Hace unas semanas vi una película francesa de esas que consiguen hacerte reír y pensar al mismo tiempo. Por ahí la califican como “comedia de salón”, y puede ser una buena definición. La peli no tiene más escenario que un domicilio, en el que transcurre toda la trama, pero engancha porque los diálogos y el tema son muy interesantes. Se llama ‘El nombre’ (The prenom) y la dirigieron en 2012 Alexandre deLa Patellièrey Mathieu Delaporte. Cine francés del bueno, agil e inteligente. Todo gira en torno al nombre elegido para un niño que está a punto de nacer. Lo que iba a ser una tranquila cena con familia y amigos íntimos se convierte en un pequeño infierno de cuchillos volantes a raíz precisamente de eso: elnombre.
Me hizo pensar en lo trivial que es el asunto y la importancia supina que le damos al nombre de nuestro futuro hijo. Tanto que hay familias que pelean, parejas que se enfadan o que dilatan la decisión hasta el momento mismo del parto. Hay niños que nacen sin nombre y que se tiran varios días hasta que se decide. Y otros que no son más que una mórula cuando ya tienen adjudicada la palabra que les designará durante toda la vida.
A las abuelas les suele gustar bordar esa palabra mágica en todo tipo de objetos para el chiquitín. Hay nombres tan rotundos que parece que rebasan la pequeña magnitud de un bebé, pero a todo se acostumbra uno. En la época de mis padres se tiraba de santoral y eso si que era un festival de nombres chulos: yo tengo dos tíos a los que pusieron Restituto (por parte de padre y de madre), uno al que bautizaron como Eusiquio (no sé si con ‘s’ o con ‘x’) y otro que se llama Antonino. Personalidad no les falta, eso sí. Mi padre se llama Dionisio, que es un poco más común.
Nosotros le dimos alguna vuelta al nombre de nuestro hijo, no demasiadas. Cuando supimos que era un niño pensamos en uno, y durante un mes fue ese: Rodrigo. Después hubo algún pequeño debate y optamos por Pablo, que es nada menos que el tercer nombre más puesto en el 2012, aunque nosotros se lo pusimos en 2010. Originalidad ante todo. Os aseguro que un rato en el parque es una especie de locura porque oyes llamar al que te crees que es tu hijo desde todos los lados. Pero no, son otros Pablos.
De todos modos no me arrepiento. Me gusta ese nombre, le queda bien, me suena bien. Es el nombre de mi hijo y creo que no le complicará mucho la vida. El nombre más puesto el año pasado de varón fue Alejandro. Le siguió Daniel. Después de Pablo aparece Hugo y, en el quinto lugar, Álvaro. Los nombres más puestos de niñas son Lucía, Paula, María, Daniela y Sara, en ese orden. De los nombres puestos por gente conocida en los últimos tiempos el que me ha sorprendido es el de una coetánea de mi Pablito. Se llama Airam, que suena muy exótico pero que es, nada más y nada menos que María al revés. Toma ya.
En Casar de Cáceres, un pueblo cercano a la capital cacereña, hace siete años decidieron ponerle los nombres de cada uno de los niños nacidos en el último año a los árboles de una zona verde conocida como la charca. Es un entrañable y supone una estadística bastante fiable de los nombres que se ponen en esta localidad.
Ante la duda, se puede recurrir al nombre materno o paterno, y escuchar eso de: “¿Con qué Luis quiere hablar, con el padre o con el hijo?” Un clásico de cuando sólo había un teléfono en las casas y estaba en mitad del salón.
Ya he hablado en otras ocasiones sobre la avalancha de objetos que rodean a la llegada de un pequeñajo. El síndrome del nido se materializa en muchas madres en una especie de necesidad obsesiva por comprarlo todo, todo y todo. La publicidad contribuye a ello, cierta inercia a creer que se va a acabar el mundo si no tenemos el pack completo que creemos imprescindible. El día a día demuestra que en realidad son poquitas cosas las imprescindibles. Yo diría que casi nada, aunque suene radical. Basta que un día te muevas de tu entorno habitual para darte cuenta de que te las apañas sin todos tus objetos “estrella”.
