas y las escaramuzas continúas.

Los vecinos de Portezuelo cuentan que la fortaleza tenía un alcaide famoso en toda la zona, más que por sus éxitos guerreros, por su bella, hija, la hermosa Marmionda, enamorada de un capitán cristiano que guerreaba contra las tropas de su padre.

Correspondida en su amor por el capitán cristiano, los enamorados elucubran la manera de pasar la vida juntos, hasta que un mal día,  durante una batalla, Marmionda cree ver, desde sus habitaciones, como su amado cae muerto a los pies del cerro, y no pudiendo soportar el dolor,  se arroja por los ventanales de su aposento, con tal fuerza que su cuerpo, rodando, va a caer junto a la roca donde yace su amado.

Pero el caballero no está muerto, solo inconsciente, así que cuando recobra el sentido se encuentra  a sus pies el cadáver de la bella  Marmionda. Al darse cuenta de la crueldad del destino, el capitán se atraviesa con su propia espada y muere junto a su amada, mezclándose la sangre de ambos en un arroyo carmesí.

Sin embargo, no solo de tragedias y amores se alimentan las piedras del castillo de Portezuelo. También sus paredes esconden tesoros legendarios, como aseguran los viejos adagios que aún hoy recitan los más ancianos lugareños:

“Castillo de Marmionda,

si una gallina escarbara,

cuanto oro y platería

en tus muros encontrara…!”

El castillo de Marmionda, en Portezuelo (Ángel Briz)

Sembrada de tesoros está la zona. En Portezuelo, además del legendario Castillo árabe de Marmionda, gozan de la posesión en su término de la finca de Macailla o Macaela, donde hay enterradas grandes ollas repletas de monedas y alhajas, al parecer escondidas ante la invasión árabe. Una gallina marca el lugar exacto del tesoro, y la coplilla así lo confirma:

 

Macaela, Macaela,

¡cuánto oro y plata en ti queda!

Si una gallina escarbara,

¡cuánto oro y plata en ti hallara!

Los gallos y las gallinas descubren tesoros (Jimber)

Es cierto que hoy los lugareños no tienen fe en dar con las susodichas riquezas por la sencilla razón de que ya hace muchos años pasaron a un boticario de Torrejoncillo, que hasta ese lugar de la Macailla acudió una noche de luna llena con todo un gallinero. Las gallinas se encargaron de poner al descubierto todo el oro y la plata, como reza el dicho que con cierto aire de resignación o desencanto también se escucha en Portezuelo como broche a los versos anteriores:

Y una gallina escarbó,

¡y el tesoro que encontró!

Y a pesar de todo, se afirma que alrededor del castillo  aún queda oro para rato… Será cuestión de buscar.

 

 

 

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Campanas sobrenaturales

 

 

 

Ahora que se acercan las campanadas más esperadas del año vienen a mi memoria esas otras campanas  misteriosas que, a lo largo de los siglos, causaron pavor y asombro en estas tierras extremeñas.

 Las campanas hablan y gritan y susurran sobre agonías, defunciones, ánimas, y partos, y alertan y avisan sobre  tormentas, granizos y tempestades, guerras y fiestas… De hecho, existía en Extremadura una exhaustiva reglamentación  sobre el tañer de las campanas, cuyos toques tanto religiosos como civiles están estrictamente regulados.

Como afirma el antropólogo Javier Marcos Arévalo  “cada cosa o cada día señalado tenía sus específicos toques, según la clase y la festividad, en invierno y en verano…”.

Las campanas han marcado  durante siglos los tiempos y las horas de los pueblos europeos. Ya en el siglo XVIII Juan Solano de Figueroa y Altamiranodescribía con atención la importancia de las campanas en Extremadura, símbolo cristiano cuya importancia nos la da su propia consagración y el hecho de que a muchas se las designe con nombres propios. De hecho,  el tañido de las campanas es una fuerza destructoras de las tormentas, pero solo desde el instante en que se consideran incluidas dentro de la esfera de lo sagrado tienen el poder de “alejar la truena”, ya que  «si la campana no está bautizá se toca de balde, no aprovecha».

 Es lo mismo que pensaba en el siglo XVI el jesuita Martín del Río, quien  creía que esta virtud de las campanas no se debía ni a su forma ni a su composición, sino al hecho de estar consagradas.

El ritual prescrito por la Iglesia para conjurar este tipo de tormentas lo describe Pedro Ciruelo en el mismo siglo. Decía Ciruelo que las campanas tañesen y los curas conjuradores se vistiesen con sus estolas y con candelas encendidas y que pusieran en el altar un misal, abierto por las páginas del «Te Igitur» del Evangelio. Si había alguna reliquia, ésta se colocaba sobre el altar y a la vez se cantaban diversos salmos, rezándose después la letanía de los santos.

