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LAURA OLALLA
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Manuel Pecellín | 19-05-2016 | 14:26

Diseño de interiores (2014, 1ª) ha visto nuevamente luz, en Amargord, editorial madrileña muy significativa, tras poca feliz salida inicial, en la que se alteró notablemente los textos originales. Lleva prólogo de  Juan Ruiz de Torres (ingeniero, narrador, poeta y ensayista, ha poco fallecido), más un epílogo que suscribe Enrique Gracia Trinidad. El primero, que no oculta su admiración ante los aspectos surrealistas perceptibles en la entrega, proclama: “Todo el poemario es una maravillosa escapada al tenebroso, brillante, áspero, fantástico (porque todo eso puede serlo) mundo de la imagen construida, muchas veces “ex nihil”. Y desde esa dirección, conscientemente emprendida por Laura Olalla (Garlitos, 1953), el lector se ve asaltado a lo largo de todos los poemas, casi en cada línea, por la imaginación brillante de esta mujer, para quien la poesía —al menos en este ejercicio lírico— es un campo en el que el taumaturgo siembra palabras y espera que de ellas nazca, una vez fertilizadas por la imprescindible imaginación del lector, una concepción de la relación palabra-poema aún por estrenar”.

Por su parte, Enrique Gracia, escritor igualmente polifacético, advierte sobre el camino de condensación creciente que, desde los poemas iniciales a los últimos, se perciben y manifiesta: “He visto en estas páginas amor y desamor, soledad y esperanza, la liturgia del tiempo y el ritual del abandono, la imaginación y la certeza y, sobre todo, la búsqueda esencial de la palabra. No hay mejores condimentos para cocinar el sortilegio de la poesía”.

Bien estructurada, la obra consta de tres partes: “Nada es cierto siempre”; “El mar me llama” y “Recepción en la embajada del Silencio”.  La tres, de aproximada extensión, se abre con la oportuna cita de Karla Widman (heterónimo de Olalla). Suya es la imploración a resistir frente las banalidades de la cultura contemporáneas, al vacío del espíritu que provocan, y abrirse a las llamadas  del amor auténtico.

Inaugura el libro un poema de amplio aliento, “ Entonces eSa niña…”, hermosísima evocación de los días infantiles en un medio rural, fácilmente identificable por rápidas pinceladas lingüísticas, sin detenerse en descripciones onerosas. A mitad, el verso que da título a esta parte: “Mas nada es cierto siempre”, cargado de connotaciones filosóficas, o, si se quiere, existenciales.

Siguen otros cuatro extensos poemas en los que, sin salirse de aquel discurso primitivo, se expresan emociones ya entonces intuidas, después desarrolladas con el curso de los años: dudas, amores, búsqueda de la palabra justa…

– “El mar me llama” consta de XXIII poemas, ya entenderán que por fuerza más cortos, en camino de la quintaesencia, la desnudez  y pureza juanramonianas, el silencio incluso. Principia con un poema dedicado al amor y donde sorprenden estos versos con excelentes imágenes y aliteraciones: “Me fabrico la casa con ladrillo de hiedra/para que el leve viento, el que avienta el invierno/fortalezca sus muros”. El tema amatorio deviene una constante, deslizándose hacia un erotismo cada vez más explícito:

El temblor de dos cuerpos que extasían sus almas

                       Revelando su ciega capacidad de amar,

                      Se conjuga en mi lecho

                   Vulnerando el diseño de sus sábanas” .

Así comienza el poema III. O los versos del excelente VIII:

Me vestiré de gala para anidar tu cuerpo.

             Y en el nuevo misterio del crepúsculo

             -llevo orquídeas  trenzadas de horizontes-

            Abrazaré tu fuego con mi pezón altivo (pág. 42).

Son palabras en que una mujer, libre y sensible, convoca al amante, como la sulamita del Cantar de los Cantares:   “Perfumo el aire para recibirte”  (XXI).

Un amado al que tal vez atan otros compromisos, lo que la lleva a decir:

” en “Ráfaga       “Tu hogar aborta mi deseo”.

-La parte tercera y última, “Recepción en la embajada del silencio”,  prosigue el adelgazamiento de las composiciones. Son poemas de la soledad, tal vez el abandono, aunque no se renuncia a la memoria de los momentos felizmente compartidos. E incluso se alienta la esperanza de futuros encuentros: “Habítame” (pág. 71). Tal vez en esta parte final se localicen los poemas más logrados del libro, como éste:

“Hay átomos ocultos en el gris del verano,

                                  Ceñidos a la leve tersura de mis dedos.

                                   Que entreabren sus lágrimas

                                 A la extensa terraza del crepúsculo “(pág, 68).

En resumen, una obra madura, honda, sentida,  bella y emocionante.

 

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