El próximo día 24 de abril a las 18,00 en la Casa de la Mujer, el grupo de lactancia Amaryi ofrece una charla sobre canastilla alternativa y pañales de tela. La idea, tal y como me ha contado Vega Aceña, una de las responsables de este grupo, es informar a las madres sobre la existencia de productos diferentes, y también analizar la utilidad de artículos que marcas cosméticas y de farmacia nos “venden” como necesarios. Analizarán los objetos que se adjuntan en la caja que ofrece la matrona en las primeras consultas del embarazo y también de la canastilla que suelen dar en los hospitales cuando dan de alta a la madre y al bebé. En ésta se adjunta en ocasiones una tetina, y estas madres proponen regalar, como alternativa, libros a favor de la lactancia. También se cuestionan la presencia de folletos informativos de marcas de leche, en las que promocionan la leche de continuación. En algunos casos regalan también suscripciones a revistas de crianza que, aunque contienen artículos interesantes, sí que tienen mucha publicidad de todo tipo de cosas.
Acerca de las cremas y jabones que solemos comprar para crear la canastilla y que en muchas ocasiones también nos obsequitan Aceña advierte que, en un principio, cuando el bebé acaba de nacer, no son necesarias. Muchos pediatras recomiendan no utilizar jabones en los primeros baños del niño. El aceite más conocido del mercado, ese que está en mente de todo el mundo aunque no lo mencione, es de origen mineral. Hay opciones de aceites vegetales más rentables y naturales, como de almendra. La colonia tampoco es de lo más recomendable al principio, cuando bebé y mamá se reconocen por los olores, y hay que olerse sin barreras olfativas para establecer la lactancia. Si la mamá lleva una colonia muy fuerte puede molestar al recién nacido.
En esta charla habrá también un capítulo dedicado a los pañales de tela, en los que se darán datos comparativos sobre el uso de éstos y los convencionales: rentabilidad, ecología…
Aceña parte de la idea de que cada persona requere de unos productos distintos, y que una madre puede encontrar superfluo algo que para otra sea irrenunciable. En todo caso siempre está bien aprender cosas nuevas. Informarse para elegir entre lo que más nos cuadre.
La operación pañal ya está en marcha. Como dicen (no me lo creo aún) que llega ya el buen tiempo vamos a empezar a ponernos serios para retirar al niño ese elemento que le ha acompañado desde su nacimiento. En septiembre empieza el cole, así que tenemos todos estos meses para enseñarle a pedir a hacer sus necesidades. Ya tiene orinal y ya lo ha usado, pero no de una forma muy sistemática aún. Me parece complicadísimo crear este nuevo hábito, pero supongo que llegará el momento.
El caso es que, pienso en la de pañales que hemos gastado y también en el dinero invertido y en mi cabeza giran cifras astronómicas. Ahora son unos cuatro pañales diarios, tal vez cinco, lo que daría una media de 28 a la semana, 112 al mes, entre 1300 y 1400 al año. Calculando muy a la baja, porque los primeros meses se gastan muchos más, podría asegurar que he consumido unos 3500 en lo que va de vida de mi hijo. Y el cálculo económico ronda los 650 euros. ¡Ostras! Parece mucho. Sé que hay otras opciones más allá de los desechables, que contaminan y son caros, pero la verdad es que no he animado por miedo a tener que lavar demasiado y que, al final, lo ahorrado por un lado, se convirtiera en gasto por otro, tanto en un plano económico como ecológico, porque la lavadora consume luz y detergente. En este artículo se hace un pocode historia sobre el pañal desechable y su inventora, una tal Marion Donovan. En esta web se habla sobre supuestos perjuicios de los pañales desechables relacionados con su toxicidad.
Por lo que veo y lo que me cuentan ha resurgido el hábito de los pañales de tela, que también se han perfeccionado. Su uso es habitual en círculos de madres que propugnan una crianza más natural y menos agresiva. Han proliferado talleres en los que se enseña a elaborarlos, pero también se venden. En Internet hay varias casas, y por lo que he visto, los precios oscilan en función del peso del niño y también del material utilizado. Los hay desde los 12 euros, aunque también hay paquetes de seis pañales que superan los cien euros y con los que se promete que se cubren todas las etapas del niño. Hay diseños súper molones y coloristas. Por lo que he visto (hablo muy de oidas porque ya digo que no le he utilizado), el equipo se compone del pañal y de los absorbentes. Esta página es bastante completita y os dará una idea sobre los precios.
