Más de seis meses desde que abrí este blog he tardado en abordar uno de los temas bomba de la maternidad: la lactancia. Y no es por falta de ganas, sino porque es un asunto muy traido y llevado y a veces me da pereza meterme en un jardín del que puedo salir escaldada. Me da la impresión de que, se diga lo que se diga, siempre habrá alguien que se cabree. Pisando minas voy. ¿Teta o no teta? Ésa es la cuestión.
Todo el mundo pontifica, sugiere, milita y a veces la madre se ve un poco acorralada entre lo que quiere hacer, lo que le pide o lo que le permite su cuerpo, y lo que la sociedad o la familia espera de ella. Así que, primer mensaje: hay que vivir la experiencia con toda la libertad de la que seamos capaces, haciendo oídos sordos a todas las consideraciones que vengan de fuera, tanto de los que satanizan a las mamás del biberón como a los que critican a las que mantienen la lactancia hasta los dos o más años. La guerra de la teta, se podría llamar este “affaire” entre madres que defienden uno u otro modelo. Tampoco hay que matarse.
Conozco todo tipo de situaciones y no creo que las madres que han optado por el biberón demuestren un menor compromiso con la crianza de sus hijos o les quieran menos. Me da rabia cuando se cuestiona esto, me parece una falta de respeto por parte de las que abanderan la lactancia de forma radical y no dejan un margen para escuchar cuáles fueron los motivos de las que no dieron teta. A veces no pudieron y a veces no quisieron o se agobiaron, y, hasta esto último puedo llegar a entenderlo a pesar de que yo he dado teta mucho tiempo, feliz y convencida. Creo que es mejor una mamá tranquila dando un biberón que una mujer agobiada con la teta a cuestas.
Entre los argumentos de las que dan biberón los hay de todo tipo. Hay quien desde el principio siente dolor o tiene los pechos mal. Algunas madres pensan que el niño no queda saciado, que no tienen leche suficiente y empiezan a complementar con bibes. Otras se incorporan al trabajo y sus horarios se complican. Algunas quieren que la pareja también comparta la responsabilidad de dar de comer al pequeño e incluso me han contado casos de madres que se quitan la teta para no dar celos a sus hijos mayores. Aunque parezca frívolo hay quien suspende la lactancia para que no se le estropeen los pechos. Las tetas como arma de seducción, cada cual con sus movidas mentales.
La lactancia como método exclusivo de alimento del bebé durante al menos seis meses se recupera como práctica después del boom de los biberones de los 70 y 80, gracias a la labor de difusión de matronas y pediatras. En la mayoría de los hospitales las enfermeras te instan (a veces con métodos radicales como estrujarte literalmente el pecho) a que amamantes. Parece haber consenso en cuanto a los beneficios de la teta: se transmite salud y afectividad. Si la lactancia se establece correctamente, el momento de calorcito e intimidad es maravilloso, además de los consabidos beneficios para el pequeño. “La leche materna es ideal para los recién nacidos y lactantes, pues les aporta todos los nutrientes que necesitan para un desarrollo sano. Además es inocua y contiene anticuerpos que ayudan a proteger al lactante de enfermedades frecuentes como la diarrea y la neumonía”, apuntala Organización Mundial de la Salud.
La leche de fórmula es cada vez más similar a la materna, pero no es igual. Hay que tener un cuidado extremo con la higiene de los instrumentos con los que preparamos la leche y con la temperatura. En eso no hay quien gane a la teta. Es portátil y siempre está en su punto. Un restaurante abierto 24 horas.
Los plazos son otra de las cuestiones que más preocupan a las mamás. El destete no puede ser radical. A partir de los 6 meses se va combinando la teta (o el biberón) con los sólidos. La fruta empieza a entrar en juego, luego los purés, la carne y el pescado y, poco a poco, la leche materna se va convirtiendo en complemento, en postre. En momento feliz para mamá y nene, y también en consuelo nocturno que a veces hace que el sueño del niño sea intermitente. Es ahí cuando algunas madres comienzan la dura tarea de quitarle a su hijo ese manjar natural. Otras aguantan el tirón, esperan a que el niño se canse o a que la fuente se seque. Pero a veces no se seca.
