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LUCILIO VANINI
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Manuel Pecellín | 13-02-2016 | 09:16

 

 

                    

 

 

El 9 de febrero de 1619 moría en Toulouse, alevosamente ejecutado, un joven filósofo que firmaba como Giulio Cesare Vanini o Pompeo Ugilio. El Parlamento de dicha ciudad francesa lo condenó a que le cortasen la lengua, le dieran garrote, lo  quemaran y arrojasen al viento sus cenizas, por “atéiste et blasphemateur du nom de Dieu”. Sostenía la acusación un poderoso noble, Francon, declarando ante el tribunal que Vanini “le había negado a menudo la existencia de Dios y se había mofado de los misterios de la fe cristiana”. Para nada le serviría al reo la confesión que hizo declarando su fe “en un solo Dios con tres personas, tal como la Iglesia lo proclama, y que la naturaleza misma prueba evidentemente que Dios existe”.

Vanini vivió una existencia bien azarosa. Natural de Taurisano (n. 1585), en la Puglia (Italia),  hijo de Beatriz López de Noguera, su familia tenía origen español.  Pronto obtuvo en Nápoles la licenciatura “in utroque iure” (en Derecho civil y canónico), si bien no iba a dedicarse a las leyes. Optó por profesar con los Carmelitas (la orden que ofrecía mayor margen de libertad intelectual), haciéndose sacerdote.  Después se dedicará, como tantos grandes del Renacimiento y el Barroco, a estudios múltiples, incluyendo la astronomía, la matemática y la medicina. Enfrentado a sus superiores y cada vez más crítico con la autoridad del Papa, Vanini viajará por media Europa a la búsqueda de quien pudiese asumir sus tesis y defenderlo. Padua, Venecia, Londres (donde se hizo durante algún tiempo anglicano, hasta romper con el poderoso e intolerante Primado de Inglaterra, Abbot), Bruselas, Ginebra, Lyon y Paris, son algunas de las ciudades a las que acudió, hasta decidir venirse a la entonces muy conservadora Toulouse.

Aunque este notable humanista escribió, al parecer, una larga docena de obras, solamente conservamos dos de su autoría, compuestas en latín y con bien diferente metodología, el Anfiteatro de la providencia eterna,  divino-mágico, cristiano-físico y astrológico-católico (Lyon, 1615), dedicada al español Francisco de Castro, y Sobre los admirables misterios de la naturaleza, reina y diosa de los mortales (París, 1616). Si no son del todo originales (cuenta con abundantes “préstamos” de otros pensadores clásicos y coetáneos), llevan sin duda su sello inconfundible.

Precisamente en la Sorbona de París se presentaba el año 1997, bajo la dirección de M. Pierre Magnard, una exhaustiva tesis, J.C, Vanini: Averroïsme de Padoue et pensé libertine (une philosophie de la crise á l´age baroque), publicada luego por el A.N.R.T (Taller Nacional de Reproducción de Tesis). Un jurado internacional le había concedido mención honorífica. El doctorando era Marcial Caballero, nacido y criado en Calera de León, estudiante que fue de humanidades y filosofía en el pacense seminario de San Atón, más tarde profesor  de la UNED y los Institutos San Isidro (Madrid), liceo español de París, Juan Ramón Jiménez (Casablanca) y Nª Srª del Pilar (Tetuán), hasta su reciente jubilación.

Es el libro que aconsejamos a quienes tengan interés por el intelectual quemado en Toulouse, como había ardido tres lustros antes  su admirado Giordano Bruno en una hoguera romana.  Furiosamente antiescolásticos los dos, tal vez la idea común de ambos más temible para los defensores del dogma procedía del maestro Pomponazzi: los fenómenos que se perciben (astrofísicos, sociales, psicológicos) han de ser atribuidos y explicados sin recurrir a fuerza alguna de carácter sobrenatural, sino exclusivamente en virtud de causas naturales. Lo que de ningún modo implica por fuerza una profesión de ateísmo. Vanini hasta llegaría a proponer nociones evolucionistas, haciendo provenir del mono al hombre (no para todas las razas). Sostuvo también, adelantándose nuevamente a la Modernidad, otra tesis poco grata a los detentadores del Poder en su época: es posible conformar una Ética laica, sin  tener que fundamentarlo sobre bases religiosas. Por desgracia, no  estaban sus tiempos para la tales ideas.

 

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