A medio camino entre una cosa y otra se encuentran los pañales desechables ecológicos, que están hechos con materiales naturales y sin utilizar sustancias para blanquear el material del que están hechos. Un completo mundo con muchas opciones donde elegir.
He tardado más de un mes en volver a este territorio de ‘Juegos de Niños’. De este paréntesis poco que decir, salvo que andaba con la cabeza en otras cosas. Aquí estoy, retomando este espacio que no pienso abandonar. No ha acompañado mucho a mi estado de ánimo este maldito tiempo que ha transformado Extremadura en una especie de isla británica que, nadando, nadando, ha venido a colocarse al oeste de la península ibérica con sus nubes perpétuas. Nos van a salir aletas, branquias, escamas. Nos vamos a tener que colocar una escafandra para salir a la calle. Yo, que suelo despotricar contra el calor extremo de estas tierras sureñas, reconozco que estoy harta y quiero ver un enorme cielo azul sobre mi cabeza. Y solete.
¿Afecta a los niños esta negritud climatológica? Yo creo que sí, por varios motivos. Uno de ellos, yo creo que fundamental, es que el ocio se limita muchísimo. Prácticamente no se puede hacer nada fuera de casa, o hay que buscar zonas “indoor” en donde ni nos mojemos ni nos enfríemos. Para enanos súper enanos existen los parques de bolas, que son como un parque callejero pero en donde no hay que sufrir el viento ni la lluvia. Me han contado que no son especialmente “glamurosos”. No puedo opinar porque no he ido. Las actividades culturales son siempre una buena opción para todos. El otro día estuvimos en el Gran Teatro de Cáceres viendo Alicia en el País de las Maravillas, una versión musical de esta lisérgica historia de Lewis Carroll. De algún modo mágico consiguió que un niño de cerca de dos años y medio, el mío, permaneciera más de una hora con la boca abierta y totalmente hipnotizado. A los mayores nos dejó un poco fríos, pero cumplió su función. Me pregunto cuál será el mejor momento para llevar al niño al cine. Todavía le veo pequeño.
Dentro de casa también hay muchas cosas que hacer en las largas tardes invernales, pero terminamos recurriendo siempre a los mismos juguetes, a la tele… Hay que reconocer que las horas se hacen largas y que todos nos ponemos un poco pesados sin ver la luz del día.
Quiero que pase el winter y también los resfriados, catarros, mocos y demás. Este año no nos hemos librado ni los adultos. Yo aún ando renqueante después de varias “itis” mordaces: una otitis, una sinusitis…Tengo la sensación de que ha habido demasiados constipados y que nos duran más tiempo. Ya son demasiadas mañanas saliendo de casa abrigados y pertrechados con el plástico para la lluvia del carro y el paraguas, lo que me aburre mucho y no siempre parece suficiente para evitar que las ráfagas de viento o la lluvia no nos enfermen.
En un plano más frívolo tengo que decir que ya me apetece liberar los armarios de la ropa gorda y también ponerle a Pablo cositas más alegres. Sus jerseys ya tienen bolas, después del largo invierno, y sus cazadoras han recibido un buen tute (han sido arrastradas por todo tipo de suelos) y mucha lavadora. Tengo un particular problema con los calcetines, y es que por más que hago, siempre los desparejo. Todas las mañanas el mismo show. Siete calcetines y todos distintos. El buen tiempo debe librarme de esa particular tortura de desorganización doméstica. Ay, quiero ver ya las canillas de mi enano al airecito de la primavera. Sin calcetines y con pantalón corto.
La alimentación también se hace más fresquita y ligera con el buen tiempo, y tengo ganas. Un simple gazpacho es la cosa más completa que hay, se puede hacer con antelación y quita la sed y alimenta. La fruta de temporada, los zumos, las ensaladas variadas. Alejarse un poco de los fogones y tener opciones más rápidas para comer todos. Y también los helados que, aunque no conviene abusar, son una de esas cosas que te pueden arreglar un mal día.