En resumen, respeto y libertad es lo que pido y lo que ofrezco, a pesar de mi experiencia personal, que como tal, es solamente mía. No se puede exportar.
Una de mis mejores amigas está “en capilla”. En realidad, vive ya tiempo de descuento porque ya ha salido de cuentas. Se muerde las uñas, limpia su casa como si fuera ir a tomar el té la mismísima reina de Inglaterra, intenta descifrar síntomas y se escuda en las frases “estoy como una rosa” o “estoy muy verde aún” para predecir que su parto se retrasará varios días aún, sin ser consciente de que de un minuto a otro puede empezar todo. Yo ya estoy en otra fase, pero estar en contacto tecnológico diario con ella pone mi reloj particular en dos años atrás, 2010, cuando nació mi hijo.
Una de las charletas que hemos tenido estos días es cómo gestionar las visitas y las llamadas telefónicas los días siguientes al parto, habitualmente complicados para los padres. “Es una alegría y no voy a ponerme estrecha con la ilusión que hay en torno a la pitufa”, señala mi amiguita acertadamente. Y yo le digo que sí, pero que a veces la expectación es tanta que la avalancha para conocer al nuevo de la familia puede estresar a la madre que, como mínimo, esta cansada tras el esfuerzo del parto y en muchos casos dolorida e incómoda. Pero hay cierta ley no escrita que dicta que a los niños hay que verles de chiquitines y darles la bienvenida en esos primeros momentos de su vida. Y también gente plasta por naturaleza que no puede evitar ser el perejil de todas las salsas.
El padre y los abuelos tienen un papel fundamental de cancerberos y “jefes de prensa”. Más que quedar bien con la parentela y manifestar su orgullo deben observar a la nueva mamá y cuidarla. E ir dosificando y organizando la presentación en sociedad. Me han contado casos de animadas reuniones en las que empezaba a correr la cerveza y se brindaba si control por la salud del niño. ‘Hip-hip, hurra’.
El visitante debería ser discreto y rápido y ser consciente de que cuanto menos rato esté, más feliz va a estar la madre. Es importante no aparecer sin avisar, sino buscar el mejor momento, y tener en cuenta que los horarios de una nueva familia se descabalan con la llegada del pequeño. La madre va a tener que aguantar esos días que le cuenten muchos más partos, como si no tuviera suficiente con acordarse del suyo, y también escuchará todo tipo de apreciaciones sobre su retoño: que si se parece al abuelo Baldomero, que si tiene los mismos ojos que la tía Adelina , que si va a ser futbolista, que si va a ser bailarina. Todo eso forma parte del folclore post nacimiento, que tiene su encanto.
Yo estuve muy tranquila en los días posteriores al alumbramiento. Todo el mundo me cuidó muy bien y las visitas fueron muy agradables y breves. Casi toda mi familia vive fuera, así que supongo que ese fue otro de los motivos para que no me sintiera atosigada. Como enseguida empezamos a pasear por la calle, hubo gente a la que yo misma le llevé al niño. Fui devolviendo llamadas poco a poco y así, el nuevo dejó de ser el nuevo y empezó a ser uno más. Se agradece que el interés por el bebé se extienda a los meses y años siguientes a su llegada.
A ver cómo se organiza mi amiga parturienta con su ruidosa y encantadora familia. Aunque, por ahora, lo importante es que tenga una horita corta y que su preciosa niña llegue al mundo con bien. Estoy segura de que así será. Paciencia, es cuestión de horas.
Mentir es feo, está mal visto, denota ruindad y falta de transparencia, pero al cabo del día todos lo hacemos unas cuantas veces. Consciente o inconscientemente, para lograr nuestros objetivos, para quedar bien, para parecer súper listos y molones. Para sobrevivir, en una palabra. Hay casos en los que la mentira es flagrante, aunque la mayoría de las veces es simplemente una omisión de datos. En ocasiones, a qué negarlo, la mentira es un cómodo refugio que nos hace la vida más fácil. A veces nos mentimos a nosotros mismos con tanto realismo que llegamos a creérnoslo.
