Las inundaciones ocurridas recientemente en la provincia de Badajoz ofrecen motivo de reflexión: la tecnología no siempre es capaz de dominar las fuerzas de la naturaleza. La excepcional pluviometría del pasado mes de marzo ha sido incontrolable. De poco han valido las presas reguladoras ante el ímpetu de las crecidas. De vez en cuando, los ríos reclaman sus derechos territoriales históricos.
No se puede olvidar que la excepcionalidad es el principal motor de las catástrofes naturales. Hay que estar preparados para gestionar esa excepcionalidad con éxito, manteniendo a salvo vidas y bienes. De este convencimiento, nace la necesidad de reunir datos estadísticos sobre el comportamiento de los elementos naturales y evaluar su capacidad de incidir destructivamente en el hábitat del hombre. Con la información se orientan las políticas de ordenación del territorio: delimitar zonas de respeto, regular los usos del suelo, etc.
En los ríos existen dos cauces: el normal y el excepcional; éste último es el que viene determinado por la zona de inundación detectada en los últimos 500 años. Los datos estadísticos disponibles son incompletos y, por tanto, la información es poco precisa. La precaución debería extremarse y sacar conclusiones de la simple observación terreno. Toda zona llana próxima a los márgenes de un río es susceptible de ser inundada. Es lo que llamaríamos llanura de inundación, que en Plasencia viene a coincidir, más o menos, con la vega de huertas.
Desde que se construyó la presa, aguas arriba de Plasencia, las crecidas son menores y más controladas. La ciudad ha olvidado esta realidad y se comporta como si un gran desbordamiento del Jerte no fuese posible. Existe una excesiva confianza en la docilidad del río y, en consecuencia, se ha ido produciendo una imprudente ocupación, por usos impropios, de buena parte de la citada llanura de inundación.
En el Sistema Nacional de Cartografía de Zonas Inundables - www.chtajo.es – se refleja que hay cuatro zonas de riesgo potencial de inundación en el río Jerte. El tercer tramo, con 7,29 km. de longitud, comienza bajo el muro de la presa y acaba en Berrocalillo. La lista de consecuencias adversas que se recoge es bastante preocupante. Afectaría negativamente: a la salud humana, al medio ambiente (áreas protegidas y calidad del agua), al patrimonio cultural, a actividades económicas (vivienda e infraestructuras, agricultura, sectores económicos varios).
La planificación urbana puede trazar la línea roja y catalogar las huertas de suelo urbano o urbanizable, pero continuará siendo terreno inundable, diga lo que diga el plano del PGM. Además, sería bueno recordar que, tanto la presa como la ciudad, se asientan sobre una de las grandes fallas tectónicas de la Península Ibérica; y no está tan quieta y estabilizada como parecía. Sea como fuere, los ríos tienen su territorio y, de vez en cuando, avisan expulsando a los intrusos.
La tradición cultural heredada de los árabes concede mucha importancia a la existencia de espacios ajardinados en el interior de las viviendas y, aunque el modo de vida impulsado por el capitalismo urbano ha supuesto una radical ruptura, aún se conservan algunos magníficos ejemplos, testimonio de tiempos pasados. Hay en la Península Ibérica un buen grupo de maravillosos jardines monumentales, de distintas épocas, gestionados para asegurar una buena conservación de sus características originales y, afortunadamente, abiertos al uso y disfrute públicos. Otros, sin embargo, mantienen su carácter privado y es poco lo que conocemos de ellos, pero su presencia es muy importante en las ciudades históricas.
Los palacios renacentistas de Extremadura suelen mantener su zona de huerto o jardín, con distinto grado de interés y mantenimiento de sus elementos vegetales. Se repite la presencia de espacios de similares características en las casonas de la burguesía extremeña del XIX y principios del XX, pero éstos últimos han corrido peor suerte que los anteriores.
En un alto porcentaje han sido edificados o convertidos en anodinos espacios públicos. Con ellos perdimos, además de un rico y variado patrimonio vegetal (plantas, árboles exóticos y singulares), elementos reguladores de la temperatura y la humedad en el interior de la ciudad; lugares de residencia y refugio para multitud de aves urbanas; características manchas verdes del paisaje urbano contribuyendo a singularizarlo y enriquecerlo.
En consecuencia, los pocos jardines privados que han sobrevivido a la especulación urbanística y a la desregulación de los centros históricos deberían ser preservados como el gran tesoro verde de las ciudades. Algunos ciudadanos así lo entienden y cuidan con esmero sus patios adornados con plantas y sus jardines interiores. No suelen ser visibles desde la calle. Algunos se localizan en el interior de las manzanas de edificios. Otros pueden ser intuidos tras las verjas y tras las altas tapias, sobre las que cuelgan plantas trepadoras y asoman árboles diversos. En primavera, es el perfume de algunas plantas lo que primero delata su presencia. Como pequeños y valiosos testimonios de la nostalgia del “Paraíso perdido” deben ser tratados. Nuestras ciudades no pueden permitirse perder ni un centímetro más de estos microcosmos vegetales que hacen la ciudad un poco más saludable y humana.
