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El voto de la desesperación

No hay sorpresas, al menos yo no las vi, yo esperaba esta situación política, aunque está muy lejos de lo que yo deseaba. Hay discursos que calan con facilidad entre los más desesperados de la población, el “bajo los impuestos”, el “fuera los inmigrantes que nos quitan el trabajo” y el “¡Viva España!” son reclamos que calan, aunque sean faltos de humanidad, aunque no pueda hacerse, aunque atenten contra los derechos humanos, pero calan. Hace unos años, los estadounidenses eran los locos por elegir a Trump, ahora en España y en otros países donde la ultraderecha crece como la espuma ¿qué pasa?

 

           Mucha gente se pregunta cómo puede ser que la sociedad  del siglo XXI, la que ha estudiado la educación en valores, la que ha visto cómo se educaba en igualdad y tolerancia, la que ha tomado conciencia de que hay una violencia que ataca a la mujer por el simple hecho de ser mujer, la que sabe y presume de la existencia de una diversidad cultural, de la que defiende la libertad sexual, libertad de expresión y los derechos de los trabajadores. Una sociedad que se beneficia de una sanidad pública de calidad y que se ha formado con una educación pública… ¿Qué ha pasado? Me niego a pensar que esta sociedad sea fascista y defienda lo que durante las últimas décadas hemos atacado, me niego. Lo que ha ocurrido no ha sido otra cosa más que la manipulación por parte de unos pocos de las víctimas de la desesperación.

 

¿Desesperación? Sí, desesperación. Hay personas que viendo las acciones los dos partidos de siempre, entre los que dudaba para dar su voto o a quien se lo daba sin leer sus programas electorales; se han sentido engañados por los numerosos casos de corrupción que todos conocemos. Ante este sentimiento se han encontrado en un panorama en el que querían castigar al de siempre, buscaban una alternativa de voto y han escuchado a ese cuya música parecía ser más “lo que ellos querían”. Es innegable que todos queremos pagar menos, todos queremos que no haya paro y todos somos egoístas por naturaleza, nosotros primero ¡Cómo no!

 

Con lo cual, aunque no lo comparta y me llene de rabia, entiendo perfectamente a esa víctima de la desesperación que no sabe lo que vota, pero que cree hacer lo mejor para su familia y sus más allegados. Debemos hacer una reflexión para ver qué ha ocurrido y en qué nos hemos confundido, qué hemos hecho mal o qué hay que decirle a ese trabajador del campo que trabaja de sol a sol, que tiene varios hijos (uno con discapacidad) y un anciano a su cargo; un hermano gay y una hermana en el extranjero trabajando… y aun así ha votado a la ultraderecha.

 

No voy a intentar reclamarle a nadie por su voto, todos hemos ejercido nuestro derecho y este ha sido el resultado, no hay más. Pero voy a contar mi historia, voy a contar cuánto le debo al estado del bienestar, ese que la ultraderecha quiere cargarse; porque hoy soy una persona adulta que tiene trabajo y un sueldo que no me falta, que me coloca en esa “clase media” pero no siempre fue así, no siempre llegué a fin de mes, no siempre viví la vida que quise, hubo una época en la que viví la vida que me tocó.

 

Soy hija y nieta de cabreros, de hombres de campo como tantos de los que hay en nuestra Extremadura; hija y nieta de amas de casa que trabajaban al lado de sus maridos en la sombra, pero que trabajaban ordeñando, haciendo quesos, amontonando leños para hacer carbón o taramas para hacer picón;  he crecido viendo a esas mujeres trabajar como mulas dentro y fuera de casa, aunque en la Seguridad Social solo contaran sus maridos. Parte de mi infancia está todavía alrededor de aquellas cabras, en medio del monte, bebiendo de los regatos y haciendo las necesidades fisiológicas detrás de una encina, un roble o un alcornoque; lo que más cerca cayera.