Las campanas conjuran las tormentas (Angel Briz)

Sin embargo ya en el siglo XII comienzan a aparecer grabados en las campanas determinados conjuros contra el granizo, la peste, los rayos y otras calamidades por el estilo. Afirma nuestro admirado escritor Jesus Callejo que era habitual que al menor indicio de tormenta se volteasen para «espantada»: “Así se estuvo haciendo durante siglos y así lo recomendaban hacer algunos prestigiosos hombres de la Iglesia hasta que una sentencia del Tribunal Supremo de 6 de marzo de 1905 prohibió en España «por razones de seguridad» tocar las campanas porque- se creía que el efecto causado era el contrario: se favorecía el desarrollo de estas tormentas”.

 En  La ermita del Cristo del Amparo de Jerte , según nos cuenta el historiador Jose María Domínguez Moreno , hasta no hace muchos años, se ejecutó un curioso ritual coincidiendo con la Cruz de mayo, fecha en la que solían comenzar los tañidos «por los buenos temporales». Al sonar la campana el cura procedía a bendecir los cencerros que allí amontonaban los cabreros, que luego pasarían a ser colgados del cuello de los ganados. «Ninguna cabra con esquila sagrá la mata el rayo. No cae donde ande una cabra con esquila.» . Pero lo más inquietante es que se afirma que poseía la virtud de tocar por sí sola al asomar la tormenta por los altos del cerro de Calamacho y Puerto de Tornavacas.

 Y aquí es donde comienza el miedo. Cuando las campanas comienzan a tocar solas, o movidas por manos invisibles …

Las campanas regulaban las vidas y los tiempos (Jimber)

Rescata  el periodista e investigador  Iker Jimenez la declaración ante el tribunal de la Inquisición de José Alonso Lechón, alguacil mayor de Villafranca de los Barros, que en el siglo XVII escuchó doblar solas las campanas de la ermita de la Coronada.

 “Yendo este testigo el día ventidos de agosto del pasado mil y seiscientos y sesenta y cinco, a cosa de las once de la noche, poco más o menos, en compañía de su merced don Álvaro Gutiérrez Blanco, alcalde ordinario de la villa aquel año, llegando al final de la calle del Aceituno que salía al ejido de la ermita de Nuestra Señora de la Coronada, oyeron que una de las campanas de dicha ermita dio una campanada, y dentro de poco sonó otra campanada, y este testigo y su merced fueron a dicha ermita que está extramuros de la villa. Yendo a dar a ella sonó otra campanada, y habiendo todos juntos llegado vieron que las puertas que tiene estaban cerradas y se comprobó que no había persona alguna en el interior de la ermita… “.

 Aquel tañer fantasmal volvió a producirse, claro y nítido, y tras haber escrutado con paciencia y cierto temor órgano, sacristía y torre los allí presentes se cercioraron definitivamente de que nadie había podido hacer sonar las campanas cuatro veces. Fue entonces cuando se personó en la plazoleta una gran multitud y comenzó a latir con fuerza la palabra “milagro”, un milagro que ha quedado reflejado en una tabla que aún se conserva junto al altar.

En la alquería hurdana de El Gasco el 1 de marzo se escuchan campanas (Angel Briz)

En el norte de Extremadura, en Las Hurdes, y concretamente en la legendaria alquería de El Gasco existe una cueva donde el día del Ángel, el 1 de marzo, suenan unas misteriosas campanas. Y no debe ser mentira la historia, porque hace poco me contaba una anciana del lugar, arrullada por el rumor del agua que corría a los pies del pueblo, que una cuñada suya fue a por chaparro a un cancho de Pico Castillo y oyó tocar la misteriosa esquila…

Y es que lo curioso de estas campanas fantasmales es que a veces dejan de ser leyendas para convertirse en realidades…

Cuando las campanas suenan solas (Angel Briz)

Porque si hay un toque de campanas que pone los pelos de puntas es el toque de difuntos. Y más cuando no existe en los contornos una campana real que produzca el fúnebre sonido…

Una soleada mañana de verano, mientras ascendíamos con el coche las sinuosas curvas hurdanas que nos llevaban a la bella alquería de Aceitunilla, el investigador Félix Barroso me narraba, en primera persona, cómo fue testigo de estas campanadas fantasmales.

Me hallaba un día recogiendo unas antiguas canciones  junto a un hurdano que me estaba cantando el  Romance de la bastarda, un romance medieval que es una maravilla. Cuando llegamos a la estrofa que dice  “¿Por quién doblan las campanas?, ¿Quién se ha muerto? ,¿Quién se ha muerto?”. En ese momento la voz del hombre se apaga por completo y suenan nítidamente campanas doblando a muerto… Lo extraño– me contaba Félix, pensativo– es que ahí, en Martilandrán, no hay iglesia ni ermita ni leche que le dieron”.

Las campanadas fantasmales se grabaron, pero cuando le puso la cinta para que la escuchase, el hurdano le apremió para que le diera la cinta “que la iba a tirar a la lumbre porque habían entrado las mengas (brujas) en su casa”.