Si hay en Plasencia una ruina envuelta en leyendas y misterios, es la del Palacio de El Berrocal. Aunque la historiografía local afirma que fue uno de los edificios más notables de la ciudad, realmente es muy poco lo que se sabe de él. Fue el palacio de recreo (o casa de campo) de Diego Esteban de Carvajal, una de las más poderosas familias nobiliarias de Extremadura. Por su cronología, segunda mitad del siglo XVI, podríamos considerarlo una villa renacentista, pero su tipología es muy diferente a la que vimos de Fabián de Monroy; también al resto de palacios de Plasencia.
En planos antiguos aparece cercado por una muralla, pero no aparecen indicios de jardines ni fuentes ornamentales. Las características físicas del lugar donde se ubica el edificio tampoco son las más idóneas para trazar jardines regulares, ya que se trata de un agreste roquedo granítico; de ahí su nombre de berrocal. Sin embargo, de la singularidad del enclave deriva en gran manera la singularidad del edificio que, se adaptaba a la topografía del terreno de modo simbiótico.
Las ruinas que hoy vemos apenas son las raíces del palacio: una gran bóveda de cañón sustentada entre la ladera rocosa y dos grandes contrafuertes; su correspondiente fragmento de fachada con una portada y dos ventanas; y restos de muros aquí y allí. En una segunda planta desaparecida, un elegante patio de columnas apoyaba a medias sobre esta bóveda y las rocas. El patio, de proporciones cuadradas, tendría dos de sus lados a modo de galería abierta al paisaje, mientras que a los otros lados se adosarían cuerpos del edificio. No parece que la puerta conservada fuese el acceso principal; tras ella se accede a una sala, denominada con toda propiedad “sala del agua”, donde brota un manantial de las mismísimas rocas, visibles tras dos arcos y un pretil de piedra, que hacen las veces de depósito o aljibe.
Su conservación ha sido posible gracias a un singular proceso de reutilización de sus espacios, rincones y resquicios para construir viviendas. Las pequeñas casas se fueron incrustando en el esqueleto pétreo de la ruina, del mismo modo que el palacio se había ceñido al roquedo, dando como resultado una macla arquitectónica llena de encanto, pero muy deteriorada.
Hace años, desde la Escuela Taller se intentó, sin éxito, un proyecto de restauración de fachadas y elementos originales. Hoy, la mermada comunidad vecinal, en otro tiempo numerosa y viva, hace lo que puede para mantener sus casas. Nunca tuvieron ayudas oficiales. Sin embargo esta curiosa amalgama de viviendas y ruina palaciega bien merecía un proyecto de recuperación que ofreciera viviendas de alquiler a precio razonable.
El molino de San Lázaro o “de la casca” es el edificio más singular de todo el conjunto molinero de Plasencia. Se trata de un sólido edificio de mampostería y sillares graníticos, construido dentro del propio lecho del río; circunstancia de la que se han derivado sus muchos problemas a lo largo del tiempo. Estando excesivamente expuesto a la incidencia de las crecidas, su mantenimiento siempre fue muy costoso, por necesitar de constantes reparaciones.
Es el lagar más antiguo de la ciudad. Se tienen datos desde principios del siglo XVI, época en que, siendo propiedad de Pedro de Cepeda, se lega en testamento al Hospital de la Merced. Más tarde, en 1588, lo venden al Colegio de Santa Ana, de la Compañía de Jesús. En el siglo XIX (desamortización) pasó a manos particulares. En 1970 fue adquirido por el Ayuntamiento a D. Buenaventura Delgado del Bao y hermanos para la construcción del colector de aguas residuales de la margen derecha. Se tasó en 350.000 pesetas.
El uso como lagar determina su diferente tipología, en la que destacan dos impresionantes torres de sillares; una en cada extremo del edificio. No son un adorno, sino un elemento utilitario, necesario para el funcionamiento de la maquinaria. Se trata de las torres de contrapeso de las dos prensas de viga que tuvo el lagar. De ellas sólo quedan los nichos en la pared donde se alojaban sus cabezas, y una base de prensado, labrada en piedra.
Tantos años de abandono han hecho desaparecer casi toda la maquinaria; más aún siendo ésta mayoritariamente de madera. Aún puede verse: dos lagares de piedra (hubo cuatro), cada uno con su par de muelas, donde se molturaba la aceituna; restos de lo que fue la caldera para calentar agua, necesaria en el proceso. Y, en una sala adyacente, un molino de pimentón, con su rodezno y sus dos muelas. Falta todo lo demás.
Fue recuperado por Confederación Hidrográfica del Tajo, dentro del proyecto de adecuación de las márgenes del río Jerte. El Plan de Excelencia Turística creó un Centro de Interpretación del Agua; inundado a los pocos meses por la crecida invernal. Plantear propuestas de uso para este hermoso edificio es todo un reto, dado que está expuesto a las riadas y localizado a una cota más baja que la del colector general de residuales. Hagan sus propuestas.