Bueno, para dejar de idealizar ese periodo que no termina de llegar, conviene ser conscientes de que el dicho de que “la primavera la sangre altera” se cumple, y que los pequeños son muy sensibles a las variaciones climatológicas. También irrumpen las alergias y es el momento en el que algunos niños se les “despiertan”, es decir, empieza a manifestar síntomas de alergias a pólenes, por ejemplol Hay que tener cuidado con el sol y a los cambios de temperatura de los sitios demasiado refrigerados. Todo eso lo superaremos, pero por ahora…¡quiero cerrar el paraguas!
El otro día viendo la televisión apareció Falete, ese cantante de voz atronadora y aspecto imponente que juega con su ambigüedad. Mi hijo preguntó muy acertadamente: ¿quién es esa señora? Y yo me vi en un brete ante la imposibilidad de darle una explicación suficiente. Hay que reconocer que el reto no era pequeño…¿un señor vestido de señora? ¿una señora en cuerpo de hombre? Uf, uf, uf.
Me llama la atención como, de un tiempo a esta parte, a sus dos años y tres meses, el niño distingue sin dificultad el sexo femenino y el masculino. Por un lado están las niñas, las chicas, las señoras, y por otro lado sus respectivos equivalentes del sexo contrario. No lo duda. Hago un inciso para hablar también de mi sorpresa al ver cómo puede identificar ya grupos de edad, niños, chicos o mayores. Jóvenes o viejos.
¿El hecho de que ya sepa que tiene “pilila” tiene que ver con un inicial descubrimiento de la sexualidad? Parece que sí. A partir de los 5 ó 6 meses comienza la exploración genital, pero es a partir de los dos años cuando los niños distinguen que sus órganos son diferentes a los del sexo contrario y también, en algunos casos, pueden empezar a manipularlos porque les da placer y les relaja.
Poco a poco, desde los dos a los seis años, tal y como he leido, comienza la curiosidad por esa cosa tan compleja que es la sexualidad, algo cubierto de pecado a lo largo de la historia y que la religión siempre ha reprimido pero que no deja de ser la expresión más clara de nuestra condición de animales. Les llaman la atención los cuerpos desnudos y también se fijan en los órganos sexuales de los padres. Y preguntan. Esa fase todavía no ha llegado, espero estar preparada y no decir demasiadas estupideces. Lo importante es que este asunto no cree traumas y no provoque una visión oscurantista, sino saludable y feliz. Espero lograr que mi hijo respete su propio cuerpo y el de los demás, que se relacione honestamente con quien quiera y valore al sexo opuesto. Ya veremos. Hace unos meses publiqué una entrada en la que hablaba de una guía escrita para dar consejos para abordar esos temas. Puede ser útil.
Hoy va la cosa de pelos. De los pelos de nuestros niños, que crecen y crecen y de suave pelusilla se convierten en greñas indomables. Hay muchísima literatura y hasta supersticiones sobre cómo, cuándo y dónde debe ser cortado el pelo de los niños. Existe una leyenda que habla de que hay que cortar el cabello en cuarto creciente para que crezca más. Es de origen agrícola, porque así funcionan algunos cereales, pero no tiene mucho fundamento. Con cualquiera de las lunas el pelo crece de uno a un centímetro y medio al mes.
Pero vamos al tema infantil. Como he tenido un cachorro que nació prácticamente pelón tardamos muchos meses en tenernos que enfrentar a la tijera y, como en la familia hay un profesional de la misma estuvo chupao, porque lo hizo a domicilio y toda la operación se desarrolló sin lágrimas. Luego, en dos años y pico habremos repetido tres veces más como mucho, ya si que en la peluquería del tío y rodeados de señoras de esas que hacen muchas exclamaciones por todo.
Me llama la atención cómo se ha impuesto la moda de la maquinilla eléctrica para rapar las cabecitas de niños súper pequeños. Al parecer la creencia es que el pelito se iguala y sale de una forma más homogénea, aunque no es recomendable utilizarla cuando son muy bebés, ya que el cráneo aún está blando. No hay relación entre que cortar el pelo pronto haga que crezca más fuerte, a pesar de lo mucho que se repite esta máxima. No me gusta el pelo rapado en los niños, ni los peinados de macarras que les hacen a algunos chiquitines ni los flequillos de Justin Bieber que les ponen a otros, digo ya de paso. Os juro que no es alucine: un día vi a un niño de unos tres añitos con el pelo teñido. Muy cani.