Nadie quiere que su hijo sea un mentiroso, pero a veces recurrimos a las mentiras para que todo fluya. A mi pequeño, a sus dos años, ya hay que convencerle de las cosas. De una forma muy elemental, hay que negociar. No sé si lo haré bien, pero intento evitar las mentirijillas, no me parece honesto aprovechar mi superioridad de adulta para timarle. Estos días anda resfriado y la pediatra nos ha mandado un buen ‘pack’ de medicamentos: el imprescindible Dalcy, un antitusivo y un mucolítico. Y todo al compás. Qué horror de sabores. Y como remate, suero vía nasal. Tortura china para mi duende loco, que se lo huele y se rebela. La única alternativa para conseguir que se lo tome es la recompensa de gusanitos para aplacar el sabor. En alguna entrada he criticado el uso de chucherías como “soborno”, pero es que si no no hay manera. Se lo prometo y se lo doy, no quiero que empiece a desconfiar. A veces le escondo las cosas peligrosas para que no enrede. ¿Será eso mentirle? Puede.
Intento contarle las cosas como son: si los abuelos se van, se van, y hasta dentro de un mes no les verá. Si papi está trabajando, está trabajando, tardará en llegar. Si yo me voy al curro, luego nos vemos. A las 10 de la mañana no vamos al parque como a él le gustaría, vamos a la guardería, y cosas así. Claro, que no pienso renunciar a contarle que los Reyes Magos traen regalos, porque eso no es una mentira, es una ilusión.
Al hilo de las mentiras, es interesante este artículo de ABC, en el que diseccionan su origen y su uso. Hablan con Antonio Escaja Miguel, coautor junto a Bernabé Tierno de ‘Saber educar hoy’. Un niño ve actitudes diarias que le incitan a la mentira. Por ejemplo, si alguien llama por teléfono e instamos a la persona que está al lado a que diga que no estamos y eso lo presencia un pequeño, irá comprendiendo la utilidad de mentir. También faltamos a la verdad por compromiso, como apunta el artículo, por ejemplo cuando decimos que un regalo nos gusta y no es así. Se trata de no herir y de socializarnos.
Me gusta este fragmento del texto: «Hay que enseñarles a ser auténticos, hacerles ver que ellos son lo que son, no lo quieran aparentar ante los demás», subraya Escaja, «haciéndoles comprender que les queremos tal y como son» para que se acepten a sí mismos. También indican que hay que crear un ambiente de sinceridad y falta de presiones para que no sea necesario mentir. Tengo la impresión de que atmósferas opresivas o las grandes exigencias impuestas a veces a los hijos hacen que éstos mientan para hacerse pasar por lo que no son. Complicado renunciar a la mentira.
Llega el segundo cumpleaños del peque y volvemos a celebrarlo como hay que celebrar la vida: a lo grande, respirando, confiando en el futuro y comiendo tarta. Dicen que pasa rápido esta primera infancia, pero estos 730 días desde que nació el niño han sido tan intensos que valen por dos. Es como si la vida se concentrara y multiplicara sus horas. Así a bote pronto no podría decir qué hice en 2007 ó 2008, pero tengo clarísimo qué fue lo más importante de 2010, 2011 y 2012.
He leído en libros y foros (y también me han contado otras madres) que esta edad marca un cambio considerable en su actitud. Se puede decir que inician la guerra de la independencia, empiezan a reafirmar su personalidad y, ya de paso, a montar algún pollo.
Las destrezas adquiridas durante estos dos años son ya muchas y son capaces de hacer infinidad de cosas, se van sintiendo tan seguros que ya no necesitan la mano de mami. Quieren comer solos, no quieren sillita pero luego tampoco quieren andar y te llevan la contraria por las cosas más peregrinas, como las zapatillas que pretendes ponerles. Su palabra favorita es “no”. “¡No mami, no!”. He visto que en algún sitio equiparan esta etapa a la adolescencia, es como una especie de edad del pavo prematura.