El valor universal excepcional de algunos bienes culturales es lo que la UNESCO se propone proteger con el fin de asegurar su salvaguarda para las generaciones futuras. De este objetivo deriva el selecto elenco internacional, tan deseado, del que sólo forman parte unas cuantas afortunadas ciudades españolas.
Todo indica que no desean incrementar la lista con ninguna más. Quedó bastante claro con la reciente candidatura Plasencia-Mofragüe-Trujillo, que no logró hacerse con un hueco por su mixtura inconexa de bienes. Seguir intentándolo, por tanto, sería tirar trabajo y dinero; no está el horno para bollos.
Sin embargo, han dejado abierta otra puerta sumamente interesante, y en la que nadie parece reparar. Esa puerta no es otra que las vías pecuarias entre Castilla y Extremadura, nada más y nada menos. Este bien cultural, sí parece interesar a los organismos asesores de UNESCO (ICOMOS Y UICM) y así lo indican en el informe de la candidatura anterior de referencia. Sin embargo, parece haber caído en saco roto. Nadie habla del asunto.
No cabe duda que, entorno a la economía pastoril que dio vida a las vías pecuarias, se reúne un rico y diverso patrimonio cultural. La trashumancia como forma de vida y de economía, vigente durante siglos; explotaciones ganaderas en perfecta armonía con la naturaleza, adaptándose a las diferentes características bioclimáticas de las regiones al norte y sur del Sistema Central y haciendo de ello una oportunidad para aprovechar los pastos de invierno y de verano; una compleja y jerarquizada red de caminos (cañadas, cordeles, veredas y coladas) para permeabilizar el territorio ganadero; y, detrás de todo esto, una institución histórica de la importancia del Real Concejo de La Mesta (creado en el siglo XIII), que determinó la política económica y territorial de la Corona de Castilla durante mucho tiempo.
En resumen, una tradición cultural llena de complejidad, que impregnó ámbitos tan diferentes de la vida como la gastronomía, la arquitectura, la música, la lírica popular, los usos y costumbres.,… y que aún está presente de muchas maneras. No obstante, la trashumancia es un modo de vida en proceso de extinción y con él podemos perder una buena parte de nuestro patrimonio; un patrimonio irremplazable por su valor universal excepcional. Valdría la pena trabajar para impedirlo.
El río Jerte constituye el primitivo eje industrial de Plasencia, activo cuando el agua en movimiento era la fuente de energía para la industria; hoy en silencio. Es un interesante conjunto de edificios construidos con solidez, capaces de aguantar el embate de las riadas y de ofrecer obstinada resistencia ante su lenta y progresiva ruina. Sólo unos cuantos ejemplos de recuperación alteran el triste paisaje de estos viejos edificios fluviales, el resto yace olvidado, sin uso, o ha desaparecido. Pero en otros tiempos fueron dinámicos centros de trabajo, edificios-máquina que desarrollaban una labor industrial: molienda, bataneo, lavado, etc.
En los ríos se construía todo tipo de ingenios hidráulicos, máquinas maravillosas, capaces de desarrollaban numerosas funciones aprovechando la fuerza del agua en movimiento. Para el aprovechamiento de esta fuerza se utilizaban ruedas hidráulicas; conocidas y usadas desde la más remota Antigüedad. Las hay de dos tipos: la rueda horizontal o rodezno, y la vertical o noria, también llamada rueda vitruviana. Ambas se han utilizado hasta la primera mitad del siglo XX.
La rueda vertical era más indicada para los grandes caudales, mientras de la rueda horizontal podía funcionar incluso en pequeños cauces, aunque con ayuda de algunos ingeniosos artilugios. En los molinos del Jerte predomina la rueda horizontal (se conservan algunas), en ingenios dedicados a la molienda (cereales, pimentón, aceituna). El molino más antiguo, el de Tajabor, era citado en el Privilegio fundacional (siglo XII) de la ciudad.
El agua entraba en los edificios creando pequeños saltos, mediante represas o canales de derivación, para aumentar la fuerza de caída o impacto del chorro de agua sobre las paletas de las ruedas motrices. Estas ruedas tenían un eje, de madera o hierro, que transmitía el movimiento, mediante diferentes engranajes, a las muelas o piedras de moler. Una vez usada, el agua salía por las cárcabas de salida, unos pequeños huecos en forma de arco en la planta inferior del edificio.
Estos edificios, hoy ruinosos y abandonados, tuvieron un valor estratégico para la economía de las ciudades y su propiedad era controlada por clases privilegiadas. Hoy podrían convertirse en un atractivo recurso cultural y turístico. Iremos visitando algunos de ellos, si ustedes gustan.
























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