 

No fui hija única, sino que tengo otros dos hermanos, cosa que me enriquece personalmente, pero a mis padres les suponía un coste bastante alto cada mes de septiembre, tanto que recuerdo a mi madre ir todos los meses a llevar cinco mil de las antiguas pesetas para pagar el material escolar que había dejado fiado en la librería del pueblo. Cuando llegaban a casa las becas no cubrían todos los gastos, pero ayudaban bastante, sobre todo a terminar de pagar estas cuentas que mi madre tenía en la librería. Ahora en casi todas las comunidades (todas en las que yo conozco) hay un préstamo de libros y las familias no corren con los gastos de los libros de texto ¡ojalá hubiera habido esto cuando yo era pequeña! ¡Cuántos quebraderos de cabeza se hubiera ahorrado mi madre!

Cuando empecé el instituto, había un autobús que me llevaba diariamente ¡no quiero ni pensar cómo habríamos terminado si lo hubiésemos tenido que pagar! Pero era gratis, se pagaba con los impuestos de todos. Ahora también se paga así en bachillerato, pero en mi época, cuando acababas la Educación Secundaria Obligatoria y empezabas una Formación Profesional o un Bachillerato, tenías que pagarte el autobús, lo que me obligó a empezar a trabajar, pues en mi caso era un precio que no se podía asumir (no olvidemos que tengo otros dos hermanos). Actualmente, este autobús en Extremadura también es gratis y, aunque yo no lo disfruté, lo celebro; celebro que los jóvenes extremeños puedan estudiar estudios post-obligatorios sin obstáculos en esas zonas despobladas de las que tan poco se ha hablado en la campaña electoral.

 

Durante mi etapa universitaria, como los ingresos en mi casa eran los que eran y mis notas siempre fueron buenas, disfruté de becas los cinco años de licenciatura e, incluso, el año del máster; lo que me permitió estudiar y lo que me ha traído hoy a mi situación actual, de otra manera no podría hoy ser profesora y habría tenido que trabajar en el campo, trabajo que valoro muchísimo pero que no me gustaba.

 

A lo largo de mis treinta años, también me he puesto muchas veces enferma, desde un simple resfriado, hasta una enfermedad que ha necesitado estar hospitalizada; me han atendido unos profesionales y no me han dejado por no tener dinero para pagar. Sentía que tenía la suerte de vivir en un lugar donde la sanidad es pública y gratuita, porque estar sano es un derecho. Sabía que esto lo pagaba alguien, pero era consciente que ese alguien no era yo.

 

Antes de llegar a mi situación, también he necesitado alguna vez de la ayuda por desempleo, y si no la he necesitado yo, la he visto en casas muy cercanas a la mía; también sabía que esto no caía del cielo, sabía que esto lo pagaba alguien.

 

Hoy sé que el dinero no cae de los árboles, que cuando yo lo he necesitado, con los impuestos que otros pagaban, yo estudiaba, sobrevivía y era atendida por los mejores médicos. Ahora me toca a mí pagar, algo que hace que me sienta orgullosa, pues con mis impuestos sé que ayudo a que otros niños pobres (los ricos no lo necesitan tanto) pueden estudiar y vivir en condiciones dignas; con mis impuestos sé que ayudo a que otros cobren pensiones para que algún día también las cobre yo; con mis impuestos ayudo a que haya personal sanitario, personal docente y trabajadores sociales dispuestos a ayudar. Con mis impuestos devuelvo, o así lo siento yo, lo que a mí me dieron. No podemos olvidar de dónde venimos y cuál es el camino que hemos recorrido, pues el hombre que olvida su historia está condenado a repetirla y creo que eso es lo que ocurre con el resultado de las elecciones, que muchos han olvidado su historia, han visto muy llenos sus estómagos y monederos y muy vacías sus memorias.

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Sobre el autor

Cada joven con sus opiniones, sus vivencias, sus deseos y sus problemas. Cada joven diferente con ganas de contar qué le pasa y qué le preocupa. Jóvenes iguales en sus diferencias. Y con este espacio #jóvenesHoy para ser usado como ventana al mundo en la que asomarse. Seís jóvenes que irán desgranando poco a poco su forma de afrontar el día a día y qué esperan de los años que empiezan a vivir. José Antonio, Victoria, Víctor, Cristina, Esther y Francisco Javier son la voz de la población juvenil extremeña en el diario Hoy


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