En el fondo del rio Ruecas descansa una campana de oro (Jimber)

Pero no desesperen si escuchan campanas y no saben dónde, porque  todavía hoy hay quien continúa buscando la campana de oro que tañía en el castillo árabe que existía, hace mucho tiempo, en el Cerro del Castillejo, en Madrigalejo. Cuenta la leyenda que el señor del castillo desobedeció a los Reyes Católicos, y éstos decretaron destruir el castillo piedra a piedra, y construir con ellas la iglesia del pueblo.

En el traslado de las piedras, la carreta que transportaba la campana de oro volcó, y la campana salió rodando cerro abajo hasta caer en las aguas del río Ruecas, donde por mucho que se buscó y rebuscó, jamás apareció.

Con el tiempo, el lugar pasó a llamarse “la tabla de la campana”, y hoy en día aún hay quien la sigue buscando esperanzado en el fondo del río, y se afirma en voz baja, que si se aguza bien el oído y se introduce la cabeza en el agua, se pueden escuchar sus tañidos entre el nadar sincopado de los peces…

 

 

 

 

 

 

 

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El mágico paraje de Los Barruecos

En plena llanura cacereña, junto a Malpartida de Cáceres, el viajero se desconcierta al encontrase, de repente, en medio de un paisaje mágico,  el Monumento Natural de Los Barruecos, una espectacular creación natural que el ser humano a creído tocada por los dioses.

Santuario rupestre de los Barruecos (A. Briz)

No hacía falta que la guía Repsol viniera a decirnos que este es el Mejor Rincón de España. Muchos ya lo sabíamos. Porque los Barruecos  (y voy a dejar de lado a propósito al museo Vostell) es un espacio mágico donde uno se reencuentra consigo mismo, salpicado de charcas y enormes piedras graníticas que conforman este paisaje sugerente y único, en el que la naturaleza y los dioses se sienten más cerca que en ninguna otra parte.

Las peñas del tesoro, en Los Barruecos (Angel Briz)

La erosión ha moldeado las moles pétreas durante millones de años dando lugar a singulares bloques redondeados, con multitud de formas caprichosas como Las Peñas del Tesoro, El Tiburón, La Seta, La Bomba, el Caracol o La Horca, de la que la leyenda cuenta que sus agujeros servían de soporte para las sogas destinadas a ahorcar durante el imperio  romano.

Las curiosas formas de las piedras siempre han ejercido una poderosa atracción y quizá por ello, o por la magia que desprende el lugar,  ha sido utilizado durante miles de años como necrópolis, santuario y centro espiritual.

En los Barruecos encontramos no solo pinturas rupestres y grabados desde la Edad del Cobre hasta la Edad del Hierro, sino también poblados neolíticos, restos  de  poblaciones romanas y numerosas tumbas antropomorfas excavadas en la misma roca. Aquí, hace solo unos años, el un incansable investigador cacereño, Juan Rosco, descubrió En Los Barruecos tenemos un observatorio astronómico de la Edad del Cobre en el que los rayos del sol pasan por un agujero natural de una roca, y a determinadas horas , durante los equinoccios, iluminan completamente un grabado antropomorfo ubicado en el interior de la roca.

El observatorio prehistórico de los Barruecos (Angel Briz)

Pero si existe un lugar mágico en este paisaje es sin duda su diminuto santuario rupestre, oculto en el interior de una gran piedra caballera y al que solo se puede acceder reptando. Una vez que se ha conseguido pasar al interior de la roca el concepto de “útero de la tierra” cobra todo su significado. Las pinturas del interior, trazadas en color rojo, te rodean en todo momento. La sensación que se experimenta en su interior es pura magia milenaria.

Y si hablamos de magia no podemos olvidarnos de Las Peñas del tesoro, enormes rocas graníticas de evocador nombre llamadas así porque, según la  voz del pueblo, allí aparecieron unos pequeños exvotos en forma de cabra relacionados con el culto a la antigua diosa Ataecina, deidad del renacer, la fertilidad, la naturaleza, la luna, la curación y el mundo subterráneo.

Ex voto a Ataecina de Malpartida de Cáceres , actualmente en el MAN (Ángel Briz)

Realmente estas dos cabritas de bronce (que actualmente se encuentran en Madrid, en el Museo Arqueológico Nacional, y cuya reproducción a escala Godzilla puede verse en las calles de Malpartida) fueron encontradas en 1885 en otro lugar, cerca del pueblo.. Pero ese mismo pueblo muchas veces es más sabio de lo que pensamos, y no suele errar mucho en su memoria, y cuando a esta inmensa mole de piedra la denomina “La Peña del Tesoro”, por algo será.

Porque cuando la piedra suena, magia lleva.

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Sobre el autor Israel J. Espino
Periodista especializada en antropología Entre dioses y monstruos http://extremadurasecreta.com/

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