Hay que afrontar las rabietas con toda la calma de la que podamos hacer acopio. Al final, las emociones se transmiten, y si logramos comunicar cierta tranquilidad, puede que al niño se le pase “el berre”. Cuando mi enanillo se pone loco empiezo a cantarle. Al final, prefiere las canciones a los gritos y terminamos entonando nuestros “greatest hits” domésticos, desde ‘Caracol, col, col’ hasta ‘Que llueva, que llueva’. Imagino que también es el momento de empezar a poner límites y establecer rutinas. Dicen que lo más importante es ser coherente: si habitualmente no le dejas hacer algo, hay que intentar que esa “prohibición” se mantenga. Si no, el niño no sabrá a qué atenerse.
Quitar el pañal, dormir solos en su habitación, adquirir hábitos de higiene o aprender a vestirse son algunos hitos de los dos años. Poco a poco dejan de ser bebés y se convierten en niños. “Un niño grande”, como dice mi peque. Y yo me debato entre el orgullo de verle crecer y la nostalgia por lo que se va. ¡Felicidades, hijo!
Veo a mi alrededor a demasiados niños y padres estresados. Estresados por la necesidad de aprender, de espabilarse, de tomar posiciones en la vida, de “ser alguien”. Las actividades extraescolares se han convertido en una especie de tortura china para padres y niños. ¿Es vida tirarse cinco horas en el cole por la mañana y tener además todas las tardes ocupadas? No lo es, no. Pero…¿cómo va a estar el niño/a sin fútbol, sin danza, sin natación, sin guitarra, sin pintura, sin inglés? ¿Y si desaprovechamos alguna dote y tiramos a la basura sus extraordinarias cualidades para ser un “prohombre” o una “promujer”? Mi postura ante todo esto es que hay que dar tiempo al tiempo y, sobre todo, dejar que haya huecos para el esparcimiento, para no hacer nada, para tontear, monear, enredar. No quiero un niño stajanovista. Me gustaría más que disfrutara con todo lo que hace. Ya le tocará meterse de cabeza en la cadena de producción.
Lo ideal sería que los niños aprendieran cosas sin sensación de agobio, como un juego. Me dan mucha envidia los niños con padres que hablan en varios idiomas, porque ellos, sin darse cuenta, están estableciendo en el cerebro dos o más lenguas. Y ahí quedarán para siempre. El escritor argentino Jorge Luis Borges contaba que aprendió inglés hablando con su abuela, que era británica. Tardó tiempo en darse cuenta de que su abuela no hablaba español. Él, simplemente se comunicaba con ella. Mágico Borges.
Los que sólo hablamos español como lengua materna lo tenemos más difícil, pero hay métodos para que, al menos, su oído se vaya familiarizando con ciertos sonidos. Hasta los 6 años el cerebro de los niños es muy permeable y puede “acoger” varias lenguas de forma simultánea, como varios árboles que crecen al mismo ritmo en la misma parcela. Es, según he leído, como si se tuviera a varios monolingües en el cerebro, sin pensar en que estamos hablando en otro idioma. Después, más mayores, podemos llegar a aprender bien un idioma si nos esforzamos, pero siempre como algo “extraño”. ¿Qué os puedo contar? A mí me apuntaron a inglés a los 10 años y siempre he estado en academias e incluso enla Escuelade Idiomas. A los 26 pasé en Irlanda un año y me saqué el First Certificate. Y hasta ahí.
En Cáceres hay varias academias que ya ofrecen cursos de inglés para niños muy pequeñitos. Algunas madres me han hablado de la academia ‘Moon English’, que está en Montesol. Desde allí me informan que en estos grupos iniciales los niños van siempre acompañados por sus padres, y que se utiliza un sistema muy visual, con movimientos corporales y dibujos. Lo imparten profesores nativos de Inglaterra y Estados Unidos. En Mejostilla también está la academia ‘Number One Language’, que ofrece cursos de inglés para niños pequeños.