De todos modos ya se sabe que el pelo con el que nacen los niños no es el definitivo ni en textura ni en color. Éste muda, debido a los melanocitos, las células productoras de melanina, que van madurando a medida que crece el niño. Cómo tenemos el pelo es la huella genética de nuestros padres y ancestros. Hablo del color y el tipo de pelo, no de el peinado, que ya es responsabilidad totalmente nuestra. En mi caso, hay gente que se sorprende mucho de que mi hijo sea rubito siendo sus papás morenos de pelo. A nosotros no nos extraña porque sabemos cómo hemos sido y tenemos fotos de nuestros cabezones rubiales cuando éramos niños. Al parecer, tras los cambios posteriores al nacimiento aproximadamente al año y medio el color del pelo será lo más parecido al que tendrá hasta la pubertad, que es cuando más cambia el color, aunque el proceso es progresivo. En este artículo se habla de las leyes de la genética y de cómo condicionan el color de nuestras melenas. Es interesante. Por resumir, los colores oscuros suelen ser dominantes, aunque las combinaciones son infinitas.
Según algunos consejos de peluqueros que he podido leer los cuidados para el pelo de los niños tienen que ser básicos. Aunque los bañemos todos los días, no todos los días hay que lavarles el pelo. A los bebés, para evitar resfriados, mejor lavárselo al final del baño, para que no estén con la cabecita mojada mucho rato. Recomiendan no acostarles con el pelo mojado y pasarles ligeramente el secador.En el caso de las niñas más mayorcitas, cuando se les deja largo hay que tener especial cuidado con los enredones.
Por Cáceres no he visto ninguna, pero en otras ciudades hay peluquerías especializadas para bambinos en las que, me cuentan, hay coches o caballitos para que se suban, se distraigan y, mientras tanto, tris, tras, a cortarles el pelo sin broncas.
Una de las preocupaciones máximas del día a día con los niños es verles crecer. Es la muestra de que todo va bien, de que él está sano y de que nosotros lo estamos haciendo correctamente. El peso puede llegar a convertirse en una verdadera obsesión, sobre todo en el caso de niños a los que cuesta cogerlo. Unos familiares nos pasaron una báscula de hace treinta años (una chulada vintage de decoración) y nos relataron el agobio con uno de sus hijos, al que le costaba engordar. Eso motivó que la madre no parara de subirlo a la báscula una vez tras otras y a obsesionarse por un simple miligramo de más o de menos. Ahora es un hombretón hecho y derecho, así que no hay nada que temer.
Y aquí aparece la palabra mágica: percentil. Son unos índices cuyos límites comprenden el dato porcentual de la población de esa edad. Es una tabla de mínimos o máximos en la que se puede ir midiendo cómo está nuestro hijo de grande. Por ejemplo, si un niño está en el percentil 75 de estatura, eso significa que tiende a ser alto, ya que de 100 niños, él estará de la media para arriba. Lo mismo con el peso. También se les mide el perímetro craneal, ya que un tamaño pequeño puede indicar alguna discapacidad. Las tablas de la OMS indican que a nivel regional y mundial la media de crecimiento de la población es notablemente similar. “Por ejemplo, los niños de la India, Noruega y Brasil registran patrones de crecimiento similares si se les proporcionan las condiciones para un crecimiento sano en la primera infancia“, leo en el blog Lactancia Materna.
Yo, que nunca había oído hablar de percentiles, desde que soy madre me doy cuenta de lo alegremente que se utiliza el término entre los padres, habitualmente para remarcar lo grande y alto que está el niño. Nos encanta estar “por encima de la media”, cuando habitualmente todos estamos dentro de ella en casi todo, no solo en nuestras dimensiones físicas. Pero con los niños hay siempre cierta obsesión por competir y por comparar. Lo odio.
