Érase una vez Ibiza

Navegando por las redes sociales me encontré unas fotos de Ibiza de hace unos treinta años. Hay quien dice que treinta años no son nada. Pues les aseguro que yo en la mitad de las fotos no consigo distinguir el paisaje representado. Algunas son en blanco y negro, así que igual tienen más tiempo. Pero otras son del color típico de aquellas fotografías de nuestra época (la mía al menos). Entre tanto color asepiado, y tanto árbol, cualquier parecido con la actualidad es pura coincidencia.

Hay fotos de las murallas de Ibiza. Dónde antes no construían ni las casetas para los perros hoy se levantan calles y edificios apoyados en las nuevas tecnologías y materiales para construcción. Y ya de paso, en la famosa técnica de poner dos velas para que no caiga un chaparrón de narices, porque todo el agua de la ciudad alta acumulada asomando a la puerta de tu casa no hay cemento que lo resista.

También hay tramos costeros. Los más reconocibles mantienen alguna piedra o escollo en el mar. Es la única forma de identificar un monte antes verde y ahora multicolor. Pero no un multicolor arcoíris, más bien una combinación de mi casa es mía y la pinto como me dá la gana.

“Que no Manolo, que ahí hay una montaña y ahora no hay nada. Eso debe ser otra cosa”. Sí, es otra cosa, producto de la vorágine del ladrillo que Ibiza ha sufrido en los últimos treinta años. Pero el lugar es exactamente el mismo. En algunas playas se ha ganado tanto terreno al mar que parece más Holanda que España. Dónde el agua bañaba los pinos ahora hay tres filas de hoteles, cuatro carreteras, un parquin público, dos privados, una zona de chiringuitos, cincuenta metros de playa, dos para clavar tu sombrilla y una costa más parecida al Caribe que al Mediterráneo. Érase una vez…Ibiza.

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