Nosotros nos hemos apuntado este año a Helen Doron, una franquicia internacional establecida en Cáceres y con un sistema basado en la repetición y en el estímulo positivo. También acompañamos al niño a clase, que es sólo una vez a la semana. Es muy dinámica y práctica: hay material audiovisual y juguetes. En casa hay que ponerle un cd de 20 minutos dos veces al día, es el audio de unos dibujos animados que también están en DVD y que contienen las aventuras de los héroes animados que protagonizan esta historia. Es un trabajo a largo plazo y que puede ser útil con constancia.
Ver dibujos animados en inglés también es una alternativa para que les vaya sonando. La televisión digital tiene la opción de poner todas las series infantiles en su idioma original solo con darle a una tecla .Tengo amigos y conocidos que han contratado a ‘au-pairs’ para que hablen con sus hijos en inglés. En fin, ideas para ir introduciendo este idioma “llave”.
Pero sólo del inglés vive el hombre, y en la ciudad también hay otras alternativas idiomáticas. Elisabet, una mamá y amiga francesa, va a impartir en el mes de diciembre el taller ‘Francés a la de tres’, para niños de entre 3 y 7 años. Lo hará en el centro ‘Cabeza Pájaro’. Se trata de ir familiarizándose con el idioma galo mientras se hacen juegos. La academia ‘Ahora China’ ofrece cursos de chino mandarín para niños.
Por otro lado, cada vez hay más colegios privados, públicos y concertados que se reconvierten a bilingües, aunque me consta que algunos profesores tienen que adaptarse a marchas forzadas a impartir las clases de sus asignaturas en inglés. Lo importante es ser conscientes de que necesitamos ese idiomas y que nos corre prisa dejar de avergonzarnos como país de esta laguna que padecen generaciones y generaciones de españoles.
Creo que no hay mejor manera de demostrar el amor a los nuestros que cocinando para ellos. Ay, esta frase parece pronunciada por una decimonónica y puritana mujer más que por una del siglo XXI con smartphone e Internet pero lo pienso firmemente. Las comidas de las mamás son una especie de cordón umbilical que nos vuelven a unir amorosamente a ellas. Si estoy cerca de mi madre y encima me prepara una de sus magníficas lasañas, eso es el paraíso.
Me gustaría que a mi hijo le pasara lo mismo conmigo, pero tengo poquísimo repertorio en cocina y aún menos tiempo, lo cual es peor porque no veo solución a medio plazo. Pendiente queda como reto personal. Creo que en mi generación, y al menos en este país, no se ha dado la importancia que tiene a algo tan útil como saber preparar los alimentos y saber comprar, conocer la materia prima y detectar la calidad de lo chungo.
Es bueno que los niños se familiaricen desde pequeños con todo el proceso de elaboración de comidas. El otro día el pescadero del supermercado me contaba que en su casa cocina él y, lo que es mejor, su hijo de 4 años le acompaña y no pierde detalle, y que a veces se lanza tanto que tiene que quitarle el cuchillo de la mano. Cuando crezca, si sigue así, sabrá prepararse lo que sea allá donde vaya sin necesidad de comida basura. Además, este parlanchín pescadero me explicaba que a su hija de 16 ya le ha advertido lo dura que puede ser su vida universitaria si vive sola en otra ciudad y no sabe ni hacerse un huevo frito.
Hay culturas en las que los jóvenes no tiran tanto del taper de mamá como la spanish people. Según me cuentan, en Suiza es raro que los chicos y chicas no sepan cocinar, y además todos, ellas y ellos, son apañados para labores del hogar, incluidos arreglos y bricolaje. Se lo han enseñado en la escuela. Qué lujo.
El método Montessori (inventado por la educadora italiana María Montessori y basado en una educación más libre y cooperativa) habla de la importancia de la cocina y propugna que los niños colaboren en casa a la hora de hacer la comida. El enano mío todavía es pequeñito, pero ya le ha tocado contemplar desde su trono cómo papi y mami trasteaban entre fogones. Nada de esperar en el salón a que llegue la comida calentita. En casa, comemos directamente en la cocina. A sus dos años domina bastante vocabulario alimenticio. Esperando estoy que sus manitas tengan más destreza y encerrarnos en plan chefs a ver si creamos algo bueno. Y ya de paso, a ver si yo aprendo algo.