Hemos tenido dos pediatras, una de ellas, que se acaba de jubilar, nunca nos daba la cifra exacta del percentil de nuestro hijo. Yo tampoco lo preguntaba, porque si hubiera alguna anomalía hubiera tomado medidas. Pero un “está bien” basta para saber que el niño crece a su ritmo física e intelecutalmente. Un ritmo, que, por cierto, es enloquecido en los primeros meses de la vida, donde se engorda mucho y en poco tiempo y que aminora a medida que el niño va cumpliendo años. “El primer año de vida se triplica el peso al nacimiento y la longitud puede aumentar hasta unos25 cm”, especifica la página dela ClínicaUniversidad de Navarra.

Según la OMS los niños de distintas áreas geográficas pueden llegar a los mismos niveles de crecimiento si se les proporciona una buena alimentación
En Internet, donde está todo y dónde siempre hay que acercarse con cautela en cuestiones médicas o de salud, hay un montón de tablas en donde curiosear acerca del peso y la talla de nuestros hijos. Un día por la calle una señora me preguntó por la edad de mi hijo, que todavía no había cumplido los dos años: “mídele cuando los cumpla y multiplica por dos, eso será lo que mida de adulto”. No sé si es muy científico el método, ya que la altura depende de un montón de factores, desde los genéticos a los alimenticios. También hay cuestiones emocionales o relacionadas con el ritmo de sueño que pueden influir. Parece cierto eso de que dormir bien alimenta. Es difícil predecir la altura con exactitud, sin tener en cuenta condicionantes que pueden surgir hasta llegar al final de la etapa de crecimiento. Por cierto, se puede vivir sin ser alto, aunque parecer ser lo que todos los padres quieren para sus hijos. Mis 160 centímetros escasos han gozado de la vida y piensan seguir haciéndolo.
El desarrollo de nuestro país ha hecho que en el último siglo la altura media haya aumentado12 centímetros. Comemos mejor (del relato de terror de lo que comían los niños de la posguerra al festival de cosas que están hoy en la mesa de los pequeños hay un buen trecho), tenemos asistencia médica y el control de la natalidad ha hecho que la atención y los cuidados hacia los hijos se hayan multiplicado. Estamos mucho más lozanos.
Tengo que reconocer que tal vez se me haya ido la mano en algunas entradas del blog y le haya puesto mucho azúcar a ciertos aspectos de la maternidad. En realidad, para mi casi todo ha sido positivo en esta aventura, pero hay que reconocer que hay ciertas contrariedades y dificultades que complican mucho la vida a la mamá (y al papá también, venga), sobre todo en los primeros meses. Y también hay que contarlo, no pasa nada. No somos peores madres por reconocer esos aspectos menos bonitos. Tampoco nos arrepentimos del paso dado, ¡eso nunca!
El otro día salía este tema en un grupito de amigas y algunas se lanzaron a comentar, sin sentimiento de culpa y sin necesidad de quedar bien, algunos de los principales contratiempos de su vida de mamis. “No todo es bonito”, decía una. Y es verdad, aunque la explosión hormonal y el subidón de oxitocina de los primeros momentos nos ponga unas enormes gafas de color rosa y forma de corazón en la cara. Los primeros días se los pasa una como en un after-hours…no para la fiesta ni la sensación de maravilloso desfase. Pumba, pumba.
En lo que coinciden casi todas es en como el pequeño/a de la casa agota todo el tiempo habido y por haber de la madre, y da la vuelta a nuestros horarios, a nuestras rutinas, a nuestra relación con el mundo. A mi se me ha olvidado eso de levantarme con pachorra, de ducharme con calma, de elegir la ropa. Voy como puedo, casi siempre regular o mal. No es que antes fuera primorosa ni hecha una top-model, pero ahora peor. Se aplaza casi todo lo aplazable, y ahí entran cuestiones como la depilación, la peluquería o incluso visitas médicas de cosas no urgentes, como el dentista. Hay quien se queja mucho de que su cuerpo no es el mismo que el de antes de ser madre. A mi eso no me importa, la verdad.
Creo que de las cosas que hacía antes he reducido como un 50%: veo menos a mis amigos, veo menos pelis, leo menos libros y de la actualidad estoy enterada “a cachos”. A veces tengo lagunas lamentables. Tampoco he viajado mucho, pero no es que me haya quedado clavada en casa. En realidad todo este ‘pack’ de contrariedades me parece secundario y salvable. No tengo la impresión de que mi vida sea aburrida, de verdad.
Ha sido difícil compatibilizar el trabajo y, sobre todo, estar mentalmente preparada para hacerlo todo a la vez. Sensación de estar siempre a la mitad, dividida. Otra cosa es que tú tienes a tu hijo permanentemente en la cabeza, pero el resto del mundo está a sus rollos y no tienen porqué interesarles las charletas de mamá ni si la anterior noche has dormido poco. Todo eso resulta un coñazo si uno no está en ese ajo. Podemos llegar a ser plastas hasta unos niveles insoportables.
Algunas madres me cuentan que lo más duro de su nuevo rol de madre fue bregar con el niño en un estado físico que al principio no es bueno: puntos, cansancio, la falta de sueño nocturno y el despiste generalizado provocado por esa vigilia que en ocasiones parece infinita. Una nueva mamá dice que para ella, en el papel que estrenó hace seis semanas, lo complicado es la incertidumbre, no saber muy bien cómo actuar ante el llanto de su hija.
También hay quien, ya con niños más mayores, no sabe muy bien cómo estar a su altura, de qué manera compartir juegos, cómo ser cercano sin pretender ser su colega. Y el reto sigue y sigue toda la vida: a los15, alos 30 y a los 40. Para siempre. Y no todo es bonito, desde luego, pero la mayoría de las cosas sí. No me llaméis pastelona.
Mi casa parece una juguetería. Cuando el día de Reyes volvimos de casa de los abuelos y juntamos el cargamento que traíamos de allí con el que ya teníamos en casa (regalos nuevos o antiguas adquisiciones) aquello parecía el Vietnam de los juguetes. El salón se convirtió en un lugar intransitable y, en ese caos, incluso perdimos el mando a distancia, sepultado por kilos y kilos de plástico, madera, esferas, cubos. Intentamos poner un poco de orden para que no nos desahuciaran de nuestro hogar los puzzles, el tren, los muñecos, los peluches, los juegos de ingenio, los coches, la plastilina, las pinturas…madre mía del amor hermoso, ¡y sólo tiene dos años!
Por más que uno se empeñe, cuesta poner límites y sobrevivir a las Navidades sin ser arrasados por el consumo más voraz. Nosotros no lo hemos logrado. Los abuelitos y los tíos prometen no comprar demasiadas cosas, pero nadie se quiere quedar sin aportar su detallito. Y nosotros, que somos sus padres, al final somos los que menos cosas compramos. Es un suma y sigue que crea una gran bola de nieve que termina convirtiéndose en alud. Groooooaaaaaaaaaa..¡¡estamos rodeados!!
Como “el mal” ya está hecho, hay que tomar medidas a toro pasado, con los juguetes en casa. Hay soluciones que pueden aliviar la marabunta. Por ejemplo, cribar y mandar a mejor vida a los elementos con los que ya no juega el niño. Si tenemos un buen cuarto trastero podemos dejarlos “en reposo” por si la familia crece. En Cáceres se han llevado a cabo varios mercados de trueque de juguetes. En realidad, se puede organizar un mercado sin necesidad de mucha infraestructura, haciendo una reunión con familias con hijos de edades similares a los nuestros. De esta forma se da una segunda vida a los juguetes. A los niños les suelen gustar mucho las cosas de los demás, así que es una buena forma de conciliar intereses.
Si la avalancha de juegos y muñecos nuevos es monstruosa también se pueden ir reservando para el resto del año. Ir dosificando. El truco es sacarlo de su campo de visión cuando todavía están en la caja, para que el niño no se familiarice mucho con ellos y podamos “distraerlos” sin berrinche.
Hay que decir que los juguetes son necesarios para los niños, y que los Reyes también. Según leí este fin de semana en Mujer de Hoy, en un artículo muy interesante, la celebración de esta fiesta alienta la magia y la fantasía. “Es el reino donde mejor se encuentra el niño y estará más preparado para las frustraciones vitales que tenga que asumir a lo largo de su vida si durante su infancia tuvo la dosis de magia necesaria para su bienestar psicológico”. Recibir regalos es una agradable forma de iniciar el año, también para los niños. El asunto es no pasarse.
