Debería haber empezado por aquí. Seis meses después del arranque de este blog me surgió esta pregunta, que, como ya digo, es la “madre del cordero”. ¿Por qué somos padres? ¿Por qué revolucionamos nuestra vida con la llegada de un ser que nos pone de cabeza? ¿Por qué dejamos de dormir bien, gastamos dinero, sacrificamos nuestras aficiones? Debe haber, y de hecho creo que lo hay, algo misterioso en esta decisión. Raíces profundas. Lo que está claro es que ahora, y afortunadamente, más que en ninguna otra época de la historia, la paternidad se busca y se desea. Hay quien dice que eso crea niños sobreprotegidos, pero yo pienso que estamos ante una paternidad mucho más consciente que cuando los hijos “los envíaba Dios” y las mujeres reventaban con más niños de los que podían mantener.
Me encanta preguntar a mis “padres confidentes”. Yo tengo una visión sobre las cosas, pero ellos aportan ideas nuevas, pareceres o puntos de vista frescos. Lo explican todo con tanta sinceridad y tanta verdad que me lo paso pipa leyendo sus respuestas. Incluso me emociono. Lancé así, a bocajarro, esta pregunta a padres con distintas experiencias y situaciones. Los hay de uno/a, de dos y de tres. Y también una amiga que en poco más de un mes se estrenará como mamá. Ella me cuenta que “lo he deseado siempre, he soñado con ello desde hace muchísimo tiempo y porque creo que es imposible que haya algo más puro, más desinteresado y más bello que la maternidad”. Observa que sus amigas mamás están más felices que nunca. A pesar de dormir peor y de tener una vida mucho más complicada. “Están más vivas”, resume.
Esa idea de la felicidad a pesar de los esfuerzos está muy presente en algunas de las respuestas que he obtenido. Una madre de dos hijas lo describe muy bien. “Reconozcámoslo: los hijos complican la vida, pero le dan un punto de vista diferente e inigualable”. Yo diría que el aburrimiento se acaba, y todo el tiempo está ocupado. Además, cuidar a un hijo es un trabajo creativo y constructivo. Ves que todos tus esfuerzos son fértiles.
¿Existe el instinto maternal? Hay de todo. Personas que lo han tenido desde siempre y otras a las que se les despierta. “Nosotros estuvimos cinco años casados sin tener hijos. Yo iba por la calle y, entre un perro y un niño, miraba siempre a los perros. Pero de pronto empezó a rondarme la idea, no sé el motivo, de que quería tener un hijo con mi pareja, compartir algo más que una hipoteca y crear algo nuestro, de los dos”, me dice la mamá de dos niñas.
Otra mamá “encuestada” vivió sensaciones parecidas. “Yo no tenía muy despierto el instinto maternal, ahora que tengo a mi hija no sé que haría sin ella. Decidimos tener hijos para disfrutar de nuestros pequeños, ver cómo crecen, cómo aprenden, cómo te quieren y te lo demuestran”, explica. Otro caso más en esta línea: “yo nunca lo habia considerado una prioridad en un proyecto vital que en aquella epoca no tenia muy claro, tampoco lo descartaba, pero llegó un momento en que la vida se me hizo insignificante y el cuerpo me pedía ser madre a gritos“. Y lo fué. De tres hijos.
A una de mis amigas el instinto maternal le atrapó por el cuello de una manera brutal y arrebatadora. Me encanta su manera de ver la vida, porque tiene un toque de ironía que lo hace todo mucho más llevadero. “El principal motivo ha sido el instinto de repente se apodera de mí y no hay manera de deshacerse de él. Osea soy un simple animalito. Yo también tendría otros tres pero solo si se quedaran en el año y medio”, me explica.
Otro testimonio de una madre por vocación: “Yo creo que nací queriendo ser madre. Me recuerdo siempre cogiendo a los hijos de los amigos de mis padres, a mis primos… a cualquier bebé a diez metros a la redonda. No hay olor, tacto o sonido comparable al de un bebé Desde que me casara queria quedarme embarazada y tener uno mío”.
Hasta aquí solamente he incluido las opiniones de “women”. Se cree que somos las mujeres las que tiramos de nuestros hombres para formar una familia. Que nuestra vocación por procrear es orgánica, muy fuerte. Es cierto que nuestro periodo fértil es más breve, pero hay casos y casos. Hombres que retrasan el momento en pos de unos años de tranquilidad o de disfrute de la pareja, otros que se consideran jóvenes para ser padres aunque tengan 40 años…y también algunos que lo desean más que sus mujeres. Uno de ellos acaba de explicarme muy serio que “también existe el reloj biológico masculino“. En su caso, se dio cuenta de que era necesario ir quemando etapas, adentrarse en la madurez, y, de paso, dejar los bares.
Aquí, otro padre de dos guapos chavales. El lo fue “por ateo, por inconsciente y por romanticismo. Me explico. Por ateo, porque quien no cree en dioses ni vidas eternas, un hijo es la mejor forma de vivir en otros y rejuvenecer. Por inconsciente, porque no tenía ni idea de lo que realmente representa. Y por romanticismo, ¿alguien conoce un acto de amor más puro que ese? Yo no, y además no tengo remedio”.
Para terminar, yo solo puedo decir que desde que soy madre estoy mucho más feliz. El orden de valores cambia para bien. Dicen los que me rodean que tengo “menos mala leche”, y, desde luego, llevo mejor vida (no voy de farra, pero me divierto más). Es una opción, y la de no tener hijos me parece muy respetable también. Aunque, ante la duda, recomendaría no perdérsela.
Según la wikipedia, yo no soy nativa digital…como mucho, cuentan, puedo aspirar a ser inmigrante en esto de las “nuevas” tecnologías. ¿Y por qué? Pues porque al parecer, la tecnología digital se inició con fuerza en 1978, y todos los nacidos antes de esa fecha no pueden ser sino unos advenedizos. ¡Vaya, cualquiera lo diría, si no paro de toquetear con el dedazo la pantalla de mi smartphone! ¡Si wathsappeo como una posesa y no paro de comentarlo todo en el FB!
El caso es que nuestros niños son homo sapiens digitales con todas las de la ley. Muchos de ellos fueron grabados durante el trance del nacimiento con los teléfonos de sus padres y sus primeras fotos fueron lanzadas a las redes sociales prácticamente en tiempo real. Incluso antes: ¿no habéis visto cómo las/los futuras mamás/futuros papás pegan en su muro la imagen de la ecografía? Hay que tener mucha imaginación para distinguir en esa especie de nebulosa negra un piececito o una manita, pero cualquiera le quita a los progenitores en ciernes la ilusión. Y ahí empieza todo.
“Mira lo que tengo”, me ha dicho esta mañana con lengua de trapo mi hijo. Eso tan valioso que tenía era mi teléfono móvil. Yo tenía un miedo enorme de que terminara en la taza del váter, pero también mucha curiosidad por saber cómo iba manipulándolo. Ha empezado a acercárselo a la boca y a decir “mamá, papá”. Yo utilizo con bastante asiduidad el servicio de mensaje hablado (dicto el texto y se traduce directamente a SMS) y él me ve. Y ahí estaba, pura imitación de mis actos.
También le he visto alejándose el aparato y apuntando a objetos como cuando hago una fotografía. Con menos de dos años ya conoce las aplicaciones de este elemento que llegó a nuestras vidas para no salir de ellas. Dentro de poco llevará el móvil en el bolsillo, lo estoy viendo. Compañeros y amigos con hijos o sobrinos me cuentan que hacia los 10-12 años llega el glorioso día en el que se les compra esta especie de apéndice corporal del que ya no se separarán y por el que sufrirán enormemente cuando lo pierdan o se rompa. Pura droga.
Con el ordenador pasa algo parecido, aunque desde que los móviles hacen tantas cosas creo que lo enciendo menos. Lo ve encima de la mesa del comedor, teclea, lo mira. Sabe que puede ver dibujos y sus fotos. Es un elemento más de la casa, cotidiano, como la cocina o como sus juguetes. Capítulo aparte merecería el interés que le suscitan los cables y clavijas, el router o las regletas de los enchufes. No consigo quitarle la atracción al abismo y al cortocircuito.
Comentaba al principio cómo las redes sociales sirven para informar sobre los avances de nuestros hijos, sobre sus dientecitos, sus primeros pasitos o sus travesuras. Yo no he colgado ninguna fotografía de Pablo en la red. No es que tenga nada en contra de compartir ciertos momentos, pero mi perfil de Facebook está concurrido, es “semi-profesional”, por llamarlo de alguna manera, y cuenta con algunas personas con las que solamente tengo una relación de trabajo o lejana. Reconozco que me da un poco de miedo perder el control sobre el destino de ciertas imágenes. Así que a quien quiero que vea fotos, se las mando directamente por “privado”.

Familia bantú, una de las 7 que forman parte de las cartas de Fournier. (http://misaficionesyalgomas.blogspot.com.es)
El otro día, a raíz de la entrada sobre los cumpleaños “vintage”, un joven papá y yo debatíamos acerca de cómo esto de ser padre y madre te devuelve directamente a la infancia. A revivir e incluso reconstruir (supongo que libremente, con algunas dosis de fantasía) nuestros años como niños, y a recrearnos en ello. Momento nostalgia total. En esas estoy yo, flipándome cada vez que veo juguetes de mi época, o cosas que yo viví en esos años que pasan de una forma tan inconsciente. Ser un pequeñajo es una suerte, claro, que no te das cuenta hasta que no pasa. Cuando tienes 5 quieres tener 10. Cuando tienes 10, 20 y cuando tienes 40…¡no quieres crecer más! Life is life.
Hace poco viví uno de esos momentos. En vacaciones, en casa de unos amigos que tienen tres hijas, vi rulando por ahí unas cartas con las que jugué de pequeña. Contemplarlas pulsó directamente el interruptor de la memoria, fue mi particular magdalena de Proust. Se trata de las cartas ‘Familas de 7 países’ de Heraclio Fournier. Esta firma vitoriana, célebre porque es la que fabrica la baraja española de toda la vida, entre otros naipes, ha reeditado este juego.
Pregunté por él en una papelería y…¡voila! Lo tenían. Me costó como 2,5 euros. Apelando directamente a la nostalgia lo han editado con el reclamo de ser “las cartas originales de 1965″ . Si de pequeño jugaste con ellas, cómpraselas ahora a tus hijos, puede leerse en la parte de atrás de la caja. ¡Qué emoción, madre mía! Cuando llegamos a casa se las dí a Pablo como si fuera un tesoro. El enano, contagiado de mi alegría, las sacó a cascoporro y las desperdigó por ahí. Se fijaba más o menos en las figuras…todavía es pequeño. Le llaman mucha atención los “lelos” (abuelos). Mami pudo constatar que el tiempo corre una especie de velo de idealización. Los dibujos “bonitos-bonitos” no son…son bastante chungos, la verdad, vistos a los ojos del siglo XXI y después de todo lo que se ha evolucionado en diseño e ilustración.
Hay siete familas distintas: bantú, mexicana, esquimal, india, tirolesa, china y árabe. Están los abuelos, los padres y los niños, cada cual en su hábitat y sin ahorrar topicos: los esquimales pescando y bien abrigados, los mexicanos con sus sombrerazos… El juego consiste en ir acumulando miembros de la misma familia. Quien antes complete estos árboles genealógicos, gana.
A pesar de mi algarabía, no todo el mundo conocía este juego. Yo pensaba que era muy generacional, y que todos los nacidos entre los 60 y los 80 lo conocerían, pero no. Hice una mini encuesta entre mis amiguitas “washapperas” y mis compañeros de trabajo y salió como fifty-fifty. Imagino que hoy en día, metidos de lleno en la era digital, debe ser difícil que los pequeños se emocionen con este tipo de jueguecitos tan inocentones. O tal vez sí.

















